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Ciro Garcia

Hace algunos años fui concebido en tierras africanas, y aunque me enviarón a nacer en un pueblo de Navarra, Corella, a los tres días de ver la luz volaba de nuevo con mis padres rumbo al continente misterioso. Allí pasé los primeros meses de mi vida, en pelota picada, atrayendo con mis gritos a todo tipo de bestias - mosquitos y hormigas sobre todo; me cuentan que una vez, incluso, una mosca desovó en mi tierna frente, y una tarántula visitó mi cuna-. Ignoro que tipo de secuelas dejó esto en mi vida, que en adelante, con el regreso  España,  fue mucho menos interesante. Me aficioné a la lectura por la sencilla razón de que mis padres tenían muchos libros. Lo raro hubiera sido que me huebiera dado por la danza o por el asesinato profesional -aunqe esta  profesión me atrajo enormemente en una época - y aunque siempre he adorado dibujar nunca fui demasiado bueno o disciplinado para que puediera tomarlo en serio. No recuerdo en que momento fue que me dió por contar historias. Puede que en la preadolescencia, a otros les salen granos, a mi me salían historias.Tal vez me había pasado la vida empachándome de libros y ahora los vomitaba, o quizás se deba todo a una tremenda afición por alterar las cosas. El caso es que, tal como de niño había emborronado folios a millares con monigotes, ahora me dió por escribir de un modo casi vervorreíco. Afortunadamente la mayoría de todo lo que hice se perdió -cosas de un temperamento desordenado -. Con el tiempo la manía de escribir hasta en el papel higienico se perdió. Ahora escribo poco y lentamente. Los vestigios de la época de entusiasmo, los trato con desconfianza: formán mi primer libro de cuentos: sólo unos pocos han pasado y a regañadientes. Planeo en breve ofrecer una novela que lleva un par de años escrita, en cuanto la corrija, y no tardar demasiado con los proyectos que tengo en tintero.