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…¡Corre, corre!- me decía el buen Matt, mientras me tomaba de la mano.

Los campos verdes pronto se vieron adornados de huellas negras por el fango de nuestros zapatos. No se cuánto corrimos, pero aún no las habíamos perdido, aún nos seguían haciendo surcos: enormes hormigas negras; hacían una especie de marcha acompasada y ordenada con el único objetivo de alcanzarnos.