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Maria Dolores Pedregosa Lubián

Soy una mujer sencilla, sin grandes ambiciones y con más de la mitad de la vida ya recorrida. Madre de familia numerosa. Soy, lo que se dice, una persona corriente, que ama la vida y se entusiasma y conmueve con lo que observa a su alrededor. Pertenezco a la generación que se educó en la postguerra. Es cierto que sufrimos la represión de la época, pero también guardo recuerdos muy entrañables de las relaciones familiares y del lento ritmo de vida que gozábamos. Tuvimos tiempo para aprender, tiempo para jugar, tiempo para inventar mil formas creativas de disfrutar la época,  de las vacaciones y, sobre todo, tiempo largo para soñar. Mis padres me educaron en el respeto y la tolerancia hacia lo que no era lo establecido, y me enseñaron a aceptar y amar por encima de las creencias, culturas o razas. Me considero por todo ello privilegiada. De entre todos los sueños que me fabriqué en la infancia, el sueño que más he deseado siempre ver hecho realidad ha sido el de poder viajar. Cuando en España no viajaban más que los emigrantes que marchaban a buscar nuevos horizontes a su vida, o ciertos privilegiados, lo cuál no era mi caso, yo siempre soñaba con viajar. Era un anhelo que quedó para siempre grabado en mi alma, de forma que aunque han pasado ya muchos años y he tenido la suerte de ver cumplido parte de mi deseo, cada vez que preparo un viaje siento un cosquilleo en el estómago, se me acelera el corazón, y me emociono como si fuera la primera vez. Creo que esta sensación consigue que lo disfrute doblemente, mientras lo proyecto y cuando lo realizo. De entre los varios viajes que he tenido la oportunidad de hacer  a lo largo de mi vida, he querido seleccionar dos que me han impresionado mucho. Tal vez no sean grandes travesías, tal vez no tengan un interés excepcional, pero pienso que puede reflejar el sentir de las personas que, como yo, dedican un tiempo de su vida a conocer parte de lo que tan generosamente se nos ofrece: el planeta en que vivimos.