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Juan Laborde Crocela

Hace muchos años, tantos que los percibo a través de una densa niebla, después de obtener mi licencia definitiva de las fuerzas armadas, en un período intensamente vergonzoso, volví a la vida en sociedad deseando recuperar el tiempo perdido y construirme una carrera profesional. Siempre había sido un idealista y eso no había llenado mi estómago, mucho menos lo llenaría ahora con un hijo en camino. Una tarde, pasé casualmente? o causalmente, por la puerta del aquél edificio en el que nunca había reparado y poseía, sin embargo, notables características. Era uno de los pocos remanentes del art nouveau que reunía cualidades estéticas tales como grandes escaleras de mármol, columnas jónicas y todo tipo de frisos donde se podían observar elementos tanto griegos, como orientales. Entré curioso a la oficina de recepción preguntando por un anuncio que ofrecía: profesorado en filosofía y psicología. Paradógicamente, el secretario que atendía, me preguntó: ?Tu quieres estudiar para tener un título o para saber...? ?Para saber?, respondí, sin saber que acababa de sellar mi futuro. Comenzó desde entonces un entrenamiento que nunca ha terminado, pasando durante años por la Fraternidad Rosacruz, la Fundacion Hastinapura (teosofia), la Orden de Bardos, Ovates y Druidas (Escocia) y diversas escuelas budistas, continuando, en los últimos años, en diferentes talleres masones y la secta salvaje de La Cinta de Moebius. Este entrenamiento despertó en mí una gran sensibilidad hacia los problemas de la humanidad: la ignorancia, esclavitud, dolor y privaciones que sufre a causa del gran engaño de la Creación, uno que es ignorado por la inmensa mayoría y utilizado por unos pocos para su propio provecho. Sabiendo que, además de ser peligroso revelar estos secretos, la mayoría nos los va a entender o tiene muy poco interés en conocerlos, los brindo igualmente para los espíritus de los lobos solitarios que aún vagan por la estepa?