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PABLO LUENGO CRUZ

Hace muchos años –al igual que ahora– Inglaterra se bañaba en vapor de agua. Una intensa bruma se pegaba a la tierra como si de un vestido sucio de novia se tratara.

En el sur, allí donde resistía el único reino británico en pie, algunas personas de un maltrecho castillo deambulaban grises por sus fríos y húmedos pasillos: el rey Arturo había enfermado, su debilidad se hacía cada vez más latente y ya casi ni comía. 

Todos los médicos de la corte habían sido llamados para curar al rey pero nadie daba con su enfermedad, pese a los buenos cuidados que recibía. Su estado empeoraba a cada momento.