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Esteban González Valdizán

Nadie sabía con certeza el origen del Maestro: unos decían que lo trajo un rayo; los más que un día bajó de la montaña caminando por su propio pie; algunos que era un funcionario que abandonó sus oposiciones por el camino del alma. De lo que todos estaban seguros era de que apareció un día de repente, como el primer paso de un niño, y de que era el amor el que guiaba sus acciones.

Se había enamorado de la vida con tal intensidad que cada día que se levantaba lo sentía como un homenaje a su existencia y a la del Ser.  Encontraba la vida magnífica, con cada persona, cada animal y cada planta encajando en un engranaje perfecto y armonioso de actitudes, de formas, de colores, de olores, de sensaciones.

Se sentía como un bebé sexagenario que volviera a reaprender la vida desde otro punto de vista nuevo, más sencillo y natural, con la experiencia empírica de los sentidos y la inocencia de un recién llegado al mundo. Pero, sobre todo, se sentía enormemente afortunado y respaldado por la suerte de los ideales y la sensatez.

Era entonces cuando se daba cuenta de que había vislumbrado el Entendimiento y de que le quedaba toda una vida por delante tan magnífica como misteriosa y apasionante.

Todo esto era lo que transmitía a las personas de su entorno que jamás habían visto una persona tan entregada y desinteresada, tan amable e indolente, tan capaz y tan paciente.

El Maestro iba impregnando de optimismo allá donde iba y la gente sentía, por un momento, que su vida era mejor y que, realmente, podía ser feliz.