bubok.es utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y a recordar sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Ver política de privacidad. OK
Buscar en Bubok

Zenix

En el año 2019, se recibe al primer paciente con cáncer contagioso, quien se había infectado en un centro de pruebas para nuevos tratamientos contra el cáncer. Aparentemente en uno de los componentes de las vacunas que le administraron, yacía un patógeno que hizo mutar a las células neoplásicas, dándoles ciertas habilidades únicamente encontradas en los microorganismos víricos. Fue así como nació éste híbrido, un agente que, desde entonces, fue conocido como Patógeno D. La sigla “D” hacía referencia a la letra que se le había asignado inicialmente a dicho paciente. Este nuevo virus podía trasportarse por el aire e infectar a las personas con el simple contacto de la piel o la respiración. Tras adquirirlo, la salud del sujeto “D” comenzó a decaer rápidamente, por lo que buscó atención médica en uno de los hospitales, donde los doctores, sin saber a qué se estaban enfrentando, se expusieron y respiraron el mismo aire que el paciente. Esto desencadenó una epidemia que se esparció en cuestión de días. De los hospitales a las casas, de las casas a las escuelas, de escuelas a trabajos y así, poco a poco, cada persona se fue infectando a paso lento pero seguro. Tras esto, se puso en cuarentena al sujeto D, cosa que no sirvió de mucho pues, a los pocos días de pruebas, falleció.

Bastaron sólo unos cuantos días para que la infección se esparciera y, poco a poco, el país se sumió en un caos de proporciones inigualables. Luego, el mundo fue testigo de la primera pandemia del nuevo milenio. Sin saber qué hacer, las personas comenzaron a volverse mucho más intolerantes.

La Junta de las Naciones Unidas tenía que reunirse para discutir acerca de lo que tendrían que hacer para controlar tal calamidad que, de manera alarmante, en menos de dos semanas había afectado al 20% de la población global. Muchas de las personas, ya habían muerto en las salas de los hospitales mientras buscaban ayuda. Los centros de atención médica no podían hacer nada, era imposible contener una crisis de tal magnitud, todos estaban desesperados por una cura y, entonces, la empresa farmacéutica Omega, un conglomerado multinacional líder en investigaciones científicas, se ofreció para prestar sus instalaciones en pro del descubrimiento de una vacuna. Lamentablemente, uno a uno los investigadores fueron fracasando. Ninguno de los principios activos funcionaba. La mitad de la población mundial se encontraba infectada al pasar el primer mes.

El país de Estados Unidos decidió hacerle frente a la pandemia de una manera poco convencional, infectó a los hijos y familiares de los científicos para que, bajo presión, pudieran desarrollar una vacuna que funcionara y, de esa manera, salvar a sus seres queridos. La Junta de las Naciones Unidas no aprobó éste acto pero, lastimosamente, ya estaba hecho. Cientos de familias fueron infectadas directamente y decenas de científicos laboraban día y noche en busca de una cura.