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PEDRO GOICOECHEA BARTOLOME

Me pareció una desvergüenza insólita que confesara su afición al manoseo. Creía que había superado la edad de los vicios insignificantemente rosados de la carne y que sus devaneos espirituales doraban su carnalidad como un retablo barroco, inmóvil y distante. Sin embargo, su confesión, su inconsciente manifestación de sus pensamientos reflejaba una perversidad sólo justificable en una mente hiperestésica: hay que mentir continuamente y disimular la fealdad que nos rodea con verbo de amapolas. Hay que mentir muchísimo para no agraviar el blanco lechoso del universo con la crueldad del pensamiento. Además, lo exige la educación. Pero, de todas maneras, parecía que se lo pasaba de puta madre sin necesidad de explotar el recurso manido que personaliza eso que llaman amor y que, a veces, no tengo idea qué coño significa. Lo importante es pasárselo de puta madre, aunque haya que vestirse de bruja galáctica, colarse en fiestas, rendir pleitesía a los azulejos grasientos de cualquier cocina o sobresaltarse con el destino suicida de un desconocido perverso. Efectivamente, se lo pasaba de puta madre gracias a esa corriente inexplicable que la poseía mejor que cualquier amante metódico enamorado de su escoba de plata. Y eso me daba muchísima envidia.