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Jorge García

Si pudiéramos imaginarnos sentados en la cima del Monte Etna, pongamos que a finales de Marzo del 240 a.C., lo que veríamos sería una larga fila de quinquerremes romanos navegando allá abajo en el estrecho de Messina. Aunque había buen viento, cada nave navegaba despacio por estar cargadas hasta la borda de tropas que regresaban a su hogar después de 23 años de guerra. En una de estas, había un soldado que anotaba todo lo que había visto. Pero él no era un soldado como los demás. Cuando estalló la guerra no era más que un niño bajo la tutela de Arquímedes. Entonces inició un viaje en el que tuvo que valerse de astucia y fiereza para lograr volver a Roma, solo para darse cuenta de que ni allí estaba a salvo. Roma se enfrentaba a una armada que llevaba 1500 años dominando el Mediterráneo, una flota capaz de reducir a escombros una ciudad o hundir cualquier barco enemigo, barcos de los que Roma solo tenía tres. Fabio nos cuenta como con una voluntad forjada con el mismo hierro de sus arados los romanos se decidieron a hundir esta flota. En esta elección él y sus compañeros de armas tuvieron que aceptar una responsabilidad de la que dependía nada menos que la supervivencia de su pueblo. En Mylae podemos ver como la fortaleza, el coraje y la amistad les hacen cambiar convirtiéndolos en hombres. Podemos ver el miedo en sus ojos, el dolor, la añoranza por su tierra, por un tiempo perdido, pero también el regocijo del primer amor, e incluso la visión fugaz de sus dioses en torno a ellos.

Mylae

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Si pudiéramos imaginarnos sentados en la cima del Monte Etna, pongamos que a finales de Marzo del 240 a.C., lo que veríamos sería una larga fila [...]
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