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Iñigo López de Gordoa

Un imponente ángel, mezcla de dios y de hijo de hombre, se presenta a Juan de Patmos como el cicerone de un cosmos que abre las puertas del tiempo para mostrar visionariamente al profeta el pasado y el futuro de una tierra que gira incesante un cielo del eterno retorno de casi lo mismo.

Ese ser celestial, que ciñe al pecho un cinto de estrellas, se define a sí propio como el principio y el fin de las cosas: "Yo soy el Alfa y la Omega", afirma con palabras que encierran una clave codificada, un grimorio que iluminará de comprensión el oscuro enigma del Apocalipsis.

Ante nosotros se mostrarán los siete ángeles y las siete iglesias, siete trompetas, siete copas, siete sellos, siete cabezas, siete plagas. Siete por siete. Pentecostés. El río de la vida y el estanque de fuego que arde con azufre. La segunda muerte. La primera resurrección. Al que venciere se le dará la estrella de la mañana. Venus. La Luna y el Sol. Los siete planetas. Mil doscientos sesenta días. Seiscientos sesenta y seis grados de la esfera. El ave Fénix y el santo Grial.