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Jon Burguera

Hola, mi nombre es Jon Burguera.

En primer lugar me gustaría dejar claro desde el principio que no soy un experto en ninguna de las disciplinas que rodean las propuestas de conciliación; no soy un experto en recursos humanos ni en organización o condiciones laborales; y tampoco soy psicólogo. Pero sí tengo el dudoso honor de tener una dilatada experiencia en estar abrumado por el trabajo y el deber. Atrapado por mi propio sentido del deber, ansia de perfeccionismo y responsabilidad extrema, me he pasado media vida excesivamente saturado de trabajo. Y la cosa no comenzó cuando a cierta edad conseguí un buen empleo, empezó mucho antes:

  • A los 11 años cuando estudiaba 6º de E.G.B., mis padres me apuntaron a clases de inglés fuera de mi colegio. Pero además de eso, y por iniciativa propia, me apunté al equipo de fútbol sala del colegio, era miembro del grupo scout de mi barrio y asistía a clases de música en el conservatorio. Y aun así debí pensar que no era suficiente, y decidí apuntarme también a clases de ajedrez. Imagina el estado de saturación que debía de tener en ese momento que mis propios padres, que siempre me habían animado en todas mis inquietudes, decidieron que ya era suficiente, y me prohibieron las clases de ajedrez con un "no hijo, ajedrez también no, que vas a reventar".
  • Durante mi tercer año de bachillerato, la exigencia en los estudios que yo mismo me imponía, junto a nuevamente una gran cantidad de actividades extraescolares tuvo sus consecuencias, y hacia finales de curso comencé a sufrir mareos y vista nublada. En mi familia lo achacábamos a tensión baja, pero finalmente fuimos al médico. El diagnóstico fue agotamiento general, y el remedio un verano de descanso por prescripción médica.
  • A los 18 años, la primera vez que me quedé dormido y perdí el autobús de las 6 de la mañana a la universidad, sufrí un ataque de culpabilidad tan grande, que nuevamente fueron mis padres los que tuvieron que pasar una hora entera conmigo para tratar de convencerme de que no pasaba nada por faltar un día a la facultad. Que no era un mal chico por ello, y que seguramente mis notas no se verían afectadas.
  • Entre los 20 y 21 años, durante mi segundo y tercer año de carrera, compaginaba mis estudios, con un trabajo que me ocupaba 4 días a la semana, con la realización de un programa de radio semanal y con mi labor como monitor de un grupo de chavales de mi grupo scout. Fue entonces cuando tuve mis primeros problemas de salud debidos al estrés, y durante más de una año padecí una dispepsia nerviosa, que apenas me dejaba comer aunque estaba casi continuamente hambriento. Nuevamente fue el médico el que me dijo que me lo tomara con calma.
  • Unos años más tarde conseguí el trabajo más importante de mi vida hasta ahora. Comencé a trabajar como diseñador gráfico para una de las multinacionales más grandes de España. Esta vez tardé un poco más en meterme en líos. Y no fue hasta el segundo año cuando empecé a trabajar una media de 10 horas diarias. Esto en condiciones normales, porque recuerdo un otoño completo en el que, además de mis diez horas habituales, al menos dos días a la semana trabajaba entre quince y dieciocho horas al día. Circunstancias del trabajo, decía yo. Las mismas a las que achaqué cierta semana un par de años después, en la que trabajé veinte horas diarias durante seis días seguidos para un determinado evento. Recuerdo que cuando entregamos el trabajo mi compañero y yo, decidimos tomarnos unas cañas para celebrarlo. Bueno, sólo fue una; estábamos tan cansados que con una única caña alcanzamos un grado de embriaguez considerable.
  • Y mi escalada de excesos laborales no hizo más que empeorar, hasta que llegó un momento en el que, aunque ya había comenzado a reducir mi carga de horas labolares, nada más despertarme cada mañana, en cuanto algún tema de trabajo asaltaba mi mente, se me hacía un nudo en el pecho y todavía en la cama, no tenía ganas más que de llorar. Estaba tan vacío que, cuando poco tiempo después, al fin conseguí uno de mis proyectos soñados, apenas era capaz de concentrarme y desperdiciaba gran parte de mi jornada delante del ordenador, haciendo básicamente nada.

Afortunadamente, estos cuatro últimos años he conseguido revertir la situación. Y mi vida apenas se parece a aquellos infiernos por los que pasé en toda esa época. Ahora, además de trabajar, paso muchas de las tardes con mis hijos, he retomado mi interés investigador en la tesis universitaria, y hasta me permito realizar algunos proyectos más como escribir este libro.
Desde que conseguí cambiar mi situación y sobre todo mi forma de afrontar la vida, surgió también la necesidad de compartirlo. Una y otra vez en los últimos años he dedicado horas de conversación con colegas, familiares y amigos, compartiendo mi experiencia, tratando de expresar cómo las cosas se pueden ver y hacer de otro modo. Sobre todo cada vez que me encontraba con alguien agobiado por su trabajo.

Al final decidí dar vida a este libro. Decidí que sería bonito compartir mis experiencias, y mi nueva forma de ver las cosas, no sólo con un círculo cercano de personas, sino también con todos aquellos que se sienten frustradas por exceso de celo y dedicación a su trabajo. Con todas aquellas personas que, como tú, son tan conscientes de la necesidad de conciliar, que han decidido invertir una parte de su tiempo en leer este libro.

Y dado que muchos de los cambios que yo he llevado a cabo fueron más bien a impulsos, con tantos tropiezos como aciertos, comencé a documentarme, a devorar libros escritos por personas con las ideas más claras y estructuradas que yo. Así que lo que tienes entre manos es un compendio de mis propias experiencias, a las que he sumado las ideas y experiencias de gran cantidad de gente en temas tan diversos como productividad personal, economía familiar, miradas no convencionales a la vida moderna y propuestas de liberación profesional. Espero que te ayuden a recorrer un camino tan hermoso como el yo he encontrado.

Una cosa más. Desde una perspectiva tradicional, muchas de las cosas que te encontrarás en este libro te parecerán utópicas o imposibles de realizar en una vida normal con un trabajo convencional. Pues bien, todas son reales, todas ellas las he llevado a cabo trabajando en una oficina como otra cualquiera, para una gran empresa, con un alto grado de presión de objetivos y de negocio, y con prácticas laborales bastante tradicionales.