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Leandro Vinasco Agudelo

Me describiría como un lector tramposo desde los ocho años cuando leía por partes (y saltándome los paréntesis y las itálicas) las biografías de Marco Polo y Gandhi.

Luego, en algún momento que desconozco, empecé a escribir. Una crónica sobre la pasión del fútbol en el colegio, algunos poemas plagiados y reformulados de Neruda para regalárselos a Johana fueron mis primeras contribuciones, digamos francamente saltos al vacío.

Desde ese entonces he desmejorado bastante, aunque cada vez escribo más (¿o menos?). He estudiado mucho y me he hecho bastante torpe e iluso.

El desierto desde el que canto está plagado de sombras y crepúsculos del Aconcagua y calles sucias apestadas de humo y ladrones del sur de Bogotá. Mis papeles sufren una confusión sin nombre y el olvido o la indiferencia en el mejor de los casos. Busco un trabajo que nadie tiene ni nadie da, un lugar que no existe, desaparecido, indescifrable.

Escribo desde hace un tiempo en varias direcciones desconocidas. No soy de muchos amigos. Me basta con tener unos pocos -muy buenos- a los que de vez en cuando me animo a enviarles algo: una declaración suicida, un manifiesto político, una receta típica. Veo demasiada televisión y me gustan las grasas, las harinas, el alcohol aunque ya no lo soporto, las hierbas, especialmente las hierbas. (repito que especialmente las hierbas)

Ahora intento publicar algunos intentos de poemas que me han salido por ahí y que vengo cargando como verdaderos lastres en mi espalda. Me duele todo el cuerpo y tomo gotas homeopáticas para evitar las jaquecas.

Ha sido un gusto, no conocerte.



16 de Febrero de 2009
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