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Víctor Lucea Deltoro

Miguel, un cuarentón que achaca sus constantes fracasos a la mala suerte, es abandonado por su amante Diana, una mujer de la burguesía barcelonesa insatisfecha en su matrimonio.

Para mitigar su desdicha, Miguel comienza a frecuentar El Imperial, una tasca de  barrio en la que conoce a unos personajes singulares: Gerardo, guionista malogrado por el alcohol; Richi, un joven  en tratamiento psiquiátrico que ayuda en la tintorería paterna y Pepe “Malospelos”, repartidor en  la empresa de mensajería El Paquete a Punto.

         Una noche de calor asfixiante, cuando media Barcelona está de vacaciones estivales y tras unas cuantas copas, Richi hace cómplice  a Miguel de un suceso insólito: había encontrado un reloj antiguo, aparentemente valioso, oculto en el forro de la americana que le entregó, hacía meses, un cliente de la tintorería y que no había vuelto a por la prenda. Lo más sorprendente era que su nombre y apellidos coincidían, según Richi, con las iniciales que aparecían en una breve nota de prensa sobre la muerte de un rumano en extrañas circunstancias en el barrio de la Rivera.

         Tras compartir en  El Imperial dicho hallazgo, planean entre todos vender el reloj y repartirse el dinero. Casualmente el tasador al que acuden para averiguar su valor es el marido de Diana. Aquella misma tarde ésta  llama a Miguel para advertirle de que su marido al llegar a casa  había telefoneado a Patrimonio Artístico de la Guardia Civil para informarles de que había pasado por sus manos un reloj robado recientemente en un museo holandés y que había mencionado el nombre y apellidos de Miguel.

Apenas transcurridas veinticuatro horas, Diana vuelve a ponerse en contacto con Miguel, esta vez para decirle angustiada que su marido había desaparecido.

         Miguel  llega a la peregrina conclusión de que el marido de su ex amante ha sido secuestrado por una banda rumana,  y toma la irracional y heroica decisión de rescatarlo para que Diana, impresionada, vuelva con él; pero por encima de todo para desterrar de una vez por todas de su vida la palabra perdedor. Para ello no duda en utilizar a sus nuevos compañeros  y arrastrarlos, junto con un amigo de la infancia y un vecino orate, a una hilarante a la vez que peligrosa aventura con un sorprendente desenlace.