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octaviocolis

A modo de auto de fe y declaración de amistad Mercedes Arancibia

?Yo creo, como los mayas, que somos hijos de los días, y por lo tanto estamos hechos de átomos pero también de historias? (Eduardo Galeano).

Yo creo en los libros, como creo en las películas y en las canciones, porque los necesito. Porque me abren puertas, me despiertan emociones, me traen nostalgias, que son el mejor de los afrodisíacos, y sacan del escondite de la memoria recuerdos semiolvidados de ese pasado que es la única patria aceptable. A veces me reflejan como el espejo de Alicia cuando permanecemos el tiempo suficiente frente a él y ?surge lo más recóndito que hay en nosotros? (dice Juan Forn).

Todos hemos vivido la experiencia, el momento impagable de leer un texto que traduce perfectamente, como si nos perteneciera, el momento vital que atravesamos. Los hay que provocan sensaciones puntuales, irrumpen en la vida dando testimonio del momento y después, a medida que corre el tiempo, se desvanecen para dejar lugar a otras sacudidas. Pero hay otros que se presentan sin avisar, se apoderan de tu historia haciéndose un hueco en ella, se fijan en el tiempo y se quedan para acompañarte por los restos. Esas historias son el patio del recreo de los adultos, el reducto donde volver a jugar con las muñecas y dar cuerda al tren que siempre para en la misma estación. Los cuentos, como las canciones y las películas, son esas otras vidas que pudimos tener.

20_libro_actriz Marissa Amado. ©Juanjo Delapeña

¿Por qué escribimos? Contaba Tabucchi que decía Samuel Beckett ?porque no puedo hacer otra cosa?. El propio alter ego de Pereira se respondía, como responden los hombres sabios, con todas las preguntas que desencadena una pregunta: ¿Porque tememos a la muerte? ¿Porque nos da miedo vivir? ¿Porque sentimos nostalgia de la infancia? ¿Porque el pasado ha huido deprisa o porque queremos pararlo? ¿Porque querríamos haber hecho algo que no hicimos? ¿Porque estamos aquí y querríamos estar allí? Las historias, dice un Paul Auster prepotente porque puede, le suceden solo a quien sabe contarlas.

En este libro ?que es una serie de homenajes encadenados, como los swings del manouche Django Reinhardt- hay historias de resistencia, de amores (el amor es siempre plural) y ensoñaciones, hay transgresión, algún piantao y se le trasluce la luna remontando la Cruz del Sur. En su escritura hay dejes cortazianos y garciamarquianos, marxianos también, sombras borgianas y añoranzas de otras existencias. Igual que al Oliveira de Rayuela, a quien ?en París todo le era Buenos Aires y viceversa?, a Liliana, en Madrid, todo le suena a algún lugar de ninguna parte colocado en mitad del mapa latinoamericano.

Y en estos cuentos está también la representación que Octavio sabe hacer como pocos de la confusión ambiental, la cofradía del afecto, la rabia que no se contiene y el corte de mangas a la injusticia convertida en ley.

Los libros, en los que creo como creo en las canciones y las películas, son producto de primera necesidad y derecho fundamental de la humanidad. Porque he aprendido que ?el Tiempo se aloja en las hojas muertas del silencio? (Rimbaud) lo que ahora toca es ganarle la batalla llenando las hojas con imágenes y ruidos.

Aremasain, territorio personal de Liliana Pineda, a un lado del mundo eterno. Una patria donde se mueven personajes que han decidido -voluntariamente- no tener ninguna. Los que viven en ella -como María la virgen asaltada por íncubos- porque les da lo mismo cualquier patria, y los que vuelven a ella como Hugo para reconocer los primeros olores de sus vidas que transcurren en universos sin fronteras.

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