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Pablo Izquierdo

Rompió de nuevo la escena un aviso del despertar de Karin; el mundo había empezado a moverse. Miré su cuerpo semidesnudo, sus bragas negras, azules, rojas y blancas; el angustioso despertar de una bestia; de sueños claros, y pudor adolescente. Murmuró mi nombre. Tomó conciencia y abrió los ojos presa de una súbita ansiedad. Yo aún seguía allí. Me vió y sonrió aliviada; después recordó, se agarró a mi brazo y emitió un par de débiles sollozos. Yo ya no estaba allí; la habría seguido; ella jamás se atrevió a pedírmelo. Karin saltó de la cama, se puso un vestido y dijo que debíamos desayunar.