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paulwunderlich


Un grito profundo, de socorro, embebido en una moribunda escena, corrió por el cielo con patas peludas de susto mordaz. El Clérigo observa cómo la Hueste de las Tinieblas se despliega sobre el campo de batalla, y tiembla del miedo al verles los miles de ojos a los demonios. El ejército de las tinieblas que se aproxima, ha sido convocado desde el infierno. Ha venido a derrocar a los hombres para siempre de su trono.


El Clérigo está dudoso si emergerán vivos de tal afronte en contra de la Hueste de las Tinieblas. Le reza a dios, pero él ya no le responde a nadie. Al parecer, dios ha sido asesinado por el mal, y jamás volverá a regresar a su trono celestial. ¿Qué harán sin él? Se preguntan los heridos por la guerra, aquellos que buscan clemencia entre los ojos del religioso. Sin embargo, ya ni el Clérigo sabe cómo responderles, ya que él también ha perdido toda la esperanza en la salvación; morirán sin piedad, al menos que divise alguna solución eficaz al problema.


A la distancia, una nube coagulada vuela por el cielo, embadurnada en algo espeso y poco elocuente que pareciera ser sangre. La Hueste de las Tinieblas marcha al encuentro de una segura victoria; los defensores esperan a su destino, desganados y perdidos en la penumbra. El Clérigo observa al cielo, en busca de algún signo de luz y esperanza: pero toda luz ha sido succionada por la nube espesa que viaja por el cielo, aquella enviada por el demonio que conjeturó esta desgracia. El religioso pronto se verá afrontado con una terrible decisión, aquella que decidirá su destino para siempre. Tendrá que escoger entre la luz y la oscuridad, decisión que le dilucidará el camino de la supervivencia. ¿Escogerá a la luz o a la oscuridad? Tal pregunta le hace cuestionarse los cimientos de sus principios, luchando entre si forja su deber como religioso, o si persigue su instinto de sobrevivir las tinieblas.