Tema: Otros
Ganador: Juan Carlos Boíza López
Página de autor: jcboiza.bubok.es
Finalistas Certamen:
Juan González Mesa
Yolanda Díaz de Tuesta Martín
Título del relato: PRUEBAS FALSAS
Relato: [Leer relato]
Autor: Juan Carlos Boiza (jcboiza)
Todo empezó hace una semana; estaba de patrulla con mi nuevo compañero, Adrian, un joven policía recién salido de la academia, cuando recibimos el aviso. La alarma de un chalet de las afueras había. Nosotros éramos los que estábamos más cerca, así que nos tocó comprobar el incidente.
Llegamos en apenas cinco minutos. Salvo por el ruido de la alarma, la vivienda parecía tranquila. Sacamos nuestras armas y nos colocamos a ambos lados de la puerta con precaución. Llamamos al timbre, pero no hubo respuesta.
- ¡Entremos! – exclamó mi compañero.
- ¿Es que no te has leído el reglamento? – le recriminé - Salvo el puñetero sonido de la alarma no hay ningún indicio de que la cerradura haya sido forzada.
- ¿Y qué hacemos?
- Vuelve al coche patrulla a ver si consigues que los de la empresa de seguridad localicen al dueño de la casa – le ordené, suponiendo que debía tratarse de un fallo del sistema de seguridad..
Adrian obedeció a regañadientes. Durante unos minutos, recorrí el perímetro de la vivienda sin observar nada anormal. Estaba a punto de volver al coche patrulla cuando oí el sonido inconfundible de un disparo. Saqué mi arma y, sin pensarlo, rompí uno de los ventanales saltando al interior.
Percibí claramente el sonido de un andar apresurado bajo mis pies, por lo que busqué rápidamente las escaleras que llevaban al sótano. No había bajado más que unos pocos escalones, cuando una figura se abalanzó sobre mí golpeándome con tal fuerza que caí rodando por las escaleras. No llegué a ver a mi atacante, tan sólo distinguí una silueta que huía por la misma vidriera que yo acababa de hacer añicos.
Perdí algunos segundos preciosos aturdido por el fuerte golpe, por lo que, cuando salí al jardín, tan sólo pude observar impotente como saltaba la verja y se perdía en la lejanía. Incapaz de alcanzarle, decidí volver al interior de la vivienda. Cuando llegué al sótano, encontré a Adrian mirando estupefacto el cadáver de un hombre tendido en medio de un charco de sangre.
- ¿Qué ha pasado? – preguntó al verme entrar.
- ¡Que la he cagado! – repuse, enfadado conmigo mismo – Ese hijo puta se me ha escapado.
Iba a agacharme a examinar el cuerpo cuando mi móvil empezó a sonar. Lo cogí, molesto por la interrupción, y una voz, jadeante y extrañamente familiar, me susurró: “Elimina todas las pruebas o te incriminarán”.
El mensaje fue corto y contundente. Pensé que se trataba de una broma macabra del propio asesino, pero, cuando comprobé el número del remitente, comprendí que aquello era algo muy distinto; el número era el de mi propio teléfono.
Afortunadamente, Adrian no se percató de mi repentina palidez y turbación, absorto como estaba en ponerse sus flamantes guantes de látex.
- Deja eso – le pedí – Yo me encargo. Tú ve fuera y asegúrate de impedir que entre nadie en la casa que no sea policía, forense o juez. Esto se va a llenar de gente y quiero examinar la escena del crimen antes de que lleguen.
Adrian, decepcionado, obedeció sin rechistar, consciente de que no le serviría de nada protestar. En cuanto hubo salido, me enfundé mis propios guantes y me agaché junto al cadáver aún caliente.
Casi de inmediato, localice un cigarrillo aún humeante caído en el suelo. La marca era idéntica a la que yo fumaba. Sin dudarlo, lo coloqué cuidadosamente en una bolsa hermética de plástico y me lo guardé en el bolsillo de la americana. Después, examiné la herida de bala en el pecho del fallecido. Se trataba, sin duda, de un disparo a quemarropa. Tenía orificio de entrada y de salida y la trayectoria era ascendente. Aquello, unido al desorden de la habitación, parecía indicar una pelea o forcejeo. Intenté imaginar la postura del fallecido y la posible dirección de la bala. Examiné las paredes y, tras unos minutos de búsqueda, encontré un orificio en la pared donde se había alojado el proyectil. Con una pequeña navaja, conseguí extraerle. No me sorprendió demasiado comprobar que era del mismo calibre de mi arma reglamentaria. Un murmullo llegó desde el exterior, mientras varias personas irrumpían en la vivienda, por lo que me guardé al bala apresuradamente y salí a su encuentro.
Estuve allí más de dos horas, mientras el forense examinaba el cuerpo y llegaba el juez de instrucción para realizar el levantamiento del cadáver. A punto estuve de entregar a mis superiores las pruebas que había sustraído ilegalmente, pero, al final, una sensación irracional de temor me hizo abandonar el lugar con ellas aún en mi bolsillo.
En los siguientes días rellené el pertinente informe y respondí las preguntas de los detectives que se hicieron cargo del caso, obviando todo lo relativo a la extraña llamada. Todos parecieron aceptar mi declaración, sobre todo cuando Adrian la corroboró punto por punto.
Mientras, comencé mi propia investigación. Conseguí que una ex compañera de otra comisaría examinase, sin hacer preguntas, el ADN del cigarrillo, cotejándolo, sin saberlo, con una segunda muestra proveniente de mi propia saliva. Por otro lado, me las apañé para comparar en balística un proyectil disparado con mi pistola con el disparado por el asesino. El resultado no dejaba lugar a dudas: el ADN coincidía y la bala había sido disparada por mi arma reglamentaria.
En los días siguientes indagué con discreción sobre el rumbo de la investigación oficial. Lo que averigüé no pudo ser más turbador; las únicas huellas dactilares encontradas junto al cadáver eran mías, lo que me valió una reprimenda por haber manipulado el cuerpo sin las debidas precauciones, y, lo más sorprendente, era que en el jardín también habían aparecido huellas que se correspondían con mi mismo número y tipo de zapatos. Aquello terminó de confirmarme la precisión con que habían sido manipuladas las pruebas. Habían puesto mi ADN, trucado un arma, colocado mis huellas dactilares y, hasta usado calzado de mi número y modelo. Era algo descabellado; ¿por qué tomarse tantas molestias para incriminarme para luego prevenirme con una llamada?
Incapaz de explicar lo ocurrido, llegué incluso a plantearme si podría estar siendo víctima de un problema mental. Quizá realmente yo era el asesino y lo había imaginado todo; a fin de cuentas, Adrian no había llegado a ver a mi atacante.
Una noche, obsesionado y sin poder dormir, tomé una decisión desesperada: decidí volver al lugar del crimen, convencido de que sólo allí encontraría la solución a aquel rompecabezas.
Llegué en plena madrugada. No me costó saltarme los precintos policiales y pronto me encontré en el sótano, ante la silueta encintada que marcaba el lugar del asesinato. Encendí un cigarrillo intentando calmar mi ansiedad y comencé a examinar la habitación. Al fondo, oculta en las sombras, una peculiar palanca metalizada llamó mi atención. Sin pensarlo, la empujé y todo el fondo de la habitación se desplazó a un lado dejando al descubierto una extraña maquinaria que abarcaba toda la pared. Me acerqué, pisando sin querer un extraño saliente en el suelo, y todo cambió a mí alrededor.
Era de día y la pared ocultaba de nuevo la maquinaria. Estuve unos minutos desconcertado antes de que un hombre apareciese tras de mí, haciéndome salir de mi estupor. Lo reconocí de inmediato; era la víctima del asesinato que, de alguna manera, volvía a estar vivo frente a mí. De manera refleja, saqué mi arma y le apunté.
- ¿Qué quiere? – preguntó el hombre asustado - ¿Cómo ha entrado aquí?
- No lo sé – balbuceé – Usted murió hace una semana y había una máquina en esa pared. Todo brilló…
- ¡Dios mío! – exclamó – Estaba programada para un retroceso temporal aproximado de siete días.
- ¿Retroceso temporal? – pregunté, empezando a intuir, incrédulo, lo ocurrido.
- Pero … ,si he muerto hace una semana eso solo puede significar… – el hombre parecía reflexionar en voz alta – que moriré hoy.
Una mirada de locura se dibujó en su rostro mientras se abalanzaba sobre mí presa de la desesperación. Quise quitármele de encima, pero mi arma se disparó y el hombre cayó muerto a mis pies. Casi de inmediato, el sonido del cristal al romperse sonó sobre mi cabeza y supe lo que iba a pasar a continuación. Empecé a subir por las escaleras del sótano, mientras me aseguraba de llevar mi móvil en el bolsillo. Sabía que dentro de unos minutos tendría que hacer la llamada más extraña de mi vida.
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