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raitann
Mensajes: 1.178
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010

104 CONCURSO MENSUAL DE RELATOS. VACACIONES. RELATOS

8 de Julio de 2013 a las 0:49

Aquí sólo RELATOS. Desde ya hasta las 22,00  del jueves 1 de agosto.

Los que vais de vacaciones en julio lo tenéis fácil.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 16 de Julio de 2013 a las 17:50
Bueno, pues a pesar de las promesas, esto sigue yendo mal.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 16 de Julio de 2013 a las 17:56
Incógnita sentimental


Mis planes se habían chafado por completo. Joaquín y yo teníamos perfectamente previstas las vacaciones del verano: hasta que mis padres cogieran el permiso estaríamos en Madrid; yo me iría a su casa en cuanto me levantara (su madre no trabajaba), desayunaríamos y nos iríamos a la piscina municipal a pasar el día; muchos no regresaríamos ni para comer, pues nos llevaríamos bocadillos. Después, cenaríamos en mi casa y saldríamos al parque hasta bien entrada la noche. En agosto, que ya mis padres tendrían vacaciones, Joaquín se vendría al pueblo con nosotros y seguiríamos con el mismo ritmo de piscina y parque, incorporando además, sesiones de bici y río.
Pero la amargada de Matemáticas había decidido compartir conmigo su angustia suspendiéndome la asignatura. Con un cuatro con cinco, la muy...
Mis padres llegaron a la conclusión de que tendría que dar clases durante todo el verano y, dejar a los padres de Joaquín la responsabilidad de que yo aprovechara esas clases no les parecía oportuno. Joaquín tampoco vendría en agosto, para no distraerme dijeron, aunque yo sabía que era un castigo. Así que me mandaron al pueblo, antes de lo previsto, con mis abuelos. Güeli (así es como siempre llamé a mi abuela) ya se había encargado de buscarme una profe, la hija de una amiga suya. A Joaquín no le importó mucho el cambio; claro, para él todo seguía prácticamente igual, iría a la piscina y bajaría al parque todos los días con el resto de nuestros amigos, pero para mí fue una tragedia.
-Te juro que en septiembre le pincho las ruedas del coche -decía aun sabiendo que no haría tal cosa.
-Tampoco es para tanto, tío. Has suspendido por los pelos, seguro que en septiembre te aprueba.
-Ya, pero me ha jodido el verano.
-Igual la profe que te ha buscado tu abuela está buena y te estrenas, tonto.
-¡Qué gilipollas eres! -Me reí e intenté darle un par de puñetazos amistosos, pero él fue más rápido y fui yo quien los recibió.

Deseaba que mi amigo tuviera razón y que la chica que se iba a encargar de darme clases fuera muy guapa pero, en el fondo, estaba convencido de que sería una gafotas estúpida y fea. Y a ver qué edad tendría, porque si era hija de una amiga de mi abuela... casi seguro que tendría, por lo menos, la edad de mi madre. Intenté sonsacar a Güeli, pero no hubo forma.
-¿Y qué más te da si es guapa o fea? Para las Matemáticas no hay guapura que valga, es la cabeza lo que importa. Esta chica es muy lista, ya lo verás.
Llegó el primer día. Yo tenía que ir a su casa y eso ya me disgustó bastante; joder... la estábamos pagando, qué menos que fuera ella la que viniera a mi casa. Llamé a la puerta recitando una letanía interior: "que esté buena, que esté buena, que esté buena..."
Me abrió una chica de unos dieciséis años, yo tenía trece. Y estaba buenísima: rubeja, ojos azules, delgada, algo más alta que yo (no importaba, yo todavía tenía que crecer) y con un cuerpazo...
-Hola, soy Andrés, vengo para lo de las clases.
-¡Ah, sí! Pasa, pasa. -Y su sonrisa sustituyó al sol.
En cuanto se dio la vuelta cerré los puños e hice un gesto triunfal. Creo que hasta le di las gracias, de forma inconsciente, a la amargada de Matemáticas por haberme suspendido.
-Aquí -me indicó señalando una puerta-. Pasa.
Entré, pero ella se quedó fuera cerrando tras de sí. No entendía. Estaba recorriendo la habitación con la vista cuando una voz me alcanzó antes de que pudiera saber de dónde venía.
-¿Eres Andrés? Hola, soy Charo, tu profesora de apoyo.
La voz venía de detrás de una mesa tipo escritorio. En ese momento no pude fijarme en su cara porque la silla de ruedas, acercándose a mí, llamó más mi atención. Una vez cerca, olvidé la silla porque su cara acaparó toda mi curiosidad.
Era imposible saber si era joven o vieja, las cicatrices borraban cualquier pista sobre esa cuestión. Creo que sonreía y... hubiera preferido que no lo hiciera, pues su mueca se torcía de una forma muy desagradable. Sus ojos eran azules, como los de la chica que había abierto la puerta; aunque no tenían nada en común, diría que se daban un aire.
Aguanté las dos horas que Güeli y ella habían pactado. Estuvimos viendo mi libro de texto y mis apuntes, hablando sobre lo que me resultaba más dificultoso y haciendo una especie de prueba de nivel para que ella supiera desde dónde y cómo empezar. Tengo que admitir que me cayó bien y que después de un rato casi conseguí no mirarla fijamente con cara de lelo. Pero daba un miedo... Cuando por fin salí de la casa en mi cabeza sólo se repetía una frase: "te mato, Güeli, te mato".
Mi víctima imaginaria de homicidio, cuando llegué me sonrió y me ofreció la mejilla para que le diera un beso.
-¿Qué tal la primera clase? ¿A que es muy simpática y muy lista?
-Está en una silla de ruedas.
-Ya. Tuvieron un accidente de coche cuando era pequeña y se quedó inválida -me dijo sin que le pareciera un asunto importante.
-¡Y tiene la cara deformada!
-¿Sí? -preguntó con algo de extrañeza-. Puede ser, no me he fijado nunca.
-¡Es horrible, Güeli! ¿Cuántos años tiene?
-Diecisiete. Y no es horrible, sólo tiene algunas cicatrices.
-¡Algunas, dice! Y la otra chica... ¿es su hermana?
-¿Carmela? -preguntó con media sonrisa- Sí, es su gemela.
-Podrías haberle dicho a ésa que me diera clase.
No me respondió.

Después de dos semanas en el pueblo, la verdad es que todo estaba saliendo mucho mejor de lo que había imaginado. Por las mañanas daba mis clases con Charo y, mi abuela tenía razón, era muy simpática y muy lista; las Matemáticas parecían incluso divertidas. Las tardes las pasaba en la piscina, no tardé en dejar de pensar en mis colegas de Madrid y hacer amigos nuevos; solíamos quedar después de cenar para charlar o jugar a lo que fuera. A Carmela la veía cuando me abría la puerta, también de lejos en la piscina y, aunque por las noches solía acudir al punto de encuentro en el que nos juntábamos todos los chavales, no pude hablar nada con ella porque pertenecía al grupo de "los mayores", terreno vedado para los menores de quince años, sobre todo si eras chico (para nosotros la edad se elevaba a los diecisiete, como mínimo). Pero sólo mirarla ya era un motivo de alegría.

Aquella mañana, mientras resolvía un problema de dos incógnitas, de repente, y sin saber por qué me había entrado esa curiosidad, solté el boli y empecé a hablar con Charo.
-¿Qué haces para divertirte?
-Lo mismo que todo el mundo, supongo. -Es difícil asegurarlo, pero creo que tenía cara de sorpresa-. Cosas que me divierten.
-¿Como qué?
-Leer, ver la tele, charlar con los amigos... no sé, ¿por qué me preguntas eso?
-¿No sales nunca?
-Poco. Mis amigos no viven aquí. En invierno voy a un internado que está preparado para discapacitados y mis amigos son compañeros de allí. Aquí me llevo bien con las amigas de mi hermana y vienen a verme de vez en cuando. A veces salimos a dar un paseo, pero pocas veces.
-¿Te duelen?
-¿Las piernas? No. No las siento.
-No, las cicatrices. -En mi pantalla mental me vi golpeándome con furia. ¡¿Cómo me había atrevido a preguntarle algo así?!
-Físicamente, no -respondió luego de un instante de silencio-. Tienen su lado bueno, consiguen que no me importe ser inválida.
-Perdona. -Mi arrepentimiento era sincero, me sentía muy avergonzado.
-No te preocupes -dijo torciendo el gesto a modo de sonrisa-. Está bien que preguntes, prefiero tu franqueza a las miradas esquivas y compasivas que me toca aguantar cada vez que salgo del internado.
-Tu hermana es muy guapa. -Quería cambiar de tema y fue lo primero que se me ocurrió. Inmediatamente me di cuenta lo metepatas que era.
-Sí. Mucho, es verdad. Venga, termina el problema.
Lo curioso es que a partir de esta conversación empezamos a llevarnos aún mejor. Cada día eran más las interrupciones que hacíamos en las clases para charlar de nuestras cosas; supe que jugaba al baloncesto en el equipo de su colegio; que, como a mí, le gustaba Sting; que odiaba los guisantes...
Por las noches, antes de dormirme, imaginaba el sistema de ecuaciones perfecto: mis conversaciones con Charo (X) en el cuerpo de Carmela (Y). (X +Y)/2 = sólo una, perfecta, y para mí.

Faltaba una semana para volver a Madrid. Charo me recibió con un examen sorpresa.
-Si lo apruebas te doy vacaciones.
Me puse con él y poco a poco fui resolviendo todas las preguntas.
-¿Ya? -preguntó cuando le alargué la hoja para que la corrigiera-. Has tardado muy poco, este examen es para dos horas y lo has hecho en poco más de una.
Me encogí de hombros aunque me sentía satisfecho por mi hazaña. No quería parecerle presuntuoso. Miró con detenimiento cada uno de los ejercicios. Por sus expresiones, que ya estaba aprendiendo a identificar, sabía que le gustaba lo que estaba viendo. Mi sonrisa se agrandaba por momentos.
-Está todo bien -dijo contenta-, ¡muy bien! Tienes que estar orgulloso, lo has conseguido. Aprobarás Matemáticas.
Mi sonrisa al fin alcanzó el grado de carcajada. ¡Estaba orgulloso de verdad! Y estaba feliz. Tanto, que me levante y le di un abrazo a Charo, también un montón de besos. Cuando me quise dar cuenta estaba sentado sobre sus rodillas sin dejar de abrazarla. Ella reía.
-¡Ay, perdona! -dije levantándome de un salto.
-¡No! No importa. Ven, que te doy un beso yo también.
Volví a sentarme en su regazo. Entonces... dejamos de reír y nos miramos fijamente. Me acerqué más a ella y... nos besamos como si supiéramos hacerlo.
-Disfruta la semana que te queda de vacaciones -dijo cuando nuestros labios se separaron-. Venga, vete.
No supe interpretar su gesto, pero aquellas gotas... podrían ser lágrimas. Las de mis ojos sí lo eran.


concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Julio de 2013 a las 21:52
Nunca es tarde

Tenía la famosa centrifugadora frente a mis ojos. Fue entonces cuando rememoré mi infancia.

Tiene gracia, por aquel entonces mis fantasías de ser un astronauta distaban mucho de lo que realmente significa prepararte para viajar al espacio. A los diez años fantaseaba con meterme dentro de uno de esos engorrosos trajes y simplemente volar, sentir la libertad suprema de la galaxia viajando con mi nave como quien viajaría con su lancha motora por alguna solitaria costa. Visitaría tal o cual planeta, quién sabe si descubriendo vida alienígena por el camino.

Ah, los niños. Mentes sencillas, mentes felices.

En cambio ahora me encontraba aquí, parado, observando un descomunal artefacto que ya de por sí parecía sacado de una película de ciencia ficción. Después de semanas de intenso entrenamiento, casi llegué a olvidar qué estaba haciendo allí, en el Centro de Viajes Espaciales de la NASA. Mi cuerpo casi parecía esperar batirse en un duro combate de boxeo contra algún gigantesco ruso, más que quedarse ahí sentado y esperar que todo saliera bien.

Y es que eso era todo lo que podía hacer en la centrifugadora: esperar que todo saliera bien.

Los candidatos a viajar a Marte nos lo jugábamos todo a una carta una vez tras otra, sabiendo que con sólo no dar la talla en una sola de las pruebas ya tendríamos encima a centenares de entusiastas ansiosos por superarnos y arrebatarnos nuestra plaza en la nave. Yo estaba tranquilo. Ya hacía demasiado tiempo que dejé de ser aquel niño de diez años.

Me senté en el habitáculo de la centrifugadora que, por seguridad, estaba situada a su vez dentro de una estancia cerrada en forma de cúpula. Me hizo gracia recordar lo que nos explicó un simpático trabajador cuando nos enseñaron las instalaciones por primera vez: “¡No es cuestión de que el habitáculo se suelte de sus conexiones con la columna central y el pobre candidato acabe lanzado prematuramente al espacio!”. Por ello, los cristales a través de los cuales varios técnicos iban a observar y monitorizar el proceso eran casi tan gruesos como un muro de ladrillos.

Al principio, sentado allí me sentía como en un parque de atracciones, impresión que se disipó rápidamente cuando los asistentes empezaron a colocarme pulsómetros, electrodos y todo tipo de artefactos pegados a mi cuerpo. Fue cuando empecé a ponerme un poquito nervioso. Cerraron finalmente la cabina, y abandonaron la centrifugadora para dirigirse al puesto de observación.

Dejé mi mente en blanco conforme noté que el trasto empezaba a moverme. La cabina dio una vuelta completa. Y otra. Y otra. Mi sensación subjetiva era la de estar en un coche de fórmula uno. Poco a poco, fueron subiendo la potencia. Empecé a sentirme mal, mi cuerpo se resentía conforme la sensación de velocidad empezó a hacerse más y más antinatural. Normal, por otra parte. Simplemente cerré los ojos con fuerza e intenté abandonarme, centrar todos los recursos de mi cuerpo en aguantar.

Algo muy extraño ocurrió en un momento dado. Cuando por fin creí haber logrado lo que quería, en mi mente se coló una imagen de la superficie marciana que no podía haber salido de otro sitio que no fuera mi propia imaginación. Me visualicé a mí mismo allí, en la inmensidad de una llanura desolada, comunicándome sin palabras con alguna entidad etérea, difícil de describir. La visión duró solo un segundo, pero bastó para hacerme abrir los ojos como platos, totalmente impactado por lo que parecía haber sido una ventana abierta a lo más profundo de mi mente. Y dio la casualidad de que la prueba había acabado. Fui volviendo a pensar con claridad conforme la velocidad se reducía más y más, hasta que al fin la máquina se paró y me ayudaron a salir de allí.

“Enhorabuena, ha obtenido usted los mejores resultados hasta la fecha”.

A partir de ahí todo se sucedió muy rápido, tanto que pronto dejé de darle vueltas a la visión que tanto me perturbaba. Casi sin darme cuenta fui superando con rotundo éxito todas las pruebas, y llegó por fin el punto en que se me notificó que había sido seleccionado para el primer viaje de civiles al planeta rojo.

Tiene gracia cómo la vida nos recompensa con lo que queremos sólo cuando realmente parece que no acaba de importarnos mucho si lo logramos o no. Yo fui consciente de ello desde que era un adolescente, y sin embargo nunca pude aplicarlo, viviendo una existencia llena de frustraciones por mi personalidad demasiado obsesiva. Quizás es precisamente por ese enorme desgaste que ahora, maltratado por la vida, por fin veía cumplirse uno de mis mayores deseos en un momento en que, de no haberlo hecho, simplemente me hubiera resignado a seguir con mi desidia cotidiana. El pensar en ello me revolvía las entrañas.

El día del despegue, multitud de caras nuevas a mi alrededor mostraban todo tipo de emociones. No sé qué mostraría la mía, pero a juzgar por el cambio de expresión en todos aquellos que me miraban, apuesto a que distaba bastante del sentir general.

Y es que aquel viaje era para algunos como un sueño, una ilusión, un anhelo. Para algunos ser pioneros, para otros sólo descubrir, experimentar... para muchos, sin duda, hacer historia.

Para mí, sólo eran unas vacaciones indefinidas de una existencia futil.

Entramos todos en la nave, nos sentamos en nuestros asientos. Llegaba uno de los momentos más críticos, en que cualquier mínimo detalle descuidado podría hacer que la nave y todos los que habíamos dentro voláramos en pedazos.

La visión que tuve en la centrifugadora volvió a mi cabeza tan pronto como empezamos a despegar... y esta vez no se marchó tímidamente a los pocos segundos. Permaneció. Y la entidad sin nombre habló, y yo escuché.

Sentí iluminarse mi vida entera al mismo tiempo que se envolvía en tinieblas. Y comprendí por qué todos los aspectos de mi existencia me condujeron poco a poco a la más absoluta de las miserias sin mediar razón aparente. Comprendí por qué mi ilusión se había esfumado, mi motivación por las cosas que siempre me gustaron había desaparecido, ya no amaba a mi esposa ni me satisfacía mi trabajo. Comprendí por qué necesitaba tanto unas vacaciones. Y también comprendí que quizás era demasiado tarde para mí.

Lo que parece que no habían comprendido los psicólogos de la NASA es que, dándome el visto bueno para el viaje, cometían un terrible error.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 28 de Julio de 2013 a las 10:42

La piel de Elena







La piel de Elena es sonrosada y suave, los poros pequeños le dan el brillo justo. Al trasluz los pelillos rubios se transparentan erizados cuando paseo mi mano por su cuerpo. Elena es un regalo imprevisto cuando más lo necesitaba, un milagro que jamás hubiera creído que fuera posible.

Extiendo la mantequilla y la mermelada en la tostada y se la acerco a la boca. Se ríe de esa manera ronca de cuando parece un gato que ronronea. La sangre recorre mi cuerpo, ligera. Siento la deliciosa sensación de relax, todos mis músculos y nervios se agitan y vuelven a su estado natural.

— No me mimes tanto, Carmen —me dice con una gran carga de picardía en sus ojos— tendré que echarte en falta demasiado, luego.

Solo pensar que hemos de separarnos me empuja a lanzarme sobre ella y volver a elevarla al limbo de los justos y pedirle correspondencia. Pero no lo hago.
...

No sabía a dónde quería ir, pero debía ser lejos. Lo suficiente como para olvidarme de todo. Era verano y las vacaciones me sabían amargas. Cerré la puerta de mi despacho, primero miré la mesa y le dije adiós. Estaba loca, solo era un mueble, pero sentía que, cuando volviera, ya no sería mi mesa. Y yo tendría que apuntarme en las listas del Inem. Pero ese no era mi mayor problema. Tenía que tomar una decisión y responder a Luis si quería o no irme a vivir con él y... con su hijo. Ese monstruito de dieciséis años. No estaba segura, todas aquellas dudas me confundían y él no quería o no podía entenderlo.

Dejé que el coche decidiera mi destino. Tenía la cabeza puesta en la carretera y en compadecerme a mí misma. Así que él eligió por mí seguir la rutina de tantos viajes al Pirineo y me llevó hacia allí.

Elena estaba sentada sobre su mochila a la salida de Iruña y sonriente me hacía señas para que parase. Y paré. ¿Por qué? no lo sé. Jamás cojo a nadie. No sé que vi en aquella chica, pero no lo dudé ni un momento y la invité a subir al coche. Tampoco ella sabía a dónde iba, le daba igual con tal de alejarse de la ciudad y de alguien que le había hecho daño. Debió ser mucho, porque las lágrimas, rebeldes, brotaban de sus ojos.

Tendría que haberme puesto en guardia. Pero sentí empatía y coloqué mi mano sobre su rodilla. Me miró como lo hace un perrillo abandonado. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Estaba loca de piedad por ella y su pena.

Cuando iba al Pirineo solía alquilar una cabaña y eso haría ahora. Le invité a venir conmigo cuando me confesó que no sabía a dónde ir y que no tenía dinero. « ¿Por qué lo hago? » volví a preguntarme Tal vez su dolor me hacía olvidar mis preocupaciones. Ella era una de esas personas en las que confías rápidamente. O tal vez era yo, que necesitaba alguien de quien preocuparme o que se preocupara de mí.
En dos o tres días ya éramos amigas, o al menos lo parecíamos. Ella huía de alguien en quien confiaba y ahora le había engañado. Yo huía de todo y de todos.

— Ya sé que es de lo más normal, que pasa cada dos por tres y además ya me ha pasado otras veces —hipaba al decirlo y me miraba con sus ojos dulces y sumisos— Pero esta vez creí que era diferente. No se trataba de sexo solamente, yo estaba enamorada como una tonta, de la manera más profunda. Se ha ido de vacaciones con otra. Una compañera del Colegio donde trabaja. «Cuando vuelva no quiero que estés aquí» me dijo al irse. ¿Dónde podía ir? Estaba dispuesta a perdonarle y esperar a que volviera, pero ella solo quería marcharse y olvidarse de mí.

Sentadas, contemplando la puesta de sol, me pidió que le dejara cepillarme el pelo y hacerme una coleta. Lo hago yo a diario, pero la idea me pareció bien. Sus dedos se entremezclaban con mis cabellos, eran tan suaves que toda mi atención se centró en lo que sentía. Luego fueron otros detalles a los que me dejaba arrastrar no sé si inocentemente o sabiendo muy bien lo que hacía. A la semana me llamaron de la oficina para decirme que la cerraban definitivamente, lloré. Lloré con verdadero desconsuelo, de rabia, de indignación, de impotencia y de conmiseración para conmigo misma.

Secó mis lágrimas a besos, poco a poco, una por una. Elena tiene unos labios dulces y un aliento fresco y toda la sabiduría del mundo en ellos. Le dejé hacer porque no podía resistirme y necesitaba que alguien me quisiera, me cuidara. Y ella ¡era tan delicada! Esa noche vino a mi cama. Me asusté mucho, mi cabeza se agitaba convulsa y extrañada, pero mi piel me traicionaba y olvidaba todas mis dudas. Dejé que conociera mi cuerpo y yo conocí el suyo, sorprendida, consternada por lo que sentía. Elena abraza de esa manera que te hace sentir parte importante del otro. Solo que esta vez era otra. Llegó un momento en que ni eso, ni nada me importó fuera del deleite inusitado de esa unión diferente y especial.

El verano se fue precipitando hacia el otoño y nosotras vivíamos alejadas del mundo. Paseamos, subimos a las praderas en las cimas de los montes, nos bañamos en las heladas aguas de los ríos y nos tumbamos desnudas al sol, sobre la hierba jugosa y húmeda en lugares solitarios. Y vimos las estrellas cuando aún era de día. Compramos verduras y frutas y preparamos comidas ligeras para degustarlas en el porche. La gente nos miraba reír y abrazarnos y nosotras acentuábamos nuestras caricias solo por fastidiar a los beatos.

Finalizando agosto me llamaron para una entrevista de trabajo. Fui y volví en la mañana. Temblaba pensando que a lo mejor Elena había decidido irse. Cuando la vi, mi corazón dio un vuelco y todos mis nervios se disiparon. Había preparado una tortilla de patata y melón helado troceado en pequeños bocados. Ramas y flores silvestres colgaban de las paredes de la pequeña casa.

— Te has pasado la mañana trabajando —le dije como si la riñera

— Me he pasado la mañana pensando en ti —me dijo dándome un beso

— No. Ahora no —la alejé suavemente— quiero darme una ducha y comemos después.

Volvieron a llamarme. Esta vez para decirme que a mediados de setiembre comenzaba a trabajar en un lugar donde me pagaban casi la mitad que hasta ahora, para un puesto de la misma responsabilidad. No me importó, por lo menos podría pagar la renta y hacer vida sencilla, pero normal. Elena se alegró mucho, parecía realmente emocionada con mi suerte. Ella no trabajaba, hacía poco que había terminado sus estudios y quería vivir la vida a su antojo, durante un tiempo. Me pareció normal. Todo me gustaba en ella. La invité a venirse conmigo a Iruña porque pronto tendríamos que dejar aquella cabaña. Me pareció que se alegraba mucho. Yo no pensaba con lucidez, no quería hacerme preguntas, porque las respuestas me harían volver a la tierra para recordarme que hacía mucho tiempo había elegido en qué lado quería estar. Pero no deseaba alejarme de ella, no, al menos de momento. Era como un imán que me atraía sin poder evitarlo.
...

Ahora me mira a través de las pestañas con los ojos entornados. Vuelvo a untarle otra tostada con tanto amor como el que siento en mi interior y sin dejar que mis sentimientos asomen a los míos. Ella sabe que mi orgullo no me deja llorar, no quiero que me vea, tampoco quiero darle pena. Al final la vida nos ha marcado el camino, ha sido tan sencillo que no puedo creerlo. Nos separamos. No viene conmigo a Iruña, tal como habíamos planeado. Su ex la llamó ayer para pedirle que vuelva, que la compañera de trabajo había sido buena compañía para el verano, pero que lo habían dejado. De saberse podía costarles el puesto en el Colegio religioso.

— Te utiliza —le digo

Pero ¿quién soy yo para decirle lo que tiene o no tiene que hacer? Solo sé que siento una amargura tan grande, que mi cuerpo y mi alma duelen por todos lados.

— Si las cosas no van bien con ella —me dice, creo que para consolarme— te buscaré.

— No. No me busques. No vuelvas y olvídate de mí.
...


La piel de Elena es suave como la seda y su lengua húmeda y sabía. Tiene el don de la dulzura y la picardía de la inocencia. Elena es un ser humano y no puede ser diferente a como es. Yo la quiero y cada noche recuerdo su cuerpo cálido junto al mío y me muero de ansiedad.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 29 de Julio de 2013 a las 14:02

La escuela de verano

De como Lucas, el maestro, estuvo a punto de arruinarse unas vacaciones, con cumplido detalle de la ingeniosa idea que tuvo a continuación.

Mirandilla de la Fuente es una de esas pequeñas villas de provincia, a medio camino entre pueblo y ciudad, en las que la vida puede discurrir al mismo tiempo sin excesivo ajetreo y sin demasiado aburrimiento. Tiene un casco antiguo en el centro, con su iglesia, un par de palacios, varias casas señoriales, dos o tres plazas soleadas con sus fuentes y una pequeña telaraña de callejones con suelo empedrado. A su alrededor la villa se expande en todas direcciones en numerosos barrios más modernos y convencionales, fruto de los años del desarrollo. Lucas Roldán era el maestro de la pequeña escuela de Las Moreras, uno de esos barrios periféricos.

En lugares como Mirandilla el acceder a pequeños servicios o solucionar problemas insignificantes puede ser un auténtico calvario en el mes de agosto. Comprar una vela, ir a por un par de yogures, o adquirir una caja de aspirinas puede suponer tener que desplazarse hasta el otro extremo de la villa, o incluso en ocasiones, a alguna villa vecina. Lucas lo sabía bien. En Agosto prácticamente todos los comercios colgaban en sus puertas el consabido letrerito de “Cerrado por vacaciones”. Y es que durante aquellas semanas de canícula la mayoría de los habitantes se iban de vacaciones. Unos al apartamento en la costa o al chaletito en la sierra, otros a ver a la familia en el norte, mientras que otros se apuntaban a un viaje organizado, de los muchos que la agencia de viajes del barrio les ofrecía. Como la villa quedaba desierta al farmacéutico, al panadero, al de la ferretería, al de la librería, al del colmado y, en general, a todos los comerciantes del barrio, no les merecía la pena mantener abiertos sus comercios y optaban por irse también de vacaciones. El mismo Lucas, con su mujer y sus tres hijos, aprovechaban para tomar su viejo Seat Ibiza, cargaban unas maletas sobre el coche, y se iban a algún lugar no demasiado lejano a pasar unos días de merecido asueto.

Pero aquel año, a mediados de julio, Lucas le andaba dando vueltas en la cabeza a un plan distinto. Había visto un local en el centro del barrio en alquiler desde mucho tiempo atrás. Y había localizado por internet algunos mayoristas capaces de suministrar las más variadas cosas. Y con todo eso tuvo una de esas ideas brillantes que surgen de pronto, un "¡Ajá!" de esos que decían en los cursos del Dale Carnagie.

Por la noche, Lucas expuso su plan a su familia durante la cena.

—Con la crisis que se nos ha echado encima estoy seguro que eso de irse de vacaciones se lo van a pensar mucho nuestros vecinos. No son buenos tiempos para las vacaciones. He sondeado un poco aquí y allá por el barrio, y creo que este año va a haber tanta gente como en cualquier otro mes del año. Con sus necesidades diarias de compra. Ya sabéis, pan, fruta, jabón, alguna prenda de verano... todo eso.

—Pero cariño, nosotros tenemos unos pocos ahorrillos. No tenemos porqué privarnos de nuestras vacaciones. Además a los niños les conviene conocer otros lugares, siempre lo has dicho.

—Mira, Loli, es que esto que llevo pensando es algo infalible. Este mes de agosto podemos ganar mucho dinero y a primeros de septiembre aun estaremos a tiempo de hacer unas buenas vacaciones. Lo he calculado todo. El local está en perfecto estado y no hay que hacer reforma ni obra alguna, pues era un pequeño supermercado. El alquiler y la compra de los suministros para las primeras dos semanas lo podemos cubrir todo con nuestros ahorros. Y nosotros dos, con la chica y el chaval como ayudantes podríamos llevar perfectamente el comercio. El peque nos podría ayudar también haciendo algún recado. ¡Imaginaros! ¡Todo está cerrado en vacaciones! ¡No hay donde comprar el pan, una aspirina, un recambio de jabón, un insecticida! Y nosotros abrimos nuestro centro comercial en medio del pueblo. ¡Las ventas aseguradas!

—¿Estás seguro?

—Claro, hija. No tendremos competencia. Negocio seguro. Lo he estudiado bien. El horno para asar el pan congelado del mayorista funciona, me lo han asegurado. Tendremos una zona de colmado, otra de parafarmacia, una de bebidas y alimentación, una de pequeña ferretería y bricolage...

—Pero papá...

—¡Mañana mismo cierro el trato con los del local y comenzamos los preparativos!

—Papá...

—Dime, Pepe.

—Hoy he estado jugando en el polideportivo con los hijos del boticario y me han dicho que este año no se van de vacaciones y que además, no les sale a cuenta cerrar la farmacia.

—Y yo he estado en el parque con la pandilla. Y María, la de la panadería, me ha dicho que no piensas cerrar tampoco. No se van de vacaciones y no cerrarán en todo el verano. Y Manolo, el hijo del tendero, el de los ultramarinos, ha dicho que sus padres tampoco se toman vacaciones este año.

—Mira, Lucas, cariño, yo iba a decirte que esta mañana he estado en la peluquería con Anita, la de la ferretería, y me ha contado que ni cierran en agosto ni se van de vacaciones. Y estábamos en esas cuando Carmen, la peluquera, nos ha dicho lo mismo. Y nos ha comentado que tampoco piensan hacer vacaciones los de la librería de la avenida, ni los de la tienda de moda y lencería que hay al lado de la peluquería.

Lucas se quedó mudo unos segundos. Miraba a su plato de gazpacho con las manos cruzadas sobre la mesa sin decir palabra. Parecía reflexionar profundamente. Muy pronto se dio cuenta de que había estado a punto de cometer un gran error de cálculo. ¿Cómo se le había podido pasar por la cabeza aquella insensata idea? Era evidente que la crisis no sólo había llegado para los posibles compradores, que no se iban a marchar de vacaciones, sino que había llegado para todos, absolutamente todos los vecinos. De modo que a Lucas se le representó perfectamente el cuadro de Mirandilla en el mes de agosto con el noventa por ciento de sus lugareños viviendo y trabajando en vez de irse de vacaciones. Y se imaginó a todos los niños y niñas que, ocupados sus padres en sus habituales tareas, saldrían a jugar por las calles y plazas... y entonces tuvo un nuevo ¡Aja! que le hizo poner en pie. Y con los ojos brillantes y una gran excitación, exclamó:

—¡Ya lo tengo! ¡Eso es! ¡Olvidaros de todo lo que dije antes! Pero eso sí, las vacaciones nosotros las tomaremos en septiembre, antes de comenzar el curso. Porque en agosto vamos a trabajar. No, no en el centro comercial. Eso está descartado. ¡Vamos a abrir el colegio unas horas cada día! ¡Por una módica cuota los padres de nuestros alumnos, y los de otros colegios si lo desean también, podrán apuntar a sus hijos en... ¡la escuela de verano de las Moreras!

—¡Lucas, cariño, esa si que es una buena idea! Si nadie hace vacaciones los niños y las niñas del barrio van necesitar algo con que ocupar su tiempo. Ya lo estoy imaginando... algunas clases de refuerzo pero, sobre todo, actividades en el patio, juegos...

—Juegos que pueden ser al mismo tiempo una forma de aprender... tienes razón, Loli. Vosotros, Pepe y Marga nos ayudaréis. Y tú, Ramón...

—¡Yo quiero apuntarme al cole de verano! ¡Seguro que Miguel, el de la portería y su hermanita se apuntan también!

—De acuerdo, de acuerdo... Acabemos la cena y después vamos a dedicar un buen rato a organizarlo todo, con tranquilidad y sosiego. Como corresponde...

La Escuela de Verano de Las Moreras, del 25 de julio al 25 de agosto, fue todo un éxito. Los padres, que por motivos económicos habían renunciado a las vacaciones aquel año, vieron encantados aquella posibilidad de tener aparcados a los hijos unas horas cada día. Y las niñas y los niños volvían encantados a sus casas, contando lo bien que lo habían pasado y las muchas cosas divertidas e interesantes que habían hecho. De modo que, muy probablemente, aquella iniciativa del colegio tendría nuevas ediciones en años sucesivos.

Aparte de la satisfacción por el trabajo bien hecho y de los agradecimientos y felicitaciones de las familias, la Escuela de Verano supuso para Lucas y su familia el que no sólo no tuvieron que tocar nada de sus ahorros sino que además, pese a lo moderado de la cuota que cobraron, al ser tantos los niños y niñas que se apuntaron a la escuela de verano, a finales de agosto se encontrasen con una bonita cantidad extra de dinero.

Y tal y como les había prometido a su esposa y sus hijos, a primeros de septiembre pudieron irse de viaje y tomar unas bonitas vacaciones. Fue sólo una semana pero les encantó. El viejo coche quedó aparcado en el patio de la escuela, porque por una vez contrataron un paquete turístico con avión, autocar y bonitos hoteles. ¡En Suiza, nada menos!

Y allí, en un bonito pueblo al sureste de Suiza, Lucas descubrió con sorpresa que el queso de Gruyere no tiene esos grandes agujeros con los que siempre nos lo hemos imaginado.

—Nunca te acostarás sin saber algo más.— se dijo.