V Certamen de Relatos Bubok: Edición Especial "Semana Santa"
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La mejor madre del mundo Llegó el Domingo de Ramos. Por la noche había llovido y, al amanecer, el hombre se asomó a su ventana. Frente y a lo lejos se veían los cipreses del cementerio. En estos árboles y en las nubes que colgaban del cielo, el hombre fijó sus miradas y se puso a rezar al cielo. Hacia ya varios años que ella se había ido y el hombre no podía olvidarla. Como tampoco podía olvidar al padre que, en los últimos momentos de su vida, había dejado a la madre abandonada. Fue hacía ya también unos años. El padre, hombre bueno a lo largo de toda su vida, un día se enamoró de otra. Al menos esto decía él y se encaprichó de una mujer mucho más joven que la madre. Por eso la madre empezó a sentirse mal y, a solas y a escondidas, lloraba. El abandono y el mal trato que el padre empezó a darle y la pobreza que cada día vivía, le llenaba el corazón de tristeza. A solas la madre se moría a chorros pensando que solo el padre podía salvarla. Y el hombre, el más pequeño de los cinco hermanos, dijo un día a la madre: - Si papá se va con otra, tú no te preocupes. Nosotros siempre estaremos contigo porque tú eres la mejor. Desde siempre tú has sido la mejor esposa y la madre más buena del mundo. Y la madre se abrazó al hijo menor y luego se fue a su habitación y, a solas, otra vez rezó y lloró. Sobre todo, rezó sinceramente al cielo buscando aliviar el dolor de su corazón. Tres días después la madre enfermó. De una enfermedad que nadie conocía y que los médicos no acertaban a curar. En la humilde habitación de la vieja casa y ya vacía de la presencia y calor del padre, la madre se acurrucó en la cama. Rodeada del amor del hijo pequeño, de los tres hermanos mayores y de la hermana mediana. Y aquel Domingo de Ramos, a media mañana, la madre murió. La noche antes había llovido y, al amanecer, las nubes se colgaban en el cielo por encima de los cipreses del cementerio.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La mejor madre del mundo Llegó el Domingo de Ramos. Por la noche había llovido y, al amanecer, el hombre se asomó a su ventana. Frente y a lo lejos se veían los cipreses del cementerio. En estos árboles y en las nubes que colgaban del cielo, el hombre fijó sus miradas y se puso a rezar al cielo. Hacia ya varios años que ella se había ido y el hombre no podía olvidarla. Como tampoco podía olvidar al padre que, en los últimos momentos de su vida, había dejado a la madre abandonada. Fue hacía ya también unos años. El padre, hombre bueno a lo largo de toda su vida, un día se enamoró de otra. Al menos esto decía él y se encaprichó de una mujer mucho más joven que la madre. Por eso la madre empezó a sentirse mal y, a solas y a escondidas, lloraba. El abandono y el mal trato que el padre empezó a darle y la pobreza que cada día vivía, le llenaba el corazón de tristeza. A solas la madre se moría a chorros pensando que solo el padre podía salvarla. Y el hombre, el más pequeño de los cinco hermanos, dijo un día a la madre: - Si papá se va con otra, tú no te preocupes. Nosotros siempre estaremos contigo porque tú eres la mejor. Desde siempre tú has sido la mejor esposa y la madre más buena del mundo. Y la madre se abrazó al hijo menor y luego se fue a su habitación y, a solas, otra vez rezó y lloró. Sobre todo, rezó sinceramente al cielo buscando aliviar el dolor de su corazón. Tres días después la madre enfermó. De una enfermedad que nadie conocía y que los médicos no acertaban a curar. En la humilde habitación de la vieja casa y ya vacía de la presencia y calor del padre, la madre se acurrucó en la cama. Rodeada del amor del hijo pequeño, de los tres hermanos mayores y de la hermana mediana. Y aquel Domingo de Ramos, a media mañana, la madre murió. La noche antes había llovido y, al amanecer, las nubes se colgaban en el cielo por encima de los cipreses del cementerio.
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La mejor madre del mundo Llegó el Domingo de Ramos. Por la noche había llovido y, al amanecer, el hombre se asomó a su ventana. Frente y a lo lejos se veían los cipreses del cementerio. En estos árboles y en las nubes que colgaban del cielo, el hombre fijó sus miradas y se puso a rezar al cielo. Hacia ya varios años que ella se había ido y el hombre no podía olvidarla. Como tampoco podía olvidar al padre que, en los últimos momentos de su vida, había dejado a la madre abandonada. Fue hacía ya también unos años. El padre, hombre bueno a lo largo de toda su vida, un día se enamoró de otra. Al menos esto decía él y se encaprichó de una mujer mucho más joven que la madre. Por eso la madre empezó a sentirse mal y, a solas y a escondidas, lloraba. El abandono y el mal trato que el padre empezó a darle y la pobreza que cada día vivía, le llenaba el corazón de tristeza. A solas la madre se moría a chorros pensando que solo el padre podía salvarla. Y el hombre, el más pequeño de los cinco hermanos, dijo un día a la madre: - Si papá se va con otra, tú no te preocupes. Nosotros siempre estaremos contigo porque tú eres la mejor. Desde siempre tú has sido la mejor esposa y la madre más buena del mundo. Y la madre se abrazó al hijo menor y luego se fue a su habitación y, a solas, otra vez rezó y lloró. Sobre todo, rezó sinceramente al cielo buscando aliviar el dolor de su corazón. Tres días después la madre enfermó. De una enfermedad que nadie conocía y que los médicos no acertaban a curar. En la humilde habitación de la vieja casa y ya vacía de la presencia y calor del padre, la madre se acurrucó en la cama. Rodeada del amor del hijo pequeño, de los tres hermanos mayores y de la hermana mediana. Y aquel Domingo de Ramos, a media mañana, la madre murió. La noche antes había llovido y, al amanecer, las nubes se colgaban en el cielo por encima de los cipreses del cementerio.
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La mejor madre del mundo Llegó el Domingo de Ramos. Por la noche había llovido y, al amanecer, el hombre se asomó a su ventana. Frente y a lo lejos se veían los cipreses del cementerio. En estos árboles y en las nubes que colgaban del cielo, el hombre fijó sus miradas y se puso a rezar al cielo. Hacia ya varios años que ella se había ido y el hombre no podía olvidarla. Como tampoco podía olvidar al padre que, en los últimos momentos de su vida, había dejado a la madre abandonada. Fue hacía ya también unos años. El padre, hombre bueno a lo largo de toda su vida, un día se enamoró de otra. Al menos esto decía él y se encaprichó de una mujer mucho más joven que la madre. Por eso la madre empezó a sentirse mal y, a solas y a escondidas, lloraba. El abandono y el mal trato que el padre empezó a darle y la pobreza que cada día vivía, le llenaba el corazón de tristeza. A solas la madre se moría a chorros pensando que solo el padre podía salvarla. Y el hombre, el más pequeño de los cinco hermanos, dijo un día a la madre: - Si papá se va con otra, tú no te preocupes. Nosotros siempre estaremos contigo porque tú eres la mejor. Desde siempre tú has sido la mejor esposa y la madre más buena del mundo. Y la madre se abrazó al hijo menor y luego se fue a su habitación y, a solas, otra vez rezó y lloró. Sobre todo, rezó sinceramente al cielo buscando aliviar el dolor de su corazón. Tres días después la madre enfermó. De una enfermedad que nadie conocía y que los médicos no acertaban a curar. En la humilde habitación de la vieja casa y ya vacía de la presencia y calor del padre, la madre se acurrucó en la cama. Rodeada del amor del hijo pequeño, de los tres hermanos mayores y de la hermana mediana. Y aquel Domingo de Ramos, a media mañana, la madre murió. La noche antes había llovido y, al amanecer, las nubes se colgaban en el cielo por encima de los cipreses del cementerio.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El entierro de Genarín (procesión pagana)
- ¡El pellejeeeeerooo! –gritaba Genaro por las calles de una ciudad por aquel entonces casi bimilenaria, una Semana Santa de mil novencientos veintinueve.
Genaro Blanco Blanco, Genarín, era un hombre de entre cuarenta y sesenta años, menudo y simpático, muy conocido, y algo querido en aquella urbe de principios del siglo pasado. Se dedicaba al comercio de pieles de animales, sobre todo de conejos. El gran margen señalado en lo que a su edad se refiere, es debido a que nadie la conocía; todo el mundo hacía conjeturas sobre ella, y llegaban a la conclusión que les hacía decir que estaba próximo a la ancianidad. Pero hay que apuntar que las grandes cantidades de orujo que bebía asiduamente –borrachín también le llamaban-, y el intenso y continuo frío de la zona que con aquél quería mitigar -pues pasaba gran parte del día y de la noche en las calles, deambulando-, reflejan en cualquiera un rostro arrugado y castigado. Es por esto que no resulta descabellado pensar que quizá su edad era más cercana a la cuarentena.
Genarín fue abandonado al nacer, de ahí sus apellidos: Blanco Blanco. Éstos eran los que se ponían a los niños abandonados en la ciudad, en las puertas de su Catedral, a los pies de la Virgen Blanca, de la que se tomaban los mencionados.
Aquella Santa Semana había pecado Genarín varias veces, acudiendo, como solía, a una casa de citas. A un burdel, para que nos entendamos. Pero esto no era nada extraordinario en él: cada dos por tres, y cada cien por cien, acudía por las noches a estos locales, o en la mayoría de las ocasiones, pisos.
Se encontraba Genarín la fría mañana del Viernes Santo –las doce serían- cerca de una procesión, en una zona céntrica, haciendo sus necesidades fisiológicas, a la vera de las murallas romanas, cuando de repente el camión de la basura, el primero que compró el Ayuntamiento, conducido por un inexperto chico de diecinueve años, le aplastó contra las históricas, como si quisiera alguna autoridad divina castigarle por sus muchos pecados cometidos en su azarosa y particular existencia. Una gran masa de gente, proveniente del acto religioso, acudió rauda a indagar sobre lo sucedido cuando dieron cuenta del suceso. Entre todos movieron el camión como pudieron para auxiliar a la víctima. Pero fue inútil, pues enseguida comprobaron que Genarín –muchos le habían reconocido- estaba muerto, con su tez abollada.
De los de entre la masa allí presente, los que le conocían o sabían de él, ante la tétrica escena de la cabeza medio aplastada, y ante la continuación –a decir verdad, la procesión a buen seguro no se había detenido- del acto religioso, con la música de las cornetas y los tambores a lo lejos, no pudieron por menos, y comenzaron a recordar, compungidos, todas esas imágenes de las que habían sido testigos o habían imaginado a veces, en las que el pequeñajo Genarín había sido su personaje principal.
Desde el año siguiente a este triste final de la vida de nuestro protagonista, cuatro ciudadanos que bien le habían conocido, llamados Los cuatro evangelistas –un taxista, un árbitro, un aristócrata bohemio y un poeta-, organizaron y protagonizaron durante años y años el que dieron en llamar El entierro de Genarín, que consistió en una procesión pagana, seguida por miles de personas, desde las callejas más viejas de la ciudad, en las que Genarín se emborrachaba, hasta la muralla junto a la que feneció. Allí, en ese punto, los organizadores, ante la atenta mirada del muy abundante gentío, leían unos versos que le dedicaban, y uno de ellos ascendía, algo subido de copas de orujo -como el resto-, la mole de piedra, para en ella colgar una ofrenda, que consistía en una botella de orujo, queso, pan, y una naranja, que era lo que Genarín solía comer cada día.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El oficio del caimán.
Se apartó el pelo de la cara con un gesto enérgico, aunque sus ojos parecían gastados por algo más que la cerveza. Todos los hombres del tugurio habían pasado en algún momento la mirada por su chupa de cuero masculina, su culo embutido en pantalones estrechos o sus tetas poderosas, su rostro nórdico, afilado pero bello.
Ella no decía palabra y no respondía a las insinuaciones, pero en una ocasión se dirigió al servicio y apartó con el hombro a uno de los borrachos, que cayó sorprendido como un pelele sobre su silla.
Luego llegó la otra mujer, también rubia, también alta y también imponente, ataviada con una gabardina abierta que mostraba la hebilla de su cinto y la punta de sus botas. Se sentó inmediatamente junto a aquella que parecía su hermana y pidió una cerveza.
- Te hemos estado esperando, Ingra.
La mujer de la chupa de cuero dejó caer un poco más la cabeza, suspiró, y respondió:
- Lo sé.
- No has traído a nadie.
- Nadie lo merecía, Atrina… de entre todos esos muertos ninguno merecía un cuerno de hidromiel.
Cruzaron las miradas. Ingra ardía desde dentro y con la mano se abría un poco la chupa para mostrar un rifle automático.
- ¿Es esto una espada? – preguntó con desprecio - ¿Qué debo contarle a padre?
- Hermana – susurró Atrina, tapando la visión del arma con su cuerpo – Estás llamando la atención.
La tomó por un brazo y creyó que conseguiría sacarla fácilmente de aquel bar, pero Ingra se detuvo junto a la máquina de tabaco. Tocó las luces con sus pálidos dedos y dijo en un susurro:
- No había honor en aquel lugar.
Atrina miró a la puerta; se mordió el labio inferior, impaciente, pero escuchó a su hermana.
- Los propios nativos de esa selva tuvieron que refugiarse en un pantano. Llovía fuego y de estos artefactos salían disparadas tantas balas que era imposible que ningún soldado supiera a quién estaba matando. Los cuchillos dormían en sus vainas. El ejército invasor permaneció sitiando el pantano mientras los nativos esperaban con agua por la cintura… y yo esperaba sobre sus cabezas. Tenía fe en que alguno de ellos se jugaría la suerte de los suyos en un duelo o que… no sé… Que al menos tuvieran la decencia de gastar sus balas para acabar rápidamente la batalla – volvió a mirar a los ojos de su hermana, perdida, buscando una explicación en sus propias palabras – Los invasores esperaban. Y los caimanes comenzaron a hacer su trabajo. Tampoco allí hubo ninguna batalla, ningún honor. Cada minuto, un alarido, un nuevo muerto que no había sacado su pequeña espada. Cuando uno intentaba huir del pantano, era acribillado por las balas. Los moribundos gritaban por doquier pero nadie les cortaba la garganta piadosamente…
- Hermana – ordenó Atrina – Vámonos de aquí.
La gente del bar las estaba mirando sin ninguna censura. Ingra enarcó una ceja y se apartó de su hermana, abriendo los brazos, mostrándose.
- ¿Queréis algo de mí?
Tres hombres se levantaron al unísono. No eran conocidos pero se reconocían en sus deseos y se aproximaron a Ingra como un equipo. Atrina apretó los puños deseando no tener que destrozar a aquellos infelices que, a su entender, estaban siendo provocados. Ingra no se apartó un centímetro.
El barman salió de detrás de la barra con un palo corto de aspecto recio y los tres hombres se volvieron inmediatamente. Ingra sonrió con interés, enarcando una ceja y cruzándose de brazos, adoptando el papel de espectadora.
- ¿Va a haber jaleo? – preguntó el barman.
- Métete en la barra – respondió sombríamente uno de los hombres, que parecía hipnotizado por sus propios deseos.
El barman se acercó un poco más. Al apretar el palo con mayor fuerza mostró que sus brazos eran tremendamente fuertes. Su rostro seguía sereno, a pesar de que sudaba.
Uno de los tipos alargó las manos repentinamente para agarrar una silla y el barman se adelantó empujándolo con el hombro y lo mandó a un rincón con un golpe de su palo. Se volvió a los otros dos y consiguió hacerlos sentar tan sólo con la mirada.
Se calmaron los ánimos con la visión de un hilo de sangre en la frente del tipo del rincón, que se levantaba sobre los codos.
El barman se volvió hacia Ingra, impaciente, pero mantuvo la compostura para decir:
- Señoritas, deberían ir a un sitio más tranquilo.
- Gracias – respondió Atrina, cogiendo a su hermana de un brazo.
- Qué lastima – murmuró Ingra, sonriendo, mientras salían.
En la calle, con el frío refrescando su cara, sus manos, girando sobre los talones ante el asombro de su hermana, soltó una carcajada y se lamentó a viva voz:
- ¡Qué lastima que no hayas muerto, maldito bastardo! ¡Te habría colmado de hidromiel!
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Reunión
Dejando del otro lado de la puerta las primeras brisas
frescas del final del verano, me adentré en el Central para acceder hasta la
oficina Erasmus. Era el último trámite de todos los que hay que hacer al
regresar, que incordian mucho más que antes de irse al extranjero, pero el año
pasado alguien lo hizo cuando me estaba embarcando yo en esta aventura. Llegué,
y vi las veintitantas caras que me me rodeaban, expectantes por escuchar lo más
interesante de mi experiencia en el extranjero. Di por hecho que ya sabían las
generalidades, así que me fui directo a los detalles de mis vivencias.
variedad de culturas que nos juntamos. Si bien interaccionar con los oriundos,
en mi caso holandeses, era un poco complicado en apenas minutos todos los estudiantes
internacionales hicimos piña rápidamente. Y para el segundo fin de semana en
Utrecht sucedió lo que tarde o temprano tenía que pasar: organizamos una cena
internacional, en la que cada comensal debía llevar un plato típico de su país
y así conocer un poco más de nuestra cultura. Y por supuesto, que no faltara
una alta cantidad de cerveza, vino, o incluso alguna bebida con mayor poder
digestivo.- En este punto, el encargado me lanzó una inquisidora mirada de
desaprobación, que traté de ignorar sin mucho éxito; titubeé- Y… bueno, dado
que era la primera vez que salía de casa, no es en ese momento tuviera una gran
habilidad culinaria, que por cierto sigo sin tener. Ya sabéis, los Erasmus
viven fundamentalmente a base de pizzas y platos precocinados calentados al
microondas.
agitación y un visible incomodo en el moderador. Sería por los padres que
acompañaban a sus retoños, ¡como si no supieran lo que iban a hacer sus
fierecillas lejos del nido¡ Sin importarme las amenazas de muerte implícitas en
su taladrante mirada, continué.
pobre de la gastronomía holandesa: el queso insípido, la leche amarga, la falta
de carnes decentes, el exceso de mantequilla y azúcar, y sobre todo los incomestibles
arenques crudos en vinagreta. En serio, los que vayáis a este país, que como
bien comenta Reverte en sus novelas a través del Capitán Alatriste, el Sol es
negro y no calienta, la humedad penetra hasta los huesos y la lluvia martillea
constantemente, pasaos por los coffee shop porque por la calle poco vais a ver.
– En esta ocasión el tutor se adelantó un par de pasos en actitud amenazadora,
pero al notar todas las cabezas girarse hacia él se contuvo; aunque varias
parejas de padres escandalizados parecían esperar que me echara de aquella sala.
Sus ojos parecían volcanes en erupción, parecían proyectar rayos láser abrasantes.
Esto empezaba a ser divertido.- Aún así encontraréis que estos eventos
internacionales son lo más social que hay, así que hay que ir. Dado que era la
primera cena, decidí preparar lo más típico que ofrece nuestra tierra, una
paella. Siempre que vienen de fiesta aquí vienen pidiendo paella ¿no? Me adentré
en el supermercado, y durante dos horas di vueltas buscando los ingredientes. Encontré
el arroz, el resto fue una ardua tarea: el azafrán no existe, las verduras son
congeladas, el pollo también, no hay pimientos del piquillo, los mejillones los
venden sin concha y las gambas peladas. Iba a ser la peor paella de la historia,
pero bueno, ninguno parecía conocer la exquisitez valenciana.
realmente complicado. Al final quedó el arroz pasado y todo demasiado hecho,
además de faltar sal. Pero bueno, había cumplido. Llegué a la cena agotado, con
mi primera paella entre los brazos. Solo entrar ya fue una proeza, el olor a
curry lo invadía todo, se prometía una cena dura para los paladares sensibles
dado el picante de la cocina india. Bueno, yo a lo interesante, las chicas y la
cerveza. Porque, ¿no pretenderéis iros de Erasmus dejando novio o novia en casa
no? Es la peor idea que podéis tener, si tenéis pareja mejor quedaos en casa.
impidió que yo continuara mi historia.
compartir una copa de Lambrusco, cuando lo vi. Un personaje se había puesto un
plato de mi sudada y esforzada pseudo-paella, mientras sujetaba el bote de Ketchup
en la otra mano. Intolerable. Imperdonable. Tenía que evitar semejante
asesinato… puede que fuera la peor paella de la historia, pero un final tan trágico
no se lo deseaba ni a la más infame de las salchichas que se puedan encontrar
en Holanda. Me olvidé de la italiana, que a posteriori descubrí que fue una
suerte dada su estrechez, y me lancé a gritos sobre el desgraciado aquel. “¡¡No
Ketchup, no Ketchup!!” dije en mi precario inglés. Porque… no pretenderéis
aprender inglés ¿verdad? Si en dos días os conoceréis todos los españoles y os
pasaréis el curso juntos…
estaba completamente roja, tornando al granate y acercándose al morado. Empezaba
a tener una sobrerreacción bastante preocupante. Lo que no me iba a detener.
embadurnado todo el plato con la odiosa salsa de tomate americana. Para tenerle
escuchando Aserejé tres meses. “What you do!” acerté a decir, inundado de ira.
Me miró extrañado con una sardónica sonrisa, sin decir nada. El turbante se
balanceaba al ritmo con el que agitaba su cabeza. Descargué mi mal humor
golpeando su plato de papel por debajo, llevándolo hasta su cara para que
sintiera el dolor del Ketchup en sus ojos, ese veneno con el que había matado
mi primera paella. Completamente muerta. Al menos se le borró la sonrisa,
aunque me agarró del cuello y me levantó… iba a resultar que era grande,
detalle que no había advertido cuando me abalancé cegado de ira.
cuando dos participantes empezaron a gritar, asustados, señalándonos, dejaron
caer sus platos con una especie de ensalada y salieron corriendo hacia la
ventana. Y sí, se arrojaron de cabeza, con lo que a pesar de ser un segundo
piso se quebraron el cráneo y pasaron a mejor vida. Así acabó la primera cena
internacional, claro, llegó la policía en seguida… la experiencia fue traumática,
y fue la comidilla durante el resto del curso. Nos enteramos de que dicha
ensalada había sido preparada con setas mágicas, alucinógenas, que allí son
legales. Nadie supo quién la había preparado, aunque el caso fue cerrado con
veredicto de suicidio involuntario por consumo de droga.
cuidado con las setas.
alguna. Los padres estaban horrorizados, pero los chavales alucinaban. Me di la
vuelta y marché, dejando la duda de si era una historia cierta o todo mentira.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
LA MACARENA
Le he pintado los labios del mismo color que ella se los pintaba cada noche antes de salir hacia su trabajo en el bar de moda (donde yo la esperaba, avieso), subida en sus altísimos tacones de plataforma y vestida con ropa multicolor, caminando a paso ligero, deslumbrante, provocadora, haciendo frenar a los coches a su paso. Le he maquillado el rostro con sus polvos de arroz favoritos. Luego he dibujado la línea de sus enormes ojos de pozo con un lápiz negro, y puesto en sus mejillas un toque del mismo tono de sus labios, y en sus uñas de ave idéntica gama, para que todo armonice. Por último, le he puesto su vestido favorito de color blanco con adornos dorados, y cubierto el negro y ondulado cabello con una especie de manto de la misma tela.
Cuando ha estado lista, me he quedado quieto, contemplándola largamente, incrédulo. Aún parecía brotar de todo su cuerpo, de su rostro, de sus ojos, y sobretodo de su boca, la energía característica de un ser vitalista y fuerte.
Con parsimonia, he pasado mis dedos por cada uno de sus rasgos, conteniendo la enorme congoja que todavía me embarga, como tantas veces he hecho durante múltiples ocultas ocasiones en la estancia que amparaba nuestro secreto.
Me pregunto quién calmará ahora mis ansias de ella, mi vivo amor, nuestras noches de pasiones doradas, al abrigo ardiente de sus manos de magia, de sus labios de sabor y templanza de vida.
He posado mis labios en los suyos, queriendo atrapar eternamente la energía y el calor que necesito para seguir viviendo con su ausencia.
Tropezó. Cayó bajo las ruedas de un negro todoterreno, cuyo conductor había quedado impactado por su presencia cuando ella cruzaba, pizpireta, la calle rumbo al trabajo. Bajo aquel coche quedó una vida llena de secretos y pasiones, y entre mis manos, ahora, su cuerpo yermo; y en mi corazón y mente sólo el recuerdo de una vida de ilusiones y alegrías prematuramente rota, como si fuesen restos de cristales de un vaso de duralex al caer contra el suelo.
A fin de cuentas, tengo suerte de tener este macabro trabajo, pues él me permite tenerla cerca unos horas más, acariciarla, enmarcar entre mis manos su retrato marmóreo para siempre.
Sólo quiero ya que su imagen resucite dentro de mí cada día, hasta el momento de mi fin, para llevarla en la carroza de mis sueños y sentir que vivo por ella y que mi vida tiene un claro sentido, aunque sea sólo con los restos de su añorada alegría.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
TRIBULACIONES
Él jamás se había cuestionado acerca de la muerte. Nunca.
Como buen ateo que era, creía que era algo que le iba a llegar, pero que aún era joven para que le tocara. Era un simple empleado del Banco Central que circulaba por su vida monótona y repetitiva, entrando todos los días antes de las siete de la mañana, para ocupar su escritorio y teclear en la computadora, hasta que fueran las dos de la tarde. Una vida perfectamente planeada, o un plan perfectamente ordenado. Sea como fuere, su vida no incluía una reflexión acerca de la muerte.
Al menos, no hasta ese día.
Ni en sus más locos sueños había pensado que un momento de su existencia, un ladrón entrara al Banco y le pusiera un arma en la cabeza, mientras usaba su cuerpo como escudo para eludir a los policías. Sin embargo, esa era su situación actual.
Estaba de pie en el centro del Banco, dándole las espaldas a los mostradores donde atendían los cajeros, y con sus ojos mirando a través del vidrio sólo para encontrar varios patrulleros de la policía, tras los que se escondían los oficiales que apuntaban con grandes armas. Tenía las piernas separadas, listas para correr si tenía la oportunidad de escapar, y el cuerpo del raptor pegado a su espalda, mientras que con la zurda lo sostenía por el pecho, la diestra mantenía el cañón de la pistola apuntando a su cabeza. Sí, a su cabeza. Y él se aferraba con ambas manos al brazo del transgresor, pero sus débiles músculos de contador, no tenían la fuerza para reunir su libertad.
En ese instante, pudo pensar que quizás la muerte era el terror absoluto que le infundaba la pistola temblando contra su cráneo, pero eso no era lógico. Había pensado que quizás se aferraría a la vida, y lloraría por ella, gritando, temblando… mas sólo sentía el vacío de alguien que está muerto por dentro. Inerte, sin vida. Quizás esa era una definición: la iterativa y cuadriculada vida que llevaba, el poco apego a las cosas que tenía, el trabajo absorbente, junto con la nula socialización de la que era partícipe, lo llevaban a considerarse un muerto en vida, sin motivos, causas o consecuencias. Era un ente que sólo ocupaba un banco tras un escritorio, limitando su existencia a las mismas tareas rutinarias, día tras día, tarde tras tarde, noche tras noche.
Sin embargo, no comprendía la desesperación de las demás personas. Veía que a su alrededor estaban los rehenes acostados en el suelo, maniatados y amordazados, mientras los otro malhechores terminaban de llenar unas bolsas negras con el efectivo de las cajas. De pronto, ellos comenzaron a murmurar algo, a moverse y retorcerse ahí en el suelo. Alzó la vista hacia el frente, viendo a los policías hacer unos movimientos y escuchó que el ladrón a sus espaldas gritaba algo que no comprendió. Giró el rostro hacia la diestra pero en ese instante todo perdió el sonido, y todo transcurrió con excesiva lentitud, haciéndole creer que estaba en un cine y que podía controlar la velocidad del tiempo.
El ladrón lo soltó y caminó unos pasos hacia atrás al tiempo que las balas disparadas por los policías destrozaban los cristales de la entrada, cruzando a los lados del contador, ya que estaban dirigidas exclusivamente al cleptómano; lo golpearon, y éste cayó inmóvil al suelo, acompañado de un sordo ruido. Muy pronto, los oficiales se acercaron hacia donde él seguía de pie, pero no obstante, se agacharon en ese mismo lugar.
Y ahí bajó la vista.
Su cuerpo yacía en el suelo, extendido con las piernas separadas y un brazo aprisionado por su propio peso, con el cráneo destruido, y rodeado de una alfombra carmesí que se extendía lenta y perezosamente, emanando lenta pero constante. Volteó hacia atrás, para observar a los efectivos moviendo el cuerpo herido del ladrón, desatando a los rehenes e intentado capturar a los otros cómplices. Pero al retornar la mirada, vio que su cuerpo seguía en el piso, a sus pies, con él mismo observándolo.
¿Había muerto? Sonrió. Una pregunta retórica que no tenía sentido.
La muerte era lo mismo que la vida: un vacío, eterno y silencioso.
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
Perdonadme, pero para el anterior relato (que no es mío, claro está) con permiso del autor (y que me perdone también porque esto será ya indeleble) recomiendo esta banda sonora (que casualmente sonaba mientras lo leía y que le queda muy bien): Bliss, Muse
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
AUN NO HA OSCURECIDO
Es al caer la tarde. Suenan las hojas secas bajo nuestros pies, como un grito de agonía que la suave brisa aleja de nuestros oídos. Rítmico andar, obligados por el decadente otoño de nuestros corazones, para que puedan bombear la poca sabia que va quedando en estos cansados cuerpos, que antaño fueron objetivos y esperanzas. Hoy, ya solo quedan recuerdos, quizás también difuminados en el tiempo, como el grito agónico de las hojas que ya nunca volverán a ser.
Ya llega el final de setiembre; ya llegan los ocres arrasando todo nuestro horizonte; vientos a rachas que arrancan sin piedad la vestiduras de aquellos que tanto nos acompañaron, que tanta sombra y cobijo nos dieron, que tantas caricias ocultaron a la indiscreta mirada del furioso sol que, celoso de esa belleza y cansado de su monótono deambular, se oculta temprano.
Y en ese escenario, tú y yo, nosotros, tomados de la mano; no sé si recordando nuestras escaramuzas juveniles o buscando el disimulado apoyo a nuestra dudosa estabilidad, paseamos por el sendero hasta el horizonte; ida y vuelta, como siempre, teniendo alegre conciencia que esa vuelta, algún día no ocurrirá.
El crepúsculo se acentúa, los árboles van ocultando sus caras, realzando sus contornos en un tímido intento de esconder su desnudez. ¡Pobres ignorantes!. Sonreímos al mismo tiempo que apretamos nuestras manos buscando complicidad. ¡Pero si el invierno pasado ya os vimos desnudos también!. ¡ Y tantos inviernos más!.
No suena el arroyo este año; la dura sequía no tuvo piedad, ni aun aquí, en nuestro paraíso perdido en los montes que me vieron nacer. Ni el arroyo, ni las ranas, pero a cambio, arrecian las chicharras, haciéndoles coro a las plañideras hojas otoñales. ¡Curioso concierto, mujer!.
Caminamos hacia levante, allí nos lleva el sendero, aun sabiendo que, al volver, las últimas llamaradas nos cegarán el camino. Ya una vez tropecé y estuve a punto de caer. Lleva pendiente ascendente, así, al volver, cansados por el paseo, nos será más fácil el retorno. ¿Frialdad de pensamiento?. Quizás; es culpa de la vejez, el pasar los años encallece nuestros corazones dejando pocos resquicios por donde dejar entrar algo de sentimiento, impidiéndonos ver lo romántico del paseo que tarde tras tarde, siempre al anochecer, damos cogidos de la mano, hasta allá lejos, hasta el horizonte.
Es hora de volver, entornamos nuestros ojos y tomamos camino hacia el sol.
De pronto, siento a través de tu mano como crece una sonrisa en tus labios y, parándome ante ti, te miro. Aun no ha oscurecido y los últimos rayos de ese agónico sol, iluminan tus mejillas. Me quedo extasiado contemplándote. ¿Recuerdas?.
Ya hace cuatro años que te fuiste, mujer, pero yo aun paseo junto a ti, recordándote.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Perdonadme, pero para el anterior relato (que no es mío, claro está) con permiso del autor (y que me perdone también porque esto será ya indeleble) recomiendo esta banda sonora (que casualmente sonaba mientras lo leía y que le queda muy bien): Bliss, Muse
No hay nada que disculpar, realmente esa banda sonora le queda excelente. Muchísimas gracias por esa sugerencia, que quede la banda sonora, si los lectores gustan de ello.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Conclusiones
Será capullo. Una y dos, si son dos palabras. Cualquiera diría que asistía a una clase de Barrio Sésamo; pero no, Rafael únicamente analizaba las palabras, solo le importaba el significado, o, más bien, el sentimiento que expresaban. “¿Cómo lo ha dicho?: será capullo, ¡será capullo!, ¿será capullo? No, definitivamente es: ¡será capullo!” Estaba claro se refería al muerto. Bueno, al que antes estaba muerto. Y ese es un detalle importante: el que antes estaba muerto, no; el que se refiriera al muerto.
Lo contemplaba desde su atalaya, en la silla sacada de saldo que decoraba la cutre habitación. Una cama, una mesilla, una mesa, un armario empotrado, un reloj y un cuarto de baño. ¡Ah!, y la silla desde la que asistía impávido al continuo recital de improperios que rebotaban entre las paredes. Con el codo apoyado en la mesa y la cara reposando en la mano, por lo menos con un dedo se tapaba el oído.
“Parece como si la gente de hoy no supiera hablar sin tacos. ¿Cómo se pueden decir tantos?”. Era obvio, los decía en múltiples idiomas. El cine, los libros, la música (sí, esa letras de Eminem y el resto de raperos)..., constituían el inconfundible caldo de cultivo para una generación rebosante de improperios, tacos y blasfemias. Levantó los ojos arqueando las cejas y suspiró con el recuerdo de Sodoma y Gomorra: “¿Qué tiempos aquellos?”.
–Me he dejado los cuernos preparándolo. He colocado la ropa para amortajarlo sobre la cama; las luces fluorescentes que indicaban el camino; la navaja de afeitar en el lavabo; un frió helador... ¡coño!, ¿qué más quiere?.
Se quejaba, siempre se quejaba. Cuando no por una cosa lo hacia por otra. “Que si pongo demasiado atrezo; que si me visto de esta forma; que si me marcho y lo hacéis vosotros; que si el trabajo es muy ingrato; que si siempre soy el malo de la película...¡que!, ¡que!, ¡que!... y por qué tengo que aguantarlo yo –volvió a levantar los ojos, esta vez implorando–, la próxima que baje Gabriel o Miguel. ¿Por qué Gabriel siempre hace de defensor? Y yo, a aguantar a éste.”
Ese último pensamiento le hizo recapacitar en cómo debía llamarlo. Lo más sencillo era no preocuparse por el tratamiento, a fin de cuentas sería como él, y los arcángeles no tienen sexo.
Fugaz intento de no prestar atención, pero insuficiente. El vocerío impedía a cualquier pensamiento abstraerse de aquella habitación, Rafael no dejaba de oír la perorata ni de ver el aspaviento de su interlocutor.
–Y yo qué soy: ¿un puto camillero?
Se abalanzó sobre el muerto (bueno, el que antes estaba muerto) y, colocando se encima de él, comenzó a golpearle el pecho.
–Le vas a provocar un paro.
Las palabras de Rafael no parecían hacerle efecto. Obcecado no atendía a razones. No comprendía que su esmerado e intemporal trabajo se fuera al traste por una caprichosa decisión. Sí, una decisión pueril, tomada por un omnipotente acto de cursilería.
–¡Vale!, te estás pasando –Rafael lo echó de la cama, depositando su áurea mano sobre el pecho que volvió a reanimarse.
Un bala en la cabeza. Un revolver bajo la barbilla, no en la sien que con el temblor puede resbalar y provocar un simple rasguño. En la barbilla, o en interior de la boca justo antes de que te produzca una arcada. Una posta que hubiese abierto un tremendo agujero en medio de la faringe. Un corte de lado a lado que seccionara las dos carótidas... cualquier cosa menos un puto suicidio.
–¡A ese lo mato yo!
Rafael se interpuso frenando lo; más bien, parando lo en seco, dejando solo su boca en movimiento para continuar soltando improperios.
–¡Basta! –esta vez el rostro angelical se pareció más a su hermano guerrero que al del joven sanador.
Calló, pero la indignación continuaba. ¿Qué culpa tenía él de que un puto suicida no supiera matarse sin vuelta atrás? ¿A quién debía de importarle la pérdida de su familia? ¿A caso llevaba él el coche del borracho que las atropelló?. Y el puto juez...
–He dicho que basta de blasfemar –Rafael lo cogió de la pechera–, ni en obra ni pensamiento.
–Yo hago mi trabajo, ¡no! Y cuál es el agradecimiento. Cuando le viene en gana se salta las normas...
Se frenó, en los ojos de Rafael veía la ira abrirse camino entre la bondad. Pero ya estaba harto, cansado, extenuado de un continuo trabajo sin descanso. Qué se supone que debía hacer ahora: elaborar un artificio de destellos e imágenes que rememorasen los mejores momentos para ir alejando lo de la luz. El incontinente resentimiento surgía de nuevo. Para él resultaba sencillo: arriba o abajo. ¿Qué no se abrieron las puertas?, y a él qué. Niñerías, mojigaterías de una raza inmunda.
–Es fácil, que decida: el Cielo o el Infierno –miró fijamente los ojos de Rafael–. ¿Qué no le dejaron entrar en el Cielo?, lo siento –encogió los hombros–: al Infierno.
Un razonamiento muy lógico y coherente. Las leyes dictan pecado el suicidio; por ende, su sitio es el Infierno. El juez, un humano como él, a quien veneran como Pedro, tiene las llaves del Cielo, no le había dejado entrar, le mantuvo las puertas cerradas. ¿Qué más había por clarificar? Pero no, se optó por el método tramposo. ¿Por qué?
–Por que ya te llevaste a su hijo para que los exonerara y tengan derecho a una segunda oportunidad.
Alrededor de Rafael un áurea comenzó a resplandecer inundando cada vez más y más la oscura habitación hasta hacerlo desaparecer. Rafael lo comprendía, a nadie le gusta que deshagan su trabajo, y menos cuando te han impuesto el continuo caminar llevando los cuerpos de la vida al Cielo o al Infierno; un trabajo que conlleva la pesada carga de un extraño nombre: la muerte.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La fuga de Logan Canícula. Un calor sólido en forma de velcro, como una pátina asfixiante que los tenía boqueando como peces fuera del agua, cazando el aire en lugar de respirarlo. Un calor para volverse loco. La niña, con sus pantaloncitos cortos y su camiseta de Sport Billy, robó un polo del congelador y se sentó delante de la tele, junto a las puertas abiertas de la terraza. Mamá dormía en la habitación, papá estaba en el trabajo y “La fuga de Logan” empezaba. Un golpe rotundo, seco, en la calle. Después, el silencio. Dudó unos segundos pero decidió mirar. A esas horas y con ese calor, nunca había nadie en aquella calle, así que la curiosidad, tan de gatos como de niños, le pudo. Salió a la terraza. A sus ocho años era una niña alta, pero más alto aún era el murete de ladrillo revestido que hacía las veces de baranda y que la mantenía a salvo. Se agarró al borde, se aupó de puntillas y la vio. Estaba tirada en la calzada, cerca del bordillo de la acera. Tenía la cara ladeada, las piernas en una postura imposible y un brazo escondido bajo el cuerpo. Se quedó mirándola un momento, incapaz de calibrar la escena. Y entonces reconoció la ropa de la mujer. Y se le escapó el polo que se hizo pedazos contra el suelo. Y salió corriendo. - Mami… -la sacudió con cuidado- Mamá… - ¿Qué pasa, cariño? -la madre ni abrió los ojos. - Es Carmen -los abrió entonces, de par en par-. Creo que se ha caído por el balcón… La madre se levantó de un salto, como si la hubiesen devuelto a la vigilia con una descarga en la planta de los pies. Apartó a la niña de su camino, corrió al salón y se asomó a mirar. Se tapó la boca con la mano ahogando un quejido y murmuró algo para sí. Volvió dentro, cogió una sábana de uno de los armarios y fue a la carrera hacia la puerta de la calle. Antes, avisó a la niña. - Quédate aquí, ¿me oyes? Cierra el balcón y quédate dentro. Y salió. La niña oyó el timbre de la puerta de la izquierda y después el de la derecha. Luego una conversación apurada que no entendió y, por fin, la puerta del ascensor. Después, el silencio. Y el calor. Volvió a la sala. Logan seguía intentando huir, pero ahora no le interesaban sus peripecias. Ahora quería saber qué pasaba en la calle y qué papel le tocaba hacer a su madre en aquella película. Así que desobedeció. Otra vez de puntillas. Su madre había tapado a Carmen con la sábana (¿por qué, si hacia calor?, se preguntó). Le acariciaba la cara y le había cogido la mano. Creyó que hablaban, pero le parecía imposible que alguien que se hubiese caído desde allí, pudiese decir algo. (- ¿Pero por qué has hecho esto, criatura? - Un mal pensamiento…) Y de pronto, empezó a sentir algo parecido a la pena, al dolor. Como si la entrada en escena de su madre hubiese hecho real lo que hasta entonces no era más que un suceso extraño que se escapaba a sus entendederas a medio hacer. Ahora, mamá era mamá, y Carmen, que no llegaba a los treinta, era la hija de la Sra. Ana, su vecina; la misma que le daba un chupa cuando le hacía el favor de irle a la tienda a comprar alguna cosa. Y a partir de entonces, la escena dejó de interesarle. Ya no había curiosidad; sólo pena y ganas de que mamá volviese a casa. Así que cuando otra gente del pueblo apareció y empezó a formarse un corrillo, ella cerró la terraza y volvió a su sillón y a su serie. Al poco, todo su universo volvió a ser Logan.Y fue más cierto Rem, el androide que lo acompañaba, que el grito de la Sra. Ana que, de pronto, partió el edificio entero por la mitad.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
MORIR
No sé cómo sucedió, pero un día dejó en apariencia de pensar en la muerte; en su muerte.
Aquel día, en la cocina, pude ver que desayunaba con apetito; sentí tiernamente ganas de llorar, pero sólo me levanté con cualquier excusa para apretar sus hombros y darle un beso en la mejilla. Me puso la mano sobre el cuello y me dijo: “Vamos a andar, cariño, que el día está bueno”.
Cien mil veces me había enfrentado a ella para sacarla de la cama o la había despertado para conseguir que comiera algo saludable, y cien mil veces había conseguido que descargarse su angustia sobre mí y me insultase y me recordase que tenía que agradecerle el sólo hecho de que no se quitase la vida.
No creo que fuese mérito mío que aquel día nos diese el sol en la cara y estuviésemos toda la mañana haciendo planes de futuro. Tampoco era mi culpa aquella enfermedad que le había arrancado la piel del alma. Pero todo lo que tenía que ver con ella tenía que ver conmigo y su angustia era mi angustia y su sol, aquel día, fue mi sol.
Luego salimos a pasear más días y, pareciendo una recompensa, la llamaron para trabajar en un taller de cerámica. Igual que la muerte había estado presente en todas nuestras horas, comenzó una época en que sentimos, o al menos yo lo sentí, que había desaparecido para siempre. Pero se trataba de un regalo que me hacía; su rostro satisfecho, su actitud positiva… su vitalidad, todo ello se sustentaba sobre un suelo inestable y podrido por la idea de la muerte.
Volvió a mirar las paredes como cosas lejanas. Comenzó a descuidarse. Me confesó en una tarde tormentosa que no se había repuesto en absoluto y de nuevo me exigió pleitesía por seguir con vida.
Y volvió a caer en la cama. Y volvió a pensar con avaricia y angustia en su propia muerte. Aquella recaída estuvo a punto de llevarme con ella, pero aguanté recordando los días buenos.
La vida es la mayor fuerza del Universo.
Un día le noté un bulto bajo el pezón. Tardé en poder convencerla para ir al médico.
Ahora vamos en un taxi a recoger los resultados de la biopsia; ninguno de los dos se encontraba con ánimos de conducir. Me coge la mano en el asiento trasero del taxi y la aprieta con fuerza.
Esta mañana, delante de una taza de café, ha roto a llorar y me ha confesado que no quiere morir.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Feliz Cumpleaños,
Zafiro
En algún
lugar de Europa, 1948…
Contemplé
impasible a la chica tendida en el suelo, comprobando si ya nunca más volvería a
levantarse. Tras notar sus venas inertes bajo la presión de mis dedos, mi cuerpo
se relajó y me senté en aquella cómoda cama. Con calma, saqué mi pequeño bloc de
notas del bolsillo, y taché aquella nueva víctima de la lista. Me sorprendí,
pues nunca antes pensé que podría estar tan sereno tras un asesinato.
Reparé en la presencia de una bonita vitrina expositora de bebidas
situada en la suite. Sin prisa alguna, me levanté y me dirigí hacia allí; tras
tomarme mi tiempo, elegí el vino más peleón de entre todas las caras y refinadas
reservas que allí se encontraban. Al diablo con ellas, en ese momento su aroma,
sabor o color era lo que menos me importaba. Botella en mano, volví a mi
confortable asiento y di el primer trago; poco importaba el tiempo que pasara
allí dentro, dejando pasar las horas y maltratando mi hígado, pues yo era la
única persona viva en todo el edificio.
La luna era redonda y
clara, creando un bello e idílico paisaje nocturno sobre aquel bosque en mitad
de la nada. Su blanquecina luz se filtraba por las grandes ventanas de aquella
alcoba, en la parte más alta del caserón, siendo ésta su único y potente foco
lumínico y confiriendo un romántico ambiente a aquella lujosa habitación. Pero,
en realidad la escena en sí distaba mucho de ser romántica. Zafiro, ya apurando
su tercera botella y con lágrimas en los ojos, no podía dejar de pensar en su
antigua vida, en sus errores, en su desafortunado destino, en la clase de
monstruo en que se estaba convirtiendo y, sobretodo, en el espantoso camino
vital lleno de huecos y vacíos que su nebulosa memoria le permitía adivinar. El
bello e inerte cadáver de Lady Gyna, con un afilado cuchillo clavado en la nuca
como macabro y disonante ornamento, era mudo testigo del tormento de este
asesino, autor de su muerte y de la de mucha más gente en los últimos días. El
que antes fue un niño reservado, un magnífico estudiante con un futuro
prometedor frente a sus ojos, ahora, tiempo después, era una sombra enfermiza de
ínfima humanidad.
--------------------------3 horas
después----------------------------------------
Aquellos días, que tan lejanos parecen ya, ahora los
recuerdo incluso agradables. Tal vez hubiera podido hacer cualquier otra cosa...
tal vez hubiera podido manejar mi destino de diferente manera... tal vez pudiera
curarme de mi enfermedad.
-Sabes que nunca cesará tu enfermedad.
-Tú no eres nadie para hablarme de mi vida.
-Oh Zafiro, pobrecito
Zafiro, no tenía elección.
-Déjame en paz. No te he invitado a mi fiesta de
cumpleaños.
-Más querrías, nene. Oh, lo siento, no recordé el detalle de tu
última fiesta de cumpleaños...
-¡Vete! ¡Deja de hablarme!
-Pobrecito
Zafiro, sus invitados le humillaron. Tenías mucha ilusión puesta en la fiesta de
tu doce cumpleaños, ¿eh, Zafiro?
-¡Déjame en paz, maldita puta! ¡Los muertos
no hablan!
-No estoy hablando nene, y lo sabes. Feliz cumpleaños.
Quién me iba a decir que un cadáver
medio putrefacto pudiera tener tanta razón. Aquella fiesta marcó mi vida, me
sumió en el mar de sombras en que vivo ahora. Mi mente es un barco a la deriva,
sin esperanza. Ya no hay vuelta atrás. Mi futuro oscila entre la muerte y la
locura. Corta es la línea que los separa, pero cierto es que lo que me empuja a
salir de un extremo, irremediablemente me hace caer al otro. Maldigo mi triste
existencia, casi tanto como maldigo a todos aquellos desgraciados que me
hicieron creer en la amistad, para luego echarme en el pozo sin fondo del odio,
y cerrar la salida con llave.
-¿Estás seguro de que fueron ellos
los que cerraron con llave, Zafiro?
-Te dije que te callaras.
-Piénsalo,
querido. Ellos acudieron a tu fiesta fingiendo su amistad. Jugaron con tus
sentimientos, te hicieron creer, inocente de ti, que tras toda una vida de
burlas y maltratos, iban a acudir bondadosos y felices a tu doce cumpleaños.
-¡No tenían derecho a estamparme la tarta en la cara!
-Por supuesto que
no, hijo mío. Es más, aún puedo observar las doce quemaduras que se concentran
en tu penoso rostro. Sí, no hables: tampoco tenían derecho a abusar de tu pobre
madre, lo único que te quedaba en el mundo, aprovechando su minusvalía para
abusar sexualmente de ella y someterle a casi tantas vejaciones como a ti.
Pero...
-¡¿Pero qué?!
-¿Pero crees que todo eso justificaba que los
asesinases a todos, incluida tu pobre madre?
-...
-¿Crees que todo eso
justifica que, una vez liberado de tus captores, te pusieras al mando de la
vieja segadora de heno de tu difunto padre, y destrozaras con ella a tus once
compañeros de clase, nada más salieron de tu casa?
-¡Cállate!
-¿Crees
que todo eso justifica que dieras una sobredosis de tranquilizantes a tu madre?
¿Que la tranquilizaras tanto como para pararle el corazón?
-¡CÁLLATE,
MALDITO CADÁVER!
Zafiro no pudo soportarlo más. Con una mueca de asco,
rabia y dolor, salió apresurado de aquella habitación y corrió escaleras abajo.
Aterrorizado por sus actos, más lúcido que nunca, decidió huir lejos, muy lejos
de allí, con tal de poder evadir una vez más a la justicia. Corrió tanto como le
permitieron sus aún juveniles piernas, hasta llegar a una pequeña cueva en un
bosquecillo. Allí, el cansancio le hizo caer pronto en el misterioso mundo de
los sueños.
“¡Feliz cumpleaños,
hijo!”
Zafiro se despertó sobresaltado. Aunque él no lo
recordara, había tenido ese mismo sueño desde hacía casi una semana. Un sueño
del que no recordaba nada, excepto a su madre felicitándole su doce cumpleaños
con cariño… un hecho ocurrido cinco días atrás.
Como en cada uno de los
últimos días, Zafiro se asustó; vagó, confuso, por los alrededores de aquella
desconocida zona en la que se encontraba, durante horas. Intentaba recordar qué
era lo que le trajo allí, o aunque fuera, algún evento de su pasado inmediato.
Como en cada uno de los últimos días, Zafiro empezó por recordar sentimientos,
emociones, odio. El chico se sintió invadido por una irracional ansia de
venganza mucho antes de ser consciente qué era lo que le provocó tanto
sufrimiento, o cómo, o cuando, o por qué. Zafiro, entonces, se descubrió aquel
bloc de notas en un bolsillo de su maltrecha chaqueta. En él, había una lista de
objetivos, once en total. Ya habían cuatro tachados, el último de los cuales
era: “Madre de Berenice”. Ahora, el siguiente en la lista era: “Padres de
Frank”.
El jovencito, guiado por algún impulso inconsciente, no se
cuestionó el significado de aquella lista. Con un ansia enfermiza, como por
instinto, Zafiro emprendió camino hacia la casa de su viejo compañero Frank, al
que con tanta ilusión invitó a la fiesta de su doce cumpleaños. Fiesta de la
que, por cierto, el chico no recordaba nada de nada.
Caminaba como
hipnotizado, sin tener muy claro siquiera el propósito de su visita. Un
propósito que, conforme se iba acercando a él, iba transformándose en su mente,
aclarándose y ensombreciéndose una y otra vez. Como en cada uno de los últimos
días.
Y, como en cada uno de los últimos días, al acabar su tarea y
antes de recordarlo todo, el preadolescente asesino pensaría:
Me sorprendí, pues nunca antes pensé que podría estar
tan sereno tras un asesinato.
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Feliz Cumpleaños, Zafiro
En algún lugar de Europa, 1948…
"Contemplé impasible a la chica tendida en el suelo, comprobando si ya nunca más volvería a levantarse. Tras notar sus venas inertes bajo la presión de mis dedos, mi cuerpo se relajó y me senté en aquella cómoda cama. Con calma, saqué mi pequeño bloc de notas del bolsillo, y taché aquella nueva víctima de la lista. Me sorprendí, pues nunca antes pensé que podría estar tan sereno tras un asesinato."
"Reparé en la presencia de una bonita vitrina expositora de bebidas situada en la suite. Sin prisa alguna, me levanté y me dirigí hacia allí; tras tomarme mi tiempo, elegí el vino más peleón de entre todas las caras y refinadas reservas que allí se encontraban. Al diablo con ellas, en ese momento su aroma, sabor o color era lo que menos me importaba. Botella en mano, volví a mi confortable asiento y di el primer trago; poco importaba el tiempo que pasara allí dentro, dejando pasar las horas y maltratando mi hígado, pues yo era la única persona viva en todo el edificio."
La luna era redonda y clara, creando un bello e idílico paisaje nocturno sobre aquel bosque en mitad de la nada. Su blanquecina luz se filtraba por las grandes ventanas de aquella alcoba, en la parte más alta del caserón, siendo ésta su único y potente foco lumínico y confiriendo un romántico ambiente a aquella lujosa habitación. Pero, en realidad la escena en sí distaba mucho de ser romántica. Zafiro, ya apurando su tercera botella y con lágrimas en los ojos, no podía dejar de pensar en su antigua vida, en sus errores, en su desafortunado destino, en la clase de monstruo en que se estaba convirtiendo y, sobretodo, en el espantoso camino vital lleno de huecos y vacíos que su nebulosa memoria le permitía adivinar. El bello e inerte cadáver de Lady Gyna, con un afilado cuchillo clavado en la nuca como macabro y disonante ornamento, era mudo testigo del tormento de este asesino, autor de su muerte y de la de mucha más gente en los últimos días. El que antes fue un niño reservado, un magnífico estudiante con un futuro prometedor frente a sus ojos, ahora, tiempo después, era una sombra enfermiza de ínfima humanidad.
--------------------------3 horas después----------------------------------------
"Aquellos días, que tan lejanos parecen ya, ahora los recuerdo incluso agradables. Tal vez hubiera podido hacer cualquier otra cosa... tal vez hubiera podido manejar mi destino de diferente manera... tal vez pudiera curarme de mi enfermedad."
-Sabes que nunca cesará tu enfermedad.
-Tú no eres nadie para hablarme de mi vida.
-Oh Zafiro, pobrecito Zafiro, no tenía elección.
-Déjame en paz. No te he invitado a mi fiesta de cumpleaños.
-Más querrías, nene. Oh, lo siento, no recordé el detalle de tu última fiesta de cumpleaños...
-¡Vete! ¡Deja de hablarme!
-Pobrecito Zafiro, sus invitados le humillaron. Tenías mucha ilusión puesta en la fiesta de tu doce cumpleaños, ¿eh, Zafiro?
-¡Déjame en paz, maldita puta! ¡Los muertos no hablan!
-No estoy hablando nene, y lo sabes. Feliz cumpleaños.
"Quién me iba a decir que un cadáver medio putrefacto pudiera tener tanta razón. Aquella fiesta marcó mi vida, me sumió en el mar de sombras en que vivo ahora. Mi mente es un barco a la deriva, sin esperanza. Ya no hay vuelta atrás. Mi futuro oscila entre la muerte y la locura. Corta es la línea que los separa, pero cierto es que lo que me empuja a salir de un extremo, irremediablemente me hace caer al otro. Maldigo mi triste existencia, casi tanto como maldigo a todos aquellos desgraciados que me hicieron creer en la amistad, para luego echarme en el pozo sin fondo del odio, y cerrar la salida con llave."
-¿Estás seguro de que fueron ellos los que cerraron con llave, Zafiro?
-Te dije que te callaras.
-Piénsalo, querido. Ellos acudieron a tu fiesta fingiendo su amistad. Jugaron con tus sentimientos, te hicieron creer, inocente de ti, que tras toda una vida de burlas y maltratos, iban a acudir bondadosos y felices a tu doce cumpleaños.
-¡No tenían derecho a estamparme la tarta en la cara!
-Por supuesto que no, hijo mío. Es más, aún puedo observar las doce quemaduras que se concentran en tu penoso rostro. Sí, no hables: tampoco tenían derecho a abusar de tu pobre madre, lo único que te quedaba en el mundo, aprovechando su minusvalía para abusar sexualmente de ella y someterle a casi tantas vejaciones como a ti. Pero...
-¡¿Pero qué?!
-¿Pero crees que todo eso justificaba que los asesinases a todos, incluida tu pobre madre?
-...
-¿Crees que todo eso justifica que, una vez liberado de tus captores, te pusieras al mando de la vieja segadora de heno de tu difunto padre, y destrozaras con ella a tus once compañeros de clase, nada más salieron de tu casa?
-¡Cállate!
-¿Crees que todo eso justifica que dieras una sobredosis de tranquilizantes a tu madre? ¿Que la tranquilizaras tanto como para pararle el corazón?
-¡CÁLLATE, MALDITO CADÁVER!
Zafiro no pudo soportarlo más. Con una mueca de asco, rabia y dolor, salió apresurado de aquella habitación y corrió escaleras abajo. Aterrorizado por sus actos, más lúcido que nunca, decidió huir lejos, muy lejos de allí, con tal de poder evadir una vez más a la justicia. Corrió tanto como le permitieron sus aún juveniles piernas, hasta llegar a una pequeña cueva en un bosquecillo. Allí, el cansancio le hizo caer pronto en el misterioso mundo de los sueños.
“¡Feliz cumpleaños, hijo!”
Zafiro se despertó sobresaltado. Aunque él no lo recordara, había tenido ese mismo sueño desde hacía casi una semana. Un sueño del que no recordaba nada, excepto a su madre felicitándole su doce cumpleaños con cariño… un hecho ocurrido cinco días atrás.
Como en cada uno de los últimos días, Zafiro se asustó; vagó, confuso, por los alrededores de aquella desconocida zona en la que se encontraba, durante horas. Intentaba recordar qué era lo que le trajo allí, o aunque fuera, algún evento de su pasado inmediato. Como en cada uno de los últimos días, Zafiro empezó por recordar sentimientos, emociones, odio. El chico se sintió invadido por una irracional ansia de venganza mucho antes de ser consciente qué era lo que le provocó tanto sufrimiento, o cómo, o cuando, o por qué. Zafiro, entonces, se descubrió aquel bloc de notas en un bolsillo de su maltrecha chaqueta. En él, había una lista de objetivos, once en total. Ya habían cuatro tachados, el último de los cuales era: “Madre de Berenice”. Ahora, el siguiente en la lista era: “Padres de Frank”.
El jovencito, guiado por algún impulso inconsciente, no se cuestionó el significado de aquella lista. Con un ansia enfermiza, como por instinto, Zafiro emprendió camino hacia la casa de su viejo compañero Frank, al que con tanta ilusión invitó a la fiesta de su doce cumpleaños. Fiesta de la que, por cierto, el chico no recordaba nada de nada.
Caminaba como hipnotizado, sin tener muy claro siquiera el propósito de su visita. Un propósito que, conforme se iba acercando a él, iba transformándose en su mente, aclarándose y ensombreciéndose una y otra vez. Como en cada uno de los últimos días.
Y, como en cada uno de los últimos días, al acabar su tarea y antes de recordarlo todo, el preadolescente asesino pensaría:
"Me sorprendí, pues nunca antes pensé que podría estar tan sereno tras un asesinato."
PD: PERDONAD EL DOBLE POST. Espero que esta vez el maldito relato salga en un formato algo más legible...
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Y llegó el Martes Santo
Como cada Martes Santo, Juan sale de su casa en absoluto silencio, vestido con túnica, capa y capuchón negros e intentando ocultar su inabarcable cintura, llena de buen comer y malas costumbres, una enorme faja de cuero y esparto.
En penitencia y silencio, como marcan las normas de la cofradía del Silencio, llega hasta la Iglesia que durante todo el año da cobijo a su Hermandad, entrega la papeleta de sitio y se pone a disposición del hermano encargado de la ordenación de los nazarenos.
Ubicado delante del trono de la Virgen, que precede al del Nazareno cargado con su cruz, le encienden el pesado y largo cirio y comienza la carrera de penitencia de un nuevo año.
A su paso por la ciudad, todo se silencia, todo se ennegrece, todo y todos oran ante un Nazareno en penitencia que, por su talla y expresión de dolor en cara y cuerpo, hace que muchos ciudadanos lloren su muerte y sientan la Semana Santa como algo que sufrir, como una impuesta penitencia para castigar su comportamiento a lo largo de todo un año.
Entre Cruz de guía y el trono de la Virgen, filas de penitentes en silencio y oración; y hasta llegar al trono del Nazareno, de nuevo la larga fila de penitentes que, llorando la Pasión de Cristo, le preceden en su caminar hacia la crucifixión y muerte. Todos los miran y admiran, todos los respetan y agradecen su recogimiento y devoción.
Ellos, formando parte de una procesión que año tras año, escenifica las vivencias de un hombre que voluntariamente padeció sobre su cuerpo vejaciones, martirio y muerte, acompañan en su caminar a quien se ofreció por todos nosotros, penando con él, rezando con y por él, sacrificándose con él, y Juan entre ellos.
Entra la Cruz de guía en la calle Morato, una de las pocas que aun el Ayuntamiento mantiene con su adoquinado original y a medio camino de la misma, la sandalia de Juan tropieza con un adoquín que no guarda nivel con los demás. El golpe es fuerte, tanto, que la uña del pulgar del pié de Juan sufre todo el impacto, pero ni un suspiro, ni un pequeño soplido de desahogo, solo silencio.
¿Silencio? Juan solo mira hacia el adoquinado mientras en su interior va pensando: “El hijo de puta del Alcalde, que todo se lo gasta en vino y comidas en vez de arreglar las calles. Las sandalias estas que siempre se me olvida ponerme las tiritas para evitar las rozaduras, con todos sus muertos. ¿Anda que voy yo a volver a vestirme de payaso otra vez! Total para que el imbécil del jefe de tramo me vuelva a colocar otro año más delante del trono de la Virgen en vez de ir junto al Cristo, que es lo que me merezco por antigüedad y por categoría profesional. Estos gilipollas se han creído que yo regalo el pastón que les doy todos los años para que me metan entre los demás. ¡A la mierda todos ellos, y la Hermandad también, que ya me he cansado de tanta tontería! Y los idiotas que nos miran se creerán que vamos rezando. ¡No, si esta parafernalia está bien montada para sacarle los cuartos a la gente! Menos mal que ya queda poco…! Y sigue su lento caminar, en silencio y oración.
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