VI CERTAMEN DE RELATOS DE USUARIOS DE BUBOK
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
¿TÍTERE O TITIRITERO?
Hacía tiempo que no salía, ni tan siquiera recordaba la última vez que me había apetecido pisar una pista de baile, de hecho apenas puedo recordar porque accedí esa noche. Y viendo a mi amigo fracasar una vez tras otra en todos sus intentos de cortejo recordé los motivos de esa inapetencia.
Las mujeres habían aprendido a usar la seducción para saciar otras necesidades y las discotecas se habían convertido en su centro de terapia. Un lugar donde acariciaban su ego y subían su autoestima, un lugar donde los hombres eran meros monigotes puestos allí para saciar esas necesidades. Ellas imponían las reglas, ellas jugaban con ellas, ellas las modificaban si hacia falta... ellas siempre ganaban.
Las reglas del juego se habían ido desvirtuando con el paso del tiempo. Las chicas cada vez vestían menos ropa, cada vez bailaban de un modo más provocador, se insinuaban cada vez más, pero todo se había vuelto completamente ambiguo. Ya nada significaba lo que parecía, las señales eran más explicitas y las intenciones menos evidentes. ¿A quién podía apetecerle jugar a un juego cuyas reglas son impuestas por otros, sobre la marcha y según sus intereses?
Y, viendo a mí amigo fracasar una vez tras otra, me dí cuenta que deseaba un juego donde pudiese ganar siempre... y lo encontré, al menos creí encontrarlo y, simplemente, actué. Todo fue automático, incluso me atrevería a decir que inevitable, como un muelle que ha permanecido mucho tiempo comprimido y se libera de su anclaje.
Tardé bastante en encontrarla. Tenía que ser la chica más fea de toda la discoteca, una chica que nada más verla supieses que se sentía acomplejada. Cuanto más fea y acomplejada fuese, mejor, más vulnerable sería.
Me acerqué a ella con la mejor de mis sonrisas. Ella intentó devolvérmela, sus labios se movieron dibujando una mueca grotesca. Era fea, muy fea, además, era gorda. Rodeé con mi brazo su cintura, la zona donde debería haber estado su cintura. Su cara dibujó una expresión de placer aún más repulsiva que su sonrisa. Ni tan siquiera su dentadura se salvaba del estropicio que era esa pobre chica. Bailé un poco con ella y la apreté contra mi cuerpo. No le pregunté su nombre, no quería saberlo. Un nombre hace a alguien más cercano, una cara sin un nombre no es nada. Quería que eso siguiese así bajo cualquier concepto. Antes de que terminara esa canción la miré a sus ojos diminutos, hice de tripas corazón y la besé.
Cuando terminó la primera canción le propuse que saliésemos del recinto, que fuéramos al parking, ella no puso la menor objeción. Mientras nos dirigíamos seguí sonriéndole, quería que se sintiese deseada. No tardamos en llegar al aparcamiento. Ella quiso detenerse donde se habían detenido algunas parejas, yo le propuse seguir, ella declinó la oferta. Quería besarme, yo prefería hablar.
-¿Vamos un poco más lejos?
-Prefiero quedarme aquí.-me respondió ella mientras acercaba su cara a la mía. Yo me aparté.
-Venga, vayámonos un poco más lejos-insistí.
-¿Para qué quieres ir más lejos?-preguntó intentando parecer indignada.
-¿Tú qué crees?- fue mi respuesta mientras le señalaba mi bragueta para luego acariciarle los labios. En esos momentos la sonrisa que se dibujaba en mis labios era
ya de pura malicia.
-Eso no va a suceder.- respondió con voz temblorosa.
Entonces, educadamente, mirándola a los ojos, le dije:
-Pues vuelve. Si no te apetece, vete.- y tras una pequeña pausa añadí- ¿creías que te quería para algo más?
No se fue, se quedó allí quieta, paralizada. Sin embargo creo recordar que sus ojos se humedecieron. Como veía que ella no iba a abrir boca continué:
-¿Vamos, pues?
Tragó saliva y, mientras temblaba como un flan, visiblemente alterada pese a sus esfuerzos para que no se notase, me respondió:
-Aunque vayamos más lejos no sucederá nada.
-Entonces, vete.
No se fue. Seguía temblando, ahora más que antes, empezaba a tener frío, observé como se le ponía toda la piel de gallina. Le acaricié su hombro descubierto y, usando el tono de voz más cálido del que fui capaz, le dije:
-En serio, ¿por qué no te vas? ¿No ves que te estoy tratando como basura?
Volvió a tragar saliva y, esforzándose, me respondió:
-Me han tratado peor.
-¿En serio? Pobrecita, pero esto no cambia que todo lo sucedido allí dentro fuese parte del juego, y el juego debe continuar. ¿Vas a llorar?
Ahogó un suspiro, era obvió que las lágrimas hacía tiempo que querían salir, volvió a tragar saliva.
-No, no voy a llorar. Tengo frío.- seguía temblando.
-Entonces hazte un favor y vuelve dentro. A estas alturas deberías tener bastante claro que sólo tienes esas dos opciones.- le dije mientras le volvía a acariciar
suavemente el hombro y me acercaba un poco más a ella. Como seguía sin decir nada le volví a preguntar:
- ¿Nos vamos?
Casi sollozando, pero sin que ninguna lágrima llegase a resbalar por su mejilla me respondió:
-Creo que voy a volver a dentro.
Antes que terminase de girarse la cogí por la muñeca, tiré ligeramente de ella hacia mí y, como había hecho dentro de la discoteca, la cogí por la cintura y la besé.
-¿Vamos?
Seguí cogiéndola por la muñeca. Ella no respondió, tampoco opuso resistencia. Empecé a guiarla hasta el lugar más apartado del parking, justo al lado de un almacén del polígono industrial donde se encontraba la discoteca. Me apoyé contra la pared, dejé su muñeca, la cogí por la cabeza y, sin hacer ningún esfuerzo, sólo acompañando el movimiento, hice que se arrodillara. Me desabroché la bragueta y me saqué la polla, no recuerdo haberla tenido nunca tan dura. Antes de metérsela en la boca, acariciándole la barbilla hice que me mirase a los ojos y viese mi expresión de gran hijoputa. Luego, ayudándome del dedo gordo, hice que abriera la boca y se la metí. Ella empezó a chupar.
Al comenzar sólo se metió el capullo, iba lamiéndolo sin ninguna pericia. El glande es la zona más sensible del rabo, pero en esos momentos eso no me daba placer alguno. Lo que estaba haciendo no tenía nada que ver con el placer sexual, y yo lo sabía. Poniendo la mano detrás de su cabeza la insté a que se metiera un poco más, luego un poco más... Cuando parecía que ya no le cabía más empezó a llorar, todo lo que había conseguido reprimirse hasta ese momento estalló. Entonces terminé de amorrarla hasta que sus labios llegaron a la base de mi pene y empecé a mover mi pelvis con un movimiento rítmico, me estaba follando su garganta. Mi única preocupación en esos momentos era que vomitase. Estaba muy excitado, no tardé mucho en correrme. Cuando llegó el momento la aguanté con un poco más de fuerza hasta que sus labios besaron los pelos de mi escroto, la saqué de golpe y me aparté. Nada más hacerlo ella giró la cabeza hacia el otro lado y vomitó, luego lloró desconsoladamente, fue patético. Sin decirle ni una sola palabra más volví dentro de la discoteca.
Los remordimientos no tardaron en llegar. Acudieron a mi cabeza incluso antes de volver a cruzar la puerta del recinto. Lo único que podía preguntarme en esos momentos era: ¿Por qué? ¿Por qué lo había hecho? Todos los motivos que antes de empezar el juego me habían empujado ahora me parecían pueriles. ¿Había merecido la pena? Estaba claro que no. Cuanto más lo pensaba peor me sentía, y lo peor fue cuando llegué al quid de la cuestión: había deseado un juego donde yo estableciese las reglas. Había querido una marioneta, un instrumento para satisfacer mi ego herido. Simplemente había deseado ganar... y, según el concepto que había establecido de triunfo, había ganado... pero esa victoria me había hecho sentir incluso más miserable.
No tardé mucho en encontrar a mi compañero. Había pasado más de una hora desde que había empezado el juego. No llegó a preguntarme donde me había metido. Supuse que había estado ocupado, sin embargo, no había ligado. Como es lógico no le conté nada, y si me hubiese preguntado le hubiese mentido.
Una vez en el coche, de vuelta a casa, disfrutando de la ausencia de compañía, mi compañero me soltó: “Es que son todas unas guarras”. Yo le miré y asentí con la cabeza mientras pensaba: “Lo que pasa es que nosotros somos unos capullos”.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
VÍSPERA DE NAVIDAD EN LA PENSIÓN “DOÑA JUANA”
– ¡A cenar!
Era Nochebuena, y la voz de doña Juana repiqueteó por la casa, alegre como una campanilla navideña. De inmediato, los huéspedes de la pensión empezaron a pasar al comedor, arrastrando varios siglos entre todos, y un buen número de achaques. No en vano eran personas de edad, que llevaban, en su mayoría, mucho tiempo allí alojados: el señor Bartolomé, su hermano don Hilario, y la señorita Fulgencia, concretamente, eran los más antiguos; estaban allí desde antes de nacer la nieta de doña Juana, la pequeña Petra, que contaba ya doce años. Sólo Ángel Jifero, el huésped más reciente, con sus tres meses escasos compartiendo el mismo techo, hizo caso omiso a la llamada.
En realidad, ni siquiera la había oído. Sus ojos seguían fijos en el periódico que había estado leyendo en el sillón junto a la chimenea. Una tonta foto navideña ocupaba la portada, encabezando un artículo más ñoño aún, de ser posible. Sólo en una nota minúscula, junto al siempre presente anuncio de la Ferretería Barrios, se mencionaba que ese año, por primera vez en medio siglo, el Matarife de Chambona no había dejado su sangrienta felicitación a la ciudad…
Don Ángel apretó los dientes, lleno de rabia. ¡Pero qué panda de inútiles! ¡Mira que dispuso cuidadosamente las pistas, como cada Navidad! ¡Mira que lo dejó todo listo para que localizasen el cuerpo justo en Nochebuena, para que todos supieran que ÉL seguía allí, como año tras año, siempre más listo, más astuto, siempre un paso por delante de todos! Incluso, esa misma mañana, había tomado un café con el comisario López, el principal encargado de la investigación de los asesinatos, y se había ocupado de comentar el tema, insinuándole discretas pistas…
López. ¡Ja! ¡Qué decepción! En un primer momento, cuando se corrió la voz de que enviaban un investigador de gran prestigio desde la capital, don Ángel había llegado a pensar que, quizá, podría tratarse de un semejante, un igual, otra mente preclara atrapada, como él, en aquel inmenso océano de entendimientos retardados. Alguien con quien poder hablar de frente, de tú a tú, disfrutando juntos de la broma íntima. La idea había resultado tan… consoladora. De alguna manera, antes de conocerle personalmente, y en los primeros momentos de su relación, hasta había llegado a sentirse un poco menos solo.
¡Qué equivocación! López había demostrado ser tan tarugo como todos. ¡Un año después, no sólo seguía sin sospechar de él, sino que hasta le consideraba su amigo! ¡Qué cruel decepción! ¡Qué terrible era, tener que vivir en un mundo que, claramente, no estaba a su altura!
Frustrado, Don Ángel apretó los puños, arrugando inconscientemente los bordes del periódico.
– ¿Don Ángel? – la voz le sobresaltó, pero se jactaba de haber aprendido a controlar férreamente sus emociones. Doña Juana, le estaba sonriendo – ¿No me oyó? La cena ya está dispuesta…
– Oh, sí, claro – cerró el periódico, lo dejó en la mesita, y se puso en pie, cómodo con la personalidad del amable caballero, algo tímido, que conocían en aquel sitio. Le devolvió la sonrisa, cortésmente – Permítame que le diga que está especialmente encantadora esta noche, mi querida señora.
– ¡Usted siempre tan galante! – replicó ella, mientras le precedía hacia el comedor. Los demás ya habían ocupado sus sitios – Pero se lo agradezco de corazón, bien sabe Dios que, a partir de cierta edad, cualquier halago es bien recibido – volvió a sonreír, coqueta, retocándose el moño. Don Ángel tenía muy claras sus intenciones; al fin y al cabo, él también era un cazador. Pero, a diferencia de Juana, no solía cazar en el propio terreno…
Se detuvo, con la mano en el respaldo de la silla.
Claro, ¿por qué no? Quizá era justo eso lo que necesitaba López, y también aquella ciudad de mierda, una buena sacudida, algo que la hiciera temblar hasta los cimientos. Además, debía reconocer que empezaba a aburrirse con “El Juego”. Al principio resultaba divertido, y, luego, al llegar López, recuperó parte de la vieja emoción… Pero hacía mucho que se había vuelto monótono, tedioso, carente de todo desafío. Ya no tenía aliciente… Año tras año le había quedado claro que estaba solo, una mente brillante, privilegiada, atrapada y desperdiciada en un mundo de necios…
Don Ángel sonrió, tomando la decisión. Ese año, Chambona tendría dos regalos de Navidad, se merecía dos regalos de Navidad, el que ya esperaba, blancura envuelta en nieve, y el que prepararía esa misma noche, al acabar la cena. Más riesgo. Más diversión.
Sólo quedaba elegir la víctima…
– Le he servido un poco de vino – le dijo el señor Bartolomé, sentado a su izquierda. A su derecha, la señorita Fulgencia lanzó una risita estúpida. Qué mujer. Por lo que sabía, había sido maestra, llevaba veinte años jubilada, y nunca se había casado. Quizá por eso seguía adoptando las maneras virginales de una niña, que, en su caso, resultaban ridículas. Vieja tonta. Matarla no tendría esfuerzo, ni mérito… La descartó.
– Es una pena que no tenga usted ninguna familia, don Ángel – comentó doña Juana, mientras empezaba a pelar una gamba, sin darse cuenta de que se estaba decidiendo su destino. No, ella no. Si ella moría, cerrarían la pensión, y se sentía cómodo en aquel sitio, se había acostumbrado rápidamente a él. Era tan discreto, tan oportunamente retirado... Esperaba seguir allí durante mucho tiempo – Porque, me dijo que no tenía a nadie, ¿no?
– Absolutamente a nadie, mi estimada señora – repuso, y agitó la cabeza, en un gesto lleno de fingida pesadumbre – Desde que mi querida Emiliana falleció, me he quedado muy solo en el mundo. Hace ya años que no paso una Nochebuena así, con compañía.
– Claro, claro – convino don Bartolomé, limpiándose la grasienta barbilla con la servilleta. Don Ángel pasó una mirada rápida sobre él y sobre su hermano, don Hilario. Sólo en contadas ocasiones había utilizado hombres en “El Juego”. No le gustaban. No disfrutaba con su olor, ni con su sabor… – Y dijo que tampoco tiene amigos, ¿no?
– Me temo que, los pocos que hice, ya fallecieron – sonrió y le hizo un guiño a la pequeña Petra, que le miraba con cara de boba desde su sitio, a la derecha de doña Juana. Ésa, decidió, casi arrebatado por el deseo de tocar una carne tan tierna y aromática. ¡Con ella se le ocurrían juegos que llevaba tanto tiempo sin jugar…! Se sorprendió al pensar en ello, al recordar aquella niña de largas trenzas que lo desencadenó todo con un grito, medio siglo antes. Tenía unos ojos tan negros, era tan blanca la nieve... Se sintió excitado, sólo de pensarlo. Carraspeó, colocándose la servilleta sobre el regazo – Por eso me alegra tanto estar aquí.
– Es comprensible – don Bartolomé alzó su copa, don Hilario le imitó. Las damas hicieron lo mismo – ¡Se nos ha olvidado brindar! ¡Siempre brindamos, en Nochebuena!
– Feliz Navidad… – don Ángel también levantó la copa. Hubo un confuso entrechocar de cristales sobre la mesa, todos sonriendo y felicitándose. Probó el vino. Era mejor que el que solían servir a diario, pero no mucho más. Y estaba mal conservado, tenía un regusto ligeramente amargo – Me alegro mucho de compartir estas fiestas con ustedes.
– Usted no podía faltar. ¡Y, menos, mañana! – sonrió doña Juana – Siempre comemos juntos, en Navidad.
Por alguna razón, aquella frase, le puso nervioso. O quizá no fue la frase, sino el tono, o el modo en que le estaba mirando. No sólo ella, todos, descubrió entonces, sorprendido. Todos le estaban mirando, mientras el comedor parecía contraerse y derretirse por los bordes de su visión, distorsionándose, confundiéndose líneas y formas, disolviéndose los colores una y otra vez sobre sí mismos. Don Ángel se estaba preguntando qué demonios pasaba, cuando la mesa se levantó repentinamente, estampándole el plato de sopa en la cara. Tardó un segundo en comprender que era él quien se había caído de bruces. La copa escapó de entre sus dedos, rodó lentamente, derramando el vino sobre el delicado mantel, dibujando un reguero tan rojo que parecía sangre…
– Espero que este año haya calculado mejor la dosis, señor Bartolomé – oyó decir a la señorita Fulgencia – Sabe que no me gusta nada que le dé sabor a la carne.
Y, luego, mientras se perdía definitivamente entre las sombras, la voz infantil de Petra, enojada y anhelante:
– ¡Este año, yo quiero muslo!
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
En rojo
que María había preparado para cenar. Cada vez le costaba más aceptar los
inescrutables senderos del Señor… y menos interpretar a su manera dichos
senderos. Caminante, no hay camino; se hace camino al andar. Así rezaba la
sabiduría popular amenizada por el impúdico Serrat, ese
hereje que se burló en medio de la fatal Transición de todos los principios
éticos de la decencia. Reinterpretar, qué gran deporte, nada mejor que decirle
a la gente lo que le llevó a escribir algo, y de paso sacarle todos los
defectos. Quizás fue aquello lo que le llevó a renunciar a subir en la pirámide
del Opus, quedarse como profesor de Literatura. “Alguien tiene que formar a
nuestros soldados del futuro”, le había dicho a Marianín. Renunciar altivamente
a lo que le ofrecieron le supuso ser defenestrado y terminar su carrera por el
poder. Por otro lado lo prefería, en las altas esferas no destacaría. No podría
alimentar su ego. En cambio, aquellos pecadores prepubescentes estaban tan
indefensos, completamente a su merced. Y lo que le llevaba a sentirse
realizado. Terminar la cena, acostar a los niños (a las niñas que las acostara
María, no se escandalizaran por su presencia masculina) y encerrarse en su
despacho con su rotulador rojo a corregir los relatos de sus alumnos. Nunca
había calidad, aunque algunos eran más pasables que otros. A subrayar,
corregir, rectificar. Todo en rojo, haciendo sangrar los textos, como sangró el
Señor por todos sus pecados. Y muchas de aquellas redacciones bien merecían
sangre, pero más que la del Señor, la del autor.
acostó a los niños, les leyó el salmo pertinente y no sin cierta prisa se
dirigió a su cueva, su hogar íntimo, y sacó los ejercicios dispuesto a
machacarlos con su rotulador fino, ese rotulador rojo con el Arcángel San
Gabriel y su espada llameante grabada a lo largo del capuchón. “Redacción sobre
el ego”, los últimos deberes. A por ellos.
ego avergonzado debería hacer penitencia a través de la fusta, no de la pluma. Además,
no ha puesto el nombre, aunque se reconoce el anárquico estilo de Turambar. Lo
corregiré, pero claramente tiene un CERO. Este joven me saca de quicio con sus
sueños macabros, y poco pío se presenta. En fin, Leamos. –Destapó el rotulador y
empezó a marcar sin piedad–. “mierda”, palabra prohibida. Al sacristán el
lunes. Mención a Camelot, ese símbolo pagano lleno de hechiceros, magos y
druidas. Tachar. Las copas de los bárbaros no se rellanan, al igual que el
Grial del Señor, se rellenan. Una copa rellanada no puede contener nada, salvo
milagro del Señor. La mención a otros seres mitológicos como Polifemo roza la
blasfemia. Estimado Turambar, usted podría
sin duda ser de los alumnos más aventajados de aula, pero su extraña
interpretación de los caminos del Señor, algunos descuidos y el no guardarse de
pecados capitales como
Soberbia
adelante es reconocerlo, como lo hace metafóricamente en su ejercicio, y seguro
estoy que será capaz de levantar esta nota adversa producto de su descuidado
anonimato. Ya sabe, Dios aprieta pero no ahoga. Algún pagano apreciaría este
popurrí de tópicos que ninguna relación guardan entre sí, pero no es mi caso y
el que le evalúa, gracias a Dios, soy yo.
distanciadas en mil quinientos años, céntrese, ¡céntrese! La yuxtaposición
entre comas no es un buen recurso. La unión de hasta ¡¡¡ocho!!! Proposiciones
dentro de la misma frase le convierten, como convirtieron a Góngora, en un
pedante al que es difícil de seguir. La única luz que veo al final de su túnel
es la de que enfoque estos textos con la piedad del Señor en lugar de estos
cuentos de hadas. Es usted como el bloque de mármol que dio pie al David,
necesitamos encontrar un Miguel Ángel que le cincele. Cuente conmigo para esos
menesteres, estoy convencido de que si asiste a unas convivencias neocatecumenales
sacaremos lo mejor de Usted. Incluso puede que aprobara el curso, al final el
Señor se apiada incluso de almas como la suya. Le recomiendo que abandone sus
lecturas actuales y retome
Biblia
gustan las aventuras lea los pasajes sobre el Rey David, si le gustan los
viajes comience por el Éxodo. Aunque, si por una vez en la vida hiciera lo que
debe, comience por el Génesis que por algo así se llama.
ejercicio. Nada más mirarlo, se sintió insultado, y el desprecio le invadió. ¡Aquel
pecador había puesto el título en rojo! El sagrado color del corrector,
mancillado por este pseudoiletrado que ni su nombre recordaba de anotar en su
ejercicio. Iba bien la noche, dos anónimos. De una ojeada vislumbró que era de
Dedos, aquel zascandil tan propenso al alarde como a ignorar la viga en su
propio ojo. Tras redondear el reluciente rosco en la esquina superior derecha y
buscar hasta la última tilde que corregir, se ensañó con su discípulo. Apreciado señor anónimo, gracias a la inspiradora
intervención del Espíritu Santo he visto la luz, o mejor dicho, la ausencia de
luz de su particular estilo literario. Su obsesión por el mundo clásico
precristiano es, cuando menos, preocupante. Según me comenta mi homólogo de Historia
y Arte, su tendencia a pasear por las nubes durante las clases no es para
acercarse a Dios, sino para imbuirse de ciertas culturas blasfemas y politeístas,
tal y como se refleja en su texto. Su prosa tiene parecido con la tragedia
griega, a pesar de alejarse de cualquier obra dramática. Haría bien en
separarse de la cultura griega y mostrar alguna divergencia, si no quiere
terminar consumido en las llamas del infierno. Ni sueñe con ir al Hades ni
pagar a Caronte, ya que es en el infierno con Belcebú donde arderá si no pone
coto a su díscola y descarriada alma. A bien tengo recordarle que el tema del
ejercicio no era la muerte, protagonista en los ejercicios que me consta
tuvieron que realizar en sus clases de Teología hará unas semanas. No dude que
contrastaremos su ejercicio con lo que fuera que presentara entonces, plagios y
refritos no son bienvenidos en la casa del Señor. En cuanto a lo literario, el
exceso de nombres, personajes intrascendentes y demás “paja” en su texto lo
hacen tedioso, confuso, carente de ritmo hasta el segundo tercio del mismo. Tiene
usted tanto que aprender como yo que enseñar, desafortunadamente hay otras
almas descarriadas a mi cargo y, como una de las pocas diferencias que presento
con el Señor es mi incapacidad de estar en todas partes al mismo tiempo,
considero que él es el único capaz de enmendar su falta de piedad. Conociéndole
pensará que le estoy tratando como a un mártir, nada más lejos de mi intención
y de la intención del Todopoderoso. Convencido estoy que un exhaustivo repaso
al Libro de los Números le concederá una visión más cercana al Reino de los
Cielos, alejándole del ya mencionado politeismo blasfemo griego. Usted aún es
joven y no está descarriado para siempre, vuelva al redil que el Pastor le
llama.
sonó el cuco de la salita. Ya bastaba por hoy, era hora de quitarse el cilicio
y dejar que Dios descanse mientras se preparaba para conciliar el sueño.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
BIZARRO
Delante estaba el mar; más allá, la luna. Detrás había botellas, hielo; más allá, el paseo marítimo, los bares esquilmados, el maquillaje, los urinarios.
No era una costumbre muy popular acabar las borracheras sobre la arena, aunque tampoco era extraño; a veces, los seguían algunas jóvenes promesas o mujeres insatisfechas más valientes que promiscuas, con más arrogancia que talento.
A pocas horas le esperaba al Borracho una maleta llena de escritos en su casa, un autobús hacia el Norte. Se despedían de él pero nadie veía sus lágrimas. El Seductor frecuentemente le ponía el brazo sobre los hombros aprovechando su mayor envergadura; le daba un beso en la mejilla, pero luego seguía haciendo bromas sobre el oficio de chapero que seguramente le esperaba a la espalda de Las Ventas. Quien más bromeaba era el Firme, explorando los límites de la paciencia del Borracho, escondiendo su malicia bajo la bandera de la broma.
Un pequeña pero experimentada Aspirante jugaba a descubrir sus personalidades ocultas cuando la dejaban hablar; el Seductor, incluso, hacía como el que se enfadaba cuando alguien la interrumpía.
- Yo a ti te veo como un príncipe malcriado. ¿A que eres hijo único?
- Tengo una hermana – se defendió el Seductor.
- Peor me lo pones.
El Bufón terminó de echarse una copa y se sentó de brusco, levantando todo menos el hielo.
- Tú – le dijo la Aspirante – A ver, tú…
- Yo soy una bestia en la cama – soltó una risotada para aclarar que no lo era.
- Ya – ella intentó no ofenderse con el comentario para poder seguir con su razonamiento – En verdad te veo como…
Hubo un segundo de inquietud, ya que el Borracho la miraba por encima del hombro, como un lobo que espera a la puerta de una madriguera. El Seductor le había pedido anteriormente que no fuese demasiado sincero con las damas.
El momento de tensión, en que el talento malicioso del Borracho podía estropear la noche, pasó como pasa el sonido de un avión del ejército.
- Te veo como alguien que se pone una máscara – continuó la Aspirante - Pareces muy extrovertido, pero en verdad tienes mucho mundo interior… Eres muy reservado.
Halagador. El Bufón quiso hacer una broma para superar el mal trago, pero entonces el Borracho se levantó y comenzó a quitarse la ropa.
- ¿Y esto? – preguntó la Segunda Aspirante, mucho más tierna y rica, pero bastante más gilipollas que la primera.
- Lo hace mucho – respondió el Firme – Y más que lo va a tener que hacer en los madriles…
- En verdad lo hacemos todos – dijo el Bufón después de dar un buen trago.
Pero nadie siguió al Borracho hacia la orilla, porque las damas no habían secundado el gesto.
En el agua, agradeció el calor de la bebida y pensó: “Morir de un corte de digestión no es tan malo, si la digestión es de whisky”.
Comenzó a nadar. No tenía motivos para detenerse, pero lo hizo cuando estuvo bien seguro de no tocar pie. Cansado, se giró hacia la orilla. Estaba lejos; parecía el cinturón de una drag queen. Retorció un poco más su miedo pensando en las corrientes que avanzan y giraban como tiburones buscando cuerpos que arrastrar. Pensó en un enorme pez subiendo hacia él con la boca abierta como una piscina llena de dientes. Aguantó el miedo y comenzó a reírse por lo bajo. El frío movía sus hombros.
Sobre su cabeza estaba la luna.
- ¡¿Qué quieres tú, piedra?! – le preguntó, furioso - ¿Qué quieres de mí?
Miro a su alrededor y comprobó que estaba rodeado por el reflejo de la luna, lo cual era imposible. El reflejo de la luna era inalcanzable, pero allí estaba, como papel metálico sobre el agua, cerca de sus manos.
- ¡Llévame ahora mismo si no estoy llamado a hacer grandes cosas! – gritó el Borracho – Llama al Leviatán, si tiene huevos de acercarse, o mueve la mareas para que me arrastren. Voy a vender caro mi pellejo, me eches lo que me eches, porque si vuelvo vivo a esa orilla, ¡será que el mundo es mío!
Aguardó, aleteando con los pies. Si el resto de humanos no fuesen tan tremendamente vulgares, él siempre podría hablar como lo había hecho en ese momento. Pero no era así. Quizá nunca fuese así.
Dejó de aletear unos segundos y se hundió hasta que sólo sobresalieron su nariz y su frente. Aguantó, incapaz de ver nada que no fuera la luna y el borde del mar. Con los oídos cubiertos de agua, oyó que todos los rumores oceánicos hablaban de él. Sonrió.
Y volvió a levantarse. Se giró una vez más hacia la orilla y comenzó a nadar, riendo por lo bajo, satisfecho. Enardecido. Agotado. Y pensó: “Llegar a la luna sólo demuestra que tengo talento. Volver a la orilla significará que tengo lo que hay que tener”.
A ras de mar, su imaginación volaba. El ejercicio y el agotamiento pacificaron su mente; no tenía ningún miedo; no tenía ninguna duda. Pensaba en una mansión ardiendo hasta los cimientos. “La caída de la casa Usher”. Era un buen título.
Tragó algo de agua y siguió nadando mientras tosía y pensaba que iba a hacer algo parecido. Un título que comenzase con “El Exilio…” Un lugar remoto. Alguien que vale más de lo que parece. Alguien que vale menos de lo que cree. La vida misma.
Sus pies y sus manos tocaron la arena casi a la vez. Decidió que no temblaría al volver a por su ropa. Se irguió y buscó a sus amigos, andando completamente sobrio como un borracho, como una abeja con buenas noticias.
Se sentó sobre sus ropas y recibió de nuevo el abrazo del Seductor.
- Tío, estábamos preocupados.
Se secó la cara con su propia camiseta y besó los labios de su amigo. Las Aspirantes quedaron fascinadas. El Firme, con el corazón en un puño, respiró intentando tranquilizarse. El Bufón no se pudo reír.
La Aspirante número uno vio pie para decir algo importante.
- A ti te veo – se dirigió al Borracho y su sonrisa cansada, su pelo indómito, su gesto de infante demoníaco, la inspiraron – Te veo como una estrella disfrazada de agujero negro.
- Yo soy Rasún de Kátar – respondió el Borracho – Un pueblo que no era nada. Y yo tampoco era nada.
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El PERDÓN
Lo que a continuación voy a relatar es uno de los casos más perturbadores a los que he tenido la desgracia de enfrentarme en mi carrera policial. Se trata de una reconstrucción realizada a partir del material informático encontrado en el lugar de los hechos. La naturaleza de los sucesos narrados es tan extraña, que me atrevo a recomendar al lector que, si tiene aprecio a su propia cordura, lo considere una mera ficción surgida de mi imaginación.
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John Voight llevaba más de una hora enfrascado en uno de los múltiples chats que visitaba frecuentemente. A pesar de haber conseguido entablar conversación con algunas candidatas prometedoras, ninguna había captado su interés lo suficiente. Aunque su hambre era voraz y había pasado ya demasiado tiempo desde que lo saciase por última vez, decidió abandonar la búsqueda.
Estaba a punto de apagar el ordenador, cuando una ventana se abrió en el escritorio de su ordenador; era una solicitud de conversación privada. A pesar de que el mensaje era corto y sencillo, le provocó un escalofrío de inmediato.
God> Hola John.
Quién estuviese al otro lado de la línea, conocía su nombre real, a pesar de que estaba seguro de haber cubierto sus huellas de forma absolutamente perfecta. Pensó en apagar el equipo e ignorar el mensaje, pero luego se dijo a si mismo que era mejor intentar averiguar quién se escondía tras aquel prepotente apodo.
RedRoom> Te equivocas, no me llamo John, ¿quién eres tú?
God> Dios.
RedRoom> ¿Estás diciendo que eres Dios?
God> ¿No crees que lo sea?
RedRoom> Ni por un momento.
God> ¿Y cómo puedo saber quién eres, John?
RedRoom> No sé por qué piensas que me llamo así, pero te repito que te equivocas.
God> El único que se equivoca eres tú, John. Soy Dios y lo sé todo sobre ti.
Voight sintió como las manos le comenzaban a sudar, mientras miraba con incredulidad la pantalla. Volvió a pensar en apagar el equipo, pero luego tecleó, furioso, una nueva respuesta.
RedRoom> ¡No sabes nada de mí!
God> Sé la angustia que sentías cuando tu padre te castigaba. Sé cómo te encerraba en el sótano maloliente de tu casa en Brooklyn, rodeado de ratas y cucarachas, y cómo tu angustia y dolor se transformaba en rabia y amargura. Sé como pagabas tu odio con los pequeños roedores, que aprendiste a coger con tus manos y estrangular lentamente, y sé cómo, sentir su frágil vida escaparse entre tus dedos, te causaba un gran alivio y placer.
Voight retrocedió asustado en su silla. Intentó aclarar su mente y comprender cómo alguien podía conocer detalles tan íntimos de su vida. Una idea empezó a abrirse camino en su mente: tenía que tratarse de la policía. Seguramente al final habían descubierto su identidad y se habían infiltrado en los chats para buscarle. Probablemente sólo sospechaban e intentaban que él mismo se traicionase, utilizando datos biográficos deducidos a partir de su historial. Pero no lo iban a conseguir; él siempre había ido un paso por delante de ellos y seguiría haciéndolo, porque era más listo e inteligente de lo que ningún policía llegaría a ser jamás. Si querían jugar al gato y al ratón, jugaría…
RedRoom> Una historia interesante, pero no tiene nada que ver conmigo. Para ser Dios estás muy confundido; te aseguro que tuve una infancia muy feliz.
God> ¿Feliz? ¿Eras feliz, John, cuando tu madre murió con el cuello cortado por tu padre medio borracho? Sólo tenías ocho años y viste como su sangre salía borbotones, mientras sus ojos perdían su luz hasta fundirse en la negrura. Ella fue la primer mujer que viste morir… ¡y te gustó!
RedRoom> Creo que el que disfruta eres tú diciendo estas barbaridades. Algo paradójico para alguien que dice ser Dios ¿no?
God> Sé, que piensas que soy un policía, John, pero no intento meterte en la cárcel. Lo único que pretendo es demostrarte la verdad de mis palabras. Dime, ¿podría un policía saber lo que guardas en la nevera escondida de tu sótano?
Voight se estremeció, levantándose de su silla con frustración. Era imposible que lo supiera, ningún policía podía saber algo así ni deducirlo de un simple expediente. Empezó a andar nervioso de un lado a otro de la pequeña habitación, incapaz de decidir qué hacer. En un arranque de desesperación tiró del cable de alimentación del ordenador desconectándolo. El monitor se apagó con un chasquido, pero, sólo unos pocos segundos después, volvió a encenderse mostrando en la pantalla una nueva frase.
God> Huir no es opción, John. No puede huir de Dios. Vuelve a sentarte y deja que te explique lo que quiero de ti.
Voight no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Su ordenador estaba funcionando, a pesar de estar desenchufado y, aquel demonio, parecía saberlo todo sobre él e incluso parecía leer sus pensamientos. La única explicación es que alguien que se había infiltrado en su casa, descubriéndolo todo. Seguramente había manipulado su instalación e incluso le había colocado dispositivos espía por todo el piso; por eso conocía sus movimientos y reacciones. Pero no podía ser un policía porque, si fuese así, ya estaría en la cárcel esperando una sentencia de muerte. Puede que intentase hacerle algún tipo de chantaje.
RedRoom> ¿Qué quieres de mi exactamente?
God> Lo que quiero es ofrecerte mi perdón, John, y lo único que te pido a cambio es que me expliques por qué lo has hecho, sólo eso.
Voight deslizó el ratón con cuidado por la pantalla, hasta encontrar un programa rastreador, capaz de devolverle en unos segundos la dirección IP y la localización geográfica de su interlocutor con gran precisión.
RedRoom> Si quieres saber el por qué, te lo diré. Lo hice porque era la mejor manera de demostrarle al mundo mi valía y mi superioridad. Cometí las peores atrocidades que fui capaz de imaginar, porque quería comprobar si el mundo sería capaz de descubrirme. Y… ¿sabes qué? No lo fue. Ni siquiera cuando empecé a mandar mensajes y a dejar algunas pistas, los mejores sabuesos del cuerpo de policía fueron capaces de encontrarme. Y eso es porque soy mucho más inteligente y tengo la fuerza y capacidad que ellos no tendrán nunca.
En la pantalla, el programa rastreador se obstinaba en devolver una y otra vez el mismo mensaje: Reintentando…
God> ¿Qué sentías al hacerlo, John?
RedRoom> Poder y control. Ver, como sus ojos reflejaban un miedo atroz ante mi mera visión, mientras las tenía encerradas, y cómo suplicaban mi perdón, como lo hubiesen hecho ante la cólera del mismo demonio, me proporcionaba el mayor placer que puedas imaginar. Soy peor que el propio Satanás, controlé su vida y administré su muerte y nadie pudo impedírmelo. Dime, tú, que dices ser Dios, ¿me darás ahora tu perdón?
God> ¡Claro! Es más, te daré tu recompensa porque tenías razón.
Voight miró con perplejidad el monitor. El rastreador seguía sin devolver ningún dato útil.
RedRoom> ¡Razón!... ¿En qué?
God> En que no soy Dios.
Un calor insoportable empezó a invadir el cuerpo de Voight, comenzando en medio del tórax y extendiéndose rápidamente al resto de su cuerpo. Chilló con fuerza y desesperación, mientras sentía su cuerpo consumirse por las llamas. En su agonía pudo distinguir una risa lejana y una última frase llegó a su mente “No me gusta que se comparen conmigo”.
--------
John Voight fue conocido en los medios como “El Degollador”. Durante un periplo de diez años se especializó en secuestrar, violar, torturar y degollar, finalmente, a más de veinte mujeres entre los dieciséis y treinta y dos años de edad. Solía captar a sus víctimas mediante internet, para luego ganarse su confianza y secuestrarlas. Fue encontrado muerto, víctima de un incendio, del que no trascendieron detalles a la opinión pública.
Lo que no se contó es que Voight apareció consumido completamente por las llamas, de tal forma que sólo su dentadura y sus pies permanecieron intactos. El resto del cuerpo se carbonizó en su totalidad, sin que, paradójicamente, nada del mobiliario sufriese daño alguno. Ni siquiera la silla en la que se encontraba sentado mostraba rastros de quemaduras, tan sólo el montón de cenizas en que el cuerpo se había convertido.
En un frigorífico oculto en el sótano se encontró una macabra colección de globos oculares perfectamente conservados, que había extraído cuidadosamente a sus víctimas. Sin embargo, lo más asombroso es que, la primera persona en encontrar el cuerpo, un vecino que acudió alentado por los gritos, aseguró que el monitor del ordenador, aún permanecía encendido cuando llegó, a pesar de que el cable de alimentación se encontraba desconectado. Además, dijo recordar perfectamente que en la pantalla se mostraba el siguiente mensaje:
Localización: Desconocida - IP: 6.6.6
FIN
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
OLVIDADA MODESTIA
Era el cumpleaños del jefe de planta de unas oficinas situadas en una gran ciudad, en su núcleo financiero.
Se hallaban los empleados y su superior celebrándolo, charlando animosamente unos con otros, tomando unos canapés en el comedor colectivo, alrededor de una mesa en cuyo centro había una gran tarta de chocolate dispuesta para ser ingerida por todos ellos en breve.
De entre los empleados destacaban dos hombres por encima del resto: uno que estaba triste y otro que estaba contento y radiante, pero que era un engreído.
El que estaba triste apenas hablaba, todo serio, encorvado, ojos vidriosos, sin comer… Tan sólo sostenía con su mano derecha un vaso blanco de plástico con champán en su interior, que iba bebiendo a pequeños sorbos, con desgana.
El engreído parecía que se iba a partir por la mitad cada vez que reía, sonora y estrambóticamente, siempre cerca del jefe, agasajándole. También se metía, cada poco y medio en broma, con algún compañero, para ponerle en evidencia y quedar él a ojos de todos -sobre todo a los del encargado, que no era un mal tipo, así a primera vista- como una persona lista y preparadísima para la realización de las tareas laborales que allí debía cumplir cada día, cuales fueran. Abundaba en él, así pues, la jactancia de unas características que evidentemente tan solo él parecía poseer.
De repente, observó que el único que no reía sus gracias era, claro está, el triste. Le dijo, como indignado ante la pasividad hacia sus tonterías:
-Qué pasa, ¿tú no te ríes? –miraban todos la escena, callados de repente.
-No. No estoy de humor hoy –negaba con la cabeza el triste, con la mirada baja, hacia la tarta, para ver si reparaban en ella y se la comían, y para que así se acabase aquella celebración de una vez, y de paso dejasen de mirarle.
-Vaya hombre, ya tenía que salir un aguafiestas… -dijo para sí el engreído, aunque en realidad lo expresó en voz alta para que le oyeran todos, como siempre.
-Psss… -soltó el triste, en claro gesto de desagrado ante las apreciaciones de su compañero sobre su ánimo.
-¿Y qué te pasa para estar así? –preguntó el engreído, desafiante.
-Nada, que hoy se me acaba el contrato y no me renuevan.
-Eso es porque no debes trabajar bien.
-Sí que trabajo bien, pero ahora sobra gente.
-Bueno, si trabajaras bien seguirías. Yo sí que trabajo bien… -presumía el engreído, mirando al coordinador, que no decía nada.
-Tú que vas a trabajar bien… -le dijo el triste, resignado ante la chulería del otro.
-Pues sí, soy un trabajador de puta madre, no como tú, que eres un inútil –le encantaba al engreído presumir de su supuesta valía, que a decir verdad no era tal.
Algunos rieron. Esto indignó al triste, por lo que lleno de ira, cogió la tarta y se la estampó al engreído en toda la cara, quedando ésta llena de chocolate. Acto seguido se dio la vuelta y dijo, al tiempo que se marchaba de la estancia, de la celebración y de la empresa:
-Porque seas un chupapollas no quiere decir que trabajes bien –y una ligera sonrisa se dibujó en su expresión facial.
Y de esta manera, el triste pasó a estar alegre, y el engreído a estar no triste pero sí bastante mal, después de que le bajara del cielo –con la acción primero y con la palabra después- un ser que había sacado su propio orgullo, ése que tan intacto había tenido él durante mucho tiempo. Quizá demasiado.
supermarioep (desconectado)
Fecha de ingreso: 13 de Abril de 2009
SUSURROS
Allí se encontraba arrodillado,como los últimos diez años,y les decía entre susurros, !por que lo hicisteis!...
Aquella mañana de verano no era una mañana cualquiera,Frederic estaba ante la oportunidad de su vida,tenía una entrevista de trabajo que posible mente le proporcionaría el dinero suficiente para dar a su mujer todo lo que quisiese.Alas 7.35 sonaba el reloj sin parar,pero Frederic no se levantaba.
Su mujer Andriana ya estaba acostumbrada, Frederic siempre se acostaba tarde pues se quedaba a ver los documentales de madrugada.
-Free,levantate que es tarde.
-¿que hora es?.
-Las 7.50
-!Joder!,no sabes que tengo que estar en la entrevista a las 8.30,!por que me apagastes el reloj!.
-Yo no apagué nada Fre,lleva sonando te veinte minutos.
Frederic,era el hombre mas arrogante,engreído y presuntuoso,que se podía encontrar una mujer,siempre quería tener la razón,aun cuando no la tuviese hacia por tenerla.
Era alto y rubio,de ojos azules,un modelo a seguir para todos los hombres.
Andriana era bajita,no llegaba al metro y medio,ojos castaños,cabello moreno,y demasiado buenachona para con su marido.
Se habían conocido hacia dos años,en la noche de San Juan,estaban bebidos,y no paraban de decir tonterías como todos los del grupo aquel día.
Después de media noche,el alcohol empezaba a pasarles factura,hasta tal punto que cuando se dieron cuenta el mal ya estaba hecho...
Frederic,aun era virgen a sus veintinueve años,y pensaba que aquella noche podría ser su oportunidad.
-No es mi tipo pero puede valerme...
Se decía mientras dejaba caer el cubata que tenia en las manos.
Andriana a sus treintaicuatro años,también era virgen,y sin apenas conocerlo se tiro a sus brazos.
Tres años después estaban casados y con un hijo.
Pero Frederic no la deseaba,se casaron por sus padres que eran muy religiosos,y no consentirían tener a un hijo con un bebe y sin casarse.
Frederic quería encontrar un trabajo que le proporcionara el dinero suficiente para darle lo mejor a su esposa y después abandonarla.
A sus amigos les decía que su mujer era poca cosa para él,que no valía mocho la pena,pero que tenía que estar con ella por sus padres, que ya eran mayores y no quería defraudarles.
Desde aquella noche de San Juan,no volvieron a hacer el amor,frederic siempre se acostaba lo mas tarde posible para meterse cuando andriana ya estuviese dormida.
Los primeros once meses no le supuso mucho problema,pues andriana tubo dos amenazas de aborto y no le recomendaban hacer muchos esfuerzos.
Después de tener al niño,andriana ya no le importaba mucho,pues primero era su pequeño,pero empezaba a cansarse de su apatía para con ella.
A sus compañeros del equipo de fútbol donde Frederic jugaba los domingos,les decía que en la cama el hacia con mujer lo que quería de ella.
Le encantaba tener eses aires de grandeza ante sus compañeros,siempre era así de presuntuoso.
Con su aspecto físico no le faltaban pretendientas,y mas de una vez se había dejado llevar por la tentacion,aunque por el momento no había pasado de eso.
Aunque no la quería,su ego no permitiría que su mujer le pusiese los cuernos con otro,no aguantiaría las burlas de sus compañeros,era bastante presuntuoso para permitir semejante ofrenda,por eso el también le había sido fiel en ese aspecto.
La entrevista resulto ser un fracaso,y Frederic se emborrachó antes de llegar a casa.
Cuando se disponía a entrar por la puerta de casa,escucho a través de ella...
-Me ha encantado,cuando nos volvemos a ver.
Y en ese momento salia un fontanero,con una llave en la mano...
Su ira se desbordo,y el alcohol ya le había empezado a pasar factura hacia un buen rato.
Sin pedirle explicaciones la cogió y la tiró escaleras hacia abajo,cuando llegó al final,ya en el descansillo,Andriana permanecia inmóvil y no volvería a respirar...
Sus aires de grandeza,su arrogancia.y sobre todo su ego,no permitirían jamás que una mujer como aquella,a la que no había querido jamás,perturbase de semejante manera su vida,pues sería el hazme reír de todo el pueblo,y eso con lo presuntuoso que era no dejaría que sucediese,por lo menos sin darle antes su merecido.
Cuando miro que Andriana no se levantaba,empezó a asustarse,apenas miraba con la borrachera que tenía encima.
-! Papi por que tiras a mama!
Cuando Frederic se dio la vuelta para ver a su hijo,perdió el equilibrio y calló también por las escaleras hacia abajo.
Allí quedaron los dos inmóviles y sin respirar...
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Acerca de mí.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El Profeta loco.
-Jajajaja!!!- una risa trastornada, llena de demencia y de sonoridad inhumana irrumpió repentinamente en la oscuridad muerta.
-jajajaja!!!- la risa continuaba, frenética, febril, enfermiza; como una locura, como una hecatombe de sacrificios y de muerte. Por donde pasaba, unos gritos de horror y de desolación repondían al pavor vaporoso que invadía todo el lugar.
De pronto, una voz -si se le puede llamar voz a eso que oí- profirió un anuncio que me llenó de terror y desconcierto -yo soy Abdul Zaann el Profeta! El más grande de toda su estirpe y el que alcanzará el don de la inmortalidad…! Yo..!- repentinamente un gruñido visceral y sardónico salió de la garganta de ese ser. Sus gritos cesaron, su locura se apaciguó. Pero solo fue un instante… pues en un arrebato de cólera sus gritos volvieron a estremecerme.
Quién demonios eres tu?!- escupió con fingida sorpresa.
Y entonces mis ojos contemplaron algo que nunca he podido olvidar. Esa detestable imagen, impuramente anormal… Era un ser impío, antinatural, una falacia de la realidad. Su imagen, lejos de inspirarme estupefacción, me recordava perversamente a algún monstruo horroroso de las profundidades estígias de mi mente.
-Yo, soy tú. Mírame bien! No me reconoces?- pronunció el nuevo ser, con un sonido gutural.
La respuesta que vino a continuación y que me heló la sangre, solo fue el principio de un holocausto caníbal más allá de toda imaginación. La primera bestia profirió un aullido tan terrorífico que perdí la cabeza. Mi cuerpo se estremeció y perdí el control. Quizá no llegéis a entender lo que os contaré, o no me creáis, pero os juro que es la pura verdad. Y no fue por lo que vi u oí lo que hace que mis noches estén plagadas de pesadillas extravagantes, sinó por lo que “sentí”…:
No podría decir si era de un perro, de un lobo o de un coyote; quizá una mezcla de todos ellos. Pero el aullido que vomitó la primera bestia me transmitió perversamente lo innominable de su procedencia. La bestia respondió al segundo ser, al cual estaba mirando fijamente:
-Bastaaaaardo…! Tu no eres yo, yo soy único! Yo soy Abdul Zaann, quien ha vuelto de la tierra de los Dioses, quien ha viajado por infinitas latitudes prohibidas y ha vuelto para contarlo…! Yo… yo he visto a los Dioses, regocijarse de su poder... y me he reido de ellos! He hollado en las inmensidades cenicientas, y he visto colores y luces que ningún portal jamás imaginará! Y pronto me convertiré en un Diós!
Y en ese preciso instante, cuando terminó de esputar esas blasfemias innombrables, se avalanzó como un demonio pesadillesco sobre el otro ser. La muerte goteante hizo acto de presencia, untando de rojo y carmesí los brazos asquerosamente retorcidos de la primera bestia. Ésta rió insensatamente mientras de todos lados llegaban, como atraídos por el líquido del mismo Hades, una ingente cantidad de criaturas amorfas, de contornos grotescos y cuerpos deformados.
Sus ojos, habían enloquecido. Rojos como el ocaso huían de sus concavidades, delirando en serpenteantes giros espasmódicos. Entonces empezó a proferir ciertos gruñidos y un conjunto indefinible de sonidos acompasados. Abdul Zaann, el Profeta, el Único, saltó frenéticamente sobre ese torrente de aullantes sombras torrenciales de una demencia roja y viscosa. Devoró la carne, los huesos y los jugos abominables y caleidoscópicos en medio del pandemónio nebuloso. Y entonces en medio de sombras burlescas pude ver, como su cuerpo ensangrentado, caía lánguidamente en el eterno vacío del estéril averno.
Cuando recobré la cordura, me encontraba en la cama de un hospital. Me dijeron que había tenido un accidente en un parque temático y que había perdido mucha sangre por culpa de un corte con un cristal de la “sala de los espejos deformadores”. Entonces me acordé de Abdul Zaann y de todas sus palabras, y me di cuenta, aterrado, de que no habían sido esos diablos peludos, deformes y blanquecinos los que habían asesinado al loco profeta. Quién había acabado con su vida había sido él mismo, reflejado en la locura de decenas de espejos de silencioso secreto.
maria733 (desconectado)
Fecha de ingreso: 24 de Diciembre de 2008
maria733 (desconectado)
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Me encomiendo a los dioses de internet para que este relato no se descoloque demasiado...
BIGUIDIBELA
Hace mucho tiempo, cuando el mundo todavía estaba inmerso en la creación, los dioses comenzaron a dar vida a los animales. Miles de aves, con plumajes de todos los colores y formas, llenaron los cielos del mundo, siendo la envidia de todos los seres que las contemplaban. Las vio entonces la biguidibela y, sin poder evitarlo, se acercó a un colibrí que revoloteaba de flor en flor.
-¿De dónde has sacado esas plumas tan hermosas? –le preguntó al colibrí.
-Me las dieron los dioses –contestó éste marchándose con su rápido aletear.
La biguidibela lo miró marchar, llena de envidia y de odio. No podía dejar de preguntarse por qué los dioses habían sido tan crueles con ella. Había dotado a todos los seres que poblaban aquellos lares de hermosos colores y vistosas plumas, pero a ella no. Todas las aves parecían volar junto a ella para que pudiera ver lo hermosas que eran a su lado. La biguidibela se acercó a un lago y contempló su reflejo, era un ser oscuro, sin pelo ni plumas que ocultara su piel. Extendió las alas y se imaginó lo hermosas que estarían llenas de plumas de colores. La biguidibela miró al cielo, había tenido una idea. Voló hacia los dioses y se presentó ante ellos con la cabeza gacha, rogando un poco de compasión. Pero los dioses se burlaron de ella.
-¿Qué quieres biguidibela? Se nos acabaron las plumas de colores. Tendrás que conformarte con tu imagen, seguirás siendo la mariposa desnuda que creamos –y la biguidibela se fue, furiosa, hasta la tierra de nuevo.
Pasaron así varios meses y el calor se fue dejando paso al invierno. La biguidibela sufrió más que nadie aquellas inclemencias. No en vano, estaba desnuda, no tenía nada que cubriera su piel y el frío no le permitía moverse. La vieron así las aves, acurrucada en un rincón, rogando, para que el frío cesara, a los mismos dioses que le habían negado la belleza y todas se apiadaron de aquella criatura. Un quetzal se acercó y arrancándose una de sus plumas, la más hermosa y colorida de su cola, se la tendió. La biguidibela la miró sin comprender la bondad que había tras el gesto, pues no había bondad en ella.
-Aquí tienes, biguidibela, no puedo darte más –le dijo el quetzal.
La biguidibela cogió la pluma y la colocó sobre su piel. Entonces se dio cuenta de que podía conseguir lo que los dioses le habían negado. Levantó el vuelo sin importarle el frío y voló en busca de las aves más hermosas. Todas y cada una de ellas le regalaron una pluma, siempre la más bonita. Y la biguidibela vio su cuerpo entero cubierto por las plumas más hermosas que existían en la naturaleza. Se acercó al río y contempló su aspecto, ahora era la criatura más hermosa de la existencia y no podía dejar pasar la oportunidad de hacérselo ver a los que le habían negado la belleza. Voló hacia el cielo, sin importarle lo alto que estuvieran los dioses. Las corrientes de aire comenzaron a agitar sus plumas y algunas se desprendieron de su piel. Pero a la biguidibela no le importó. Siguió volando hasta alcanzar su destino y una vez estuvo ante los dioses, comenzó a danzar en el aire, mostrando su hermoso plumaje. Los dioses quedaron impresionados por aquello y la biguidibela creyó que era el ser más maravilloso de la creación.
Voló y voló hasta que sus movimientos, acompañados del viento, provocaron que las plumas comenzaran a caer hacia la tierra.
La biguidibela contempló avergonzada cómo volvía a quedarse desnuda y sintió tanta vergüenza que voló hacia la tierra en busca de un lugar en el que esconderse. Nadie volvió a verla a la luz del día. Ningún pájaro supo jamás de su destino y todos se preguntaron qué había sido de la mariposa desnuda.
Cuenta la leyenda, que tras bajar de las nubes, la biguidibela buscó una cueva en la que esconderse, la más oscura que encontró. Allí se refugió a la espera de que el sol se ocultara y así nadie tuviera que contemplar su belleza perdida. Avergonzada por su acción, cerró los ojos para no tener que volver a mirar su horrible aspecto. Y así fue, cuentan las leyendas, como la mariposa desnuda se convirtió en murciélago.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Cuéntame
- Hola. ¿Te acuerdas de mi?
- No caigo. Quizás me confundes.
- Te haré memoria: septiembre de 1975.
- Déjalo, no sigas. No me interesa. Aquello está pasado y olvidado.
- Yo no olvido.
- Vosotros mandáis ahora, ¿no? ¿Qué más queréis? A nosotros nos da igual quien esté en el poder. Cumplimos nuestro trabajo, entonces y ahora.
- Eso es lo que no me explico, cómo prospera con nosotros la gente como tú. ¿Qué eras tú entonces? Subinspector, como mucho. Y ahora, diez años después, comisario principal. Has hecho carrera, ¿eh?. Y lo que más me jode, con nosotros.
- Mira, muchacho, tú y yo ahora tenemos el mismo jefe: Gonzalo. Algo tendremos en común los tres. Yo estoy aquí porque soy un buen profesional, y mientras el mundo sea mundo todos los gobiernos necesitarán gente como yo.
- Supongo que no hemos podido hacer otra cosa que heredar lo que había. Pero no te engañes: no somos iguales. No lo éramos entonces y no lo somos ahora. ¿O quieres que te recuerde aquellos hechos?
- Recordar … No deberías desafiarme a eso. Si algo tenemos los policías de raza, es una excelente memoria.
- ¿Pero no decías que no te acordabas de mí?
- Mira, en los últimos tres años ya he tenido media docena de conversaciones como ésta. Y me cansa. Claro que me acuerdo de ti. Tú eras de la LCR. Tú también has cambiado tus fervores trotskistas de entonces por estas férreas convicciones socialdemócratas de ahora. ¿Ves cómo en todas partes cuecen habas?
- No lo olvido. No olvido lo que pasamos Gonzalo, Luis y yo. Diez días de infierno, a golpes, sin dejarnos dormir. Lo que me extraña es que Gonzalo no te haya arrinconado, y te tenga ahí.
- Para, muchacho, para. Algún golpe sí que hubo, pero bien que os vino luego como ejecutoria democrática y antifascista, cuando hubo que cobrar réditos. Y nada que ver con lo que se hacia cinco o diez años antes. En el 75 estábamos mucho más suaves. Aunque había instrucciones de arriba de emplearse a fondo, ya te digo yo que de Madrid para abajo, en provincias, la cosa se atemperaba mucho. Y además, cantabais en seguida. Si los que ahora os votan supieran cómo os cagabais encima a las primeras bofetadas ...
- ¡Qué hijo de puta! Ni éramos tontos, ni queríamos ser mártires gratuitos. Sabíamos que íbamos a ser detenidos. Sabíamos que diez días de interrogatorios no íbamos a poder aguantar. Sabíamos qué información buscabais: la multicopista, los enlaces con el Comité Central. Habíamos calculado la información que tenía que soltar cada uno, y cómo ir soltándola para dar tiempo a los camaradas a escapar.
- Pues mira, lo sacamos todo, todito, y no fue así, a pocos a pocos, sino de golpe.
- Lo machacasteis. A Luis lo machacasteis.
- ¿Luis? Si, ya me acuerdo. Gonzalo, tú y aquel chico, Luis. A és fue al primero que detuvimos. Antes de que os trincáramos a Gonzalo y a ti, él ya llevaba tres días con nosotros. Lo hicimos así para ver si os poníais nerviosos y dabais un paso en falso. Ya sabes, la amenaza es más importante que su ejecución. Pero te equivocas. No fue Luis el que cantó. Y eso que recibió lo suyo.
- Con qué tranquilidad hablas de eso. Me das asco.
- No tienes ni puta idea de lo que pasó. Que sepas que aquel chico, Luis, aguantó. Y eso que los primeros días sólo recibió lo mismo que todos, alguna bofetada que otra.
- Y la cabeza metida en la bañera, y la patada en los testículos, y no dejarte dormir, o esperar a que estuvieras dormido para volverte a subir.
- Cómodo no era, lo reconozco. Pero escúchame, sabioncillo: Luis lo aguantó todo. Luis aguantó el primero, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto día. ¿Y sabes qué pasó el quinto día? Se le fue la olla. Supongo que creyó que nos había vencido. Contaba los días, lo sé, porque en el calabozo marcaba una raya por cada uno. Y eso que no tenía reloj, ni había luz natural, y los guardias tenían instrucciones de no dar pistas a los detenidos acerca del paso del tiempo. Pero el tío cabrón, algún sistema encontró, puede que contara los cambios de turno de los guardias, y fue capaz de llevar la cuenta. Y cuando llegó a la de cinco, se le fue la olla. Se puso soberbio. En lugar de largar algo de lo que sabía, soltar lastre y descansar, tal como habíais calculado hacer, a partir del quinto día Luis arreó a desafiarnos. Nosotros le preguntábamos y él, en lugar de callarse como había hecho hasta entonces, empezó a provocarnos. Nos decía: “Os queda un telediario. Vuestro Caudillo no va a comer el turrón. Fijaos los de la PIDE. Ellos aún han podido salir por piernas para España, pero vosotros no podreis ir a Portugal. Acabareis como ellos, cazados como conejos”. Y claro, se llevó alguna ostia de más.
- ¿Alguna ostia, dices? Lo machacasteis.
- Bueno, lo que pasó es difícil de creer. Estábamos los cuatro. Él, sentado. Yo me había hecho el bueno, aunque ya veía que con él no servía de nada. Le había ofrecido un cigarrillo y, mientras le daba fuego, él me decía “¿qué, luego me lo apagarás en la planta de los pies?” La verdad es que había llegado a un grado de insolencia que nos sacaba de quicio. Si se hubiera quedado callado, te aseguro que lo hubiéramos dejado en los calabozos los tres o cuatro días que quedaban, para que descansara y llegara al TOP en un estado no demasiado penoso. Pero no, allí estaba, desafiante. Entonces pasó lo que pasó: uno de nosotros, y te aseguro que no fui yo y que si lo hubiera sido me importaría un comino reconocerlo, le quitó el cigarro y empezó a pasearle la brasa por delante de la cara. Y él, en un descuido que el otro se incorporó, se tiró de cabeza contra el radiador. Perdió el conocimiento, lo puso todo perdido de sangre. Y ya sí, lo dejamos tranquilo.
- ¡Joder! Cuando lo contó él, no me lo creí. Pensé que habiais sido vosotros y que trataba de tapar … Entonces, ¿no fue él el que cantó?
- No. No fue él. Fuisteis muy injustos con él. Cuando llegó a la cárcel, no le quisisteis creer que no había cantado.
- Es que llegó en un estado que no se nos ocurría pensar que hubiera resistido. Además, alguien había cantado de más, eso estaba claro. Cayó todo el Regional. Pero nosotros estábamos dispuestos a disculparlo, después de de ver como estaba..
- Pero no era verdad. Él había aguantado. Y que no creyerais su verdad, eso le hundió.
- ¡Joder! Nosotros pensábamos que se culpaba a si mismo, y tratábamos de consolarle. Así que fue eso lo que le hundió ....
- No fueron las “torturas”, fuisteis vosotros. Y cuanto más le consolabais, más lo machacabais.
- Pero ¿quien cantó? Porque después de llegar él a la cárcel, y nosotros, allí acabó llegando hasta el apuntador.
- ¿Quieres saberlo? Fue uno de vosotros que se cruzó con él cuando lo sacábamos de los hombros por los pasillos, arrastrando los pies y dejando un reguero de sangre. Ese, cuando lo vio, se cagó, y nada más entrar a mi despacho cantó hasta la Traviata.
- ¿Gonzalo?
- Gonzalo y yo llevamos muchos años colaborando juntos. Desde septiembre de 1975. Es cuestión de saber tragarse el orgullo.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL HOMBRE HINCHADO
Lo había conocido por casualidad en el grupo de amigos que nos reuníamos en el café. Me intrigaba su aspecto, su manera altiva de mostrarse ante todos, ese querer llevar las conversaciones a su terreno y demostrarnos, agresivamente, que éramos unos estúpidos ignorantes, sobre todo si alguien le contradecía. Yo le observaba callado, analítico, haciéndome pasar por alguien vulgar. Él pensaba que yo era un ser anodino, manipulable, sin personalidad ni criterios propios, un tonto, en definitiva, pues mi aspecto externo incrementa esa idea.
Por azares de la vida, un día coincidimos solos en el café. Al principio nos analizamos sin disimulo, despectivos, contrariados, tensos. Tras unas copas y cigarrillos de más, le hice ver su propia realidad y la mía. Le hice sacar todo su aire de vanidad, y luego hice estallar el mío, de súbito, como jamás lo había hecho ante nadie, a modo de bofetón. Quedó muy desorientado, mudo, mirándome parpadeante con su altivez acostumbrada. Yo me reía, dándole palmaditas en el brazo. Salió de allí sin decir adiós, con el ceño fruncido, erguido, pero, en el fondo, adiviné, su ego iba deshinchándose como un globo pinchado por una mano intencionada y hábil. En el entorno quedó como su aire de orgullo herido, viciado, muy empalagoso, que me produjo náuseas.
Al poco tiempo, supe que él había cambiado la tertulia de nuestro café por la de un foro de Internet. Allí pretendía engañar a los demás con las cosas que nosotros tan bien conocíamos de él y ya no nos impresionaban ni tolerábamos, sobre todo yo. Quedamos muy tranquilos, y yo trazando, a marchas forzadas, mis nuevos senderos de poder.
Pasado bastante tiempo, un día inesperado, volví a verlo en el café. Estaba oculto en la esquina de la barra, con un whisky en una mano, un puro en la otra, y la mirada ausente. Le eché un vistazo de superioridad. Rehuyó mis ojos, despreciativo. Percibí con gusto su cuerpo extremadamente delgado, su piel de cera y pergamino y sus pupilas vidriosas.
Me senté en la mesa junto al ventanal, entre el grupo de mis jovencitos adoradores. Comencé a liderar la charla. Al rato llegó un chico de unos veinte años. Tenía el mismo aire que el de mi ex amigo el frustrado en sus años mozos, e idéntica actitud a la que tuve yo cuando me uní al grupo de amigos en ese mismo café, ya deshecho el genuino grupo por el paso del tiempo, los desacuerdos, las rivalidades y los achaques de unos y otros.
En este instante de soledad, no dejo de pensar qué me deparará el poco futuro que me queda, qué hará conmigo ese payaso y falso jovenzuelo, pretencioso, en apariencia tímido y discreto, ese bichito que me observa con gesto burlón disimulado, mientras cuento mis aciertos en todos los ámbitos de la vida a los bobos que me escuchan.
Ja, ja, me acabo de enterar que, durante este amanecer, en el dormitorio de mi antiguo amigo frustrado, sólo ha quedado de él la piel rugosa sobre sus finos huesos, como si fuera la de un globo deshinchado y roto, y mucho, mucho aire maloliente en el ambiente, circundando una atmósfera cargada de falsedades.
Debo pensar un buen ardid para anular al jovencito antes de que él acabe conmigo de forma parecida. Mi reino es la tertulia del café, yo su eje, el Dios, hecho a sí mismo, que todos esos simplones admiran.
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