VII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK
R2_D2 (desconectado)
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La de lascivas mejillas
Me canso. Tanto hablar...
Me casé con dieciocho años. Pablo me llevaba diez. Ya sé que ahora aparenta treinta más que yo, pero entiéndalo, en su estado...
Era un buen partido. Un triunfador que había arrancado como meritorio en Arthur Andersen, luego controller en una multinacional. Después del periodo de formación en Manchester, había trabajado en Brasil, en Liberia, en Méjico. Se casó conmigo a la vez que aceptaba el puesto de Director Financiero en la empresa que Vd. tan bien conoce. Creo que yo formaba parte del lote, como el coche de empresa.
Los primeros años... ¡Qué le podría decir una mocita que había llegado virgen, si no al matrimonio, al menos a sus manos. El exceso de una carrera fulgurante, el dinero entrando a raudales, viajes, mucha vida social con la crema de los negocios… Podría decir que fui feliz entonces? Diría que creía estar en el camino de la felicidad.
Pablo nunca ha tenido amigos. Pero sí mucha gente pendiente de él. Ellos le habrán dicho cuán exquisito era con todo. En el trabajo, su control obsesivo de los detalles, la finura y elegancia de sus soluciones. Como componía su figura, impecablemente vestida y peinada. Su gusto gastronómico. El, que podía alardear de haber probado la cocina de medio mundo, los platos más exóticos y los más repugnantes, sabía demasiado de comida para que le deslumbraran los soufflés y las cremas de diseño, el plato grande y decorado, y el camarero pomposo. Era demasiado sibarita para que le engañara el lujo fácil.
¿Lascivo? Sí, lo era. Mucho. Pero se sonreirá Vd. si le digo que él siempre empezaba acariciándome las mejillas muy despacio, con la punta de los dedos.
Al cabo de los años, pasó lo obvio. Si de aquellas inversiones suyas en coños ajenos me hubiera llegado a mí algo de los réditos... Al contrario. Empezó a frecuentarme cada vez menos. Y si yo, al menos, hubiera podido llevar mi propia vida, discretamente... Pablo era más que celoso. Rencoroso, vengativo. Con Ignacio no llegó a ocurrir nada serio. Su misma timidez le delató ante Pablo. No bastó que dejara la empresa. Pablo movió hilos para que no encontrara un trabajo decente. Tuvo que marchar a Barcelona.
Fueron diez años de cárcel dorada. La doncella, que supuestamente acataba mis órdenes, estaba en realidad a las suyas. Yo no manejaba más dinero en efectivo que el que él me escatimaba, y todos mis pasos dejaban huellas en la tarjeta de crédito para que él las siguiera. Sé conducir, o sabía. Llegué a olvidarlo. Sólo el chófer podía llevarme en mi propio coche. Chófer que, por supuesto, “reportaba” a Pablo, como él decía en su jerga de controller.
Me aterraba forzar la separación, y Pablo lo sabía. Todos los flecos económicos de un posible divorcio los había previsto él mucho mejor de lo que yo, su pobre mujer ignorante de los negocios, podría siquiera adivinar. Me tenía atada al lecho conyugal con cadena de plata, para usar de mi cada vez más de tarde en tarde, y lucirme en cualquiera de las ocasiones a las que su cargo le obligaba a acudir con su esposa. Entré en barrena, empecé a ir de médico en médico, estuve a punto de volverme loca.
Cuando la Policía avisó del accidente de madrugada, no me extrañó que no estuviera en el supuesto viaje de negocios, ni que fuera acompañado. Tiempo ha que yo había renunciado a intentar pillarle sus mentiras. Nadie se explicaba el accidente. Era tal su obsesión por controlar, que conducía siempre por debajo de los límites de velocidad, porque no confiaba en lo que pudiera hacerle una máquina.
Fue un escándalo. La chica que lo acompañaba se casaba un mes más tarde con Daniel, otro “colaborador” suyo, como le gustaba decir a Pablo.
Cuando lo vi postrado, cuando me dijeron que nunca sería nada más que un ficus, dudé si aceptar aquella carga, si sería capaz de sacrificar mi vida a un hombre al que había temido y al que odiaba. Cualquiera de su familia lo hubiera recogido. Había dinero suficiente de por medio, patrimonio, seguros. Pero ahora todo es mío. El y su dinero.
¿Lo ve Vd.? Mueve los ojos. Nos oye. ¿Si nos entiende? Sí, nos entiende. Por lo menos a mí. Yo lo sé todo de él. Qué papilla le gusta y cuál no. Si tiene frío o calor. Si se le ha irritado el culo. Es como un tamagochi un poco grande. Ahora mismo, sé que le molesta este rayo de sol en los ojos. Siempre ha sido muy sensible a la luz. Pero no le voy a poner las gafas. No es bueno conceder todos los caprichos.
Su vida sexual sigue siendo interesante. Al principio, cuando los médicos me explicaban, yo no prestaba atención: no me importaba nada. Pero luego sí, me informé bien. Es… un poco rara. Se excita, pero sólo a nivel central, cerebral. Muy propio de una persona tan inteligente como él. Sin erecciones. Sus eyaculaciones son del tipo hawaiano, como los volcanes esos, por rebose. Al cambiarle el pañal, se nota a veces, además de los orines, otra mancha blanquecina. Incluso alguna vez he apreciado que le gotea la puntita de esa cosita que le ha quedado.
Al mes del accidente le di el pésame al novio del la chica. No me disculpé por lo que había hecho Pablo. Ni el chico me reprochó nada, claro. Nos hicimos amigos. Un día lo invité a casa. Fue un impulso mío, y él aceptó. No era mi intención que viera a Pablo. Pero quizás si era la suya. Fue un momento... extraño. Daniel se plantó delante de él, sin decirle nada, mirándole. Pablo quería esquivarle, pero sólo podía volver los ojos o cerrarlos. Los cerraba. Me acerqué al chico, sólo quería apartarlo de la silla de ruedas. Pero él estaba como clavado. Y, al tratar de empujarle, empecé a consolarle, a acariciarle, a besarle. El respondía a mis besos mientras miraba a Pablo, y Pablo nos miraba a nosotros con ojos desorbitados. Así fue la primera vez. Acabamos en la cama, follando con saña, y a él lo pusimos en un lado, mirándonos a nosotros y con un espejo al otro lado. Después de aquello, Pablo ya nunca más cerró los ojos.
Aquello se repitió más veces, hasta que al chico le hastió el encarnizamiento con el que yo me ofrecía como objeto de su venganza sobre Pablo. Rehizo su vida. Yo no. Reconozco que he hecho vicio.
Primero instalé un cristal de esos que sólo se ve en la dirección donde hay más luz. Hace algún tiempo lo sustituí por cuatro cámaras que graban todo y lo replican en un monitor en la otra habitación. Porque no a todos mis “amigos” les apetece sentirse observado por este ficus con ojos. Pero a la mayoría les pone. Sobre todo, si lo han conocido antes del accidente.
Localicé a Ignacio, aquel exiliado de su rencor. Sólo lo hicimos una vez. Cuando le enseñé -después- la otra habitación, y la silla de ruedas con Pablo frente al cristal, me rechazó como quien vomita una comida repugnante que le ha sabido deliciosa. Ignacio no es un hombre para mi. Ya no. Quizás por eso Pablo se ensañó con él: porque por él, quizás sí que me hubiera atrevido entonces a romper mis ataduras de terciopelo.
Y después de Ignacio, pasaron por mi cama todos sus amigos y subordinados. Cuando llegan a casa, yo le digo a Pablo: “Cariño, ¿a que no sabes quién ha venido a vernos?” Y delante de él, cojo una mano del visitante y la llevo a mis mejillas. Después nos metemos en la cama del polipasto ¡Si vieras que usos se le pueden dar a un polipasto para minusválidos! ¿Sabes lo que puede ser un sesenta y nueve en ingravidez? Tengo un pequeño guión con las posiciones que practicamos delante de las cámaras. Después, reviso las grabaciones con Pablo delante para comprobar que han salido bien, y mejorarlas si procede. Vivo para sus ojos.
Los nuevos amigos los selecciono con criterios que él compartiría. Y se los presento. Y luego le pregunto qué le ha parecido su “actuación”.
No, no sufre. Yo soy como él. Vivo por él lo que a él le gustaría. Sé que le hubieran encantado estos juegos. Me lo dicen sus pañales. Soy feliz.
Vixa (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Mayo de 2008
Este lo publico fuera de concurso, que ya hay uno mio pululando por ahí:
ONANISMO
Simplemente se masturbaba. Para él, el sexo, era un mastodóntico acto de onanismo. Un acto que empezaba y terminaba en él. Porque cuando se masturbaba pensaba en él, sólo en él. Pensaba en el relamiéndose. Pensaba en él practicándose a sí mismo una felación. A veces, incluso, se había llegado a masturbar pensando que una copia idéntica de él, más exacta que un clon, le sodomizaba, otras veces, pensaba justo lo contrario.
En ocasiones, ni tan siquiera necesitaba su imaginación. Sólo con contemplarse frente al espejo tenía suficiente. Se miraba fijamente a lo ojos mientras repetía ese mismo movimiento, arriba y abajo, controlando la fuerza con que apretaba su miembro, controlando el ritmo, primero con suavidad, lentamente, luego aumentaba la frecuencia, también la presión, finalmente, cuando quería eyacular, cambiaba ligeramente el agarre, ejerciendo más presión con la punta de uno de sus dedos. De eso era de lo único que se preocupaba, de ejecutar la técnica con exactitud y precisión, pues su propia imagen era suficiente para excitarle.
Había pensando muchas veces en ello, se había planteado muchas veces si era homosexual. Cada vez que pensaba en ello llegaba a la conclusión que entonces, si hubiese nacido chica, hubiese sido lesbiana. Y es que nada más le excitaba, sólo él, sólo su cuerpo, sólo su propio deseo y fantasia, que volvían a regodearse y recaer sobre sí mismo.
No, no era homosexual, ni heterosexual, ni tan siquiera bisexual, simplemente era: egosexual.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Máquinas Pachinko
Su puesto en la multinacional implicaba tareas como aquélla: acompañar a un cliente occidental y estúpido en una visita guiada a Tokio. Así que la noche anterior había trazado un croquis del recorrido y se había aprendido a calzador, como para un examen, datos que ni él mismo conocía. Pero los planes nacieron para ser cambiados...
Al día siguiente, después de la comida con palillos y el sushi de rigor preparado en abierto, el invitado propuso una alternativa al guía. Se apresuró a aclarar que la única razón que le movía a hacer aquella propuesta era la curiosidad por algo impensable en occidente y no, como podría pensarse, un gusto por lo depravado. Kenzaburo escuchó, asintió con la cabeza y, sin la más mínima duda, identificó a Mr. Smith como uno de los suyos.
Fueron caminando.
- ¿Está muy lejos?
- No. Está cerca de aquí. No son muy difíciles de encontrar si uno busca...
- Nunca me acuerdo de cómo se llaman...
- Pachinko. Máquinas Pachinko.
- ¿Pero cómo pueden ser legales las de este tipo?
- Porque no hay nada ilegal en ellas...
Muy pronto estuvieron frente a la máquina: una ranura para meter la moneda y un mando que, al girarlo, hacía caer una bola de las docenas que se veían dentro de una esfera transparente.
Smith, visiblemente excitado, metió una moneda e hizo girar el mecanismo hasta ver aparecer su regalo. Cogió la bola nervioso, la abrió y, al ver el contenido, lo agarró y dejó caer las dos mitades de plástico. Sólo acertó a decir algo que Kenzaburo no entendió, antes de llevarse a la nariz las bragas usadas que le habían tocado en suerte. Sólo dos segundos de placer, de ojos cerrados y abandono, antes de guardárselas en el bolsillo de la americana con gesto de culpa. Kenzaburo no dijo nada.
Kenzaburo no dijo nada porque, mejor que nadie, entendía aquel arranque de lujuria tan parecido al que él mismo sintió cuando, por primera vez, como un juego, metió la primera moneda. Un arranque inesperado que despertó al monstruo. Un monstruo que, sin saberlo, lo habitaba. Una tenia epiléptica alojada en el estómago, que lo sacudía a cada poco pidiendo más. Una tenia sucia a la que tuvo que dar de comer sin tener en cuenta la inmoralidad del alimento. Una tenia insaciable que en un principio pareció contentarse con la ropa interior con olor a coño, para luego crecer y empujarle a masturbarse enfundándoselas en la mano, a visitar furcias a las que tocaba para que mojaran lo que después se llevaría y, por fin, a buscar un acomodo a su fiebre; un acomodo que encontró en el lugar al que ahora, habiendo identificado a su invitado como un afín, había decidido que irían.
Esta vez fueron en coche:
- Kenzaburo, ¿está usted casado?
- Sí -a pesar de conocer la facilidad de los occidentales para indagar en terreno personal y de esperarla, se sintió incómodo con la pregunta.
- ¿Tiene hijos?
- Sí.
- Yo no estoy casado. Lo estuve, pero me divorcié.
- Ahá...
- Respecto a lo que ha pasado antes... No quiero que piense...
- Yo no pienso nada.
- Perfecto.
Al llegar al local, los recibió un hombre que, pese a la corrección, puso de manifiesto que Kenzaburo era un habitual de la casa. El gaijin, entre la expectación y el recelo, caminó sin despegarse de su guía mientras los llevaban por un pasillo hasta una sala estrecha donde los dejaron a solas. Dos únicas sillas, frente a un cristal inmenso. Al otro lado, gradas prefabricadas y una puerta lateral.
- ¿De qué va esto?
- Solamente tiene que mirar y elegir. Eso es todo.
- ¿Elegir?
- Le gustó la máquina Pachinko, ¿no? Pues esto es aún mejor...
Un par de minutos después, un rebaño de jovencitas, de no más de dieciocho, empezó a salir por la bocana, colocándose en filas paralelas frente al cristal.
- Pero... ¿Pero qué demonios es esto?
- Ellas no le ven. Elija una. Le enseñará la ropa interior que llevan puesta y podrá llevársela de recuerdo.
Kenzaburo no miraba a las jóvenes sino a su cliente que, se dio cuenta, estaba a punto de dejar escapar un bufido de indignación y un ladrido pudoroso. Pero no lo hizo; porque la sonrisa de Kenzaburo decía: “Yo ya he visto cómo eres; ¿por qué fingir?”. Y Mr. Smith dejó de hacerlo cuando el anfitrión le dio el empujón que faltaba:
- Dígame cuál prefiere. Dígame el número de la que más le guste.
- Yo... La 13. Me gusta la 13.
- Está bien -se acercó al micro que había junto a la puerta, pulsó el botón y dijo- La número 13.
Y cuando por fin miró a la elegida, Kenzaburo creyó morir. Y de veras quiso hacerlo al descubrir, detrás del exceso de maquillaje, a su tierna Midori con el 13 pegado al pecho. Después llegó la ira al recordarla diciendo “es el hermano pequeño de un compañero de clase; sólo tengo que cuidarlo un día a la semana y me pagarán muy bien”, y deseó entrar como una manada y matarla a palos allí mismo. Pero la vergüenza, por ella y por él, le impidió hacer nada. Así que, sin entenderlo del todo, se quedó inmóvil, incrédulo, extraño en una habitación en la que había estado tantas veces y en compañía de un occidental que tenía la entrepierna levantada en armas pensando en las braguitas de Midori.
La bocana por la que habían aparecido se abrió y se las tragó. A todas excepto a la número 13. Kenzaburo, incapaz de mirarla, vio como el mismo hombre que los había recibido, entregaba un menú con seis dibujos a Mr. Smith: las seis posturas que la muchacha podía ofrecerles al otro lado del espejo doble.
- Vamos, elija una. Yo ya he elegido las otras dos.
Kenzaburo negó con la cabeza.
- ¡Venga, hombre! No me haga usted ese feo...
Y Kenzaburo eligió la número seis instintivamente; la misma que elegía siempre como broche final. Y sólo después de hacerlo, recordó quién iba a ser esta vez la muchacha.
Al llegar a la postura número seis, con la niña de espaldas a cuatro patas, como un cachorro de perra, con una falda tan corta que subía hasta enseñar la ropa interior y mirándose al espejo, mirándolos a ellos, con más lujuria de la que era posible adivinarle, Kenzaburo se echó a llorar. Quedamente. Porque no entendía cómo los muslos tersos de su pequeña, cómo aquel culito menudo y prieto, cómo aquellos pezones marcando la camiseta, lo estaban poniendo tan caliente como todas las veces en las que había elegido a otras para vaciarse de vicio.
Ahora sabía que no era posible.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
MI TÍA GLORIA
De niño me enseñaron que espiar a los mayores
cuando se reunían para hablar de sus cosas no estaba bien, pero nunca me
dijeron que no pudiese hacerlo cuando estaban solos. Una de mis aficiones más
gratas era esconderme en un hueco bajo la ventana del lavabo, entre la pared y
un seto, en la casa que mis abuelos tenían en las afueras, y mirar el interior
por la rendija que siempre quedaba entre ambos batientes, que no encajaban por
culpa de la humedad. Tenía que aguardar unos minutos hasta que mis ojos se
acostumbraban a la luz del cuarto. No era raro que siempre hubiese alguien
usando del retrete: uno de mis primos, mis padres, alguno de los numerosos tíos
que se juntaban todos los veranos antes de incorporarse al trabajo y disfrutar
juntos de la compañía de los abuelos… Quien más me interesaba, sin embargo, era
una hermana de mi madre, mi tía Gloria, siete años menor que ella. Mi tía
Gloria tenía por costumbre ducharse a media tarde, cuando casi todos sufrían
aún los efectos de una digestión enervante, sumamente pesada, y no corría el
riesgo de que la importunaran. Yo aguardaba nervioso el momento porque no
siempre lograba ver el cuerpo desnudo de mi tía, y si lo veía, casi siempre era
de manera sesgada. Luego, en las noches calientes, metido en la cama en una
habitación que compartía con otras cinco criaturas, me dedicaba a componer la
figura entera con los pedazos que había ido viendo a lo largo de los días, como
en un puzzle. Ora un brazo tostado por el sol, ora un pequeño pie húmedo al
salir de la ducha, ora un pecho perfecto… y así todas sus partes hasta
completar el cuerpo entero, que se sumaba a mis sueños. Rara era la noche que
no gozase de la compañía etérea de tía Gloria. Se me sentaba en la cama,
desnuda, y me acariciaba el pelo con una terneza que mi madre había dejado de
usar hacía tiempo, cuando me apuntó el vello del bozo y comprendió que ya era
un hombre. Presumo que aquella temeridad mía de espiar a tía Gloria y luego
soñar con ella era consecuencia directa del miedo a ir perdiendo la infancia y
no poder hacer nada por evitarlo. Cuando, dormido, dejaba caer mi mano sobre su
muslo, no era un gesto lascivo el mío, sino el modo de corresponder agradecido
a que me pasase los dedos por el pelo con tamaña delicadeza, la que no he
vuelto a encontrar en ninguna mujer.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
HIERÓDULA
La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio.
En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.
Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza…
Pobre Luen, qué poco conocía a su hija.
Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados…
Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos?
La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión.
Y la diosa lo sabía.
Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales.
Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada…
Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco.
Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita.
Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble.
Y Sae iba a tenerlo…
Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad...
– ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella... Agitó la cabeza.
– No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder... la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces.
Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles…
Pero, no, no…
Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto.
Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla…
Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Oposición.
“Por una mirada un mundo…”
Rima XXIII G.A. Becquer.
La primera noche fue insoportable. Imagíname intentando relajarme para dormir mis ocho horitas antes del examen, absolutamente a oscuras, decúbito supino y apenas escuchando mi respiración, mientras trataba de alejar de mi mente normativas, jurisprudencias y demás jerigonzas que durante el último año habían ocupado mi vida de opositor. Lo estaba consiguiendo: no pensar en nada, apenas percibir el peso de las sábanas sobre mi cuerpo, el pulso lento, el vientre subiendo y bajando, el sopor.
Entonces todo se fue a la mierda. Un rítmico bamboleo comenzó a ganar intensidad. Clavé los ojos en la oscuridad de la que llegaban los ritmos ancestrales que no me permitían concebir el sueño. La cadencia era monótona y grave, pero aún así no podía dormir. Lo intenté, me di la vuelta, probé con el decúbito prono, de un lado y del otro. Nada. El bum bum, bum bum, se colaba por el techo sin poder ignorarlo.
Encendí la luz. Las doce menos veinte. Fui a la cocina, al baño y volví a la cama. Apagué la luz. Ahí estaba esperándome el ruidito de las narices. Al menos solamente sonaba la cama; los gemidos, o eran comedidos o se amortiguaban, gracias a Dios, y no se sumaban a la percusión. Pero el vaivén no cesaba, persistía machacón.
Me levanté. No tiene sentido dar vueltas en la cama ante una situación así. Eran ya las doce. Puse algo de música suave y me metí en internet a revisar por millonésima vez las bases de la oposición, cada uno tiene sus paranoias. Confirmé que tenía todo lo que iba a necesitar en el examen. Incluso no pude resistirme a dar un último repaso a los resúmenes de algún tema.
Terminé a la una y treinta y cinco. Supuse que habrían tenido tiempo de sobra arriba para terminar el recital, bises incluidos. A mí, al menos, me habría dado tiempo de sobra. Así que apagué y me metí de nuevo en la cama. Pero en lugar del silencio, volvió a colarse el bum bum, bum bum por el techo. Increíble. Aún estaban dándole. Y siguieron así, con ese monótono ritmo hasta las dos cuando, sin más, llegó la calma y pude dormir.
El día siguiente fue de locos: ignoré al despertador, me desperté media hora después de lo previsto, casi me mato bajando las escaleras, y estuve acelerado hasta el momento de enfrentarme al puto examen. Un desastre, pero bueno eso ya no tiene remedio. Volví a casa cabreado y me topé con una vecina subiendo las escaleras delante de mí a buen ritmo. No os aconsejo que hagáis la estupidez de picaros subiendo hasta un cuarto solamente por no quedar de menos ante una tía que ni siquiera está buena. Más que fea estaba mal hecha, desproporcionada. Y si el todo no era armonioso, las partes por sí solas tampoco estaban pulidas. Lo peor, el culo caído y deforme que subía a toda velocidad, tirando de mi resuello, impulsado por unas piernas que parecía prestadas. Era ancha de cintura y estrecha de cadera, incomprensible. La espalda en zig-zag y los hombros descolgados por el peso de unos brazos que también debían ser de otro, de un gorila para más señas, y las manazas ni te cuento. El pelo estropajoso, ideal para sacar la grasa más incrustada de cualquier sartén.
Llegué al cuarto, mi destino, mientras ella continuaba hasta el quinto, el último del edificio. Y no pude contenerme y mirar si entraba en el A o en el B, el apartamento gemelo al mío. Y sí, era la vecina folladora, la que me había desvelado y arruinado mi carrera con un polvo ostrense. Aunque, claro está, podría ser una amiga de la susodicha, o una compañera, o vete tú a saber. Tenía que averiguarlo y no podía hacer otra cosa que pegar oreja a ver si alguien más subía al quinto. Y salvo la pareja de ancianos del A, no subió nadie más hasta bien entrada la tarde. Casi a la hora de cenar, oí unos pasos masculinos que, mirilla mediante y cabecilla temerosa después, descubrí resultaron ser los del amante del adefesio.
Estaba cansado, aturdido y algo cabreado todavía, así que cené pronto y me fui, a eso de las diez y media, a la camita. Fue para nada, para dar vueltas a mi frustración como un hámster y, como tal, no llegar a ninguna parte. Entonces volvió a suceder: el bombeo cadencioso de la noche anterior. Once menos cuarto y ya estaban dándole. Y la imagen deconstruida de mi vecina apareció en mi cabeza, por supuesto de espaldas. Y sentí, más que pudor, repugnancia al pensar qué clase de depravado podría follarse eso. Estaba claro que no podría dormir, así que me fui al comedor a ver un rato la tele. Para la una ya habían terminado. Pude por fin dormir.
Al día siguiente, de vuelta con un cuatro treinta y dos en mi mano y el consuelo en forma de transferencia bancaria de un padre comprensivo y, afortunadamente, generoso para con su primogénito, reelaboré un plan de estudios para intentar el asalto a las próximas convocatorias, esta vez en la administración local, que estaban a la vuelta de tres meses.
Por la noche mis vecinos me dieron su bienvenida de once menos cuarto a una y media más o menos, en lo que ya era, minuto arriba minuto abajo, un ritual. Y yo que me cruzaba con la vecina alguna vez de vuelta de la compra, al bajar la basura, en mis descansos de estudio... Y cada vez me parecía más desagradable. Intenté entablar un poco de conversación más allá del hola de rigor, no fuera a tener una voz angelical que lo explicara todo, pero ni siquiera era simpática. Una troll, eso es lo que era, una hembra de troll encabronada que cada noche recibía lo suyo de un marido que, por lo poco que pude ver, parecía buen tío.
Él salía temprano y volvía tarde. Le vi un par de veces cuando llegaba del trabajo. Guapete, elegante, lo que ahora llaman ubersexual. Con el traje aún impecable tras un día de trabajo. Obviamente podría optar a algo mucho mejor, así que algo debía tener la tipa para que todas las noches le dedicara unas dos horas de bámbola. Y yo ahí, debajo de ellos, mirando el techo, escuchando el monótono trajín, tratando de imaginar qué haría esa mujer para mantener a un tipo que podría tirarse a quien quisiera. Y componía su desagradable imagen en mi cabeza, tratando de buscar algún detalle que pudiera darme una pista. Y a eso de dos horas silencio y a dormir.
Comencé a hacerme el encontradizo con ella en las escaleras tratando de mantener frescas las imágenes que por la noche, a ritmo de bum bum, bum bum, escrutaría. La miraba descaradamente cuando subía o bajaba las escaleras delante de mí, pero tampoco me cortaba mucho cuando la tenía frente a frente en el descansillo o el portal, obteniendo en más de una ocasión una mirada asqueada de vuelta. Así durante días y días de observación, noches y noches de sexo amortiguado, tratando de encajar las piezas.
Hasta que una vez, tras escrutarla de regreso de tirar la basura, la oí llorar al entrar en casa. Al cabo llegó su marido y, no escuché muy bien, pero me pareció que trataba de consolarla. Sólo escuché un ¡hijo de puta!, y pasos acelerados. Poco después llamaron a mi puerta y al abrir me encontré con Gibraltar, más español que nunca, estampado en mi cara.
– ¡Si vuelves a mirar así a mi esposa otra vez te mato! ¡Pajillero hijo de puta!
Y se marchó por donde vino. Y yo me quedé agarrado a mi ojo y a la puerta para no caer al suelo, y continué escuchando cuando llegó arriba.
– No volverá a molestarte, mi amor. Venga, vete a la cama que ya pongo yo el lavavajillas.
E inmediatamente comenzó el bum bum, bum bum seguido de su fino taconeo de ejecutivo mientras cerraba la puerta del quinto B que permanecía entreabierta.
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PLACERES MENTALES
Soy un tipo que viaja mucho por el mundo. Mi profesión de cantante me obliga a ello.
Pero yo no soy como la mayoría de los cantantes. Después de las largas, insatisfactorias, a menudo irritantes sesiones de ensayo, lo que más me desagrada es justamente la compañía de mis colegas, no sólo porque permanecer con ellos supone en buena medida una inconsciente prolongación del trabajo, sino porque con ellos, de hecho, no se puede hablar más que de ese trabajo o del mundo que lo rodea, lo cual quiere decir de música o del mundo de la música, y hablar de todo eso es algo a lo que nunca le he visto el menor sentido, por no reconocer que me resulta fatigoso y árido. También suelen hablar de las mujeres a las que se han beneficiado, gracias sobre todo a su condición de famosos.
Por lo demás, y al contrario que a la mayoría de ellos, a mí lo que me produce placer, orgasmos mentales, cuando viajamos por las ciudades del mundo, es notar que estoy en un sitio nuevo y desconocido; entrar en los locales públicos para tener bien presente que allí se habla una lengua que conozco imperfectamente o no conozco en absoluto; fijarme con atención en las ropas que los ciudadanos gustan de llevar por la calle; comprobar si los comercios están llenos o vacíos a las horas de oficina; mirar la distribución de las noticias en los periódicos; contemplar edificios civiles que sólo pueden encontrarse en ese determinado lugar del mundo; escrutar los rostros en el metro y los autobuses que frecuento con tal propósito; individualizar esas caras, imaginar si podría o no hallarlas en otra parte; perderme deliberadamente por los barrios en que ya he aprendido a desenvolverme, es decir, con el mapa en la mano si hace falta; percibir el inimitable paso con que languidece el día en cada punto del globo y el instante indeciso y variable en que las luces se encienden; perder el tiempo. Y en cada ciudad a la que voy me gustaría conocer gente, conocer a esas mujeres, que tal vez van tan arregladas a mis conciertos: para ir a verme.
Ahora que ya soy bastante famoso porque de vez en cuando salgo en las televisiones del mundo, consigo conocer superficialmente a alguna que otra persona dondequiera que viaje: casi siempre, sin embargo, admiradores cuyas dudas y uniformidad me aburren. Pero hace cuatro años, cuando todavía tenía que conformarme con conciertos pequeños y modestos, me resultaba imposible trabar relación de ninguna clase con los habitantes de esas ciudades, que me limitaba a mirar como se mira en el anuncio de un periódico extranjero leído en casa la promesa de un espectáculo. Por eso, y a pesar de mis inclinaciones, de mi curiosidad, de mi inconformismo, en muchas ocasiones acababa por claudicar y hacer yo también ese tipo de vida monótona, remisa y poco imaginativa de los cantantes. Me exasperaba no poder confundirme con la población local más que en lo puramente físico y accesorio (compartir su espacio, o a lo sumo rozarme con ellos en los transportes públicos), no poder participar en los negocios y afanes que se traían entre manos delante de mis propios ojos, ni de los movimientos resueltos, casi mecánicos –denotadores de un objetivo, un cálculo, una ocupación, de prisas-, de los transeúntes y los automovilistas que cruzaban sin cesar ante mi vista en cualquier punto de la capital y a cualquier hora que eligiera para mis extravíos. Me irritaba no ser uno de ellos, me irritaba no poder compartir sus almas. Incluso el vestíbulo del hotel, por definición plagado de forasteros, de gente –como yo- de paso, me producía infinito desasosiego y envidia: todos, hasta los que están visiblemente esperando, descansando o haciendo tiempo, dan la impresión de saber tan bien lo que se proponen, todos parecen tan atareados, tan decididos, tan a punto de encaminarse hacia algún lugar cuya existencia cobra sentido sólo por aguardarlos, tan absortos en sus actividades presentes o inminentes o soñadas o proyectadas, que la conciencia de mis horas muertas me deprimía inmensamente, y durante mis estancias terminaba por disfrutar de orgasmos -mentales- tan sólo en el momento de la mañana en que yo mismo atravesaba ese vestíbulo con una carpeta llena de partituras y anotaciones para salir a la calle y dirigirme a la sala de ensayos, así como de los escasos minutos que duraba mi trayecto hasta allí: el único momento de la jornada en que mi aspecto y mis andares y mis ademanes podían asimilarse a los de los demás, el único momento en el que también yo, como los afortunados ciudadanos sedentarios, estaba obligado a guiar mis pasos, sin otra opción, hacia un sitio concreto y preestablecido y fijado de antemano por algunos miembros de esa comunidad misteriosa y esquiva. Durante ese trayecto caminaba con rapidez y determinación, la mirada alta y al frente, sin detenerme más que en los semáforos, sin distraerme con los rostros ni los edificios, inmerso en la riada ensimismada, anónima y conmutable de la mañana, sabiendo –por una vez- a dónde iba y a dónde tenía que ir. Gozaba inconmensurablemente de ese momento único, tan breve como anhelado, en el que por fin podía hacerme pasar ante ellos como uno de ellos y, en consecuencia, no sentía ningún deseo de conocer a nadie que no conociera ya. Porque se da por supuesto que quien vive continuadamente en una ciudad tiene –para bien o para mal, a satisfacción o a insatisfacción- más o menos cubierto su cupo de conocimientos.
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Pecados carnales
“-No estuvo bien.
-¿Eso es lo que crees?- dijo él con su sonrisa profunda.
Lo conocí una semana atrás, en la cabaña de madera que nos acoge a mi madre y a mí en verano. Debería decir más bien, lo volví a ver, aunque no recuerdo cuándo me abrazaba y besaba de manera fraternal, siendo yo aún una niña.
Así pues, lo volví a ver por primera vez hace siete días y ocho horas. No estaba preparada para lo que apareció ante mis ojos. Yo esperaba un hombre mayor, cano, puede que calvo, gordo... estropeado por los años, en resumen. Sin embargo, me encontré con un adonis alto, de pelo aún oscuro y arábigos ojos negros y piel aceitunada, aún fuerte y joven, aún apuesto. Abrió mucho los ojos al verme y se acercó casi cohibido a darme los dos besos de rigor.
-Hola Claudia ¿Cómo estás? Es un placer volver a verte- dijo lentamente. La manera en que se recreó en la palabra placer me hizo estremecerme desde la nuca a la planta de los pies. Era sucio ¿entiendes? Yo lo sabía y aún así no pude contenerme. Sonreí y me acerqué aún más a él, abrazándolo con fuerza.
Convinimos que estaría con él esa semana, para conocernos mejor, y después volveríamos junto a mi madre, para ir los tres juntos de vacaciones.
Se despidió de mi madre con un pasional beso y, por fin, ella se fue, dejándonos a solas.
Sólo había una cama en la cabaña y él me la cedió con gusto, haciendo del sofá su refugio improvisado.
Nos comportamos con propiedad durante todo el día, aunque un fuego ardía en mi interior cada vez que lo veía moverse como un felino. Ágil y fuerte.
Ya por la noche ocurrió. Fue tan sucio. Después de todo, no vi otra solución.”
-No tienes que apresurarte- el agente la escuchaba, ruborizado y anhelante- Puedes contarlo con pelos y señales, no tenemos prisa.
Claudia lo miró con reproche y asco. Sabía lo que el hombre quería y casi podía apostar a que una erección tenía lugar bajo la mesa. “Bien, si eso es lo que quiere...” pensó.
“Yo me acosté en la cama y él en el sofá. No podía dejar de pensar en él aunque sabía que no estaba bien. Pronto no pude soportar el ardor entre mis piernas, aumentado por la respiración entrecortada que oía al otro lado de la cabaña.
¿Se estará masturbando? Pensé. Pero ese pensamiento sólo me llevó a hacer más urgente mi necesidad. Comencé a tocarme hasta que, involuntariamente, un gemido escapó de mis labios y se quedó flotando en la oscura habitación. Me quedé paralizada durante un instante, que se hizo eterno, hasta que noté una respiración áspera en mi oído y una mano varonil en mi bajo vientre.
-¿Necesitas ayuda? Susurró en mi oído.
Comenzó a masajearme hasta que volví a gemir y entonces se metió en la cama conmigo. Prefiero no relatar lo que ocurrió entonces, pues me provoca tanto asco como anhelo y no me soporto en mi propia piel. Sólo diré que fue el mejor orgasmo de mi vida.
-No estuvo bien- dije con voz entrecortada por las lágrimas.
-¿Eso es lo que crees?- dijo él- ¿Acaso no te ha gustado?
-Sí.
-Entonces ¿cuál es el problema?
-Mi madre...- estaba desesperada- ¿Qué dirá mi madre?
-No puedes decírselo- contestó- Ella nunca lo entendería, aunque la atracción sexual no es nada malo.
-¿Y tú cómo puedes saber eso?
-¿Quién va a saberlo mejor que yo?- sonrió y me besó en la mejilla, reteniendo una lágrima- ¿O crees que te mentiría tu padre?
Entonces fue cuando pasó.”
Claudia paró su relato y bajó la vista. El agente no podía admitirlo, pero necesitaba que le contara algo que consiguiera que la tensión que se había apoderado de su entrepierna desapareciera, o no podría salir de la sala de interrogatorios sin violar a la supuesta asesina, aunque hasta ahora la mera idea de una violación le habría parecido un crimen ¿Cómo podía alguien tan joven ser sensual hasta el punto de hacerte olvidar tu humanidad?
-¿Qué fue lo que pasó Claudia?- preguntó tenso.
-Le atravesé el cuello con un abrecartas- contestó fríamente. Luego sus ojos volvieron a arder mientras parecían observar su entrepierna a través de la mesa- ¿Quiere que le ayude con eso señor agente?- preguntó con voz inocente mientras se abría de piernas y dejaba sus incipientes pechos al descubierto. Se metió debajo de la mesa y comenzó a trajinar allí donde la tensión del hombre era más fuerte, hasta que éste puso los ojos en blanco y se liberó.
“Vaya con la niña” fue su último pensamiento antes de notar el cañón de su propia pistola en la ingle.
-No estuvo bien- fueron sus únicas palabras cuando el comisario entró en la sala y la encontró semidesnuda bañada en la sangre del joven agente.
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Barro en los tacones
Llegaba un minuto tarde, el plan era perfecto pero no habían contado con la lluvia. Se quitó los tacones al llegar al suelo de terrazo y trató inútilmente de quitar el barro acumulado. Los guardias de la puerta la miraban de reojo, su vestido dejaba ver lo suficiente para imaginar el resto. Los saludó cuando pasó a su lado y entró en el hall acompañada del repiqueteo de sus tacones de aguja. Desde allí podía escuchar el murmullo de la fiesta. Se detuvo un instante a recomponer su vestido y echó los hombros hacia atrás. Nada más cruzar la puerta sintió que todas las miradas se volvían hacia ella. Los
hombres la observaban con deseo y las mujeres con envidia. Perfecto –pensó. Todo formaba parte del plan. A partir de ahora,
tenía exactamente cincuenta y nueve minutos para neutralizar al jefe de seguridad.
Esperó a dejar de ser el centro de atención y buscó con disimulo el rostro del hombre al que debía acercarse. Se encontraba junto a la terraza interior y la estaba mirando. Le devolvió la mirada acompañada de una deliciosa sonrisa que hubiera hecho ruborizar a otro. Se le acercó contoneando su figura más allá de lo que jamás hubiera pensado hacer. Él la miraba encandilado y ella volvió a sonreírle. Demasiado fácil –pensó.
La charla se extendió durante los siguientes cincuenta minutos, tiempo durante el cual el jefe de seguridad no dejó de desviar su mirada continuamente al escote de la mujer vestida de plateado. Cuando llegó el brindis, el jefe la invitó a ir a un lugar más tranquilo y ella aceptó encantada. Llegaron a los pasillos, dónde el bullicio de la fiesta aún resonaba. El hombre la sujetó por la cintura, obligándola a oler su aliento a alcohol. Sonrió y la besó con pasión. Ella lo apartó
tapándole boca con un dedo que deslizó por su barbilla lampiña y su cuello hasta toparse con el escote de la camisa. Siguió bajando su mano tocando sólo el aire que había entre ambos y le susurró al oído:
-Mejor en un lugar más tranquilo, no me gusta el bullicio -Terminó de hablar mordiéndose el labio inferior y él pareció sufrir una repentina sacudida que lo llevó a acercarse más y a cogerle una mano. Tiró de ella hasta una habitación llena de televisores y de pilotos luminosos. Justo la sala que ella quería visitar.
Se acercó a los monitores y fingió curiosidad. Él se le acercó por la espalda y la empujó contra el mostrador sujetándola por la cintura. La mujer se deshizo en una sonrisa y se volvió apretando los labios, mirándole a los ojos. Él la miraba igual que un lobo haría con un cordero solitario. La besó de nuevo y esta vez se atrevió a rozar la piel que sólo un amante rozaría. En lugar de apartarlo, esta vez le correspondió con sus caricias, fingiendo que trataba de esabrocharle el cinturón. Sentía el corazón de aquél hombre sobre su pecho latir furioso, lleno de un apetito carnal que no iba a satisfacer, pero eso él no lo sabía. Él la ayudó a terminar de desabrochar el cinturón y entonces la mujer aprovechó para quitarle las esposas. La miró sonriendo, disfrutando ante la idea de aquél nuevo juego. Levantó las manos en señal de rendición y se apartó un paso sin dejar de sonreír. Ella se le acercó, moviéndose como una gata y lo rodeó hasta quedar a su espalda. Le mordió una oreja y cerró la esposa en su muñeca derecha. Él sonrió volviéndose sin tiempo a evitar que el otro extremo de la esposa se cerrara en un barrote de la vitrina de las armas.
Pareció divertido ante la idea, hasta que la mujer dejó de moverse sinuosamente y se acercó a los monitores. Buscó las llaves de las esposas en sus bolsillos pero la mujer levantó el llavero sin siquiera volverse a mirarlo. El jefe la amenazó con gritar para pedir ayuda y ella se giró levantando su vestido, dejando sus muslos al aire, mostrando un cuchillo en la cara interior de su muslo derecho. Lo cogió y se acercó al jefe. Deslizó hoja por su garganta y le explicó que podía gritar todo lo que deseara, porque por mucho que lo hiciera, esa hoja cortaría su garganta mucho antes de que el primero de sus hombres tocara el pomo de la puerta. Guardó silencio y ella volvió a los monitores. Comenzó a teclear algo en los ordenadores
y poco a poco las pantallas quedaron oscuras. Cogió una de las radios de seguridad y cambió la frecuencia al número convenido de antemano:
-El camino está despejado –dijo sin esperar respuesta –Calculo unos cuatro minutos hasta que restablezcan la luz –señaló. Una voz metálica pronunció una sola palabra:
-Recibido –la mujer se volvió hacia el jefe y éste la miró furioso. Ella le sonrió y se le acercó lo suficiente para comprobar que todavía estaba envuelto en el deseo. Le acarició el rostro sin apenas rozar su piel. El hombre aprovechó la mano que tenía libre para sujetarla por los cabellos y tirarla al suelo.
-Podría matarte, zorra –le dijo con el rostro pegado a su cara. La mujer se revolvió, pero él la tenía bien sujeta –No tienes ni idea de con quién te has metido –dijo un momento antes de que el dolor enturbiara sus sentidos. Soltó a la mujer del vestido plateado y se llevó la mano libre al muslo.
-Eres tú el que no tienes ni idea de con quién te has metido –relató mientras se acercaba a la puerta y dejaba caer su cuchillo junto al jefe. Abrió y escuchó los gritos de los invitados. Fuera reinaba el caos. Nadie se fijaría en ella ni en que tenía las manos manchadas de sangre. Cerró tras de sí, acallando los gritos del jefe de seguridad. Corrió hacia la cámara acorazada tan rápido como sus tacones le permitieron. Cuando llegó se encontró con que la puerta estaba abierta, se asomó y se unió al resto de la banda.
-¿Estás bien? –le preguntó uno de los hombres sin apartar la visa de lo que se traía entre manos.
-Tranquilo, la sangre no es mía –contestó.
-Vamos –le dijo uno de sus compañeros invitándola a abandonar la cámara. Un segundo después, cuando todos estaban fuera, apretó el botón de un detonador casero y el explosivo reventó la taquilla. Entraron sin esperar a que el humo se disipara y recogieron la caja que había quedado en el suelo, las que tenía alrededor eran ahora un amasijo de metal y papel quemado.
Corrieron hacia la azotea, dónde los estaba esperando un helicóptero que los llevaría lejos de aquella casa.
La mujer del vestido plateado subió al aparato sin importarle que uno de sus caros zapatos se precipitara al vacío mientras despegaban.
A la mañana siguiente recogió la prensa y se fue directa a la página que hablaba del robo. El periódico contaba con una entrevista al jefe de seguridad de la mansión. La mujer la leyó con detenimiento sin poder reprimir una sonrisa que se quedó grabada en su rostro durante el resto del día. El jefe afirmaba que había sido llevado a punta de navaja hasta la habitación de seguridad por un hombre. Una vez allí, le había clavado la navaja en el muslo para reducirlo y lo había esposado para impedir que diera la voz de alarma.
La mujer dejó el periódico sobre la mesa y salió al balcón. Sólo llevaba un corto camisón de seda y sintió que su piel se estremecía. Pensó en la mirada del jefe de seguridad cuando se percató de que ella quería jugar al mismo juego que él y cómo había creído que era él el que lideraba el mismo. Qué fácil era seducir a un hombre y cuánto les costaba a ellos reconocerlo –se dijo. Si sólo hubiera mirado una vez sus tacones en lugar de su escote, habría visto el barro en ellos y habría sabido que no era una invitada más.
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