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    VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

     
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VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK
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15 de Mayo de 2009 a las 18:57
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK


http://personales.mundivia.es/llera/cuentos/hamelin.htm (Aquí esta el original)



HAMELIN



¡Venga, venga, cuéntanos un cuento ¡


La chiquillería se arremolinaba en torno a la mujer dando pequeños saltitos y riendo sin cesar.


Contar un cuento, así de pronto, no es nada fácil. Pero si os estáis quietos os cuento uno que me parece que os va a gustar:


El pueblo del que os hablo no era ni grande ni pequeño, sino todo lo contrario. En él vivían gentes felices, mayores y pequeñas. Y además tenían una preciosa plaza y las casas eran bajas y blancas y con muchas flores en los balcones.


Pero hacía un tiempo que tenían un problema y era que, todos los días un grupo de jovenzuelos se reunía en los soportales de la Iglesia y, cuando acababa la misa de la tarde, se ponían a tocar una música ruidosa. Lo malo no era eso si no que aquella música, sin saber por qué atraía a todos los jóvenes del lugar e incluso a los niños mas pequeños.


Los padres empezaban a quejarse por que los muchachos no hacían los deberes ni estudiaban, ni nada. Solo pensaban en irse a escuchar aquella música endiablada y se olvidaban de todo lo demás. Así que al cabo de un tiempo un grupo de ellos se reunieron con el alcalde y le explicaron lo que sucedía y su preocupación. El edil les escuchó atentamente, mesándose el bigote y apretando los tirantes en un gesto concentrado. La verdad es que no se le ocurría como podría él solucionar aquello sin que alguien se quejara de que actuaba dictatorialmente. El lo que quería era que sucediera algo que dejara a todo el mundo contento.


- Lo siento mucho – dijo a los enfadados vecinos – comprendo vuestro problema pero no puedo prohibir a los muchachos que toquen música en la calle por que en ningún lado dice que esté prohibido. Así que creo que tendréis que avisar a vuestros hijos de que no deben ir allí sin vuestro permiso.


Como no habían conseguido nada del alcalde, los padres se pusieron de acuerdo para que sus hijos no pudieran acudir a los conciertos. Más fue inútil. Cada vez que se distraían un poco, los jóvenes desaparecían de casa y ya se sabía donde estaban.


Así las cosas, un sábado de primavera el pueblo quedó en silencio, justo a esa hora en que todos los demás días había sonado aquel terrible ruido en los soportales. ¡Que sensación de paz! Ya no se escuchaba nada; seguramente aquellos muchachos se habían ido con la música a otra parte, como vulgarmente se dice.


El caso es que cuando llegó la hora de la cena, primero en una casa y luego en otra y en otra, se dieron cuenta de que los hijos no llegaban a cenar a pesar de que ya se había hecho muy tarde. Salieron a la calle preocupados y se fueron encontrando todos en medio de la plaza y se preguntaban unos a otros donde andarían los niños y por qué no estaban en casa a aquellas horas.


Finalmente se acercaron a los soportales de la Iglesia y, con sorpresa vieron que allí tampoco había nadie, hasta los jóvenes músicos habían desparecido; solo se veía el suelo lleno de envoltorios sucios y rotos, de chucherías, cromos y peladuras de pipas. Pero de los niños nada de nada.


Y así fue como empezó la búsqueda. Se organizó una buena. Los padres corrían de un rincón a otro por toda la zona buscando a los niños y jóvenes, pero no aparecían. Y tampoco se veía señal alguna que diera cuenta de por donde y por qué se habían ido. Al final todos convinieron en que se habían marchado del pueblo, voluntariamente o no, con aquellos musiquillos de mala facha y así se volvieron todos contra el alcalde al que culpaban de la situación por no haber hecho algo con ellos.


- ¿Qué como terminó la cosa?


Pues veréis, el domingo, cuando ya anochecía y los caminos apenas tenían luz para transitar por ellos, una fila de jovencitos desastrados y con andar cansino fue acercándose al pueblo y con mucho disimulo se fue dispersando por entre las calles solitarias y desapareciendo por las puertas de las casas que, como en casi todos los pueblos, siempre permanecen abiertas.


Se supo, a la mañana siguiente, que aquellos muchachos, atraídos por la música de los faranduleros, los habían seguido hasta dos pueblos mas abajo en el Valle y allí se habían quedado a escuchar un concierto de música Rock que había durado justo las 24 horas que hacía que faltaban de sus casas.


Los padres no daban crédito a sus oídos y no sabían bien que actitud tomar. Por eso aún andan reunidos en asamblea para decidir que castigo colectivo ponerle a esos hijos desobedientes y tan parecidos a como eran ellos mismos no hace tantos años.


-Y así se acaba la historia.


-¡Jo, cuéntanos mas, otro, otro!


-¡Ni hablar! Todos a la cama inmediatamente. Mañana más.

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16 de Mayo de 2009 a las 16:48
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

La verdadera astucia de Caperucita Roja 


 


 


   


    Érase una vez una niña pequeña con pequitas en la cara, la cual era muy bonita. Caperucita Roja la llamaban, porque solía llevar una capa de ese color que su madre le había hecho tiempo atrás.


 


    Caminaba un día por el bosque verde, armonioso y tranquilo con una cesta en una mano y un ramo de flores –recogidas allí mismo- en la otra. La cesta, que contenía en su interior algo de comida, se la llevaba, por indicaciones de su madre, a su abuelita, cuyo hogar se encontraba en el otro lado del bosque.


 


    De repente, Caperucita Roja se topó con un lobo. La niña se asustó, porque no era normal que un animal como ese bajara hasta aquel lugar. Allí había ardillas, ratoncitos, pajarillos cantarines y alegres…, pero no lobos como aquel.


 


    -¿A dónde vas? –le preguntó el animal.


 


    -A ningún sitio –contestó ella, con voz temblorosa.


 


   Y echó a correr, asustada, a la casa de su abuelita. En nada llegó allí, pero para su sorpresa, la puerta estaba entreabierta. “¿Habrá venido hasta aquí el lobo y estará dentro?”, pensaba Caperucita Roja, pues el profundo silencio y la puerta en aquel estado la desconcertaron. El cansancio y el corazón a cien –por el correr y el miedo-  la ayudaban a sentirse mal, intranquila. Abrió la puerta del todo:


 


-¿Abuelita? –preguntó con vocecilla temblorosa y ojos delatadores del temor que la invadía.


 


    -Pasa, ven –le dijo una voz ronca proveniente de una habitación junto a la entrada.


 


    Enseguida supo Caperucita Roja que aquella voz no era la de su abuelita, sino que era la del lobo, que había escuchado hacía nada, en el bosque. Dudó entre entrar en la habitación o volver al exterior y correr por él hasta su hogar. Pero el recuerdo de su abuela y el advertir que ésta podía estar en peligro la hicieron tomar la decisión de entrar en la estancia, a indagar o, mejor dicho, a comprobar la suerte que pudiese haber corrido. Pero allí no estaba: sólo el lobo ocupaba la habitación, metido en la cama, vestido con el pijama y el gorro de la abuelita teniendo las sábanas hasta el cuello.


 


    -¡Ala, ala, abuelita! ¡Qué ojos más grandes tienes! –exclamó la niña, acercándose al animal, para seguirle la corriente al haber advertido que éste pretendía engañarla.


 


    -Son para verte mejor –dijo el lobo con una voz lo más suave que pudo poner para imitar la de la anciana.


 


    -¡Ala, ala, abuelita! ¡Qué orejas más grandes tienes! –volvió a exclamar la niña, tocándoselas.


 


    -Son para oírte mejor –le contestó el lobo, relamiéndose al pensar que la niña se le ponía en bandeja, tan cerca suyo.


 


    Ella, al observar la lengua del lobo moviéndose entre sus dientes, le dijo:


 


    -¡Ala, ala, abuelita! ¡Qué dientes más grandes tienes! –sosteniendo con fuerza la cesta.


 


    -Son para… ¡comerte mejor! –le contestó el animal, abalanzándose sobre ella, para intentar zampársela.


 


    Pero Caperucita Roja le dio, con la cesta, un fuerte golpe en la cabeza, dejándole inconsciente. Acto seguido buscó a la abuelita por toda la casa. Al no encontrarla dedujo que se la había comido el lobo. Abrió a éste en canal y allí estaba la abuelita… ¡Viva!


 


    -Gracias, niñita mía… ¡gracias! –abrazando a la niña lloraba la anciana, descargando toda la tensión acumulada.


 


    Luego, entre las dos cosieron la barriga del animal. Cuando éste despertó, ya se hallaba enjaulado afuera, junto a la casa de la abuelita.


 


    A partir de aquel día, a iniciativa de Caperucita Roja, la abuelita y ella cobraron una peseta –por aquel entonces aún existía esta moneda- a todo aquel que se acercara hasta allí para ver al lobo tan cerca. El dinero que fueron recaudando lo fueron destinando íntegramente a asociaciones diversas, todas ellas servidoras de auxilio a los más desfavorecidos.


 


CUENTO ORIGINAL E INFORMACIÓN SOBRE EL MISMO: http://es.wikipedia.org/wiki/Caperucita_Roja

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16 de Mayo de 2009 a las 17:42
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

               EL PATITO FEO DEL NIDO DE BUBOK

Hacia varios días que esperaba que sus hijitos rompieran el cascaron, para que alegraran aún más la casa de bubok.
Echada sobre el disco duro del ordenador, una pata, llamada Teniente, daba calor a sus huevos.
Escribiendolo en un papel dijeron:
-! Aquí estamos, aquí estamos, aquí estamos !- se oyó de pronto. Y cinco inteligentes patitos salieron del nido, mostrando ya desde un principio sus instintos hacia la escritura.
La pata Teniente, no dudó en llamarlos; Bizarro, idelosan, oniria, lola y rarevalo.
-! Que grande es esta casa de bubok !
-dijo a su mamá el más listo de todos, bizarro.
-! Esto es un mundo! - dijo idelosan
La pata Teniente los acarició tiernamente con el ala, y con su éstilo dulce de siempre les dijo:
-¿Bizarro, idelosan, creeís que solamente esto es la casa? Os equivocaís, hijos; el mundo de bubok es mucho más grande. Se extiende mucho más allá de lo que os podéis imaginar. Ahora mismo os enseñaré a todos como és, para que podáis admirarla.
Cuando la pata Teniente se disponía a abandonar el disco duro, vio, con mucha sorpresa, que medio oculto entre los cables del ordenador quedaba todavía un huevo.
- ! Aún falta un huevo !- dijo con cierto fastidio-.! y qué huevo tan grande y raro es el que queda! Pero, en fin, terminaré de empollarlo.
Mientras la Teniente se echó varios días dandole calor, bizarro, idelosan, rarevalo, oniria y lola, ya habían adquirido un don para la escritura fuera de lo normal, más bien sobrenatural.
Una mañana, la pata Teniente, oyó el llanto del recién nacido.
- ! Haqi estoi, haqi estoi, haqi estoi !- decía éste con boz ronca.
- !Qué feo es!, ! y no sabe escribir !- dijo la pata Teniente en cuanto lo vio-. ¿ No será un troll en vez de un pato?-dijo idelosan-.En fin, ya nos desengañaremos con el tiempo, decían oniria y lola y rarevalo.
Con el paso del tiempo, la pata Teniente y sus hijos, se dieron cuenta de que el patito feo se mantenía con cierta elegancia por la casa de bubok.
- ! Puede ser que nos hayamos equivocado con el ! decian los hermanos del patito feo.
-La pata  Teniente observó que no era tan feo como al principio-.
! No hay duda, éste también se merece estar entre nosotros !-.
Después de que la familia diese unas cuantas vueltas por la casa de bubok, Teniente dijo: -! Bueno, basta por hoy ! Ahora os llevaré a conocer a vuestro padre. Pero no os aparteis de mí, que el mundo de la informatica es muy complicado.
La familia se encaminó al " foro" de la casa, aquello era como un gallinero. El pato padre Incongruente, se acercó al más pequeño y le dió un buen responso.- ! No le riñas ! ¿ que mal te ha hecho el pobre?
- ! Ninguno ! Pero  mira como escribe, parece un troll; Di que si papa, yo creo que está spumeando por la boca a posta.- Dijo idelosan.
A pesar de su enojo, el patito feo dijo que podia permanecer en ese gallinero. Pero como no sabía escribir era siempre el blanco de las burlas y de las criticas.
Un día, dos patos silvestres, jaume y jdgreefield  se le acercaron y entre bromas y risas,
dijo el primero:
- ! Mira que es malo escribiendo !
- ! Cierto, que ridiculo es este bicho !- contestó el otro.
- ! Dios mío ! ¿ Que culpa tengo yo de no saber escribir ?
Pasaron muchos días antes de que tuviera ánimo para seguir aprendiendo
Una noche se le acercaron otro tres patos silvestres, r2d2, javi, y vixa y le dijeron:
-¿ Sabes escribir ?-no
-¿ Sabes corregir ?-no
-¿ Sabes poner huevos ?- Tampoco
- ! Pues entonces no sabes nada ! Aquí no te querra nadie.
Durante largos dias el patito feo permaneció en aquel gallinero aguantando todos los picotazos de las aves silvestres.
Un dia se le acerco una campesina, mortfan, y dos campesinos, picolins y rober, y le dijeron:
-Tú tienes que intentar aprender, no eres un pato silvestre como nosotros, eres un cisne, y por lo tanto tienes que callar por un tiempo y al final todos te querran en éste gallinero.
Con el tiempo el patito feo se dió cuenta, de que en realidad no era el unico cisne que allí había, y con elegancia levantó su cabeza y se puso a escribir con desenvoltura...










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16 de Mayo de 2009 a las 18:01
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

El niño cojo.


(Basado en el cuento El traje nuevo del Emperador, incluyendo una visión adulterada de El flautista de Hamelín).


 


 


            La burocracia de Berlín estaba configurada como un conjunto de reinos que rendían tributo al emperador Adolf Hitler. Cada una de las editoriales alemanas, grandes o pequeñas, eran súbditos del reino de la cultura, y el rey que vigilaba sus destinos era el censor Ludwing Meyer.


            Con motivo de su cincuenta cumpleaños, el censor Meyer había decidido darse un humilde pero emotivo homenaje en el que pretendía reactivar la industria editorial alemana dentro de un sano marco nacionalsocialista. Meyer sacó a concurso la publicación de un cuento infantil que sería subvencionada con dinero del Reitch y que gozaría de pública distribución entre los niños que hubiesen superado con éxito su primer año de escolaridad. El cuento elegido, en cualquier caso, debía servir como sedimento moral para que los infantes alemanes no perdieran la virtud que habían adquirido como derecho de nacimiento.


            El 15 de Abril se abrió el plazo de presentación de propuestas. Se creó una importante cola que salía de las puertas del despacho de Meyer y daba la vuelta a todo el edificio. Los editores esperaban pacientemente, con una mano sujetando el correspondiente portafolios y la otra apretada contra el último botón del abrigo. El trabajo editorial no preparaba a los hombres para los rigores del clima y, aquella mañana, Berlín amaneció despejado y frío como las relucientes paredes de una nevera.


Markus Schaeffer había salido de su casa con el pijama debajo de la ropa y el estómago vacío, y guardaba cola con un buen humor que lo posicionaba más como espectador de las frustraciones de sus colegas que como auténtico opositor al encargo del cuento. 


            Los mejores editores de Berlín abandonaban, abatidos o decepcionados, el despacho de Meyer. Algunos miraban al suelo, reproduciendo en sus cabezas la conversación que habían tenido con el censor, intentando recordar en qué momento, o con qué frase, sus posibilidades se habían esfumado. Los más atrevidos o enojados, tras la derrota dialéctica, se encogían de hombros mirando a sus compañeros y se alejaban de allí, apretados a sus portafolios como si quisieran consolarlo por la ofensa.


            Steffan Liebber, a pesar de poseer la imprenta más pulcra de Berlín, a pesar de contar con el mejor ilustrador de toda Alemania, y a pesar de haber presentado una perfecta adaptación infantil de El anillo de los nibelungos, no pudo medrar en el estricto sentido germano del Rey Ludwing Meyer. Dedicó una reverencia a todos los que aún esperaban en el exterior del edificio, soltó una tremenda carcajada y dijo:


-          ¡Buena suerte!


Después, se alejó de allí rompiendo una por una las ilustraciones de su


proyecto. Los editores, por supuesto, entraban cada vez con mayor preocupación, con ánimo funesto. Markus Schaeffer, sin embargo, se tomó todo aquello a broma y abordó la visita con buen humor, diciéndose a sí mismo: “¡No tengo nada que perder! Voy a intentarlo con el cuento más semita que se haya visto desde la fábula de la hormiga y la cigarra”.


            Así que, cuando le correspondió entrar en el pulcro despacho, Schaeffer ya no veía al censor Meyer como a un obstáculo, sino como a una secreta diversión.


-          ¡Hail Hitler! – dijo levantando su brazo.


El brazo de Meyer debía estar cansado, porque sólo le hizo un discreto gesto de


admisión, levantando la cabeza lo justo para que sus ojos asomaran por encima de las gafas.  Meyer tenía buen aspecto, el pelo muy negro a pesar de sus cincuenta próximos años, y el pecho muy lleno por encima del brillante cinturón de cuero. A su derecha, había un secretario delgado, amarillento, y con unos desdichados labios secos que parecían incapaces de sonreír.


-          ¿Nombre? – preguntó el secretario, posando sus dedos sobre la máquina de escribir, como patas de una araña ahorcada.


-          Markus Schaeffer – respondió el editor, quitándose la gorra y apretándola contra su barriga.


-          ¿Proyecto?


-          “El flautista de Hamelín”.


-          No me lo puedo creer – intervino Meyer.


Lanzó una mirada de complicidad al secretario, que hizo un casi sonoro esfuerzo


para apretar los labios aún más, lo que en su tribu de insectos debía interpretarse como una sonrisa. Meyer puso ambas manos sobre la mesa.


-          ¿El flautista de Hamelín? ¿Ese cuento en que un músico mercenario exige dinero a cambio de salvar a un pueblo de una invasión de ratas, y luego secuestra a los niños del pueblo como garantía para recuperar el dinero? ¿Ese cuento?


-          El flautista de Hamelín – respondió el editor, sin un asomo de duda.


-          ¿No le parece que es un alegato a favor de la usura, señor...


-          Schaeffer – le auxilió el secretario.


-          Muy al contrario, señor – dijo Markus.


-          Será mejor que se explique con rapidez – exigió Meyer, algo menos cansado.


Metido en ese compromiso, Schaeffer ya no podía retirarse sin parecer un ciudadano sospechoso. Y, realmente, se le había ocurrido una interpretación perfecta del cuento para la mentalidad nazi. Pero, al estar a punto de verbalizarla, sintió que una palabra se atravesaba en su garganta: ratas. Dudó.


-          ¿Señor Schaeffer? –exigió Meyer.


Se había aprendido su apellido. El editor sintió el miedo como una transfusión de


hielo a través de las piernas. No había marcha atrás.


-          Las ratas son el pueblo judío – dijo lentamente. El censor frunció el ceño y apoyó la barbilla en uno de sus lustrosos puños. La idea estaba funcionando – El flautista representa a la nación alemana, que quiere salvar a Europa, a Hamelín, de los judíos. Y todo el pueblo quiere ser salvado de los judíos. Pero, cuando el flautista reclama el reconocimiento por su labor, Hamelín, Europa, le da la espalda. ¡Como está sucediendo en estos momentos, señor! Entonces, el flautista se ve obligado a ir a la guerra y ocupar dichas naciones bajo su protección, separar a los niños de esos padres irrespetuosos y olvidadizos que ya no recuerden lo insidiosa que era la presencia de las ratas...


Ludwing Meyer meditaba sobre su puño. Estaba a punto de sonreír, pero una


idea le incomodaba. Llegados a ese punto, Markus Schaeffer sentía tanto asco de sí mismo que esperaba que el censor rechazase su proyecto con vehemencia. Cuanta más vehemencia usase, tanto mayor sería el alivio para Schaeffer.


-          ¿Y el niño cojo? – preguntó el censor.


            “No me lo puedo creer”, pensó Markus, “lo está valorando en serio”. Apretó los puños, sintiendo como agua sucia dentro de las tripas.


-          El niño cojo somos nosotros – respondió – Los editores de este país, aunque en principio nos sentimos ofuscados con erróneas ideas librepensadoras, por nuestra propia reticencia a la acción podemos reflexionar... y encontrar así el camino de vuelta a casa.


            Meyer abrió la boca apretando los dientes, como si acabase de tragar humo de un cigarrillo. Luego, miró a su secretario y dijo:


-          Me gusta – dio un golpe en la mesa y se levantó para abrazar a Schaeffer – Así que ratas, ¿no es eso? ¡Me gusta mucho, amigo! ¡Gracias por este regalo de cumpleaños!


-          Señor... – acordó sumisamente Markus, recibiendo el abrazo del censor con un escalofrío.



 


 


 


Un mes más tarde, delante de una cerveza y de un ejemplar de “El flautista de


Hamelín”, de ediciones Schaeffer y asociados, Stefan Liebber soltaba una de sus tremendas risotadas y miraba a sus colegas como si nada en el mundo pudiese ser más divertido.


            Los otros editores reunidos en la cervecería, celebrando el éxito de Schaeffer a la vez que intentando ganarse su favor, sacudían la cabeza, se encogían de hombros o, simplemente, brindaban al techo sin querer declararse ni serios ni bromistas.


-          ¡Así que El flautista de Hamelín!- voceó Liebber, sacudiendo el hombro de Markus Schaeffer – Un cuento que nos enseña que, si no pagamos nuestras deudas, el banco te puede quitar hasta a tus hijos. ¡Qué mundo este! ¿Cómo lo conseguiste, maldito zorro? – Schaeffer bebió cerveza. Liebber le perdonó la vida y levantó la jarra, desafiando con su integridad y osadía a todos los presentes - ¡Brindemos entonces por el nuevo traje del Rey! Pero, ¡ojo!, ¡que a nadie se le ocurra decir que el traje nuevo no tiene ni una pulgada de tela!


“Así que ratas, ¿no es eso?”, recordó Markus Schaeffer mientras apuraba su


cerveza. Pidió otra con un gesto de la mano. Tenía dinero para invitar a todos los presentes durante una noche que durase un año entero. Y también tenía el secreto y vergonzoso deseo de padecer algún tipo de cojera que justificase su éxito.

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17 de Mayo de 2009 a las 0:31
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

 


 


BLANCANIEVES  Y  LOS  SIETE  ENANITOS  EMPRESARIOS


(Sobre el cuento de los Hermanos Grimm)


http://www.scribd.com/doc/7480410/Cuento-Blancanieves


 


 


Hubo una Reina que esperaba un hijo. Deseaba que fuera tan blanco como la nieve y el más bueno del mundo. Su deseo se cumplió, pero nació una niña. La llamaron Blancanieves, por su blancura de piel y delicadeza. La Reina murió. El Rey se casó con otra hermosa dama. Ésta era orgullosa, competitiva. No cesaba de mirarse en su espejo, cuya luna le devolvía su bella imagen, preguntando:


—Espejito, espejito ¿hay en el mundo una mujer más bonita que yo?


El espejo le respondía NO. Pero un día, pasado el tiempo, le dijo SÍ: su hijastra era la más bella e ingenua de las mujeres. El espejo aconsejó a la Reina que llevara a Blancanieves al bosque para matarla. Llena de ira, mandó a su secretario a realizar tal acto. Éste, apenado, dejó a la princesa viva en el bosque. Luego mató a un perro y entregó a la Reina el corazón del animal en prueba de su obediencia. Blancanieves (que era más fuerte y decidida de lo que parecía), buscó cobijo en una casona, cuya puerta, por casualidad, estaba abierta. En la estancia había siete mesas con sus correspondientes ordenadores y asientos. Blancanieves estuvo curioseando por las mesas y pantallas. Descubrió cosas raras. Extrañada y rendida, se durmió, enroscada sobre la alfombra debajo de una mesa.


Al rato, llegaron los siete empresarios: El primero tenía mirada lujuriosa; el segundo aspecto de glotón; el tercero se mostraba avaricioso con lo que allí había; el cuarto era perezoso en sus maneras; el quinto parecía iracundo; el sexto simulaba su envidia hacia los demás; el séptimo descontrolaba su soberbia; aunque todos pretendían ser cariñosos con la jovencita cuando la descubrieron. Blancanieves les contó lo sucedido. Le dieron cobijo, a cambio de sus “especiales favores”. Le exigieron no ver a nadie, si no quería perecer a manos de la Reina. La joven aceptó por miedo a morir, asqueada de lo que esos ricos hombres le exigían.


Un día, la Reina se enteró de que Blancanieves vivía aún. Contrató a una detective. La envió en su búsqueda, dándole un preparado de perfume envenenado. La detective se presentó como vendedora de una prestigiosa marca de cosméticos, tras la reja del jardín, cuando se aseguró de que Blancanieves estaba sola. Durante una de las pruebas de olor, pulverizó en la nariz y boca de Blancanieves la esencia envenenada. De súbito, la joven se cayó al suelo, como muerta. La detective salió corriendo, nerviosa, riendo a carcajadas.


Cuando llegaron los empresarios, quedaron perplejos. Gruñones, arrinconaron el cuerpo en el jardín, ideando dónde ocultarlo. Peleones, volvieron a la casa. Caía la tarde. Casualmente, llegó el jefe de la empresa, con aspecto de príncipe, sobre su moto de alta cilindrada. Tras aparcar, vio la figura inmóvil. Se acercó, se inclinó, le tomó el pulso, notó que palpitaba, le hizo el boca a boca, le dio masaje cardiaco y la joven reaccionó, preguntándose, aturdida:


—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?


—Estás en buenas manos. Ven dentro, preciosa. Alguien te quiere mal. Confía en mí.


Blancanieves mostró al apuesto joven su más dulce sonrisa, mientras sus pupilas refulgían en la penumbra. Al cruzarse sus miradas, un rayo pareció atravesar ambos corazones, y el temblor sacudía el cuerpo femenino como aleteo de gaviotas. Entonces, el joven la cogió en brazos, sin dejar de mirarla a los ojos, extasiado.


Entraron a la casa, despacio. Allí, los siete empresarios discutían qué hacer con el cuerpo de Blancanieves, pero quedaron sorprendidos al ver que la joven vivía.


—¡Sólo estaba inconsciente, imbéciles! —Gritó el joven “príncipe”, molesto, dejándola sobre una butaca—. Ahora hay que llevarla a la casa grande de la capital; es la mejor joya de la colección y allí nadie la encontrará, vivirá tranquila y feliz a mi lado —sonreía, mirando a Blancanieves con lascivia reprimida.


Los siete empresarios opinaron:


—Qué bien, me servirá de postre cada día, como hasta ahora —dijo el lujurioso.


—Sólo de verla tan rica y sonrosada se me abre el apetito —se relamió el glotón.


—Me haré millonario a su costa, ja, ja —apuntó el avaricioso, frotándose las manos.


—Me seguirá sirviendo de esclava —reconoció el perezoso, entre bostezos.


—Su belleza me provoca azotarla —aseveró el iracundo, enrojeciendo.


—Yo soy más guapo y mejor que ella —recalcó el envidioso amanerado, de voz atiplada.


—Nunca me dejaría pisar por esa jovencita tan torpe —concluyó enfadado el soberbio.


Irritado, el jefe principesco advirtió rotundo, apretando a Blancanieves con deseo:


—Aquí, allí y siempre, con ella se hará sólo lo que yo mande, ¿entendido? —Blancanieves sonreía con disimulo, satisfecha de su “príncipe”—. ¡A trabajar, que sois una panda de vagos, y esta red de prostitución se hundirá si no estoy encima de vosotros más que de esta bella jovencita! Mañana habrá traslado, venía a avisaros. Si cumplís bien disfrutaréis de ella. Ahora me toca a mí.


Blancanieves se dejó llevar al dormitorio, y hacer maravillas por su “príncipe” salvador.


La Reina, al poco tiempo, cuando supo que todos los hombres hablaban de las lindezas de Blancanieves, tuvo un ataque de rabia, quiso vengarse de su secretario. Éste, precavido, había guardado otro frasco de colonia doblemente envenenada. Pulverizó, hábil, el rostro monárquico de esencia. La Reina cayó desplomada. El secretario huyó, con el frasco del delito. Nadie llegó a salvarla. La detective fue acusada, al hallar la policía en su poder el perfume envenenado.


Se cuenta que Blancanieves sigue siendo, gustosa, la reina del lujoso burdel, la favorita de su “príncipe”, convertido éste ya en “Rey” de ella, de redes y de sus siete empresarios, que trabajan por todos los continentes expandiendo la prestigiosa empresa.


 


 

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17 de Mayo de 2009 a las 13:21
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

EL FLAUTISTA (inspirado en El Flautista de Hamelín)


Era extraño, aquel flautista... Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad, y jamás hablaba.


Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. A él, sin embargo, no parecía importarle la impresión de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas, siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras…


Decían que comía ratas. También decían que comía niños.


Nadie le vio, nunca, comer nada…


Lo único realmente vivo en él, parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, parecía estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas.


Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo, por la larga flauta.


Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde sólo había una aldea, un bosque, un río, y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, la vieja Úrsula, la bruja que vendía pócimas, sacaba muelas, y leía el futuro, le vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa…


El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido, y siniestro…


La música se acentuó, y se quebró en una larga, larga nota.


Algo se oyó, en la vertiente del río, un gorgoteo pesado…


Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, de todas partes, empezaron a surgir ratas, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Úrsula, esquivándola apenas, golpeándola a veces, y se lanzaron al río.


La vieja Úrsula, que conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban, atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continúo de miembros temblorosos, agónicos.


Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó, separándose de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río.


Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; sólo podría asegurarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos, o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Úrsula, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras. Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura, reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua…


La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa.


Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad…


El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo.


En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna... Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno, y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible.


No había sido suficiente. Incluso Úrsula, acostumbrada a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río.


Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, Úrsula se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista, para su monstruo.

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17 de Mayo de 2009 a las 20:33
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

LA BELLA DURMIENTE (versión libre de su homólogo de igual título)

La oscuridad empezaba a apoderarse de los bosques a medida que el sol se ponía en el horizonte. Al comprobar cómo la maleza se hacía cada vez más impenetrable y las huellas del animal se volvían casi imposibles de distinguir, el príncipe empezó a arrepentirse de haber abandonado la compañía del grupo de caza, para perseguir en solitario a su pieza, pero, siempre había sido demasiado impulsivo. Además, odiaba profundamente la compañía de aquellos repelentes y aduladores nobles de la corte, por lo que, cuando aquel lobo, de blancura deslumbrante y ojos de fuego, surgió frente a su montura, no dudó en perseguirlo, abandonando a los demás.

Ni siquiera dejó la persecución del esquivo animal, cuando éste se internó en los bosques prohibidos, aquellos en los que la leyenda dice que una corte entera yace embrujada y atrapada en un sueño eterno. Nunca le había dado importancia a aquellos cuentos para viejas, pero, cuando su caballo empezó a relinchar sin motivo aparente, negándose a avanzar, un escalofrío de aprensión recorrió su espina dorsal. Aún así, continúo a pie la persecución, diciéndose así mismo que ninguna superstición haría que el príncipe del reino se amedrentase como un lacayo.

La oscuridad siguió avanzando, dificultando su marcha, hasta que llegó un momento en que fue incapaz de distinguir las huellas del animal. Estaba a punto de abandonar, cuando el lobo apareció frente a él mirándole fijamente. Era una bestia magnífica; su pelambre era tan blanco que parecía resplandecía con luz propia en la oscuridad y sus ojos rojos brillaban con la luz de una inteligencia desafiante. El príncipe levantó lentamente su arco mientras extraía una flecha de su carcaj. Le apenaba tener que matar un animal tan magnífico, pero necesitaba demostrar a su padre que no era el pusilánime y débil de espíritu que suponía. Si conseguía llevarle una presa cómo aquella, capturada sin ayuda, estaba seguro de que el rey empezaría a verle como un heredero digno.

El animal desapareció con velocidad infernal, internándose por una abertura entre dos enormes piedras de granito. Maldiciendo su suerte, pero decidido a cobrarse su presa costase lo que costase,  el príncipe se introdujo por el estrecho paso siguiendo al animal.
Al otro lado de la brecha se encontró con un paisaje completamente inesperado, que le hizo sobrecogerse por el miedo. Una maraña enorme de zarzas gigantescas, que se enredaba unas sobre otras, creaba un caos aparentemente imposible de atravesar. La leyenda acudió a su mente de inmediato, ya que aseguraba que, tras ser maldita una bella princesa al pincharse con una rueca y quedar dormida junto a toda su corte, la bruja responsable de su terrible destino había rodeado todo el palacio de enormes zarzas, para que nadie se pudiese acercar a ayudar a los desafortunados.

Al comprender que la leyenda podía ser real, el príncipe se sintió atemorizado e indeciso sobre qué hacer a continuación. Consideró volver sobre sus pasos y regresar a la seguridad del palacio, ya que, en aquellas condiciones, localizar a lobo blanco era una tarea imposible. Pero sabía que, si regresaba con las manos vacías, sería la burla de todo el reino y una vergüenza para su padre, por lo que, al final, decidió armarse de valor e intentar localizar el palacio de la princesa encantada. Si conseguía liberarla de la maldición, no sólo ganaría la admiración de todo el pueblo, sino que, según narraba la leyenda, obtendría a la doncella más bella del mundo.

Cogiendo una rama, improvisó una antorcha y comenzó la laboriosa tarea de atravesar el enmarañado campo de zarzas. A pesar de que avanzó con lentitud y cuidado, a los poco minutos eran ya numerosos los arañazos que rasgaban su ropa y su piel, pero, a pesar del dolor creciente de sus heridas, no se dejó acobardar y continuó la marcha.
Llevaba casi una hora de penoso avance, cuando creyó distinguir la silueta, recortada contra la luz de la luna, de una torre que se elevaba hacia los cielos. Convencido de que debía tratarse del mítico palacio, apresuró su paso, hasta llegar al pie del edificio.

No era el hermoso palacio con paredes engastadas de oro y plata que esperaba, sino una enmarañada estructura, cubierta de una espesa red de raíces y enredaderas, que parecían pelearse en su afán por envolverla por completo. Diciéndose a sí mismo, que su extraño aspecto no era más que otra consecuencia del maleficio que había atrapado el lugar, el príncipe empezó a escalar la pared, con la esperanza de de encontrar alguna entrada, que le permitiese acceder al interior.

Aunque en un principio pensó que la escalada sería sencilla, dada la gran rugosidad de la superficie, resultó que toda la torre exudaba una especie de líquido oleaginoso, que hacía sumamente difícil adherirse a la pared. La única forma de avanzar era ir clavando su cuchillo cada pocos centímetros, utilizándolo como ancla. Lo que no se esperaba el príncipe es que, según sacaba el cuchillo para volver a clavarlo unos centímetros más arriba, la hendidura recién abierta, se volviese a cerrar de inmediato, como si el edificio estuviese vivo y se curase a sí mismo. Una vez más, desechó el temor que aquello le provocaba y continuó su lenta subida, ignorando el repugnante tacto y comportamiento de la maraña de ramas, que abrazaban con sus apéndices retorcidos la antigua torre.

Poco a poco, el príncipe consiguió alcanzar la cumbre. Allí, iluminada con fuerza inusitada por la luz de la luna, se encontró con una escena que le sobrecogió el corazón. Toda la cúspide del extraño edifico estaba ocupada por una gran sala circular, cuyo suelo estaba formado por la misma extraña vegetación que las paredes de la torre. En su centro, destacando como un diamante en medio de la oscuridad, se encontraba una especie de altar cubierto de sedas y terciopelos. Conteniendo la respiración, por la mezcla de temor y emoción que le embargaba, avanzó por el suelo húmedo y palpitante, hasta llegar al altar, que se descubrió como un lujoso lecho, en el que yacía la más hermosa mujer que jamás habían contemplado sus ojos.
Parecía muy joven, su cabello era dorado como el oro y su piel, perfecta y blanca como las nieves de las montañas. Casi como si la belleza de la muchacha le hubiese hipnotizado y ya no fuese dueño de su propio cuerpo, el príncipe se aproximó hasta acercar su rostro al de ella. Al contemplar sus mejillas sonrosadas y sus labios húmedos y palpitantes, se sintió maravillado por el poder de un hechizo, capaz de mantener a la princesa tan lozana como si se hubiese dormido hace sólo unas horas, después de cientos de años de yaciente espera. Incapaz de resistir por más tiempo sus deseos, el príncipe empezó a besarla en los labios con pasión y ternura.

De inmediato supo que algo no iba bien, el cuerpo de la muchacha se agitó y sus párpados se abrieron, mostrando unos ojos invadidos de una negrura total. Intentó apartarse horrorizado, pero sus labios parecían haberse fundido con los de la joven. Sintió como un extraño apéndice se introducía en su garganta violando el interior de su cuerpo, a la vez que, lo que había creído una preciosa mujer, empezaba a transformarse en una maraña de tentáculos verdes y repugnantes, que reconoció como la misma extraña materia que formaba la torre.

Las fuerzas empezaron a fallarle como si aquella cosa le estuviese absorbiendo la vida misma con su abrazo demoníaco. En un último destello de consciencia, antes de desaparecer engullido por una maraña de raíces infernales, el príncipe recordó cómo algunas plantas eran capaces de camuflarse para imitar el aspecto de las hembras de algunos insectos, atrayéndolos así, para luego engullirlos sin piedad, y supo cuál era la naturaleza verdadera de la leyenda.

Cuando el cuerpo del príncipe fue consumido, hasta desparecer en las entrañas de la extraña planta, la maraña de raíces comenzó a recuperar su forma inicial, hasta adquirir de nuevo la forma de la princesa yaciente. De uno de los lados del falso altar, un grupo de raíces se separó del resto transformándose es algo distinto; un hermoso lobo blanco de ojos de fuego. Aún había muchas presas que cazar ahí fuera.

FIN

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18 de Mayo de 2009 a las 0:52
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

Soldado de plomo, ¿quieres dejar de mirar lo que no te importa?


Hans Christian Andersen, el valiente soldadito de plomo


EL DUENDE


Érase que se era (pues éste es un cuento como los de antes) un Duende que vivía en una caja de broma. Cuando se le daba cuerda, un resorte hacía que saliese disparado y diese un buen susto a todo el que estuviese delante de él. Cuando llegó a la casa de sus dueños, éstos lo convirtieron en la novedad de la temporada. Cada tarde era una fiesta y todo el mundo celebraba su intervención entre risas y aplausos. Cuando las carcajadas del público aumentaban de intensidad, el Duende se quitaba su sombrero y saludaba a los presentes, encantado de que su espectáculo hubiese tenido tanto éxito. Por las noches, analizaba cuidadosamente la representación de esa misma tarde, tratando de idear nuevos números para así sorprender a su público.


A pocos pasos de donde vivía nuestro amigo, se alzaba un castillo de cartón. La Bailarina estaba allí, sostenida sobre una única pierna en un maravilloso pase de baile, al tiempo que su vestido se reflejaba sobre un lago de cristal. ¡Era tan bonita! El Duende la veía bailar todas las noches, admirado de su belleza y elegancia. Estaba claro que se había enamorado de ella.


Y tanto fue el tiempo que la admiró en secreto que el Duende ya no volvió a ser el mismo. Ni siquiera se molestaba en ensayar su número. Cuando se le daba cuerda, ya no saltaba con el mismo entusiasmo de antes, de modo que sus dueños se acabaron aburriendo de él. Pero al Duende no le importó. En su cabeza estaba la Bailarina y sus graciosos pasos de baile.


-¡Qué criatura más extraordinaria! -se decía si mismo antes de dormir-. Si ella me lo pidiese, sería capaz de saltar hasta el techo. Actuar ante los dueños de la casa está muy bien, pero así no hago más que desperdiciar mi talento. ¡A partir de ahora actuaré únicamente para ella!


Y desde ese dia, cada vez que se encontraba con la Bailarina, pegaba tales saltos que cualquiera lo habría confundido con un cohete.


-Salta usted muy alto -le dijo ella en una ocasión-. Si continúa así, tal vez le de permiso para venir a verme.


El Duende no hacía más que soñar con la hermosa muñequita y en imaginar lo maravilloso que sería su noviazgo. Las más dulces fantasías sobrevolaban su imaginación. Pronto se dio cuenta de que aquel castillete de papel era un lugar poco apropiado para ella. Entonces tuvo la solución: ¡la llevaría al mágico Reino de la Luna! Allí serían recibidos por sus bondadosos soberanos, quienes abrirían la sala de baile de su palacio para así festejar su llegada. ¡Y todo el pueblo estaría invitado! De nuevo los salones del palacio volverían a iluminarse, y todo el mundo hablaría de la elegancia de la Bailarina y de la exquisita cortesía del Duende.


-¡Qué buena pareja hacen esos dos! -murmurarían los invitados. Y tanto la Bailarina como el Duende sonreirían felices.


Cansados de tanto bailar, el geniecillo llevaría a su novia hacia el jardín más apartado del palacio. Y allí le hablaría de su amor, mientras que varias estrellas fugaces cruzarían veloces el firmamento.


El Duende se perdía en sus pensamientos. El día menos pensado se declararía... Hasta entonces, se contentaría con seguir actuando para ella.


Pero pasado el tiempo, la Bailarina dejó de prestar atención a las acrobacias del Duende, llegando a comportarse de forma grosera y a negarse a recibirle cuando éste la visitaba. El motivo de esta actitud se debía a un soldado de plomo que había llegado a la casa hacía pocos días. La primera noche, el Soldado y sus compañeros salieron de su cuartel y desfilaron ante el castillo de la Bailarina, que contemplaba la marcha muy admirada.


-¡Qué guapo es! -pensó- ¡Lástima que le falte una pierna!


Cuando el regimiento llegó hasta la puerta del palacio, el Soldado pasó revista a sus compañeros y les obligó a que presentaran sus armas. Su autoridad impresionó a la damita, que accedió a que viniera a verla todas las noches.


Y el Soldado le tomó la palabra. Era habitual verle en los jardines del palacio de papel contándole, entre otras cosas, cómo había perdido su pierna. Ni que decir tiene que ella le escuchaba admirada.


-Teníamos que tomar la colina pero... ¡atención! Por el lado derecho apareció la infantería enemiga, apoyada por la caballería del general Von Büchenffausen...


El Duende no podía evitar reírse ante semejante historia. Siempre que se la oía contar, lo hacía cambiando algún detalle. Unas veces, la caballería se multiplicaba por dos; en otra ocasión, la infantería enemiga cuadriplicaba su número; otro día, el general de nombre impronunciable llevaba otro distinto... Pero aún sabiendo que la historia era mentira no podía dejar de prestarle atención, pues el Soldado la contaba muy bien. Lo mismo debía pensar la Bailarina, que rara vez se paraba a reflexionar sobre el contenido de las historias que escuchaba. ¡Pensar demasiado le daba tanto sueño...!


-¡Ojalá yo también supiera contar cuentos tan maravillosos! Así tal vez me ganaría la admiración de la Bailarina -pensó el Duende.


Entonces cayó en la cuenta de que él nunca había corrido una aventura tan emocionante como las vividas por el Soldado, pero sí que podía contarle todos aquellos sueños que había tenido junto a ella. La Bailarina, que tenía un corazón noble y sentimental, terminaría conmoviéndose ante la historia del Reino de la Luna, mucho más bonita que esos cuentos de asaltos y batallas que tanto parecían impresionarla.


Aquella noche, el Duende se aseó lo mejor que pudo, se ajustó los cascabeles de su sombrero y procuró recortarse correctamente la barba. Cuando estuvo seguro de que ningún otro gnomo pudiese hacerle sombra, se dirigió al castillo de papel.


Encontró a la Bailarina ante la puerta del palacio, practicando el mismo pase de baile que le había visto hacer el primer día. El Duende creyó que sería bien recibido, pero no fue así. Pese a que se mostró educado con la dama, ésta hizo gala de una notable frialdad. Aún así, el geniecillo decidió contarle su sueño, con la esperanza de que tal vez lograra enternecerla.


-¡Qué disparate! -dijo ella cuando terminó-. Nadie puede caminar por la Luna sin que se caiga de cabeza al mar. Hágase un favor a sí mismo y ponga los pies en el suelo, que es donde deben estar.


El Duende pareció sorprenderse por un momento pero, aún así, continuó contándole de qué color eran las paredes del palacio del rey y cómo eran aquellos bailes organizados por la reina. La Bailarina no pudo evitar aburrirse y ponerse de mal humor. Había escuchado aquella estúpida historia por educación, pero la cháchara ya resultaba insoportable.


-Si tanto le gustan esos bailes, le recomiendo que vaya a visitar a esa reina todas las noches -le contestó con desdén-. Estoy segura de que sabrá aprovechar mejor su tiempo que aquí. ¿Y quién sabe? Puede que tal vez llegue a enamorarse de usted. ¡Eso sí que sería gracioso!


Y dicho esto, continuó contemplándose ante el espejo. El Duende la miró horrorizado. ¡Ella no debía pensar así! Trató de volver a hablarle, pero no le hizo ningún caso. La Bailarina estaba tan embobada mirándose a sí misma, que no advirtió que el Duende se había alejado de allí entre sollozos.


Poco después apareció el Soldado y comenzó a cortejarla. Ella reía muy divertida. Parecía que había olvidado su repentino mal humor. Desde su caja, el Duende todavía alcanzó a escuchar sus risas.


* * *


Al día siguiente, los dueños de la casa celebraron una fiesta. Para sorprender a sus invitados, bajaron la caja del Duende al salón. Estuvieron mucho tiempo dándole cuerda para que saliera, pero nada ocurrió. Los niños abrieron la caja y se sorprendieron al ver que estaba vacía.


Aquella noche, el Soldado y la Bailarina bailaron alegremente al compás de la música. Pocos días después por fin se casaron. Pero ya nadie se acordaba del Duende, cuyos cascabeles brillaban entre las cenizas de la estufa.


Para leer el cuento original podéis hacerlo aquí: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/andersen/intrepi.htm 

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18 de Mayo de 2009 a las 7:55
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

No preguntes...



PSIQUE: ¿Por qué te llamas Barbie-Azul?


BARBIE-AZUL: No preguntes....


Fue ella la primera en enviar un privado, y él quien se adelantó a facilitar su correo. El volvió a preguntarle por su nick, y ella le hizo de espejo: “¿Psique?”. “Porque soy enamoradizo y de fácil embeleso”. “Llévate cuidado”, le dijo ella, “hay mucha loba suelta, caperucito”. Y le envió su foto. En ella se presentaba con gesto incierto: la cara desviada detrás de una cascada de rizos oscuros, o bien quizás sólo encaminada hacia alguien muy pequeño que tiraba de su lado. Una sonrisa sin destino conocido, de labios finos y atirantados. Completaban la careta unas gafas como el antifaz del Zorro, sobre una nariz afilada.


Se esconde. ¿Por qué? ¿No se siente guapa? Como Barba Azul, concluyó él.


El pretexto para encontrarse fue una exposición de libros infantiles cerca de donde ella vivía. Hablaron por teléfono. La voz de ella sonaba más rigurosa de lo que él esperaba. La de él, tan azorada que se extravió entre las zalemas que había urdido. “Hola, Barbie”. “Hola, Psique”.


El vio la exposición de arriba abajo varias veces, con el teléfono en la mano esperando que ella le llamara para disculparse por no acudir a la cita. Horas después, cuando por fin sonó, ella sólo dijo: “Lo siento. No he podido avisarte. Te recojo en media hora”.


Aquella tarde y aquella noche él se acostumbró a la caricia ronca de su voz, a la sonrisa estirada de sus labios, al contorno de su cara sin cortinas ni máscaras. Y ella se envolvió poco a poco en el deleite que él le reflejaba. No ocurrió nada más, y se despidieron hasta el día siguiente en el museo.


Esta vez ella fue ella la primera en llegar, y cuando sólo llevaban cuatro salas recorridas, le cogió de la mano y le dijo: “¿Quieres que nos vayamos?”. “¿Adónde?”. “A mi casa”.


Horas después, ella lo dejaba en el aeropuerto.


El volvió quince días más tarde, ya sin reserva de hotel. Ella lo recogió en el aeropuerto. Al abrazarla, él notó el hierro debajo de la axila. “Tranquilo, es una pistola”. “¿Pistola?”. “Soy policía”. “Y yo voy preso a la cárcel de tu amor”. “No. Sólo detenido por setenta y dos horas. Te dejaré en libertad sin cargos”.


Triste libertad, cuando ella volvió a llevarle al aeropuerto. En la distancia, él aprendió a conocer sus caóticos turnos de trabajo por sus apariciones a deshoras en el messenger, o la premura o la demora con la que respondía al teléfono.


El perseveró todos los fines de semana, a pesar de que ella tenía muy pocos libres. Una mañana veló su sueño hasta el comienzo de la tarde, y una tarde encadenó tres películas en el mismo cine mientras ella trabajaba. A él le gustaba saber, después, que habían detenido a un maleante, recogido a una mujer en medio de la noche o devuelto a un niño al hogar de donde se había escapado. Se imaginaba sus manos de caricia enseñando la placa o poniendo los grilletes; su voz, que ya le parecía de miel, dando órdenes con la autoridad inapelable del amor.


Una tarde, al recogerla a la salida de “Base”, como ella decía, se acercó demasiado a la puerta. Tanto como para asistir al ritual de las despedidas entre compañeros de trabajo: ”¿Vienes mañana, Cati?”, decía uno con el cuerpo en escorzo y la mano levantada en un adiós. Se acercó demasiado, tanto como para acabar enredado tomando unas cañas con dos compañeros de ella. El que se llamaba Nacho dijo: ”Venga, Cati, preséntanos a Psique”. Supo que Nacho y ella patrullaban juntos por los foros en busca de pederastas, y que Nacho había sido testigo de los primeros posts cruzados entre él y ella. Sí, se había acercado demasiado: tanto como para sentirse demasiado lejos y fuera de aquel mundo, que era el mundo de ella, su otra vida más allá de sus encuentros de fin de semana.


Ella no percibió nada, ni entonces, camino de un teatro en el que él fue espectador ausente, ni después, camino de un piso que a él le intrigaba tanto ya como el castillo de Barba Azul. O quizás si. Quizás ella percibió que lo que hasta entonces había sido un contraste encantador en la cómoda de su habitación -la ropa interior femenina junto a la sobaquera con funda para la pistola, los grilletes y un cargador-, ahora empezaba a ser un demonio para él. Que él empezaba a desvariar sobre sus noches de trabajo a bordo de un patrulla camuflado, el recorrido nocturno por el Madrid del vicio y de la bronca, con muchas pausas, muchas esperas en lugares discretos, muchos Nachos.


Aquella noche el encuentro entre las sábanas tuvo un punto amargo para él. Quizás para ella. Ninguno de los dos lo hizo patente. A la mañana el teléfono sonó para avisarle a ella que debía presentarse en Base con urgencia. “Serán dos horas. Aún tendremos toda la tarde para nosotros”, le dijo mientras se enfundaba los vaqueros, un jersey ceñido y la funda sobaquera debajo de la cazadora. “Vale, ¿te espero aquí?”. “Sí, mejor”.  El se quedó mirando la pistola y los grilletes. “¿Me dejas el ordenador y miro que está pasando en el foro? Hace días que no entro”. Ella retuvo el aire antes de contestar.


Vale. Te apunto la contraseña. Sólo te pido una cosa: no fisgonees en mis cosas”. “¿Tus cosas?”. “Ni el Outlook ni Mis documentos” Sin decir nada más, la sola mirada añadía: “Ni se te ocurra


Y no lo hizo al primer intento, ni en la primera media hora. Sólo tras leer algunos diálogos del foro, se imaginó a Nacho de patrulla por la red. Vio el avatar de Garfio, el de las réplicas cómplices con ella, siempre presente en todos los hilos, siempre ocurrente, y cabaló que otro Nacho podría estar detrás de él. Que los dos, cada uno a su manera, pudieran ser algo para ella. Y el puntero del ratón navegó impulsado por sus celos entre Mis documentos, Mis imágenes, Mi música, hasta encontrar aquella carpeta que si hubiera puesto Mis amantes, no hubiera sido más obvio. Cada subcarpeta, un nombre. Y dentro...


Dentro.


Cuando decidió apartarse de aquel infierno, el seísmo de grado nueve que había revuelto sus sentimientos, seguía replicando sin parar. Cerró la sesión, apagó el ordenador, preparó un café, encendió un cigarro, todo a la vez y a trompicones. Fue entonces cuando llamó ella para decirle que volvía ya, que sólo tardaría un poco más. Que ella concluyera con un “Te pasa algo. A ti te pasa algo”, no fue sabiduría policial sino, a lo más, instinto o experiencia de amante. El negó con ofuscada vehemencia, atisbando ya lo que iba a ocurrir en cuanto ella regresara. Pues conocía al dedillo la trama del cuento elegido por ella. Y en ese cuento, era imposible limpiar la llave de la sangre que la manchaba, de la sangre que delataba que la puerta prohibida había sido traspasada.


Sangre.


En la hora que siguió, él peleó con su sangre. Porque quería seguir habitando aquel castillo. Porque no quería huir, no quería que le expulsaran, no quería ser una carpeta más, cerrada, dentro de otra carpeta dentro de Mis documentos. Quería ser la carpeta abierta, la única que importaba.


Se oyó el ascensor llegando al rellano. La llave en la cerradura. Entró ella, con la expresión de quien llega a casa y le espera algo mucho peor que el trabajo del que se libera. El salió de la cocina, despacio, a su encuentro. “Has mirado, ¿verdad?”, decía ella. Pero él ya le decía “No preguntes...”. El ya le decía: “Date presa y no preguntes...”.


Más tarde, los dos frente a frente, sin más luz entre ellos que sus cuerpos desnudos, se repetían con el lenguaje de los besos: “No preguntes...”.


Nunca preguntes.

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18 de Mayo de 2009 a las 7:58
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

Aunque es conocido como un cuento de hadas, se cree que el personaje de Barba Azul está basado en el noble bretón del siglo XV y asesino en serie, Gilles de Rais.


Los temas del misterioso marido ausente, el palacio suntuoso, la hermana que incentiva la curiosidad ilícita y lo prohibido (un tema central: compárese con la Caja de Pandora y la historia de Adán y Eva), aparecen todos ellos en la historia helenística de Cupido y Psique.


La historia fue reimpresa en numerosas ediciones hasta alrededor de los años cincuenta del siglo XX, momento en el que su popularidad decayó al considerarse cada vez menos adecuada para que los niños la leyeran. El elemento central de la historia es el descubrimiento de los cadáveres de las esposas, Barba Azul era una historia difícil de "rebajar" para audiencias infantiles, un factor que sin duda contribuyó al descenso de su popularidad.


(http://es.wikipedia.org/wiki/Barba_Azul)

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18 de Mayo de 2009 a las 13:45
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

La historia del Príncipe (El otro lado de Blancanieves)


Érase una vez, en un reino muy lejano, un príncipe que vivía en un gran castillo. Era el hijo mayor del rey y a sus espaldas tenía las más grandes y mayores hazañas. Su padre, ya anciano, se reunía con él todos los días, y trataba de instruirle en el arte de reinar para que, cuando ya no estuviera, su hijo supiera guiar al pueblo.


Era un joven muy atento, trabajador y muy eficiente, por lo que el anciano no tenía dudas sobre su valía. Sin embargo, había algo que fallaba. Su hijo, el futuro rey, estaba solo. Su timidez y su falta de amistades hacían que jamás hubiera conocido una mujer. Pasaba mucho tiempo estudiando y el poco tiempo libre que le quedaba solía emplearlo en perfeccionar, lo que le convertía en un heredero muy huraño.


Un día el rey hizo llamar a su hijo. Se encontraba débil, y pronto debería cederle el trono. No obstante, no quería que esto sucediera sin que el príncipe tuviera a su princesa. Y con este mismo objetivo, tuvo una audiencia con él.


- Hijo, has de saber que un rey no es nadie sin su reina -comentó el anciano- tú has visto mi reinado, mis logros y mis éxitos. Sabrás que todos fueron conseguidos gracias a la reina, a tu madre.
- Claro que lo sé, padre -respondió con firmeza el príncipe.
- Pues bien, es hora de que encuentres a tu princesa. Es un imperativo que asciendas al trono del lado de una mujer que te ayude. Y debes hacerlo pronto, pues casi no tengo fuerzas y no me gustaría irme sin tener a mi hijo en nupcias.
- Pero, padre, yo no conozco a ninguna mujer que desee quererme. Ni siquiera sé lo que es el amor.
- Tranquilo, hijo, pues los árboles del bosque arrastran un rumor. -susurró el anciano con una pícara sonrisa- dicen que, más allá de la espesura, se encuentra una princesa en apuros. Su madrastra, celosa de su extraordinaria belleza, ha vertido una maldición sobre ella y ahora descansa en un sueño eterno hasta que los labios de un príncipe la despierten. Vive lejos, muy lejos de aquí. Por eso es necesario que partas de inmediato. Toma el corcel real y galopa raudo hasta la espesura. Allí encontrarás a siete enanos que custodian su ataúd de cristal. Pídeles que te dejen verla, y posa tus labios sobre los suyos para romper la maldición de su madrastra.
- Pero ¿Y si no se rompe?
- Se romperá, hijo. La maldición caerá con el primer beso de amor.
- Pero yo no la amo -contestó desconcertado.
- Es infinitamente bella, hijo mío. Cuando la veas, quedarás prendado por su belleza y la amarás. Entonces tus labios se convertirán en el néctar de su salvación.


El príncipe, sin rechistar más a su padre, tomó el caballo real y galopó tal y como le había ordenado el rey. Viajó por el bosque, cruzó el río, ascendió por las más altas montañas y sufrió al solitario desierto, hasta que al fin entró en la espesura del lejano reino.


Entonces, el tímido príncipe aminoró la marcha, mientras se sumergía en sus miedos acerca de la belleza de la muchacha a la que debía despertar. ¿Y si no se quedaba prensado de ella cuando la viera? ¿Y si al posar sus labios, ésta continuaba dormida? Jamás se había enamorado, no sabía lo que era el amor, y tampoco le daba muchas garantías aquello de encomiarse al azar, a la probabilidad de quedarse atrapado de la mujer más bella. Todos sus logros habían sido fruto del trabajo y esfuerzo, y que todo quedase en el aire, a la espera de que una emoción apareciese en el instante de encontrarse con ella, sólo le creaba más inseguridad. Pero prosiguió con su camino hasta que topó con los siete enanos a los que había hecho mención su padre.


- Buenos días -irrumpió con la voz quebrada- Soy un príncipe de lejanas tierras. El bosque dice que aquí hay una princesa en un eterno sueño.


Los enanos le miraron con desconfianza, recelosos por si se trataba de algún tipo de artimaña de la madrastra de la muchacha, pero tras deliberar entre ellos, y de analizar las facciones del apuesto príncipe, optaron por dejar que la viese.


Finalmente se encontró con ella. Sí, era hermosa, y metida en aquel ataúd de cristal daba cierta sensación de fragilidad. El príncipe la miró detenidamente, con un nudo en la garganta y con un peso en el estómago que jamás había sentido. ¿Sería el amor? Se preguntaba, y sin más dilación, se acercó a ella y acarició las pálidas mejillas. A su alrededor estaban los siete enanos, todos expectantes.


- ¿Por qué no la besa? -preguntó uno de los enanos.
- Tengo miedo de que no se despierte, que mis labios no sean aquellos que la saquen de la maldición
- Si está enamorado de ella, su beso la despertará. No tema.
- Pero no sé si esto es amor o sólo es miedo a fracasar por primera vez en mi vida. Me siento extraño. Siempre he estado muy seguro de mí mismo, porque mis éxitos dependían de mi esfuerzo, y me he esforzado siempre mucho. Pero ahora, no depende de mi perseverancia o de mi trabajo, sino de la suerte.
- Pero príncipe, eso es el amor: suerte. ¿Por qué no la besa y así sale de dudas?


El príncipe miró a los enanos y luego a la dama que yacía a su lado. Era cierto, era muy hermosa. La mujer más bella que había visto a lo largo de su vida. Era imposible no enamorarse de ella. Hizo acopio de valor y se reclinó suavemente sobre ella. Sus labios sólo se posaron como una leve caricia, para luego aferrarse con más energía, como si desease que a través de ellos la muchacha recobrara las ganas de vivir y despertara de su sueño. Se reincorporó y esperó unos segundos, extasiado por la emoción  que fluía por sus venas, convencido de que ésta despertaría.


Pero la muchacha no despertó. El príncipe lo intentó de nuevo, ahora con más fuerza, y después probó tres veces más, incapaz de creer que sus besos no sirvieran para ayudarla. Pero la princesa siguió dormida y la tristeza y la pena inundaron el lugar, donde todos los presentes lloraron por ella. Todos salvo el príncipe, quien lloraba porque, antes del amor, había conocido el fracaso.


 


 

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18 de Mayo de 2009 a las 20:41
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

El joven pastor anunciando al lobo


basado en el homónimo (http://es.wikisource.org/wiki/El_joven_pastor_anunciando_al_lobo) de Esopo.


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Se encontraron por primera vez una tarde de abril. Pedro estaba con las ovejas, más aburrido que una ostra, debajo de una encina. El lobo apareció de repente saltando sobre una roca cercana y miró sonriente al joven pastor.
– ¿Sabes quién soy?
– Sí, el lobo. – Asintió sin mucho interés.
– ¿Y no te da miedo de que me coma tus ovejas?
– Pues, la verdad, teniendo en cuenta que no son mías y que el sueldo que me dan por cuidarlas apenas me llega para mis gastos… No me importa demasiado.
¬– Vaya. – Dijo el lobo sorprendido. – Te veo un tanto desmoralizado. – Añadió mientras se acercaba al chico.
– Ya ves, yo quería estudiar químicas o farmacia, ahí sí que ganaría dinero, y estoy aquí con estas ovejas malolientes pasando calor en verano y frío en invierno. – Hizo una pausa, para suspirar y después añadió. – Un asco.
– Bien, ya veo… ¿Perdona te llamabas?
– Pedro.
– Bien, bien, Pedro. Veo que eres un chico listo, que sabe lo que quiere, con ambiciones, con sueños. – Frotaba su lomo contra las piernas del chico al decir esto. –  Tal vez juntos podríamos conseguir el modo de que yo no tuviera que jugarme la vida por un poco de carne de oveja descarriada y tú pudieras ganar bastante dinero.
– ¿Tú crees? – Pedro se  sentó apoyado en el tronco de la encina acariciando el lomo del lobo como si fuera un simple perro.
– Por supuesto. – dijo el lobo –  y rasca un poco más arriba, ahí entre las orejillas si no te importa. Gracias.


Y mientras Pedro rascaba las orejas del taimado lobo éste le contó su plan. Era sencillo. El niño correría azorado al pueblo gritando “¡que viene el lobo, que viene el lobo!” y mientras los aldeanos salieran a su encuentro y le siguieran hasta el monte, el lobo aprovecharía para robar en las casas vacías, y descuidados los gallineros. Así conseguiría carne fresca y objetos de cierto valor que podrían vender. Luego, cuando se cansaran de buscar volverían a sus casas como si nada, e incluso alguno se encargaría de quitarle al pobre Pedro el susto del cuerpo.
El negocio tenía buena pinta, y al día siguiente el pastorcillo bajó corriendo lo puso en marcha bajando corriendo al pueblo mientras gritaba “¡que viene el lobo, que viene el lobo!”. Y tal y como el lobo predijo, salieron todos a su encuentro, cogieron horcas y azadas, guadañas y cepos y salieron al monte durante casi todo el día en busca de la alimaña, que en realidad realizaba sus hurtos sin miedo a ser descubierto.
Y así lo repitieron en varias ocasiones, dejando un tiempo prudencial entre asalto y asalto, claro está, hasta que la gente del pueblo se dio cuenta de que no sólo no había lobo por ninguna parte, sino de que además comenzaban a desaparecerles objetos de valor y algún que otro pollo bien cebado.
Así pues, cuando Pedro volvió a bajar alarmado no le hicieron ni caso por más que se puso histérico perdido en la plaza del pueblo. El lobo, desde su escondrijo, pudo darse cuenta de que nadie iba a salir así que tomó cartas en el asunto: dio un rodeo, se puso los pelos de punta, sacó su cara más feroz y se cargó a medio rebaño de las ovejas que cuidaba Pedro, antes de aullar como un poseso para que todos le escucharan desde el pueblo.
Los aldeanos salieron por fin corriendo, e incluso el mismo pastor lo hizo asustado, pensando que otro lobo podría estar haciendo de las suyas. Al llegar al lugar, los dueños de las ovejas cambiaban caras de indignación y de enfado según miraran al chico o a otro lado. Finalmente le cayó una buena regañina y fue despedido y expulsado del pueblo, pues aunque no pudieron acusarle de robo estuvo claro que sus primeras alarmas fueron mentira y que por ellas hubo luego tanto destrozo.
El chico se fue cabizbajo con sus pocas pertenencias en su zurrón, y cuando ya estaba lejos de la vista de todos, le salió el lobo al paso.


– ¿Por qué has tenido que hacer eso?
– Bueno, Pedro, soy un lobo, está en naturaleza el matar al ganado. Y total ya no te hacían caso. – dijo mientras se relamía los restos de sangre que aún tenía en el hocico.
– Eso sí, pero nos acabó el negocio.
– ¡Chico, no estés triste! – se frotó contra él haciéndole cosquillas con el rabo. Pedro sonrió.
– ¿Y qué haremos ahora, lobo? No hemos reunido bastante como para que vaya a estudiar.
– Tranquilo: mientras en el mundo haya aldeanos ignorantes habrán oportunidades para un chico listo y un lobo dispuesto.
– Sí, eso es cierto, podremos repetir el truco en algún otro pueblo.
– Incluso mejorarlo, tengo yo un primo que lo mismo nos podría echar una mano en el latrocinio, tal vez en la intimidación. – dijo pensativo el lobo.
– ¡Genial!, y así podre ser un gran farmacéutico.
– Por cierto, ¿por qué quieres ser farmacéutico Pedro?
– Porque lo que nunca faltará en este mundo son aldeanos temerosos dispuestos a pagar lo que sea con tal no caer enfermos. Es más tal vez, incluso podríamos aplicar este pequeño timo para vender vacunas a los gobiernos y de ahí sí que sacaríamos dinero.
– ¿Cómo?
– Creando una falsa pandemia y vendiendo las vacunas y antídotos de forma estratégica.
– Vaya, me sorprendes Pedro, eres más listo de lo que pensaba, eso sí que es pensar a lo grande.
– Pues claro lobo: soy un humano, está en mi naturaleza.
– Sí, no me olvidaré de eso. Por cierto, ¿te importaría rascarme detrás de las orejas?
– Por aquí.
– Oh, sí gracias. ¿Te he contado cuando conocí a una chica que vestía de rojo?
– Y, estaba buena.
– No estaba mal, un poco seca para mi gusto.
– ¡Lobo!, cómo eres.


Y se fueron caminando siguiendo el rojo atardecer de un mundo que creían, sabían, en sus viles manos.

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18 de Mayo de 2009 a las 21:30
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

El príncipe infeliz.


Basado en El príncipe feliz de Oscar Wilde (http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/wilde/principe.htm)


 


Una golondrina melindrosa y coqueta volaba apurada hacia el sur. El otoño corría entrado en semanas y, si no se daba prisa, el frío invierno helaría sus alas. Pero no habiendo cosa que más le gustara que sentirse halagada, retrasó su partida para dejarse cortejar por las reverencias de un junco del cual renegó al comprobar que su veleidoso asentimiento no era exclusivo para con ella, sino que ante alondras, tórtolas e incluso abejas, doblegaba galante la cabeza.


Tras varios días de vuelo ininterrumpido, una noche cerrada tal su cansancio que el primer hueco que encontró fue el que eligió para dormir sin pensar en los peligros que pudieran sorprenderla. Bajó en círculos, se posó en el granito y, sin más, se abandonó al sueño. Pero entonces, una voz la increpó:
– Ejem, ejem. Disculpe, pero es mi cabeza lo que está bajo sus patas.


La pequeña golondrina despertó sobresaltada, pero no hizo caso y volvió a dormir. La voz insistió:
– Oiga, ¿le importaría abandonar mi digna testa y marcharse a otro lugar?


Estaba claro que se refería a ella. Así que levantó el vuelo y fue a averiguar a quién  había enfadado tanto. Revoloteando, descubrió que quien refunfuñaba era la estatua de un joven rey, y que el hueco tomado como lecho era el formado por la corona.


– Disculpe su majestad si le he ofendido con mi ignorancia. – Se apresuró a decir avergonzada.
– Pues sí: es usted ignorante, pues de majestad debe tratarse a mi padre, el rey. A mí, siendo su príncipe heredero, debe tratárseme de alteza real.
– Disculpe su alteza real, pero al ver la corona y su regio porte, le supuse un rey.
– ¡Ah..., sí...! Bueno, es posible. Al fin y al cabo poco faltó para serlo.
– ¿Y qué ocurrió su alteza?, si no es indiscreción.
– Pues, ahora mismo, no lo recuerdo, fue hace mucho tiempo. El caso es que no llegué a reinar. Y nunca llegaré a ser rey mientras siga con este aspecto.
– ¡Oh, pero no digáis eso, mi príncipe!, si ya os digo que a mí me confundió vuestro aspecto.
– Eso solamente demuestra tu ignorancia. ¿Acaso no ves mi cuerpo de roca desnuda? ¿Cómo voy a ser así rey, sin una joya, sin oro o al menos alguna traza de plata que denote mi abolengo?
– Vaya, entiendo.
– ¿Qué entiendes? Tú no entiendes nada. ¿No te das cuenta de lo que tienes?, puedes volar libremente, tienes un plumaje lustroso, incluso tu canto seguro que es grato.
– ¿De veras pensáis eso, alteza?
– Pues claro. Sólo con verte se aprecia que eres una golondrina excepcional. yo he visto muchas pasar volando ante mí.
– ¡Oh, gracias, mi príncipe, sois muy amable alteza!
– Y aún así no lo valoras. Piensa en mí, aquí todo el día parado, sin poder ver más allá que lo que pasa ante mis ojos, las mismas personas que día tras días me ignoran. Y, ¿por qué? Porque el frío granito del que estoy hecho cada día está más cubierto de musgo y  suciedad. Mira mi cara: la lluvia ya ha comenzado a deformarla. Ya apenas se aprecian los detalles labrados en mi capa.
– ¡Oh, qué triste debéis sentiros! ¡Y yo qué mal me he portado usando vuestro cabello como almohada!
– Cierto es lo que dices, pequeña golondrina. Pero ya ves, a esto me veo reducido. Si al menos tuviera pan de oro cubriendo mis cabellos, si mis ojos fueran zafiros, mi sonrisa perlada, si un espléndido rubí centrara la atención sobre mi espada de plata...
– ¡Oh mi triste príncipe, no penéis!
– Cómo no he de hacerlo, preciosa golondrina, pequeña amiga alada, si mi vida es miserable en lo alto de este frío pedestal.
– ¿De verdad os parezco preciosa?
– ¡Oh, sí! Y me entristece saber que llegado el momento partirás y me dejarás aquí, de nuevo solitario y sombrío, bajo el frío del invierno que ya se acerca, mientras la lluvia afea más y más mi horrible cara.
– No digáis eso, no es terrible vuestra cara, y basta con escucharos para ver que tenéis un buen corazón y una noble alma.
– ¿Y quién se parará a escucharme ¿Quién se detendrá a descubrir mi alma, si nada bello en mi apariencia los llama?
– No estéis triste, yo me detuve.
– ¿Tú? Tú solamente estabas cansada.
– Os pido disculpas de nuevo.
– Tranquila, estás perdonada. Al fin y al cabo eres la única con la que he hablado en mucho tiempo y me es grata tu conversación y compañía, por más que me entristecerá después tu marcha.
– ¿En serio soy de su agrado?
– Sí, ciertamente, y gustoso te dejaré dormir a mis pies. Si te fijas hay un hueco formado por mi capa donde podrás dormir segura y resguardada.
– Sería un gran honor que no sabría cómo corresponder.
– Pues no se hable más y vete a dormir. Resguárdate y duerme, ya hablaremos mañana.
– Buenas noches, alteza, y de nuevo gracias.


Y allí, en el hueco que había entre los pies del príncipe y su capa, donde el viento frío no la incordiara, durmió la pequeña golondrina por primera vez en varios días desde que emprendiera su viaje hacia el sur. Y durmió mucho. Tanto que no despertó hasta el siguiente atardecer. Y al hacerlo recordó que estaba a los pies de un príncipe infeliz, el cual pensaba que ella era especial, el cual, tal vez, aunque sea sólo un poquito, la amaba.
Antes de salir del hueco que había entre los pies de su príncipe y la capa, se puso a pensar cómo podría devolver el favor y las atenciones que con ella había tenido. Y entonces se le ocurrió una idea y salió volando sin decir nada.
Cuando volvió la luna estaba alta. Pizpireta, revoloteó haciendo cabriolas y tirabuzones antes de mantenerse en vilo frente a la estatua.


– Buenas noches, su alteza real.
– Buenas noches, huésped ingrata. No debería dirigirte la palabra. Te cobijé para que descansaras y nada más despertar, te marchaste sin decir nada
– ¡Oh, mil disculpas mi príncipe!, pero no podía estropear la sorpresa.
– ¿Qué sorpresa? ¡Rápido, habla!
– Esperad, sed paciente mi príncipe. Al despertar, estuve pensando en vos y en mí, y en cómo podría agradecer el favor que me hicisteis y vuestras gratas palabras.
– Mi pequeña golondrina, ten por cierto que no falté a la verdad en nada.
– ¡Oh, mi príncipe, no sabéis cuánto eso me halaga!, pero dejadme continuar. Pensé en cómo poder ofreceros algo de felicidad y, finalmente, creo haber encontrado el modo. Si me disculpáis, he de ausentarme un instante.


La golondrina se marchó y regresó de inmediato. Y en su pico pudo ver el príncipe que algo traía. Tras acercarse, el ave engarzó un flamante rubí en la cruz de su espada. Y el príncipe infeliz sonrió para sí y dijo:
– ¡Qué gran regalo me trajiste! ¡Qué bien luce ahora mi espada! Pero ay, qué contraste hace con mi erosionada capa.
– Sí que queda hermosa ahí engarzada.
– No tanto como tu silueta contra la luna recortada… Pero ve a dormir, pequeña, que debes estar cansada.
– Gracias, mi príncipe, dormiré hasta mañana.


Y a la mañana siguiente, partió la golondrina en busca de otra joya con la que engalanar la estatua. El príncipe, al ver crecer su belleza, se deshacía en halagos con el avecilla que, satisfecha, se dormía en el hueco entre los pies del príncipe y la capa.
Y día tras día, la golondrina fue cubriéndolo de pan de oro, de hebras de plata, puso dos zafiros en sus ojos, perlas en su sonrisa, brillantes en el cinto, las mejores sedas en su capa, mientras el otoño moría y el invierno despertaba. Apenas hacía otra cosa que engalanar a su príncipe y recibir los piropos que él se inventaba, hasta que una mañana, las primeras nieves se colaron entre los pies del príncipe y la capa, helando el corazón enamoradizo de la golondrina.
Mas el príncipe ya no la echaba en falta, pues todos los días los habitantes de la ciudad se congregaban bajo su pedestal a admirar su lujo y su belleza desmesurada.


Aún así no conseguía ser feliz, una cosa le incomodaba. Había un bulto molesto que empezaba a oler realmente mal en el hueco que quedaba entre sus pies y la capa.

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20 de Mayo de 2009 a las 0:37
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK


ANÍBAL O LAS PLUMAS DEL VESTIDO

Basado en "El patito feo" de Hans Christian Andersen.


Érase una vez un niño que nació en un pequeño pueblo cerca de las montañas. Sus papás le recibieron con mucha alegría, ya que llevaban esperando tener un bebé desde que se conocieron siendo jóvenes. Le pusieron de nombre Aníbal, en honor de su abuelo que estaba en el cielo. Y aunque a su cuna no se acercaron hadas madrinas ni brujas, Aníbal pareció haber sido tocado por una varita mágica: su risa podía oírse en casi todo el pueblo y sus ojos tenían un brillo especial. Sin embargo, eso no le hizo ser más querido por los que le rodeaban, porque un niño como él no estaba hecho para vivir en un lugar así.
Cuando empezó a ir al colegio se hizo aún más evidente que Aníbal era distinto del resto. Aprendió a leer muy rápido, pero en clase estaba siempre distraído, dibujando en sus cuadernos. Con seis años ya sabía que de mayor sería un diseñador famoso, como los de la tele. Lo supo cuando Ana, su maestra, le dijo que le dejaría hacer su traje de novia cuando se casara.
A pesar de las burlas de los otros niños, a Aníbal le gustaba mucho ir a la escuela. Sobre todo cuando hacían obras de teatro, porque hacían vestidos. Una vez le pidió a su madre montar una obra en el patio de casa para su cumpleaños. "¿Una obra de teatro? Qué ideas tienes, hijo. ¡Ni hablar!", le respondió poniendo cara de enfadada. En realidad a su madre le parecía buena idea, pero no quería decirle a su hijo que ningún niño había respondido a las invitaciones que habían hecho con cartulinas de colores.

Como no tenía amigos, Aníbal pasaba las tardes pintando con sus rotuladores, leyendo, modelando plastelina y ayudando a su madre. Su papá no pasaba mucho tiempo con él, porque a Aníbal le aburría el fútbol, las chapas y los coches. No le gustaba ir al parque porque a veces los otros niños le empujaban del columpio y le hacían sangre en las rodillas. Su madre se ponía a discutir con las otras madres y volvía a casa muy nerviosa. Después de oírla llorar en la cocina, Aníbal dejó de salir de casa, tan solo iba y venía del colegio.
Sin embargo, cuando empezó el invierno incluso el colegio empezó a dejar de gustarle. Cada vez se metían más con él en el recreo, y después de que un día estuviera saltando a la comba con las niñas empezaron a escupirle por la espalda.
Ana la maestra llamó a su madre para que fuera a hablar con ella. Esa noche, mientras preparaba la cena, se sentó junto a él y le habló muy seria:
- Aníbal, tu profesora me ha dicho que hoy un niño se ha metido contigo.
- Sí...
- ¿Y que te ha dicho?
- Me ha dicho que soy marica.
- Eso está muy feo, ¿lo sabes, hijo?
- No se...
- ¿Tú sabes qué quiere decir esa palabra?
- Pues quiere decir que soy como una chica. Pero eso no es malo...
- Pero Aníbal, es que tú no eres una niña, eres un niño...
- Ya, ya lo sé. No soy tonto.
- Claro que no eres tonto... El otro día te escuché hablando con Mónica, y le dijiste que tenías pluma. ¿Por qué le dijiste eso?
- Es que un día Pedro el hijo del lechero me dijo que tenía yo pluma.
- Vaya... Ya hablaré yo con Pedro, cuando lo pille. ¿Y tú sabes qué quiere decir eso de tener pluma?
- Pues... Es como si te dicen marica, pero me gusta más. Porque cuando pienso en una pluma me acuerdo de la chica de la película "mulán rus", que tenía un vestido con plumas muy bonito. Así que no me importa que me digan que tengo pluma, porque tampoco es malo. Mamá, tú eres chica y eres muy guapa, ¿y a que eso no es malo?

Aquellas navidades los Reyes Magos no le trajeron la Barbie que había pedido en su carta, pero sí un Ken deportista.
Cuando empezaron de nuevo las clases, algunos creyeron que se había quedado mudo de repente, aunque no pareció importarles. En casa, su padre llegaba cada vez más tarde del campo, y se sentaba a solas a beber vino hasta que se caía dormido al suelo.
Cuando las nieves cubrían el pueblo por completo, una pequeña ilusión pareció encenderse de nuevo en él cuando la maestra les dijo que harían una gran fiesta de disfraces por carnaval.
Aníbal corrió a su casa a contarle a su madre que quería hacerse un disfraz de conejito de Pascua para la fiesta, pero cuando llegó sus padres estaban gritándose, así que se metió en su habitación y empezó a diseñar el disfraz él solo.

Las semanas pasaron y las nieves se fueron, pero su padre seguía gritando y bebiendo y su madre llorando y durmiendo. Aun así, Aníbal logró hacer su disfraz con ayuda de una vecina.
El día de la fiesta de carnaval llegó al fin, pero su madre se quedó en la cama y la vecina tuvo que llevarle al cole. Cuando terminó la fiesta, fue a buscar a su madre a la verja, pero no estaba. Pasó un buen rato esperando. El cielo, también triste y gris, empezó a soltar sus gotas.
Entonces la maestra se acercó a él con cara de susto y le cogió de las manos temblando. Mientras la lluvia empapaba sus orejas de fieltro, Ana le explicó que su papá había tenido un accidente con el tractor en el campo, y que se había ido al cielo. Con lágrimas en los ojos, la maestra le dijo también que su mamá se había puesto mala y muy nerviosa, y que ahora estaba en el hospital pero que no le pasaba nada grave, y que iba a venir una señorita de asuntos sociales para llevarle a un lugar donde esperar a que su mamá se pusiera buena porque no tenía ningún familiar, ni tíos, ni tías, ni primos, ni abuelos.

Al final la señorita de asuntos sociales llegó unos días después, y en ese tiempo Aníbal durmió y comió en casa de la vecina, y no abrió la boca para nada más. Un coche con olor a pino le llevó a un centro que le explicaron que era como una casa especial para niños que van a estar un tiempo sin ver a sus papás.
Después de varias noches de pesadillas, un chico ocn barba que decía que era psicólogo llegó al centro para saber cómo se sentía Aníbal. Le dió unas cuartillas y unas ceras, y poco a poco empezó a dibujar un vestido de hada con muchos volantes y una cola larguísima. El chico, Marcos, le dijo que pintaba muy bien, así que Aníbal siguió haciendo más diseños, primero sin muchas ganas y luego intentando hacer algo realmente impresionante. El último era un traje para que una modelo embajadora de Unicef fuera a visitar a los niños de África, y a Marcos le encantó.
Las siguientes semanas Marcos volvió a visitarle varias veces, y un viernes llegó con una señora mayor pero muy simpática que le hizo bastantes preguntas y sonreía mucho todo el rato. Por lo que Aníbal respondió, el ser diferente al resto de los niños no solo ya era oficial sino además algo bueno...

Cuando llegó la primavera Aníbal fue al primer día de clase en su nuevo colegio. Aquello no tenía nada que ver con su clase en el pueblo. Todo estaba pensado para que los niños se dedicaran a lo que mejor se les daba. En cuanto Aníbal lo entendió, sacó la carpetilla que llevaba siempre en la mochila. La profesora, que no se parecía nada a Ana pero era igual o más maja, miró los dibujos muy atentamente y escogió el mejor de todos. Realmente era el mejor de todos, y ella lo había averiguado enseguida. La profesora, Marta, colgó el dibujo de un corcho enorme junto a otros dibujos extraordinarios. Los otros niños, menos de diez en total, estudiaron también el dibujo de Aníbal, y Marta les animó a darle un gran aplauso por su trabajo. Él, entusiasmado, les dio las gracias y les abrazó uno por uno.

Jamás soñó que pudiera haber tanta felicidad.

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20 de Mayo de 2009 a las 3:12
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

Cuento original: El Soldadito de Plomo

http://pequelandia.org/cuentos/famosos/soldadito/

Nota del autor:

En este cantar he utilizado palabras del castellano antiguo las cuales, seguramente, a la vista y oido de la mayoría de vosotros y vosotras no significarán nada. Por eso, anoto a continuación los significados para vuestro interés o diversión:

Jalbegante: que pinta
Pan de trastrigo: algo excelente, pan mejor que el de trigo.
Botete: un lugar ideal para los niños, para sus juegos y sus fantasías.
A la rematacina: “a ver a dónde/hasta dónde llega”
Llególes: Les alzó
Cató: Miró
Prisists encarnaçión: Se han encarnado
Fablaba: hablaba
Après: Cerca
Cama: pierna
Yuso: abajo
Remanire: Quedó
Cuer: corazón
Guarió: salvó

El Soldadito de Plomo
(Canción de la Hada Iria)

Oh…! Oh, oh…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de alma para amar…!

Oh…! Oh, oh…!

Esta historia, cual epopeico lance
e más terrible infortuno desenlace
canta las hazañas de tan insólito
héroe que en mi cuer un hito

marcó como la luz marca el zenit
de la más brillante estrella fénix
de nuestra celeste bóveda jalbegante
de rosas, morados, ¡y un turquesa elegante!

Pan de trastrigo era aquél ser
¡de lo más exquisito que uno puede ver…!
quizá de frío metal estaba hecho por fuera
mas su interior ¡el cálido botete era…!

Bravo guerrero que contra todo mal
luchó con valentía ¡e vigor inmortal…!
consiguió más con una sola cama
que todo un ejercito en su aclamada fama.

Quizá no tesoros, ni rubíes ni plantino;
ni joyas ni placeres carnales ni el lino más fino…
¡y qué mas daba! Él consiguió lo que más amaba,
el amor y la paz; ¡la libertad de la esclava!

Oh…! Oh, oh…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de alma para amar…!

Oh…! Oh, oh…!

Pues un día enamórese de una doncella
pura como el agua, ¡como una rosa bella!
mas sus inocentes sentimientos pudieron
ni siquiera expresarse yuso la dulce timidez.

Mas las perspicacia no faltaba en la doncella
e sin ninguna dificultad, ¡se dio cuenta ella!
agarráronse de las manos, y a la Luna llena
a visitar fueron en el umbral de la ventana siena.

Y así pasaron las noches,
cantando al son de la Luna
¡Lara-la, lirín liró! ¡Lara-la, lirín liró!

Hasta que un día la caja se abrió
e un dedo impío al soldadito señaló
¡oh no! Era el demonio, ¡el farsante!
¡El que no tiene sombra ni semblante!

Mas el soldadito de plomo no se asustó
¡ni cuando el demonio artero le azuzó!
pues bravo como el agua era nuestro soldado
¡e jamás en su vida de nada se había asustado…!

Cogiose su espada de plomo y al trapisondista
venció con una proeza que ¡cantaba a la vista!
la mano de su amada cogió
e a la plateada luz de la Luna cantó…

¡Lara-la, lirín liró! ¡Lara-la, lirín liró!

¡Lara-la, lirín liró! ¡Lara-la, lirín liró!

Pero,

Oh…! Oh, oh…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de alma para amar…!

Oh…! Oh, oh…!

La más inmunda bajeza a cernirse volvió
a la espalda del heroe que jamás se imaginó
que la maldad tuviera forma humana, e humana
fuera la mismísima maldad, ¡material  e mundana!

La mano humana llególes de su umbral, privándoles
de la felicidad, del cariño, ¡de la nobleza…!
e le separó del regazo de su amor e lo tiró, al barro
a los lodazales mugrientos del callejón ¡guarro…!

El pobre soldado lo perdió todo, mas en su corazón
remanire la esperanza que lo guiara el monzón,
de nuevo al puerto del amor de su amada
y por los mares intempestivos ¡le guiara su espada…!

Largos fueron los años que el pobre soldado vagó
por los océanos hasta que un pez curioso se lo tragó
y en las entrañas de ese ser aún más ¡lloró y lloró!
“¿es qué mis sentimientos no importan?” gritó,

¿por qué son tan malvados esos seres que llaman humanos?
¡lirí, liró!
¿por qué…? ¿a caso no tenemos corazón las figuritas de plomo?

¡Ohhhhhhh…! ¡lirí, liró!

Cuán terrible es la desdicha del ser humano
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser humano
desprovisto de alma para amar…!

¡Ohhhhhhh…! ¡lirí, liró!

E luego las sombras se lo llevaron y perdido
entre las tinieblas donde toda la luz se había ido
escuchó una voz fablar, ¡con distinguido sonido…!
Era ella, ¡su doncella! Desde el baül ¡inhibido…!

¡Ohhhhhhh…! ¡lirí, liró!

Su doncella le llamaba e ¡él llegaría hasta ella…!
luchó durante incontables edades con la mella
marcada en la hoja de su espada, ¡que nunca se quebrantaba!
e de pronto, otra voz llegó a sus oídos, esta vez, ¡humana…!

¡Oh no! ¡lirí, liró! ¡Cuánta maldad! ¡lirí, liró! ¡Humana, de verdad…!

En el frío metal de las cuchillas e los hornos se encontró
de nuevo en el seno del horror, donde él nació.
La desesperación anegada a su cuello le quería matar
¡mas de nuevo la voz de su doncella escuchó fablar…!

Cató a su alrededor, ¿y cual fue su sorpresa?
Era la misma casa donde vivió, sin duda ¡era esa!
¡Desdicho sea el destino, que a esa casa lo llevó por primera vez!
¡Afortunada sea la casualidad, que lo devolvió ahí, en la barriga de un pez!

Actuó rápido e con premura, e après de los peldaños del infierno
con su dama se reencontró, e la guarió al borde de la desolación del averno,
huyeron los dos, bajo la juguetona e burlona luz de la Luna
más los ratoniles dedos de ese niño infernal trajeron de nuevo… ¡la bruna!

La infamia a la rematacina les empujó
e la judiada lengua de fuego relamió
sus cuerpos y sus almas de amor preñadas
volviéronse grises en esas cenicientas humaredas…

A los ojos del humano ratonesco, de mejillas sonrosadas;
del monstruo de pelos encrespados y asesino de hadas;
el plomo de sus cuerpos se fundió, en la hoguera invernal
 y de sus cuerpos, ¡un corazón se dibujó de la luz inmortal!

¡Oh no! ¡lirí, liró! ¡Cuánta maldad! ¡lirí, liró! ¡Humana, de verdad…!

Oh…! Oh, oh…!

Afortunados sean los dos enamorados de metal,
la bailarina de plomo, y el soldadito de plomo, ¡también…!
que por fin librados de sus cuerpos mundanos han sido
e prisists encarnaçión con luz e magia ¡en dos grandes maravillas!
ahora, por siempre jamás, el soldado y la bailarina
liberados de sus prisiones de plomo, en luz e magia
¡han venido a vivir a la tierra de las hadas, las ninfas y los gnomos!

Oh…! Oh, oh…! ¡lirí, liró!

Oh…! Oh, oh…!

¡lirí… liró…!






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Teniente_Tulip

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21 de Mayo de 2009 a las 22:51
Re: VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

Este chiringuito se cierra. Empiezan las votaciones.


Si alguien pensaba presentar un relato en los 69 minutos (qué propio) que quedan hasta las 12, que lo diga, impugne o me dé unas hostias.


Suerte a todos.

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