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    Historial recopilatorio del concurso de relatos

     
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Historial recopilatorio del concurso de relatos
Idelosan

Idelosan (desconectado)

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21 de Mayo de 2009 a las 21:49
Historial recopilatorio del concurso de relatos

Bueno, ya que Oniria no se ha decidido a hacer un topic de esto pese a ser ella la envidiable currante que lo ha calculado todo, lo haré yo :p Iré actualizando la lista edición a edición. Como soy un poco masoca y me tomo muy en serio esto de organizar y mantener cosas, no creo que surja problema alguno.

Ahora, sería menester que cada relato aquí aparecido fuera posteado en este topic por su propio autor, habiéndose corregido cualquier posible falta ortográfica, gramatical, etc. que tuviera la versión original (recordad que esto va para el libro recopilatorio a final de año). No os pongais, sin embargo, a alterar el relato o su estructura de forma substancial porque ya no sería entonces el que ganó en su momento, sino otra cosa.

NOTA IMPORTANTE: Acordaos de indicar a qué número de certamen corresponde vuestro relato, y en qué posición quedasteis.

CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK: RELATOS GANADORES (si hay errores, AVISADME por mensaje privado)


I CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Alejandro López Fernández (Incongruente)
Tema: Inauguración
1º EL PRÍNCIPE AZUL ……. Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)
2º EL EXTRAÑO CASO DE WESLEY KEY ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º OFRENDA AL SOL ……. Eduardo Serrano (eduardoserrano)
Extra 1º ILUSIONANTE DEBUT ....... Alejandro López Fernández (Incongruente)
Extra 2º VIDA SIN LUZ ......... Iván de los Ángeles Company (Idelosan)
Extra 3º SÁBADO POR LA TARDE ......... Miguel Álvarez (miguelmig)
Extra 4º DE RATAS Y HOMBRES ......... Juan González Mesa (Bizarro)


II CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)
Tema: Música
1º PASOS DE BAILE ……. Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º AL ALBA ……. Nadie Esminombre (R2–D2)
3º EL NIÑO CARPINTERO ……. Nadie Esminombre (R2–D2)


III CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
Tema: Fantasmas
1º FUE EN AQUEL MOMENTO ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
2º FRENTE A FRENTE ……. Roberto Arévalo Márquez (rarevalo)
3º LAS VELAS EN EL SÓTANO ……. Marcos Pita (Reithor)


IV CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
Tema: Injusticias
1º LA DE HERMOSAS MEJILLAS ……. Nadie Esminombre (R2–D2)
2º COLEGIOS ESPECIALES ……. Juan González Mesa (bizarro)
3º EL GENIO DE LA LÁMPARA ……. Roberto Arévalo Márquez (rarevalo)


V CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Nadie Esminombre (R2–D2)
Tema: La Muerte. Muerte. Muertos…
1º LA FUGA DE LOGAN ……. Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º LA GRUTA DE LA MUERTE ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º EL ENTIERRO DE GENARÍN ……. Miguel Álvarez (miguelmig) [añadido: EL OFICIO DEL CAIMÁN........Juan González Mesa (bizarro)]


VI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
Tema: El Ego
1º HIDALGO ……. Marcos Pita (Reithor)
2º TERROR Y MIEDO ……. Melina C. Vidoni (thundergirl_vw)
3º BIZARRO ……. Juan González Mesa (bizarro)


VII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Juan González Mesa (bizarro)
Tema: Lascivia
1º LA DE LASCIVAS MEJILLAS ……. Nadie Esminombre (R2–D2)
2º HIERÓDULA ……. Yolanda Díaz de Tuesta Martín (oniria)
3º MAQUINAS PACHINKO ……. Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)


VIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)
Tema: Cuentos infantiles
1º EL FLAUTISTA …Yolanda Díaz de Tuesta Martín (oniria)
2º EL NIÑO COJO ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º EL PRÍNCIPE INFELIZ …… Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)
 

IX CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Juan González Mesa (bizarro)
Tema: Dioses y monstruos
1º ADARA, LA INMORTAL …Nadie Esminombre (R2D2)
2º SUSANA CERCA DEL CIELO …… Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
3º JEFFREY …….  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


X CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema: Identidad
1º CORPUX SYSTEMS …….  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º MARÍA SIN NOMBRE ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º LO MIO CON ALPAVIESE ……  Nosebundos (Nosebundos)


XI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema: Corín Tellado: anhelos de mujer
1º EL SÍNDROME DE LORENA KOLSEN …….  Juan González Mesa (Bizarro)
2º LA DAMA DEL VIENTO ……. Lola Alarcia (Lolaalarcia)
3º FIN ……  Juan Carlos Boíza López (jcboiza)


XII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
Tema
: Egipto
1º EL SEDUCTOR DEL MUNDO …….  Nadie Esminombre (R2D2)
2º EL CARISMA DE LA 8 MM ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º LA PIRÁMIDE ……  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


XIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema
: Memoria
1º NUESTROS NOMBRES …….  Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)
2º EL ÁRBOL, EL MONTÍCULO, EL DÍA QUIETO Y CÁLIDO ……. Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
3º SHOW URBANO ……  Diego Nieto (Diegonieto)



XIV CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)
Tema
: Apocalipsis
1º UN MUNDO LLAMADO PAULA …….  Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
2º UN DÍA CUALQUIERA ……. Daniel Hernández Rodríguez (Daniel HR)
3º REENCUENTRO ……  Juan González Mesa (Bizarro)



XV CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
Tema
: Hambre
1º DETRÁS DEL OBJETIVO …….  Xavier Mitjana (Vixa)
2º LA HOZ ……. Nadie Esminombre (R2D2)
3º EL PRÍNCIPE INSATISFECHO ……  Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)


XVI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Xavier Mitjana (Vixa)
Tema
: Robots
1º DIARIO ÍNTIMO DE PIGMALIÓN …….  Nadie Esminombre (R2D2)
2º DIARIO DE JULIUS GARBER ……. Lola Alarcia (Lolaalarcia)
3º SOSPECHAS ……  Juan Carlos Boíza López (jcboiza)


XVII CERTAMEN

Maestro de Ceremonias
: Nadie
Esminombre (R2D2)
Tema
: Sueños
1º DIEZ …….  Juan González Mesa (Bizarro)
2º VACÍO ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º FULL TIME …… Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


XVIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Juan González Mesa (Bizarro)
Tema: Superhéroes
1º LA MUJER QUE SABÍA DEMASIADO …….  Nadie
Esminombre (R2D2)
2º DUENDE ……. Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)
3º CARLOS Y SPIDERMAN …. Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


XIX CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema
: La Biblia
1º LÁZARO EN OSCURIDAD ……. Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
2º LA MARCA ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º LA LEY DEL PROFETA …… Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)


XX CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
Tema
: Seducción
1º DE AMANTES ……. Diego Castro Sánchez (pelagio)
2º EL ÚLTIMO BAILE ……. Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)
3º OPTIMYSEX …… Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)


XXI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Diego Castro Sánchez (pelagio)
Tema
: Detectives
1º PRUEBAS FALSAS ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
2º FLORA DUERME EN EL BOSQUE ……. Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
3º EL CADÁVER REINCIDENTE …… Juan González Mesa (Bizarro)


XXII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
Tema
: Fantasía
1º EL CERRO DE LOS MUERTOS ……. Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)
2º IRACUNDO ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º MI PEQUEÑO TROLL …… Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)


XXIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)
Tema
: Niños
1º LA NIÑA QUE CASI CONOCIÓ A KOJI KABUTO …….  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º PESADOS ABRIGOS COMO CADÁVERES ……. Juan Manuel González Lianes (Juanmglianes)
3º AK 47 …… Diego Castro Sánchez (pelagio)

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21 de Mayo de 2009 a las 21:53
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

Queda establecido este topic como anuncio.

Por favor, que aquí participen exclusivamente los autores de cada relato aparecido en los ránkings publicando la versión corregida del mismo, y NO gente que quiera comentar algo. Con el objetivo de mantener esto lo más limpio posible, será borrado sin preguntar todo mensaje que se limite a comentar y no a poner relatos.

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Reithor

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24 de Mayo de 2009 a las 20:51
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

Tercer puesto del sexto certamen (primero tras el recuento de votos del 7 de Junio)


Hidalgo

El calor se hacía insufrible a pesar de estar a punto de terminar el verano. Allí, en aquella isla donde tuvo que parar mientras llevaba su desnutrido ejército hacia el Sur, hizo recuento de tropas. Las fiebres amarillas diezmaban a los suyos cada quincena, siempre ayudados por aquellos impíos salvajes que, lejos de agradecer la evangelización que les alumbraba, respondían con flechas endemoniadas, venenosas. Curare llamaban a aquella ponzoña pagana, y para mayor desgracia, se obcecaban con los caballos. Porque eran más grandes, porque no los conocían, porque no tenían armadura, demasiados motivos para pasarlos por alto; lo que obligaba a ir al pesado ritmo de las tropas de a pie. Las corazas castellanas comenzaban a oxidarse debido a la humedad y los víveres, aún a pesar de tener partidas de caza y el racionamiento, eran cada vez menos. Pero daba igual, llegaría al Birú fuera como fuere, cayera quien cayera. De una ojeada el otrora hidalgo, ahora marqués, decidió que harían noche allí, con lo que mandó a sus hombres descansar, haciendo guardias por supuesto, hasta que los gallos cantaran. Estos se miraron extrañados, muchos ya hartos de las excentricidades de su obsesionado capitán: no llevaban ningún gallo, ¿cómo sabrían cuando acabar los turnos? Esto pasaba su límite. Los murmullos se levantaron una vez más, lo que no escapó al aún agudo oído del marqués, aunque en su sangre siempre sería hidalgo, siempre tendría que demostrar la nobleza de su sangre. 

Don Francisco compiló mentalmente su azarosa vida. Una prueba tras otra, sin parar, desde su nacimiento. Allá en Trujillo su padre no había dejado nada para él salvo un ajado zurrón traído de las guerras de Italia, antes del descubrimiento del Nuevo Mundo. De joven se había visto, él, obligado a trabajar como porquerizo. Aquello era demasiado para su noble pero olvidada sangre, y jurándose que su nombre estaría en los libros de historia, nunca había cesado en su contumaz empeño por ser el más grande. No sabía como lo iba a hacer, hasta que a los diecisiete años corrieron por todas las granjas de Castilla las noticias. Por orden de Su Majestad Isabel, se había descubierto un nuevo mundo allende los mares, un Almirante genovés había traído oro e indígenas como muestra. El iluso trataba de alcanzar las Yndias, pero se topó con indígenas. Aquello sería su salida. Tardó nueve años en escapar y enrolarse en un barco hacia el nuevo mundo, trabajando como grumete. Ya con 26 años era con diferencia el mayor entre su clase en el barco, doblando en edad a casi la mitad de aquellos analfabetos. “El más viejo”, se decía a si mismo, sintiendo la espina que nunca consiguió sacar de su interior, de su sangre noble. Una vez en La Española, sin un ducado en el bolsillo, no le quedó más remedio que trabajar en la taberna de los cuatro vientos, esperando una oportunidad. Allí conoció a Alonso de Ojeda, a Hernán Cortés, a Francisco de Orellana y otros conquistadores, quienes apenas reparaban en aquel hidalgo que limpiaba sus vomitonas y recogía sus platos. Pero Don Francisco aprendió de escuchar sus historias, y cuando tuvo la oportunidad -seis años más tarde- consiguió, al fin, formar parte de una expedición. 

Fue su única oportunidad, y no la desaprovechó; se hizo un nombre y, por primera vez en más de treinta años, se sintió respetado. Y no paró. Llevó con éxito varias expediciones en aquellas selvas inexploradas, hasta que escuchó las quimeras de El Dorado y el reino de Birú, donde los dioses del Sol todo lo tornaban de oro. Los Incas, decían que se llamaban. Tardó diez años más en conseguir la capitanía y así llevar su expedición en busca del oro del Birú, y allá que se fue, siempre con su merecidamente ganado caballo. En busca del oro que le tornara el más grande de todos los conquistadores. Los otros le habían dado propinas, le habían tratado como un puerco, pero él sería el más grande conquistador de todos los tiempos. Aunque tuviera que ir solo.

Volvió en si al terminar sus tribulaciones, y se dio cuenta de que seguían los murmullos, casi tornados en gritos ya. No estaba dispuesto a que, a él, tras haber recorrido todo el nuevo mundo desde Tenochtitlán hasta Panamá y siguiendo más al Sur, aquellos perros quejicas se le amotinaran. “Demasiado viejo”, volvió a pensar, viéndose con cincuenta años ya. “Todos conquistaron mucho más jóvenes”. Por eso él sería el más grande, no conquistaría por impulsos de grandeza; iría más allá. Sería un dios para aquellos indígenas, y fundaría su propio imperio sobre el Birú, en nombre del Emperador Carlos, nieto de la Reina. Cayera quien cayera, conquistaría Birú aunque fuera solo con su caballo hasta las minas de oro. No dejaba de repetírselo. 

Golpeó con su espada su propio escudo, llamando al orden; tardó en conseguirlo. Altivamente, desde lo alto de su corcel, se dirigió a sus huestes, tratando de alentarlas y recordándoles lo cerca que estaban. Pero sólo oía quejas. “Se acabó, con estos hidealgo no se conquistaría ni Almendralejo”.  Don Francisco de Pizarro, antes hidalgo y entonces marqués descendió de su caballo, desenfundó de nuevo su espada y trazó una línea en el suelo, diciendo: 

Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Birú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere”. El silencio invadió los alrededores, dando fuerza a la altiva mirada del capitán.

Solo trece quedaron en su lado. Que así fuera. Ni siquiera reparó en que se trataba del número maldito cuando al día siguiente se dirigió hacia el Sur con quienes le eran fieles. Antes muerto que el retorno.

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Reithor

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24 de Mayo de 2009 a las 21:04
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

Tercer puesto del tercer certamen


De Paseo (aka las velas en el sótano)

Las velas en el sótano enladrillado apenas alumbraban una leve penumbra, donde se difuminaban varias parejas alrededor de las mesas. Accedió tras bajar la escalera y cruzar la puerta abatible, enfrascado en su petulante capa y sin haberse despojado aún del sombrero de ala ancha. Llevaban prohibidos tanto tiempo que nadie lo recordaba, aunque las recientes novelas de algún escritor prestigioso podrían alertar a más de uno. Daba igual, era su noche, la única del año que podía materializarse, escapar de Linares y adentrarse en los lúgubres tugurios del viejo Madrid. Aún así ni sus espuelas ni su afilado florete habían resonado contra los callejones, pues la maldición aún se tañía sobre sus huesos. Cuando eran huesos y no un aura informe sin capacidad de atravesar sus propias puertas y ventanas más allá del Palacio. 

Pero era su noche. 

Embozado, nadie podía reconocer su naturaleza etérea, y en un lugar tan oscuro nadie repararía en aquel extraño... aunque la mesa la tenía reservada desde hacía casi un año, y sabía que no faltaría a la cita. Como en los últimos años, allí estaría y podría mirarla una vez más, aún podría entonar su melodía para decir cuánto la amaba, y cómo se resistía a bajar al inframundo para poder verla aunque solo fuera en esas noches de luna azul. Esas eran las únicas noches que podía salir de su encierro. 

Llevaba ya esperándola varias horas, y nada sucedía. La desesperación del alba que se avecina le llevaron a temerse lo peor: ¿le habría olvidado? ¿Habría muerto? No sabía nada desde la última vez, y había pasado tanto tiempo... Su ajado reloj sugería que volviera al castillo, ya que si el amanecer se cernía sobre él fuera de sus dominios no tendría más remedio que desintegrarse, despedirse fugazmente del mundo y reunirse con todos los espíritus allá donde éstos estén. Apenado se dirigió a la salida, cuando tras subir las escaleras la sala se iluminó completamente. Sus vestimentas se mostraron traslúcidas, y él directamente fue presa de una transparencia relampagueante y sublime. Detrás de la cegadora luz pudo distinguirla, sujeta entre dos individuos y con el terror en la cara; mientras otros cuatro más se acercaban a él sin buenas intenciones. Cada uno optó por una forma diferente de apresarle: Uno con una red de hilo de titanio que lo atravesó sin mayor problema. Otro lanzó cuchillos de plata que se clavaron en la pared tras hacerle desprender una pequeña humareda. El tercero sacó un extraño objeto que dispersó rayos verdes por la habitación quemando todo lo que iluminaban, y el último se colocó en su frente con un bastón dorado y pronunció unas extrañas palabras en una lengua prohibida, lo que realmente enfureció al espíritu: éste sacó su florete y marcó en un audaz movimiento al matón, firmando en su cara el horrible nombre que se había atrevido a pronunciar. Emitió un chillido destinado a los hombres que taladró todos los cerebros presentes, salvándola así del horror. 

Atravesó el campo de luz, sintiéndose de nuevo seguro en las sombras de detrás de los focos, aunque no lo suficiente. La cogió, la desató con su daga de marfil y se la llevó corriendo. No le daría tiempo... Bajó a toda prisa por las callejas para llegar a la plaza de la Diosa, solo quedaba cruzarla y la claridad amenazaba con llevarse lo poco que quedaba de él. No le daría tiempo. Paró, la miró y se quitó el sombrero, mostrando sus casi invisibles rasgos otrora perfectos. Los ojos de ella apenas podían contener el dolor y las lágrimas, no podría soportar perderle otra vez y para siempre. El fantasma la besó, ella se abrazó al beso y se desplomó sobre la calzada cayendo bajo un bólido que iba a toda velocidad calle abajo. Su alma abandonó el cuerpo al instante, para horror del fantasma. Pero ella le respondió "no podía soportar más estar sin ti, ni estar sin envejecer hasta que te vayas de este mundo. Vayamos al castillo, ¡rápido!" El estaba aturdido ante las implicaciones de aquello, pero reaccionó. El canto de los pájaros ya era endemoniado, y la luz turbadora. Pero ya podía correr, no ir al paso de humanos...

... Y en un par de segundos llegaron al Palacio, cogidos de sus etéreas manos, y entraron a refugiarse de las mortíferas luces. Allí, a su manera, los fantasmas comenzaron a hacer el amor, y dada su naturaleza les llevó varias horas. Así fue cómo las visitas creyeron por vez primera escuchar psicofonías en los albores del Palacio de Linares.

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oniria

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27 de Mayo de 2009 a las 16:28
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

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2º en el VII Certamen
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HIERÓDULA

La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio.

En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.

Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza…

Pobre Luen, qué poco conocía a su hija.

Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados…

Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos?

La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión.

Y la diosa lo sabía.

Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales.

Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada…

Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco.

Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita.

Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble.

Y Sae iba a tenerlo…

Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad...

– ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren  se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella... Agitó la cabeza.

– No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder... la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces.

Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles…

Pero, no, no…

Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto.

Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla…

Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía.

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oniria

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27 de Mayo de 2009 a las 16:39
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

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1º en el VIII Certamen
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EL FLAUTISTA

Era extraño, aquel flautista... Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad y jamás hablaba.

Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. A él, sin embargo, no parecía importarle la sensación de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas, siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras…

Decían que comía ratas. También decían que comía niños.

Nadie le vio, nunca, comer nada…

Lo único realmente vivo en él, parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, daba la impresión de estar estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas.

Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo, por la larga flauta.

Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde sólo había una aldea, un bosque, un río, y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, la vieja Úrsula, la bruja que vendía pócimas, sacaba muelas y leía el futuro, le vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa…

El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido, y siniestro…

La música se acentuó y se quebró en una larga, larga nota.

Algo se oyó, en la vertiente del río, un gorgoteo pesado…
Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, de todas partes, empezaron a surgir ratas, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Úrsula, esquivándola apenas, golpeándola a veces, y se lanzaron al río.

La vieja Úrsula, que conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban, atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continúo de miembros temblorosos, agónicos.

Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó, separándose de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río.

Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; sólo podría asegurarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos, o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Úrsula, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras. Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura, reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua…

La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa.

Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad…

El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo.

En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna... Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno, y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible.

No había sido suficiente. Incluso Úrsula, acostumbrada a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río.

Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, Úrsula se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista, para su monstruo.

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miguelmig

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27 de Mayo de 2009 a las 16:42
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

3º en el V Certamen:


El entierro de Genarín  


 


- ¡El pellejeeeeerooo! –gritaba Genaro por las calles de la ciudad de León, por aquel entonces casi bimilenaria, la Semana Santa de mil novencientos veintinueve.


 


    Genaro Blanco Blanco, Genarín, era un hombre de entre cuarenta y sesenta años, menudo y simpático, muy conocido y algo querido en aquella urbe de principios del siglo pasado. Se dedicaba al comercio de pieles de animales, sobre todo de conejos. El gran margen señalado en lo que a su edad se refiere, es debido a que nadie la conocía; todo el mundo hacía conjeturas sobre ella, y llegaban a la conclusión que les hacía decir que estaba próximo a la ancianidad. Pero hay que apuntar que las grandes cantidades de orujo que bebía asiduamente –borrachín también le llamaban-, y el intenso y continuo frío de la zona que con aquél quería mitigar -pues pasaba gran parte del día y de la noche en las calles, deambulando-, reflejan en cualquiera un rostro arrugado y castigado. Es por esto que no resulta descabellado pensar que quizá su edad era más cercana a la cuarentena.


 


    Genarín había sido abandonado al nacer, de ahí sus apellidos: Blanco Blanco. Éstos eran los que se ponían a los niños abandonados en León, en las puertas de su Catedral, a los pies de la Virgen Blanca, de la que se tomaban los mencionados primeramente.


 


    Aquella Santa Semana había pecado Genarín varias veces, acudiendo, como solía, a una casa de citas. A un burdel, para que nos entendamos. Pero esto no era nada extraordinario en él: cada dos por tres, y cada cien por cien, acudía por las noches a estos locales, o en la mayoría de las ocasiones, pisos.


 


    Se encontraba Genarín la fría mañana del Viernes Santo –las doce serían- cerca de una procesión, en una zona céntrica, haciendo sus necesidades fisiológicas, a la vera de las murallas romanas, cuando de repente el camión de la basura, el primero que compró el Ayuntamiento, conducido por un inexperto chico de diecinueve años, le aplastó contra las históricas, como si quisiera alguna autoridad divina castigarle por sus muchos pecados cometidos en su azarosa  y particular existencia. Una gran masa de gente, proveniente del acto religioso, acudió rauda a indagar sobre lo sucedido cuando dieron cuenta del suceso. Entre todos movieron el camión como pudieron para auxiliar a la víctima. Pero fue inútil, pues enseguida comprobaron que Genarín –muchos le habían reconocido- estaba muerto, con su tez abollada.


 


    De los de entre la masa allí presente, los que le conocían o sabían de él, ante la tétrica escena de la cabeza medio aplastada, y ante la continuación –a decir verdad, la procesión a buen seguro no se había detenido- del acto religioso, con la música de las cornetas y los tambores a lo lejos, no pudieron por menos, y comenzaron a recordar, compungidos,  todas esas imágenes de las que habían sido testigos o habían imaginado a veces, en las que el pequeñajo Genarín había sido su personaje principal.


 


    Desde el año siguiente a este triste final de la vida de nuestro protagonista, cuatro ciudadanos que bien le habían conocido, llamados Los cuatro evangelistas –un taxista, un árbitro, un aristócrata bohemio y un poeta-, organizaron y protagonizaron durante años y años, todas las noches de Jueves Santo, previas al aniversario de la muerte del menudo, el que dieron en llamar El entierro de Genarín, que consistió en una procesión pagana, seguida por miles de personas, desde las callejas más viejas de León, en las que Genarín se había emborrachado, hasta la muralla junto a la que había fenecido. Allí, en ese punto, los organizadores, ante la atenta mirada del muy abundante gentío, leían unos versos que le dedicaban, y uno de ellos ascendía, algo subido de copas de orujo -como el resto-, la mole de piedra, para en ella colgar una ofrenda, que consistía en una botella de orujo, queso, pan y una naranja, que era lo que Genarín solía comer cada día. 


 

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rarevalo

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29 de Mayo de 2009 a las 20:19
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

2º en el III Certamen


 


Frente a frente


Ya faltaba poco, media hora minuto arriba o abajo, y los dos estaban preparándose para su cita diaria, porque ya sabían lo que iba a acontecer a las veintiuna horas y doce minutos. Eran ya muchas las semanas que sucedía, cuando llegada esa hora exacta empezaban a sentir una presencia, los cristales se empañaban y las luces de la casa parpadeaban hasta quedarse a oscuras.


Entonces, aquella imagen se iba formando delante de sus ojos, al tiempo que un quejido empezaba a cobrar más fuerza. Hasta que, finalmente un destello los cegaba y durante un minuto podían verse, frente a frente. Solían terminar gritando y huían por el largo pasillo hasta que, tres minutos después, las luces volvían a encenderse, los cristales dejaban de estar empañados y allí, con ellos, ya no había nadie. Volvían a estar solos.


Pero ¿Quién era el aparecido? Y ¿Por qué volvía cada día? Aquellos temas alejados de toda lógica atentaban con todo lo que creían, y si no llega a ser porque lo estaban viviendo, jamás lo hubieran creído.


Así ella decidió buscar información para poder hacer frente a un problema que le impedía hacer su vida con tranquilidad. Encontró varios libros en la biblioteca particular, que su padre le dejó en herencia, y halló varios testimonios y documentos que le advertían que aquella hora podía ser un indicativo del momento exacto en el que su fantasma falleció, y le invitaban enfrentarse a él, que le escuchase para ayudarle hacer el viaje al más allá, pues sólo así abandonaría su casa.


Él también buscó soluciones, porque aquellas apariciones le estaban afectando y su obsesión por ella iba en aumento según transcurrían los días. Así que, recordando lo que le dijo su hermano hacía mucho tiempo, decidió reunir todo el coraje que pudiera para hablar con ella en la próxima aparición. Esta vez no saldría corriendo y, convencido de que a esa hora se abría una puerta entre su mundo y el de ella, acudió una vez más a su encuentro diario.


Estaban dispuestos a descubrirse frente a frente una noche más, y se prepararon como si tuvieran una cita con alguien especial, alguien a quien ansiasen ver. Eligieron sus vestimentas con dedicación, se asearon y se echaron perfume sumergidos en miles de dudas, mientras miraban el reloj sintiendo cómo las agujas empezaban a moverse sin pausa para anunciar el temido momento.


Ella llegó al extremo del pasillo, con un suéter negro y unos tejanos, el pelo suelto y sus ojos bien abiertos, mientras daba pequeños pasos titubeantes con el corazón latiendo con fuerza, como si fuera a desbocarse de su pecho en cualquier momento.


En el otro extremo estaba él, con el rostro pálido y sujetando un amuleto, mientras el reloj que había suspendido en medio sonaba como un gran estruendo, advirtiéndole del tiempo que quedaba, pues ya eran las veintiuna horas y ocho minutos.


Los cristales comenzaron a empañarse, la bombilla de la lámpara a parpadear y a los dos se les erizó el vello de todo su cuerpo sintiendo el frío que les envolvía. Ella susurraba cosas para sí misma y él estaba lamentándose de estar ahí, deseando irse de inmediato. Hasta que finalmente se detuvieron a mitad del camino, aún sin verse, frente a frente, como cada día. Y entre medias, colgado de la pared, el reloj contando los segundos que faltaban.


Las luces se apagaron y la oscuridad los invadió hasta que sus ojos empezaron a acostumbrase. Y así, lentamente, sumergidos en un mundo de tonos negros y grises, empezaron a dibujar la imagen del otro, a encontrarse, mientras continuaban con esos quejidos haciendo acopio de valor para no salir huyendo.


En ningún momento dejaron de pensar en ese guión ensayado durante las horas anteriores, pero ya se habían olvidado de él y no sabían qué era lo que tenían que hacer. Hasta que llegó el destello de luz que los cegó y segundos más tarde se encontraron como cada día. Pero esta vez no salieron corriendo, sino que se quedaron inmóviles, dejando sus ojos clavados en los del otro y sin poder pronunciar palabra alguna… Aquella mirada era tan familiar.


Y entonces levantaron las manos suavemente, con el pulso temblando, y separando bien los dedos, hasta que sus yemas se encontraron rozándose con suavidad, recordando que hacia unos meses, él y ella viajaron en el mismo coche, riendo y cantando hasta desgañitarse tras haber pasado uno de los mejores días de sus vidas. Hasta que al girar en una curva, las luces largas del coche que venía en dirección contraria les cegó, obligándoles a dar un volantazo. El coche se estrelló, dio varias vueltas y lo último que recordaron era el reloj del salpicadero marcando las veintiuna horas y doce minutos.


-No puede ser -dijo ella- no puedes ser tú.
-¿Qué pasó aquel día? -preguntó él con un nudo en la garganta- ¿Por qué no estabas a mi lado cuando desperté?
-¿Por qué no estuviste tú? -le respondió mientras sus dedos se aferraban con fuerza.
-No lo sé… pero no es justo.
-¿Dónde estás ahora?
-Yo en casa ¿Y tú?
-Yo también. Pero no me refiero a este instante, sino cuando no nos vemos.
-En casa –repitió extrañado.
-Y yo… ¿Entonces?


El reloj marcó las veintiuna horas y trece minutos y como cada día, la imagen del otro desapareció y la bombilla volvió a encenderse dejándolos en una inquietante soledad, con la mano suspendida en el aire dudando sobre lo que ocurrió aquel día y preguntándose por qué hasta hoy no habían reparado en ello.


Se habían encontrado con el espíritu de la persona a la que más amaban, pero ¿Quién era el fantasma? ¿Él? ¿Ella? ¿O tal vez los dos?.. Aún lo sabían.

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29 de Mayo de 2009 a las 20:21
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

3º en el IV certamen


 


El genio de la lámpara


La encontró en una cueva, escondida en una pequeña caja de madera llena de serrín, y cuando la cogió, la miró detenidamente lleno de expectación. Había oído hablar de ella en muchas ocasiones, pero jamás pensó que pudiera ser cierto. Se podía ver reflejado en su plata y con sumo cuidado empezó a frotarla, incrédulo de lo que pudiera suceder después. Pero ocurrió.


De su pitorro empezó a salir un denso humo que se concentró enfrente de él, formando la imagen de aquel genio encerrado durante más de mil años dispuesto a concederle tres deseos, tal y como afirmaba la leyenda. No tenía muy buen aspecto, tal vez nadie lo tiene después de haberse estado mil años sin salir, incluso parecía furioso, aunque lentamente empezó a mostrarse alegre por verse fuera.


-Soy el genio de la lámpara y por haber caído en tus manos, puedo concederte tres deseos- le dijo.
-¿Lo que quiera?- preguntó estupefacto.
-Lo que quieras... Menos resucitar a un muerto o matar a alguien... Pero todo lo demás, sí, puedo hacerlo.- respondió con arrogancia -A ver, muchacho, ¿Cuál es tu primer deseo? Y rapidito, que llevo mucho tiempo encerrado y cuando te los conceda ¡Podré ser libre!
-Pues quiero...- y el muchacho empezó a meditar en todos sus anhelos -¡Tener mil mujeres bellas!
El genio le miró de arriba abajo, casi con sorna, y chasqueó los dedos.
-Las tienes en tu casa. Ve a disfrutar de tus mujeres, que yo esperaré aquí.


El joven no dudó en salir corriendo, deseoso en ver las caras de porcelana de las mujeres prometidas que aguardaban en su hogar, fantaseando en hacer realidad sus más húmedos sueños. Era fabuloso, las mujeres estaban ahí, fuera de la casa porque no entraban todas, y eran bellísimas, como diosas del erotismo. Sin embargo había algo en sus caras que no terminaba de encajar.


El muchacho hizo llamar a la primera de las mujeres a su cuarto y ésta entró de mala gana, con resignación por tener que ceder a sus depravaciones por imposición del genio. Él la tomó, pero no quedó satisfecho. No existía deseo mutuo y eso le frustraba mucho, más incluso que no tenerlas.


A esto tuvo que añadir las quejas de sus vecinos que, hastiados de ver deambulando al resto de mujeres que no tenían cabida en su pequeña morada, habían empezado a quejarse. Así pues, acudió de nuevo al genio, quien le recibió con una vil sonrisa.


-¿A disfrutado de sus mujeres, mi señor?
-Ellas no me quieren- respondió enfurecido -Están ahí obligadas.
-Tú pediste mujeres y yo te las he dado.
-Pero yo quería que me deseasen, que fueran felices... y míralas, se sienten desdichadas por estar conmigo y en consecuencia también me siento desdichado. ¡Y encima no tengo sitio para cobijarlas a todas!
-Pues haber pedido una y no mil. No me culpes de tu avaricia... Ahora dime, ¿Cuál será tu segundo deseo?
Y el muchacho, volviendo a meditar en ello, pensó en alguna solución para que sus mujeres fueran felices. Y decidió darles bienestar, confiando en que así mejoría su relación con ellas.
-Deseo tener mil casas para poder cobijar a mis mujeres- el genio sonrió y chasqueó los dedos.
-Deseo concedido. Ve a disfrutar de tus casas, que yo esperaré aquí.


Corrió como la primera vez esperanzado por su nuevo deseo. Ya no sólo tenía mujeres, sino que su patrimonio había aumentado considerablemente y estaba convencido que habría resuelto, al menos, uno de sus problemas. Pero al llegar al barrio se encontró con la guardia del pueblo desalojando a todos sus vecinos: Hombres, mujeres, ancianos, niños... todos se estaban quedando sin sus casas, destinados a vagar por las calles como mendigos. Y mientras, sus mil mujeres aguardaban aún con el semblante serio para poder entrar en sus nuevos hogares.


-Mira lo que has conseguido, muchacho- le recriminó una anciana -por tu culpa ahora no tengo donde vivir.
-Yo... yo no pedí eso.- dijo para sus adentros.


Y cansado de las malas intenciones del genio, volvió a su encuentro, enfurecido y triste al ver a sus vecinos desahuciados. Entró en la cueva con paso firme y se detuvo delante de él, quien permanecía sentado con la mirada perdida en el infinito.


-¡Anda, si ya has venido! ¿Qué tal tus casas?- preguntó saliendo de sus pensamientos.
-Te estás riendo de mí.- sentenció -¡Yo no pedí que echases a mis vecinos! ¡Qué los dejases sin casas! Como tampoco te pedí que obligases a mil mujeres a estar conmigo.
-Perdona muchacho, yo he hecho realidad tus dos deseos: Pediste mujeres y yo te di mujeres, pediste casas y yo te di casas ¿Dónde está el problema?
-¡Qué yo no pedí que mi beneficio implicase el perjuicio de otro! Estás haciendo trampas.
-Pero así es la vida. No me culpes a mí de los engranajes que la hace girar... Los ricos son ricos porque existen los pobres, los guapos porque hay feos, los fuertes porque hay débiles... El éxito de las personas siempre va unido al fracaso de los demás. ¡A mí no me pidas cuentas!
-No es justo- recalcó el muchacho lleno de indignación -yo no quiero esos deseos.
-Nadie dijo que fuera justo- respondió el genio con indiferencia -¡Eres patético! Ahora resulta que deseas lo que no quieres. Tenías tres deseos, una oportunidad única que casi nadie tiene para poder cambiar tu vida. La has cambiado y ahora no te gusta. No me culpes a mí porque tus deseos hayan sido tan absurdos como mujeres y casas.
-Pero...
-No hay peros- interrumpió el genio -De todos modos, aún te queda un último deseo. Piensa detenidamente que quieres, pídemelo y acabemos con esta pantomima.- y mirándole con desprecio pensó en voz alta. -Estoy harto. A ver si acabamos y me voy de aquí.


Y el muchacho se detuvo, pensando detenidamente en un único deseo que no pudiera perjudicar a nadie, que resolviera todo los problemas y que a su vez le beneficiase. Pero todo lo que pasaba por su mente podía salpicar a un tercero y comprendió lo que el maldito genio le había dicho. Hasta que dio con la solución, se volvió hacia él con una sonrisa en el rostro y le dijo:


-Ya está. Ya sé cual será mi último deseo.
-¿Y bien? Pide por esa boquita que lo haré realidad.- respondió con desdén.
-Deseo que me concedas infinitos deseos.- sentenció y el genio se volvió de inmediato, alarmado por semejante despropósito.
-No puedes pedir eso.
-¡Sí que puedo! No te he pedido que resucites a nadie ni que mates. Sí puedo pedir más deseos, tantos como oportunidades para deshacer los efectos negativos que éstos provoquen.
-Pero entonces ¡No seré libre!- y el muchacho sonrió nuevamente.
-Chico, a mí no me pidas cuentas.
-¡No es justo! Llevo mil años esperando este momento.


Entonces el muchacho arqueó las cejas y respondió:


-Nadie dijo que fuera justo.



 

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1 de Junio de 2009 a las 12:32
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos


2º en el II Certamen. Tema: música


 


Al alba


 


http://www.youtube.com/watch?v=GOZ15IpAES4


 


 


- Los han fusilado


 El caballo se queda suspendido de la mano de Carlos.


- Esta noche. Los han fusilado


 Manuel se levanta del suelo como un resorte.


- ¡Dios!. ¿Cómo lo sabes?



- Soriano. El cabo de la limpieza lo ha oido en la radio.



- ¡Hijos de puta!



Carlos deja la pieza a un lado del tablero. Se levanta tambien. Diego le encara.



- Soriano quiere que hablemos con él, discretamente, sin formar grupos. No hay que alterarse. Que no noten nada.



Y sin esperar, Diego continua pateando su senda de cemento entre muro y muro.



Desde su esquina en el patio, el funcionario ha girado la cabeza hacia Carlos y Manuel, todavía de pie, inmovilizados. Otros días, el funcionario se habría ausentado ya a tomar su café, pero hoy no se ha movido de su puesto todavía.



Juanra le sale al paso a Diego.



- ¿Tienes?



- Toma.



Le alarga. Ducados.



En el lado de la sombra, Lillo empareja con Soriano, vuelta y vuelta, muro a muro. Jose Antonio y Rafa cruzan con ellos, vuelta y vuelta también. Soriano se para, los espera.



- Se te está quemando el pantalón, Jose Antonio.



- Mierda.



Jose Antonio se agacha. El dobladillo del vaquero, vuelto hacia fuera, humea.



- ¡Una colilla! ¿Como coño ...!



- No os volvais. Han sido aquellos cuatro. Te la han tirado por detrás al pasar, seguro. Hijos de puta, hasta tienen buena puntería.



........



Filas. Plato de aluminio en la mano, cuchara de aluminio en el bolsillo. La comida se come el olor a sudor, a mugre. Más filas. Encierro en la brigada. Calor. Las ventanas, altas, filtran todavía una luz de verano. Soriano los reune a todos al fondo del pasillo, sentados en el suelo, en el borde de las literas.



- El de la limpieza me ha avisado que algunos comunes piensan que van a redimir condena a nuestra costa. Que nadie vaya solo a ningún lado, ni a los servicios, ni al economato. Que nadie responda a ninguna provocación. Y ojo con los funcionarios. El jefe de día de hoy es llevadero, pero el de mañana es un cabrón.


 - Se va a montar la de Dios, ya verás. Hijos de puta, se han atrevido a hacerlo. Pero les va a salir caro. Esto no va a pasar, Europa no lo va a pasar.


 - Si, pero nosotros estamos aquí. Nosotros hoy no la vamos a montar. Nosotros hoy tenemos que aguantar. Hay que estar juntos, ser prudentes. Y si hay que liarla, con cabeza, cuando toque, todos juntos.


 Soriano mira los tobillos hinchados de Manuel, las zapatillas destalonadas porque el pie no cabe dentro.


 


- Habrá que montar bulla con lo de los chinches. Pero hoy no podemos. Hay que esperar al menos un dia a ver cómo respiran estos cabrones.



.......



Formación. Cena. Recuento. La brigada es una sala alargada, con camastros de doble litera a cada lado de un pasillo. Camastros metálicos, somieres metálicos y los muelles, metálicos nidos de chinches hinchados de sangre. Al fondo, el tigre: dos tazas turcas, y dos lavabos, con una puerta batiente. En mitad de la sala, una reja circular permite al funcionario abrir la puerta y asomarse para hacer el recuento sin peligro. La luz está encendida toda la noche. Todas las noches. Ya van treinta y una.



......



El sabía qué recorrido hacia ella todos los días para ir a la fábrica. Varias veces la esperó a verla pasar, al mediodía, sin atreverse. Luego, sonaba la sirena y ella quedaba encerrada por dentro, él por fuera. A la tarde, no se decidía a esperarla cuando salía. Todavía.



Pero luego, el riesgo, el peligro, le dió valor para ir hacia ella, y dejó su corro para acercarse las chicas. Las risas tenían ahora un motivo confesado para ser nerviosas. Dos de la secreta en la terraza del Marfil, que supieran. Habría más, seguro. Alguien había visto jeeps de grises escondidos detrás del Palmeral.



Al poco, llegó la consigna saltando de corro en corro: al parque, al parque. donde Camilo Sesto. Si hay ostias, que se enteren los que se divierten.



De a dos, de a tres, todos fueron dejando la Glorieta, camino del parque. La noche era calurosa, no tanto como ahora. Hace un mes. Por primera vez caminó junto a ella, por primera vez despreocupado de que ella notara el temblor de su voz, benditos grises. La música se oía a lo lejos, Camilo Sesto. ¡Un mes sin saber de ella, un mes sin oir ningún tipo de música, los transistores confiscados, prohibidos, solo el correr y descorrer de los cerrojos!



Sirenas. Destellos azules. Desbandada: hacia el parque, hacia la estación. La cogió de la mano, tiró de ella en dirección contraria a los demás, el corazón palpitante. Una carrera corta. El frenó, la retuvo, y le pasó el brazo por encima de los hombros. Y ella entendió, se le arrimó y le ciñó la cintura, como dos novios. Benditos grises.



Y luego, un poco más adelante, ni cinco minutos, se soltaron, sin decir por qué, pero sin avergonzarse de lo que habían hecho. “Estamos a salvo, hasta aquí no llegan, tranquila”. Ella se dejaba llevar. ¿No era él, como sabía ella, un estudiante que había corrido mil y una veces delante de los grises por las calles de Madrid? Se dejó llevar. Habian pasado el puente, al otro lado del rio. Y la mano de ella rozó la suya, un momento, y él la cogió, sin decir por qué tampoco, en la primera complicidad del deseo. “¿Quieres un café?” Se sentaron. Hablaron, contenidos, conteniéndose. “¿Mañana?”. “Voy a ir con mi hermana a la playa, si quieres ...”



Si, quería. ¡Oh, cómo quería que llegara mañana! ¡Cómo quería, como recordaba el abrazo, la mano cogida, una hora más tarde en casa, tumbado en la cama, iluminado solo por la brasa del cigarro, y en el cassette sonando:


 


no importaba nada
ibas a encontrarte con él
con él, con él, con él
son cinco minutos
la vida es eterna
en cinco minutos
suena la sirena
de vuelta al trabajo
y tú caminando
lo iluminas todo
los cinco minutos
te hacen florecer


 


Dos horas más tarde tocaron el timbre, fueron a por él.


 


.................


 


Un mes después. Un mes y una hora. O un mes y dos horas después. Primero llegaron a la cárcel los de Elche, seis. Había ya tres allí, del PCE: Soriano, Lillo, Miguel. Y luego, día tras día, fueron llegando los demás: de Alicante, de Murcia, de Cartagena, de la Universidad, de Uniroyal, de Aluminio Ibérico, de la ORT, del FRAP, de la HOAC, del MC, de LCR .... Treinta y siete. Dieciocho años, veinte, veintitantos, treinta, cuarenta años. Soriano tiene más de cuarenta años. Su mujer murió estando él en la cárcel, hace muchos años. 



Manuel camina por el pasillo, de lado a lado de la brigada. Hoy se ha despertado entre sobresaltado y esperanzado. Todos los dias, de estos treinta y un días, todos los días se ha levantado esperanzado, acordándose de ella y porque ellos no se acordaron de ella. Cuando salga de allí, le contará tantas cosas...! Como ése, Rafa, el que trabajaba en el matadero, que es capaz de dorrmir boca arriba con los ojos abiertos y una bombilla a tres metros de su cara. Que los chinches le han comido vivo, y que tuvo que llevar las zapatillas destalonadas porque el pie no le entraba dentro del zapato. La buscará al salir. El primer día: se clavará en la puerta de la fábrica, a las siete. Sonará la sirena y saldrán las chavalas, riendo y bromeando porque es la hora breve de la libertad hasta mañana. Y alguna de ellas se volverá y le dirá: mira, Desi, quién está ahí, te esperan. Desi, Deseada, Desirée, Amanda. Te espero. Te busco. Son cinco minutos. La vida es eterna. En cinco minutos.



Salir de allí ... Si sale de alli. Detrás de los ventanucos, altos, enrejados, se ve ya el clarear de la mañana. ¿Qué tiene que ser esperar al amanecer sabiendo que te van a matar? ¿Qué tiene que ser eso? ¿Qué pasará? ¿Qué nos pasará a todos? ¿Cuántos más morirán después de éstos? ¿Habrá que matar y morir? ¿Qué será de nosotros aquí, impotentes? ¿Por qué? ¿Por qué? Hijos de puta, por qué.


 


Llega el alba.


 


 


 


Fragmento de entrevista a luis eduardo aute

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1 de Junio de 2009 a las 12:35
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

3º en el II Certamen. Tema: música


 


EL NIÑO CARPINTERO

 http://www.youtube.com/watch?v=z8D2F29UjDc&feature=related


Sus manos pequeñas e inexpertas aferran la garlopa con un escozor de callos incipientes. Desde que la escuela fue destruida hace dos semanas, las mañanas han sido así, fatigosas y descontentas. El padre preferiría que Saleem estuviera en la calle jugando, pero hace dias que Ahmed, el mayor, falta de casa, y necesita que alguien le ayude en la carpinteria. Y en las calles, además, ahora se juega poco y se tiran piedras ...


Poco necesita un niño para distraerse de lo que le aburre. Un rumor creciente le da motivo para asomarse a la puerta. Por el fondo de la calle, tumulto, gente, y una nube de humo blanco, rugido de motores. Siente a su padre a la espalda, y se vuelve pronto para no recibir el pescozón con el que le mandará de vuelta al trabajo. Pero no, su padre está detrás de él, mirando por encima de él, adivinando más allá de él lo que ha ocurrido con Ahmed, su hermano mayor,  que ya no quiere trabajar con él en la carpintería,  y lo que va a ocurrir ahora con su casa en breves momentos.


Y la madre tambien llega corriendo, secándose las manos con el delantal, la cara crispada como un jarron de porcelana roto, a punto de gritar como un jarrón que se rompe, que se rompe en el momento en que sus oidos esclarecen el clamor de los que corren delante de los blindados y el bulldozer.


- ¡Tu casa, Yusuf! ¡Tu casa!


El niño se echa asustado en brazos de su madre Maryam. Pero Yusuf, el padre, sabe lo que hay que hacer, lo ha visto ya otras veces. Abre de par en par las dos hojas de la puerta. Grita a su esposa. Empuja al niño: "¡Vete, Saleem! ¡Vete de aquí! ¡Vete a casa de tus primos!" Y cuando llega la multitud, todos corren escaleras arribas, tiran los colchones por la ventana, arrastran los somieres, entre tres acarrean el viejo frigorífico, las mujeres arramplan la vajilla, la ropa, el ajuar.. 


Llegan los soldados, y a empujones y culatazos impiden que vuelvan a subir los que acaban de bajar. Yusuf va de soldado en soldado, sin saber quién es el jefe, y suplica tiempo, un poco de tiempo, tiempo para vaciar su casa. El niño no entiende a su padre, no entiende por qué suplica, cuando ve que su madre se agarra a las rodillas de un soldado y recibe un culatazo. Y el padre no hace nada para defenderla, solo se agacha a levantarla del suelo. No, ese no es su padre, ese que se humilla, que soporta que lo empujen, que lo golpeen con las culatas.


Y Mohamed, el mayor de la escuela, el que tiene dos hermanos mártires, coge la primera piedra y la tira. Y él coge otra y la tira. Con toda el alma. Contra los soldados, contra su padre. No seré como él. No seré como él.


 (El Niño es Padre del Hombre)


En el Vuelo 11 de American Airlines:

  a..
Mohamed Atta
  b.. Waleed al-Shehri
  c.. Wail al-Shehri
  d..
Abdulaziz al-Omari
  e.. Satam al-Suqami

En el Vuelo 175 de United Airlines:

  a.. Marwan al-Shehhi
  b.. Fayez Banihammad
  c..
Mohand al-Shehri
  d..
Hamzeh al-Ghamdi
  e.. Ahmed al-Ghamdi

En el Vuelo 77 de American Airlines:

  a..
Hani Hanjour
  b..
Yusuf al-Mihdhar
  c..
Majed Moqed
  d.. Nawaf al-Hazmi
  e..
Salem al-Hazmi

En el Vuelo 93 de United Airlines:

  a.. Ziad Jarrah
  b.. Ahmed al-Haznawi
  c.. Ahmed al-Nami
  d.. Saeed al-Ghamdi

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1 de Junio de 2009 a las 12:37
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1º en el IV Certamen. Tema: Injusticia


La de hermosas mejillas




Me canso. No es justo que nosotras dos seamos las que tenemos que acarrear agua desde la fuente. Vosotras os levantáis tarde, después de retozar toda la noche con cualquiera de los hijos del amo. No os lo reprocho, sois jóvenes. También para cargar con el cántaro.


Pero no creáis, yo también fui joven. La de hermosas mejillas me llamaban. Nuestro amo debería respetar más mis canas: yo tuve entre mis brazos al padre que él no conoció. Y por mi disputaron su padre Aquiles y Agamenón, rey de hombres.


Yo no nací esclava. Vivía en la lejana Lirneso, allende el mar -demasiado cerca de Troya- cuando los dánaos llegaron en sus negras naves. Al principio, no hicimos caso: un mes o dos de guerra, y se irán. Pero pasaron los años, y el ejército de Agamenón seguía allí, frente a Troya inexpugnable, asolando contornos cada vez más lejanos para procurarse botín, ganado, grano y mujeres.


Un día apareció Aquiles con sus mirmidones frente a las murallas. Yo tenía apenas quince años, y justo empezaba a conocer los placeres del lecho con el marido que mis padres me habían dado. Aquiles lo mató. Mató a mi padre. Mató a mis tres hermanos. Lloraba cuando me llevaban a la nave. Por ellos. Por miedo a mi destino. Y Patroclo, el escudero de Aquiles, me apartó un momento de la rehala y me preguntó mi nombre. "Briseida, eres demasiado hermosa para que Aquiles consienta que ninguno te ponga la mano encima. Piensa que te hará su legítima esposa y, cuando acabe la guerra, en esta misma nave vendrás tú con nosotros de regreso a nuestra patria, a la fértil Ftia, y allí celebraremos el banquete nupcial entre los mirmidones”


Una se hace a todo, incluso a vivir entre hombres que sólo te respetan porque saben que tu dueño es otro más poderoso que ellos. Solo Patroclo era amable. El me saludaba todas las mañanas cuando salía de la tienda de Aquiles, y me embromaba y me sonreía y hasta me acompañaba si quería pasear por la playa y mojar mis tobillos más allá de las varadas naves, negras como mi destino. Hubiera sido un marido atento y cariñoso.


Un día ... sí, dicen que fue porque Crises, el sacerdote ofendido porque Agamenón no quería devolverle a su hija, el que invocó a Apolo para que enviara la peste, y que Aquiles y Agamenón riñeron por eso. Pero antes, tiempo antes, Agamenón me había visto en la tienda de Aquiles, y yo había notado en sus ojos de borracho la codicia del deseo. Si no hubiera sido Aquiles mi dueño ...


Y Aquiles .... Lo que más me duele es que pudo haber transigido con Agamenón y resarcir al Atrida con una pequeña contribución de todos. Un poco de ganado, unos trípodes. Había de sobra por todos lados. Pero el orgullo de Aquiles le hizo rechazar la reparación que pedía Agamenon por perder a la hija de Crises. Y cuando Agamenón, crecido y colérico, insinuó primero y exigió después que yo misma fuera su compensación, Aquiles se obstinó, prefirió perderme, exhibirme ante los demás aqueos como una afrenta insufrible para él. Orgullo contra orgullo, poco le importaba en qué lecho dormiría yo esa noche.


Fue Patroclo otra vez el encargado de conducir mi triste destino de esclava, de sacarme de la tienda para entregarme a los enviados de Agamenón. "¿También se casará conmigo Agamenón?" Y Patroclo bajaba los ojos.


Sin Aquiles, los aqueos fueron de derrota en derrota. ¿Te acuerdas, Andrómaca? Fueron los momentos de gloria tu esposo Héctor. Se hartó de matar aqueos. Pero él lo hacía por ti. Tú al menos conociste un marido tan amable como valeroso. Sí, ya sé que es más duro perder algo cuando se ha tenido, que no haberlo tenido nunca. Y que luego sufriste por él cuanta humillación pueden infligir los hombres a una mujer. Pero al menos, cuando ellos te humillaban, en el fondo estaban recordando cuántas veces tuvieron que huir delante de los corceles de Héctor, cuantos amigos y camaradas suyos cayeron bajo su lanza. Sólo lamento que uno de ellos tuviera que ser Patroclo.


Hector llevó el fuego hasta las naves de los aqueos. Mi nombre era maldito entre los aqueos. Sí, Briseida, la de hermosas mejillas, maldita, por una muchacha cuántos tuvieron que morir. Y cuando todos respiraban desaliento, Patroclo se compadeció de ellos, y rogó e imploró a Aquiles para que le dejara acudir al combate con los mirmidones.


Y con su armadura. Maldita armadura, la armadura de Aquiles le revistió con el mismo empuje homicida de su dueño. Patroclo no se contuvo después de echar a los troyanos fuera del campamento, y tuvo que llegar hasta las murallas de Troya ebrio de sangre y matanza. Y cuando por cuarta vez arremetió, sin ver las señales del dios, el dios desarmó a Patroclo a los pies de Héctor, para que lo matara, para que cobrara su armadura como botín y afrentara a su dueño y así precipitar el destino de todos.


Tetis llegó a la mañana siguiente cabalgando la aurora sobre la espuma de las olas, y encontró a su hijo llorando el cadáver de Patroclo. ¿Por qué los hombres más despiadados son tiernos como niños en presencia de sus madres? ¿Por qué son tiernos en el lecho y nada más levantarse pueden herirte de la manera más cruel?


Tetis trajo una armadura nueva para Aquiles, y con ella, nuevamente, la locura homicida. Aquiles cambió su llanto por la cólera, sus lágrimas por centellas, y corriendo por la playa, daba voces de rabia convocando al combate.


¡Atrida!, qué estúpido hemos sido peleándonos por una muchacha. Ojala Artemis la hubiera matado en las naves el mismo día que asolé Lirneso.” Así decía cuando todos estaban sentados a su alrededor, como si la culpa fuera mía, y los aqueos aplaudían, unos golpeando la tierra con las picas y otros los escudos con los pomos de las espadas.


Y el borracho Agamenón, falso y perjuro, ahora se deshacía en disculpas ante Aquiles por la injusticia cometida. Aquella misma mañana, antes del combate, me devolvieron a la tienda de Aquiles. Y antes aún, delante de todos, Agamenón juró que no me había tocado. No os riáis, no. Pocos hombres habéis conocido vosotras. Con toda solemnidad, juró. Trajeron un jabalí, y Agamenón dijo su plegaria, mientras cortaba el gaznate de la bestia: “Sea testigo Zeus, el primero de los dioses, y también la Tierra, el Sol y las Erinias que castigan a los perjuros, que nunca he puesto la mano sobre la joven Briseida, ni he subido a su cama, ni he tenido unión con ella, ni por deseo de yacer ni por ningún otro motivo”. Acabar de decirlo, cogió al animal por las patas, chorreando sangre de su cuello, y volteándolo lo arrojó mar adentro.


Si lo castigaron los dioses por este juramento … Bueno, lo castigaron después por tantas cosas! Y los hombres, ¿lo creyeron? Si y no. Porque a mi me devolvieron muy bien acompañada. Y eso impresiona más que los juramentos.


Allí mismo, en el centro de la asamblea, dejaron siete trípodes, veinte calderos, doce caballos. Y mujeres, yo y siete más, siete jóvenes como yo. Y oro, mucho oro. Diez talentos. Todo para Aquiles. ¿No estás dispuesto a creerte un juramento tan persuasivo?


Pero lo peor fue llegar a la tienda y ver el cadáver de Patroclo, sus rizos morenos que todavía no habían lavado, sucios de sangre y de polvo, aquellos rizos morenos que yo a veces apartaba de su frente con mis dedos cuando nadie nos veía. Las heridas negras de sangre seca, su vientre alanceado ... Allí caí yo abrazada a él, llorando. “Patroclo, te dejé vivo cuando salía de esta tienda, y te encuentro muerto ahora que regreso. Desgracia tras desgracia, tú eres la última. Tú, el más dulce de los hombres, ahora estás muerto.”


Y conmigo rompieron a llorar las otras muchachas. Ellas no habían conocido a Patroclo, pero tenían motivos de sobra para llorar por ellas mismas.


Maldito sea, Tetis. el fruto de tu vientre.

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1 de Junio de 2009 a las 13:04
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1º en el VII Certamen. Tema: Lascivia


La de lascivas mejillas 



Me canso. Tanto hablar...


Me casé con dieciocho años. Pablo me llevaba diez. Ya sé que ahora aparenta treinta más que yo, pero entiéndalo, en su estado...


Era un buen partido. Un triunfador que había arrancado como meritorio en Arthur Andersen, luego controller en una multinacional. Después del periodo de formación en Manchester, había trabajado en Brasil, en Liberia, en Méjico. Se casó conmigo a la vez que aceptaba el puesto de Director Financiero en la empresa que Vd. tan bien conoce. Creo que yo formaba parte del lote, como el coche de empresa.


Los primeros años... ¡Qué le podría decir una mocita que había llegado virgen, si no al matrimonio, al menos a sus manos. El exceso de una carrera fulgurante, el dinero entrando a raudales, viajes, mucha vida social con la crema de los negocios… Podría decir que fui feliz entonces? Diría que creía estar en el camino de la felicidad.


Pablo nunca ha tenido amigos. Pero sí mucha gente pendiente de él. Ellos le habrán dicho cuán exquisito era con todo. En el trabajo, su control obsesivo de los detalles, la finura y elegancia de sus soluciones. Como componía su figura, impecablemente vestida y peinada. Su gusto gastronómico. El, que podía alardear de haber probado la cocina de medio mundo, los platos más exóticos y los más repugnantes, sabía demasiado de comida para que le deslumbraran los soufflés y las cremas de diseño, el plato grande y decorado, y el camarero pomposo. Era demasiado sibarita para que le engañara el falso lujo.


¿Lascivo? Sí, lo era. Mucho. Pero se sonreirá Vd. si le digo que él siempre empezaba acariciándome las mejillas muy despacio con la punta de los dedos.


Al cabo de los años, pasó lo obvio. Si de aquellas inversiones suyas en coños ajenos me hubiera llegado a mí algo de los réditos... Al contrario. Empezó a frecuentarme cada vez menos. Y si yo, al menos, hubiera podido llevar mi propia vida, discretamente... Pablo era más que celoso. Rencoroso, vengativo. Con Ignacio no llegó a ocurrir nada serio. Su misma timidez le delató ante Pablo. No bastó que dejara la empresa. Pablo movió hilos para que no encontrara trabajo en ninguna empresa decente. Tuvo que marchar a Barcelona.


Fueron diez años de cárcel dorada. La doncella, que supuestamente acataba mis órdenes, estaba en realidad a las suyas. Yo no manejaba más dinero en efectivo que el que él me escatimaba, y todos mis pasos dejaban huellas en la tarjeta de crédito para que él las siguiera. Sé conducir, o sabía.  Llegué a olvidarlo. Sólo el chófer podía llevarme en mi propio coche. Chófer que, por supuesto, “reportaba” a Pablo, como él decía en su jerga de controller.


Me aterraba forzar la separación, y Pablo lo sabía. Todos los flecos económicos de un posible divorcio los había previsto él mucho mejor de lo que yo, su pobre mujer ignorante de los negocios, podría siquiera adivinar. Me tenía atada al lecho conyugal con cadena de plata, para usar de mi cada vez más de tarde en tarde, y lucirme en cualquiera de las ocasiones a las que su cargo le obligaba a acudir con su esposa. Entré en barrena, empecé a ir de médico en médico, estuve a punto de volverme loca.


Cuando la Policía avisó del accidente de madrugada, no me extrañó que no estuviera en el supuesto viaje de negocios, ni que fuera acompañado. Tiempo ha que yo había renunciado a intentar pillarle sus mentiras. Nadie se explicaba el accidente. Era tal su obsesión por controlar, que conducía siempre por debajo de los límites de velocidad, porque no confiaba en lo que pudiera hacerle una máquina.


Fue un escándalo. La chica que lo acompañaba se casaba un mes más tarde con Daniel, otro “colaborador” suyo, como le gustaba decir a Pablo.


Cuando lo vi postrado, cuando me dijeron que nunca sería nada más que un ficus, dudé si aceptar aquella carga, si sería capaz de sacrificar mi vida a un hombre al que había temido y al que odiaba. Cualquiera de su familia lo hubiera recogido. Había dinero suficiente de por medio, patrimonio, seguros. Pero ahora todo es mío. El y su dinero.


¿Lo ve Vd.? Mueve los ojos. Nos oye. ¿Si nos entiende? Sí, nos entiende. Por lo menos a mí. Yo lo sé todo de él. Qué papilla le gusta y cuál no. Si tiene frío o calor. Si se le ha irritado el culo. Es como un tamagochi un poco grande. Ahora mismo, sé que le molesta este rayo de sol en los ojos. Siempre ha sido muy sensible a la luz. Pero no le voy a poner las gafas. No es bueno conceder todos los caprichos.


Su vida sexual sigue siendo interesante. Al principio, cuando me informaron los médicos, no presté atención: no me importaba nada. Pero luego me informé bien. Es… un poco rara. Se excita, pero sólo a nivel central, cerebral. Muy propio de una persona tan inteligente como él. Sin erecciones.  Sus eyaculaciones son del tipo hawaiano, como los volcanes esos, por rebose. Al cambiarle el pañal, se nota a veces, además de los orines, otra mancha blanquecina. Incluso alguna vez he apreciado que le gotea la puntita de esa cosita que le ha quedado.


Al mes del accidente le di el pésame al novio del la chica. No me disculpé por lo que había hecho Pablo. Ni el chico me reprochó nada, claro. Nos hicimos amigos. Un día lo invité a casa. Fue un impulso mío, y él aceptó. No era mi intención que viera a Pablo. Pero quizás si era la suya. Fue un momento... Se plantó delante de él, sin decirle nada, mirándole. Pablo quería eludir su mirada, pero sólo podía volver los ojos o cerrarlos. Me acerqué al chico, sólo quería apartarlo de la silla de ruedas. Pero él estaba como clavado. Y, al tratar de empujarle, empecé a consolarle, a acariciarle, a besarle. El respondía a mis besos mientras miraba a Pablo, y Pablo nos miraba a nosotros con ojos desorbitados. Así fue la primera vez. Acabamos en la cama, follando con saña, y a él lo pusimos en un lado, mirándonos a nosotros y con un espejo al otro lado.


Aquello se repitió más veces, hasta que al chico le hastió el encarnizamiento con el que yo me ofrecía como objeto de su venganza sobre Pablo. Rehizo su vida. Yo no. Reconozco que he hecho vicio.


Primero instalé un cristal de esos que sólo se ve en la dirección donde hay más luz. Hace algún tiempo lo sustituí por cuatro cámaras que graban todo y lo replican en un monitor en la otra habitación. Porque no a todos mis “amigos” les apetece sentirse observado por este ficus con ojos.  Pero a la mayoría les pone. Sobre todo, si lo han conocido antes del accidente.


Localicé a Ignacio, aquel exiliado de su rencor. Sólo lo hicimos una vez. Cuando le enseñé -después- la otra habitación, y la silla de ruedas con Pablo frente al cristal, me rechazó como quien vomita una comida repugnante que le ha sabido deliciosa. Ignacio no es un hombre para mi. Ya no. Quizás por eso Pablo se ensañó con él: porque por él, quizás sí que me hubiera atrevido entonces a romper mis ataduras de terciopelo.


Y después de Ignacio, pasaron por mi cama todos sus amigos y subordinados. Cuando llegan a casa, yo le digo a Pablo: “Cariño, ¿a que no sabes quién ha venido a vernos?” Y delante de él, cojo una mano del visitante y la llevo a mis mejillas. Después nos metemos en la cama del polipasto ¡Si vieras que usos se le pueden dar a un polipasto para minusválidos! ¿Sabes lo que puede ser un sesenta y nueve en ingravidez? Tengo un pequeño guión con las posiciones que practicamos delante de las cámaras. Después, reviso las grabaciones con Pablo delante para comprobar que han salido bien, y mejorarlas si procede. Vivo para sus ojos.


Los nuevos amigos los selecciono con criterios que él compartiría. Y se los presento. Y luego le pregunto qué le ha parecido su “actuación”.


No, no sufre. Yo soy como él. Vivo por él lo que a él le gustaría. Sé que le hubieran encantado estos juegos. Me lo dicen sus pañales. Soy feliz.

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2 de Julio de 2009 a las 18:06
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

III CERTAMEN

PRIMER PUESTO

FUE EN AQUEL MOMENTO
de Juan Carlos Boíza López

Fue en aquel momento, mientras miraba estúpidamente un monitor de ordenador que mostraba cada una de las habitaciones de mi casa, cuando supe que no aguantaba más. Estaba allí, observando como un supuesto experto en el más allá intentaba arreglar mi vida con artilugios sacados de una mala película americana. Era un hombre pequeño, menudo, que se afanaba en escrudiñar el monitor, parando tan sólo de vez en cuando, para tomar un sorbo del café más cargado y maloliente que he visto en toda mi vida.

- ¡Ahí lo tenemos¡ - exclamó emocionado, señalando con el índice un rectángulo de la pantalla, que mostraba mi dormitorio envuelto en las sombras de la noche.

Un pequeño fulgor blanquecino empezaba a tomar forma justo encima de la cama de matrimonio. Sentí nauseas al verlo adquirir la forma de un ser humano, que parecía flotar burlonamente sobre las sábanas revueltas del lecho. Pensé en mi mujer y en como esa cosa la había estado poseyendo, noche tras noche, haciéndole gritar con desesperación, al sentir como manos invisibles manoseaban sus pechos e introducían sus dedos incorpóreos entre sus nalgas expuestas. Yo me despertaba asustado por sus gritos, y le decía, como un estúpido, que sólo había sido una pesadilla.

Después fue mi hija la que empezó a tener problemas. Siempre había sido una alumna brillante y una niña muy tranquila, sin embargo, empezó a volverse irascible y sus notas cayeron en un pozo sin fondo. Su tutora me llamó para advertirme de su repentina transformación y yo sólo supe decir que era una fase difícil de su infancia. 
Me negaba a ver las evidencias delante de mis ojos. Ni siquiera, cuando mi mujer se despertaba gritando en medio de la noche, o mi hija venía a nuestra habitación, encharcada en sudor y suplicando que la dejásemos dormir con nosotros, fui capaz de admitir que algo estaba interfiriendo con nuestras vidas; algo ajeno y maligno.

Una noche volví tarde del trabajo. Estaba cansado y enfadado de pelearme con un balance de cuentas que se negaba a cuadrar, por lo que decidí ir a la cocina y relajarme, tomando una infusión antes de dormir. Me acerque a la cocina, sin encender las luces, para no despertar a mi mujer y mi hija, y fue entonces cuando lo vi. Al principio no supe de qué se trataba, tan solo percibí una silueta fugaz en el espejo del pasillo, que  me hizo girar la cabeza.  Detrás de mí, algo surgió de las sombras, casi como si estuviese hecho de un desgarro de la misma oscuridad; parecía un hombre. Sus facciones, negras como la noche misma, mostraban un odio profundo que retorcía sus rasgos de forma grotesca. Perdí la respiración y caí de espaldas, sin poderlo evitar, mientras esa cosa se precipitaba sobre mí. Sólo fue un instante, pero noté como mis entrañas ardían al ser atravesado por la incorpórea figura. El dolor y la impresión fueron tan grandes, que quedé inconsciente hasta la mañana siguiente, en que mi mujer me encontró tendido en medio del pasillo.

Después de aquello, ya no pude negar por más tiempo lo que estaba sucediendo; comprendí que todo lo que mi mujer y mi hija llevaban meses contándome era cierto. Pero ya era demasiado tarde, mi matrimonio estaba herido de muerte. Leía el desprecio de mi mujer en su mirada cada día, incapaz de perdonarme que no hubiese creído en ella, dejándola impotente en manos de aquella abominación, noche tras noche. 

Decidí acudir al sacerdote de la parroquia, confiando en que con su intervención las cosas mejorarían. Cuando le conté lo que nos estaba ocurriendo, el religioso me miró con sorpresa e incredulidad. Después de implorarle ayuda, como no lo había hecho nunca con nadie, accedió a regañadientes a bendecir nuestra casa, e intentar así expulsar cualquier presencia maligna que pudiese haber. No funcionó. El sacerdote realizó su número exorcista, arrojando agua bendita en cada habitación, a  la vez que entonaba una serie de salmos extraídos de la Biblia, pero la presencia que nos atormentaba siguió allí, burlándose de nosotros noche tras noche. 

Un día mi mujer me dijo que no lo soportaba más y, cogiendo a mi hija, se fue de casa sin darme ni siquiera opción a protestar. Cuando se subió al coche, en la  tristeza y decepción de su última mirada, comprendí que nunca volvería a estar a mi lado. A pesar de todo, yo no estaba dispuesto a ceder e irme también; aquel era mi hogar y me había costado demasiado levantarlo, para dejármelo arrebatar por nadie ni por nada.

Me obsesioné, consulté con expertos, leí libros y acudí a conferencias. Probé toda clase de rituales y ceremonias, pero la entidad siguió allí, haciéndose, con cada victoria suya y derrota mía, más y más fuerte. Cada noche me despertaban sus pasos, gritos y burlas. En varias ocasiones se presentó en mi propia habitación, torturándome con su presencia y arrojando muebles y utensilios contra las paredes. Podía sentir su odio y desprecio impregnando cada esquina de mi hogar.

Una mañana recibí una carta de mi empresa; era el despido. Acababa de pedir un permiso para buscar a un nuevo experto que pudiese ayudarme y eso colmó el vaso. Aquello, en lugar de hacerme comprender que lo mejor era abandonar mi obsesión, incrementó mi rabia y determinación, por lo que decidí utilizar todos mis recursos en contratar a un equipo de científicos especializados en lo sobrenatural, que acabasen, de una vez por todas, con la monstruosidad que se había apoderado de mi vida.

Sin embargo, ahora, mientras observaba, en el monitor que con su mosaico de imágenes cuadriculadas parecía burlarse del rompecabezas en que mi mundo se había convertido, como la odiosa figura se corporeizaba una vez más, para continuar su eterna burla de todo lo que para mí era sagrado, algo se rompió en mi interior definitivamente.

El parapsicólogo que estudiaba el fenómeno se volvió hacia mí sonriendo.

- ¡Es maravilloso! – exclamó.

Aquello fue demasiado para mí. Aquel hombrecillo sentía admiración por el monstruo que había estado destrozado mi mundo hasta convertirlo en un lodazal irreconocible. ¡Sentía admiración! Me acerqué a él y le propiné un puñetazo que le hizo caer de bruces en el suelo de la habitación. En otra época le hubiese ayudado a levantarse, disculpándome de inmediato, pero, en lugar de eso, le pedí a agritos que abandonase de inmediato mi casa. El pobre tipo salió corriendo a trompicones, asustado y sin comprender nada.

Entonces supe por fin lo que tenía que hacer para acabar con aquella pesadilla. Fui a mi habitación e, ignorando al espectro, abrí inmediatamente la cómoda, donde guardaba una pequeña escopeta de cañones recortados. Extraje dos cartuchos del cajón y los introduje en la recamara. Sin pensarlo, apoyé el cañón del arma en mi barbilla y apreté el gatillo. Ni siquiera oí el ruido del disparo, sólo me desplomé en el suelo. Lo último que vi fue como una mancha de sangre goteaba en el techo de la habitación. Todo se volvió rojo….
………………………
Lo primero que vi al despertar fue mi propio cuerpo tendido a mis pies y empapado en sangre; no sentí nada por él, ni siquiera curiosidad. No había olores, no había sonidos, no había sensaciones, todo era un vacío en mi interior. Sólo una cosa permanecía inalterada y animaba mis movimientos; mi odio. 

Me giré hacia el lecho. El espectro que me había atormentado, me miraba desde allí. Sus rasgos ya no me parecieron tan grotescos y repulsivos, tan sólo despreciables. Sentí como la ira se apoderaba de mí. Por primera vez vi el miedo pintado en su rostro, el mismo miedo que debía haber visto, en mí y en mi familia, durante tanto tiempo. Me arroje sobre él con la velocidad de un pensamiento y la furia de un animal. Intentó defenderse, pero mi odio era mucho mayor que el suyo. Sentí como intentaba agarrarse a los últimos restos de arrogancia y maldad de sus ser para mantener su integridad, pero mi dolor, desprecio y odio feroz, le barrieron de la existencia, disgregando su esencia a mi paso, como la arena ante el viento. 

Ahora, mi hogar vuelve a ser mío y ya no habrá vivo o muerto que vuelva a violarlo y arrebatármelo nunca más. Sólo siento que, aunque he recuperado mi hogar, nunca recuperaré mi vida.

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jcboiza

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2 de Julio de 2009 a las 18:08
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

I CERTAMEN

2º PUESTO

El extraño caso de Wesley Key
de Juan Carlos Boíza López

Aunque para muchos la historia de Wesley Key es una simple leyenda urbana, una de esas historias que alguien ha oído de alguien que dice ser amigo de alguien que le conoció, lo cierto es que, por extraño que parezca, sucedió realmente.

Wesley vino al mundo en un bloque envejecido de pisos de Bay Ridge, entre los vapores de la ginebra con la que una vieja comadrona le limpió las heridas del cordón umbilical. He llagado a pensar que aquellos efluvios etílicos, que envolvieron su cerebro sin formar, fueron los que a la postre determinaron su extraño destino.

Yo le conocí años después, cuando mi padre perdió su empleo en Manhattan y tuvimos que trasladarnos. Fue el día en que hicimos la mudanza, estaba sentado en las escaleras de mi futura vivienda jugando con una pelota mugrienta observándonos desempacar.  Recuerdo que me llamó poderosamente la atención la sincera y amplia sonrisa con la que nos recibió, en la que ya faltaban las palas y colmillos superiores. Cuando nos hicimos amigos, me contó que había perdido los dientes en una apuesta. Se había empeñado en que era capaz de abrir una botella de cerveza con los dientes. Lo que no sabía es que habían pegado la chapa. Cuando Wesley se dio cuenta de que le habían tomado el pelo, no se dio por vencido y, al final, acabó con veinte dólares en el bolsillo y los dientes superiores fatalmente dañados.

Sus primeros problemas con el alcohol empezaron cuando su padre murió en un accidente en los muelles. El seguro a penas cubrió los gastos del entierro, por lo que su madre tuvo que trabajar durante todo el día. Wesley, con apenas catorce años, se vio obligado a abandonar el colegio y a empezar a repartir periódicos.  En Brooklyn y en pleno invierno repartiendo diarios por las esquinas, la única manera que encontró para combatir el frío fueron las viejas botellas de ginebra que su padre guardaba en casa.

Siempre me lo encontraba en la esquina de la calle, con su sonrisa desdentada y burlona y el bulto de una pequeña petaca bajo su desgastada chaquetilla de franela. Al acabarse la ginebra, pasó al whiskey barato que le vendían a granel en las bodegas de los hermanos  Cowen,  dos inmigrantes irlandeses con pocos escrúpulos para sar alcohol a menores. Con dieciséis años conocía ya todos los bares y tabernas de Brooklyn. Sin embargo, a pesar de haberle visto beber una y otra vez, día tras días, jamás le había visto borracho. Era como si las bebidas no tuviesen efecto alguno sobre él.

Recuerdo especialmente el día en que los Brooklyn Dodgers  consiguieron derrotar a los Yanquis de Nueva York y ganar la Liga Mayor de Béisbol. Todos los jóvenes de Brooklyn salimos a las calles a celebrarlo y, aunque Wesley bebió sin parar durante toda la noche,  cuando las luces del nuevo día despuntaron, él seguía tan fresco como una lechuga, mientras la mayoría de nosotros estábamos embriagados o inconscientes

Ni siquiera cuando Betty Langrage, la única mujer de la que fue capaz de enamorarse, murió atropellada por un conductor ebrio, Wesley fue capaz de emborracharse. Bebió y bebió durante días, pero jamás le vi mostrar el menor signo de que el alcohol le estuviese afectando.

Una vez le pregunté por qué bebía de aquella manera, si no era capaz de emborracharse, ni siquiera de alegrarse con una copa; “Porque tengo la esperanza de que alguna vez el alcohol consiga borrar de mi vida todo lo que me ha salido mal” me respondió.

Poco a poco, su inusual inmunidad al alcohol fue convirtiéndole en toda una celebridad. Le apodaron Whiskey, haciendo un desafortunado juego de palabras con su nombre, y los retos en bares o tabernas empezaron a sucederse. Todo el mundo quería saber hasta dónde era capaz de llegar, pero el resultado era siempre el mismo: su oponente derrumbado, incapaz de levantarse del asiento por sí mismo y Weley, pidiendo una copa más.

Por eso, cuando un nuevo local en Williammsburg anunció que ofrecería, a todo el que acudiese el día de su inauguración, cuanto alcohol fuese capaz de consumir, fuimos muchos los que pensamos que Wesley no se perdería la oportunidad de demostrar una vez más su peculiar habilidad.

El día de la inauguración había cientos de personas apretujándose en la puerta del local. Pensé que no podría entrar y estaba a punto de irme, cuando divisé a Wesly junto a la entrada. Con una mano me hizo un gesto para que le acompañase al interior. Cuando llegué a su altura me comentó en voz baja “hoy puedo conseguirlo, por una vez no tendré que preocuparme por el dinero”. Intenté persuadirle, pero su decisión era inquebrantable, así que decidí acompañarle al interior.

En una mesa habían preparado varias botellas de whiskey y un hombre, cuya corpulencia frente a la fragilidad física de Wesley parecía presagiar una dura contienda, esperaba ansioso mostrando un fajo de cien dólares en su mano. Wesley depósito otros cien dólares para cubrir la apuesta y se sentó frente a él. Los pequeños vasos de Whiskey empezaron a desaparecer uno tras otro, mientras ambos hombres bebían por turnos. El duelo duró más de una hora, hasta que finalmente el grueso oponente de Wesley, que apenas era ya capaz de levantar su bebida, rechazó la nueva ronda incapaz de continuar. Hicieron falta tres hombres para ayudarle a salir de local.

Creía que allí acabaría todo, pero Wesly  no pensaba igual. Ante el asombro general, juntó todo el dinero ganado y lo puso en la mesa, repitiendo la apuesta. Aquello me asustó; Wesley había bebido casi dos botellas de whisley y continuar me parecía demasiado peligroso. Intenté convencerle de que abandonase, pero se limitó a reír, mirándome con una extraña expresión de seguridad que no supe interpretar. Intenté levantarle por la fuerza, pero rápidamente dos matones del local me sujetaron por los brazos impidiéndome moverme.

El duelo se repitió no una sino tres veces más, ante mi mirada horrorizada y la fascinación asombrada del público. Nadie era capaz de comprender como aquel pequeño cuerpo podía soportar tan increíble castigo sin mostrar signo alguno de embriaguez.

Cuando el cuarto hombre tuvo que ser retirado entre vómitos, Wesley me miró de nuevo y puedo jurar que aquella mirada fue la más clara y limpia que le vi jamás. Su serenidad era increíble. Con un gesto de la mano dio por terminadas las apuestas y se levantó, recogiendo todas sus ganancias. Después se acercó hasta mí, pidiendo que me soltasen.

Me miró sonriendo e introdujo el dinero en el bolsillo de mi chaqueta, susurrándome al oído: “No lo necesito, por fin lo he conseguido”.  Cuando, confundido, intenté impedir que introdujese aquel montón de dólares apretujado en mi bolsillo, el tacto de su piel me hizo asustarme de tal manera, que di un paso hacia atrás tambaleándome. Su mano estaba húmeda, resbaladiza y era extrañamente flexible, tuve la seguridad de que algo horrible le estaba pasando. Wesly dio un paso atrás  sonriendo de nuevo. No puedo explicar el espanto que sentí, al ver su dentadura completa milagrosamente.

Todas las personas que estaban en el bar se dieron cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. El silencio era sepulcral. Poco a poco se fueron alejando, apretujándose en los límites del local pero incapaces de abandonarlo, como si presintiesen que, aunque horrible, lo que estaba ocurriendo era algo fascinante que debían presenciar.

Wesley  cerró los ojos y eso fue el principio. Sus rasgos empezaron a diluirse, como si su rostro no fuese más que una máscara de cera a punto de derretirse. Su piel comenzó a volverse traslúcida, a la vez que todo su cuerpo empezaba a contraerse. Ante los ojos atónitos de todos los que estábamos allí, Wesley Key fue perdiendo coherencia física a medida que su cuerpo se diluía. En apenas unos minutos, lo único que quedaba de él era un charco de líquido transparente y un montón de ropa empapada.

No hace falta decir que se formó un gran escándalo cuando la gente completamente espantada abandonó el local, unos gritando y otros totalmente descompuestos ante el horrible espectáculo. Cuando la policía llegó, lo único que pudo certificar era que había un charco de whiskey y un montón de ropa en medio del local.

En los periódicos se dijo de todo, desde que se había tratado de una alucinación colectiva, hasta que la bebida estaba adulterada con algún alucinógeno que produjo el pánico general. El local, del que ya nadie recuerda el nombre, fue cerrado y en su lugar se construyó una torre de apartamentos.

Hoy en día, Wesley Key se ha convertido en un mito, pero yo sé que fue alguien real. Por eso, cuando alguien en tono de burla me cuenta la leyenda de un hombre llamado Whiskey, me levantó y saco de un cajón de mi habitación, un pequeño fajo de dólares, en el que existe una extraña huella dibujada, la huella de una mano húmeda que, aún hoy, huele terriblemente a whiskey barato.

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2 de Julio de 2009 a las 18:29
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

V CERTAMEN

2º PUESTO

LA GRUTA DE LA MUERTE
de Juan Carlos Boíza López


Estaba enfrascada en la jarra de cerveza que me pagaba un viejo comerciante de telas, cuando capté algunas frases de una conversación en una mesa cercana.

- ¿Y nadie ha vuelto con vida? – preguntó un enorme norteño.

- Han sido muchos los que han bajado a las entrañas de la Gruta de la Muerte, pero ninguno ha vuelto. Según una leyenda anterior al hundimiento de Lemuria, es la morada de la misma muerte y sólo quién venza su frío abrazo podrá conseguir su tesoro. 

El bárbaro apuró el contenido de su jarra de barro, para luego estrellarla sobre la mesa de madera rompiéndola en mil pedazos.

- No temo a la muerte, durante muchos años he mandado a su morada a cientos de guerreros, magos y hasta algunos reyes imprudentes que quisieron doblegar mi espíritu – bramó con fuerza mientras se incorporaba –. Yo robaré su tesoro. 

La bravuconería de aquel extranjero podía suponer una buena ocasión para conseguir algunas ganancias fáciles, por lo que me desprendí de mi acompañante, inconsciente por el efecto de la esencia de loto negro que había vertido en su bebida y, no sin antes librarle del molesto peso de su bolsa de monedas, salí tras el hombre del norte.

Le seguí hasta las afueras del pueblo, procurando esconderme en las sombras. Aunque se decía de los norteños que eran ágiles y esquivos como las fieras de la jungla, pude seguirle sin dificultad hasta la Gruta de la Muerte, una oscura oquedad en la montaña, a la que nadie se atrevía a acercarse.

Le perdí de vista sólo por un instante y al siguiente tenía una hoja acerada y pulida amenazando mi garganta.

- ¡Así que eres tú la que me estaba siguiendo!

El bárbaro se encontraba sobre mí observándome. Hasta entonces no me había fijado en su aspecto; sus ojos azules guardaban la fiereza del león y su melena negra le daba un aspecto salvaje y amenazador. Ya no me parecía un bruto sino un peligroso y avezado guerrero.

- Te he visto emborrachar y robar a comerciantes incautos en las tabernas, chiquilla, pero no deberías intentar tus malas artes con un norteño. Podría haberte cortado el cuello antes de ver que sólo eras una niña.

- ¡No soy una niña! – repliqué indignada – Soy la mejor ladrona de todo Shadizar.

- Sólo cuando hayas robado a reyes y a magos, hayas vencido a sus bestias y demonios y les hayas despojado de sus tesoros y concubinas, serás una auténtica ladrona. Hasta entonces, sólo eres una pequeña ardilla fanfarrona. – se burló -. ¿Pensabas robarme si caía borracho en medio del bosque o querías ver si conseguía el tesoro y distraerme algunas joyas entonces?

- No quería robarte – me excusé -. Iba a ofrecerte mis favores si conseguías salir rico de la cueva.

El bárbaro me miró de arriba abajo y luego soltó una sonora carcajada.

- Aún te faltan algunos años y unos cuantos kilos para que esos frágiles huesos tuyos puedan atraerme, ardilla.

- Soy una mujer y tan buena o mejor ladrona que tú – replique de nuevo con descaro.

- Si tan segura estás, ven conmigo a robar a la muerte su tesoro y quizá después te mire con otros ojos.

Accedí, muerta de miedo, sólo para demostrar mi valor al impertinente norteño que con tanto desprecio me trataba.

Al llegar a la gruta, el bárbaro improvisó dos antorchas con las ramas de un roble cercano. Cuando me disponía a entrar en la cueva, me sujetó por el hombro forzándome a retroceder. De una bolsa de cuero atada a su cintura extrajo un pequeño ratón de campo, que me pidió que sujetase.

- ¿Nadie te ha explicado los peligros que esconden las entrañas de la tierra? – me preguntó – El diablo suele proteger sus dominios con humores capaces de matar a un hombre antes de que pueda percibirlos. Ese ratón es nuestro salvoconducto. Si ves que deja de moverse, avísame y saldremos al instante.

Comenzamos el descenso con cuidado, guiados por la mortecina luz de las antorchas y el chillido inquieto del roedor que llevaba en mi mano. Descendimos sin parar entre piedras y peñascos, avanzando lentamente, pues el terreno era húmedo y resbaladizo.

Al cabo de una hora llegamos a una gran sala escavada en la roca. En su interior, brillaba un lago de aguas cristalinas. Iba a comentar algo sobre la belleza de aquel lugar, cuando el bárbaro me tapó la boca, obligándome a escuchar. Un extraño chapoteo resonaba en las aguas.

El norteño se acercó al lago, iluminándolo. Al otro lado se adivinaba una abertura por donde continuaba el camino. El bárbaro arrojó con fuerza su antorcha a la orilla opuesta, mientras extraía de su cintura un enorme cuchillo plateado, que sujetó a continuación entre sus dientes. Después, se introdujo lentamente en las frías aguas del lago. Fue entonces cuando apareció la bestia. Era una mezcla de serpiente y cocodrilo de dimensiones colosales. Se arrojó sobre el norteño como una exhalación, enroscando su cuerpo escamado a su alrededor y empezando a presionar brutalmente.

Me disponía a salir corriendo y volver como pudiera a la superficie, cuando me di cuenta de que el bárbaro aguantaba la embestida y conseguía empuñar su cuchillo. Con precisión y sangre fría, logró clavar el arma en uno de los ojos del extraño animal, que lanzó un bramido escalofriante como respuesta. La bestia relajó su presa y el bárbaro aprovechó para terminar su trabajo, hundiendo el arma hasta la empuñadora. El monstruo se agitó presa de estertores mortales, arrojando al norteño a la orilla.

El bárbaro se incorporó, a tiempo de ver como el cuerpo del animal desaparecía tragado por las aguas. Su ropa estaba rasgada y pude ver su torso poblado de cicatrices de mil batallas. Me miró sonriendo, mientras limpiaba la sangre fresca de la bestia que cubría su rostro. Con un gesto, me pidió que cruzase el lago para reunirme con él.

Nadé con miedo, sujetando como pude el ratón y la antorcha en alto. Aunque el temor me hacía temblar más que las ensangrentadas y heladas aguas del lago, la presencia del bárbaro me confortaba. Al llegar junto a él, reiniciamos el descenso, pero esta vez nos vimos interrumpidos de inmediato por la aparición de una figura femenina, completamente vestida de negro y con el rostro cubierto por una capucha que ocultaba sus rasgos.

- ¿Quién eres tú que has vencido al guardián y turbas mi morada? – preguntó dirigiéndose al bárbaro.

- Soy guerrero y ladrón y vengo a reclamar el tesoro que guardas.

- ¿Y qué harás para conseguirlo guerrero? Lucharás conmigo como hiciste con el guardián. ¿Crees que tu espada y la fuerza de tu brazo serán suficientes para vencer a quien ha visto durante eones caer bajo su manto a ejércitos y dinastías?

Me sentí desfallecer y a punto estuve de dar de bruces en el suelo, del terror que sentí, al darme cuenta de que estábamos frente a la parca y que la leyenda era cierta. El bárbaro observaba la figura sin temor y entonces hizo algo que heló mi sangre en las venas.

- Te he visto cientos de veces en el campo de batalla y tu abrazo no es de guerrero sino de doncella. No traes dolor al caído sino consuelo y redención – respondió el bárbaro, acercándose con firmeza a la figura y fundiéndose con ella en un beso de amor. 

Intenté ver el rostro de la muerte, pero sólo pude atisbar una enorme negrura, que parecía envolver los labios del norteño, antes de desmayarme.

Cuando desperté, un cielo estrellado cubría el cielo sobre mi cabeza y el bárbaro estaba a mi lado sonriendo complacido.

- ¿No hemos muerto? – pregunté absurdamente.

- No – me respondió con sorna -. Hemos vencido a la muerte y hemos ganado su tesoro.

- ¿Dónde? – pregunté incorporándome, y mirando a mi alrededor en busca de joyas y monedas de oro.

- No busques en bolsas, mira a tu alrededor. En las estrellas y en las luces de Shadizar, que brillan con su promesa de jóvenes doncellas, robos, peleas y borracheras, es donde se encuentra el único tesoro ¿Qué joya es más valiosa que el regalo de la vida? - me dijo el norteño riendo a carcajadas – ¡Vamos! Aún es temprano y tengo un hambre voraz. Veamos si podemos poner un poco de carne en esos huesos tuyos de ardilla.

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2 de Julio de 2009 a las 18:37
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

X CERTAMEN

TERCER PUESTO

María Sin Nombre
de Juan Carlos Boíza López

Aunque llevaba trabajando como enfermera en el hospital más de cinco años, nada me había preparado para lo que me esperaba en la sala de urgencias. Se trataba de una niña de no más de siete u ocho años, en cuyos rasgos se dibujaban las huellas del síndrome de Down. La pequeña miraba con ojos asustados a su alrededor, inconsciente del terrible estado de su cuerpo. La sangre corría sobre su rostro desde una herida punzante, que algún golpe brutal le había producido en pleno cráneo y en sus brazos se alternaban cortes profundos y crueles quemaduras. No pude evitar recordar como mi padre apagaba sus cigarrillos en mis brazos, como castigo por haber sacado algún suspenso, mientras mi madre apartaba la mirada. 

Reprimiendo la angustia que sentía ante la saña y brutalidad con la que aquel pequeño cuerpo había sido maltratado, limpié sus heridas, hasta que la introdujeron en el quirófano, donde manos expertas se hicieron cargo de ella.

Al llegar a casa, no podía olvidar la mirada indefensa de aquella pobre niña, por lo que, a la mañana siguiente, lo primero que hice fue preguntar por la pequeña.

- ¡Pobrecilla! – exclamó la jefa de enfermería - ¿Te diste cuenta de que tenía Síndrome de Down?

- Claro– contesté impaciente –, pero ¿cómo está?

- Parece que se recuperará, aunque aún están haciéndole pruebas. Lo malo van a ser las secuelas; no recuerda nada y, en su condición, no parece fácil que recupere la memoria.

- ¿Y su familia?

- ¿Familia? ¿No has leído los periódicos? La encontraron en una cuneta de la carretera y nadie ha denunciado su desaparición. La policía cree que fue su propia familia la que la arrojó desde un coche en marcha.
- ¡Pero eso es monstruoso! – exclamé horrorizada.

- Sí, lo es – contestó la enfermera, bajando la mirada -. Algunas personas no aceptan tener hijos como ella y los apartan, tratándolos como animales o dejándoles morir.

Pasé el resto del día con el estómago revuelto y, esa misma tarde, pedí el traslado inmediato a cuidados intensivos. Sentía que mi deber era intentar ayudar a aquella pequeña.

Al día siguiente, pude, por fin, acudir a donde estaba ingresada la niña. La encontré mejor de lo que esperaba; aunque estaba conectada a una unidad de monitorización y lucía un aparatoso vendaje en la cabeza, no le habían puesto ventilación asistida. Un doctor estaba examinándola.

Al consultar el historial, me llamó la atención el texto que aparecía en la cabecera: “Sin Nombre”.

- ¿Y esto? – pregunté al doctor.

- Nadie sabe cómo se llama – repuso, levantando los hombros.

- Mi madre decía que todas las mujeres eran Marías – exclamé –, mientras con mi bolígrafo añadía delante: “María”. 

Cuando el doctor abandonó la habitación, me acerque a la pequeña. Se había quedado profundamente dormida debido a la fuerte medicación. Observé su rostro tranquilo y me fijé en el moratón de una de sus mejillas. A mi mente acudió la imagen de mi madre abofeteándome el día en que, al cumplir los dieciocho años, le dije que me iba a vivir con Aitor.

Dos días después, encontré a María despierta. Sus ojos, azules y redondos, estaban llenos de la luz de la inocencia. Miraba a su alrededor con curiosidad y expectación y, nada más verme, me saludo con un tembloroso “hola”. Noté de inmediato como se estremecía al ver la bandeja en la que llevaba los útiles para hacerle un análisis de sangre.

- No te preocupes, cariño, no te voy a hacer ningún daño – le dije, acariciándole la mejilla.

Cuando acerqué la jeringuilla a su brazo, todo su cuerpo temblaba. Estuve a punto de tirar la maldita jeringa y estrecharla entre mis brazos, pero, al final, decidí realizar la extracción lo más suavemente que pudiera. Al terminar, le di un beso en la mejilla y ella me devolvió una sonrisa que me supo a gloria.

Más tarde, le llevé un pequeño geranio que tenía en mi casa medio abandonado.

- ¡Está chunga! – exclamó, al ver el estado raquítico de la planta.

- No se lo digas a nadie – le susurré al oído -, es que soy un desastre como jardinera.

Empezó a reírse, con esa sinceridad y entrega de la que sólo son capaces los niños, consiguiendo que mi trabajo en el hospital se llenase de luz y alegría.

Poco  a poco, el estado de María fue estabilizándose; el fantasma de una posible infección empezaba a alejarse definitivamente. Aprovechando su mejoría, le llevé unos rotuladores y un cuaderno para que se entretuviera dibujando. Nada más verlo, comenzó a garabatear con torpeza sobre el papel.

- ¿Tu no dibujas? – me preguntó.

- Me pasa como con las plantas, no se me da bien – le mentí. 

La verdad es que la pintura había sido el único desahogo de mi infancia y que, cuando me casé, intenté convertirlo en una actividad profesional. Sin embargo, todo se torció cuando Aitor perdió su empleo en la fábrica. Sólo le ofrecían trabajos a tiempo parcial y pequeñas obras, lo que fue amargando su carácter. Nuestras broncas eran continuas, hasta que una mañana volvió a casa borracho y con un nuevo finiquito bajo el brazo. Yo estaba pintando un desnudo masculino, y, cuando Aitor lo vio, se sintió ofendido. Arremetió contra mí golpeándome con saña. Aquel día le abandoné a él y a la pintura para siempre.

La mejoría de María continuó y dos días después dio sus primeros pasos por la habitación.

- ¿Tienes novio? – me preguntó, dejándome sorprendida.

- No – atiné a responderle.

- ¿Por qué? – insistió.

- No sé…- dudé - ¿Y a ti? ¿Te gusta algún chico? – bromeé.

- María no puede tener novio, María es fea – contestó, bajando la mirada.

- ¡Eso no es cierto! – repuse indignada - Eres la niña más bonita del mundo, cuando seas mayor tendrás novios a montones.

Su rostro se iluminó y, echándome sus manitas alrededor del cuello, me regaló el beso y el abrazo más sinceros que he recibido jamás. No pude evitar que algunas lágrimas resbalasen por mi mejilla.

Aquella fue la primera y la última vez que pude tenerla entre mis brazos. Al día siguiente, cuando me incorporé al turno de mañana, el doctor de guardia me estaba esperando.

- Ha ocurrido algo terrible – me dijo.

- ¿De qué estás hablando?

- Se trata de María – repuso - Anoche entró en coma. 

- ¿Cómo es posible? – pregunté, intentando reprimir el nudo que se estaba formando en mi garganta – Ayer estaba perfectamente.

- Tenía un coágulo en el lóbulo frontal que no habíamos visto en el TAC. No hemos podido hacer nada, ha muerto hace una hora.

El doctor me dijo que me tomase el día libre y me fuese a casa.  Pero, aunque el golpe fue tan duro que apenas era capaz de tenerme en pie, quise ir una última vez a la habitación de María.

Al entrar, creí por un instante que María me recibiría en la cama con su mirada de curiosidad y su sonrisa inocente, pero sólo un amasijo de sábanas me dio la bienvenida. En un rincón estaba el cuaderno que le había regalado. Fui hojeando sus primerizos en inseguros dibujos, hasta llegar a uno en el que había pintado a una niña con la cabeza envuelta en vendas junto a una enfermera y, en medio de las dos, un enorme corazón rojo. No pude reprimir más tiempo mis lágrimas y rompí a llorar con desesperación. Eran lágrimas de pena, sí, pero también de indignación y rabia, lágrimas reprimidas desde mucho antes de conocer a María.

Estaba a punto de irme, dejando todo atrás, cuando reparé en el pequeño geranio que le había regalado. El día anterior estaba mustio y raquítico, pero ahora estaba lleno de vida y repleto de pequeñas flores sonrosadas. Aún sin comprender muy bien por qué, aquello hizo que mis lágrimas se convirtieran en una pequeña sonrisa.

Esa misma tarde, desempolvé mi viejo estuche de pinturas al óleo y pinté un retrato de María, a cuyo lado puse su hermoso geranio en flor. Desde ese día, mi casa y mi vida se llenaron de una nueva luz. Puede que nunca llegue a saber quién era realmente mi pequeña María Sin Nombre, pero lo que sí sé, es que, en el poco tiempo que tuve el privilegio de conocerla, ella me ayudó a recordar quién era yo.

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18 de Julio de 2009 a las 12:58
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

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2º en el IX Certamen
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SUSANA CERCA DEL CIELO

Rafael hizo un rápido repaso final, que resultó bastante satisfactorio. El teatro estaba hasta los topes, habían acudido periodistas de los principales medios y cada cual había ocupado su sitio sin mayores incidentes… Todo estaba listo, una vez más, para el comienzo del espectáculo. Se captaba la expectación en el aire, la sensación de inminencia. No era de extrañar.

Nadie quería perderse lo que tuviera que decir Susana López, la primera Santa del tercer milenio.

Susana no era oficialmente santa, por supuesto. Ningún Papa la había declarado como tal. Que siguiera viva, era un serio inconveniente, pero no tanto como su mala relación con el Vaticano y con su enviado especial en aquel asunto, un hombre frío y calculador al que Rafael sólo podía describir como perverso. No, la Iglesia Católica rondaba, intrigando discretamente, buscando el modo de conciliar lo sucedido con sus propios intereses, pero aún no había emitido ningún comunicado público al respecto. Primero, querían tener controlada la crisis.

Porque, la “santidad” popular de Susana se basaba en hechos irrefutables: había dejado de comer.

Ese fue el punto de inicio de aquella locura, aquel absurdo circo mediático en el que ambos se sentían atrapados. Al principio, ni Rafael la creyó, y eso que la conocía desde niña, que eran amigos, que habían sido amantes, que estaban tan cerca que casi eran capaces de leerse los pensamientos con una sola mirada… Resultaba difícil aceptar algo así, y más de alguien tan poco místico, tan terrenal, como Susana.

Pero, cuando ella decidió demostrárselo, no pudo negarlo.

Susana no comía “nunca”. No se alimentaba, de ningún modo. En esos momentos, llevaba exactamente un año y siete meses sin probar bocado, lo que duraba ya su singular misión apostólica carente de todo mensaje. Y, en ese tiempo, no había bajado de peso ni un gramo, su aspecto no había cambiado lo más mínimo.

Al margen de ese detalle, como Santa, en opinión de muchos, no valía demasiado. Nunca mencionaba a Dios. Esquivaba hábilmente las preguntas de los periodistas, y las propuestas interesadas, ya vinieran de curas, de compañías farmacéuticas, o del propio gobierno. No recaudaba fondos, no aceptaba pagos por nada. Eso, les había creado muchos enemigos y habían perdido muchas oportunidades de acumular una enorme fortuna. Pero, Susana tenía muy claro qué era lo que deseaba hacer. Y él creía que, siendo su mano derecha, su representante, ya nada podía asombrarle.

Se equivocaba.

Tres semanas antes, le había dicho que ya no bebía nada desde hacía meses. Simplemente, un día dejó de hacerlo y descubrió que no lo necesitaba. No sentía sed. No se deshidrataba. Todo seguía igual…

Rafael se detuvo un momento, inspiró profundamente, rogando para que no se notasen su angustia y sus deseos de salir corriendo, y entró en el camerino. Susana estaba sentada ante el tocador, contemplándose en el espejo. ¿Veía lo mismo que él? Una mujer alta, guapa, perdida en la veintena de una existencia que le resultaba incómoda, incluso absurda. Qué distinta, a como era antes. En otros tiempos, había sido alguien alegre, sin sombras, pero hacía mucho que…

También había dejado de reír, comprendió repentinamente Rafael, con un atisbo de pánico. Quizá, ni ella misma se había dado cuenta de ese detalle, pero parecía haberla abandonado todo júbilo. Reír, sonreír, disfrutar simplemente con las pequeñas oportunidades que cedía la vida… Aquello no podía seguir así, no era… natural. Se miraron a través del espejo. No pudo leer su expresión. Rogó para que ella no pudiera leer la suya.

– ¿Estás lista? Ha llegado la hora… – se había prometido mil veces no hacerlo, no preguntar, pero lo hizo: – ¿Qué va a pasar hoy, Susana?

Ella suspiró mientras se ponía en pie. Apoyó una mano en el bolsillo de la sencilla túnica blanca que vestía.

– Que va a acabar por fin todo esto – su boca se curvó en un gesto amargo – Estoy cansada, Rafael. No me gusta lo que veo, ni lo que oigo. Me llaman bendita, mentirosa, elegida, falsa... – le estudió de reojo, con curiosidad – ¿Qué crees que soy? ¿Una Santa? ¿Un monstruo?

Un monstruo hermoso y triste, pensó él.

– Nunca debiste empezar – se le escapó. Y, una vez dicho, parecía más fácil seguir. Hizo un gesto con la mano, abarcando el camerino, el edificio, el teatro de burlas e ilusiones que esperaba más allá de la puerta – Estas cosas son para ganar dinero, Susi. Todo el mundo piensa que te has hecho inmensamente rica. Pero tú no quieres ni eso. No sé qué quieres. Nunca lo he sabido – ella no contestó – ¿Cómo vas a acabarlo?

– Voy a hacer algo… drástico. Radical. ¿Estás conmigo? – Rafael dudó un instante. Los ojos de Susana atraparon un reflejo de luz – He dejado de dormir.

– ¿Qué?

– Que he dejado de dormir. La semana pasada me pregunté qué pasaría, si dejaba de hacerlo. Me quedé mirando al techo toda la noche y… nada cambió. No estaba cansada. No he dormido ni un segundo en este tiempo. Me siento igual que siempre – hizo una mueca – Vacía…

Rafael apretó los labios, pensando en la maleta que esperaba en su habitación del hotel. Preparada y lista para escapar, para irse muy lejos de todo aquello. Quería hacerlo, pero…

Un monstruo hermoso y triste…

– Estoy contigo – aceptó finalmente. Una última oportunidad, para los dos– Haz lo que debas hacer.

Ella asintió. Salieron del camerino y se separaron junto a las escaleras. Casi flotando en aquella vaporosa túnica, Susana se dirigió hacia el acceso al escenario. La ovación con la que fue recibida por el público logró estremecer el edificio hasta sus cimientos, y golpeó a Rafael mientras entraba en su palco. Desde allí, tuvo una vista completa del auditorio. La multitud se agitaba como un oleaje embravecido, las voces entremezclándose caóticamente…

– ¡Santa Susana! ¡Cúrame, cúrame!

– ¡Monstruo! ¡Aberración! ¡Hereje!

Susana avanzó hasta el centro del escenario, y les contempló con gravedad.

– ¿Soy acaso la prueba irrefutable de la existencia de Dios, como aseguran algunos? – preguntó. Su voz, alta y clara, resonó en cada rincón del auditorio, captando por completo toda atención – ¿Soy una Santa? ¿O soy un monstruo? – sacó lo que llevaba en el bolsillo. Rafael tuvo que esforzarse para distinguirlo y entonces parpadeó: una galleta – Yo os lo diré: ¡soy un fraude! – el silencio se hizo más profundo; se tiñó de asombro, de incertidumbre, y también de hostilidad – ¿Que no me alimento? ¡Ridículo! ¡Sólo he sido una mentira! ¡Un engaño! ¡Pero no voy a justificarme, ni siquiera pediré disculpas! ¡Si estoy aquí, es para despedirme con una verdad, ya que os he insultado con mis embustes! ¡Escuchadme atentamente: a menos que se pruebe lo contrario, la vida es una oportunidad única! ¡No permitáis que nadie os la arrebate a cambio de promesas inciertas sobre dudosos reinos del más allá! ¿Queréis mi opinión? Es esta: Dios no existe. Nunca ha existido, ningún Dios, jamás – se llevó la galleta a la boca – Los dioses sólo son una excusa para los monstruos…

El disparo, una especie de silbido seco, resonó con fuerza en el pesado silencio del auditorio. Rafael pegó un brinco, viendo aparecer un agujero negro, muy negro, en la frente de Susana. La sangre surgió a chorro, los ojos se entornaron, como viendo algo colosal, algo que estaba ya más allá de este mundo.

Susana se desplomó en un revuelo de blancos puros y rojos intensos…

Rafael saltó desde el palco. Cayó en el pasillo entre butacas, empujando a varios espectadores, siendo casi arrollado a su vez. Todos corrían entre alaridos de espanto, se pisaban unos a otros, intentando huir. Trató de localizar la posición del francotirador. Imposible. Demasiadas sombras forcejeaban por todas partes.

Y, entonces, sintió la repentina tensión a su espalda…

Se volvió, lentamente, temiendo ver lo que iba a ver, y deseando verlo.

Susana, con gesto aturdido, se estaba levantando del suelo. El círculo de la bala seguía en su frente; al girar la cabeza, contemplando a los que la habían estado rodeando y que ahora retrocedían fascinados, horrorizados, pudo verse el agujero de salida, mucho más grande. La sangre se coagulaba sobre su rostro, sobre su cabello manchado de masa cerebral destrozada, sobre la blancura nívea de la túnica. Una visión espantosa, terrorífica...

– No soy una santa – gimió Susana. Miró a su alrededor, buscando. Al ver a Rafael, sus ojos se llenaron de súplica. Pero él no podía ayudarla – No soy un monstruo…

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4 de Agosto de 2009 a las 20:06
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

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2º en el XII Certamen
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EL ÁRBOL, EL MONTÍCULO, EL DÍA QUIETO Y CÁLIDO...

La luz del sol entraba a raudales por la ventana de la cocina.

Laura sonrió y apartó ligeramente las cortinas, para mirar la calle, retocándose los largos bucles color miel que había estado peinando durante horas. Ese día, además, estrenaba vestido, blanco, con gigantescas flores azules que parecían extenderse hacia todos lados como acuarelas con vida propia. ¡Qué feliz se sentía! Papá, mamá, la abuela, habían dicho que estaba muy guapa. Lucía se había limitado a poner gesto de desagrado. Pero, bueno, no esperaba otra cosa; las hermanas eran un incordio, por definición, seres creados para torturarte. Y los gemelos eran aún peor, tan semejantes en apariencia, tan diferentes siempre, buscando continuamente cómo hacerte enfadar...

¡Mira que ocupar el cuarto de baño durante tres horas, como si fuese su única dueña! ¡Y ese día, precisamente ese día!

Hacía tantas cosas mal, últimamente, Lucía. Como…  Dudó, frotándose la sien. Había algo, algo que se estremecía en el fondo de su mente, algo que había ocurrido, algo importante, tremendamente importante…

Terrible…

Pero se le escapaba, una y otra vez, como arena entre los dedos...

¡Cuánto sol, cuánto sol, y sus padres, y la abuela, iban a conocer por fin a Raúl! Llevaban seis meses saliendo, ya iba siendo hora… “Así comprobaréis que es bobo”, había dicho Lucía, con desdén. Los demás hicieron como si no hubieran oído, y Laura ni siquiera se tomó la molestia de contestar o pellizcarla. ¿Qué importaban sus palabras motivadas por la envidia? “El tontainas ese”, le llamaba papá, aunque en él sonaba distinto, lo hacía para hacerla rabiar, en broma, y luego reía, reía, y la arrastraba en su risa, y todo era tan hermoso…

Raúl era un chico estupendo, seguro que iba a gustarles. Y ellos se querían… No se iría, no… Nunca la abandonaría… Estaba tan guapo, tan rubio…

Tan serio.

“¿Quién eres tú?”

El árbol, el montículo, el día quieto y cálido…

(Lucía quería estudiar Medicina)

Laura agitó la cabeza, intentando recordar, acosada por aquellas extrañas imágenes, sombras vagas, movimientos repentinos, confusos... Finalmente, lo dejó pasar porque escarbar en aquella parte de su memoria le provocaba una especie de agujero negro y frío en el estómago, una sensación tremendamente desagradable. ¿Tenía que ver con Lucía? ¡Seguro que sí…! ¡Maldita, maldita, maldita fuera! Estaba resentida, totalmente enferma de celos. Según vio a Raúl, lo quiso sólo para ella, únicamente para ella… Quizá ni siquiera le gustaba de verdad, era sólo el quitárselo, el arrebatárselo, como siempre se lo quitaba todo, juguetes, libros, ropa… Laura apretó los labios, irritada. Desde niña había sabido que Lucía odiaba tener una gemela, un reflejo. Siempre intentaba actuar como si fuese única, como si ella no existiese…

(Manejaba bien el cuchillo…)

La luz del sol se extendió hacia el pasillo, incidiendo en el retrato familiar que colgaba de la pared. Estaban todos: papá, mamá, la abuela, ella… Rostros tan amados y tan conocidos… Fue hacia él, a mirarlo más de cerca, y se sobresaltó al darse cuenta de que, en la penumbra, había alguien. Ah, qué tonta. ¡Si era la abuela, que también estaba nerviosa, como ella, por la visita de Raúl, claro! Laura sintió que la envolvía una ola casi sólida de puro amor, una sensación sublime, dulce, muy dulce.

Amarga…

Qué congoja…

La quería tanto, tanto, tanto... La abuela la amaba intensamente, de esa forma que no puede fingirse, a ella, sólo a ella, únicamente a ella. Jamás hacía que Laura se sintiese inferior, ni imperfecta, como si no fuera más que la mitad oscura de algo mejor, algo completo. “No existes, no existes”, se burlaba Lucía, con su rostro de tiza… “Sólo existo yo”.

No podía recordar lo que hizo Lucía. ¡No podía! ¡No quería! Abuela la ayudaría, seguro, podría consolarla, porque había sido algo terrible, terrible, y necesitaba su calor, su amor, sus palabras diciendo que todo terminaría pasando, que todo se olvidaría... Pero, esa mañana, Abuela parecía tan extraña, tan triste, tan perdida… Tanto como aquella vez…

“¿Dónde está Raúl?”, volvió a preguntar. Sus ojos reflejaban el árbol, el montículo, el día quieto y cálido… Acusaban a Lucía, aunque los labios no pronunciaron palabra.

Laura se estremeció. No lo sabía. ¡No lo sabía! ¡No conseguía recordarlo! ¡Y no quería pensar en eso! Empezó a hablar con Abuela como a borbotones, gesticulando mucho, riendo mucho, intentando animarla y hacerla olvidar. Quería tratar únicamente de cosas felices, alegres, luminosas. Le recordó que venía a comer Raúl, el chico que le gustaba, que se lo iba a presentar por fin a papá y a mamá, y a ella, a ver qué les parecía. ¡Le quería tanto, tanto! Sí, lo sabía, tenía que estudiar mucho. Así podrían pasar un buen verano, otro buen verano en la casita del pueblo, junto al bosque, donde el aire olía a menta y yerbabuena, los colores refulgían con más fuerza, y los sonidos llegaban lejos, intensos, hermosos… Sonrió a la abuela, deseando que pudiera ir también, con ellos, como cada año.

¿No?

Laura sintió unas profundas ganas de llorar. Abuela… ¡La echaba tanto, tanto de menos, cuando no estaba, desde que no estaba…! Era un dolor sordo que fluía abrasando sus venas, siempre con la misma fuerza que el primer día, diminutos cristales que la desgarraban por dentro. Algo que paralizaba su corazón, un peso terrible, en el pecho…

Se acercó a ella, deseando estrecharla con todas sus fuerzas entre los brazos. De pronto necesitaba hacerlo, ya, de inmediato… La abuela la miró con inmenso amor, y también se acercó a abrazarla.

Pero… ¿qué era eso…? ¿Un cristal? ¿Por qué había un cristal en medio, separándolas? ¿Era una ventana?

Ah, no… era un espejo.

Un espejo…

Laura parpadeó, comprendiendo repentinamente…

Esa mujer consumida que se miraba a sí misma con ojos espantados, era ella. Esa anciana de expresión asustada y perdida, la boca temblando por el asombro, era ella. Sin acabar de creérselo, se llevó una mano al cabello, el halo ridículo de greñas blancas que rodeaba  su rostro flaco, dibujado en líneas cada vez más duras, más rígidas, como si se estuviera asomando progresivamente su calavera para hacer alguna clase de anuncio… La mano descendió por su mejilla y tocó con dedos trémulos la tela ordinaria de su bata casera, cubierta de grandes flores mustias, apagadas tras tantos y tantos lavados. Ramos fúnebres adecuados para el cuerpo macilento que ocultaban.

¿Qué había pasado? ¿Cómo había pasado? ¡Sus hermosos rizos color miel, su vestido nuevo de vibrantes flores azules, la emoción de aquel lejano día…! ¿Dónde estaban, dónde? Papá, mamá, Raúl, abuela…. Todos muertos, todos arrastrados por el paso de los años hacia el rincón polvoriento del olvido, el lugar donde los detalles se desdibujan hasta perderse por completo, convertidos en un recuerdo lejano, en desolación…

Todo se fue, todo se le escapó repentinamente de entre los dedos, disipándose en un terrible segundo con el tiempo de toda una vida.

Si al menos hubiera sabido aprovecharla…

Diminutos cristales, que la desgarraban por dentro…

Raúl se fue, con una frase breve (“No lo soporto más”), con un destello metálico que se llevó su vida en una lluvia escarlata. Caminó hacia el árbol, hacia el montículo, hacia el día quieto y cálido… Fue Lucía, Lucía, que no quería dejarlo escapar. No iba a permitir que la abandonara…

Todo se había ido. Todo estaba perdido…

Negro. Intensamente negro. Negro profundo, negro piadoso…

¿Qué pasaba? ¿Se había quedado dormida? ¿Y qué hora era? ¿Estaba la comida lista? Raúl iba a llegar en cualquier momento, y tenía que volver a la oficina.

Se sentía rara…

Vaya, había visitas. Oyó reír a Raúl, en la cocina, abriendo una botella de vino. “¡Lucía!”, gritó, llamándola. “Lucía, ven, cariño, vamos a brindar” Ella se estremeció. ¡No! ¡No era Lucía, no era Lucía, era Laura, Laura, Laura…! ¡Era inocente…!

Un rayo de luz surgió por la puerta de la cocina, iluminando la penumbra del pasillo.

¡Cuánto sol, cuánto sol, y sus padres iban a conocer por fin a Raúl…!

Pero, ¿por qué lloraba esa anciana…?

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DanielHR

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20 de Agosto de 2009 a las 16:28
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

2º puesto en el XIV Certamen (Tema: Apocalipsis)


Un día cualquiera.-


La ciudad entera acababa de despertarse. Sus habitantes casi podían considerarse afortunados. Era una de las pocas que se habían salvado de los bombardeos, pero aún así...

Mientras caminaba, Makoto revisaba mentalmente su horario. A primera hora tendría clase con "El Mapache". ¡Dios, cómo lo odiaba! ¡Y pensar que no volvería a casa hasta la una!

-Si hubieras aprobado, no tendrías que estar yendo a clases particulares. ¡Bola de arroz!

¿Bola de arroz? Makoto se paró en seco. Por un momento, creyo que había pensado en voz alta.

-¡Hola, bola de arroz! -exclamó un alegre muchacho apareciendo detrás de ella. 

-Hola, Hideki -le saludó ella ruborizándose, mientras procuraba tapar con la cartera el horrible zurcido que su madre le había hecho a su falda.

-¿Otra vez a la escuela de verano?

-¡Ajá!

-Vaya...

Silencio. La alegría del joven pareció desvanecerse de pronto. Makoto sabía que Hideki estaba loco por ella. Y sin embargo...

-Oye, Makoto... -comenzó a decir él.

-¿Qué pasa? -respondió la chica poniéndose en guardia y temiéndose una posible declaración.

El muchacho parecía estar meditando cuidadosamente cuáles iban a ser sus palabras. Ella, por su parte, le observaba expectante, preguntándose si así no contribuiría a ponerle aún más nervioso. Fuera como fuere, aquello le encantaba. La timidez había dado paso a la satisfacción.

Por fin Hideki pareció arrancar.

-Esta tarde iremos a casa de Ouchi -dijo-. Vamos a organizar una partida de Risk. ¿Quieres venir a vernos jugar?

Makoto suspiró, aunque no sabría decir si aliviada o decepcionada. "¡Así que era eso! ¡Menos mal!"

-Pues no lo sé -repuso.- Mi madre me había comentado de ir al parque a pintar...

-Vamos, Makoto, por favor... -le rogó su amigo.

Ella se lo pensó durante un minuto. Ya no tenía ninguna duda. Le gustaba mucho ver la cara de carnero degollado que ponía el chico siempre que le pedía un favor.

-Está bien -respondió-. Pero sólo si me dejáis jugar.

-¿Qué? -exclamó Hideki soprendido-. Los chicos me estarían tomando el pelo durante días.

-Pues entonces no iré -contestó ella dándole la espalda.

Hideki supo que no tenía alternativa. Tal vez por eso le gustara tanto. ¡Siempre se salía con la suya!

-Esta bien. Te guardaremos un sitio. Pero a cambio, el próximo viernes iremos al cine.

-Trato hecho, pero la película la elegiré yo.

El chico le enseñó la lengua a modo de burla y corrió a ocultarse tras una farola, mientras fingía portar un arma.

-¡Estupendo! ¡Ya verás que paliza le damos al tonto de Ouchi! Se lo tiene muy creído.

Y casi sin dar tiempo a responder a su amiga, comenzó a imaginarse que estaba en mitad de un tiroteo.

- ¡Ra-ta-ta-ta! -gritaba mientras daba órdenes que Makoto no entendía-. Derrotaremos a los americanos y marcharemos por las calles de Washington. ¡Boom! ¡Boom! Llegaremos hasta el corazón de Europa y liberaremos a nuestros hermanos alemanes. ¡Bang! ¡Bang!

Y se alejó de allí corriendo, como si de verdad se dispusiera a liberar él sólo Berlín. A lo lejos, Makoto escuchó un alegre "¡Hasta la tarde!" 

Ella sonrió. Hideki era un buen chico. Quizá un poco atolondrado, un "cabeza loca" como le gustaba decir a su padre... ¡Su padre! ¡Si la viera tonteando como una veinteañera! ¡Entonces sí que iba a tener problemas!

Pero papá ya no estaba...

Todavía recordaba la última carta que le había escrito a su madre. Cuando le preguntaba por ese asunto, la señora Kino cambiaba drásticamente de tema. Su madre había sido tajante con ella. Nunca le dejaría ver aquellas cartas.

Pero Makoto siempre había sido muy curiosa. Y una tarde, aprovechando que mamá había salido a hacer la compra, abrió la cómoda y las vio. Se sorprendió cuando descubrió que había muchos más sobres escondidos entre la ropa. Convencida de que iba a pasar una agradable tarde de lectura, se las llevó a su cuarto y comenzó a leerlas.

Todavía no había acabado de leer las cinco primeras cuando decidió terminar con la sesión. Aquello no era lo que se había imaginado. Creyó que iba a encontrarse con alguna declaración romántica o algún recuerdo que sus padres guardaban de cuando eran novios. Ahora entendía porque su madre no le había hablado de aquellos papeles. La descripción de los cuerpos desfigurados y aplastados por el impacto de los obuses fue demasiado para ella. También leyó de pasada algo sobre la decapitación de un prisionero... 

¡Pobre papá! Imaginarle en mitad de aquel infierno, tan indefenso y vulnerable... ¡Qué horror! Nunca se había sentido más culpable de haber desobedecido a mamá. Hubo una frase que no pudo olvidar, quizá por su imaginería sangrienta: "El barro se espesaba cada vez más con la sangre de los que iban cayendo". Inmediatamente volvió al cuarto de su madre y lo dejó todo como estaba. 

Makoto se detuvo. El recuerdo de aquella tarde le horrorizaba. Aunque el corazón le latía con fuerza, tenía la impresión de que éste no se encontraba allí, ocupando su lugar una agobiante sensación de vacío. Para olvidarla, decidió centrarse en la charla que había tenido con su entrañable amigo.

¡El bueno de Hideki! Estaba claro que le gustaba y que tenía mucha paciencia con ella. ¿Cómo podía tratarlo tan mal? Sabía que sus amigos se iban a burlar de él durante mucho tiempo. Y lo que es peor: ella sería la responsable de todo. ¿Quién había sido el imbécil que había dicho que al Risk sólo podían jugar los chicos?

-¿Cómo es que has traído a una chica? -le dirían. Y después se pondrían a decir tonterías, como aquella de que eran novios... O cuando se iban a casar... ¡Pobre Hideki!

En aquel momento, recordó lo que le había dicho su madre unos días antes: los chicos eran unos estúpidos. ¿Cuándo se decidirían a madurar? Sin darse cuenta, pensó en los jóvenes de la Escuela Superior, a los que agrupaban en batallones para servir en la Brigada Antiaérea. Ellos siempre estaban serios y serenos, dispuestos a darlo todo por el bien común. Quizá le recordaban un  poco a su padre. ¡Los admiraba tanto! Luego los comparó con Hideki y sus amigos. Todavía eran demasiado jóvenes para eso.

Makoto se detuvo de nuevo y volvió a ponerse de mal humor. ¡Maldición! La guerra había vuelto a planear por su mente.

-¡Uf! -rezongó mientras se derrumbaba sobre un banco.

Miró su reloj. Eran las ocho y cinco. Otra vez volvía a llegar tarde. Ya se imaginaba al "Mapache" mirándola con severidad y esperando una explicación. Seguramente terminaría por llamar a su madre.

-Si llego tarde -se dijo- mamá volverá a regañarme y tal vez no me deje quedar esta tarde con Hideki.

Entonces cayó en la cuenta de que para esa misma tarde ya había quedado con su amiga Rei. No quería plantarla, pero el plan con el muchacho le parecía más apetecible. Daba igual. Ya hablaría con ella mañana. Tal vez aquella tarde conociera a algún amigo de Hideki que pudiera presentarle. "Así tal vez podríamos salir juntos los cuatro" pensó.

¡Qué día! Hideki, papá, la ciudad, la Brigada Antiaérea... Makoto se perdía en sus pensamientos.

Casi sin darse cuenta, un solitario avión volaba hacia el centro de la ciudad. Se encontraba tan lejos que ni siquiera escuchaba el ruido de sus motores... ¡Qué extraño! Su silueta no se correspondía con la de aquellos modelos que le habían enseñado a distinguir en clase. Las sirenas antiaéreas todavía no habían sonado, por lo que supuso que el avión estaba de paso.  

Makoto ya no abrigaba ninguna esperanza de salvación. Volvió a mirar su reloj al tiempo que se imaginaba la regañina del maestro. Eran las ocho y cuarto.

Entonces sucedió algo terrible. Un ruido ensordecedor resonó en las montañas, en las calles, en las casas... Era como si alguien hubiera roto cien vasos de cristal. Una estremecedora luz cegadora la traspasó. como si fuera un espectro llameante. El cielo, antes azul, se había vuelto blanco y amarillo, para después tornarse rojo y negro. Antes de ser devorada por la intensísima luz, Makoto decidió que no iría a jugar con Hideki aquella tarde. En vez de eso, irían al parque. De pronto, el Risk le había parecido demasiado aburrido

Mientras, el Enola gay se alejaba de Hiroshima tan lentamente como había venido.

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