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    Historial recopilatorio del concurso de relatos

     
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Historial recopilatorio del concurso de relatos
lolaalarcia

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4 de Octubre de 2009 a las 19:12
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

La Dama del Viento. 2ºpuesto XI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema: Corín Tellado: anhelos de mujer

LA DAMA DEL VIENTO

     Todos conocían la historia de aquél viejo sauce. Sus ramas doradas rozaban las aguas del estanque del que se nutría desde hacía siglos. Sus verdes hojas eran mecidas por la caricia del viento y su tronco había crecido enroscado como si quisiera tocar el cielo con su espiral. Decían que no era un sauce normal, que era una mujer encantada. Las leyendas narraban que aquella muchacha no era otra que una hermosa joven que vivió siglos atrás llamada Griselda cuya muerte fue trágica.
     La niña de los ojos grises era tan hermosa que todos los hombres de la comarca deseaban hacerla su esposa y sus padres pensaron que podían sacar tajada de aquello. Todos la miraban y veían la belleza que irradiaba, pero a nadie la preocupaba quién era esa muchacha tan hermosa, se limitaban a contemplarla y a decirle que era bella. Lo tenía todo, nunca le faltó nada, menos lo que deseaba: ser amada.
     Las leyendas cuentan que Griselda se volvió loca. Que mató a sus padres y marchó a las montañas para suicidarse. Muchos dicen que se sentó en la piedra junto a la que crece el sauce y que lloró desconsolada por su soledad, sus lágrimas formaron aquél estanque y su cuerpo se transformó en el árbol que se levantaba, solitario como una roca en el mar, sin poder separarse de las aguas a las que daba sombra. Y allí seguía, llorando por el amor que jamás tuvo. El viento era su único compañero y los lugareños la bautizaron así: La Dama del Viento.
     Aquél árbol se convirtió en un lugar al que los muchachos acudían a bañarse en los días calurosos. Hasta que un día, uno de ellos estuvo a punto de morir ahogado. Regresó al pueblo, pálido por el miedo, relatando una historia que los años tergiversarían hasta convertir en leyenda. El chico contó que un aroma a flores inundó el estanque justo antes de que una hermosa mujer se adentrara en las aguas. No supo de dónde había salido, pero no le importó. La joven lo miró y le preguntó qué era lo que veía en ella y él le contestó que a la mujer más hermosa que sus ojos habían tenido la suerte de contemplar. Ella insistió y él se reafirmó en su respuesta. Entonces la mujer desapareció y él sintió que alguien tiraba de sus piernas hacia las profundidades del estanque. Logró salir, casi sin aire, y huyó presa del pánico hacia el pueblo.
     Desde entonces, el lago se convirtió en un lugar maldito. Las viejas contaban que aquél joven sí que murió en las aguas del estanque, y que fue Griselda la que lo ahogó en venganza por no haber sido nunca amada. La Dama del Viento se convirtió en una bruja desalmada que clamaba venganza y sus aguas pasaron a ser un lugar prohibido.
     Pasado el tiempo, un caballero llegó al pueblo de regreso a su ciudad. Había pasado años en las cruzadas y ahora buscaba la paz del descanso lejos de tierras infieles. Se detuvo frente al sauce, buscando la sombra de aquél árbol y se refrescó en las aguas del estanque. El viento mecía las ramas desatando una dulce melodía que invitaba a relajarse. Se desvistió por completo y dejó que las cristalinas aguas mojaran su bronceada y curtida piel. Algunas ramas acariciaron su rostro como si de dedos sedosos se trataran y un agradable perfume de violetas inundó sus pituitarias. Se dejó llevar por la paz que transmitía aquél lugar y pronto se sintió adormilado. Se tumbó en la orilla y no tardó en caer rendido.
     Al cabo de un rato un chapoteo lo despertó. Abrió los ojos y frente a él había una joven que bañaba su cuerpo en el estanque. Vestía una túnica ámbar, pegada al cuerpo por el agua, y sobre su cabeza lucía una corona hecha con ramas del sauce entrelazadas. Era tan hermosa, que el caballero habría recorrido de nuevo medio mundo para llegar allí si se lo hubiera pedido. La muchacha dejó que sus cabellos rozaran la superficie del agua y algunas ondas llenaron el estanque. No pareció percatarse de la presencia del joven hasta que éste se le acercó.
     -¿Quién sois? –le preguntó sin preocuparse de tapar su desnudez.
     Ella lo miró con sus ojos grises que se clavaron como dos hierros ardientes en el corazón del caballero. No dijo nada, sencillamente se alejó nadando hasta el centro del estanque. Lloraba y pareciera que no quería que la viesen así. Él nadó hasta su lado y le retiró los cabellos del rostro sintiendo que algo le ardía dentro al rozar su piel.
     -¿Por qué lloráis? –le preguntó sujetando su cara con ambas manos –Decidme lo que os aflige.
     -¿Qué veis en mí? –le preguntó levantando la mirada.
     -Veo a una muchacha triste –le contestó apenado.
     -¿Nada más? –le dijo ella.
     -Veo unos ojos que irradian dolor –dijo deseando poder abrazarla y besarla.
     La muchacha se le acercó y le preguntó si no le parecía hermosa. Él le dijo que había visto a muchas mujeres hermosas en su vida y que no era una más, le dijo que había algo en ella que no había visto nunca.
     -¿El qué? –le preguntó sin apartar su mirada color perla.
     -No lo sé, pero me encantaría que me dejarais descubrirlo –contestó él y, sin importarle nada, dio un paso al frente y la besó.
     No duró mucho, apenas un instante, lo suficiente como para que el caballero sintiera que las lágrimas de la mujer empapaban su rostro y que el contacto con su suave piel le erizaba el vello de la nuca. El joven notó que la mujer desaparecía entre sus brazos y abrió los ojos asustado. No había nadie a su alrededor, sólo el viejo sauce y el estanque. Miró hacia el árbol, ya no era tan hermoso, su corteza estaba llena de manchas y bultos y sus ramas parecían más pesadas y ásperas ahora. Se acercó a él siguiendo el olor a violetas hasta que perdió su rastro. Junto al árbol vio la corona que la joven llevara puesta. La recogió y la guardó entre sus cosas. Se vistió, montó sobre su caballo y puso rumbo hacia su hogar. El recuerdo de aquél sauce quedó por siempre en su memoria y de no haber sido por la corona, hubiera creído que lo único que pasó junto a aquél árbol fue que tuvo el sueño más hermoso de su vida.
     El viejo sauce se fue secando a medida que el estanque fue desapareciendo. Las gentes del pueblo nunca supieron por qué, los más ancianos contaban que era porque Griselda había encontrado finalmente lo que deseaba y ya no necesitaba llorar ni llevarse el alma de más jóvenes con ella.

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oniria

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4 de Octubre de 2009 a las 19:32
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

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1º en el XIV Certamen
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UN MUNDO LLAMADO PAULA

Suena el despertador. Otro día de mierda en el que las horas se mueven a velocidad de crucero. Cinco minutos de más en el baño. Genial, a partir de ahora, serán diez menos.

– ¿Qué te has hecho en el pelo? – me pregunta mi madre, atónita, al verme entrar rapada en la cocina. Ya lo sé, ya lo sé, queda horroroso, feo como patear a un cojo, pero es barato. No quiero insinuar que fuese mucho a la peluquería, que no estamos para lujos, pero joder, lo que se gasta una en que si gel que si espumas... A tomar por culo, pelo pincho, que está de oferta.

Claro que, no se lo voy a decir.

– Tenía calor.

Me mira. No me cree.

– Hay café.

Tengo una madre muy diplomática cuando quiere. Dejó de meterse en mi vida a los quince. Una pena. De haber sido de otro modo, quizá no tendría yo ahora veinticinco y dos críos de ocho y nueve años, pequeños clones del canalla de su padre, Dios me perdone.

Bebo café. Mordisqueo rápida una tostada seca, digo que no tengo ganas de mantequilla. Se está acabando y aún tiene que durar. Para no ver sus ojos, hago como que reviso la correspondencia. Facturas, facturas, facturas... Una carta azul me hace ilusión, pero es otra factura.

– ¡Niñoooooosssss! – grito, hacia el pasillo, hacia la puerta del dormitorio de mis hijos. Ellos no tienen despertador, pero tienen madre. Total, me hacen el mismo caso, para qué andar con gastos.

– Es muy pronto, ¿no? – dice mi madre.

– Quiero ir andando al trabajo. Estoy como una foca.

– ¿Tú? – ríe. No me cree – Lárgate, anda. Yo llevaré a los niños al colegio.

– Vale – veo unos cuadernos coloreados sobre la mesa. Uno de mis hijos ha dibujado una casa ardiendo, gente chillando agita los brazos por las ventanas; el otro se ha esmerado más, se ve la Tierra abriéndose por la mitad, entre grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Una imagen fascinante. Me pregunto si se puede votar para que ocurra de una puta vez el Fin del Mundo – ¿Qué es esto?

– Ayer jugamos a dibujar lo primero que se nos ocurriese – mira el dibujo del planeta – El Apocalipsis. Tienen talento, las criaturitas, ¿eh?

– Sin duda. Estoy segura de que uno de los dos es el Anticristo, aunque aún no descubrí cuál – tengo que buscarle un psicólogo al de la casa en llamas. O al otro. Mejor a ambos. Claro que antes me tengo que buscar un amante que lo pague. ¡Un amante psicólogo! ¡Genial idea que lo arregla todo! Me paso la mano por el pelo. Cualquier intento desesperado de seducción tendrá que esperar, así que los niños se quedan sin psicólogo. Que quemen casas o que destruyan planetas. Serán males menores – ¿Luego te ocupas de la compra?

– Sí. Prepararé la comida y… – se dobla, con un gemido. Dejamos de simular ser muy duras y muy fuertes, sólidos bloques de granito capaces de resistirlo todo…

Joder, si sólo somos piedra pómez... La abrazo.

– Mamá, mamá…

– Estoy bien. Tranquila, estoy bien.

Bien, no, aunque no sabemos hasta qué punto está mal. Tiene cojones la cosa, puta lista de espera del Seguro, aún tiene que aguardar nueve meses para hacerse la ecografía. ¡Lo que hace el ser pobre! La pensión de mi madre es de esas que te producen auténtica risa, qué gracia, qué chiste que haya cifras así tras toda una vida de currar mi padre como un imbécil. Ja, ja, ja. La hipoteca de la casa se come prácticamente todo mi sueldo, y eso cuando no tengo gastos extras, como el dentista de los críos. El mes pasado tampoco pude pagar al Banco, y ayer me llegó una amable nota, indicando que, o me pongo yo al día de inmediato, o me ponen ellos en la puta calle.

En fin…

Le acerco a mi madre una pastilla. Es rosa. Menuda chuminada. Rosa chicle, para más señas. El médico dijo que le vendría bien, yo sospecho que pensaba en nuestro bolsillo. Dudo que haya pastillas rosa chicle más baratas en el mercado, y las cubre en parte el Seguro. Si no como mantequilla, podré pagarlas.

– Lárgate, anda – me dice, tras tomarla, con un hilo de voz. Mueve una mano en el aire. Me sorprendo recordando un bofetón que me dio una vez – Vete, estoy bien. ¡Niñooos! – grita. Es grito de abuela, no de madre. No llega a categoría de despertador, pero como tengo prisa lo dejo estar.

Cojo la mochila y salgo zumbada. Sigo zumbada. Joder, cada día hay más gente que tiene coche, qué bien les va a todos. Aunque no sé si compadecerles, total, hay atascos por todas partes, y yo corro y vuelo y sólo estoy a punto de ser atropellada un par de veces, una de ellas por el autobús que solía tomar antes de las pastillas rosas, de las facturas azules, de los dientes blancos de mis hijos…

Llego a la fábrica. Vaya lío se ve desde fuera. Joder qué mogollón. ¿Qué coño sucede? Gutiérrez pasa corriendo por mi lado y casi me tira la mochila. Lleva dos años intentando meterse en mis bragas y resulta que ahora ni me ve. Será el pelo. Con este pelo parezco una cosa mala. Qué cojones, a quién le importa lo que parezco.

Veo a Sara y a Lola entre el montón de gente. Están preocupadas. Alguien se ha muerto, seguro. Ojalá sea el jefe.

– Hola, qué pasa – saludo. Me miran con horror. Normal.

– ¿Pero qué te has hecho en el pelo? – pregunta Sara.

– Estás horrorosa – dice Lola. Así me gusta, las cosas claras. Me paso una mano por mi patético cuero cabelludo esquilmado a tijeretazos. Aquí más largo, allá más corto. Pues vale.

– Tenía calor. ¿Qué ocurre?

– No sabemos. No podemos entrar. Algo va mal con las tarjetas magnéticas, parece.

Se forma todavía más barullo. Intrigadas, vamos a mirar. En el interior de las puertas de cristal de la fábrica se divisa una línea de seguratas. Qué raro, casi parecen una muralla humana, dispuestos a defender con uñas y dientes los bienes de sus amos de… ¿nosotros? Me debo estar confundiendo... Conozco algunos rostros. Incluso salí con uno de ellos, maldita sea mi sombra, mira que no aprendo. Me devuelve la mirada, con expresión de culpa, y luego aparta los ojos. ¿Qué coño pasa?

Martín y Daniel, dos de mis compañeros de planta, están en la puerta, llamando y discutiendo.  Uno de ellos golpea el cristal con el puño, cada vez con más rabia. Otros le imitan. Y más, y más. Empieza el caos.

– Pero qué ocurre… – Lola y Sara miran también asombradas. Las voces suben de volumen. Se va extendiendo la noticia.

Nos han despedido.

¡Nos han despedido!

¡NOS HAN DESPEDIDO!  

¡Nos han dejado en la puta calle, sin aviso previo, sin nota de agradecimiento, sin patada en el culo, sin cara hipócrita de lástima, sin nada! ¡Trescientos despedidos, dice alguien! ¡Trescientos, como los puñeteros griegos de las Termópilas! Pero, a nosotros, ni siquiera nos queda la gloria, la esperanza de ser recordados. A nosotros sólo nos esperan el frío, el hambre, la desesperación, la indigencia... Nos queda saber que no tenemos un sitio en este mundo, que este no es nuestro universo, que no es nuestra oportunidad ni nuestra vida, sino la de otros, esos que viven muy bien sin mirar a los lados, sin mirar atrás…

– No puede ser… – susurro. Sara ha palidecido. Lola se muerde las uñas – ¿Despedidos? No puede ser…

Las pastillas rosas. Las facturas azules. Los dientes blancos. La mantequilla amarilla, el autobús rojo. Las necesidades de mamá, los gastos de los niños, la hipoteca…

La calle, el frío, la nada. La miseria absoluta, la desesperación. El fin…

– ¡Paula! ¡Paula! – dice alguien. Estoy en el suelo. Veo rostros, pálidos, extraños. Giran a mi alrededor dando vueltas y vueltas. Todo retumba. Cuánto estruendo… Alguien me trae agua. No, no quiero agua, no necesito agua, necesito ayuda. Socorro, socorro, por favor, me estoy muriendo, se me viene todo encima, siento una presión en el pecho, no puedo respirar, me ahogo...

No van a ayudarme, nadie va a ayudarme.

Mi mundo se hunde en un barullo de voces y gritos y llantos de asombro, que son también mundos destruidos…

Tengo tanto, tanto miedo…

Grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes?

Apocalipsis.

No puedo seguir haciéndome la dura.

Todo se acaba.

Todo se acaba…

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5 de Octubre de 2009 a las 10:03
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1º en el XVI Certamen: robots, androides y demás.


Diario íntimo de Pigmalión


 


Hoy hemos nacido el uno para el otro. Galatea ha llegado vestida con un vaquero y una camisa de finas rayas azul claro. Las dos prendas le ajustan bien de largo, son su talla, pero flotan alrededor de sus brazos y sus piernas.


Es tal como la había soñado, esbelta, grácil. El pelo, del color de la manzanilla, recogido atrás en cola de caballo. Los labios carnosos, pero no grandes. Los ojos, ingenuamente azules. La nariz y la barbilla, con el dibujo perfecto que sólo tienen los rostros infantiles.


Ella ha respondido a mi “Hola, Galatea” con otro “Hola, Martín”, y a mi sonrisa con una sonrisa de fresa y nata.


Dos pasos hacia ella. No me he atrevido a dar el tercero, temiendo que se espantara de mí como una gacela. He extendido mi mano y ella la ha cogido. De sus dedos, de la palma de su mano, he recibido la descarga que me ha hecho sentir tan criatura como ella. ¡Oh, qué momento gozoso!


La he llevado de mi mano por toda la casa con el entusiasmo de un niño que quiere enseñar el Paraíso. La terraza, sus vistas. El salón y la biblioteca. La cocina y todas las dependencias utilitarias. También la que será su habitación, cuando quiera aislarse. La mía está al lado.


Esta noche, a la hora de acostarse, ella se ha dirigido a su habitación. A mí me ha costado dormirme.


….............................


Primer día. Hemos salido juntos a pasear por el parque. Hay todavía entre nosotros dos demasiados silencios.


Hemos empezado a caminar cogidos de la mano. Al poco, yo he tenido el impulso de pasarle el brazo por encima de los hombros. Ella ha enlazado mi cintura con naturalidad, como si lo lleváramos haciendo muchos días. Nos hemos sentado debajo de un sauce. He acercado mi boca a su oreja y le he susurrado un “te quiero”. Y cuando he puesto mis labios sobre su sien y su mejilla, ella ha vuelto el rostro hacia mi y nos hemos besado.


Yo hablo mucho, y ella escucha y asiente. A veces pregunta. Los patos, el estanque... Se ha acercado al agua y ha metido las manos. Yo también. Hemos jugado a mojarnos la cara con las salpicaduras.


Al llegar a casa, la he cogido de la mano y hemos entrado a mi habitación. Desnudarla por primera vez ha sido como desembalar un regalo precioso del que quieres conservar hasta el papel. Al desabotonar su camisa, sus pechos se han abierto delante de mi. Son tan pequeños que no necesita sujetador. Ha arqueado un poco los brazos y las mangas han caído. Ha levantado alternativamente una pierna y otra, como haría un niño, y he recogido el pantalón de entre sus pies. Sus ojos acompañan a los míos cuando la recorro con la mirada, y cuando pretendo un duelo de pupilas, me desarman con su candor. Abre la boca si empujo con la lengua. Abre, abre... Me avasalla tanto su actitud de entrega, tan suave y dulce, tan quieta y callada, que me ha hecho dudar, al penetrarla, si seguir empujando. Al final lo he hecho, muy despacio.


Hemos dormido abrazados, ella con un ligero rubor en las mejillas.


…..................................


Fiesta de presentación. Treinta personas. Ella ha estado impecable. Sin timidez. Sin la exaltación que a uno le invade cuando es el centro de atención para todos. Ha sorprendido a todos. A mí mismo también.


Cuando nos han preguntado por la boda, ella ha respondido con tal precisión de detalles que yo he preferido dejar esta parte de la conversación a su cargo. Escuchándola, me han parecido más reales sus recuerdos implantados que los míos, originales y verdaderos.


Después, hemos ido a mi dormitorio. Suave, siempre suave. No quiero que se me rompa. La amo.


…...........


Galatea se ha convertido en la preferida de todos. No hay reunión que no cuente con su presencia tranquila y amable. Es estupendo que haya encajado tan bien.


Es curioso, no matiza el trato entre hombres y mujeres. Como si no supiera establecer esa distancia sutil que hay entre los sexos.


…................


Hoy he llegado a casa deseando verla y no estaba. La he llamado, y su comunicador ha sonado en su mesilla de noche. A medianoche he empezado a hacer llamadas. Cuando me he dado cuenta que estaba transmitiendo a los conocidos una imagen de marido celoso, he dejado de preguntar.


Cuando ha regresado -muy tarde-, ella no le ha dado importancia ni a su retraso ni al hecho de haberse olvidado el comunicador. Ha notado mi enfado, mi silencio, mi sequedad. Pero no reacciona. Me deja perplejo. Hemos dormido juntos el uno al lado del otro, nada más. Yo no podía.


…...............


No es que regrese tarde por nada especial. Es, simplemente, que los amigos prolongan la diversión y ella no ve motivos para dejarlos. Luego, cuando llega a casa y me encuentra cariacontecido, se queda vacilante. No nos entendemos. Yo quiero estar con ella. Es normal que la busque y la espere. Pero ella no entiende la frustración que me causa.


La otra noche, en la oscuridad del dormitorio, rompí a llorar muy quedamente. Algo me dice que ella lo percibió. Pero no hizo nada.


…..............


Ayer regresó muy tarde. Con un chupón en el cuello. Ella me lo ha contado con esa sencillez que me desarma. Roberto la traía de vuelta. Han dado un rodeo de una hora o más por su apartamento. Eran las dos y media cuando ella ha llegado a casa.


He pasado toda la noche llorando en mi habitación. Ella, mientras tanto, dormía apaciblemente en la suya. ¿Cómo es posible que ocurra una cosa así y de esta manera?


….............


Ha sido muy incómodo hablar con el ingeniero de Pigmalión-SRC. Lo alegal de esto me deja sin ninguna garantía ni obligación por parte de ellos a darme servicio post-venta. Los únicos asideros para que me atiendan son el crédito de mi cuenta corriente y la amenaza de un escándalo.


El ingeniero me ha escuchado sin interrumpirme durante varios minutos. He acabado con esta pregunta, retórica e irónica.


-        ¿Ella me quiere?


-        Digamos que “ella” ha sido programada para complacerle.


-        ¿Complacerme? Tengo la sensación de estar con una autista.


-        No. Un autista no aceptaría el contacto físico, ni siquiera una caricia con la mano. No digamos una penetración vaginal.


Me dio asco. Después de los circunloquios y rodeos que yo había utilizado para describir nuestra intimidad, oírle hablar así me dio asco.


-        Técnicamente, un robot es un psicópata, no un autista -concluyó.


Me asusté. El ingeniero continuó:


-        Tranquilo. Nunca le hará daño. Está programado para complacer.


-        Sí, tan complaciente que cualquiera que pase a su lado...


-        Sí, claro. Su respuesta sexual es automática. Si el ambiente es adecuado, basta un beso, una caricia, para despertar su aquiescencia. Aquiescencia, esa es la palabra. Bueno, también pasa con los humanos. Si quiere evitarlo, ya sabe, vigílela.


-        No es eso. Yo quiero que ella sienta que su infidelidad me duele, que sienta mi deseo de ella y mi sufrimiento por ella. Ella no siente.


-        “Ella” sufre.


-        ¿Sufre?


-        A su manera. Cuando no consigue complacer, cuando percibe malestar, “ella” se perturba. Porque no es el resultado que espera y no entiende por qué. Hay, incluso, un pequeño riesgo de que estas situaciones de conflicto deterioren su mecanismo. Porque en algún lugar de su interior hay un cúmulo de energía, una pequeña chispa que no se canaliza adecuadamente, que fluye circularmente sin encontrar la salida.


-        Es... terrible.


-        No se preocupe. Pigmalión-SRC admite que devuelva el robot a fábrica. Le reembolsaremos el ochenta por ciento de lo pagado.


-        No, no es eso. Es terrible querer la felicidad de otra persona y sufrir por no saber cómo conseguirlo.


-        Es un robot. Devuélvalo y dormirá tranquilo.


-        ¿Y qué ocurrirá con ella?


-        Será reconvertido para otros usos. Reprogramado. Su rostro y su figura serán modificados, obvio, para que pase por un robot normal.


No he aceptado. Yo la quiero. Quiero seguir viendo su sonrisa de fresa y nata, ahora que sé que detrás de su expresión incierta, insegura, hay un alma perdida entre la niebla, que no acababa de nacer.


Sufriré. Tendré que beberme muchas veces mis propias lágrimas, y hacerlo sin que ella me vea.


 

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5 de Octubre de 2009 a las 10:06
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1º en el IX Certamen: Monstruos, Dioses


Adara, la inmortal


La inmortalidad dividió en dos al género humano. No es fácil recordar cómo. En la memoria de los que nunca la alcanzaron, el suceso se hizo humo de mitos y leyendas mucho antes de que dejara de ser exacto el número de generaciones transcurridas.


La memoria de los inmortales es diferente: no la aniebla el extravío de los detalles, sino su exceso. Y aunque algunos de los afortunados iniciaron registros minuciosos de su nueva vida presuntamente inacabable, los ordenadores dejaron de responder a la tecla de encendido después del holocausto. No buscaron tinta y papel para mantener los anales. No valía la pena. Porque no habría ya lugares donde guardarlos, tan inacabables serían, ni se conservarían tanto tiempo como ellos vivieran. Y concluyeron poco a poco que el tiempo transcurrido y registrado siempre abrumaría al tiempo necesario para leer esos anales.


Pero, ¿cómo fue?


Hubo una vez... Sí, claro, tuvo que ser antes del holocausto. Por entonces ya se sabía que el ser vivo es una máquina que se repara a si misma, pero sin la suficiente perfección. Sólo había que ajustarla bien, y la máquina sería eterna.


El hallazgo era inminente. Todos los hombres esperaban vivir para verlo, y verlo para vivir eternamente. Ocurrió. Los poderosos fueron los primeros en alcanzar la eterna juventud. Y una vez conseguida, conspiraron. Porque, ¿dónde iría la Tierra con una humanidad inmortal? ¿No rebosaban de hombres los continentes? ¿No se habían fundido los polos, desbordados los mares, arrasada la Amazonia, extinguidas las especies?


Los hombres eran demasiados. Y ahora, por añadidura, inmortales.


El Acuerdo para la No Proliferación de la Inmortalidad sólo fue acatado por los que ya lo eran. Y no impidió lo inevitable. Ninguna reunión de hombres, cualquiera que fuese el título que recibiera, resistió la presión de los que pedían ser admitidos en el club de la eterna juventud. Disturbios en las ciudades. Los primeros Gobiernos en ceder se enfrentaron a los Gobiernos defensores del Acuerdo. Y éstos encomendaron la supervivencia del planeta a las armas nucleares.


Aquellas bombas aliviaron al mundo del peso que lo asfixiaba, reduciendo el número de los hombres -mortales e inmortales- a lo razonable. Y cuando se hubo asentado el polvo, crecieron los bosques donde nadie recordaba que los hubiera habido. La nieve volvía a caer en las cumbres sobre la nieve del año anterior. Especies que se creían extinguidas, surgían quizás -quién sabe- del Arca de Noé de un millonario excéntrico cuya previsión disparatada había resultado al final clarividente.


En algún momento de aquel cataclismo se perdió la máquina de la inmortalidad. Alguien tuvo en su mano, en el último momento, la decisión de destruirla para siempre o conservarla fuera del alcance de los hombres, y decidió esto último. Lo cuenta un relato diseminado entre mil fábulas: que la máquina está en algún lado, esperando a que alguien la encuentre.


El género humano volvió a crecer. Muy despacio. Liberándose de todas las taras y monstruos inviables que siguieron al gran holocausto. El hombre volvió a tener retos a su medida a los que enfrentarse: rebaños para medrar; cosechas que sembrar y recoger; jabalies, osos, leones con los que probar el valor de sus flechas y lanzas.


Mortales e inmortales vivían separados por una envidia atávica, un agravio de eones. La pugna, sin embargo, ahora va cayendo ineluctablemente del lado de los mortales. Porque las muertes violentas, las enfermedades oportunistas (los suicidios también), menguan el número de los inmortales. Entre ellos la procreación es aberrante, un tabú cuya transgresión socava la comunidad. Porque los seres traídos al mundo son mortales, y los perpetuamente jóvenes no quieren tener previsión para la vejez y la muerte. La inmortalidad requiere la inmutabilidad en todos los órdenes. Así es todo entre ellos, sus leyes, sus costumbres, sus jefes, y hasta sus vidas interminables. El tedio y la decadencia es el precio que pagan por no envejecer.


Y los que se niegan a pagarlo -un lento goteo- abandonan sus pequeños Olimpos amurallados para buscar la sociedad de los mortales, mezclarse con ellos y robarles un poco de vida...


 


 


La pareja estaba sentada al sol. A sus espaldas, la pared de bojes esmeralda y el fuste gris de las hayas. Delante, la vertiginosa ladera despeñándose hasta el valle.


El hombre hablaba sin levantar la vista. Entre las manos, un cuchillo y una rama. Las palabras salían de su boca como las mondas del palo, concienzudamente.


- Se acaba, Adara. Esto se acaba para mi. Ya ves, yo siempre había hecho esta subida de un tirón, y hoy no sé si podré llegar arriba.


Estaban arrimados el uno contra el otro. La piel de ella, clara y tersa como la madera de boj que desnudaba el cuchillo. La de él, arrugada y áspera como la corteza que arrancaba. Un par de virutas se camuflaban entre las canas de su barba. El seguía cortando pensamientos.


- Todos estos años junto a mí, te habrán parecido un suspiro. Aunque a mi... me han colmado, Adara.


Ella lo rodeaba con su brazo, recostada en su hombro. Su pelo negro caía por igual sobre las espaldas de ambos.


- No digas eso, Ruisko. Tú me has hecho joven. Te lo he explicado tantas veces...! -le dijo ella.


- Y tú me has hecho viejo, Adara. -dijo él-. Todos envidian mi fortuna, envejecer junto a una mujer perpetuamente joven ¡Qué pocos sospecharán lo que puede llegar a doler!


Levantó la vista. Sobre ellos, allá donde el azul no tiene medida, una silueta alada planeaba en círculos tan solemnes como el cielo inmutable. Adara averiguó, como tantas otras veces, la mirada de Ruisko ávida de inmensidad. Hacía años que él ya no subía a los acantilados para acechar el vuelo de los buitres.


Dejar de hacerlo fue su primera claudicación. Luego vinieron otras. Todavía no arrastraba los pies. Todavía podía dar un grito para reunir a los perros a su lado. Pero los hijos ya habían empezado a decirle: déjalo, padre, ya lo haré yo. Y estaba ella, la madre de sus hijos, ella, siempre a su lado, siempre igual, inmutable, siempre joven. Ella lo hacía doblemente viejo.


- Vamos -arrancó él.


Y reemprendieron la subida. Ella a su lado, detrás, disimulando que podría caminar más deprisa. Pretextando una flor, una seta, un trozo de musgo, para que él tomara aliento sin reparar en ello.


Llegaron. El risco dominaba los tres valles. Esperaron.


Al rato los vieron aparecer, apenas unos puntos por debajo del horizonte. Se afianzaron en el borde, el uno en el otro, contra el viento. Uno, dos, tres, cuatro buitres pasaron delante del acantilado, debajo de ellos. El detalle de las plumas remeras; sus tonos cambiantes, tierra seca, tierra oscura, negro; la gorguera blanca. Y cuando ya los despedían, de la nada apareció un quinto, suspendido delante de ellos, inmóvil como la eternidad. Ruisko reventó de gozo. Porque en ese momento, el buitre giraba su cabeza, enfrentándoles con los ojos, como si quisiera hablarles, sonreirles con el pico.


Y con un levísimo gesto de sus alas, se catapultó hacia el cielo.


- ¿Has visto, Adara? ¿Has visto? Se ha parado a mirarnos.


- Si, Ruisko.


- Nunca pensé que vería algo igual. Tenías razón, ha valido la pena subir.


Se sentaron. Comieron. Ella apoyó su espalda contra el tronco de un haya. El se acunó entre sus piernas.


- Toma, bebe -y Adara le alargaba una cantimplora pequeña-. Dormirás un poco, y te despertarás con fuerzas para bajar, sin que te duelan las rodillas.


El bebió. Luego dejó extraviada su mirada en el azul, mientras ella le acariciaba las sienes. Y cuando él cerró los ojos, ella empezó a llorar, suavemente al principio. Luego a borbotones. Lloró todas las lágrimas que no habían salido de sus ojos en su larga vida inmortal. Lloró y lloró, hasta que la frente de él estuvo fría como la muerte. Entonces apretó los ojos -secó las lágrimas-, apretó los dientes -estranguló los sollozos-, y se puso en pie. Arrastró el cuerpo hasta el borde del acantilado, y lo desnudó, preparándolo para la última visita de los buitres.


Arrancó a caminar. Tenía un trecho muy largo, muchas montañas que subir y bajar hasta llegar más allá de los valles, donde nadie hubiera oido hablar de ella, Adara la inmortal. Y mucho tiempo para decidir si valía la pena seguir viviendo sin volverse a enamorar de un mortal.


 

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5 de Octubre de 2009 a las 10:23
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1º en el XII Certamen (Antiguo Egipto)


El seductor del mundo


  


 


Había llegado paloma de Menfis. El guardián de Hathor informaba al guardián de Amón que el extranjero se dirigía a Siwa.



Me preocupé. Tres años oyendo hablar de él. El ruido de sus pasos, cada vez más fuerte y más próximo. Al principio no había prestado atención a sus victorias. El mundo está lleno de matachines.



Pero un año más tarde, el matachín había bajado hacia el sur y puesto en fuga a Darío. No pude dejar de especular cuánto tardaría el país del Nilo en sublevarse contra el persa. Los pueblos necesitan reyes que sean dioses, porque el respeto a la divinidad amortigua el rencor que se incuba por vivir sometidos. Pero un rey que huye abandonando a su madre, a su esposa y a sus hijos en manos de su enemigo... Aquello sólo podía traer desórdenes.



No es que al oasis de Amón le afectara: todo nos queda demasiado lejos (al menos, así pensaba hasta que llegó la paloma). Pero me interesa la suerte de mis colegas de Menfis, de Heliópolis, de Tebas. Todos los años disfruto de su hospitalidad. E intercambiamos palomas.



Después, llegaron noticias de Tiro, de Gaza. Murallas de muchos codos. Inexpugnables. Supe que el macedonio había rellenado el mar frente a Tiro, levantado colinas y terraplenes frente a Gaza. Máquinas de asedio nunca vistas. En siete meses consiguió lo que otro rey había intentado en vano durante trece años frente a Tiro. El arrojo de sus soldados, el ejemplo de un caudillo que se exponía con ellos por igual a las flechas y a la sed. Supe también de su ferocidad y crueldad. También de su generosidad.



No me extrañó que los de Pelusio salieran a recibirle con palmas. Y que Mazaques, el sátrapa de Heliópolis, bajara por el río a su encuentro.



Admirable. Tan joven. Eso pensaba.



Hasta que llegó la paloma. Si me hubieran dicho que se acercaba una nube de langosta, no me hubiera preocupado más. Porque las langostas devoran las cosechas, como los soldados, pero dejan intactos los tesoros. No quería imaginarlo: el templo saqueado, los extranjeros bañándose en la laguna sagrada. Y las rentas del templo resentidas durante años, si se producía una matanza entre el pueblo.



Nada podía hacer. Nuestros soldados sólo sirven para poner orden en las disputas por el agua, o para “recordar” la obligación de pagar los diezmos.



Nada podía hacer. Salvo esperar. Confiar en nuestros muros de arena y sed, que siempre nos han defendido, como cuando los cincuenta mil hombres de Cambises se desvanecieron por el camino.



Pero no a ciegas. No quería despertarme de la siesta en medio de una pesadilla: nubes de polvo a lo lejos, en el horizonte por encima de las palmeras. Entre ese ejército y nosotros se interponía un inmenso vacío, sin ningún amigo, ninguna paloma que pudiera confirmarme el extravío, la agonía, la sed, el desvarío de la muchedumbre enemiga. O lo contrario.



Envié dos exploradores. Con un día de diferencia. Y esperé. Nadie en el oasis, salvo yo, el guardián del templo, sabía que Alejandro venía de camino.



Yo subía cada mañana al palomar de la torre. A esa hora el vapor de los manantiales flota entre las palmeras, en el aire frío del amanecer, hasta que el sol entibia y disuelve la neblina. A falta de noticias, contemplaba el cielo por encima del mar de verdor, el sol como una joya dorada empotrada en el esmalte azul. Y me imaginaba al ejército de Alejandro bajo el mismo cielo, pero soñando un espejismo de palmeras verdes, anhelando sus sombras protectoras, desorientado en medio de un mar de arena. Sediento.



Llegó una paloma. Alejandro dejaba la orilla del mar y caminaba hacia el sur. La ruta esperada. Le quedaba lo más difícil. No menos de once días para el camello más rápido. Ya no encontraría pozos. Un ejército con su impedimenta, sus criados, sus prostitutas, sus mercaderes de botín, sus parásitos... jamás, jamás llegarían. El desierto y Amón lo impedirían.



Días después, el cielo se nubló por unas horas encima del oasis. Al rato, llegó una paloma. “Llueve. Los soldados beben”. Nunca llueve. Sólo algún año. Y había de ser al paso de Alejandro. ¿Dónde estaba Amón?



Al quinto día, llegó otra paloma. Alejandro a mitad de camino. Más rápido que el más rápido de los camelleros. Me quedé mirando fijamente la cabeza de carnero de Amón: ¿de parte de quién estaba?



Al siguiente y al siguiente, una tormenta de arena nos redujo a todos tras los postigos de las casas, y obligó a los que salían a cubrirse por completo. Los ojos escocían, oídos y narices se llenaban de tierra, los dientes masticaban arena. Amón, por fin, había intervenido. Todas las pistas, todas las marcas se habrían borrado. El ejército se encontraría caminando en círculos tan grandes que no se darían cuenta hasta que volvieran a pasar sobre sus mismas huellas al cabo de varios días.



Ya no llegaron más palomas, sino un explorador. Luego el otro. Los dos decían lo mismo: Alejandro venía. “¿Cómo, cómo lo ha conseguido?”, les pregunté. “Cuervos”, dijo el que más se había acercado a la vanguardia del ejército. “Llevan cuervos”. Cada amanecer, y cuando se desorientaban, soltaban uno. El cuervo sube, remonta el aire. Y les muestra el camino con su vuelo.



Di aviso a los jefes de distrito. Que la población se preparara a recibirlos. Que quien tuviera algo muy preciado que guardar, un tesoro, una hija, lo enviara al desierto, al sur.



Pero no dio tiempo. La nube de polvo aparecía ya en el horizonte.



......



Lo recibí en la escalinata. Sudor y polvo le cubrían todavía. En el aire, el bullicio habitual de los que llegan resecos y acalorados al borde de la laguna. Pero es difícil distinguir esos gritos de alegría de los otros que yo temía.



Sólo me tranquilicé cuando le oí decirme “Quiero consultar a mi padre”.



Fue un equívoco. Yo llevaba años sin hablar griego. Alejandro había dicho “acerca de mi padre”. Un equívoco. Pero terminó en un entendimiento perfecto.



Las consultas al oráculo son siempre públicas. Yo había entendido que sus intenciones no eran esas, las de un particular cualquiera, sino rezar dentro del templo, y con ese acto proclamarse hijo de Amón. Bien, pensé yo, si eso es lo que Alejandro quiere del templo, el templo se lo dará. No estábamos en condiciones de discutir. Tebas, Dodona, si alguien quería poner los puntos teológicos al joven Alejandro, que lo hicieran cuando se marchara de aquí.



Nadie, ni de su comitiva, ni del templo, lo esperaba. Pero tampoco nadie mostró sorpresa, y menos que nadie, Alejandro, cuando yo, al invitarlo a pasar, lo saludé como hijo de Amón y le dije: “Entra a la casa de tu padre”.



Estuvimos mucho rato a solas. Clito y Parmenión vigilaban la puerta. Sí, Alejandro sólo pretendía despejar una inquietud sobre la conjura que mató a su padre, Filipo. También, preguntar sobre su futuro. Hablamos. Reímos juntos al darnos cuenta del malentendido. Le transmití cuanta sabiduría atesoramos los guardianes de los templos acerca de la divinidad y la realeza. Es grande. Merece ese nombre. Es un seductor de multitudes. Sabía, porque lo había aprendido de Filipo, que ser caudillo de hombres en armas supone llevar permanentemente la máscara del heroísmo. Su valor, su atrevimiento, su sacrificio, están dirigidos siempre al auditorio de sus soldados. Ahora estaba aprendiendo que gobernar un imperio requiere algo más que la capacidad de cautivar a los que llevan las armas. Debe fascinar a los que no combaten, a sus súbditos. A los que sufren, a los que esperan, a los que llevan una vida fatigada o simplemente aburrida. Al amo y al criado, a la mujer y al marido, al niño y al anciano.



Y en esa tarea, los sacerdotes somos sus soldados.



Le regalé la tiara de los cuernos curvados, la que luce en las monedas. Le di un último consejo: correr un velo de silencio sobre lo hablado con el Dios dentro del santuario. Nada excita más la imaginación de las masas que el misterio.



Al despedirse, me dijo: “¿Puedo hacer algo por ti y por el templo?”. Le contesté: “Cuando dejes esta vida mortal y accedas a la divinidad, ordena a los tuyos que te traigan aquí, con nosotros”.



Y aquí está, recién llegado, el cuerpo divino del inmortal Alejandro el Grande.



Gracias por traerlo, Ptolomeo.


 


 

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5 de Octubre de 2009 a las 10:32
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

2º en el XV Certamen: Hambre


La hoz


 


Soy ingeniera agrónoma, máster en Biotecnología, y hasta tengo publicado en el CSIC un estudio sobre el origen del cultivo de la patata.


Tanto curriculum no me da ninguna autoridad sobre la huerta de mi abuelo. Para él, sigo siendo la misma niña que hace veinte años se entretenía rebuscando escarabajos entre las matas y corría a enseñárselos.


Tiene noventa años. Baja a la huerta todos los días. Sube deslomado, sediento, boqueando, no es persona... Y al siguiente vuelve, de nuevo, a la huerta. Unas veces pienso que allí se consume, se hunde cada día un poco más en la tierra; y otras que de allí, del agua y de la tierra, del aire y del estiércol, toma los nutrientes que lo mantienen vivo.


De los muchos trabajos con los que se castiga, edrar con la azada entre planta y planta no es el peor, pero si el que más le tortura. La tierra, arcillosa, hace costra cuando seca. Y cada pocos días hay que doblar el espinazo con la azada pesada, rabiosa, y arañar la tierra, desmenuzarla para que abra sus poros al agua que la fecunda.


Edrar es una condena bíblica, un trabajo siempre necesario, nunca suficiente.


Hace poco le compré un escarificador con mango telescópico. Más ligero que la azada y no tendrá que agacharse para edrar. Me hubiera gustado que hubiera venido conmigo a Leroy-Merlin. Los ojos se le hubieran ido por las estanterías detrás de las herramientas y los accesorios, adivinando para qué sirve cada una. Pero todo lo demás es un mundo al que su sordera priva de sentido: la pradera de asfalto del aparcamiento, con sus rebaños y estampidas de coches; los carteles y avisos por doquier, hojas y flores de un desconocido jardín urbano; la procesión delante de las cajas, una plaga sin remedio.


Se le avivó la cara cuando le enseñé el escarificador. Extendió y recogió el mando, tentó la dureza de las puntas. Me dijo "mañana lo pruebo", y lo dejó allí, junto a la azada y la zarracamalda.


Entonces vi la hoz. Puedo decir que he visitado cada rincón de esta casa con los ojos curiosos de los siete años, con los ojos íntimos y secretos de los quince, y con los reflexivos y estudiosos de una mujer de más de veinte. No la había visto nunca. Una hoz diferente, sin ningún parecido con una medialuna, con un signo de interrogación, con el viejo icono en la bandera del desdentado fantasma comunista.


El mango era de madera oscura, pulida por los callos y barnizada por el sudor. La hoja, estrecha y delgada, casi frágil. Su curvatura, mínima, como un pequeño alfanje con el filo por dentro.


La quise para mí.


Mi casa es un pequeño museo etnográfico. Por doquier, en el suelo, colgados de la pared, del techo, tengo candiles, almireces, herraduras, azuelas, una romana, una collera, una horca, una laya, serones, una prensa de uva, un molino de mano, dos hachas de piedra que el abuelo encontró una vez en la Fuente Mina... Quería esa hoz.


Tenía la hoz entre mis manos.


- Esta hoz...


Me la cogió, como si necesitara tenerla él para hacer memoria.


- Antes, aquí venía una cuadrilla de la parte de Castilla. Subían segando desde la Ribera, y llegaban para San Pedro, y remataban la cebada, y luego el trigo o la avena, si había, y aún se quedaban de agosteros hasta que aparecían las quitameriendas. El mayor de ellos, el mayoral, se llamaba Dionisio.


Esta hoz es la suya.


Dionisio era amigo de mi padre. Nosotros andábamos con el ganado no muy lejos de los segadores, para entrar en los rastrojos en cuanto ellos salían. Mi padre y él nunca se cruzaban sin hablarse un rato. Y los domingos, cuando el pueblo estaba en misa, Dionisio se iba donde mi padre y liaban un cigarro. Mi padre le decía “¿Qué?, ¿no vas a misa?”. Y Dionisio le preguntaba: “¿Y tú?”. “Yo soy pastor”. “Yo ahora también”. Y se reían.


Tenías que verlo segando. Siempre apalabraba a destajo, nunca a jornal. Dionisio cogía tres surcos para él; los demás, a cada dos. Cuando se volvía para dejar la mano, miraba para atrás, por si los otros se rezagaban. Empezaba suave, apretaba poco a poco. Sabía cuando aflojar para que nadie reventara, cuando dar un arreón aprovechando que alguien cantaba, y cuándo había que levantar el lomo con la excusa de echar un trago. O de afilar la hoz.


Porque esta hoz no es para dar tajos, sino para rebanar. Hay que tenerla siempre afilada, que te puedas afeitar el dorso de la mano con ella.


La cuadrilla eran tres y el chico, Aniceto. Era menor que yo, doce años tenía. Rubio como la mies. Como su padre. Cuando segaban, se colocaban los hombres en el surco, y el chico detrás, atando los manojos. A veces, su padre tomaba un descanso y le dejaba la hoz, para que se fuera haciendo.


Aquel año Dionisio riñó con el amo de Barberena. Tú no conociste, claro. Entonces casa Barberena era medio pueblo, más tierra que nadie y lo mejor.


El amo de Barberena era un carlistón beato, que le gustaba avasallar. Fue alcalde más de veinte años después de la guerra. Aquel año Dionisio y él tuvieron alguna diferencia, no sé por qué. Da lo mismo. La diferencia era vieja, y se hacía nueva cada año. El uno tenía mucha tierra; el otro trabajaba muy bien. Pero por más que cada año se buscaban, necesitados el uno del otro, no acababan de ajustarse.


Ese año Dionisio y su cuadrilla plantaron al amo de Barberena. Trabajo no les faltaba, con uno o con otro. Y para dormir, mi padre les dejó nuestro pajar.


Aquello fue el año del Alzamiento. Víspera de Santiago, el amo de Barberena se fue a la mañana con la Tafallesa a Pamplona, y volvió a la tarde en coche con cuatro requetés. Encontraron a Dionisio segando una pieza nuestra. “Tú eres el que no va a misa”, y se lo llevaron.


Mi padre lo vio de lejos, luego oyó los tiros. Fue para allá y lo encontró muerto. Me mandó con Niceto, que lo apartara, que no viera lo que le habían hecho a su padre. Y él, con otro, cogió el cuerpo y lo llevó al cementerio. En la subida les salió al paso el amo de Barberena, que qué hacía. Mi padre le dijo: “Algunos no vamos a misa todo lo que debemos, pero no nos olvidamos de dar sepultura a los muertos”.


Como decían que era ateo, tuvieron que enterrarlo por la parte de fuera, delante de unos bojes.


El abuelo calló. Aproveché para alargar la mano hacia la hoz y preguntarle.


- ¿Y cómo vino a ti la hoz?


Pero él me contestó sin soltarla.


- Muchos años más tarde, yo andaba una vez con el ganado por debajo de la Peña. Vi a uno que no era del pueblo. Subía por la cuesta del cementerio. Pero no entró. Se estuvo donde la mata de boj.


No fui yo el único del pueblo que se apercibió. Si le dijeron o no algo al amo de Barberena, no lo sé. Pocos del pueblo recordarían ya quien estaba enterrado debajo de aquel boj.


A los días, el amo de Barberena subió a Pamplona, como todos los sábados. Yo lo vi volver, bajarse de la Tafallesa y echar a caminar para el pueblo. Y vi como aquel hombre estaba apostado en el camino esperando a que llegara. Dejé el ganado y corrí para allá. Cuando llegué, el amo de Barberena estaba parado en medio del camino. Miraba para mí, miraba delante. Delante de él, estaba Niceto, el hijo de Dionisio. Con la hoz de su padre en la mano.


Le llamé. Me reconoció. A pocos a pocos se fue viniendo para mí, apartándose del camino. Y el amo de Barberena pasó de soslayo, sin abrir la boca. Nada le dijo Niceto, nada le dije yo.


Niceto me dijo que llevaba un año trabajando en Potasas, en la mina. Y aquí ha vivido desde entonces. La hoz me la dio aquel día. Yo la he guardado hasta anteayer, que vi su esquela en el Diario.


- Haberme dicho. Te hubiera llevado al funeral.


- No hubo funeral. Lo decía la esquela.


Y me quitó la hoz para dejarla en su sitio.

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16 de Octubre de 2009 a las 20:50
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XI CERTAMEN

TERCER PUESTO


FIN


Durante siglos, la humanidad se preguntó cómo sería su final. Algunos auguraban un apocalipsis violento, resultado de alguna catástrofe cósmica producida por la caída de meteoritos o por el colapso solar o lunar. Otros aseguraban que sería nuestra manipulación de la naturaleza la que acabaría con las condiciones para la vida, debido a cambios climáticos irreversibles y catastróficos. Los ecologistas más radicales pensaban, incluso, que el propio planeta se vengaría y el final de los tiempos llegaría como consecuencia de una enfermedad virulenta, que purgaría al hombre de su superficie. 


Sin embargo, nadie pudo nunca imaginar lo que realmente ocurrió. Cuando el verdadero ocaso llegó, nadie lo esperaba. La humanidad había logrado metas que durante siglos le habían estado vedadas; el clima estaba completamente controlado, las catástrofes naturales eran fácilmente predecibles y evitables, e incluso las enfermedades se habían convertido en algo residual y anecdótico. Se podría decir, que la humanidad atravesaba el periodo más pacífico de su historia. Por eso, lo sucedido fue tan inesperado.


El 21 de mayo de 2112, todas las mujeres del mundo, sin importar su edad o condición, se hundieron en un repentino sueño del que no volvieron  a despertar. Simplemente, se recostaron, allí donde estaban, y cerraron sus ojos para no volver a abrirlos. Se apagaron, al igual que la llama de una vela, barridas por un viento invisible. 


Yo trabajaba como jefe de virología en el Complejo Médico Central de Nueva York. Nuestro trabajo era rutinario, llevábamos años sin afrontar ningún brote vírico relevante y nos limitábamos a la preparación de nano vacunas y a la esterilización, detección y eliminación de agentes toxicológicos ambientales. Por eso, cuando el caos se desató a nuestro alrededor, no estábamos preparados para afrontarlo y todo se desbordó. Los hombres colapsaron los sistemas de urgencia, intentando conseguir atención para sus esposas, hijas, hermanas o madres, pero la asistencia era prácticamente imposible, ya que los hospitales y centros sanitarios también habían sufrido la pérdida instantánea de todo su personal femenino. Todo el esfuerzo que realizamos los sanitarios fue inútil, a las pocas horas de caer en su extraño sueño, todas las mujeres murieron y la humanidad se enfrentó al mayor desastre que había conocido. En un mundo que se había acostumbrado a la paz social, la violencia, provocada por la desesperación y el desconcierto, se apoderó de las calles, mientras la población desataba su frustración.


Mientras tanto, el consejo médico mundial realizó una llamada a la comunidad científica para intentar averiguar qué había pasado y a mí me tocó coordinar los estudios infecciosos. En principio, pensamos que algún tipo de cepa virológica o bacteriológica podía ser la responsable, pero, tras varias semanas de estudio detallado de miles de muestras, y, después de haber comprobado el alcance global e instantáneo del fenómeno, comprendimos que aquello era algo totalmente diferente. Todas las miradas, se volvieron entonces hacia el estudio ambiental, en busca de algún tipo de radiación o fenómeno físico, pero también fue inútil. Poco a poco, se fueron descartando todas y cada una de las hipótesis expuestas y la mayoría de científicos empezamos a aceptar que nunca sabríamos lo sucedido. 


Convencidos, como estábamos, de que nunca volvería a haber hembras de la especie humana, decidimos buscar métodos alternativos de reproducción. Pensamos en la clonación, que, aunque estaba prohibida por motivos bioéticos desde hacía generaciones, se revelaba ahora como nuestra única esperanza. Sin embargo, los  bancos de óvulos humanos eran inexplicablemente inservibles y, al recurrir a óvulos de origen animal modificados genéticamente, todos los embriones resultaron inviables. Era como si una mano invisible hubiese decidido que nunca habría un nuevo ser humano sobre la Tierra.


La idea de que el fin de la humanidad era sólo cuestión de tiempo, se abrió paso con rapidez entre la población, llenando las calles de desesperación y abatimiento. Los suicidios se convirtieron en algo cotidiano y la población mundial comenzó a disminuir rápidamente.


Fue casi un año después de que empezase todo, cuando oí los primeros rumores. Al principio fueron retazos de conversaciones y algunos murmullos, captados fugazmente en la cafetería del hospital. Me enteré de qué se trataba dos semanas después, gracias a mi amistad con el jefe del personal de limpieza.


- Tienes que prometerme que no se lo dirás a tus superiores – me pidió de forma enigmática.


- Puedes confiar en mí – le aseguré.


- Está bien – continuó – Hay una mujer superviviente, la llaman “madre”.


- ¿Cómo? – exclamé impresionado – ¡Si eso es cierto, pude ser la clave para comprender lo que ha pasado!


- Por eso no quería contártelo – me interrumpió, pidiéndome con un gesto de la mano que no llamase la atención – Si las autoridades se enteran, le harán toda clase de pruebas y eso sería su fin.


- Pero debemos encontrarla y examinarla, puede que nos de las respuestas que necesitamos - insistí.


- Si quieres respuestas, ella te las dará en persona – me aseguró -. Puedo concertarte una entrevista.


Naturalmente, acepté la propuesta. Una semana después, fui conducido, con los ojos vendados, al encuentro de la misteriosa mujer. Tras unas horas de trayecto, me quitaron la venda y me encontré en un lugar que parecía sacado de un libro de historia antigua. Se trataba de una perfecta recreación holográfica de un campo de trigo y maíz, en el que se adivinaba un sendero que terminaba en una pequeña cabaña de madera. Me interné por el camino hasta llegar a la casa y fue entonces cuando la vi. 


Era una mujer de edad avanzada. Estaba sentada en una mecedora, mientras tejía con precisión algún tipo de prenda. Tras unas pequeñas gafas de montura plateada, que reconocí por mis libros de historia médica, se escondían unos pequeños ojos azules, rodeados de las marcas de los años y llenos de la sabiduría que da la edad. Sentí un nudo en la garganta al ver, en su rostro arrugado y pacífico, reflejadas todas las mujeres que habían pasado por mi vida y que había perdido tan cruelmente. En aquel momento comprendí por qué la llamaban “madre”.


- ¡Ya estás aquí! – susurró con voz gastada, como si me conociera de toda la vida.


- ¡Hola!  – contesté estúpidamente.


- ¿A qué has venido? – preguntó, indicándome con un gesto de su mano que me sentase a su lado.


- Necesito saber por qué está usted viva. Si consigo averiguarlo, quizá haya alguna manera de dar a la humanidad otra oportunidad – le expliqué.


- ¿Otra oportunidad? – preguntó - ¿Para qué?


- ¿Cómo que para qué? – exclamé desconcertado.


- Vivir no es una meta en sí misma – respondió – Sólo es un medio del que nos valemos para colmar los anhelos de nuestras almas. Mira a tu alrededor y dime ¿qué ves?


- Un holograma de un campo de maíz.


- Exacto – repuso – Un holograma, pero no auténtico maíz o trigo cultivado con esfuerzo por las manos del hombre.


- Eliminamos la necesidad de cultivos, cuando se descubrió la síntesis de alimentos – le expliqué desconcertado.


- ¡Claro! – exclamó -¡Igual que eliminasteis los bosques y animales, cuando descubristeis que un ambiente esterilizado aumentaba la longevidad y disminuía las enfermedades, o  igual que controlasteis el clima para crear una tierra a vuestra medida!


- ¿Y qué hay de malo en ello? Hemos desterrado el sufrimiento y traído la paz y el bienestar al ser humano. Además, existen recreaciones, como ésta, que permiten experimentar el mundo natural.


- Con la naturaleza reducida un mero escenario sin alma, las emociones controladas, la sociedad estructurada con precisión y la ciencia convertida en un corsé con el que moldear el mundo, habéis privado al espíritu humano de sus ansias de superarse – replicó emocionada - ¿Cuánto tiempo hace que nadie pinta un cuadro emotivo, cincela una escultura sugerente o  escribe un novela de amor?


- No lo entiendo – repuse con sinceridad - ¿Qué tiene que ver todo esto con lo muerte de las mujeres?


- Las mujeres no han muerto, es el mundo el que está muerto desde hace años. Lo único que ha ocurrido, es que el espíritu de la mujer ha sido el primero en darse cuenta de que ya no había anhelos por los que luchar.


- Y usted, ¿por qué no ha muerto también?


- Yo siempre fui una rebelde – exclamó, echándose a reír.


Aquel día volví a casa y miré a mi alrededor con ojos distintos, hasta que el sueño empezó a vencerme, a mí y al resto de los hombres.

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16 de Octubre de 2009 a las 20:59
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XVI CERTAMEN

TERCER PUESTO

SOSPECHAS

La primera vez que percibí algo extraño fue al cumplir los doce años. Mis padres habían comprado una tarta de chocolate como todos los años y, tras apagar las velas y cantar el pertinente feliz cumpleaños, salí un momento al baño. Quise gastar una broma a mis padres y volví sigilosamente, intentando sorprenderles, pero la  sorpresa fue mía; mi padre y mi medre se encontraban en la mesa contemplándose uno al otro totalmente quietos y silenciosos. Su quietud sólo duró un breve instante, pero fue suficiente para provocarme un profundo desasosiego.
Desde ese día empecé a espiarles cuando no me veían. Aparentemente no había nada anormal; seguían con su rutina habitual de cada día y se comportaban con aparente naturalidad. Sin embargo, empecé a notar cómo, de vez en cuando, la mirada de mi madre o mi padre se extraviaba en el infinito durante breves segundos. Era como si durante esos instantes sus mentes estuvieran muy lejos. Poco a poco, empecé a descubrir más y más comportamientos inusuales. Les oía hablar a veces en voz baja y tenía la sensación de que los sonidos que hacían no eran del todo normales, incluso creía ver un brillo extraño en sus ojos, o movimientos no del todo naturales en su forma de caminar o moverse. 
Aquellas sospechas, vagas al principio, fueron concretándose cada vez más hasta que llegué a convencerme, aunque a mí mismo me parecía una locura, de que aquellos no eran mis verdaderos padres.
Pensé en pedir ayuda, pero sabía que nadie creería algo así de boca de un niño de doce años, incapaz de aportar ninguna prueba más allá de su fértil imaginación. Atemorizado y sin saber qué hacer, me vi envuelto en una espiral de temores irracionales, que sólo se aliviaban cuando acudía al colegio y me alejaba de mi hogar durante unas horas.
Mis padres se dieron cuenta de que algo me ocurría y empezaron a bombardearme con preguntas continuas sobre mi cambio de comportamiento. Intenté disimular con todas mis fuerzas, pero, apenas tenía apetito y no podía evitar encerrarme en mi habitación en cuanto volvía a casa. Tenía la sensación de que, si mis padres se enteraban de que sospechaba algo, podía ocurrirme algo terrible.
Una mañana no pude más y le conté todo a María, una compañera de colegio que había sido mi mejor amiga casi desde la guardería y por la que, según me hacía más mayor, iba sintiendo algo más que amistad. Me miró como si fuese un extraterrestre y se echó a reír a carcajadas. La empujé enfadado y a punto estuve de ponerme a llorar por la rabia que sentí. 
- ¿Lo dices en serio? – me preguntó perpleja por mi brusca reacción.
- Sí – confesé, temiendo que volviera a reírse de mí.
María se acercó y me acarició la mejilla con ternura.
- Siento haberme reído, pero es que tienes que reconocer que suena a película de ciencia ficción.
- Lo sé, por eso no quería contárselo a nadie. Sabía que no me creerían.
- Yo te creo.
Si un coro de ángeles hubiese bendecido mi propio nombre, no me hubiese sonado tan bien como aquellas simples palabras. María confiaba en mí, con esa confianza que sólo puede dar la amistad verdadera. Le conté cada una de las cosas extrañas que había observado y ella me escuchó atentamente sin perder detalle. Al terminar, me dijo que me ayudaría a descubrir la verdad y aquello me tranquilizó.
Al día siguiente, María llegó a clase con un enorme libro en su mochila que me enseñó en el recreo. Se trataba de un tratado sobre enfermedades siquiátricas que había conseguido en la biblioteca. Me mostró la descripción de una extraña dolencia llamada el Síndrome de Capgras que hacía que una persona tomase por impostores a sus seres queridos.
- Entonces, ¿piensas que estoy loco? – le pregunté preocupado tras leer el libro.
- ¡No digas tonterías! – me reprochó -. Sólo lo he traído para que comprendas que el cerebro puede jugar malas pasadas y hacerte creer cosas que no son reales. Es posible que lo único que te pase es que tus sentimiento hacia tus padres estén cambiando al hacerte más mayor y lo estés malinterpretando. 
Aunque al principio su argumento no me pareció del todo convincente, durante los siguientes días no observé nada demasiado peculiar en mis padres y empecé a pensar que María podía tener razón. 
Un mes después, y cuando mis sospechas me parecían ya delirios absurdos del pasado, el colegio organizó una excursión de fin de semana al museo de ciencias. No podía imaginarme que aquello iba a suponer que todo estallara a mí alrededor.
El sábado me levanté temprano, preparé mi mochila para la excursión y salí a toda prisa hacia la escuela. Tardé apenas diez minutos en llegar, pero mis compañeros estaban ya subiendo al autocar y María me esperaba con cara de impaciencia. Fue entonces cuando me di cuenta de que me había dejado la entrada para el museo en casa. Se lo dije al profesor que me dio permiso para volver a por ella. No me lo pensé y salí corriendo.
Cuando llegué, tuve una especie de presentimiento y decidí entrar en casa silenciosamente. Pensé que era el momento ideal para cerciorarme de que mis sospechas pasadas eran infundadas. Todo estaba silencioso. Percibí un ruido de pasos en el sótano, me acerqué y abrí la puerta con cuidado. Lo que vi hizo que la sangre se helase en mis venas. Mi padre y mi madre se encontraban en el sótano a  oscuras, pero de sus ojos surgían haces de luz que iluminaban tenuemente la habitación. Los dos estaban cogidos de las manos y sus cuerpos brillaban como surcados por miles de diminutos diamantes. Tropecé por la impresión, cayendo por las escaleras del sótano. Los dos acudieron a mi lado recuperando de forma instantánea su aspecto habitual.  
Estaba aterrorizado y sangraba abundantemente por la rodilla. Temía que, en cualquier momento, aquellos extraños seres acabaran con mi vida para evitar que contase lo que acababa de ver. Pero, en lugar de hacerme daño, mi madre puso sus manos sobre mi herida y ésta se cerró sin dejar ni siquiera una cicatriz. Mi padre me abrazó a continuación y todo comenzó a brillar a mí alrededor. Al instante siguiente me encontré en medio de una estancia fuertemente iluminada y completamente blanca. Mis padres seguían a mi lado, pero su aspecto era totalmente distinto: su piel parecía translúcida y surcada por millones de diminutas luces y sus ojos brillaban como gemas preciosas. Aunque estaba muerto de miedo, no pude dejar de comprender que eran unos seres increíblemente hermosos y delicados. 
- No debes temernos, seguimos siendo tus padres – me dijo mi madre intentando tranquilizarme.
- No puede ser, ni siquiera parecéis humanos – conseguí responder, a pesar del miedo que sentía.
- Llevas razón. No somos humanos, somos robots. Pero somos quienes te trajimos al mundo en nuestros laboratorios; te alimentamos y te criamos en cada etapa de tu crecimiento. Y, aunque te cueste creerlo, te queremos igual que si fueses nuestro auténtico hijo.
- ¿En vuestro laboratorios? – pregunté, temiendo la respuesta.
- Sé que esto será perturbador para ti, pero fuiste clonado a partir de una muestra de ADN humano.
- ¡Estáis mintiendo, queréis volverme loco! – no pude evitar empezar a llorar con desesperación.
En una de las paredes blancas de la habitación, se abrió una puerta y, para mi asombro, María entró en la estancia.
- ¿A ti también te han cogido? – grité acudiendo a su lado y abrazándola con fuerza.
- No te asustes de nosotros – susurró, besándome en la mejilla, mientras su cuerpo se volvía translúcido y sus ojos comenzaban a brillar.
Retrocedí asustado, incapaz de comprender lo que ocurría.
- ¿Tú también eres uno de ellos? – pregunté incrédulo.
- Yo y todas las demás personas del mundo.
- ¿Qué quieres decir? – pregunté incrédulo.
- No eres un simple clon  – me respondió -. La especie humana se extinguió hace más de cien mil años y tú has sido concebido a partir de muestras fragmentarias de ADN. Eres muy importante para nosotros. Hemos tardado miles de años en poder traerte a la vida y hemos reconstruido este mundo sólo para que pudieras vivir en él.
- Pero ¿por qué lo habéis hecho?
- Porque toda especie tiene el lógico deseo de conocer a su creador ¿no crees?

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jcboiza

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16 de Octubre de 2009 a las 21:05
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XVII EDICION

SEGUNDO PUESTO

VACÍO

Soy agorafóbico, padezco la enfermedad desde hace más de cinco años y, desde entonces, he ido empeorando progresivamente hasta sumirme en una completa parálisis social y emocional. A pesar de todo, ahora mismo me encuentro andando en medio de una calle totalmente desierta y no siento ansiedad ni nauseas. Lo único que siento es un terror atroz, tan terrible y angustioso que hasta la fobia que me ha robado la vida ha pasado a un segundo plano. Pero, será mejor que empiece por el principio…

Todo empezó esta mañana, cuando, al despertarme con las primeras luces del amanecer, me llamó la atención el silencio reinante. Delante de mi casa hay un colegio y el bullicio de los infantes al acudir a las clases me despierta cada día, sin embargo, no se oía más que el ulular del viento enrachado. Aquello supuso para mí una profunda turbación y malestar.

Me asomé con precaución a la ventana, ya que el mero hecho de afrontar la amplitud del exterior se convertía para mí en una fuente de nerviosismo e inquietud, y comprobé con perplejidad que la calle estaba desierta. El colegio estaba cerrado y ni una sola persona transitaba por las inmediaciones. 

Intenté apartar los nubarrones que se cernían sobre mi mente y me forcé a emprender mi vida diaria como si nada ocurriese, pero no tardé en sufrir un nuevo sobresalto. Cuando fui a recoger la comida para pasar el día, que me traían del supermercado cada mañana dejándola frente a mi  puerta, descubrí que no había nada. Mi corazón se aceleró de forma desbocada y no tuve más remedio que sentarme en el suelo para recobrar el aliento. Cuando recuperé la calma, decidí averiguar por qué habían suspendido el servicio. Busqué el número del supermercado y descolgué el teléfono para marcar… ¡No había tono de llamada!  

Sentí  como mis piernas temblaban y el aire comenzaba a escasear en mis pulmones. Intenté respirar con lentitud para evitar hiperventilarme, mientras me decía a mi mismo que sólo era un fallo de la línea. A duras penas logré controlar mi ansiedad lo suficiente para que mi respiración se normalizase poco a poco. Finalmente, recuperé el dominio de mi mismo, pero estaba agotado por lo que decidí descansar en el sillón durante algunos minutos intentando ordenar mi mente y decidir qué hacer.

Aunque extraña, aquella situación podía deberse a la mera casualidad, por lo que pensé que, si actuaba con tranquilidad, podría volver a mis rutinas diarias en poco tiempo. Más calmado, decidí distraer la mente durante un rato mientras esperaba que la línea volviese o apareciesen los encargados del supermercado. Encendí la vieja cadena y estuve escuchando algunos CD de música en busca de la relajación perdida.

Fue mientras mi mente se perdía entre aquellos acordes sinuosos y suaves, cuando comprendí lo que podía estar pasando; tenía que tratarse de algún tipo de accidente grave, capaz de interrumpir la línea telefónica, obligar a suspender las clases e impedir la apertura del supermercado. 

Por primera vez desde hacía años, eché de menos la televisión, que en aquellos momentos hubiese sido la mejor fuente de información. Cuando mi enfermedad alcanzó su cenit, tuve que deshacerme de ella porque ni siquiera en la pantalla era capaz de aguantar la visión de zonas amplias o multitudes.  En su lugar, me hice adicto a la radio y al ordenador, como mis métodos de comunicación exclusivos con el resto del mundo. Por eso, encendí el sintonizador de radio en busca de alguna información que aclarase que estaba ocurriendo. Lo único que captaba el aparato era un infinito manto de siseos y ruidos ininteligibles. Probé a cambiar de cadena buscando cualquier emisora al azar, pero todo el espectro radiofónico estaba completamente silencioso. Por un momento pensé que el accidente podía haber afectado también a la radio, pero luego me di cuenta de lo absurdo de aquella idea. El sintonizador parecía funcionar perfectamente y ningún accidente podría haber acallado todas las emisoras en miles de kilómetros a la redonda de forma simultánea.

Creo que en aquel instante de suprema confusión conocí lo que era la histeria por primera vez. En lugar de mis habituales ataques de ansiedad, caí presa de una risa compulsiva que se alternaba con sollozos y lágrimas descontroladas. Me arrojé al suelo y pataleé como un niño pequeño con un antojo irresistible. Aquel estado me duró unos minutos para ser después sustituido por un cansancio abrumador que me hizo dormir, o quizá  perder la conciencia,  no lo sé. Sólo estoy seguro de que desperté varias horas después tendido sobre la alfombra, con el cuerpo dolorido y encharcado en sudor.

Me levanté tambaleándome con el estómago contraído por el hambre y me dirigí de nuevo a la puerta, para comprobar si finalmente habían dejado allí  mis viandas. Pero mis esperanzas fueron vanas, el descansillo estaba tan vacío como siempre. Desesperado, fui recorriendo las ventanas de mi hogar, una a una, gritando en busca de ayuda, pero nadie contestó. Era como si toda la humanidad se hubiese, simplemente, desvanecido.

En aquel momento de pánico pensé en pedir ayuda a mis vecinos. Su puerta se encontraba a menos de dos o tres metros de la mía, una distancia nimia, pero que, para mí suponía una barrera  tan infranqueable como un muro de hormigón. Decido a intentarlo, a pesar del presumible ataque de ansiedad que sufriría, abrí la puerta de mi casa y me enfrenté a la posibilidad de abandonar mi hogar por primera vez en los últimos cuatro años.

El sudor recorría mi rostro y mi corazón parecía un tambor desbocado, incluso creía percibir como mi pecho se movía por la fuerza de sus impactos. Respiré  varias veces profundamente y, cerrando los ojos, me lancé al exterior. A penas di dos pasos cuando me encontré frente a la puerta de mis vecinos. Busque a tientas el interruptor de llamada y lo pulsé de forma frenética. Esperé algunos segundos intentando controlar las fuertes nauseas que sentía, pero nadie respondió. Insistí, pero siguió sin haber respuesta. Entonces, desquiciado, comencé a golpear la puerta con mis puños, descubriendo para mi asombro que estaba abierta.

Entré sin pensarlo. Todo estaba silencioso. Recorrí las habitaciones una tras otra, descubriendo todo en un perfecto orden; las camas echas, los cajones cerrados, los suelos, paredes y ventanas pulcramente limpios y los grifos, brillantes y pulidos como si fueran nuevos. Era como si aquel lugar no fuera más que el decorado de un piso piloto. 

Mi estómago se contrajo de nuevo por el hambre, por lo que corrí a la cocina en busca de algo de comida, pero no había nada. El frigorífico estaba tan vacío y pulcro como el resto del piso. Caí de rodillas y empecé a sollozar, incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo. Fuera de mí, me arañe con fuerza un brazo, convencido de que aquello sólo podía ser un sueño, una pesadilla perversa en la que mi perturbada mente me había atrapado. Pero lo único que sentí fue un lacerante dolor, mientras la sangre brotaba de las  heridas recién abiertas.

No sé el tiempo que permanecí allí postrado, derrotado y confundido como nunca antes lo había estado. Sé que por mi mente desfiló mi vida como si alguien jugase con el mando a distancia de mi memoria. Recuerdos del pasado y esperanzas de futuro perdidas se mezclaron en mi conciencia hasta hacer que algo en mi interior se rompiese en mil pedazos. Pedazos que después se recompusieron para formar algo nuevo y distinto. Algo que me hizo levantarme con decisión, olvidando por completo los malestares de mi cuerpo, y salir al exterior del edificio sin sentir ya ansiedad ni palpitaciones. 

Ahora estoy aquí, en medio un mundo desierto, y lo que siento es una seguridad y determinación totales de luchar contra este terror que me atenazaba.  Ante mi desfilan  casas, parques, calles y plazas, sumidas en un silencio y vacío absolutos.  De pronto creo oír algo, una voz lejana…

“Tres”

Siento un escalofrío.

“Dos”

Empiezo a recordar.

“Uno”

Miró a mi alrededor y me encuentro tumbado en un diván, con la cara sonriente de un hombre sobre mí.

“Como le prometimos, acabamos de eliminar su fobia, mediante la inducción hipnótica de un sueño específicamente diseñado. Espero que esté satisfecho, y no olvide que la garantía le cubre la no reaparición de los síntomas en al menos dos años” 

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oniria

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5 de Noviembre de 2009 a las 16:36
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

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1º en el XIX Certamen
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LÁZARO EN LA OSCURIDAD

Yo soy Lázaro, Lázaro de Betania, hermano de María y Marta, y recuerdo que aquel día desperté súbitamente de una profunda oscuridad. Me encontré sentado en una piedra, junto al viejo pozo, a pocos metros de mi casa, con una ramita larga y esbelta en la mano. En el cielo brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y había un mensaje escrito a mis pies, sobre la tierra muerta.

“Se acerca…”

Parpadeé y me detuve, la ramita temblando entre mis dedos. Incluso ahora, sigo sin recordar haber escrito esas palabras. Me sentía absolutamente desconcertado. En ocasiones, mi mente naufragaba por completo en esa bruma viscosa que se enredaba en mis pensamientos, la que me traje del sepulcro hace años, cuando Jesús de Nazaret me recuperó de la muerte, pero nunca antes había escrito nada estando en ese extraño trance.

Dejé caer la rama, y miré a mi alrededor, buscando respuestas. ¿Qué se acercaba? ¿O quién? ¿Y para qué? No había allí nada importante, tan solo un muerto viviente y mucha pobreza. Contemplé mi humilde casa, el desvencijado corral donde rumiaban parsimoniosamente dos cabras flacas, el sendero que conducía a la salida del pueblo de Betania, deslizándose torpemente entre peñascos y árboles. Recuerdo que pensé que yo era como ese camino, en mí también se entremezclaban confusamente lo vivo y lo muerto. La única diferencia era que él sí conducía a alguna parte.

Yo únicamente era “vacío”.

Lo llamaba así porque no sabía qué otro nombre darle. Era algo difícil de describir con palabras, algo que no se explicaba, que sólo podía sentirse. En aquel tiempo siempre tenía la impresión de que me rodeaba un círculo de nada absoluta, un espacio que sólo parecía existir para recordarme que no estaba donde debería estar, que ya no pertenecía a este mundo lógico calcinado por el sol. Más allá, siempre un poco más allá, quedaba el tumulto de lo normal y cotidiano, el eterno estrépito de la vida. Inalcanzable.

En eso pensaba, cuando vi que venía alguien por el camino, surgiendo tras la pronunciada curva que formaban los peñascos, un individuo moreno, de complexión ligera, la barba y el cabello largos, ondulando con el viento. Se sujetaba el costado con una mano, el lugar exacto donde la sangre manchaba de rojo intenso aquella túnica tan blanca. De entre sus dedos caían densas gotas, que siseaban de forma aterradora al tocar el camino y desaparecían en el polvo, como absorbidas con ansia. Tras él, siguiéndole como un manto de ondulantes grises, avanzaban gruesas nubes de tormenta, ocupándolo todo, y el viento arreciaba, pegando fuertes bandazos. La tempestad se tragaba la luz, las formas, el mundo…

Y aquel hombre se dirigía directamente hacia mí.

Era Jesús de Nazaret, mi amigo, mi hermano. Aquel que un día, hace años, pronunció mi nombre para traerme de vuelta; jamás, en lo que me quede de esta vida prestada, podré olvidar aquel potente “¡Lázaro, levántate y anda!” que me despertó de pronto, arrancándome de la tumba. Ahora, tras su ejecución en Jerusalén, era él quien regresaba del otro lado... Sentí miedo. Contemplé las nubes, vapores enfermos que consumían el azul del cielo y retrocedí hacia mi casa, dando tumbos. Estaba ya dentro cuando Jesús alcanzó el pozo.

Nos observamos mutuamente, a través del resquicio que dejé en la puerta. No sé qué vio él, yo contemplé un hombre que era muy distinto al que conocí en vida. Estaba muy delgado, mortecino, los ojos consumidos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo. Las uñas de la mano con la que se sujetaba el costado estaban rotas; las imaginé destrozadas contra la tapa de un sepulcro.

– Lázaro… – susurró. Reconocí su voz, pero parecía llegar de muy lejos, de muy hondo. De una fosa profunda, oscura, fría, que esperara ansiosa su retorno – Lázaro…

– ¡Vete! – mi orden sonó a súplica. Supongo que lo era – ¡Déjame, Jesús! ¡Ten piedad de mí!

– Lázaro… – volvió a gemir, tendiéndome la mano libre – Mi Padre me dijo que tú me ayudarías. Tú abriste el sendero entre la vida y la muerte. Conoces su tacto, su sabor, y puedes librarme de la oscuridad, purificarme…

– ¿Purificarte? ¿Pero qué puedo hacer yo? ¡Sólo conozco el vacío! ¡Un espacio helado que me mantiene eternamente al margen! ¿Te ocurre igual? – él asintió, aturdido – ¡Hemos cruzado una línea que no se puede cruzar, hemos vuelto por un camino sin retroceso, haciendo trampas! ¡Y ahora el mundo está lejos! ¡Lo que hacemos es contemplar la vida, intentando rozarla con las puntas de los dedos, pero sin vivirla realmente! ¡Ya no podemos alcanzarla!

Algo brilló en sus ojos.

– No es cierto. ¡Me dijo que viniera, que te buscara! – miró a lo alto, hacia el vórtice oscuro que estaba gestando su tormenta – ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado? – todo tembló. El aire onduló a su alrededor de una forma casi perezosa, y luego se expandió repentinamente, con fuerza infinita, en todas direcciones. El corral quedó destrozado en un instante, las cabras balaron mientras huían buscando refugio.  La energía alcanzó la puerta, sacudiéndola violentamente. Grité, y luché como pude por mantenerme en pie, mientras la tempestad se extendía de horizonte a horizonte.

La noche cayó de pronto sobre el pueblo de Betania, en pleno mediodía. Una noche oscura y sin esperanza, que presagiaba como único amanecer el Apocalipsis.

¿Qué podía hacer yo? Creía, de verdad, que nada. Al fin y al cabo, sentía que no estaba aquí, ni estaba allá, odiaba mi situación y no conocía más respuestas que mis propias dudas.

Purificarle…

¿Sería cierto que Dios le había dicho que me buscara…?

Jesús seguía junto al pozo, muy erguido, el cabello arremolinándose locamente alrededor de su cabeza como una extraña aureola. Luchando contra el vendaval, y contra mis miedos, me acerqué a él y le abracé. Había tocado a otros desde mi regreso, había abrazado a mis hermanas y a sus esposos, a mis sobrinos, había acariciado animales… pero ninguno de esos roces me pareció real. Ese contacto, sí. Noté la fuerte corriente, el río de emociones estableciéndose entre nosotros.

Curándole, curándome…

Todo encajó de pronto, todo adquirió un sentido. Casi me eché a llorar de puro alivio al comprender que Dios me había devuelto la vida para que, más tarde, pudiera ayudar en ese terrible trance a su Hijo. La oscuridad de la tumba dejaba ciego, el frío aturdía… Jesús no hubiera podido superarlo, al menos en mucho tiempo, sin mi ayuda. Nadie podía hacerlo totalmente por sí mismo. Te quedabas lejos, al margen, en la línea, sin acabar de cruzar hacia ningún lado. Hasta ese momento, hasta ver a otro en la situación, yo no había podido entender realmente la única verdad: que la vida “siempre” es un regalo, la vida “siempre” es un Don del Señor. No importa si se nace de forma natural, o si se surge de la tumba por su divino poder.

– Ha quedado atrás… – susurré – El frío, la oscuridad, olvídalos, ya no pueden alcanzarte… Vuelves a estar vivo, estás vivo, Jesús…

Aumenté la fuerza de mi abrazo; absorbí su frío y su oscuridad, como el camino había absorbido su sangre. Juntos borramos dudas, miedos, desesperación. Nuestras almas muertas se fundieron, se completaron, renacieron. El dolor fue menguando hasta desaparecer, como desapareció la tormenta. La luz del sol nos iluminó.

Jesús se apartó, me miró a los ojos y me sonrió; el mismo Jesús de otros tiempos, aunque ya era más que un hombre, era Dios.

Y, sin embargo, nunca le había sentido más humano.

En algún momento, me besó en la mejilla y se marchó. Sé, porque me lo han dicho, que muchos le han visto y algunos han hablado con él. Milagros, prodigios, portentos, maravillas… Siempre se usan esas palabras en lo referente a su ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Un cuerpo y un alma que no conservan rastro alguno de la oscuridad de la muerte.

Y yo también volvía a sentirme vivo. Realmente vivo.

Estaba atardeciendo cuando me senté en la piedra junto al pozo. En el cielo, de un azul sin mácula, brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y un mensaje se había borrado a mis pies, sobre la tierra muerta.

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Ernie

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29 de Noviembre de 2009 a las 11:21
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

   XIX CONCURSO: RELATOS BÍBLICOS.


   Tercer puesto.


    La ley del profeta.
  


   Rezan las antiguas escrituras que el Profeta, por mandato del Creador, debía liberar a Su pueblo del cruel yugo egipcio y, como pastor que guía su rebaño, conducirlo hasta la Tierra Prometida. Que tras suplicar primero y amenazar después, logró que les dejasen partir tras enviar las diez plagas que azotaron al pueblo egipcio como castigo a la negativa de su faraón. Que no sin penurias ni desesperos, lograron cruzar las fronteras del imperio perseguidos por sus ejércitos que murieron ahogados por la mano del Padre. Y así, liberado su pueblo, el Profeta lo condujo hasta la falda del monte sagrado donde habría de subir para recibir del Creador su Ley y grabarla en tablas de piedra.


   Durante un ciclo entero de luna, esperó el Profeta señal del Padre. Ayunó, rezó y meditó preparando su cuerpo y su mente para Su llamada. Mas cuando la luna volvió a estar plena en la negra noche, las dudas comenzaron a manchar su alma y enturbiar sus oraciones.


   “Padre, tu siervo te espera”, murmuraba, inquieto. Pero el Padre no respondía.


   Siete noches más pasaron y el Profeta veía menguar su confianza a medida que crecía en su interior un enojo que le impedía pensar con claridad. Voces extrañas le susurraban que su Hacedor lo había abandonado, dejando a Su pueblo a merced del desierto.


   “Padre, tu siervo te espera”, mascullaba entre dientes. Pero el Padre tampoco respondió.


   Tres días más pasaron, negros nubarrones oscurecían el cielo y el Profeta dejó de rezar y loco de ira empezó a pasear en círculos, dando grandes zancadas, farfullando quejas inconexas y maldiciéndose por su estupidez. “El Padre no vendrá. Te ha abandonado”, susurraban las insidiosas voces.


   “Padre, ¿es que no soy digno de ti?” gritó a los cielos, partiendo su bastón y lanzándolo al suelo.


   Un trueno retumbó amenazador, cabalgando los cielos. El Profeta cayó al suelo de rodillas, temblando incontroladamente. Entonces un rayo surgió de entre las nubes, fustigando la tierra. El Profeta lanzó un alarido y vio, horrorizado, como las llamas empezaban a arder allí. Se levantó y corrió hacia las zarzas que ardían, ante las que se postró reverencialmente.


   “¡Padre, perdóname!” sollozó, enterrando la cara arrasada en lágrimas entre sus manos. “¡Padre, te escucho!”. Pero tan sólo el indiferente crepitar del fuego llegaba a sus oídos.


   Entonces empezó a llover. Primero, grandes gotas comenzaron a caer, horadando el polvo aquí y allá. Después un intenso aguacero azotó el mundo. Los truenos rasgaban el aire, los relámpagos iluminaban la negra noche, el viento empezó a aullar con voz profunda y los cielos se abrieron sobre el Profeta que, con los brazos extendidos recibía la lluvia en su cara desprotegida.


   “¡Padre, te escucho!” bramó al aire. Tan sólo las gruesas gotas golpeando el suelo y apagando la ardiente zarza acudieron a él. Se despojó de sus ropas y las lanzó al barro, permitiendo así que el agua azotase y purificase su sucio e impuro cuerpo. Se arañó y golpeó el pecho mientras aullaba al rugir de la tormenta hasta que, exhausto por la falta de alimento y descanso, cayó al suelo sollozando.


   La mañana encontró al Profeta acurrucado en el suelo. Sus ropas, manchadas de fango, estaban esparcidas a su alrededor. Su cuerpo tiritaba mientras los primeros rayos de un sol rojizo lo bañaban. Se incorporó, apartándose la enmarañada melena de la cara. Abatido, permaneció un rato de rodillas, contemplando el desierto que se extendía a su alrededor. Miró después las tablas de piedra, vacías, tiradas algunos pasos más allá y suspiró.


   “Padre” murmuró, “¿porqué me has abandonado?” Y diciendo esto, se levantó, se cubrió con sus ajadas ropas y comenzó a descender, cabizbajo, hacia donde su pueblo lo aguardaba.


   Su pueblo. Aquel al que había liberado de su esclavitud para embarcarlo en un viaje incierto hacia una promesa mejor. ¿Cómo explicarles que ya no había esperanza? ¿Decirles que su Creador no estaba con ellos? ¿Justificar todo su sufrimiento? ¿Cómo explicarles que sus hermanos, sus hijos, sus mujeres, sus ancianos, todos aquellos a los que habían enterrado durante aquellas malditas semanas, habían muerto en vano? ¿Que el Padre ya no se dignaba a hablarles? ¿Y qué le harían a él? Él era el Profeta, él los había convencido de que debían exiliarse, de que debían volver al Hogar largamente abandonado. Él había sido el portavoz del Creador y Su estandarte en aquella desgraciada campaña. Llorarían, protestarían. Luego acabarían con él. Moriría llevando a cabo la obra del Altísimo y a su lado permanecería por los siglos de los siglos, hasta el Último Día. “Que así sea”, suspiró, resignado.


   Aquella voz insidiosa y queda murmuró otra vez a su oído: “¿Y si el Padre no permite que entres a Su Morada?”. Un miedo hasta ahora desconocido se encendió como una chispa en la oscuridad. “El Hacedor no te ha escuchado hoy, ¿por qué habría de hacerlo mañana?” Una angustia como nunca había sentido anidó en su pecho. “Sería el final”, pensó. Se detuvo, mareado, y se sentó en una roca, tembloroso. “¡No!”, exclamó, irguiéndose. “¡Él no lo permitirá!”.


   ¿Seguro?” Exclamó, burlona, aquella voz en su cabeza.


   “Él no me...” empezó a decir.


   ¿Abandonará?” terminó la voz. “¡Ya lo ha hecho!” Sentenció, amargamente. “¡Estás solo!” Escupió.


   “Solo” murmuró el Profeta, con los ojos vidriosos dirigidos al cielo azul de la mañana.    “Estoy solo”.


   Dirigió su vista hacia el valle, donde su pueblo esperaba la Ley que había de guiarlos hacia la luz, el Profeta que había de llevarlos al Hogar, marcarles el camino a seguir. Él tenía un deber hacia su pueblo, una misión. “Muerte o vida”, pensó.


   Se sentó sobre una roca y comenzó a esculpir una de las tablas, sopesando cada una de las palabras, cada uno de los mandatos: debían ser breves, claros, contundentes, persuasivos. Creíbles. “Diez será un buen número” pensó. Una nueva confianza, basada en su habilidad con la palabra orada y en el crédito que los meses de penurias no habían eliminado por completo entre los suyos, comenzó a renacer en él.


   Siguió esculpiendo mientras se convencía a sí mismo de que el temblor de sus manos era debido a la excitación.

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Ernie

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29 de Noviembre de 2009 a las 11:27
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

   XX CONCURSO: DON JUAN TENORIO.


   Segundo puesto.


   Un último baile.


   Julio dejó que su mirada deambulase por el lujoso salón. El suave sonido de un cuarteto de cuerda se entremezclaba con el rumor de las numerosas conversaciones. Algunas parejas bailaban al son de la música. Su interlocutor, un hombre de avanzada edad, calvo y sudoroso, estaba enfrascado en una disertación apasionada sobre la urgencia de tomar posiciones en el mercado asiático. Julio asentía de vez en cuando, con su mejor máscara de educado interés cubriendo sus facciones. Sus ojos se posaron en dos mujeres que hablaban en la otra punta de la estancia.


   La primera, su esposa, Isabel, con la que había compartido más de treinta años de matrimonio, tres hijos y un pequeño imperio empresarial que había nacido en un minúsculo taller del centro y que ahora empezaba a expandirse hacia oriente. Llevaba un vestido negro de seda que realzaba su esbelta figura, el cabello rubio recogido de manera impecable y una mirada fría y acerada que dedicaba a su acompañante.


   La segunda, su amante, Silvia, con la que se acostaba desde hacía ocho meses. Una joven que llevaba trabajando apenas dos años en sus oficinas. Había conocido muchas chicas como ella: una sonrisa de más, algún cumplido, una caricia inocente, reuniones hasta bien entrada la noche, alguna cena en restaurantes de lujo,... y antes de que se diesen cuenta ya estaban gimiendo sobre la mesa de su despacho. Le encantaba aquella mesa: robusta y grande.


   Con un ademán ligero y una excusa a medias, abandonó al conquistador de Asia y se dirigió hacia ellas, al tiempo de ver cómo Silvia se alejaba con un aparatoso revuelo de ropas y una expresión en su rostro digna de las mejores tragedias griegas. A escasos metros de Isabel, ésta lo vio. Su rostro se contrajo imperceptiblemente y sus ojos se enfriaron como un témpano.


   - ¿Bailamos, querida? –Le dijo él con una amplia sonrisa. Ella dudó un segundo, en el que Julio casi creyó que lo abofetearía.- Vamos... No hagamos una escena. –Añadió, con un tono más bajo.


   Rodeó su cintura con un brazo, apoyando su mano en la espalda mientras cogía la otra contra su pecho. Ella colocó su otra mano sobre su hombro, con un gesto tan mecánico como distante. Empezaron a deslizarse por la pista en una coreografía tan familiar como automática.


   - ¿Sabes que estás muy guapa esta noche? –Le susurró al oído. Ella se tensó, luego dejó escapar un bufido despectivo. Tantos años de matrimonio le habían enseñado bien qué precedían aquel tipo de frases. Aquella noche sonaba casi ridícula, aunque no pudo reprimir una especie de ansiedad que le aceleró el pulso.


   - ¿Hace mucho que le dedicas estas frasecitas a esa niña? –Le espetó con voz queda.


   Él suspiró profundamente.


   - Te puedo asegurar que no es tan niña como aparenta –le respondió, sin inmutarse.


   - Eres un cínico –escupió ella.


   - Es todo un halago, viniendo de ti, querida.


   - ¿Sabías que está embarazada?


   Los pies siguieron deslizándose sobre el suelo de madera, produciendo ligeros chirridos que se entremezclaban con el roce de los vestidos, al mismo ritmo invariable, imperturbable. Julio sonrió.


   - ¿Eso te ha dicho?


   - Sí.


   - ¿Y la crees?


   - ¿Por qué no?


   - Claro –dijo él.- ¿Por qué no?


   - También ha dicho que es tuyo. –Añadió Isabel tras una pausa.


   - Claro. ¿Por qué te lo iba a explicar, si no?


   Las parejas se movían a su alrededor en un carrusel de rostros sonrientes y fugaces. El salón giraba lentamente y sus luces los acompañaban al son de la melodía.


   - Llevo muchos años aguantando tus tonterías, tus engaños. He soportado demasiadas humillaciones. Pero esto es demasiado.


   - ¿Y qué quieres hacer? –Le preguntó él, aparentemente tranquilo.


   - Quiero el divorcio –sentenció ella.


   Julio no se detuvo, siguió girando. Apretó más la mano de ella contra su pecho y ciñó aún más su brazo alrededor de su cintura, acomodando cada hueco, cada curva de su cuerpo al de ella como dos piezas de un mismo puzzle.


   - ¿Es que no me has oído? –Preguntó ella, molesta.


   - Perfectamente.


   - ¿Y no vas a decir nada?


   - Sí. Que estás muy guapa esta noche –insistió.


   - Julio. Hablo muy en serio –dijo ella, deteniéndose.


   Él se apartó un poco y la miró directamente a los ojos, aquellos preciosos ojos verdes que lo miraban fijamente, fríos y duros. Observó su rostro, sus labios, y deseó besarlos. Ella pudo sentir su deseo y, aún a su pesar, notó un estremecimiento en todo su cuerpo.


   - Vamos a bailar, querida –dijo él, con voz firme y tranquila.- Un último baile. Te explicaré una historia.


   Ella pareció dudar pero se dejó arrastrar, intrigada, por aquella voz serena que tantas palabras dulces le había susurrado en innumerables y eternas noches.


   - Hace muchos años (aunque mirándote nadie lo diría) –comenzó él, tras unos segundos,- poco tiempo después de que naciera David, fui a ver al doctor Esteban, ya le conoces. No era nada, unas pequeñas molestias sin importancia. Pero, tras examinarme, me recomendó que me hiciese unas pruebas. Para descartar.


   - ¿Descartar qué? –Preguntó ella, con un ligero matiz de inquietud en su voz.


   - Nada, no te preocupes. Fue hace casi treinta años. –Sonrió Julio, apretándose suavemente contra su cuerpo mientras la guiaba en su recorrido por el salón.- El caso es que me dijo algo,... bueno, curioso. Al principio no le creí, aunque me aseguró que no había posibilidad de error. Después quedaste en cinta de Susana y me dije: “ahora ya no hay duda. Se ha equivocado.” Así que, tan sólo para demostrárselo, repetí las pruebas.


   Isabel escuchaba atentamente mientras un ligero temor tomaba forma en su mente. Julio unió sus mejillas y, acercándose a su oreja, bajo el tono de voz hasta casi un susurro. Un escalofrío recorrió la espalda de su esposa, que el ligero vestido dejaba desnuda.


   - El resultado fue el mismo –anunció él.- Y cuando nació Martín, también.


   - ¿Qué... qué quieres decirme? –Balbuceó.


   Él dejó que un dedo recorriese su espina dorsal, suavemente. Después posó sus labios en la base de su cuello y depositó un húmero beso, aspirando su intenso aroma. Ella notó la excitación de él y se estremeció, cerrando los ojos.


   - Que el niño de Silvia no es mío. Sin ningún tipo de duda.


   La mano de ella se aferró a su hombro, los dedos se crisparon ligeramente y giró su rostro hacia el de él, casi en contra de su voluntad, con los labios entreabiertos.


   - Tal y cómo yo lo veo, querida –murmuró él,- tenemos dos opciones. Puedes llamar a ese picapleitos que lleva treinta años “asesorándote” y pasarnos toda la noche repasando esas pruebas, los contratos, las escrituras y todo el papeleo que te venga en gana...


   Volvió a depositar otro beso en el hombre de ella, justo sobre el delgado tirante que sostenía el vestido. Dejó descender su mano hasta la cintura, donde sus dedos se separaron de manera casi casual, explorando audazmente.


   - ¿Y... la otra? –Suspiró ella.


   - Bueno... –sonrió Julio.- ¿Te he dicho lo increíblemente irresistible que estás esta noche?


 

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diegonieto

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22 de Diciembre de 2009 a las 22:44
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

3er puesto en la XIII edición "Memoria"


Show Urbano

Camina por aceras apenas iluminadas, en un barrio de buena muerte disfrazada de mala vida. La calle es suya, avanza por ella como un glóbulo más recorriendo las venas de una ciudad insomne.

En una esquina una chica de veinte años baja su escote y le guiña un ojo, “veinte billetes por media hora” dice su mirada. Él la ignora.

En la entrada de un baño público un policía vomita al ver a su primera víctima de homicidio. No sabía que tras la muerte el cuerpo se vuelve incontinente. Risueño, el joven no le presta demasiada atención.

Tirado en las escalinatas de una iglesia, un homeless duerme el sueño de los condenados, elude la realidad con una botella pegada a los labios. Ya ha perdido la consciencia. El muchacho se detiene a observarlo un momento, se pregunta qué hazañas estará protagonizando en un paraíso a la medida de sus fantasías.

Las sirenas suenan en la ciudad, callan el llanto de los críos, ahogan los gritos de los desamparados. Las lágrimas no secan, nunca secan, mueren en las comisuras de los ignorados; los desechos que el sistema arrojó a las veredas del olvido.

Poco antes de llegar el joven se detiene, enciende un cigarrillo y eleva la vista al cielo. Las luces y el smog que emana de la piel de asfalto de la inconmensurable bestia le impiden ver las estrellas.

La ciudad inhala el hedor de sus heces. Y él inhala con ella.

Se aproxima a la puerta del edificio. Llama al cuarto departamento.

-¿Quién es?-pregunta la tímida voz a través del artefacto.

-Soy Ian. Abrí.

Un desagradable rechinar ataca sus oídos. La puerta cede al primer contacto. Sube por las escaleras hasta el hogar de quien lo ha citado esta noche. Ella está esperándolo.

-¿Y bien?-cuestiona él, sin preocuparse en regalar un saludo mayor que su propia presencia.

-Tenés que verlo. Ya casi es la hora. Vení, es en la terraza-murmura la chica.

En silencio él la sigue. No repara en el maquillaje ni en la ropa, sabe que está enamorada de él y le importa bien poco. De hecho, ni siquiera sabe por qué accedió a este encuentro.

Una vez en lo alto se refugian en las sombras.

-Está vez me vas a creer-dice y sus ojos son estrellas compuestas de ilusión y esperanzas.

-Nunca dije que no te creyera-responde él, apático, frío, distante.

Esperan durante un minuto. Dos. Tres. Al cuarto escuchan unos pasos. Lentos, torpes. Ven a un anciano caminar, errante en las tinieblas, hasta pararse debajo del único foco que intenta iluminar el sitio.

-Es él-susurra ella.

-Ya lo había deducido-responde Ian, por lo bajo.

No tarda en ocurrir. Una luz, débil al comienzo, blanca, inmaculada, brilla en un rincón. Se intensifica, opaca el neón, el domo fluorescente que cubre la ciudad. Pronto toma forma, se convierte en femenina silueta.

Camina ahora, con lentitud, con delicadeza, hacia el foco; hacia el viejo.

-¿Ves? Te dije que había un fantasma-murmura la chica.

La difunta y quien pronto fallecerá están ya cara a cara. El abraza su cintura, sólida para él, inmaterial para el mundo, y la besa con ternura en los pálidos y muertos labios. Abre la boca. Su lengua y su fétido aliento atraviesan la nada; atraviesan el todo.

El anciano baja al cuello, comienza a desvestirla, bebe de sus senos el néctar amargo de lo que se fue para nunca volver. Se escucha un gemido.

Sólo entonces Ian nota que las vestiduras del espectro no son contemporáneas.

La levedad de la muerte juega a favor del viejo. No es difícil sostener por los glúteos a un ánima. La tiene con la espalda contra la pared. La penetra casi con ira, se adentra, poseído por un arcángel que debió llamarse Lujuria, en la humedad de algo que fue devorado por los gusanos cincuenta, cien años atrás.

El movimiento es, a un mismo tiempo, mecánico y frenético, lascivo y aburrido. Un nauseabundo hedor se apodera del lugar. Tiembla la sima de esta cima de hierro y concreto cuando un hormigueo recorre un cuerpo y un alma.

Un volcán estalla, se desata una ráfaga solitaria, un viento de fe desesperanzado, un maremoto de emociones, un orgasmo prohibido por el infierno y alentado por el paraíso; la quintaesencia de la necrofilia.

Ríe La Parca. Llora una partera. Un viejo derrama en el piso su semen. Una chica ilusionada se aferra a su amor. Y un tipo aburrido enciende un cigarro.

El show acaba. El anciano, con lentitud, baja al fantasma. Recibe un cálido beso en la mejilla a modo de agradecimiento y luego se halla solo, una vez más.

Sube su pantalón. Ajusta el cinto. Respira profundo el muerto aroma de su placer. Cuando se recupera habla.

-Voyeur, ¿un cigarrillo para un viejo?

Ian camina hacia él. La chica trata de detenerlo, asustada, pero resulta infructuoso. Se para a un metro y le extiende la caja.

-¿Sabes?-dice el anciano mientras se dispone a fumar-hay gente que se conforma con una bolsa de papas con un hueco. Yo no soy de esos.

-Lo noté-murmura el joven.

-Fue acá. En esta misma terraza, bajo un foco igual a este. Hace sesenta años. Se llamaba... ya ni me acuerdo como se llamaba. Estaba preñada. La mató la familia, por eso de la deshonra. Dicen que fue acá donde se embarazó. La gente cree que revive su último momento de felicidad, pero eso es mentira. Ya no queda nadie de los que la conocieron. Ya ni una aparecida es.

-¿Entonces? ¿qué es?

-Una chica muy dulce. Y muy complaciente-responde, mostrando sus siete dientes en una sonrisa.

No hablan más. El viejo se va. Un minuto después lo hace la pareja.

-No parecés sorprendido-afirma ella, mientras se dirigen al departamento.

-No lo estoy. Te lo dije antes: he visto muchas cosas en estos últimos cuatro años.

-¿Y qué creés? ¿qué fue lo que vimos?

-Un viejo echándose un polvo con el recuerdo de un fantasma.

Ella le sonríe. Se despiden en la puerta. Él se adentra en las calles, una vez más.

Recorre las arterias de la metrópolis y respira con ella. Deja en el pavimento huellas metafísicas, impregna de sí, Hombre Urbano, el asfalto y la basura, el humo y el ruido. Su imagen se graba en las pupilas de las putas y los borrachos, de los policías y los proxenetas. Es Presencia en la ciudad desnuda, la que nació por cesárea, la de las mil historias, la que parió las progenies nocturnas que vagan más allá de los límites de la piedad.

Nadie es un ausente, todos construyen la historia, con cada paso, con cada palabra, con cada golpe y cada abrazo, con cada muerte y cada nacimiento. Aunque a nadie le importe.

Porque ella está viva. Se alimenta de esperanzas y frustraciones, regurgita odio y amor, excreta miseria y soledad y hambre y frío. Sueña con mañanas perdidos en los anales del ayer, cuando no había electricidad ni agua potable. Respira agonía. Y recuerda, a cada momento, cada fechoría y cada virtud de sus hijos. De todos sus hijos.

Los vivos. Los muertos. Los que nunca nacieron y aquellos que han de vivir por siempre. Para nadie existe el olvido, ese divino elixir que cierra toda herida. Ni siquiera para los fantasmas.

Al fin, tras naufragar, otra vez, en la mar de concreto, la marea del devenir lo arroja a las costas de su cama. Y acá sigue, acosado por las calles; y acá siguen las calles, acosadas por él. Alguien podría creer que es otro espectro haciendo más oscura esta noche sin luna.

Mi ciudad, por su parte, sabe que es un recuerdo del futuro.

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Idelosan

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23 de Diciembre de 2009 a las 2:14
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

Extra del primer certamen

VIDA SIN LUZ

El anciano caminaba solitario, mudo y desapercibido, por las arterias de aquella gran ciudad. Hacía poco tiempo desde que se alejó de su desatendido hogar, pero ya empezaba a sufrir el terrible mal que acechaba a su cerebro: no sabía dónde se encontraba. Se detuvo unos segundos, y esto hizo que una joven mujer que iba detrás suyo se chocara contra él, y casi le hiciera caer al suelo. “¡Mira por dónde vas, estúpido!”, le dijo al viejo hombre, sin siquiera mirarle a los ojos. El abuelo, confundido, más que prestar atención a las palabras de la joven lo que hizo fue observar su rostro, poco antes de que ésta lo girara de nuevo y siguiera su camino. Un destello le vino a la cabeza, algo que pugnaba por abrirse paso, salir de su almacén de recuerdos y manifestarse, pero su lucha fue inútil: el anciano no lograba identificar qué era lo que estuvo a punto de extraer de su memoria.

El hombre empezaba a sentirse cansado, confundido, intentando recordar cuál era el propósito de su triste y solitario paseo. Más de una vez se preguntó dónde estaría su mujer, su tan amada esposa con la que compartió casi cien años de felicidad, su única compañera inseparable en el abismo del aislamiento que sufrían las personas mayores... pero, unos minutos después, volvía a recordar que llevaba viudo diecisiete años. En una de ésas, el viejo al fin logró extraer de su memoria lo que minutos atrás le fue negado: efectivamente, la joven que tropezó con él hacía un rato era su nieta, de la cual no sabía nada desde hacía casi quince años... sí, había crecido mucho, pero tenía el inconfundible rostro de su querida nieta, pensó el abuelo. Feliz de ver lo sana y guapa que se la veía, una nueva chispa de energía motivó su lánguido andar, y siguió con firmeza aquel paseo de destino olvidado, que parecía no llevar a ninguna parte.

Al poco tiempo, el anciano solitario recordó su propósito al mirar el panorama: una cabina negra se alzaba ante él al girar una esquina, una elegante y formal cabina que olía a nuevo, a pintura y a frialdad. Con gran decisión y serenidad, el hombre se acercó a la cabina decidido, pero sus débiles pasos fueron detenidos por dos jóvenes. El hombre estaba muy confuso y tenía miedo, los dos adolescentes lo agarraban con firmeza y lo llevaban a alguna parte; y lo único que percibía eran frases como “¡No se le ocurra hacer eso!”, “¡Alto, no se acerque ahí!”, o “¡Díganos quienes son sus hijos!”. No duró mucho el acoso de los jóvenes, pues una pareja de policías arremetieron pronto en la escena, ensañándose a porrazos con ellos mientras intentaban escaparse. Al mismo tiempo que uno de los uniformados empezaba a correr detrás de los increpadores que lograron huir, el otro atendió amablemente al anciano: “¿Está usted bien? Estos jóvenes de hoy en día... ¿Quiere que le ayude a manejar la máquina? Es muy sencillo...”

El anciano le dio una respuesta negativa al policía, pues en esos momentos lo que el hombre deseaba era intimidad. Abrió la puerta de la negra y estrecha cabina y se encerró con pestillo. Se sentó cómodamente en el sillón que allí había, y visualizó el panel que tenía frente a sus ojos. Conforme iba leyendo las opciones que se le ofrecían, los ojos se le iban llenando de lágrimas. El anciano pensó entonces en su madre. Pensó en su padre, pensó en sus hijos, sus nietos, pensó en sus vacaciones en Alicante de niño, su primer amor, su primer trabajo, su primer logro, su primer fracaso... pensó en su madre, y le pidió ayuda en silencio. Pero no estaba con él. Nadie lo estaba. El viejo hombre no quiso pensar, no quiso dejar que precisamente en ese momento, en ese mismo momento, su degradado cerebro empezara a reanimarse, como burlándose de su propietario y de la decisión que estaba tomando. Pulsó finalmente una última opción en aquella maldita pantalla táctil, e insertó dos billetes de mil euros, cuatro de quinientos, tres de cien y dos de cincuenta.

Minutos después, sólo quedaron de él las cenizas. Unas tristes y caras cenizas, que acabaron siendo agrupadas indiscriminadamente junto con muchas otras, a la espera de ser destruidas del todo o bien lanzadas al espacio exterior, según la tarifa que hubiera pagado el cliente.

Año 2236. Con unos servicios sanitarios impecables y una altísima calidad de vida, la población empieza a envejecer alarmantemente. Ahora ya no es la muerte a lo que teme la gente, sino al alzheimer. La esperanza natural de vida casi podría considerarse desconocida, pues siempre es esta negra enfermedad la que acaba atacando a todos los individuos, al llegar a los 120-160 años de edad. Como poniendo un límite inquebrantable al viejo sueño de la inmortalidad humana, esta enfermedad acabó propiciando la inauguración de las llamadas cabinas de suicidio. Una última y macabra esperanza para todos aquellos que, sepultados por los años y olvidados por todos, pudieran poner punto y final a una vida a la que se le fue la luz mucho tiempo atrás.
 

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Ernie

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24 de Diciembre de 2009 a las 11:21
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XXII CERTAMEN: FICCIÓN Y FANTASÍA.

Primer Puesto.


   El cerro de los muertos.


   Las instrucciones eran claras: resistir y esperar. Habíamos tomado un pequeño cerro que, según el mando, era un punto clave en el avance de nuestro ejército. Nos prometieron que los refuerzos llegarían en pocas jornadas, aunque sabíamos que tenían que atravesar varios kilómetros con el enemigo entre ellos y nosotros. Así que nos atrincheramos en nuestra pequeña fortaleza y racionamos tanto el agua y la comida, como las balas y la cordura. Resistir. No parecía tan sencillo.


   Llegaban en oleadas, a través del bosque que se extendía de este a noroeste. A nuestras espaldas, el terreno llano y descubierto no les invitaba a intentarlo. Allí apilábamos nuestros muertos, a la espera de poder darles la debida sepultura.


   Los días se sucedían, grises, en una batalla intermitente que parecía eterna. Los proyectiles zumbaban a nuestro alrededor como un enjambre de furiosas abejas, los cadáveres se desparramaban en morbosas posiciones, tal y como habían sido abatidos. Algunos tardaban horas en morir, llenando las quietas noches con sus gritos agónicos. A veces, el sargento enviaba patrullas nocturnas para saquear los caídos en busca de munición o comida, entonces, aquellos lastimeros quejidos cesaban abruptamente, como un escalofrío. Muchas de aquellas patrullas nunca volvieron.


   Lo peor era la incertidumbre. Eso y el temor al fuego pesado. Un par de proyectiles bien dirigidos o un vehículo blindado hubiese acabado pronto con nosotros. Aunque sabíamos que era poco probable, aquella idea pendía sobre nuestras cabezas como una guillotina.


   Tras dos semanas de intensos combates, tuvimos una inesperada tregua que nos permitió albergar nuevas esperanzas. Empezamos a relajarnos, a bajar la guardia. Pudimos incluso dormir algunas horas sin sobresaltarnos por cada pequeño ruido. Hasta que cayó sobre el campo una espesa niebla. Apenas se veía el límite del bosque, los primeros árboles no eran sino sombras rasgadas y oscuras.


   Un grito quedo nos alertó a todos a la tercera mañana de calma. Se percibía movimiento entre la niebla. Nos preparamos, tensos y alerta, esperando la orden. Algún sollozo ahogado rompió el silencio denso.


   Poco a poco, las sombras fueron tomando forma humana, avanzaban de manera lenta y torpe, sin ponerse a cubierto, de pie. Creo que algunos ni siquiera llevaban armas, pero todos vestían inconfundiblemente el uniforme enemigo. A estas alturas no íbamos a fijarnos en detalles: si querían avanzar desarmados, no era problema nuestro. Las balas empezaron a tronar.


   Pronto, nuestro mundo se convirtió de nuevo en un rugiente torbellino de disparos y explosiones, los gritos se sucedían, los cuerpos saltaban en pedazos o caían destrozados, amontonándose sobre los que se descomponían en el barro. Aún así, avanzaban inexorablemente, como carne de cañón, de una manera tan estúpida como suicida. Cada vez había más. Pronto se formó un muro de cadáveres, de miembros amputados y cascos vacíos que las hordas de impertérritos soldados escalaron sin escrúpulos, pisoteando a sus compañeros recién caídos. Un terror irracional nos atenazó como una fría mano: ni una sola bala surgió de las filas enemigas, ni una sola granada intentó morder nuestra posición.


   Ganaban terreno. Empezamos a distinguirlos. Algunos gritos despavoridos recorrieron nuestras filas, algunos huyeron abandonando su puesto. Los rostros demacrados nos observaban, con los ansiosos y muertos ojos inyectados en sangre, las bocas abiertas, algunas desdentadas, gemían de manera ronca e insoportable, las manos se tendían hacia nosotros, buscando. Muchos de ellos volvían a levantarse, con las tripas colgando obscenamente de sus vientres estallados, con los miembros amputados, arrastrándose sobre el barro, siendo pisoteados y aplastados por sus compañeros. Y nosotros seguimos despedazando aquella masa de carne horrible y ciega que caía a nuestros pies, aquel horror insano más allá del horror de la guerra. Muchos de los nuestros simplemente se rompieron y, aullando como posesos, se lanzaron sobre la marea de enemigos donde fueron brutalmente desgarrados y devorados.


   Empezamos a recular. Un grito escalofriante estalló a nuestras espaldas. Apenas tuvimos un segundo antes de volvernos y recibir una nueva oleada que nos atacaba por la retaguardia. Nos dividimos instintivamente en dos grupos: el primero intentó seguir conteniendo la marea del frente, el segundo se enfrentó a la nueva amenaza. Ésta vestía nuestra misma ropa y sus rostros eran dolorosamente conocidos. Nos encontramos arrasando a nuestros muertos que se habían levantado y escalaban la falda sur del cerro. El espantoso gemido sonaba ahora familiar como, si de alguna manera, hablasen nuestro propio idioma. Muchos empezamos a llorar, encontrando el pobre alivio de no ver, a través de las lágrimas, las caras y los cuerpos que acribillábamos.


   Las filas empezaron a romperse, algunos de los nuestros fueron agarrados y arrastrados, chillando enloquecidos, hacia las hordas hambrientas y vociferantes. El combate desigual se tornó cuerpo a cuerpo, a culatazos y dentelladas. Pronto seríamos engullidos por unas fauces que se cerraban.


   Vi una brecha y, sin dudarlo, escapé a golpes por ella y huí hacia el sur, a través de los campos, ignorando si alguien más había conseguido escapar. Corrí sin rumbo, volviendo la vista atrás de vez en cuando, deshaciéndome de las armas, las municiones, el casco y cualquier cosa que estorbase mi avance, hasta que mis piernas me fallaron y caí al suelo. Después seguí arrastrándome, impulsándome con las manos, arañando la tierra, gimiendo como un animal.


   Me apresaron horas más tarde, llevándome a un campo de prisioneros, encerrándome en una celda atestada de enfermos y moribundos. En la penumbra topé con unos ojos conocidos. El sargento de nuestro batallón se acurrucaba en un rincón, la mirada perdida, las ropas sucias y desgarradas, con múltiples heridas y cortes en la cara y los brazos, la boca abierta, babeante, balanceando ligeramente su cuerpo hacia delante y hacia atrás, con una cadencia constante. No sé como llegó hasta allí. No me vio, tampoco trató de buscar mi contacto ni de evitarme. Simplemente, no existo para él. Nada existe ya para él.


   Si he de ser sincero, le envidio, ahora que veo la niebla que ha empezado a espesarse ahí fuera, tras las rejas.

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:13
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1er puesto en el II Certamen (Música)

PASOS DE BAILE
 

- Un, dos, tres... ¡cha-cha-chá! Un, dos, tres... ¡cha, cha, chá!

La miraba de reojo... Miraba sus pies pequeños embutidos en zapatos de baile de tacón bajo. Los veía revolverse con gracia, marcando los tempos con precisión, sin perder nunca el ritmo. Él, en cambio, se trabucaba a cada poco, destacando como un ganso cojo en pleno lago de los cisnes (aunque intentaba disimularlo echándole la culpa a los cordones de los zapatos o al partenaire que le hubiese tocado en suerte). De todos modos, ya no le importaba que ella le viese dar tumbos por el aula mientras destrozaba los principio básicos del cha-cha-chá. Ahora sólo importaba que gracias a aquel ridículo semanal al que se sometía, podía verla una vez cada siete días y recrearse en cómo movía sus caderas o en cómo daba saltitos gráciles cuando tocaba fox (y no como él, que parecía que pisaba uva).

No estaba muy seguro de que aquella idea de apuntarse a bailes de salón que tuvo cuando supo que ella también iría, fuese a llevarle a algún sitio. Al fin y al cabo, sólo la conocía de vista y en las seis semanas que llevaban como compañeros de clase, la cosa no había cambiado demasiado. Es más: seguía sin hablar con ella y ni siquiera estaba aprendiendo a bailar. Parecía evidente que no bastaba con aquel esfuerzo titánico de calzarse mallas; tenía que hacer algo más... Así que tomó una decisión: ese día no saldría de allí sin hablar con ella. No importaba de qué. Si hiciese falta la pisaría para poder pedirle después perdón y que ella se viese obligada a mirarle por primera vez. ¿Y después? Después ya se vería... Lo que estaba claro es que no podía seguir jugando a ser Fred Astaire sólo para tenerla cerca, porque más pronto que tarde las clases se acabarían y él volvería a verse yendo a El Corte Inglés para espiarla entre las perchas de la planta de caballeros; algo que llevaba haciendo meses sin sacar nada de provecho (salvo dos jerseys a buen precio que encontró rebuscando en una cajonera). Así que aquél era el día. No habría más retrasos. Que fuese lo que Dios quisiera. 

Y Dios quiso que, por boca de la profesora de baile, fuese así:

- Hoy empezamos con algo nuevo: vals. Primero, la técnica básica, como siempre. Luego dejaremos que Noelia abra el baile, ¿no?, que para eso es la que más interés tiene en aprenderlo... -la profesora la miró sonriendo- Hay que aplicarse que en la boda van a estar todos pendientes de ti cuando suene el vals...

Cuando acabó la clase (la última a la que pensaba ir), sintió unas ganas horribles de llorar. Sólo se le ocurrió coger un rotulador del mostrador de entrada y, en el baño, escribir en una puerta:

- Que te den por el culo, Strauss.

 

http://www.youtube.com/watch?v=PiF5glYvfcw&feature=PlayList&p=FC11480602DD931F&playnext=1&index=2

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:19
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1er puesto en el V Certamen (La muerte. Muerte. Muertos)

LA FUGA DE LOGAN
 

Canícula. Un calor sólido en forma de velcro, como una pátina asfixiante que los tenía boqueando como peces fuera del agua, cazando el aire en lugar de respirarlo. Un calor para volverse loco.
La niña, con sus pantaloncitos cortos y su camiseta de Sport Billy, robó un polo del congelador y se sentó delante de la tele, junto a las puertas abiertas de la terraza. Mamá dormía en la habitación, papá estaba en el trabajo y “La fuga de Logan” empezaba.
Un golpe rotundo, seco, en la calle. Después, el silencio. Dudó unos segundos pero decidió mirar. A esas horas y con ese calor, nunca había nadie en aquella calle, así que la curiosidad, tan de gatos como de niños, le pudo. Salió a la terraza.

A sus ocho años era una niña alta, pero más alto aún era el murete de ladrillo revestido que hacía las veces de baranda y que la mantenía a salvo. Se agarró al borde, se aupó de puntillas y la vio.
Estaba tirada en la calzada, cerca del bordillo de la acera. Tenía la cara ladeada, las piernas en una postura imposible y un brazo escondido bajo el cuerpo. Se quedó mirándola un momento, incapaz de calibrar la escena. Y entonces reconoció la ropa de la mujer. Y se le escapó el polo que se hizo pedazos contra el suelo. Y salió corriendo.


- Mami… -la sacudió con cuidado- Mamá…

- ¿Qué pasa, cariño? -la madre ni abrió los ojos.

- Es Carmen -los abrió entonces, de par en par-. Creo que se ha caído por el balcón…


La madre se levantó de un salto, como si la hubiesen devuelto a la vigilia con una descarga en la planta de los pies. Apartó a la niña de su camino, corrió al salón y se asomó a mirar. Se tapó la boca con la mano ahogando un quejido y murmuró algo para sí. Volvió dentro, cogió una sábana de uno de los armarios y fue a la carrera hacia la puerta de la calle. Antes, avisó a la niña.


- Quédate aquí, ¿me oyes? Cierra el balcón y quédate dentro.


Y salió.
La niña oyó el timbre de la puerta de la izquierda y después el de la derecha. Luego una conversación apurada que no entendió y, por fin, la puerta del ascensor. Después, el silencio. Y el calor.
Volvió a la sala. Logan seguía intentando huir, pero ahora no le interesaban sus peripecias. Ahora quería saber qué pasaba en la calle y qué papel le tocaba hacer a su madre en aquella película. Así que desobedeció. Otra vez de puntillas.
Su madre había tapado a Carmen con la sábana (¿por qué, si hacia calor?, se preguntó). Le acariciaba la cara y le había cogido la mano. Creyó que hablaban, pero le parecía imposible que alguien que se hubiese caído desde allí, pudiese decir algo.


(- ¿Pero por qué has hecho esto, criatura?
- Un mal pensamiento…)


Y de pronto, empezó a sentir algo parecido a la pena, al dolor. Como si la entrada en escena de su madre hubiese hecho real lo que hasta entonces no era más que un suceso extraño que se escapaba a sus entendederas a medio hacer. Ahora, mamá era mamá, y Carmen, que no llegaba a los treinta, era la hija de la Sra. Ana, su vecina; la misma que le daba un chupa cuando le hacía el favor de irle a la tienda a comprar alguna cosa. Y a partir de entonces, la escena dejó de interesarle. Ya no había curiosidad; sólo pena y ganas de que mamá volviese a casa. Así que cuando otra gente del pueblo apareció y empezó a formarse un corrillo, ella cerró la terraza y volvió a su sillón y a su serie.

Al poco, todo su universo volvió a ser Logan.Y fue más cierto Rem, el androide que lo acompañaba, que el grito de la Sra. Ana que, de pronto, partió el edificio entero por la mitad.

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:22
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos


3er puesto en el VII Certamen (Lascivia)

MÁQUINAS PACHINKO


 Su puesto en la multinacional implicaba tareas como aquélla: acompañar a un cliente occidental y estúpido en una visita guiada a Tokio. Así que la noche anterior había trazado un croquis del recorrido y se había aprendido a calzador, como para un examen, datos que ni él mismo conocía. Pero los planes nacieron para ser cambiados...
 Al día siguiente, después de la comida con palillos y el sushi de rigor preparado en abierto, el invitado propuso una alternativa al guía. Se apresuró a aclarar que la única razón que le movía a hacer aquella propuesta era la curiosidad por algo impensable en occidente y no, como podría pensarse, un gusto por lo depravado. Kenzaburo escuchó, asintió con la cabeza y, sin la más mínima duda, identificó a Mr. Smith como uno de los suyos.
 Fueron caminando.

 - ¿Está muy lejos?
 - No. Está cerca de aquí. No son muy difíciles de encontrar si uno busca...
 - Nunca me acuerdo de cómo se llaman...
 - Pachinko. Máquinas Pachinko.
 - ¿Pero cómo pueden ser legales las de este tipo?
 - Porque no hay nada ilegal en ellas...

 Muy pronto estuvieron frente a la máquina: una ranura para meter la moneda y un mando que, al girarlo, hacía caer una bola de las docenas que se veían dentro de una esfera transparente.
 Smith, visiblemente excitado, metió una moneda e hizo girar el mecanismo hasta ver aparecer su regalo. Cogió la bola nervioso, la abrió y, al ver el contenido, lo agarró y dejó caer las dos mitades de plástico. Sólo acertó a decir algo que Kenzaburo no entendió, antes de llevarse a la nariz las bragas usadas que le habían tocado en suerte. Sólo dos segundos de placer, de ojos cerrados y abandono, antes de guardárselas en el bolsillo de la americana con gesto de culpa. Kenzaburo no dijo nada.
 Kenzaburo no dijo nada porque, mejor que nadie, entendía aquel arranque de lujuria tan parecido al que él mismo sintió cuando, por primera vez, como un juego, metió la primera moneda. Un arranque inesperado que despertó al monstruo. Un monstruo que, sin saberlo, lo habitaba. Una tenia epiléptica alojada en el estómago, que lo sacudía a cada poco pidiendo más. Una tenia sucia a la que tuvo que dar de comer sin tener en cuenta la inmoralidad del alimento. Una tenia insaciable que en un principio pareció contentarse con la ropa interior con olor a coño, para luego crecer y empujarle a masturbarse enfundándoselas en la mano, a visitar furcias a las que tocaba para que mojaran lo que después se llevaría y, por fin, a buscar un acomodo a su fiebre; un acomodo que encontró en el lugar al que ahora, habiendo identificado a su invitado como un afín, había decidido que irían.
 Esta vez fueron en coche:

 - Kenzaburo, ¿está usted casado?
 - Sí -a pesar de conocer la facilidad de los occidentales para indagar en terreno personal y de esperarla, se sintió incómodo con la pregunta.
 - ¿Tiene hijos?
 - Sí. 
 - Yo no estoy casado. Lo estuve, pero me divorcié.
 - Ahá...
 - Respecto a lo que ha pasado antes... No quiero que piense...
 - Yo no pienso nada.
 - Perfecto.

 Al llegar al local, los recibió un hombre que, pese a la corrección, puso de manifiesto que Kenzaburo era un habitual de la casa. El gaijin, entre la expectación y el recelo, caminó sin despegarse de su guía mientras los llevaban por un pasillo hasta una sala estrecha donde los dejaron a solas. Dos únicas sillas, frente a un cristal inmenso. Al otro lado, gradas prefabricadas y una puerta lateral.

 - ¿De qué va esto?
 - Solamente tiene que mirar y elegir. Eso es todo.
 - ¿Elegir?
 - Le gustó la máquina Pachinko, ¿no? Pues esto es aún mejor...

 Un par de minutos después, un rebaño de jovencitas, de no más de dieciocho, empezó a salir por la bocana, colocándose en filas paralelas frente al cristal.

 - Pero... ¿Pero qué demonios es esto?
 - Ellas no le ven. Elija una. Le enseñará la ropa interior que llevan puesta y podrá llevársela de recuerdo.

 Kenzaburo no miraba a las jóvenes sino a su cliente que, se dio cuenta, estaba a punto de dejar escapar un bufido de indignación y un ladrido pudoroso. Pero no lo hizo; porque la sonrisa de Kenzaburo decía: “Yo ya he visto cómo eres; ¿por qué fingir?”. Y Mr. Smith dejó de hacerlo cuando el anfitrión le dio el empujón que faltaba:

 - Dígame cuál prefiere. Dígame el número de la que más le guste.
 - Yo... La 13. Me gusta la 13.
 - Está bien -se acercó al micro que había junto a la puerta, pulsó el botón y dijo- La número 13.

 Y cuando por fin miró a la elegida, Kenzaburo creyó morir. Y de veras quiso hacerlo al descubrir, detrás del exceso de maquillaje, a su tierna Midori con el 13 pegado al pecho. Después llegó la ira al recordarla diciendo “es el hermano pequeño de un compañero de clase; sólo tengo que cuidarlo un día a la semana y me pagarán muy bien”, y deseó entrar como una manada y matarla a palos allí mismo. Pero la vergüenza, por ella y por él, le impidió hacer nada. Así que, sin entenderlo del todo, se quedó inmóvil, incrédulo, extraño en una habitación en la que había estado tantas veces y en compañía de un occidental que tenía la entrepierna levantada en armas pensando en las braguitas de Midori.
 La bocana por la que habían aparecido se abrió y se las tragó. A todas excepto a la número 13. Kenzaburo, incapaz de mirarla, vio como el mismo hombre que los había recibido, entregaba un menú con seis dibujos a Mr. Smith: las seis posturas que la muchacha podía ofrecerles al otro lado del espejo doble.

 - Vamos, elija una. Yo ya he elegido las otras dos.

 Kenzaburo negó con la cabeza.

 - ¡Venga, hombre! No me haga usted ese feo...

 Y Kenzaburo eligió la número seis instintivamente; la misma que elegía siempre como broche final. Y sólo después de hacerlo, recordó quién iba a ser esta vez la muchacha.
 
 Al llegar a la postura número seis, con la niña de espaldas a cuatro patas, como un cachorro de perra, con una falda tan corta que subía hasta enseñar la ropa interior y mirándose al espejo, mirándolos a ellos, con más lujuria de la que era posible adivinarle, Kenzaburo se echó a llorar. Quedamente. Porque no entendía cómo los muslos tersos de su pequeña, cómo aquel culito menudo y prieto, cómo aquellos pezones marcando la camiseta, lo estaban poniendo tan caliente como todas las veces en las que había elegido a otras para vaciarse de vicio.
 Ahora sabía que no era posible.

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:27
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos


3er puesto en el IX Certamen (Dioses y monstruos)

JEFFREY



El pequeño Jeffrey salió de casa con la mochila al hombro, se acercó a la carretera y cruzó hasta el bosque que se veía desde la ventana de su cocina. Antes de perderse dentro, volvió la cabeza. Mamá le miraba sonriendo y señalándose el reloj de pulsera (lo que significaba que volviese a tiempo para la cena). Los dos se dijeron adiós con la mano.

Caminó un rato. No demasiado; quizá diez minutos. Buscó entonces un árbol que reuniera una única condición: dos pequeñas ramas en uve. Sólo eso. Ni demasiado separadas, ni demasiado juntas. Le costó más de lo que esperaba, pero dio con ellas.

Se arrodilló. Abrió la mochila despacio, controlando la ansiedad. Sacó una caja de zapatos y la colocó en el suelo. Durante un momento estuvo escuchando: los arañazos, el llanto que parecía de bebé, la desesperación por salir… Levantó la tapa con cuidado por una de las esquinas y metió la mano. Tanteó buscando el pellejo de la nuca y sacó al animal de la caja.

Era un gato. Un cachorro. Lo miró detenidamente: los ojos oscuros, el pelaje naranja, el morro chato todavía, las diminutas orejas. El gato lo miró a él: los ojos claros, la piel blanca, el pelo trigueño, el cuerpo delgado.

Con la mano libre, sacó la pistola de clavos de papá. Le costaba sujetarla con una mano, así que tuvo cuidado de que no se le cayera (si su padre se enteraba de que la había cogido, lo castigaría durante una buena temporada). Inmediatamente, su cuerpo se lleno de algo que disfrutaba aunque no supiese qué nombre ponerle, de algo parecido a una ansiedad exquisita. Acercó el cachorro a una de las ramas, movió con la clavadora una de las patas delanteras, la colocó lo mejor que pudo en la madera y disparó.

Escuchó el quejido del animal casi al mismo tiempo que escuchó el golpe seco del clavo al atravesar las almohadillas de la pezuña y clavarse en el árbol. Lo dejó colgando y, ya con la mano libre, colocó la otra pata delantera y la clavó. Hacer lo mismo con las patas traseras apenas le costó unos segundos; pero esta vez las clavó juntas, un pie sobre otro, en el vértice del que nacían las dos ramas.

Se quedó mirando su Cristo sin sentir pena. Quería hacerlo pero no era capaz. Pensó que quizá era porque no quería hacerlo; que en realidad sólo se esforzaba en sentirla porque era lo que se suponía que debería sentir (con el tiempo descubriría que, simplemente, si no lo hacía era porque no podía hacerlo; no tenía empatía, aunque entonces no supiese qué demonios significaba eso). Escuchaba los aullidos del animal, revolviéndose, y veía la sangre goteando en el suelo; pero no sentía lástima sino un placer infinito que, además, tenía hambre…

Revolvió en la mochila buscando lo que faltaba: su navaja. La abrió despacio, la levantó para ver la luz reflejada en la hoja recién afilada y después, con mucha calma, dibujo una línea vertical desde la garganta hasta el final del vientre del gato. Una fina línea, un corte superficial que, de repente, se punteó de rojo hasta formar una raya homogénea que empezó a gotear. Después, tan emocionado que el pulso le temblaba, clavó lentamente el cuchillo en la parte de abajo y, siguiendo el camino, fue abriendo en canal al cachorro, mirando fascinado cómo la sangre se derramaba y como las vísceras se descolgaban hacia los pies.

Durante minutos, no hizo otra cosa que no fuese admirar su obra. Era su Jesucristo Minino. Sonrió al recordar todas las veces en las que, en el oficio dominical, el pastor les había hablado de que Dios envió a su hijo para salvarlos; cómo su calvario y crucifixión habían servido para redimirlos. Le hizo gracia.

Antes de irse, enterró al gato, tapó la sangre con tierra, recogió sus cosas y se cargó la mochila al hombro. Volvió despacio, recreándose en lo que acababa de hacer, pensando que, la próxima vez, buscaría un animal más grande y teniendo la certeza, no sabía por qué, de que algún día ya no jugaría con animales. Algún día, lo supo, jugaría con personas. Y saberlo le gustó.

Llegó justo a tiempo.


Mamá le sirvió el plato y le advirtió que tenía que comérselo todo. Durante la cena, intentó convencerlo de que fuese al cumpleaños de ese amiguito suyo de clase (mamá no, pero Jeffrey sabía que ningún niño quería verlo allí) y volvió a pedirle que se esforzase en no ser tan tímido. “No van a comerte”, decía. “¿Qué sabes tú?”, pensaba él. Siguió hablando:


- Hoy no te pongas a leer en la cama, que mañana hay que madrugar para el oficio.

- ¿Mañana? Si es sábado.

- Jeffrey, ¿qué día de nuestro señor es mañana?

- ¡Ah, ya!

- Pues eso. Así que nada de quedarse hasta tarde -hizo una pausa- Por cierto, ¿sabes de qué va a hablar el reverendo en el sermón?

- No.

- Del calvario y la crucifixión de Jesús -le sonrió- Sé que esa parte te gusta…


Era cierto. Y el niño sonrió la coincidencia. ¿A cuántos habría salvado él esa tarde en el bosque? ¿A cuántos habría redimido?


- Y hablando de leer… Hoy, cuando recogía tu habitación, vi el libro que tienes encima de la mesilla -lo miró con ternura-. Jeffrey, cariño, ¿hace falta que leas esas cosas tan raras? ¿No puedes ser un niño normal?


Jeffrey no dijo nada, pero sabía que no podía. Ya entonces lo sabía. Y más adelante, llegaría a convencerse incluso de que en realidad no era un hombre. De que nunca, ni siendo niño, lo había sido. Él había nacido siendo otra cosa. Él era de otra especie.

Por eso, cuando los animales tuvieron nombre, cuando dejó los cachorros de gato para maltratar y crucificar hombres, pudo perdonarse; ellos no tenían la culpa de estar ahí, ni él la de hacer lo que hacía. Cada uno cumplía con su naturaleza.

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Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1er puesto en el X Certamen (Identidad)

CORPUX SYSTEMS


Necesitaba un respiro. Desconectar. Un año y medio era demasiado tiempo dedicado a una sola cosa. Y aunque todo había terminado brillantemente, el precio pagado era terriblemente alto: su matrimonio, alguna de sus amistades e, incluso, la relación con su socio. Porque nadie había entendido lo que aquel proyecto significaba para él y nadie había estado dispuesto a esperarlo hasta que terminase.

Dejó de pensar en aquello. Ahora que “Commutatio” iba a salir adelante, ¿qué podía importar? Ahora que estaba a punto de ver cómo millones de personas conectaban sus neurotransmisores a su estimulador, ahora que iba a llenarse los bolsillos mientras una legión de infelices aceptaban pagar para convertir sus recuerdos negativos en positivos, para comprar una felicidad mentirosa, ¿qué importancia tenía haber perdido un puñado de personas?

Llegó a aquel refugio que sólo él conocía, cuando ya había anochecido. El escáner lo reconoció después del barrido de pupilas y autorizó la entrada. Apenas cenó. Se conectó a la red hasta pasadas las tres de la mañana. Entonces apagó todo, activó el “Nivel Búnker” de seguridad y se metió en el baño. Desplegó su maniático ritual de abluciones y, al llegar al colutorio, se dio cuenta de que iba a sufrir una crisis. El tacto de la piel cambió como cuando antaño amenazaba la gripe, los latidos de su corazón fueron creciendo hasta ser galope, las manos empezaron a temblarle, la respiración se hizo dolorosa… Mientras duró el proyecto las había sufrido tantas veces que, más que un problema, las crisis de ansiedad se habían convertido en una costumbre. Así que escupió el colutorio y buscó el neceser para hacerse con el pertinente ansiolítico que, en apenas segundos, reducirían los síntomas a nada.

Pero no los encontró.

Rebuscó e incluso lo vació, pero no estaban. Hizo lo mismo con cada bolsa, miró en los bolsillos de cada prenda y en cada agujero de la casa, pero no encontró nada. La ansiedad ya se había instalado por completo, tomándolo como rehén, y no tenía nada con lo que combatirla.

¡El vehículo!

Casi a la carrera, se plantó delante de la puerta retráctil del garaje. De no tener alguna pastilla allí, estaba dispuesto a hacer los kilómetros que hiciesen falta para conseguir una. Así que acercó el ojo al sensor y esperó.

Un barrido.

Dos.

“Identificación negativa. Acceso denegado”.


Se quedó inmóvil. Hasta los síntomas cesaron unos segundos. Nunca el sistema había mostrado fallo alguno. Ni una fisura. Ahora, le bloqueaba el paso y los sistemas de comunicación.

Ansioso de nuevo, insistió; pero la respuesta fue idéntica: acceso denegado. De ser otro el motivo por el que tenía que salir, hubiese esperado a calmarse para ver si así el sistema lo reconocía; pero tal y como se encontraba, salir de allí le parecía la única razón por la que seguía vivo. Así que siguió el procedimiento. Activó el sistema manual y una voz de mujer, sensual y autoritaria, se presentó:


“Bienvenido al Sistema de Seguridad Emocional de Corpux Systems. Para iniciar el examen, deberá colocarse la red de sensores tal y como se indica en el display y conectarla al sistema. Para ello, inserte la clavija en la ranura identificada como “Mental” en el cuadro de mandos. Le recordamos que se trata de un procedimiento absolutamente indoloro, que deberá contestar con rotundidad y claridad a las preguntas y que, bajo su autorización, Corpux Systems tiene acceso a su caudal de recuerdos.

Gracias por confiar en nuestra Compañía.

Responda: ¿cuál es su nombre completo?”


Contestó de forma clara, procurando que el jadeo de su respiración no influyese en el examen. El proceso continuó:


“Respuesta correcta.

Responda: ¿es usted una buena persona?”


Aquello lo pilló por sorpresa. No esperaba una pregunta moral. Las manos le temblaron más todavía mientras se repetía la pregunta mentalmente. Contestó: “Sí”.


“Respuesta incorrecta.

Responda: ¿es usted una buena persona?”


¿Respuesta incorrecta? ¿Qué carajo decía aquella máquina? Se asentó bien los sensores y se planteó de nuevo la pregunta. Llegó a la misma conclusión: sí, era una buena persona. Más allá de detalles, más allá de las debilidades que cualquiera podía tener, él era una buena persona. En términos generales, lo era. Así que volvió a decir: “Sí”.


“Respuesta incorrecta.

Responda: ¿es usted una buena persona?”


Se movió, abriendo la boca para tratar de respirar mejor y con la sensación de tener el corazón en la garganta. No entendía por qué el sistema de seguridad repetía que estaba mintiendo si él estaba diciendo la verdad. Y la única explicación le parecía terrible: el sistema vocal fallaba. Y de pronto, sin que él dijese una palabra, la máquina respondió a sus pensamientos:


“Recuerde: siempre con su autorización, Corpux Systems tiene acceso a su memoria. Así pues, a la hora de realizar este examen, el sistema cuenta con toda la información que reporta el conocer su vida al completo. Teniendo esto presente, responda: ¿es usted una buena persona?”


Y desesperado por salir de allí, contestó lo que la máquina quería oír: “No”.


“Respuesta incorrecta.

Le recordamos que su respuesta ha de ser sincera. De otro modo, no podrá ser considerada.

Responda: ¿es usted una buena persona?”


- ¡Puta máquina de mierda! ¡Déjame salir! ¡Soy yo, joder! ¿No lo ves? ¡Déjame salir de aquí! Por favor…


“El sistema de seguridad cuenta con un modo formativo. Si pulsa el icono identificado como “Veritas”, el Modo Vocal iniciará un proceso de reeducación de la auto-imagen a través del análisis de la memoria. En caso contrario, el proceso se bloqueará a menos que responda correctamente a la pregunta planteada”.


Se dio cuenta de que no tenía otra salida. Su fantástico equipo de seguridad le estaba diciendo que sólo le dejaría salir cuando se diese cuenta de que en realidad era un grandísimo hijo de puta. Lo que allí tenía instalado era en realidad un juez.

Pulsó el “Veritas”. Y comenzó un aprendizaje que siguió durante horas y que le hizo sentir como si le vomitasen su propia vida encima.


¿Sintió dolor cuando murió su hermano? Sí. Respuesta incorrecta. Sí. Respuesta incorrecta. No, no sentí dolor. ¿Por qué acusó a su compañero de proyecto de plagio? Porque tenía serias sospechas y estaba en la obligación de denunciarlo. Respuesta incorrecta. ¿Por qué lo acusó? Tenía que hacerlo. Respuesta incorrecta. ¿Por qué? Porque si lo desprestigiaba, yo me quedaría como único director del proyecto. ¿Quién ganó en realidad aquel certamen de nanotecnología? ¿Quién puso el mote de “ballenato” a su hermana y lo contó en el colegio? ¿Qué hizo en aquel aparcamiento con aquella chica que le dijo que no, que no la tocara? ¿Es usted un buen padre? ¿Desmintió el rumor de que su ex-mujer era alcohólica? ¿Es soberbio? ¿Es justo? ¿Es narcisista? No, sí, no, yo no fui. Respuesta incorrecta.


Después de horas siendo reeducado, echado en el suelo y sin ningún síntoma de ansiedad desde hacía mucho, dejó de contestar. La máquina había deshecho la labor de toda una vida, como un Commutatio invertido: lo bueno convertido en malo. Estaba tan cansado y tan triste, que sólo tenía ganas de quedarse un rato allí, acurrucado, llorando. Ahora ya no tenía miedo de quedarse encerrado porque, lo sabía, ya podía contestar con sinceridad a la pregunta; ahora ya sabía que no, que no era una buena persona, así que la dominatrix cibernética lo dejaría salir.

Entonces, sin que supiese muy bien por qué, la puerta se deslizó hacia arriba. Se levantó despacio, se quitó la red de sensores y recogió sus cosas. Por alguna razón, estaba seguro de que las puertas no iban a cerrarse, de que ya no hacía falta que se diese prisa. Por fin, cruzó la puerta y subió al vehículo.

Antes de encenderlo, escuchó la voz sensual y autoritaria:


“Gracias por confiar en Corpux Systems”


Lo último que pensó antes de salir de allí fue en aquella paradoja: el sistema de seguridad lo reconocía justo cuando él había descubierto que no sabía quién era.

Se fue. No sabía a dónde.

La casa se cerró en Modo Búnker, tal y como tenía programado.

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