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    Historial recopilatorio del concurso de relatos

     
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Historial recopilatorio del concurso de relatos
Teniente_Tulip

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:34
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

3er puesto en el XII Certamen (Egipto)

LA PIRÁMIDE
 

Devolvió a la estantería el libro con el que había ocupado la mayor parte de la tarde. ¿Qué podía hacer ahora? Un recorrido por el salón, otro por la cocina, ¿no tenía que comprar algo?, parada en el baño, vuelta al salón…

Nada arrancaba el pensamiento recurrente.

Se conocía lo bastante como para saber que tratar de quitarse aquella idea de la cabeza, era perder el tiempo. El nivel de apetencia era ya tan alto, que pensar en que podía desoírlo era pensar en vano. Se preguntó qué dirían (de saberlo) sus compañeros de gimnasio, sus camaradas en aquella carrera por mantenerse en forma y frenar el tiempo; qué estupideces soltarían tomando zumo con soja en la cafetería de la entrada. Hablarían, seguro, de extravagancia, pero acabarían hablando, también seguro, de gilipollez. Le trajo sin cuidado. Es más: pensar en aquella panda de pendejos le llevó, paradojas de la vida, a tomar por fin la decisión.


“Pirámides a escala de la gran pirámide de Keops.

Además de un uso terapéutico, las pirámides generan y concentran en su interior el más poderoso antioxidante conocido (concentración de millones de neutrinos). Al entrar en contacto con el cuerpo, este campo de energía barre una parte importante de los radicales libres que se acumulan en el organismo humano y que son responsables de la oxidación y la muerte celular.

Mediante el uso periódico de las pirámides, se logra retrasar el reloj biológico, ganando así, notablemente, años de vida

Directamente a su domicilio. Tres mil euros (montaje incluido)”.


¿Nada era cierto? Claro, pero la manzana que colocó dentro de la réplica a escala se había conservado, ¿no? Pues eso: en dos semanas empezaría a citarse con Morfeo dentro de la pirámide.


 

Trece días después, dos operarios entregaron el pedido. Lo montaron en el dormitorio que, previsoramente, ya no tenía cama; por eso, antes de que se fueran, les pidió que metieran el futón (al fin y al cabo, iba a darles propina; eso le daba cierto derecho). Ya solo, limpió la habitación y preparó las cosas para el día siguiente. Después se hizo la cena y la comió delante de la tele, aparentando la mayor de las normalidades, fingiendo que no sentía lo que en realidad estaba sintiendo (ganas, ganas, ganas). Recogió todo despacio, fregó, hizo lo habitual en el cuarto de baño y, por fin, enfundado en un pijama de estreno comprado para la ocasión, se metió dentro de la pirámide.

Y durmió su primer sueño de faraón.


Siete espigas verdes. Siete ranas. Siete esclavos desnudos.


Un sueño acorde a la cama, pensó. Se miró al espejo con atención. No vio cambios (tampoco los esperaba), aunque le parecía evidente que había dormido mejor que bien. Su primer sueño reparador en semanas. Así que, cargado de energía, con menos radicales libres que el día anterior, pasó la jornada de un humor excelente, cumpliendo la jornada laboral e incluso bromeando en el gimnasio, jugando a que era uno más y no el último mono en el ejército del culto al cuerpo. Incluso saberse mono ya no le importaba demasiado. Y fuese o no fuese una tontería, le echó la culpa a su pirámide.

Esa noche tuvo su segundo sueño de faraón.


Seis espigas verdes y una quemada. Seis ranas y una panza arriba. Seis esclavos desnudos y un eunuco.


Al día siguiente fue todavía mejor. Y al siguiente, mejor todavía. Su aspecto delataba descanso, pero no sufría cambios. En cambio su ánimo… Se sentía como un acumulador que se cargaba cada noche conectado a una fuente de energía. Cada mañana se levantaba sintiéndose capaz de mover el mundo de querer hacerlo. Y tomando batidos con lecitina entre sus iguales, lo trataran como tal o lo desdeñaran, se sentía magnánimo, brillante, poderoso, faraónico.

Impagable compra, pensó.


Pero al compás de la mejora anímica, los sueños se sucedieron en una cuenta atrás. El sexto día, soñó:


Una espiga verde y seis quemadas. Una rana y seis panza arriba. Un esclavo desnudo y seis eunucos.


Se preguntó por qué hasta entonces no les había prestado verdadera atención. Ciego de tanta vitalidad, no se había parado a pensar en lo extraordinario de aquella sucesión onírica, de aquel descontar, día tras día. Y se fijó en la secuencia y llegó a la conclusión de que cada noche, tres elementos fértiles se convertían en tres elementos estériles. Y por extensión, pensó que aquello no reflejaba más que el paso de lo vivo a lo muerto. Y se asustó. Tuviese fundamento o no su miedo, se asustó. Y cuando se dio cuenta de que esa noche se quemaría la séptima espiga, se voltearía la séptima rana y se castraría al séptimo esclavo, sintió pavor.

No durmió. Pasó la noche despierto, fuera de la pirámide.

La noche siguiente tampoco durmió. Pasó la noche despierto, fuera de la pirámide.

La tercera noche tampoco quería dormir, pero estaba seguro de que iba a hacerlo. No era capaz de pensar con claridad, pero reunió la poca coherencia que le quedaba y fue capaz de desdramatizar. Y no era tanto que creyese que allí no había drama; era más bien que su inconsciente, su consciente, su cuerpo entero, cada uno de sus órganos levantado en armas, le exigían descanso. Así que, obediente, se metió a gatas en la pirámide, se tiró en el futón y se durmió casi al instante.

Justo antes de que se lo tragase el sueño, tuvo un pálpito terrible.


Siete espigas quemadas. Siete ranas panza arriba. Siete eunucos.


 

La primera vez que vio aquello, su hermana no supo qué pensar. No había tenido tiempo de asumir la muerte prematura de su hermano, y ahora tenía que entender qué hacía una pirámide en el dormitorio. Buscó los papeles de la empresa suministradora y descubrió que aquello estaba todavía en garantía. Lo devolvió.


La agencia colgó en Internet un nuevo anuncio:


“Pirámides a escala de la gran pirámide de Keops.

Mediante el uso periódico de las pirámides, se logra retrasar el reloj biológico, ganando así, notablemente, años de vida

Directamente a su domicilio. Tres mil euros (montaje incluido)

Edición especial “Pirámide de Keops con maldición“. Seis mil euros (montaje incluido)”.

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:40
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

3er puesto en el XVII Certamen (Sueños)

FULL TIME
 

Era un proyecto experimental aparcado durante años. La élite de la compañía decidió condenarlo al plano teórico por dos razones: era ilegal y de resultados imprevisibles. Pero después de perder el liderazgo en su sector, esa misma élite se desdijo.

El Proyecto “Full Time” consistía en el desarrollo de la inducción onírica que permitiría predeterminar los sueños. Aplicado a la empresa, se trataba de seleccionar un grupo de estudio (sin que fuese consciente de la naturaleza real del proyecto) y recrear en su subconsciente el mismo entorno en el que trabajaba. El director del proyecto lo había explicado de forma sencilla: “A todos nos ha ocurrido alguna vez… De repente, te despiertas de madrugada y, sin saber por qué, tienes en la cabeza la solución a un problema o una idea brillante. ¿A que sí? Pues de eso se trata”. Y de eso se trataba, de inducir al subconsciente a trabajar durante el sueño y, así, disponer de empleados con dedicación absoluta.

Full Time.

Los resultados mejoraron las expectativas. El grado de resolución de incidencias durante el periodo de sueño, en términos proporcionales, superaba con creces el de la jornada ordinaria. La capacidad de análisis de los individuos se multiplicaba, estimulada por una total falta de límites a la hora de barajar hipótesis; hipótesis que, trasladadas al entorno real, se transformaban en soluciones tangibles a problemas reales. En términos empresariales, era más que suficiente para obviar los daños colaterales en los sujetos: agotamiento, anhedonia, irascibilidad, aumento en los niveles de ansiedad y, en ciertos casos, ideación paranoide. En un principio, los empleados-cobaya intercambiaron información acerca de los sueños; sin embargo, poco a poco se compartimentaron, se volvieron herméticos. Por fin, en medio de una paranoia grupal, todos desconfiaron de todos y, sentados en sus puestos, dedicaron el poco tiempo libre a temer profundamente al resto.

El proyecto seguía abierto.

 


 


M. es programador informático. Está sentado en su puesto. Hace rato que finge mirar el monitor del PC. En realidad observa a E, la secretaria del departamento. Le mira los pechos bajo la blusa. De pronto, L. entra en escena. Se acerca a E y le cuchichea algo al oído. Ella se ríe y M. deja de mirarla.
Se levanta. “Necesito un café”, piensa. Lleva mucho tiempo cansado, pero esa mañana la sensación es casi insoportable. Ha vuelto a soñar con la oficina y con sus compañeros de departamento. Y aunque, como tantas veces, se ha despertado con la solución a un problema, la sensación de jornada laboral continua es cada vez más insoportable.

No recuerda cómo empezó todo… Simplemente ocurrió. Un día se soñó mejorando una base de datos y ahora, resuelve durante la noche más problemas de los que se le plantean durante el día. Y sabe que a los demás les pasa lo mismo porque lo hablaron al principio. Entonces sí se contaban que habían pasado la noche trabajando como cabrones… Pero ahora no; ahora ya nadie habla de eso porque ya nadie lo encuentra divertido. En realidad, ninguno habla ya de sí mismo. Él tampoco. Y tiene claro el porqué: “no puedo fiarme de ninguno…”.

Mientras se bebe el café, M. piensa en todo eso. Lo ve como una penuria útil, pero desde hace poco ha empezado a verlo también como una posibilidad. Porque un día se planteó que si en los sueños podía ser creativo y tomar decisiones laborales, quizá también podía tomar otro tipo de decisiones. Así que vuelve a pensar en ello. Hasta que ve entrar a L. charlando con los pechos de E. Comienza a sudar, llenándose de ira hasta en las puntas del pelo. Porque está seguro de que aquella zorra coquetea delante de él para humillarlo, para decirle “sé que te gusto, pero a mí me gustan los demás”. Y cuando L. lo mira, le dice algo a ella y se ríen, M. está seguro de que él es el payaso. Así que, con las ganas de matarlos entre los dientes, toma una decisión: esa noche probará si puede tomar las riendas de sus sueños, más allá de ordenadores y dossieres. Y de ser así, piensa, de poder hacerlo, va a poner a cada uno en su sitio.


 
Esa noche M. vuelve a estar en la oficina, rodeado por sus compañeros de trabajo; pero está soñando. Por primera vez es consciente. Quizá, piensa, por habérselo propuesto… Levanta la vista del papel y observa a los demás. Están sentados, trabajando, pero él está seguro de que “disimulan… me vigilan…”.

Siente miedo y siente ira. Se sorprende. Se decide. Se levanta.
Camina despacio hasta el cuarto de fotocopiadoras. Está vacío. Entra y va hasta la guillotina de papel. Agarra el mango, fuerza la bisagra y arranca la cuchilla. La mira de cerca, la mueve en el aire. Le gusta. De pronto, L. entra en la habitación cargado de papeles. Al verlo, M. abandona cualquier idea que no sea golpearlo, desmembrarlo, hacerlo sangrar… Así que, saliéndose del guión, arma el brazo y, con un latigazo horizontal, le corta la boca de oreja a oreja. L., de rodillas, ni siquiera chilla; sólo sangra y hace ruidos de mudo. M. le dice al oído: “Ahora vas a reírte aunque no quieras, capullo”.

M. se siente inmune. Y le gusta. Camina hacia la puerta como un dios encaprichado en joder a las mismas criaturas a las que después salvará con solo despertarse. Sale al pasillo con la guillotina goteando en la moqueta. Nota cómo las cabezas se levantan y los murmullos saltan de puesto en puesto, pero él no presta atención; él sigue caminando por su sueño con la determinación del que sabe lo que busca.
Alguien intenta detenerlo, pero no se fija en quién. Sin dejar de caminar, levanta el brazo y lo deja caer con fuerza, notando cómo la cuchilla se hunde en la carne blanda. El grito de dolor lo escucha a su espalda mientras sigue avanzando. Oye su nombre. Le están pidiendo que pare. M. responde levantando la guillotina. Por fin, la ve: E. está cerca de otros compañeros, aterrada. Se acerca a ella con el arma balanceándose junto a la pierna. “Ven conmigo”, le dice. Ella mueve la cabeza y empieza a llorar. M. la agarra de un brazo y la arrastra. Ni le importa que ella se resista ni le importa hacerle daño para que no lo haga. Y después de degollar al compañero que pretende intervenir, ya nadie mueve un dedo para salvar a la chica.

M. se mete en el despacho con ella. Cierra la puerta, pero no las persianas. Quiere que le vean. Arrastra a E. hasta un lateral de la mesa, la agarra del pelo y la obliga a apoyar la cara sobre el escritorio. Se desabrocha los pantalones, le sube la falda y le aparta las bragas. Le da por el culo a la vista de todos. Después de correrse, le abre la garganta y se sienta en una esquina a esperar el momento en el que todo vuelva a la normalidad.

Porque en algún momento tiene que despertarse…

 

Y M. se despierta en su cama y, por primera vez en meses, se siente bien.

Se viste, desayuna y llega a la empresa. Cuando entra en su departamento, todo sigue igual que siempre. Es más: L. está en su puesto, bebiendo café y mirando a la pantalla. Así que sonríe y va a buscar algo a la máquina. Y allí está E. Cuando la ve, recuerda lo que ha pasado esa noche y le gusta… Pero cuando ella lo mira aterrorizada y se marcha llorando, todas las sensaciones se le encogen en el estómago como un mal presagio. Olvida el café y vuelve a su puesto. Y al llegar allí, el presagio toma forma: E. llora sobre el hombro de L. y los demás, cada uno de pie en su puesto, lo miran con rencor y con asco.

M. se derrumba en su asiento. No esperaba aquello. No imaginó que todos pudiesen soñar lo mismo. Una única oficina, un único espacio onírico, un único sueño… Así que todos estaban allí. Todos vieron lo que hizo.

Ellos lo saben. Ellos, no sabe por qué, se han dado cuenta. El entorno común, el sueño compartido… Enciende el PC e intenta mantener la calma, seguro de haber perdido la cordura.

Y entonces se da cuenta: si ya son conscientes, puede que esa noche se lo hagan pagar.


 

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:44
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

3er puesto en el XVIII Certamen (Superhéroes)

CARLOS Y SPIDERMAN
 

- ¡Carlos, no te acuestes en la hierba! ¿Qué quieres, que te pique un bicho?


Eso era justo lo que quería. Que le picase un bicho. Pero no uno cualquiera, no; una araña. Sabía que tenía muy pocas posibilidades de cruzarse con una que fuese radiactiva, pero estaba dispuesto a correr el riesgo de que le picase una que fuese venenosa. Así que no hizo caso y siguió allí, tendido boca arriba, notando el hormigueo en los brazos y la sensación de que cualquier cosa le estaba subiendo por el cuello.


Pero no le picó nada.


- ¡Carlos, nos vamos! ¡Recoge tu mochila, anda!


Al llegar a casa, por orden expresa de mamá, se fue directo a la bañera. Tenía siete años, así que ya tenía permiso para hacer aquello él solo. Lo preparó todo y, con la piel de gallina, se metió en el agua con un muñeco de Spiderman en una mano y uno del Duende Verde en la otra. Los tuvo peleando hasta que se le arrugaron los dedos de los pies. Hizo trepar al Hombre Araña por la pared de la bañera y surfear al Duende subido en la esponja. Y cuando mamá apareció en la puerta y le advirtió de que tenía cinco minutos para salir del agua, esquivó las últimas calabazas explosivas y lanzó el último y definitivo ataque del súper-héroe.


Hora de dormir. Como no le habían dejado ver dibujos de Spiderman mientras cenaba, mamá había transigido en la lectura. “Pero sólo un ratito, ¿eh?, que ya es muy tarde”. Él dijo que sí con la cabeza y se dejó dar un beso mientras estiraba el brazo para coger el tebeo de la mesilla. “El regreso de Masacre”. Éste especialmente, lo había leído docenas de veces. Porque desde la primera vez, se había dado cuenta de una coincidencia extraordinaria: en una de las viñetas, Spiderman se deslizaba por una fachada idéntica a la suya. Estaba seguro. Así que ya no tenía ninguna duda: el Hombre Araña había estado allí. Probablemente, mucho antes de que se hubiese mudado con sus padres a aquel piso tan alto; pero había estado. Por eso seguía teniendo la esperanza de que, un día, se asomaría a la ventana y vería a su súper-héroe favorito.


Soñó una mezcla de lo ya vivido y de lo que le gustaría vivir. Porque, en sueños, volvió a tener aquella conversación con papá:


- Los súper-héroes no existen, Carlos.


- Sí que existen. Todos no, pero los mejores sí.


- No. Son personajes de tebeo.


- No. Y los súper-villanos tampoco.


- ¿Ah, sí? ¿Y por qué no los vemos, eh? Dime.


- Porque son secretos. Como los Reyes Magos. ¿O los Reyes Magos no existen?


Pero en medio de aquella charla, el subconsciente hizo irrumpir a Spiderman que, después de estrechar la mano del padre, se llevó a Carlos colgado a su espalda como si fuese un koala.


Pasó el tiempo. Siguió viendo los mismos dibujos, leyendo los mismos tebeos, jugando con los mismos muñecos y revolcándose en la hierba para ver si le picaba una araña radiactiva. Y Spiderman no dio señales de vida. De vez en cuando se asomaba a la ventana y miraba la cornisa, buscando huellas de pisadas. Recorría la fachada hasta donde le alcanzaba la vista, imaginándose que él subía por la pared. Trece pisos escalados antes de que a él le diese tiempo a avisar a nadie. Pero eso es todo lo que hacía, imaginar; porque nunca encontraba huellas ni a nadie escalando hasta su ventana.


Y un día, se dio cuenta de dónde estaba el error: Spiderman no vendría sino tenía algo por lo que venir. Y tuvo una idea…


- ¡¡Carlos!! ¡¡Dios mío!! ¡¡Cariño, ven con mami!! Por favor…


El niño se pegó a la pared, tocándola con los talones. Tenía las palmas abiertas y los dedos crispados como si quisiese agarrarse a nada. Quiso hablar, pero no fue capaz de decir ni una palabra.


- ¡¡Carlos!! ¡¡Escúchame!! ¡¡No te muevas!! ¡¡Van a venir a buscarte!!


Al oír a su padre, el niño vio amenazado su plan y volvió la cabeza hacia la ventana.


- ¡No! ¡Va a venir Spiderman! ¡No quiero que me salve nadie más!


La fachada ya estaba plagada de las cabezas de los vecinos cuando llegaron los bomberos y la ambulancia medicalizada. Habían pasado pocos minutos desde que el niño se decidió a llevar a cabo su plan y salió al alfeizar, recorriendo la cornisa para alejarse de la ventana, pero cuando subieron a la habitación, la madre sufría ya una crisis nerviosa y el padre tenía medio cuerpo fuera, como si estuviese decidiendo si debía salir o no.


El jefe de bomberos, después de cruzar alguna pregunta con el niño y que éste le contase por qué estaba allí, consideró poco conveniente salir a buscarlo. El pequeño no estaba asustado, dijo, así que era muy probable que se revolviera ante la posibilidad de que alguien lo forzara a caminar de vuelta. Así que él proponía seguirle la corriente: si Carlos esperaba que Spiderman viniese a buscarlo, había que traer a Spiderman para que lo sacase de allí. Y en un ejemplo de casualidad que sólo podía predecir algo bueno, la fortuna quiso que el padre del niño tuviese en su armario un disfraz del Hombre Araña. “Era una sorpresa -dijo-. Para el próximo cumpleaños de Carlos”. Y se echó a llorar.


El jefe de bomberos se vistió. Se convirtió en un Spiderman fornido, con planta de súper-héroe digno del mejor de los tebeos. Y aún sin súper-poderes, salió a la cornisa seguro de que aquello tendría un final feliz.


Cuando estuvo fuera, el niño lo miró atónito. Se quedó más inmóvil todavía, sin ni siquiera pestañear, con una sonrisa tan grande que, por un momento, creyó que no iba a caberle en la cara. Cuando el Hombre Araña lo llamó por su nombre y le tendió la mano, quiso agarrar aquel guante rojo y entrar en casa para contarles a todos que él tenía razón: los súper-héroes existían. Pero de pronto pensó que no, que aquella no era forma de ser rescatado. Pensó que quizá no volviese a tener a Spiderman a su lado nunca más y que aquella era la oportunidad de tener su propio tebeo. Y sin dejar de sonreír, dijo:


- ¡Sálvame, Spiderman! ¡Sálvame!


Y, dando un paso al frente, se dejó caer.


Carlos tuvo trece pisos para imaginar cómo su súper-héroe favorito lo rescataba.

Siente miedo y siente ira. Se sorprende. Se decide. Se levanta.
Camina despacio hasta el cuarto de fotocopiadoras. Está vacío. Entra y va hasta la guillotina de papel. Agarra el mango, fuerza la bisagra y arranca la cuchilla. La mira de cerca, la mueve en el aire. Le gusta. De pronto, L. entra en la habitación cargado de papeles. Al verlo, M. abandona cualquier idea que no sea golpearlo, desmembrarlo, hacerlo sangrar… Así que, saliéndose del guión, arma el brazo y, con un latigazo horizontal, le corta la boca de oreja a oreja. L., de rodillas, ni siquiera chilla; sólo sangra y hace ruidos de mudo. M. le dice al oído: “Ahora vas a reírte aunque no quieras, capullo”.

M. se siente inmune. Y le gusta. Camina hacia la puerta como un dios encaprichado en joder a las mismas criaturas a las que después salvará con solo despertarse. Sale al pasillo con la guillotina goteando en la moqueta. Nota cómo las cabezas se levantan y los murmullos saltan de puesto en puesto, pero él no presta atención; él sigue caminando por su sueño con la determinación del que sabe lo que busca.
Alguien intenta detenerlo, pero no se fija en quién. Sin dejar de caminar, levanta el brazo y lo deja caer con fuerza, notando cómo la cuchilla se hunde en la carne blanda. El grito de dolor lo escucha a su espalda mientras sigue avanzando. Oye su nombre. Le están pidiendo que pare. M. responde levantando la guillotina. Por fin, la ve: E. está cerca de otros compañeros, aterrada. Se acerca a ella con el arma balanceándose junto a la pierna. “Ven conmigo”, le dice. Ella mueve la cabeza y empieza a llorar. M. la agarra de un brazo y la arrastra. Ni le importa que ella se resista ni le importa hacerle daño para que no lo haga. Y después de degollar al compañero que pretende intervenir, ya nadie mueve un dedo para salvar a la chica.

M. se mete en el despacho con ella. Cierra la puerta, pero no las persianas. Quiere que le vean. Arrastra a E. hasta un lateral de la mesa, la agarra del pelo y la obliga a apoyar la cara sobre el escritorio. Se desabrocha los pantalones, le sube la falda y le aparta las bragas. Le da por el culo a la vista de todos. Después de correrse, le abre la garganta y se sienta en una esquina a esperar el momento en el que todo vuelva a la normalidad.

Porque en algún momento tiene que despertarse…

 

Y M. se despierta en su cama y, por primera vez en meses, se siente bien.

Se viste, desayuna y llega a la empresa. Cuando entra en su departamento, todo sigue igual que siempre. Es más: L. está en su puesto, bebiendo café y mirando a la pantalla. Así que sonríe y va a buscar algo a la máquina. Y allí está E. Cuando la ve, recuerda lo que ha pasado esa noche y le gusta… Pero cuando ella lo mira aterrorizada y se marcha llorando, todas las sensaciones se le encogen en el estómago como un mal presagio. Olvida el café y vuelve a su puesto. Y al llegar allí, el presagio toma forma: E. llora sobre el hombro de L. y los demás, cada uno de pie en su puesto, lo miran con rencor y con asco.

M. se derrumba en su asiento. No esperaba aquello. No imaginó que todos pudiesen soñar lo mismo. Una única oficina, un único espacio onírico, un único sueño… Así que todos estaban allí. Todos vieron lo que hizo.

Ellos lo saben. Ellos, no sabe por qué, se han dado cuenta. El entorno común, el sueño compartido… Enciende el PC e intenta mantener la calma, seguro de haber perdido la cordura.

Y entonces se da cuenta: si ya son conscientes, puede que esa noche se lo hagan pagar.


 

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26 de Diciembre de 2009 a las 21:49
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1er puesto en el XXIII Certamen (Niños)

LA NIÑA QUE CASI CONOCIÓ A KOJI KABUTO
 

Estaba a punto de empezar Mazinger Z, pero aquel día le dolía tanto la cabeza que, por primera vez, iba a perderse a Koji. Tampoco quiso merendar. Su madre transigió porque sabía que, con siete años, sólo un dolor de cabeza real podía hacer que un niño se perdiese sus dibujos favoritos.

Unas horas después, no soportaba la luz; se retorcía de dolor como un gusano al que le clavas un palillo en el medio y medio, vociferando como no parecía posible en una garganta tan pequeña. De madrugada, en la habitación oscura, se golpeaba contra las paredes para soportar el dolor. Al amanecer, la fiebre le subió tanto que el calor se notaba antes de que uno se hubiese acercado al cabecero de la cama. Cuando, por segunda vez, el médico llegó a la casa, ya no era posible doblar el cuello de la niña sin partírselo. "Posición gatillo de fusil", dijo el doctor. Y se la llevaron en ambulancia.

Después de punciones lumbares, análisis y vías, en medio del delirio febril de la pequeña, le asignaron la cama de hospital en la que habría de estar inmovilizada un mes, sujeta por un gotero de aguja rígida que notaba con sólo bostezar. "Meningitis -dijeron los especialistas-. Veinticuatro horas más y la hubiésemos perdido".

Y se quedó sola. En una cama extraña, en un edificio con lamentos de verdad saliendo de bocas de juguete, en manos de personas mayores a las que no había visto jamás. Sola porque, en aquel entonces, no se permitía a los padres apostarse a los pies de sus retoños. Papá y mamá eran tangibles de cinco a siete; fuera de ahí, sólo eran un deseo tozudo de los niños.

En pocos días el dolor remitió, dejándole sitio a la pena. La pequeña mataba el tiempo coloreando dibujos de ratones que las enfermeras le traían y leyendo libros grandes que podía abrir sobre las piernas, sin necesidad de sostenerlos con una sola mano; pero no pasaba. Allí el tiempo era un ente denso, perezoso, que parecía no poder conjugarse en futuro. Así que la niña fuerte, cuando papá y mamá se despedían con besos, se desgajaba, se deshacía en llanto. Muy despacito, muy quedo, para que nadie fuera a contarles cuánto sufría y así no hacerlos sufrir a ellos.

El octavo día llegó él.

A la hora de su desayuno intravenoso, la habitación se llenó de gente. Un celador empujando la silla de ruedas que traía al pequeño, una enfermera que extrajo sangre al nuevo enfermo con una sonrisa, un médico ojeroso que charló con la niña hasta que los demás le dejaron espacio para su monólogo de doctor y una madre que, sin estarlo, parecía tranquila. Después, se quedaron solos.

Lo primero que pensó es que aquel niño era guapo, más que el más guapo de su clase, y que no parecía enfermo. Él pensó que nunca había visto una niña tan delgada y con los ojos tan grandes.


– Hola, ¿cómo te llamas?


No se volvió a mirarlo. Por el rabillo del ojo vio que se había sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, y que la estaba mirando a ella. Notó enseguida que se había puesto roja y, como pudo, se quitó de la cabeza que aquel niño se pareciese a Koji.


– Me llamo Andrea. ¿Y tú?

– Yo me llamo Diego.


Entonces sí se volvió. Le miró, le sonrió y, otra vez, se puso roja.


– ¿Sabes una cosa? -le dijo él- Te pareces a Sayaka Yumi. ¿Sabes quién es?

– Sí. La novia de Koji Kabuto.

– ¡Hala, ¿qué dices?! No es la novia. ¿Te gusta Mazinger?

– Sí, claro.

– A mí también.


Todo cambió a partir de entonces.

Diego tenía nueve años. Acababan de ingresarle por tercera vez en los últimos siete meses. El niño sufría súbitos y vertiginosos ataques de fiebre que lo llevaban al borde del coma. Nadie sabía por qué. Esta vez había pasado dos días en la UVI infantil y, controlada la crisis, lo ingresaron en planta para estudiar la evolución durante unos días.

Ya no tenía fiebre, así que Diego se sentía bien. Estaba más que acostumbrado a los ingresos y las pruebas, y su carácter estaba hecho a prueba de ataques. No es que no prefiriese estar en otro lugar, claro, pero tampoco podía decir que allí estuviese mal del todo. Le gustaba aquel sitio raro, blanco, lleno de pasillos oscuros que recorría a escondidas de noche hasta que alguna enfermera lo descubría y lo mandaba a la cama con un responso. Le gustaba imaginar que estaba allí para que lo operasen y le pusiesen cosas de hierro, para que lo convirtiesen en un súper-humano, o en un hombre-robot, o en algo parecido. Por eso, aún prefiriendo no estar allí, no estaba mal del todo.

Aquella vez fue distinto porque estaba ella. Aquella vez fue mejor que nunca.

Después de cantar y de que una enfermera malencarada los mandase callar, Diego le propuso jugar a algo.


– No puedo moverme.

– A algo que no tengas que moverte, idiota -dijo él- Piensa...

– No sé...


Y se quedaron callados. Y entonces Andrea sintió unas ganas tan grandes de llorar, que no quiso hacerlo; porque tuvo la corazonada de que si lo hacía, de que si empezaba, ya no dejaría de hacerlo nunca. Y se murió de miedo. Y buscó a Diego.


– Cuéntame algo -le dijo.

– ¿Que te cuente?

– Sí, cuéntame algo. Cuéntame un cuento. Por favor...


Y Diego le contó el que se inventó para su hermana pequeña: el de la princesa mala que se pintaba de rosa para disimular. Y durante siete días, le contó historias de magos, de policías, de niños-robot, de colegios... Y por las noches se contaron qué querían ser de mayor, qué hacían en verano, lo mal que se llevaban con sus hermanos, que creían en los fantasmas... Y cuando ella estaba triste, él se peleaba a puñetazos con la almohada o imitaba al médico que los visitaba por la mañana; cualquier cosa para que ella se riese.

Durante siete días, Andrea soportó la medicación dolorosa, la inmovilidad, la falta de papá y mamá, apoyada en Diego. Lo buscaba con la vista si de noche se despertaba y dejaba que se le colase en los sueños cuando conseguía dormir.

Durante siete días y sin decírselo a nadie, Diego deseó profundamente sufrir otro ataque para no tener que irse.




– Me voy mañana.


Se lo dijo la víspera, por la noche. Tumbado boca arriba en la cama, tapado hasta la cintura, mirando al techo. Habían apagado las luces y ya habían venido a cambiar el gotero de Andrea que, cuando escuchó aquello, sintió cómo el estómago se le encogía de golpe con dolor, como si tuviese un erizo dentro. Le pareció que todo a su alrededor se deformaba, agrandándose delante de ella, sin esperar siquiera a que estuviese realmente sola. La cama pareció crecer, haciéndose más alta todavía. La habitación se agigantó, dejando tanto espacio entre ella y las paredes que, de pronto, tuvo frío. Sintió el edificio entero como un monstruo vivo que se la comería en cuanto él la dejase sola allí.


– ¿Y ya no vas a volver?


Diego seguía mirando al techo.


– No.


Ella quiso decirle que le gustaba, pero no supo cómo hacerlo. Él quiso leerle el poema que le había escrito esa mañana, pero le dio vergüenza. Así que se quedaron callados. Y entonces, Andrea arrastró el cuerpo por la cama y se arrimó a la orilla, hacia él. Después descolgó el brazo y se lo ofreció a Diego sin decir nada. Él hizo lo mismo. Y se cogieron de la mano.


– Buenas noches, Yuri.

– Buenas noches, Koji.


A la mañana siguiente, vinieron a buscarlo. Por primera vez, Andrea lo vio vestido de calle. Le resultó extraño al principio, como si no fuese la misma persona. Aquel pantalón de pana y aquel jersey de manga larga lo hacían parecer fuera de contexto, como si de verdad su sitio estuviese fuera y no allí, a su lado, con ella hasta el final.

No se dijeron nada. La mamá de Diego intentó hablar con la niña, pero se dio cuenta pronto de que la pequeña estaba a punto de llorar. Así que recogió las cosas rápido, las metió en una maleta pequeña y, por fin, se despidió de Andrea con un beso. A punto de salir, tuvo que llamar a su hijo. Se había quedado quieto, entre las dos camas, mirando a la niña y sin decir una palabra.


– Diego, venga. Dale un beso y despídete, que papá nos está esperando abajo. ¡Vamos!


Y sin pensarlo, como si simplemente estuviese obedeciendo una orden de su madre, Diego se agachó y le dio un beso. En la mejilla. Junto a la comisura de la boca.

Y se fue.

Aquel día, Andrea lloró tanto que no fue capaz de disimularlo delante de nadie. Tanto que, otra vez, creyó que no iba a parar jamás.

Pero lo hizo.

Y cuando un mes después volvió al colegio, le dijo a todo el mundo que había conocido a Koji Kabuto. Y no le importó que nadie le creyera.


 



 

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jcboiza

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27 de Diciembre de 2009 a las 13:01
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

1er Puesto 



XXI Certamen (Relatos Detectivescos)




PRUEBAS FALSAS


Todo empezó hace una semana; estaba de patrulla con mi nuevo compañero, Adrian, un joven policía recién salido de la academia, cuando recibimos el aviso. La alarma de un chalet de las afueras había saltado. Nosotros éramos los que estábamos más cerca, así que nos tocó comprobar el incidente.


Llegamos en apenas cinco minutos. Salvo por el ruido de la alarma, la vivienda parecía tranquila. Sacamos nuestras armas y nos colocamos a ambos lados de la puerta con precaución. Llamamos al timbre, pero no hubo respuesta.


-          ¡Entremos! – exclamó mi compañero.


-          ¿Es que no te has leído el reglamento? – le recriminé - Salvo el puñetero sonido de la alarma,  no hay ningún indicio de que la cerradura haya sido forzada.


-          ¿Y qué hacemos?


-          Vuelve al coche patrulla a ver si consigues que los de la empresa de seguridad localicen al dueño de la casa – le ordené, suponiendo que debía tratarse de un fallo del sistema de alarma.


Adrian obedeció a regañadientes. Durante unos minutos, recorrí el perímetro de la vivienda sin observar nada anormal. Estaba a punto de volver al coche patrulla cuando oí el sonido inconfundible de un disparo. Saqué mi arma y, sin pensarlo, rompí  uno de los ventanales saltando al interior.


Percibí claramente el sonido de un andar apresurado bajo mis pies, por lo que busqué rápidamente las escaleras que llevaban al sótano. No había bajado más que unos pocos escalones cuando una figura se abalanzó sobre mí, golpeándome con tal fuerza que caí  rodando por las escaleras. No llegué a ver a mi atacante, tan sólo distinguí  una silueta que huía por la misma vidriera que yo acababa de hacer añicos.


Perdí algunos segundos preciosos aturdido por el fuerte golpe por lo que, cuando salí  al jardín, tan sólo pude observar impotente como saltaba la verja y se perdía en la lejanía. Incapaz de alcanzarle, decidí volver al interior de la vivienda. Cuando llegué al sótano, encontré a Adrian mirando estupefacto el cadáver de un hombre tendido en medio de un charco de sangre.


-          ¿Qué ha pasado? – preguntó al verme entrar.


-          ¡Que la he cagado! – repuse, enfadado conmigo mismo – Ese hijo puta se me ha escapado.


Iba a agacharme a examinar el cuerpo cuando mi móvil empezó a sonar. Lo cogí, molesto por la interrupción, y una voz, jadeante y extrañamente familiar, me susurró: “Elimina todas las pruebas o te incriminarán”.


El mensaje fue corto y contundente. Pensé que se trataba de una broma macabra del propio asesino, pero, cuando comprobé el número del remitente, comprendí que aquello era algo muy distinto; el número era el de mi propio teléfono.


Afortunadamente, Adrian no se percató de mi repentina palidez y turbación, absorto como estaba en ponerse sus flamantes guantes de látex.


-          Deja eso – le pedí – Yo me encargo. Tú ve fuera y asegúrate de impedir que entre nadie en la casa que no sea policía, forense o juez. Esto se va a llenar de gente y quiero examinar la escena del crimen antes de que lleguen.


Adrian, decepcionado, obedeció sin rechistar, consciente de que no le serviría de nada protestar. En cuanto hubo salido, me enfundé mis propios guantes y me agaché junto al cadáver aún caliente.


Casi de inmediato, localice un cigarrillo aún humeante caído en el suelo. La marca era idéntica a la que yo fumaba. Sin dudarlo, lo coloqué cuidadosamente en una bolsa hermética de plástico y me lo guardé en el bolsillo de la americana.  Después, examiné la herida de bala en el pecho del fallecido. Se trataba, sin duda, de un disparo a quemarropa. Tenía orificio de entrada y de salida y la trayectoria era ascendente. Aquello, unido al desorden de la habitación, parecía indicar una pelea o forcejeo. Intenté imaginar la postura del fallecido y la posible dirección de la bala. Examiné las paredes y, tras unos minutos de búsqueda, encontré un orificio en la pared donde se  había alojado el proyectil. Con una pequeña navaja, conseguí extraerlo. No me sorprendió demasiado comprobar que era del mismo calibre de mi arma reglamentaria.  Un murmullo llegó desde el exterior, mientras varias personas irrumpían en la vivienda, por lo que me guardé la bala apresuradamente y salí a su encuentro.


Estuve allí más de dos horas, mientras el forense examinaba el cuerpo y llegaba el juez de instrucción para realizar el levantamiento del cadáver. A punto estuve de entregar a mis superiores las pruebas que había sustraído ilegalmente, pero, al final, una sensación irracional de temor me hizo abandonar el lugar con ellas aún en mi bolsillo.


En los siguientes días rellené el pertinente informe y respondí las preguntas de los detectives que se hicieron cargo del caso, obviando todo lo relativo a la extraña llamada. Todos parecieron aceptar mi declaración, sobre todo cuando Adrian la corroboró punto por punto.


Mientras, comencé mi propia investigación. Conseguí que una ex compañera de otra comisaría examinase, sin hacer preguntas, el ADN del cigarrillo, cotejándolo, sin saberlo, con una segunda muestra proveniente de mi propia saliva. Por otro lado, me las apañé para comparar en balística un proyectil disparado con mi pistola con el disparado por el asesino. El resultado no dejaba lugar a dudas: el ADN coincidía y la bala había sido disparada por mi arma reglamentaria.


En los días siguientes indagué con discreción sobre el rumbo de la investigación oficial. Lo que averigüé no pudo ser más turbador; las únicas huellas dactilares encontradas junto al cadáver eran  mías, lo que me valió una reprimenda por haber manipulado el cuerpo sin las debidas precauciones,  lo más sorprendente era que en el jardín también habían aparecido huellas que se correspondían con mi mismo número y tipo de zapatos. Aquello terminó de confirmarme la precisión con que habían sido manipuladas las pruebas. Habían puesto mi ADN, trucado un arma, colocado mis huellas dactilares y, hasta usado calzado de mi número y modelo. Era algo descabellado; ¿por qué tomarse tantas molestias para incriminarme para luego prevenirme con una llamada?


Incapaz de explicar lo ocurrido, llegué incluso a plantearme si podía estar siendo víctima de un problema mental. Quizá realmente yo era el asesino y lo había imaginado todo; a fin de cuentas, Adrian no había llegado a ver a mi atacante.


Una noche, obsesionado y sin poder dormir, tomé una decisión desesperada: decidí volver al lugar del crimen, convencido de que sólo allí encontraría la solución a aquel rompecabezas.


Llegué en plena madrugada. No me costó saltarme los precintos policiales y pronto me encontré en el sótano ante la silueta encintada que marcaba el lugar del asesinato. Encendí un cigarrillo intentando calmar mi ansiedad y comencé a examinar la habitación. Al fondo, oculta en las sombras, una peculiar palanca metalizada llamó mi atención. Sin pensarlo, la empujé y todo el fondo de la habitación se desplazó a un lado dejando al descubierto una compleja maquinaria que abarcaba toda la pared. Me acerqué, pisando sin querer un saliente en el suelo, y todo cambió a mí alrededor.


Sonaba una alarma, era de día y la pared ocultaba de nuevo la maquinaria. Estuve unos minutos desconcertado antes de que un hombre apareciese tras de mí, haciéndome salir de mi estupor. Lo reconocí de inmediato; era la víctima del asesinato que, de alguna manera, volvía a estar vivo frente a mí. De manera refleja, saqué mi arma y le apunté.


-          ¿Qué quiere? – preguntó el hombre asustado - ¿Cómo ha entrado aquí?


-          No lo sé – balbuceé – Usted murió hace una semana y había una máquina en esa pared. Todo brilló…


-          ¡Dios mío! – exclamó – Estaba programada para un retroceso temporal aproximado de siete días.


-          ¿Retroceso temporal? – pregunté, empezando a intuir, incrédulo, lo ocurrido.


-          Pero…, si he muerto hace una semana, eso solo puede significar…  – el hombre parecía reflexionar en voz alta – ¡que moriré hoy!


Una mirada de locura se dibujó en su rostro mientras se abalanzaba sobre mí presa de la desesperación. Quise quitármele de encima, pero mi arma se disparó y el hombre cayó muerto a mis pies. Casi de inmediato, el sonido del cristal al romperse sonó sobre mi cabeza y supe lo que iba a pasar a continuación. Empecé a subir por las escaleras del sótano, mientras me aseguraba de llevar mi móvil en el bolsillo. Sabía que dentro de unos minutos tendría que hacer la llamada más extraña de mi vida.

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oniria

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30 de Diciembre de 2009 a las 3:45
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

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2º en el XXI Certamen
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FLORA DUERME EN EL BOSQUE

El verano en que cumplí trece años, mi madre y yo vivíamos en un pueblo muy pequeño, en el que nunca parecía pasar nada. Quizá por eso suscitó tanto interés la noticia de que el hombre que había alquilado la vieja casona era Detective. ¡Un auténtico Detective, como los de las películas! ¿Estaría investigando algo? ¿Un crimen del que aún no teníamos noticia? La llegada de Ricardo Barea atrajo la atención de todos, incluso la mía, que por aquella época me había enamorado por primera vez, y hubiera debido estar más pendiente del chico de mis sueños, Alberto, el hijo del alcalde.

Pero, si de verdad Barea era Detective, cosa de la que pronto empezó a dudarse seriamente, no daba la talla ni de lejos. Los Detectives siempre estaban rodeados de un aura de misterio, de glamour, como afirmaba mi amiga Flora. Usaban sombrero y gabardina, y siempre tenían cerca una chica, vieja como de más de veinte años, cierto, pero tremendamente guapa, y de largas piernas, y todo eso.

Ricardo Barea no llevaba sombrero, ni gabardina, y había llegado solo. No parecía estar investigando nada, porque salía poco de la casa, situada ya en las afueras, y únicamente iba al centro del pueblo cuando tenía que hacer alguna compra. Yo solía cruzarme con él en el bosque, y en cierta ocasión le vi en las ruinas de la ermita, hablando con mi madre. Era un hombre extraño o, mejor dicho, había algo extraño en su mirada.

El golpe de gracia para su popularidad lo dio la noticia de que en nuestro país los Detectives no tenían realmente permiso para investigar crímenes. No se les dejaba buscar al asesino, ni estudiar las pruebas, como en las películas.

– Son pobres diablos, gentuza. Sólo se dedican a temas de Aseguradoras – explicó don Evaristo, el alcalde, en el bar. Nos miró de reojo a Flora y a mí, que merendábamos en nuestra mesa del fondo, y añadió, con tono más bajo: – Y, bueno… asuntos personales, ya me entienden…

– Asuntos de cuernos – me susurró Flora, y ambas reímos – Ni caso, Blanca. Digan lo que digan, Barea es el más interesante de los adultos del pueblo. Incluso podría decirse que sigue siendo guapo. La maestra está loca por él – abrió la boca para añadir algo, pero volvió a cerrarla. No fue necesario, supe lo que estaba pensando.

También mi madre estaba loca por él. Y yo quería odiarle.

¡Tenía tantas cosas en mi cabeza aquella medianoche de finales de agosto, cuando me escapé sigilosamente de casa, porque Flora me había citado en el bosque...! Nunca quedábamos tan tarde, y menos fuera del pueblo, pero insistió tanto que accedí. Flora llevaba algún tiempo actuando de un modo misterioso, desapareciendo durante horas o manteniéndose extrañamente taciturna. Yo sospechaba que también se había enamorado de alguien, incluso pasó por mi mente el nombre de Barea. Esperaba que, esa noche, decidiese revelarme su secreto.

Pero, al llegar al sitio, me topé con su cadáver.

Lo primero que vi fue la luz, claro. Su resplandor amarillento me fue guiando en la distancia. Pensaba que era la linterna de Flora… pero cuando llegué al río la descubrí allí, tumbada en la hierba, cerca de la orilla. Al principio, creí que se había quedado dormida, algo que no me hubiera sorprendido, a semejantes horas; sólo tras un segundo vistazo descubrí que tenía la cabeza apoyada sobre una piedra, como si se hubiese desnucado por una mala caída. Su vestido blanco parecía refulgir con la luz de la linterna que alguien sostenía a baja altura. Dirigí la mía hacia allí, instintivamente, y reconocí al señor Barea. Estaba acuclillado junto al cuerpo, estudiándolo con atención, pero alzó de inmediato la cabeza.

– No mires, Blanca – me ordenó. Se puso en pie – ¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? – no contesté, no tenía voz, ni conseguía centrar la mente en nada. Debió darse cuenta de cómo me sentía, porque se apiadó de mí – Tranquila. He llamado a la policía, no tardarán en llegar. Tendrás que esperar aquí conmigo – asentí, y bajé la pequeña cuesta, tratando de no mirar más a Flora. Sus ojos de cristal me daban miedo – Ten cuidado, no pises ahí – señaló el suelo, en el barro tierno cercano al río, con el haz de la linterna – Hay una huella – miré hacia allí, y no pude evitar un sobresalto – ¿Ocurre algo?

– No… – susurré, los ojos fijos en la huella, bien marcada, del pie derecho de unas deportivas. Conocía aquel dibujo, y aquella talla de zapato. Flora y yo las habíamos encontrado muchas veces por el bosque.

Eran las deportivas de Alberto.

– ¿La has reconocido? Sí, claro que sí. Y yo también – el señor Barea agitó la cabeza – Lo siento mucho, niña. Sé que estás… interesada en él. Te he visto, sé cómo le miras... ¿Por eso estás aquí? – esperó un segundo. Como no dije nada, continuó: – Supongo que sí. No creo que tu madre sepa que has salido a estas horas. Te has escapado, habías quedado con él...

– ¡No! – me ruboricé – ¡Yo… nunca hubiera hecho eso! ¡Había quedado con Flora! ¡Me dijo que quería mostrarme algo!

– Con Flora. Vale – chasqueó los dientes – Entonces, puedo hacerme una idea de lo ocurrido.

– ¿Qué? ¿Qué ha pasado?

– Flora y tu amigo mantenían una relación... – abrí desmesuradamente los ojos y agité la cabeza, incapaz de creerlo – Lo sé con toda certeza, créeme, les vi la otra noche… – se interrumpió, buscando una forma mejor de decirlo – pasando el rato. Pensé en llamar a la policía, porque Alberto tiene veinte años, pero Flora era una menor. No lo hice. Ahora lo lamento.

– No es posible… No es cierto, se ha confundido.

Me miró con pena.

– Puedo equivocarme, claro. Pero, el escenario de un crimen siempre habla por sí mismo y, si sabemos escuchar, podemos reconstruir lo sucedido aquí, esta noche. Resulta bastante lógico suponer que Flora quedó contigo, pero también con Alberto, para organizar una escena y dejarte claro cómo estaban las cosas – dio un par de pasos a un lado, moviendo la linterna, dirigiendo la luz a distintos puntos, a medida que hablaba – Se encontraron aquí, y, en algún momento, empezaron a discutir. Hay rastros de un forcejeo. Quizá él quería dejarlo y Flora le amenazó, y te puedo asegurar que podía ponerle las cosas muy difíciles, de decidir denunciarlo. Él cogió una piedra, esa… No está tan firmemente incrustada en el suelo como las otras. Creo que la cogió, golpeó, y luego la volvió a dejar, colocando encima la cabeza del cadáver, intentando de forma poco hábil simular un accidente.

– Pudo serlo…

– No. Al margen de lo demás, mira las manos de Flora – las enfocó con la linterna – Las uñas tienen restos de piel y sangre, y hay algunos cabellos en la derecha... Pruebas que indican una lucha y que me temo que señalarán directamente a Alberto – empecé a llorar, no pude evitarlo. El señor Barea me cogió por un brazo y me condujo hasta un gran tronco caído, donde me senté. Él se acomodó a mi lado, me dio su pañuelo, y dejó que me desahogase.

Creo que hubo un momento en que acercó una mano para acariciarme el pelo y consolarme, pero se contuvo – Blanca, hay algo que me intriga – preguntó, al cabo de un rato, cuando estuve más calmada – Has llegado y me has visto aquí, con el cuerpo, pero no has tenido miedo de mí. En ningún momento has pensado que yo pudiera ser el asesino. ¿Puedo preguntar por qué?

Consideré si debía responder a eso.

– Porque sé que es usted mi padre – reconocí, finalmente. El señor Barea parpadeó.

– ¿Cómo lo has descubierto? ¿Te lo ha dicho tu madre?

– No. Ella jamás le menciona. Yo… les he visto, hablando. Y lo supe, la primera vez que me miró. Lo vi en sus ojos, brillaban, estaban llenos de emoción – él no dijo nada, pero sus ojos volvían a brillar – ¿Por qué nos abandonó?

– ¿No has oído los rumores? No soy tan buen Detective... Tardé mucho en encontraros – añadió, con sarcasmo dirigido a sí mismo, y luego bufó – El asunto es más complicado de lo que parece, y creo que debe ser tu madre la que te lo explique.

Asentí. Demasiadas noticias, demasiadas sorpresas. Y, esa noche, mi pequeño mundo de adolescente ya se había tambaleado hasta los cimientos.

Apoyé la cabeza en su hombro y guardamos silencio, velando el sueño de Flora.

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nosebundos

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2 de Enero de 2010 a las 11:10
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

LO MÍO CON ALPAVIESE

(3er puesto en el X Certamen "Identidades")


 


 


(…) mientras yo lloraba abrazado a mi novia, buscaba apoyo para la causa… buscaba llevar la situación al límite y que me dijera basta: "¡Quieres dejar de comportarte como un maniaco! Deberías buscarte la vida, y salvarte tú, joder. Ponte en manos de un profesional, y deja esas chorradas sobre el Quijote; el mundo no necesita más locos escupiendo sandeces y babas. Colgado de mierda… no lo flipes con la eidésis esa de mierda. No hay trasvase de dolor, tú les escuchas durante horas y quedas hecho una porquería, joder, tío."


Pero a lo más que llegaba, era a decirme que no me comprendía en absoluto, que era su bicho, su amante, su niño… que nadie hacía que se corriera como yo lo hacía.  


 


Vivíamos fuera de todo tiempo- aunque mi novia prefería fechar con números en las páginas del taller literario de poesía y cuentos, al que acudíamos en la nave de La Fábrica- me miraba extrañada cuando anotaba una ubicación imaginaría ,y una fecha inventada. Vivíamos rodeados de locura, aunque censuraba con gesto duro mis historias sobre Alpaviese. Después de aquella conversación sobre el ascensor sin ascensorista, de la reja negra recién pintada, y lo de mí hogar dentro de mí, me recomendó - como ella lo llamó un retiro humanista- unos días de descanso de los amigos, la cafeína y las noches de humo. Llevo dos días sin café, literatura, locura, o porros. Me levanto temprano, y le hago la compra a la vieja, mi higiene personal es impecable y no llevo a cabo ningún ritual sexual sustitutivo por que no la vea… comienzo a aburrirme. Tercer día, (hacía meses que no me quedaba en blanco frente a la máquina) menudo coñazo… tengo los nervios a flor de piel. He recuperado algo de cordura, de intranquilidad por mis peculiaridades socio-económicas, estoy pensando en volver a buscar un trabajo a parte de la reforma. Algo fácil de sobrellevar, uno de esos de cuarenta horas semanales mirando la puerta de un local al que nadie entra; así tendría tiempo para leer con calma, y tomar café.


 


Pero volvamos. Volvamos al relato; sigo llorando abrazado a mi novia. Ella no sabe porque lloro- yo mismo dudo de que sea por el dolor de M., aunque me haya contado una historia horrible-, lo que más me jode es que esté sola, y que ni siquiera yo pueda acompañarla-  intuyo que no soy el Quijote, que me estoy enganchando a esta mierda, y que voy a terminar con el macuto a cuestas buscando gente que necesite ser escuchada… pienso en que el doctor Sam Beckett nunca regresó a casa, y se lo digo:      " el doctor Sam Beckett nunca regresó a casa " y fluyo por ese camino equivocado. Llanto, y risa. Cafeína, llanto y risa… lloro, como hace años que no me permitía delante de nadie. Y más risas. El gas a presión - contenido en mi cráneo- hace sonar todas las alarmas. ERGN!! La válvula de emergencia se abre, y subo, y bajo del cielo hasta aquí abajo por periodos de dos segundos: " hacen falta más Quijotes en el mundo"… le digo, "hacen falta más…", "hacen falta" repito. Ella me abraza, y no sabe que decir… ella me ama, nada más.  


 


Salgo de la habitación con los ojos rojos. He dejado a Ana a solas aclarándose las ideas, supongo que trata de asumir que estoy mal de la cabeza, se estará liando un peta para pensar con mayor claridad. En el salón, M. está sentada en el suelo. Escribe algo en la mesita del café, parece una niña de siete años. Se relame como una niña pequeña, se muerde los labios para concentrarse como lo haría una niña pequeña, resopla por el esfuerzo e inclina la cabeza hacia uno, y otro lado. Me acerco, y me ofrece el papel. Es un poema, muy malo, malo de cojones, y un dibujo; me ha dibujado como si fuera el quijote, con una cacerola en la cabeza, y una cuchara de palo en lugar de espada o lanza. El poema habla de nuestro encuentro, de lo que compartimos durante esas noches de humo. "Vaya", pienso, "que cojones les pasará a los locos en esta casa…"  Tengo clara una cosa, debo huir, tomar un descanso… no quiero terminar como el dominico haciendo hechizos,  y con ataques de nervios incontrolables. Aunque claro- luego sonrío-. Tal vez sea demasiado tarde.


 


M. salta del suelo, y me trepa como si fuese un árbol. Dice que es un koala, y yo su arbolito; está como una puta cabra. Yo estoy como una puta cabra. Dominico está como una puta cabra, todo el que cruza el umbral de esta casa, tarde o temprano acaba como una puta cabra. Va ser una noche muy larga, una de esas noches. Así que me dirijo con mi amiga de veinte y pico colgada del cuerpo, y que no para de gritar que es un koala, a la cocina. Preparo algo de café, a ver si Ana se acaba de liar el peta, y tenemos un poco de actividad, humo, y conversación. Comenzaré con el retiro que me ha aconsejado Ana a partir del lunes, que coño. Curraré algo en la reforma de la casa de Javi, y el jueves vuelvo con mis amigos locos.


 


Un día te vuelven a dar las cinco de la mañana despierto. Y te tomas un café bien cargado para desayunar, de camino al curro te tumbas dos latas de bebidas energéticas porque vas a pasarte unas horitas tirando muros, y cargando sacos de escombros para que se los lleven a tomar por culo de una vez. Poco a poco la necesidad de sueño desaparece, y es sustituida por una forma especial de ver el asunto; no eres igual al resto. Sólo duermes tres horas cada dos días y estás especialmente contento, ya no caminas por la calle; caminas en medio de un paisaje fantástico que si se plasma tal cual resulta un magnifico poema. Una papelera es maravillosa, los edificios se extienden hasta el final del mundo conocido rodeados por una limpidez nunca vista. Te comunicas con todo ser vivo- árboles incluidos- sin tener que usar palabras, ni ninguna otra cadena cultural, porque ellos están allí y tú también. Todos estáis juntos mirándoos desde la punta de la nariz hasta la silueta de las hojas. Más cafeína, más bebidas energéticas, más sabiduría de aquella que acompañó a los primeros pobladores del mundo; y el viento te acaricia a ti, a nadie más, si no estuvieras ahí no habría soplado ninguna racha de viento, pues todo está conectado con todo, y todo está conectado contigo y tú a su vez estás conectado con todo. Tú eres el mundo, el mundo eres tú, o está dentro de tu cabeza, y dentro de tu cabeza es lo único que hay. Acabas de acceder a un conocimiento olvidado, un largo saber lo inunda… una sabiduría perdida. Todos esos tú, rodeándote, formando parte de ti, papeleras y basura en medio de la calle, que también eres tú, edificios de siluetas demasiado definidas, edificios que te invitan a caminar bajo ellos para que disfrutes de su sombra, coches que dejan hueco para que puedas pasar entre ellos, pájaros que te saludan y se sienten saludados si les haces el gesto de la mano, no tienes más importancia que el gato que huye tras una esquina, no eres más que cualquier ser y eres todos ellos al ser consciente de la sapiencia olvidada cuando los tiempos cambiaron para siempre. Llegas al trabajo, te cambias de ropa, y saludas a los compañeros. Te pones los guantes y coges la herramienta, picas la pared. Por primera vez el trabajo de albañil adquiere un sentido místico, es mágico. Como el camino y todo lo que te has cruzado mientras tanto. Los psiquiatras lo llaman manía, y joder, es la leche.


 


Cuando el fin de semana, vuelvo a casa del dominico, intento explicárselo todo a Ana. Pero ya es demasiado tarde, así que acabo llorando de impotencia, abrazándola

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pelagio

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2 de Enero de 2010 a las 12:05
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

DE AMANTES
Primer puesto en el XX certamen Bubok (Don Juan Tenorio)

Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame
Instruido por mis versos…

Publio Ovidio (El arte de amar)





Cuando mis pies pisaron por primera vez el magnífico escenario del anfiteatro, mi preceptor Arelio Fusco, afirmó:
-Roma, la puta que te hará llegar al clímax para después abandonarte hecho jirones a orillas del Tiber. No lo olvides nunca Ovidio: jamás ames a una ramera.
Yo era joven, y por ende inexperto en cualquier cosa que no fuera seguir a pies juntillas a mi maestro; Sulmona quedaba lejos y había tanta belleza que abarcar que apenas si tenía tiempo de respirar.
Habíamos huido de la intransigencia de mi padre, el cual deseaba hacer de mí un hombre de provecho, en contra de mi deseo de convertirme en poeta; con nuestras actuaciones a lo largo del camino conseguimos reunir lo suficiente para arrendar un cubiculum maloliente, en una de las muchas insulae que jalonaban el discurrir del Tiber a su paso por Roma. En aquellos días empecé a escribir; aprovechaba las horas nocturnas, cuando el bueno de Arelio Fusco salía para no regresar hasta altas horas de la madrugada, y esbozaba ideas que venían a mi mente, más bien de forma inconexa. Algunas veces un verso, otras un ripio, incluso alguna vez dejaba que mi imaginación divagara a su aire por los vastos páramos de la épica. Jamás pensé que un día mis escritos pudieran gozar del beneplacito del público. Menos aún de ella.
A medida que los días y las semanas iban pasando, el ambiente pútrido en el que nos movíamos a diario iba infectando el alma de mi maestro. Que triste sinrazón la del querer y no poder; a menudo regresaba a casa con la mirada perdida en si mismo, con sus pergaminos debajo del brazo y el ánimo encorvado sobre su espalda. Él, que tanto empeño había puesto en emprender aquella aventura, flaqueaba en su voluntad y parecía querer dejarse ir a merced de la derrota.
Pero hay que comer todos los días; ése fue el sino inmutable que me impulsó a cometer un acto del cual mucho después tendría que arrepentirme.
Una noche, después que Arelio volviera a nuestro cubiculum, borracho y ahíto de desesperación, colé entre sus papeles una de mis poesías. No era gran cosa, una estúpida oda al amor, palabras que apenas engarzaban las unas con las otras. ¿Quién sabe si el designio de las musas no acabaría por sonreírnos? Fue así como la conocí; Livia, la mayor embaucadora que jamás conoció la Ciudad Eterna, la esposa del Divino Augusto.
Recuerdo aquellos versos como si los hubiera escrito hoy mismo, en el ocaso decrépito de mis días.
Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar,
Lea mis páginas, y ame instruido por mis versos

Continuaba de igual modo, en rimas de medida más o menos nítida. Hablaban de barcos cuyas velas hinchaba el viento del amor, de remos que herían las límpidas aguas de un mar sereno; un melifluo canto que acabó embriagando el alma de Livia. Aquella noche Arelio regresó con el ánimo renovado. Su semblante tétrico y mortecino había cambiado, se sentó en el suelo y junto al débil fuego del hogar escribió sin parar hasta quedar extenuado. Cuando se durmió repasé sus notas. El mismo estilo rígido y falto de armonía de siempre; suspiré y me dejé llevar de nuevo en alas de la emoción.

-¿Qué valor tiene la palabra? –Declamó Arelio Fusco; parecía el mismísimo Cicerón. Se plantó en mitad del escenario con el cetro en la mano y la mirada perdida en la lumbre de los hachones que iluminaban la escena. -¿Qué esencia esconde la poesía, capaz de moldear el espíritu? –Aquella noche me había llevado con él. Estaba nervioso y se movía sin parar de un sitio a otro.
-Mis papeles Ovidio, no olvides mis papeles. –Repetía una y otra vez.
-Quizás esta noche cambié nuestro destino, mi buen Ovidio. La fama me espera a las puertas del anfiteatro. Saldré en triunfo de su mano y Roma entera me aclamará por fin. Yo sonreí para mis adentros y accedí a acompañarle; la función debía continuar.
El pueblo se acomodaba en graderías de césped; como abejas que acudieran a libar el polen de las flores, hombres y mujeres de toda condición se amontonaban para deleitarse con aquellas palabras declamadas en la noche.
Ella estaba allí, como una diosa –Venus riéndose desde su templo –que se deleitara de placer.

Ya nos marchábamos cuando el pretoriano interrumpió a mi preceptor. Arelio levantó la cabeza; el pelo hirsuto y enmarañado le daba el aspecto de un fauno despistado.
-¿Eres tú el poeta? –Preguntó sin apenas mover su cuadrada mandíbula.
Mi preceptor asintió.
-Acompáñame.

Livia era una mujer elegante, o tal vez la elegancia hecha mujer.
-Dime, poeta. ¿Sabes cuanto daño pueden hacer tus palabras? –Arelio enmudeció. De repente se sentía un ser pequeño, diminuto; sus ojos vivaces miraban alrededor buscando una salida.
-¿El orador elocuente ha perdido el don de la palabra? ¿No parecías mudo hace unas horas? –Livia se aproximó como una serpiente, buscando enroscarse entre las piernas de su víctima inocente.
-No se que quieres decir. Si no te ha gustado mi recital, puedo hacer los cambios que desees. Mira, aquí mismo tengo mis papeles.
-No necesito leer tus papeles, llevo tus palabras grabadas a fuego en mi alma. “Si alguien en la ciudad de Roma…” –Livia deslizó sus dedos entre el vello revuelto que adornaba el pecho de Arelio. No era un hombre atractivo al sexo femenino, pero aquella noche de primavera romana, el triunfo parecía haberlo transformado en el mismísimo Apolo.
-¿Quién es el muchacho que aguarda en el peristilo? –Quiso saber.
-Se llama Ovidio, es mi pupilo. Es el hijo de un noble caballero de la ciudad de Sulmona. –Como bien había dicho Livia yo aguardaba a Arelio en el peristilo de la casa, jugando con unos peces de extraños colores que jugaban al escondite entre los nenúfares del impluvium.
-Despídelo. Entrégale unas monedas; ya es un muchacho, no le costará hacerse un hombre con alguna mujer en el barrio de las meretrices.
Un criado vino a buscarme; ni siquiera abrió la boca, dejó sobre la palma de mi mano unas monedas de oro, las más grandes que jamás había visto en mi vida, y se marchó tan sigilosamente como había venido.

El cuerpo desnudo de Livia era como un laberinto. Con el lenguaje de los dedos trazó su mensaje en la espalda de Arelio, el cual se estremeció con una mezcla de temor y pasión desenfrenada.
-Recita para mí, poeta. Embriágame con el dulce néctar de tus palabras. –Livia deslizó un murmullo de lujuria en los oídos de mi preceptor.
El vino predispone el ánimo. Y las frecuentes libaciones disipan la maraña de la vergüenza con suma facilidad.
-…la frescura de tú tez y las gracias de tú cuerpo ¿Habría de enumerar las virtudes que te ensalzan? Antes contaría las arenas del mar… -Arelio Fusco continuó, ebrio ante la desnudez de Livia, herido de pasión y frenado por la mano invisible de la cordura.
La noche se fue deslizando con pereza; Roma, la puta desdeñosa, amaneció. Las aguas del Tiber resbalaban cenagosas y pútridas bajo los puentes. Los que hallaron el cuerpo Arelio Fusco dijeron que tenía una expresión idiota. Yo lloré a mi preceptor como el niño que era, pero más aún lloré por la desgracia que le habían supuesto mis palabras. Oculté el verso envenenado y seductor que le arrojó a lecho ajeno, lo escondí en la memoria y lo enterré bajo cientos de pergaminos que el tiempo fue acumulando sobre su recuerdo. Pobre Arelio Fusco que tan sólo quiso ser poeta, agradar a la puta de Roma con su lírica. Siempre he recordado sus palabras, incluso ahora que el mundo me reconoce como el gran Publio Ovidio. Nunca ames a una ramera, nunca ames a Roma.

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pelagio

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2 de Enero de 2010 a las 12:08
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

 AK-47
 Tercer puesto en el XXIII      Certamen Bubok (Niños)

     La orilla del lago Kivu se alarga en una sucesión interminable de esquifes y pequeñas embarcaciones de pescadores. Como cada mañana, el pequeño Thomas Ngangi acude a la escuela del padre blanco. Es un barracón destartalado que hace las veces de aula y capilla. El padre Marius convierte el improvisado altar en una mesa de maestro; lo único que permanece inalterable es un pequeño crucifijo.
     -Dos por uno, dos… Dos por dos, cuatro… -El sacerdote está enseñando a los niños a multiplicar. Sonríe al distinguir un brillo de inteligencia en los profundos ojos de Thomas; le acaricia el pelo ensortijado mientras pasea entre los pupitres.
     -Padre nuestro, qué estás en el cielo… -Después toca rezar. Es lo que menos le gusta a Thomas, aún así recita la oración con parsimonia. Su francés es rudimentario, por lo que a veces se traba y duda antes de continuar con la cantinela. –El padre Marius pasa junto a él y le dedica un cariñoso coscorrón.

     Después de comer, Thomas y su amigo Olishe corren a la playa. La orilla del lago está sembrada de algas y conchas que crujen bajo sus pies desnudos. A lo lejos la montaña está ardiendo, una columna de humo negruzco se eleva por encima del manto verde que cubre las encrespadas laderas. Su padre le ha mandado untar de brea la quilla del esquife, para evitar que el agua se filtre a través de las grietas de la madera. Los niños, despreocupados, se afanan en la tarea.
     Al anochecer el sol inicia su lento declive en el horizonte, como si quisiera hundirse en las aguas quietas del lago. El humo de la montaña se ha disipado. Thomas y Olishe regresan a casa; por el camino pescan cangrejos con una vieja nasa que han encontrado tirada en la orilla. Olishe es un año mayor que Thomas y está enamorado de su hermana Lucy. Se despiden y cada uno tira por su lado.

     Cuando amanece en la selva los monos aúllan como locos. Es su forma de dar la bienvenida al sol. Pero en las montañas de Ruanda nunca sale el sol, siempre hay niebla. El grupo avanza silencioso y se despliega a lo largo del lindero del bosque. El lago se adivina a lo lejos como una vena plateada que se aleja hasta el infinito.
     La primera explosión revienta una de las chozas de la aldea; la partida de milicianos se derrama ladera abajo y rodea el pequeño pueblo de pescadores. El tableteo intermitente de las ametralladoras ahuyenta el chillido de los monos y tapona los oídos de Thomas; no puede oír nada, tan sólo un pitido que aumenta en intensidad cada vez que intenta moverse. El intenso olor a pólvora quemada se le pega a la garganta; todo se desarrolla a su alrededor como una película de cine mudo. Percibe los gritos de terror en los rostros que aparecen y desaparecen entre el humo. Busca a sus padres en vano.
     ¿Cuánto tiempo ha pasado? Una eternidad en apenas treinta minutos. En el centro de la aldea se apilan los muertos; cadáveres destripados y mutilados por doquier. Thomas está tan vivo como desconcertado; intenta buscar una explicación en los inexpresivos ojos de su padre muerto, que le observan desde una pila de cabezas amontonadas junto al brocal del pozo.

     -¡Viene el Boss! ¡Viene el Boss! –Los milicianos se agitan nerviosos; poco después aparece un viejo jeep traqueteando por el camino de la montaña. El Boss es un hombre alto de ademanes ariscos; se baja del vehículo de un salto y se interna en la aldea, convertida en un infierno. Los milicianos le reciben con una salva de disparos; Thomas se estremece con el tiroteo, de repente vuelve a la realidad. Vuelve a oír, a sentir.
     El que llaman Boss se reúne con varios oficiales de la milicia. Hablan en voz alta, pero Thomas no consigue entender nada de lo que dicen. Tras unos minutos de charla, uno de los oficiales se dirige con paso firme al chamizo de la escuela. Aparece con el padre Marius; lo arrastra por el pelo y lo arroja a los pies del Boss. Está cubierto de sangre, pero al parecer no es suya.
     Un solo disparo es suficiente para silenciar sus súplicas. No pide por su vida; pide que se apiaden de los supervivientes, la mayoría niños…sus niños
     Pero no existe la piedad junto al lago Kivu. La matanza continúa; los milicianos se han llevado a las monjas que trabajaban con el padre Marius. Las han violado y mutilado delante de los niños, que observan la escena con ojos estupefactos.
     
     -¡Ahora sois soldados de la milicia del coronel Kigali! –El que les habla no les saca más de una cuarta de estatura. -¡Ya no tenéis familia! ¡La milicia es vuestra familia! –De vez en cuando mira hacia atrás; el Boss observa con una sonrisa de satisfacción. Thomas se detiene en el rostro del muchacho; es un niño como él. Una gran cicatriz le cruza la mejilla izquierda, deformando la sonrisa maliciosa que exhibe sin pudor.
     El grupo de niños se revuelve inquieto. Algunos, quizás los más débiles, se atreven a llorar. Es un quejido ahogado que se cuela entre las detonaciones que se suceden sin parar.

     El camión les conduce a través de tortuosos caminos hasta el campamento de la montaña. Empieza a hacer frío, la humedad cala los huesos.
     La primera noche transcurre de modo interminable. Los milicianos de más edad se encargan de instruir a los pequeños. Thomas recibe una paliza; está desnudo sobre la hierba mojada y es incapaz de abrir los ojos. Después les obligan a caminar por un camino estrecho y resbaladizo, hasta alcanzar un pequeño calvero en el bosque. Observa a sus compañeros; alienados por completo, se dejan llevar sin oponer resistencia.
           
     -¡Vamos, perros de la guerra! –El grupo se lanza como una jauría sobre la comida amontonada. Se comportan como animales hambrientos.
     Al caer la tarde los instructores reparten una especie de polvo blanco; lo queman sobre papel de plata y les obligan a inhalar el humo que desprende. Aquello  vuelve loco a Thomas, pero ya no siente el dolor ni el frío.
     -Cocaína. –Dice uno de los instructores, al tiempo que aspira con aire de satisfacción.

      El día que Thomas vuelve al lago Kivu lleva un mes con los milicianos. Ya no recuerda nada de lo vivido anteriormente. Sólo existe la milicia, la muerte y el terror.
     Thomas contempla la escena con indiferencia. No oye, no siente; otra vez ése pitido ensordecedor que le taladra el cerebro. Tan sólo ve gente correr presa del pánico; de vez en cuando aprieta el gatillo de su fusil y deja que se escape una incoherente ráfaga de muerte.
     Uno sólo siente que ha quitado una vida cuando es capaz de reflejarse en la mirada apagada de un muerto.
     Thomas mira fijamente al sacerdote; es un hombre joven, le recuerda a alguien, pero es incapaz de discernir a quién. Está hablando, pero no entiende sus palabras. Lentamente acciona el disparador del arma; primero un disparo seco, después una ráfaga que desplaza varios metros al sacerdote. Thomas permanece impertérrito; hace un gesto e indica al pelotón que continúe avanzando a través del incendio que arrasa la aldea. Camina unos pasos, hasta que de repente una explosión se cruza en su camino.

     Hace calor. El muchacho despierta sobresaltado; con los ojos abiertos como platos deja resbalar su asustada mirada alrededor. Paredes blancas y sábanas blancas. Le rodea un confortable silencio, tan sólo roto por el zumbido del ventilador que refresca la habitación. Intenta mover las piernas. Siente que están allí, sin embargo sus miembros no responden a las órdenes del cerebro. Como puede se incorpora y mira hacia los pies de la cama; sus ojos tan sólo encuentran un vacío de blancura impoluta. Lucha por derramar lágrimas, pero ha olvidado llorar. De repente vuelve a sentirse un niño, un niño desvalido y mutilado que no tiene absolutamente a nadie el mundo.

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bizarro

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2 de Enero de 2010 a las 21:21
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

¿Jaume moresa no ha dicho que está haciendo este trabajo?

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miguelmig

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3 de Enero de 2010 a las 16:29
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

Bizarro, aquí se pegan los relatos corregidos por los autores. De aquí, de este post, se supone que es de donde van a sacar los relatos para el libro.


EDITO: ¿los relatos del primer Certamen también hay que ponerlos aquí? (Hay que recordar que TODOS los relatos del primer certamen saldrán en el libro...)


 

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bizarro

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10 de Enero de 2010 a las 23:29
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

I CERTAMEN


DE RATAS Y HOMBRES


 


Había dejado la última fase de su vestimenta al momento íntimo en que se encontrase sobre al tejado. Envolvió sus nudillos con aquella tela rígida de entrenamiento hasta darles la entereza de la carne congelada. Ocultó su rostro con la máscara griega y cubrió su pelo con el pañuelo color sangre. Se colocó, por último, las espinilleras pintadas de negro y los brazales grabados con el cráneo de la muerte.


Entonces, se permitió cerrar los ojos para respirar el aire que las estrellas enfriaban y centrar todos sus nervios, todas sus dudas, en una sola pregunta: ¿sería capaz de cumplir su cometido? Escuchar el viento a través de las antenas le permitía saber que su oído estaba afinado, pero, ¿se retorcería ante el primer sonido de huesos rotos? Notaba la masa de sus músculos tirar de la ropa con cada una de sus respiraciones, cada vez que apretaba los brazos o encogía sutilmente las rodillas, pero ¿le abandonaría el poder si su cuerpo se sentía en peligro?


¿Cuánto soy de humano?


La duda no podía postergarse. Abrió los ojos y avanzó decidido hacia la cornisa. Saltó hacia el cartel publicitario aguantando la respiración y soportó el impacto con las manos y la planta de los pies, como un simio reclamando su terreno. Siguió bajando hacia el callejón, soltándose del cartel hacia la escalera de incendios, renovando su impulso para golpear en la pared como un nadador que da la vuelta en el borde de la piscina, y aterrizando en la calle, una rodilla en tierra, la cabeza gacha, la mano derecha sobre el asfalto.


Su convicción funcionaba en ausencia de peligro, pero el peligro no tardaría en aparecer; se encontraba en la Cloaca, el barrio perdido de la ciudad. Se puso de pie volviendo a notar que su fuerza física apartaba el aire. Giró la máscara de porcelana a uno y otro lado; alguien respiraba agitadamente en algún lugar, alguien con la boca tapada.


Se agachó lo justo para sacar las armas de la caña de las botas; una barra de acero en cada mano, una proyectada hacia el codo y la otra hacia el frente. Corrió hacia el sonido de respiración secuestrada y se apercibió de que el pánico y el dolor también tapaban aquella boca anónima, aún perdida entre el cemento y los carteles olvidados.


En un callejón, como siempre oscuro, como siempre infecto, un hombre sujetaba una cabeza sin barba y otro hombre sujetaba unas caderas brillantes. El héroe se detuvo en la carrera y dio una patada a una botella, que se estrelló contra la pared más lejana. Los dos hombres mostraron la faz y dejaron su labor, y un joven aterrado cayó al suelo como un saco cosido por el centro.


El héroe no hizo ninguna advertencia. No temblaba su cuerpo. Atacó tan rápido que el dolor precedió al miedo en todos sus golpes. Sus oídos no se encogieron ante el sonido de huesos al romperse. Su cuerpo no se encogió cuando tuvo que esquivar una navaja. Su convicción no flaqueó cuando tuvo a ambos hombres encima; rompió el cuello del primero, retorció el brazo roto del segundo. Se puso sobre él, sobre sus lágrimas de bastardo, y acercó el aliento lo suficiente para sólo tener que murmurar.


—Ha empezado una nueva era para vosotros. Ya nunca estaréis solos.


Levantó las barras de acero y marcó sobre el cráneo del bastardo el camino para el infierno.


—La ciudad es mía – proclamó bajo su máscara, triste y alegre a partes iguales.


Y desapareció ascendiendo como un simio por las paredes del callejón, mientras el joven tendido sobre el suelo se levantaba sintiéndose testigo del comienzo de algo terrible, pero que podía devolver un bien sagrado a la Cloaca.

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bizarro

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10 de Enero de 2010 a las 23:35
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

IV CERTAMEN (SEGUNDO PUESTO)


COLEGIOS ESPECIALES


 


Les doy las gracias a todos por venir.


 


En primer lugar, quiero dar mi más sentido pésame a las familias… de todos esos chicos. Rezo a Dios todos los días para que sepan encontrar paz en su corazón, aunque sé que mis palabras nunca les servirán de consuelo. No he pedido a los medios de comunicación que vengan para eso.


 


Mi familia y yo llevamos siete días sin salir a la calle; sólo ahora puedo ver la fachada de mi casa y compruebo que es cierto lo que me dijo mi hermano por teléfono: que habían pintado en mi puerta la palabra “asesinos”. Sé que han estado trasteando por mi jardín, porque he dormido poco en estos siete días, pero me ha sorprendido ver que entraron en mi propiedad para dejar las fotos de todos esos chicos.


 


Puede parecerles extraño, pero conozco los nombres de todos ellos. Si no lo recuerdan mal… bueno… mi mujer y yo hemos llevado limonada a las fiestas del instituto. Y, a pesar de que nos previnieron en contra, también hemos visto la televisión.


 


Se han dicho cosas muy insensatas estos días.


 


Yo nunca llevé a mi hijo a cazar. Tampoco pertenezco al KuKluxKlan ni, por supuesto, introduje a mi hijo en dicho grupo que yo y mi familia repudiamos con total firmeza. No sé cómo pudo reunir dinero para comprar todas esas… armas y munición… Creo que deberíamos preocuparnos simplemente porque haya podido conseguirlas.


 


Yo no he maltratado a mi hijo y siempre he mostrado toda la preocupación que mi trabajo me permitía para conocer sus sentimientos… para saber si era feliz con su vida. Pero, ¿sus hijos nunca se encierran en su cuarto? ¿Nunca ponen la música alta para alejarlos?


 


Yo no entro en el ordenador de mi hijo para espiar las páginas web que visita. Eso tuvo que enseñarme a hacerlo la policía a la que tengo que agradecer su conducta profesional y su imparcialidad. Creo que son los únicos que no nos han juzgado… ni a nosotros ni al director Emerick. Sé que muchos de ustedes piensan que el señor Emerick tiene responsabilidad sobre este trágico suceso. No me imagino de qué modo podría haberlo evitado y creo que la injusticia que se comete sobre él es casi tan grande como la que se está cometiendo sobre mi familia: mi mujer Helen, voluntaria en la Hermandad de Asistencia Gea que, como bien saben, se dedica a asistir a los más desfavorecidos. Mi hijo pequeño Josh, del que están diciendo que debería haber advertido de las… de los problemas mentales de su hermano mayor. Mi hijo Josh es autista, aunque muchos de ustedes no puedan saberlo dado que tiene tan sólo cinco años y va a un colegio especial. En estos días he llegado a pensar que todos deberíamos ir a un colegio especial…


 


Como les dije al principio, no ofrezco esta rueda de prensa frente a mi casa mancillada para consolar a las familias de todos esos chicos que ahora deberían estar jugando al baseball, ni voy a explicar ni justificar lo que hizo mi hijo, que quizá hubiera querido jugar al baseball con ellos, si lo hubiesen dejado. No lo comprendo y no puedo decir más que esto: es algo que ha sucedido en mi casa, pero que también ha sucedido en el instituto. Y sobre todo es algo que simplemente ha sucedido.


 


El motivo por el que les he convocado a esta rueda de prensa es para recordarles algo que todos parecen olvidar con su actitud y sus afirmaciones: creo que todos han olvidado que yo… que nosotros… también hemos perdido a un hijo… y tampoco sabemos por qué.

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10 de Enero de 2010 a las 23:40
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

VI CERTAMEN (TERCER PUESTO)


BIZARRO


 


Delante estaba el mar; más allá, la luna. Detrás había botellas, hielo; más allá, el paseo marítimo, los bares esquilmados, el maquillaje, los urinarios.


 


No era una costumbre muy popular acabar las borracheras sobre la arena, aunque tampoco era extraño; a veces, los seguían algunas jóvenes promesas o mujeres insatisfechas más valientes que promiscuas, con más arrogancia que talento.


 


A pocas horas le esperaba al Borracho una maleta llena de escritos en su casa, un autobús hacia el Norte. Se despedían de él pero nadie veía sus lágrimas. El Seductor frecuentemente le ponía el brazo sobre los hombros aprovechando su mayor envergadura; le daba un beso en la mejilla, pero luego seguía haciendo bromas sobre el oficio de chapero que seguramente le esperaba a la espalda de Las Ventas. Quien más bromeaba era el Firme, explorando los límites de la paciencia del Borracho, escondiendo su malicia bajo la bandera de la broma.


 


Una pequeña pero experimentada Aspirante jugaba a descubrir sus personalidades ocultas cuando la dejaban hablar; el Seductor, incluso, hacía como el que se enfadaba cuando alguien la interrumpía.


 


—Yo a ti te veo como un príncipe malcriado. ¿A que eres hijo único?


 


—Tengo una hermana —se defendió el Seductor.


 


—Peor me lo pones.


 


El Bufón terminó de echarse una copa y se sentó de brusco, levantando todo menos el hielo.


 


—Tú —le dijo la Aspirante —A ver, tú…


 


—Yo soy una bestia en la cama —soltó una risotada para aclarar que no lo era.


 


—Ya —ella intentó no ofenderse con el comentario para poder seguir con su razonamiento —En verdad te veo como…


 


Hubo un segundo de inquietud, ya que el Borracho la miraba por encima del hombro, como un lobo que espera a la puerta de una madriguera. El Seductor le había pedido anteriormente que no fuese demasiado sincero con las damas.


 


El momento de tensión, en que el talento malicioso del Borracho podía estropear la noche, pasó como pasa el sonido de un avión del ejército.


 


—Te  veo  como  alguien  que  se  pone una máscara —continuó la Aspirante —Pareces muy extrovertido, pero en verdad tienes mucho mundo interior… Eres muy reservado.


 


Halagador. El Bufón quiso hacer una broma para superar el mal trago, pero entonces el Borracho se levantó y comenzó a quitarse la ropa.


 


—¿Y esto? —preguntó la Segunda Aspirante, mucho más tierna y rica, pero bastante más gilipollas que la primera.


 


—Lo hace mucho —respondió el Firme —Y más que lo va a tener que hacer en los madriles…


 


—En verdad lo hacemos todos —dijo el Bufón después de dar un buen trago.


 


Pero nadie siguió al Borracho hacia la orilla, porque las damas no habían secundado el gesto.


 


En el agua, agradeció el calor de la bebida y pensó: “Morir de un corte de digestión no es tan malo, si la digestión es de whisky”.


 


Comenzó a nadar. No tenía motivos para detenerse, pero lo hizo cuando estuvo bien seguro de no tocar pie. Cansado, se giró hacia la orilla. Estaba lejos; parecía el cinturón de una drag queen. Retorció un poco más su miedo pensando en las corrientes que avanzaban y giraban como tiburones buscando cuerpos que arrastrar. Pensó en un enorme pez subiendo hacia él con la boca abierta como una piscina llena de dientes. Aguantó el miedo y comenzó a reírse por lo bajo. El frío movía sus hombros.


 


Sobre su cabeza, estaba la luna.


 


—¡¿Qué quieres tú, piedra?! —le preguntó, furioso —¿Qué quieres de mí?


 


Miro a su alrededor y comprobó que estaba rodeado por el reflejo de la luna, lo cual era imposible. El reflejo de la luna era inalcanzable, pero allí estaba, como papel metálico sobre el agua, cerca de sus manos.


 


—¡Llévame ahora mismo si no estoy llamado a hacer grandes cosas! —gritó el Borracho —Llama al Leviatán, si tiene huevos de acercarse, o mueve la mareas para que me arrastren. Voy a vender caro mi pellejo, me eches lo que me eches, porque si vuelvo vivo a esa orilla, ¡será que el mundo es mío!


 


Aguardó, aleteando con los pies. Si el resto de humanos no fuesen tan tremendamente vulgares, él siempre podría hablar como lo había hecho en ese momento. Pero no era así. Quizá nunca fuese así.


 


Dejó de aletear unos segundos y se hundió hasta que sólo sobresalieron su nariz y su frente. Aguantó, incapaz de ver nada que no fuera la luna y el borde del mar. Con los oídos cubiertos de agua, oyó que todos los rumores oceánicos hablaban de él. Sonrió.


 


Y volvió a levantarse. Se giró una vez más hacia la orilla y comenzó a nadar, riendo por lo bajo, satisfecho. Enardecido. Agotado. Y pensó: “Llegar a la luna sólo demuestra que tengo talento. Volver a la orilla significará que tengo lo que hay que tener”.


 


A ras de mar, su imaginación volaba. El ejercicio y el agotamiento pacificaron su mente; no tenía ningún miedo; no tenía ninguna duda. Pensaba en una mansión ardiendo hasta los cimientos. “La caída de la casa Usher”. Era un buen título.


 


Tragó algo de agua y siguió nadando mientras tosía y pensaba que iba a hacer algo parecido. Un título que comenzase con “El Exilio…” Un lugar remoto. Alguien que vale más de lo que parece. Alguien que vale menos de lo que cree. La vida misma.


 


Sus pies y sus manos tocaron la arena casi a la vez. Decidió que no temblaría al volver a por su ropa. Se irguió y buscó a sus amigos, andando completamente sobrio como un borracho, como una abeja con buenas noticias.


 


Se sentó sobre sus ropas y recibió de nuevo el abrazo del Seductor.


 


—Tío, estábamos preocupados.


 


Se secó la cara con su propia camiseta y besó los labios de su amigo. Las Aspirantes quedaron fascinadas. El Firme, con el corazón en un puño, respiró intentando tranquilizarse. El Bufón no se pudo reír.


 


La Aspirante número uno vio pie para decir algo importante.


 


—A ti te veo —se dirigió al Borracho y su sonrisa cansada, su pelo indómito, su gesto de infante demoníaco, la inspiraron —Te veo como una estrella disfrazada de agujero negro.


 


—Yo soy Rasún de Kátar —respondió el Borracho —Un pueblo que no era nada. Y yo tampoco era nada.

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bizarro

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10 de Enero de 2010 a las 23:44
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

VIII CERTAMEN (PRIMER PUESTO)


EL NIÑO COJO


 


(Basado en el cuento El traje nuevo del Emperador, incluyendo una visión adulterada de El flautista de Hamelín).


 


            La burocracia de Berlín estaba configurada como un conjunto de reinos que rendían tributo al emperador Adolf Hitler. Cada una de las editoriales alemanas, grandes o pequeñas, eran súbditos del reino de la cultura, y el rey que vigilaba sus destinos era el censor Ludwing Meyer.


 


            Con motivo de su cincuenta cumpleaños, el censor Meyer había decidido darse un humilde pero emotivo homenaje en el que pretendía reactivar la industria editorial alemana dentro de un sano marco nacionalsocialista. Meyer sacó a concurso la publicación de un cuento infantil que sería subvencionada con dinero del Reitch y que gozaría de pública distribución entre los niños que hubiesen superado con éxito su primer año de escolaridad. El cuento elegido, en cualquier caso, debía servir como sedimento moral para que los infantes alemanes no perdieran la virtud que habían adquirido como derecho de nacimiento.


 


            El 15 de Abril se abrió el plazo de presentación de propuestas. Se creó una importante cola que salía de las puertas del despacho de Meyer y daba la vuelta a todo el edificio. Los editores esperaban pacientemente, con una mano sujetando el correspondiente portafolios y la otra apretada contra el último botón del abrigo. El trabajo editorial no preparaba a los hombres para los rigores del clima y, aquella mañana, Berlín amaneció despejado y frío como las relucientes paredes de una nevera.


 


 


 


            Markus Schaeffer había salido de su casa con el pijama debajo de la ropa y el estómago vacío, y guardaba cola con un buen humor que lo posicionaba más como espectador de las frustraciones de sus colegas que como auténtico opositor al encargo del cuento. 



            Los mejores editores de Berlín abandonaban, abatidos o decepcionados, el despacho de Meyer. Algunos miraban al suelo, reproduciendo en sus cabezas la conversación que habían tenido con el censor, intentando recordar en qué momento, o con qué frase, sus posibilidades se habían esfumado. Los más atrevidos o enojados, tras la derrota dialéctica, se encogían de hombros mirando a sus compañeros y se alejaban de allí, apretados a sus portafolios como si quisieran consolarlos por la ofensa.


 


            Steffan Liebber, a pesar de poseer la imprenta más pulcra de Berlín, a pesar de contar con el mejor ilustrador de toda Alemania y, a pesar de haber presentado una perfecta adaptación infantil de El anillo de los nibelungos, no pudo medrar en el estricto sentido germano del Rey Ludwing Meyer. Dedicó una reverencia a todos los que aún esperaban en el exterior del edificio, soltó una tremenda carcajada y dijo:


 


-          ¡Buena suerte!


 


Después, se alejó de allí rompiendo una por una las ilustraciones de su proyecto. Los editores, por supuesto, entraban cada vez con mayor preocupación, con ánimo funesto. Markus Schaeffer, sin embargo, se tomó todo aquello a broma y abordó la visita con buen humor, diciéndose a sí mismo: “¡No tengo nada que perder! Voy a intentarlo con el cuento más semita que se haya visto desde la fábula de la hormiga y la cigarra”.


 


            Así que, cuando le correspondió entrar en el pulcro despacho, Schaeffer ya no veía al censor Meyer como a un obstáculo, sino como a una secreta diversión.


 


-          ¡Hail Hitler! – dijo levantando su brazo.


 


El brazo de Meyer debía estar cansado, porque sólo le hizo un discreto gesto de admisión, levantando la cabeza lo justo para que sus ojos asomaran por encima de las gafas.  Meyer tenía buen aspecto, el pelo muy negro a pesar de sus cincuenta próximos años, y el pecho muy lleno por encima del brillante cinturón de cuero. A su derecha, había un secretario delgado, amarillento y con unos desdichados labios secos que parecían incapaces de sonreír.


 


-          ¿Nombre? – preguntó el secretario, posando sus dedos sobre la máquina de escribir, como patas de una araña ahorcada.


 


-          Markus Schaeffer – respondió el editor, quitándose la gorra y apretándola contra su barriga.


 


-          ¿Proyecto?


 


-          “El flautista de Hamelín”.


 


-          No me lo puedo creer – intervino Meyer.


 


Lanzó una mirada de complicidad al secretario, que hizo un casi sonoro esfuerzo para apretar los labios aún más, lo que en su tribu de insectos debía interpretarse como una sonrisa. Meyer puso ambas manos sobre la mesa.


 


-          ¿El flautista de Hamelín? ¿Ese cuento en que un músico mercenario exige dinero a cambio de salvar a un pueblo de una invasión de ratas y luego secuestra a los niños del pueblo como garantía para recuperar el dinero? ¿Ese cuento?


 


-          El flautista de Hamelín – respondió el editor, sin un asomo de duda.


 


-          ¿No le parece que es un alegato a favor de la usura, señor...


 


-          Schaeffer – le auxilió el secretario.


 


-          Muy al contrario, señor – respondió Markus.


 


-          Será mejor que se explique con rapidez – exigió Meyer, algo menos cansado.


 


Metido en ese compromiso, Schaeffer ya no podía retirarse sin parecer un ciudadano sospechoso. Y, realmente, se le había ocurrido una interpretación perfecta del cuento para la mentalidad nazi. Pero, al estar a punto de verbalizarla, sintió que una palabra se atravesaba en su garganta: ratas. Dudó.


 


-          ¿Señor Schaeffer? –exigió Meyer.


 


Se había aprendido su apellido. El editor sintió el miedo como una transfusión de hielo a través de las piernas. No había marcha atrás.


 


-          Las ratas son el pueblo judío – dijo lentamente. El censor frunció el ceño y apoyó la barbilla en uno de sus lustrosos puños. La idea estaba funcionando – El flautista representa a la nación alemana, que quiere salvar a Europa, a Hamelín, de los judíos. Y todo el pueblo quiere ser salvado de los judíos. Pero, cuando el flautista reclama el reconocimiento por su labor, Hamelín, Europa, le da la espalda. ¡Como está sucediendo en estos momentos, señor! Entonces, el flautista se ve obligado a ir a la guerra y ocupar dichas naciones bajo su protección, separar a los niños de esos padres irrespetuosos y olvidadizos que ya no recuerden lo insidiosa que era la presencia de las ratas...


 


Ludwing Meyer meditaba sobre su puño. Estaba a punto de sonreír, pero una idea le incomodaba. Llegados a ese punto, Markus Schaeffer sentía tanto asco de sí mismo que esperaba que el censor rechazase su proyecto con vehemencia. Cuanta más vehemencia usase, tanto mayor sería el alivio para Schaeffer.


 


-          ¿Y el niño cojo? – preguntó el censor.


 


            “No me lo puedo creer”, pensó Markus, “lo está valorando en serio”. Apretó los puños, sintiendo como agua sucia dentro de las tripas.


 


-          El niño cojo somos nosotros – respondió – Los editores de este país, aunque en principio nos sentimos ofuscados con erróneas ideas librepensadoras, por nuestra propia reticencia a la acción, por nuestra lentitud, por nuestra cojera, podemos reflexionar... y encontrar así el camino de vuelta a casa.


 


            Meyer abrió la boca apretando los dientes, como si acabase de tragar humo de un cigarrillo. Luego, miró a su secretario y dijo:


 


-          Me gusta – dio un golpe en la mesa y se levantó para abrazar a Schaeffer – Así que ratas, ¿no es eso? ¡Me gusta mucho, amigo! ¡Gracias por este regalo de cumpleaños!


 


-          Señor... – acordó sumisamente Markus, recibiendo el abrazo del censor con un escalofrío.



 


 


 


 


Un mes más tarde, delante de una cerveza y de un ejemplar de “El flautista de


 


Hamelín”, de ediciones Schaeffer y asociados, Stefan Liebber soltaba una de sus tremendas risotadas y miraba a sus colegas como si nada en el mundo pudiese ser más divertido.


 


            Los otros editores reunidos en la cervecería, celebrando el éxito de Schaeffer a la vez que intentando ganarse su favor, sacudían la cabeza, se encogían de hombros o, simplemente, brindaban al techo sin querer declararse ni serios ni bromistas.


 


- ¡Así que El flautista de Hamelín!- voceó Liebber, sacudiendo el hombro de Markus Schaeffer – Un cuento que nos enseña que, si no pagamos nuestras deudas, el banco te puede quitar hasta a tus hijos. ¡Qué mundo este! ¿Cómo lo conseguiste, maldito zorro? – Schaeffer bebió cerveza. Liebber le perdonó la vida y levantó la jarra, desafiando con su integridad y osadía a todos los presentes - ¡Brindemos entonces por el nuevo traje del Rey! Pero, ¡ojo!, ¡que a nadie se le ocurra decir que el traje nuevo no tiene ni una pulgada de tela!


 


“Así que ratas, ¿no es eso?”, recordó Markus Schaeffer mientras apuraba su cerveza. Pidió otra con un gesto de la mano. Tenía dinero para invitar a todos los presentes durante una noche que durase un año entero. Y también tenía el secreto y vergonzoso deseo de padecer algún tipo de cojera que justificase su éxito.

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10 de Enero de 2010 a las 23:45
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XI CERTAMEN (PRIMER PUESTO)


EL SINDROME DE LORENA KOLSEN


 


Lorena Kolsen nació en Hamburgo, en 1917. Curiosamente, se piensa que fue una de las primeras personas en morir en el mundo por el Síndrome de Lorena Kolsen. En 1924, la familia Kolsen emigró a EEUU, donde su padre tenía la ambición de ejercer la investigación médica en el campo de la anatomía forense.


 


En 1926, el señor Kolsen, sin haber podido conseguir ninguna aceptable beca de investigación, comenzó a trabajar para el departamento de policía de Chicago como médico forense. Lorena quería seguir los pasos de su padre, pero la Medicina era, en aquella época, una carrera inalcanzable para cualquier mujer; en 1935 comenzó sus estudios de enfermería. Sorprendió a su burguesa familia ingresando como voluntaria para la Cruz Roja. Ejerció su profesión en África y Sudamérica, y comenzó a recopilar una ingente cantidad de datos estadísticos que le interesaban y curiosidades médicas que no solían ser tomadas en consideración.


 


Se ganó una reputación importante en el gremio médico con el que se relacionó durante la Segunda Guerra Mundial. Entre decesos y amputaciones, aprovechaba cualquier instante para hacer constar a los sanitarios o cirujanos algunas de las muchas hipótesis que comenzaba a conjeturar sobre las relaciones entre las muertes inexplicables. De este modo, su material de estudio eran tanto las publicaciones científicas como las revistas sensacionalistas de fenómenos extraños en las que se recogían pavorosos documentos de combustión espontánea humana o muertes súbitas. En el infernal ambiente de la Guerra, las más inusitadas teorías podían parecer plausibles, cuando la lógica y la humanidad estaban derrumbándose junto a los puentes y los muros.


 


Al acabar la guerra, el doctor Benjamin Connors, de la Universidad de Columbia, solicitó una beca de investigación en su nombre para posibilitar secretamente las investigaciones de la enfermera Kolsen: un trabajo estadístico sobre la universalidad de cierto tipo de muertes inexplicables. No conectadas por la raza, la alimentación ni los factores medioambientales de observancia médica normal, dichas muertes debían tener un nexo de unión. Debía haber un detonante que pudiese ser activado por algún tipo de reactivo de origen desconocido. Un detonante que, en principio, era común a todos los seres humanos.


 


La búsqueda de dicho elemento y del factor reactivo suponía una investigación mucho más larga y costosa, pero el artículo de Kolsen, firmado por el doctor Connors, levantó tanto interés que consiguió remover un poco más los bolsillos de la Universidad. En 1951, Lorena Kolsen cometió su mayor fallo redactando y suscribiendo un artículo para una famosa publicación médica, como si se hubiese olvidado, con el transcurso de sus investigaciones, de que su trabajo estaba amparado bajo el prestigio de un hombre. En dicho artículo se atrevía a hablar del Síndrome de Lorena Kolsen. Argumentaba la hipótesis de que todos los seres humanos tienen un factor en su código genético cuya única utilidad es provocar el colapso del organismo y su muerte ante una determinada circunstancia. Explicó que el modo de la muerte sería distinto dependiendo del factor detonante que lo activase en cada momento. Introdujo conceptos tan fantásticos para la época, como que la alteración de los ritmos del sueño podían ocasionar que el reactivo se manifestase a través de la combustión espontánea humana, que los ciclos de las mareas, en la gente que vivía en la costa, podían desembocar en un coma irreversible, y que las alteraciones electromagnéticas provocadas por el sol podían llevar a una sintomatología parecida a la de una gripe incurable.


 


El artículo supuso un escándalo y el nombre del doctor Benjamin Connors quedó para siempre vetado en la comunidad científica. Al conocerse el asunto de la estafa en la beca de investigación, el doctor Connors abandonó la Universidad de Columbia y se vio obligado a trabajar para una agencia de seguros. Lorena Kolsen defendió su teoría con una convicción inquebrantable, pero la opinión pública fue tan devastadora y la crítica médica tan cruel, que su estado de ánimo se vio seriamente dañado; incluso su salud mental, según dijeron algunos.


 


El Síndrome de Lorena Kolsen acabó convirtiéndose en un arquetipo de la vaguedad médica ante lo desconocido, una broma entre estudiantes, una frase de recurso como “el espíritu de la escalera” o “la ley de murphy”.


 


En 1960, una estudiante israelí de sociología basó su tesis en los juicios públicos a mujeres que han pretendido cumplir la función de hombres. Quiso añadir entrevistas a mujeres contemporáneas que hubiesen sufrido situaciones similares y, entre otras muchas, concertó una entrevista con Lorena Kolsen. Según la estudiante israelí, la señora Kolsen vivía en una casa enorme en pleno centro de Chicago, herencia de sus padres. La casa estaba prácticamente vacía de muebles, pero se podían encontrar enciclopedias apiladas a modo de asiento y televisores ubicados en cualquier rincón, cada uno sintonizando una cadena distinta. La señora Kolsen se mostró lúcida, aunque algo tensa, y expuso sus teorías con la misma convicción de antaño, argumetando igualmente estadísticas sólidas y relaciones de ideas muy creíbles. Sin embargo, quizá debido a su encierro, dentro de su discurso comenzaban a barajarse conceptos metafísicos e incluso mitológicos; hablaba de Enkidú como el elemento que había escondido los reactivos en el cuerpo del hombre y de Tiamat como quien había dispuesto la forma en que actuarían cada uno de los detonantes.


 


La tesis de aquella estudiante obtuvo una calificación muy alta y quedó archivada en la Universidad de Ciencias Sociales de Tel Aviv; dos días más tarde, la joven estudiante murió po la detonación de un artefacto de origen desconocido contra la carrocería del autobús que tomaba cada día para visitar la biblioteca.


 


Con respecto a Lorena Kolsen, no se supo nada más hasta que la enfermedad comenzara a golpear en todos los rincones del mundo muchos años más tarde. Tan sólo los médicos con mayor edad recordaban haber usado la expresión “Síndrome de Lorena Kolsen” para referirse a las explicaciones paranormales o enrevesadas que podían darse a un hecho científico aún no explicado y cuando querían referirse a un científico con tendencia a establecer relaciones de ideas demasiado paranóicas.


 


El doctor Connors había muerto de una insuficiencia cardíaca en el verano de 1968; tan sólo su hija Norma, doctora en Medicina en el campo de la psiquiatría, había conocido personalmente a Lorena Kolsen y la había admirado profundamente siendo niña.


 


Norma Connors fue quien desenterró los viejos estudios de Kolsen cuando una de cada diez personas en el mundo había muerto tras padecer los mismos síntomas infecciosos, sin rastro alguno de infección. A través de Norma Connors, el concepto “Sindrome de Lorena Kolsen” dejó de entenderse como una broma de médicos y se transformó en la acepción oficiosa de la plaga que estaba acabando con la humanidad; pasó a mencionarse en la prensa por sus terribles siglas: SLK. Catorce doctores la ayudaron a transcribir las anotaciones de la señora Kolsen, incluso las notas más ilegibles que había tomado en sus últimos días de vida. Tardaron mucho en perder la esperanza de encontrar una solución. Cuando fueron descubriendo las facetas más esotéricas de los últimos escritos de Kolsen, decidieron guardar silencio sobre tan esperpénticas proposiciones para no manchar más el recuerdo de quien había sido una investigadora abnegada y una buena amiga de la familia Connors.


 


Sólo al encontrar su diario personal, llegaron a la conclusión de que quizá todo ese trabajo había sido el producto de una mente que llevaba sufriendo muchos más años de lo supuesto. Según el diario, durante su estancia en Perú, trabajando para la Cruz Roja, la enfermera Lorena Kolsen se había quedado embarazada y había dado a luz a un niño mestizo completamente sano. A los dos meses de edad, la criatura amaneció muerta sin motivo aparente; lo que en Medicina se conoce como síndrome de la muerte súbita del lactante. Nunca se lo comentó a nadie de su familia ni a nadie que la hubiese conocido fuera de Perú. El conocimiento de que aquel trágico suceso podía haber marcado todas las investigaciones posteriores de Lorena Kolsen, acabó con las más mínimas esperanzas del grupo de investigación capitaneado por la doctora Connors de encontrar algún atisbo de luz sobre la enfermedad.


 


Una mujer podía acceder a los más altos cargos médicos en casi cualquier región del planeta, pero ningún médico podía dar credibilidad a una investigación científica motivada por el dolor de una madre.


 


Ni aunque el mundo estuviese en llamas.

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Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XII CERTAMEN (SEGUNDO PUESTO)


EL CARISMA DE LA 8mms.


 


Supongo que recordáis que, en los años sesenta y setenta, se comercializaron unas cámaras de cine para el consumo de la clase media con aspiraciones de inmortalidad. Eran cámaras con película de 8 mm que, por supuesto, no podían registrar el sonido; de ahí vienen esos álbumes familiares de niños saludando con la velocidad y el silencio de un colibrí y madres sonriendo con una vergüenza de película quemada. En aquella época, yo ya trabaja y podría haber comprado una de esas cámaras con aspecto de secador de pelo; en más de una ocasión me había alentado algún empalagoso matrimonio made in factoría de productos derivados del vidrio. Pero, sinceramente, cada vez que veía y que veo una de esas cosas tan pequeña y que no puede registrar el sonido, pienso: ¡joder, tíos, devolvedlo a la fábrica, porque no está terminado de hacer!


Con el nuevo, me sucedía lo mismo. Veía esa sombra de barba parcheada que nunca le llegaría para un bigote mejicano, esas camisas tan chulas que sacaba para salir de los vestuarios, que sus brazos pecosos no llenaban a pesar de que eran exactamente de su talla, le veía hacer cuatro maniobras para sacar el coche del aparcamiento, y pensaba: ¡joder, devolved a ese tío a la fábrica, porque no está terminado de hacer!


Pero el tío sobrevivía sin estar terminado de hacer en el ambiente de la factoría, que le era tan ajeno como un culo a la copa de un árbol, y se granjeaba la amistad, me atrevería a decir que el cariño, de los hombres más duros e intolerantes a fuerza de ser un freaky suicida con una historia sobre el Antiguo Egipto para cada situación.


Luego, recordé que esas ridículas cámaras de 8 mm nunca han dejado de ser objeto de culto para los aficionados al cine y que muchos chavales graban sus primeros cortometrajes y mandan la película a revelar a Suiza, a pesar de que los suizos no se hacen cargo si la grabación sufre algún desperfecto. Con el nuevo, sucedía algo parecido. Era un fanático de la Historia y Esoterismo egipcios, como lo podía haber sido de las costumbres estilistas de los mongoles, pero da la casualidad de que A TODO EL MUNDO LE GUSTA EGIPTO. No hay un hijo de puta sobre la tierra al que le digas que te gustaría llevar a tu mujer a ver las pirámides y te responda que eso es una mariconada. Yo, sin embargo, llevo mi discreta afición a la novela negra con un secretismo que sólo tolero a sabiendas de que quiero seguir hablando con mis compañeros sobre deportes, política y problemas sindicales.


Pero el nuevo era invulnerable. Él no era un aficionado a nada; era un soñador. Y he aquí que los soñadores tienen un serio problema; los aficionados nos conformamos con lo que nos den, pero los soñadores necesitan ser algo, hacer algo con su objeto de querencia. Cuando tu objeto de querencia es el Antiguo Egipto, tú me dirás qué coño puedes hacer al respecto. Al menos, los bersekers de greenpeace tienen la posibilidad de montarse en una lancha o encadenarse a un árbol. El nuevo, cuando quería establecer una conexión entre su mundo y el mundo real, diseñaba una camiseta.


En mi cumpleaños me regaló una en la que se veía una momia sin cabeza señalando al frente y diciendo en un bocadillo de cómic: “¡Al ladrón!” Debajo había una leyenda: “Museo de ciencias naturales de Londres. Nuestros tickets dependen de tu historia”. El dibujo era muy chulo y lo cierto es que sentí un poco de remordimiento cuando me puse la camiseta para pintar el trastero. Mi mujer nunca entendió el mensaje, pero mi hijo el mayor, que ahora tiene diecisiete años, se la pone muy orgulloso para jugar al fútbol. Sus amigos dicen que es “la polla”.


En el cumpleaños del jefe de sección, el nuevo le regaló una camiseta en que se veía a un faraón recostado en su cama, diciendo en un bocadillo de cómic: “Me gusta follarme a mi hermana”. El jefe SE LA TUVO QUE PONER POR COJONES. En el comité de empresa le devolvimos el favor al nuevo regalándole una botella de chivas. Y el nuevo se llevó dos meses sin poder hacer horas extras y dejó, por un par de cumpleaños, de regalar camisetas. Con el tiempo, he comprendido que no tenía ninguna mala intención. No quiso ofender a nadie; pensó que era un chiste cojonudo. Y tenía razón.


El nuevo era un soñador, como ya he dicho, pero no tenía nada que hacer. Soñar con el Antiguo Egipto es como estar enamorado de una muñeca hinchable; al poco, te das cuenta de que no recibes lo mismo que das. Yo pensé que por eso, a veces, estaba muy callado, como deprimido, en el rato después del almuerzo. Pero no era por eso. Un día, tuvimos que acompañarle al funeral de su padre.


Entonces, nos dijo que se iba de la factoría. “Es ley de vida”, le respondieron algunos, “no hagas el tonto”. Pero el nuevo nos explicó que había trabajado en la factoría durante esos años para poder hacerse cargo de su padre y que tenía pensado volver a la facultad para terminar sus estudios de astrofísica. ASTROFÍSICA, TÓCATE LOS COJONES. Reconozco que me quedé tieso como una botella de plástico en la playa. No muchos de nosotros habríamos hecho eso por nuestro padre.


Caía bien a la gente; abría el techo del office contándonos historias del Antiguo Egipto cuando se habían acabado las de fútbol, de política, o las historias sindicales. Cuando se fue, le regalamos una camiseta firmada del atleti, como animándole a vivir un poco en el mundo real. Él soltó una carcajada y nos preguntó cómo habíamos sabido que era colchonero. Yo creo que fue una broma, pero algunos opinan que no.


Sigo devorando cualquier mierda que caiga en mis manos y que pertenezca al género de la novela negra, pero reconozco que no hay brillo alguno en mis ojos cuando llego a la última página, ni siento emoción alguna cuando tengo la oportunidad de contar la última historia que he leído.


A veces, todavía me río cuando pienso en el nuevo y en el regalo de cumpleaños del jefe de sección; también me avergüenzo un poco por haber pensado que no estaba terminado de hacer. El nuevo era un tío legal, un stradivarius arrastrado por la marea hasta nuestra factoría, un hombre con dos huevos que se había metido en mierda para sacar adelante a su familia y que nunca tuvo miedo de mostrarse como era, con el encanto de las cosas que nunca pasan de moda, con el carisma de las cámaras de ocho milímetros.

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10 de Enero de 2010 a las 23:49
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XIV CERTAMEN (TERCE PUESTO)


REENCUENTRO


 


En la cúspide de aquel enorme edificio, Lorena y Carlos aguardaban su destino. Desde allí, habían visto a la gente agolparse en inmensas caravanas de vehículos huyendo de la costa. Habían visto helicópteros del ejército recoger personas elegidas e intentar controlar los saqueos. Nada de eso era importante.


 


Desde la cúspide del aquel enorme edificio, Lorena y Carlos habían visto esconderse al mar. La marea comenzó a bajar rápidamente, minutos después del impacto del meteorito, como acudiendo a la llamada de un dios marino. Quedaron al descubierto las rocas rebosantes de cangrejos, miles de peces fueron expuestos al sol, los barcos hundidos, a millas de distancia, vieron de nuevo la luz del día; madera y acero de cementerio; una cronología de los fracasos del hombre. El rumor de la marea bajando era tal que se transmitía por la tierra, los cristales y vigas, hasta los pies de Lorena y de Carlos, que contemplaban el espectáculo cogidos de la mano.


 


Hasta que dejó de oírse.


 


Entonces, él insistió en que debían, al menos, intentar sobrevivir. Ajustó el arnés de Lorena y el suyo propio a las dos enormes antenas que coronaban el edificio, a quince pasos de distancia la una de la otra. Pidió a Lorena que, cuando llegara el momento, se encogiese por debajo de la altura de la barandilla, que se agarrase al metal con brazos y piernas y que ni se atreviese a levantar la cabeza. Luego, se ancló a su antena y quedó de pie. Quedaron de pie esperando a que el mar volviese.


 


Comenzaron a notar de nuevo aquel rumor, más intenso, premonitorio. El sol de la tarde, de repente, quedó tapado por la línea del horizonte; sólo que no era el horizonte. La ola viajaba a tal velocidad, y era tan alta, que estaba empujando el aire como si se tratase del levante. Su sombra sepultó a los barcos naufragados. Su enorme mole comenzó a comerse la orilla.


 


Los cálculos no habían sido del todo exactos; aquella ola era dos veces más alta que el edificio.


 


Carlos se agachó y miró en dirección a Lorena. No ocultaba su cabeza; no se agarraba a la antena. Estaba soltándose de su enganche para correr hacia él, para intentar darle un último abrazo a sabiendas de que, ante aquel horror, no iban a salir con vida. Quería morir junto a él, pero Carlos le gritó que no. Lorena siguió corriendo a pesar del viento. La azotea se llenó de espuma, de oscuridad, de ruido. La mano de ella estuvo a punto de tocar la mano de él.


 


Pero, entonces, la ola golpeó el edificio.


 


El cuerpo de Lorena voló a una velocidad insoportable para cualquier tejido. Su cuello, espalda y cadera se quebraron a un tiempo; desapareció de la vista de Carlos. Por un momento, el hombre pudo ver el túnel de vació que formaba su propia silueta en el agua, antes de sentir dolor ni asfixia. Sólo notó cómo su cuerpo se plegaba sobre la resistencia del arnés y luego salía despedido. No tenía pecho, no tenía voluntad ni esperanza. Tragó agua a la primera oportunidad que tuvo, volando tan rápido como el más rápido de los pájaros sobre los edificios de la ciudad. Los huesos destrozados, la piel descarnada, los órganos internos aplastados… de Carlos sólo quedaba un reducto de conciencia y la visión de uno de sus ojos.


 


A través de ese ojo, mientras su cerebro moría por la falta de oxígeno, pudo ver que todas las maderas, metales y cristales de la ciudad se levantaban y bailaban junto a él, los cuerpos de los peces aparecían como sombras chinescas de telas arrojadas a un ventilador y el azul del mar se volvía tan insoportablemente vivo que no habría tenido cabida en la mente de ningún pintor, por loco que estuviese.


 


La ola llegó tan adentro en la tierra que sepultó la inmensa mayoría de las ciudades. Arrastró con tanto poder que puso al descubierto los sedimentos más olvidados de anteriores eras geológicas. Limpió los árboles de las montañas. Convirtió la vida en fango y se llevó el fango en su carrera.


 


Y se llevó el cuerpo de Carlos, separado de Lorena, inerte, frío, fácil, muerto y solitario en aquella muchedumbre arrollada.


 


Siguió avanzando con mayor lentitud, ocasionalmente animada por olas menores que eran réplicas de la ola destructora. Pero su impulso se acabó distribuyendo por toda la superficie del nuevo mar, estableciendo los límites de su fuerza, y después cesó.


 


El cuerpo de Carlos llegó a un país que nunca quiso visitar y permaneció bailando de un remolino a otro mientras los peces que habían sobrevivido comenzaban a despertarse. La superficie del mar comenzó a llenarse de cadáveres en esos momentos de calma. Los trozos de civilización que eran más densos que el agua se hundieron para formar parte del sedimento marino. Los que eran menos densos, hicieron compañía a los cadáveres a lo ancho y largo del mundo.


 


Después, el hueco que el meteorito había dejado en el océano se revolvió como un leviatán para reclamar su volumen. El agua comenzó a retroceder con mucha mayor lentitud que en el avance. Los remolinos perseguían a las olas de recorrido inverso, revolviendo de nuevo el fango desde el fondo hasta el sol. Los peces de mayor empuje intentaron defenderse de este nuevo secuestro exprimiendo sus fuerzas y dando bocados a todo cuanto pudiera proporcionarles algo de energía. Un centenar de gaviotas echó a volar, huyendo del lomo de una ballena muerta, que comenzaba a viajar demasiado deprisa.


 


Y el cuerpo de Carlos, al igual que los remolinos, los peces y la escoria del mundo, seguía a las olas de sentido inverso adonde tuvieran que llevarle.


 


Las tierras estaban emergiendo con el paso de los días y permitían que el sol alumbrase en los restos del desastre. Había algas agarradas en rocas de lo que antes había sido un desierto, monstruos de la profundidades empalados en los esqueletos de los edificios, campos pelados de toda hierba, cubiertos de peces que saltaban, moribundos, hacia cualquier charco.


 


El agua volvía al mar después de haber salado la tierra entera. Los árboles habían quedado como astillas enormes diseminadas en puntos incoherentes, tras haber dejado de flotar. Muchos cuerpos fueron devueltos al suelo. No el de Carlos, que encontró acomodo en la azotea de un edificio. Tendido como un trozo de tela, sobre los restos del que había sido el edificio más alto de la ciudad, el cuerpo de Carlos comenzaba a secarse al sol.


 


A su lado, flojo, abandonado y roto, estaba el cuerpo de Lorena, depositado igualmente después de días y días de viaje. Aquellos dedos, recios, pintados con el color de las cosas muertas, tocaban sus dedos. Ambas cabezas miraban al sol y el ojo de Carlos, aún abierto, reflejaba con su tranquilidad inerte el paso de las nubes y de las furiosas gaviotas.

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10 de Enero de 2010 a las 23:51
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XVII CERTAMEN (PRIMER PUESTO)


DIEZ


 


Diez segundos para despertar…


Diez fueron los negritos que salieron de pesca.


Diez personas están sentadas en las ruinas de la playa. Hay un soldado del imperio austrohúngaro que consiguió encender la fogata que los guarece. El ejecutivo lo mira con desdén. También a la mujer rubia de pelo corto, de cuarenta años, de sonrisa nerviosa. No le da tiempo de mirar a todos los demás con desdén, ya que una flecha atraviesa la fogata y se clava, incendiada, en el pecho de aquel tipo gordo y barbudo. La barba se le incendia mientras cae muerto sobre la arena y los nueve que siguen vivos se levantan como perros pateados durante su sueño.


Nueve segundos para despertar…


Nueve eran los Nazgul. El nueve es el futuro, la buena y la mala ventura.


Echan a correr y algunos de ellos gritan. Otros, que ya se han dado cuenta de que están viviendo un sueño, corren silenciosamente y poniendo más atención a los alrededores, como si el conocimiento fuera una llave y buscasen la cerradura.


-Es el Cazador – murmura la joven mulata llamada Ecaterina.


La playa se acaba. Antes del mar y del amanecer, se levanta una inmensa portada de piedra que no pertenece a ningún edificio más que al aire.


Alguien cae en una trampa del suelo que levanta arena y tablas podridas, y un grito lastimero como de cosa que renuncia a la vida. El viejo suicida llamado Fredric mira hacia atrás, conmocionado, pero el ejecutivo lleno de desdén lo arrastra por la cintura y lo lleva a través de la portada.


Ocho segundos para despertar…


El ocho es un número absurdo, pero hay un ocho en mi camiseta de fútbol.


Detrás de la portada no hay más playa, sino el interior húmedo y oxidado de una fábrica colapsada de tubos, luces rojas y azules, y paneles que prometen la muerte.


Apoyados en las barandillas, repantigados en el suelo, con la respiración agitada, la mirada confusa, ninguno comenta el destino de los que quedaron fuera. Nadie confía en la misericordia del Cazador.


Todos lo conocen, aunque no saben por qué.


-¿Es que no vamos a despertar nunca? –pregunta María, el ama de casa, la mujer rubia de pelo corto.


Un hombre de cara agradable y modales campesinos sonríe y cruza los dedos tras la nuca.


-Si lo piensa usted bien –dice –es imposible que todos nosotros seamos personas que están soñando. De hecho…


-Sólo hay uno que sueña –termina Iván, el ejecutivo – Los demás no son más que figurantes. Cuando se acabe el sueño, se acaban los demás.


Su desdén se acaba por unos segundos. Mira al soldado de ropas antiguas y éste no sabe qué responder; no conoce el idioma. Un poco más confuso, se quita la casaca y la pone sobre los hombros de la temblorosa Ecaterina.


Siete segundos para despertar…


Siete es el Número. Sobre Siete no hay poder que pueda corromper la magia.


Los supervivientes huyen hacia abajo en cuanto oyen ruidos metálicos que no reconocen. Atraviesan una pequeña puerta naranja y llegan a un rellano, a un metro y medio del suelo. Y el suelo está lleno de cosas que se arrastran.


El soldado se guía por su instinto y frota el fusil contra la barandilla más próxima. Lo transforma en una antorcha de llama azulada, como de gas butano.


Entonces, ven que las cosas que se arrastran son personas atadas de pies y manos, con los ojos vendados, que se arrastran. Tienen la piel arañada, las articulaciones forzadas y el sudor violáceo del veneno.


Mamíferos forzados a ser serpientes.


Producen tanta grima que nadie es capaz de hablar ni para gritar del susto.


Sólo hay una pasarela para llegar hasta otra puerta, quizá la salida, sobre los cuerpos torturados de la gente que se arrastra. Cerca de la puerta, Fredric busca su redención y se arroja entre los cuerpos. Ecaterina grita y tiende las manos para agarrarlo, pero el ejecutivo la coge por los hombros y la saca de allí.


La gente que se arrastra arrima los hombros y las bocas al viejo Fredric, que comienza a rezar alguna canción aburrida de muertos.


Seis segundos para despertar…


Seis duele cuando es el número de la casa de un amor no correspondido.


Detrás de la puerta hay un paisaje selvático que les hace sentir un miedo muy próximo. Parece como la casa del Cazador; el jardín del Cazador.


-No vamos a salir vivos –asegura Ecaterina, aún impresionada.


-¿Qué más da? – interviene el simpático granjero –Sólo uno de nosotros es real.


-Yo soy real –murmura María –Yo tengo un marido, una casa y un hijo.


El granjero está a punto de añadir algo divertido, pero un sonido atraviesa las grandes hojas, impacta en su pecho y le revienta el corazón.


“Diez negritos salieron a pescar…”, piensa Iván de un modo enloquecido e involuntario, mientras coge del brazo a la mulata y a la mujer rubia y las lleva a la carrera. El soldado austrohúngaro, cansado ya de huir, saca el cuchillo-bayoneta y aguarda silencioso, atravesando el verde infernal y murmurante con su mirada azul, fría, letal.


En su refugio sobre los árboles, el Cazador sonríe y se deja caer, cuchillo en mano, a pocos metros de su presa.


Cinco segundos para despertar…


A las cinco tomo clases de Aikido. Cinco es la hora del sol.


La selva muere contra una muralla de piedra verdosa. Al otro lado, hay rugidos de animales prehistóricos. Corren los tres a lo largo de la muralla, rozando el codo contra la piedra, la cadera contra la rama.


Acaban el muro y la selva.


Ecaterina piensa que ella es real.


Iván piensa que él es real.


María piensa que ella es real.


Pero ya ninguno quiere que el de al lado no lo sea.


Cuatro segundos para despertar…


El cuatro no existe. El cuatro es para las nenas.


Están dentro de una garganta de tierra roja, de paredes elevadas y suelo cuarteado como un enorme herpes. Ecaterina, exhausta, se deja caer en el suelo. María espera, impaciente. Iván, como si de un trabajo forzado se tratase, se sienta junto a la mulata y le pone la mano en el hombro.


-No puedo más - dice ella


-Quizá seas tú la que despiertes.


-Entonces… me acordaré de vosotros.


Los ojos de Ecaterina se fijan en el suelo. Los zapatos de Iván levantan algo de tierra al levantarse.


Tres segundos para despertar…


El tres es el número perfecto, el de los héroes.


María intenta correr a buen ritmo. Iván ha visto al Cazador sobre sus cabezas, saltando de un lado a otro de la garganta. Seguramente les ha adelantado y aguarda en alguna emboscada.


Iván promete que venderá caro su pellejo.


María no está pensando en la muerte. Está pensando en su hijo. Se siente culpable, más que asustada, como si la culpa pudiese salvarla del miedo.


Dos segundos para despertar…


El dos es aburrido, equilibrado.


Iván pierde el suelo, se encuentra bocabajo y, cuando intenta golpear al aire, se da cuenta de que sus brazos están aprisionados contra el cuerpo, dentro de una red.


Grita. No es una forma tolerable de perder.


María, desde el suelo, lo observa.


-¡Corre! –grita Iván.


María sigue mirando, como buscando alguna manera de salvarlo. Iván está a diez metros. Tuerce el cuello para poder mirar hacia arriba y comprueba que no tendrá posibilidades de luchar. El Cazador, mientras silba, está cortando la cuerda.


María comienza a correr a través de la garganta.


Un segundo para despertar…


María tarda algún tiempo en darse cuenta de que ya no necesita huir. Ella es quien existe. No queda ningún otro. Exhausta, espera la vigilia, de rodillas sobre la tierra enferma y roja.


El Cazador se acerca, silbando alegremente, apoyando su ballesta sobre el hombro. Se planta frente a María y apunta en dirección a su pecho.


-No tardaré en despertar. Ya no me das miedo.


-Pues debería. Vas a morir.


La voz del Cazador es suave, casi infantil. María intenta explicarse mejor.


-No. Yo soy real. Tengo marido, una casa, un hijo.


El Cazador retira la capucha. Sus ojos están devastados por las lágrimas, la culpa, la locura. Y responde:


-¿Crees que no lo sé, mamá?


Y dispara.


Uno es el dolor del que odia lo que ama.


Y despierta.

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10 de Enero de 2010 a las 23:53
Re: Historial recopilatorio del concurso de relatos

XIX CERTAMEN (SEGUNDO PUESTO)


LA MARCA


 


El hombre alto y delgado apartó la tela que cubría la entrada de la casa y esperó a que le dieran permiso para arrodillarse. El nuevo mesías estaba sentado en el suelo, meditabundo y abtraído, mientras su pequeña congregación comenzaba a despedirse. Pasaron junto al hombre delgado mirándolo con algo de desconfianza. Éste se ajustó la tela que cubría su frente y su cabeza para comprobar que no podía verse parte alguna de la marca. Cuando los visitantes se hubieron marchado, sólo dos de los discípulos de Jesús quedaban en la casa, aparte de Jesús y del extranjero.


Susurraron algo al oído del maestro y éste hizo un gesto afirmativo. Entonces, los discípulos pidieron al hombre que se acercara. Se puso de rodillas frente a Jesús, prestando la frente al suelo, inmóvil hasta que hubo notado su mano sobre la cabeza.


- Ya veo – dijo Jesús, apartando la mano.


- ¿Sabes quién soy?


Jesús asintió.


Caín se quitó el paño, mostrando la marca que tenía sobre el ceño, redonda y perfecta, púrpura como si fuese nueva, llamativa e irresistible.


- ¿No me ayudarás? – suplicó.


- Has oído que soy el redentor – dijo Jesús – Pero me temo que tu marca es antigua. Por ella ninguno puede hacerte daño y por ella estás en la vida, para que ni la enfermedad ni el ciclón ni el hombre puedan matarte.


- ¿Y tú, no me perdonarás?


Jesús miró a los discípulos y les hizo un gesto para que salieran de la casa. Cuando estuvo a solas con Caín, suspiró hondamente y tomó su cabeza entre las manos. Besó su frente, sobre la marca, con tal ternura que Caín rompió a llorar y se agarró a su pecho, desconsolado.


- Escucha lo que tengo que decirte – continuó Jesús – Tu marca fue hecha cuando nuestro Padre aún tenía poca experiencia con los hombres. Era joven, como bien sabes, poco dado al perdón.


- ¿Puedes hablar así de Él? – se maravilló Caín.


- Puedo y debo – continuó Jesús – aunque me temo que mis discípulos poco podrán hacer para que mis verdaderas palabras no se pierdan en el tiempo y no sean manipuladas por los hombres de poca fe, que levantarán iglesias sobre lugares aventajados. Pero ese asunto no nos compete ni a ti ni a mí.


Caín dejó de llorar, pero aún apretaba los dientes y miraba al maestro tras un velo de lágrimas. Jesús le devolvía la mirada, reflexionando, como escrutando más allá de sus ojos y más allá de su marca.


- ¿En verdad es que quieres morir? – preguntó al rato.


- El tiempo me ha pasado por dentro – respondió Caín – He vagado por los pazos de Hiperbórea sin poder espantar el frío y sin poder morir. He puesto la nuca en dirección al amanecer, pero no he muerto. Y no hay día que no lamente la muerte de mi hermano. Pero no me ha sido dada la potestad de compensarle con la mía. Quiero morir. Quiero besar sus labios y llorar contra su pecho, como he hecho contra el tuyo, maestro.


Jesús dejó ir el aire de sus pulmones, ciertamente apesadumbrado. Luego, dirigió una mirada rápida a sus manos y tomó alguna determinación.


- Sé de hombres que han preferido comerse sus propias entrañas antes que pedir el perdón del Altísimo. ¿Cuentas tú entre esos hombres?


- Le pediré perdón por haber dañado su obra – respondió Caín con profundo convencimiento - El transcurso de los años me ha hecho pecar en muchas otras ocasiones, y el dolor que sentía, como el del perro que está muriendo por veneno, me ha hecho matar otras veces, y por todo ello he buscado el oído del Padre para pedirle perdón, pero tan sólo he encontrado su espalda.


- Yo te llevaré ante Él – dijo Jesús – y serás oído y perdonado porque la sangre se secó de tus manos hace tiempo y porque todos los hombres pueden renacer de las lágrimas del Hijo. En verdad te digo, Caín, que hoy te acompañaré a campo abierto donde rezaremos juntos y conseguiremos borrar tu marca. Y morirás en el transcurso de un vida humana, a partir de ahora, si ciertamente estás arrepentido y no vuelves a destruir su obra con tus manos.


Caín se llevó las manos a la cara nada más hubo oído las últimas palabras del maestro y rompió de nuevo a llorar, sacudidos sus hombros por un alivio que era casi desesperado. Buscó los pies de Jesús y los besó repetidas veces, y Jesús permitió que lo hiciera sin sentir vergüenza, porque era consciente de que la postración beneficiaba a aquel hombre atormentado.


Cuando fue prudente, tomó sus hombros y lo incorporó. Caín le dijo infinitas palabras de agradecimiento mientras salían de la casa y le prometió ser su discípulo hasta que hubieran acabado sus días, y le prometió ser hombre pacífico y manso, digno de la Gracia del Altísimo, y le juró una fidelidad como nunca los hombres habían conocido.


Se dirigieron en solitario a las afueras de la ciudad, a través del mercado, y pasaron por las últimas y más humildes casas de la gente, que miraban al maestro y murmuraban, a veces con esperanza, a veces con temor.


Entonces, en el último recodo, se tropezaron con una pequeña hueste de gandules que estaban jugando a los dados y bebían a pesar de que el sol estaba sobre sus cabezas. Sin la más mínima intención de dañar, uno de los hombres se tropezó con el hombro de Jesús cuando iba a dejar el pellejo de vino a un camarada. Jesús siguió andando y no fue hasta después de unos pasos que se dio cuenta que andaba solo. Caín se había quedado fijándose en la actitud del hombre, con una sonrisa que intentaba ser amistosa, pero con algo mucho más profundo y peligroso en la mirada.


- Has tropezado con el Maestro – observó – ¿no crees que deberías disculparte?


El hombre borracho no se volvió; tan sólo dijo una palabra malsonante, uno sola, que ni siquiera llegó a los oídos de Jesús, pero sí a los de Caín. Ya no había sonrisa en su cara. Dio dos pasos rápidos, cogió la cabeza del borracho entre sus manos y le rompió el cuello como si fuese el pescuezo de una gallina.


Los hombres se pegaron inmediatamente al suelo o a la pared. Jesús sintió el sonido del cuello roto como su propia muerte y cerró los ojos. Caín, de pie junto al cadáver del borracho, dijo suavemente, de un modo casi compasivo:


- ¿Qué te habría molestado, tan sólo pedir disculpas?


Luego, se volvió hacia Jesús, sonriente, como si buscase su aprobación, pero Jesús miraba al hombre del suelo mientras una lágrima caía por su mejilla.


Y el maestro preguntó a Caín:


- ¿Acaso no entiendes lo que has hecho?


Caín, confuso, miró sus propias manos. Luego, miró el cuerpo del borracho. Entonces, un relámpago de comprensión atravesó su frente, arrasó su mirada y le hizo elevar la voz al cielo lanzando un terrible grito de dolor y arrepentimiento.


Cayó de rodillas al suelo y hundió las uñas en la piel donde tenía la marca, como si pudiese arrancarla de cuajo. El maestro tocó su cabeza unos segundos y luego se alejó, diciendo:


- Nada puedo hacer por ti.

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