IX EDICIÓN CERTAMEN RELATOS BUBOK
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El Amo del Universo
Hoy me levanto poco a poco, disfrutando de cada instante del despertar, mientras el dulce tacto de la sábana, de seda de nuez moscada con aroma de vainilla, recorría mi cuerpo incorpóreo modelado por el ámbar marino. Incongruente para ti, simple mortal. Lo sé, pero por eso soy el Amo del Universo, porque puedo crear y modelar la existencia cuando y cómo se me antoje. Y hoy quiero que sea así. He dicho.
Mi cama de nubes, sobre un cielo azul celestial con centelleantes constelaciones tonales, se desvanece mientras cientos de querubines acuden a mi desvelo para cubrir mi soberbio torso, tan épico como mi ego, con telas de pétalos de rosa que conforman la túnica olímpica. Me siento como soy, una divinidad que está por encima de todo, del bien y del mal, de la existencia y del vacío, de la realidad y de la imaginación.
En este momento de mi haber se me antoja una Cocacola y la invoco con un leve pestañeo, por decir algo, porque no tengo ni pestañas, ni ojos, ni pelo, ni carne. Pero yo anhelo que haga acto de presencia de esta forma. Y como nada ni nadie se opone a mi voluntad, la lata se materializa y hago creer a la existencia que su líquido dulce mana sobre la forma etérea que se me antoja adoptar. ¡Oh! que placer al notar todas sus esencias afinadas. Una fórmula bien equilibrada, perfecta, fruto de un largo proceso de elaboración. Saboreo una y otra vez estas emanaciones armónicas hasta que mi apetito queda ofuscado ante la presencia de otro ser.
Noto la perturbación eones antes de que se materialice. Y he aquí como emerge, mi diosa, mi musa, mi gran inspiración. Belleza incomparable tras milenios de arduo trabajo, desmedida fantasía de mi ser. Y noto que su realidad se fija en mi, y sus deseos recorren mi materia insustancial hasta dar forma en palabras deliciosas...
"¿Qué haces? ¿Ya estás perdiendo el día? ¿Por qué abusas de nuestra servidumbre? ¿Es que acaso no sabes hacerte la cama? ¿Ya me has traído lo que te pedí? ¿Acaso no puedes estar nunca en casa cuando te necesito? ¿No puedes asearte por una vez? Mírate, das pena. Arreglate de una vez, porque tenemos una cita importante. Mira, no me hagas enfadar, y ponte la corbata azul con cuadros. Venga, date prisa."
Yo, amo del universo, gran creador, hacedor de la existencia, me veo agraviado para toda la eternidad por un simple producto de mi capricho. Encolerizo, y adopto una forma de dolor, sangre y terror. Galaxias enteras sucumben ante mi ira, quintillones de quatrillones de trillones de billones de millones de vidas son asoladas, intentando aplacar mi furia agraviada. Todo esto ocurre en picosegundos, imperceptibles para cualquiera que no sea yo. Ni siquiera ella lo ha notado, así que la miro y le contesto con toda mi magnificencia.
“Si cariño, ahora mismo”
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
NO FUIMOS UNOS MONSTRUOS
Ana miraba a Herrmann confusa. En su mirada no había atisbo de rabia ni de desprecio. Y es que no podía llegar a odiar ese hombre que durante quince años había sido un marido ejemplar. Severo, estricto, con sus achaques y manías, pero justo y generoso en la medida que le había sido posible. Había llevado a sus dos retoños por el buen camino y la amarga verdad que escondía su pasado le parecía una realidad ajena al hombre que había conocido, a la vida que había compartido junto a él. Sin embargo, era consciente que si no hubiese sido su marido le hubiese despreciado. Si hubiese sido un vecino quien escondía ese secreto, quizá hubiese llegado a sentir náuseas al cruzarse con él. Y esa certeza le confundía... ¿por qué, en el fondo, su marido era un hombre tan diferente al resto?
Herrmann, al notar la presencia de su mujer observándolo desde la puerta entreabierta de su habitación, dejó de empaquetar sus cosas y, haciendo acopio de valor, alzó su cabeza y fue en busca de la mirada de su esposa, al hacerlo, por primera vez, sintió miedo. Al cruzar sus miradas se dio cuenta que lo único que temía era el desprecio de su mujer, de sus hijos, de su familia. Y al ver en los ojos de Ana el vacío enorme fruto de la confusión, sintió un impulso irrefrenable de explicarse. No quería justificarse, simplemente quería que Ana comprendiese su situación, sus motivos. Y con la voz entrecortada por el miedo y la duda, haciendo un esfuerzo por seguir mirándola a los ojos, balbuceó:
-No fuimos unos monstruos...
Al oír esa palabra, monstruos, Ana se ruborizó, y su mirada se convirtió en un afilado cuchillo que atravesó a Herrmann, pero era una mirada inquisitiva, simplemente una mirada que pedía a gritos una explicación, su versión, la verdad.
Herrmann respiró hondo, se tranquilizó y, manteniendo el tono de voz lo más firme que le fue posible, continuó.
-No, no fuimos unos monstruos. Supongo que es muy sencillo que la gente lo crea, pero no fuimos unos monstruos. Simplemente teníamos miedo, necesitábamos creer, éramos una nación abatida, cabizbaja, y necesitábamos tirar adelante.
Ana tragó saliva y su mirada se heló.
-No, no es lo que piensas, que necesitásemos creer no significa que realmente creyésemos en él. En nuestro fuero interno todos sabíamos que simplemente nos ofrecía las víctimas propiciatorias: comunistas, gitanos... judíos. Le seguimos como a un líder, pero nunca creímos que fuese un Dios, simplemente pensamos en el bien de nuestra patria. En el sacrificio de unos pocos por el bien de muchos. Al fin y al cabo, todo eso no debería haber sido más que una etapa, un mal menor. Se nos fue de las manos.
Ana temblaba, las palabras de Herrmann no le ayudaban a comprender lo más importante, y por eso, tras reunir todas sus fuerzas, preguntó:
-Entonces... ¿tú lo sabías?
Herrmann dudó un momento, intentó medir bien las palabras, luego respondió:
-Cada noche oía los gritos de los represaliados. Vi con mis propios ojos como se cargaban niños en los vagones que antes se llenaban con ganado... en su momento nos consolamos pensando que sólo serían unos pocos miles, que el peaje merecía la pena. Aunque... ¿qué diferencia hay en que hubiesen sido unos pocos miles o millones? En todo caso, mi silencio, el bajar la cabeza y acatar las órdenes... ¿no es un acto igual de reprobable independientemente de la cifra de muertos?
-Entonces... lo sabías...
-Sí, Ana, lo sabía. Unos pocos se creyeron dioses y nosotros les dimos la autoridad moral, el apoyo tácito de nuestro silencio, para que actuaran con total impunidad. No conocíamos todos los detalles... aunque sé más de lo que me gustaría admitir...
Ana respiró hondo antes de lanzar su última pregunta:
-Pero... ¿participaste en todo ello?
-¿Te refieres a si participé activamente?
Ana asintió con la cabeza.
-No. Yo fui miembro de las SS, es cierto, pero en el fondo nunca dejé de ser un mero académico, un pequeño engranaje del mecanismo que colaboró en el soporte ideológico del régimen. Llegué a pisar algún campo de concentración antes de que se convirtiesen en campos de exterminio- una sonrisa irónica se dibujó en su rostro- aunque creo que ese matiz nunca llegó a existir... sólo las prisas condicionaron el cambio. Tampoco firmé nunca una orden de ejecución, ni tan siquiera una de detención... pero estuve allí, fui miembro de todo aquello, quien sabe... quizá el peor de todos ellos o, al menos, el más despreciable... porque yo, con mi silencio, con mi sumisión, con mi conformidad tácita, di el respaldo moral a aquellos que se creyeron dioses...
Ana seguía confusa... y esa confusión en su mirada atormentaba a Herrmann, de modo que añadió:
-No, no fuimos unos monstruos... simplemente actuamos como monstruos.
Herrmann terminó de hacer su equipaje, en silencio. Su mujer no se movió de la puerta, siguió escrutándole contrariada, definitivamente no sentía odio, ni tan siquiera rabia... posiblemente lo más cercano a lo que sentía era pena, pena y cierta compasión.
Cuando hubo terminado la maleta, Herrmann se dirigió al salón donde le esperaban dos policías, al cruzarse con Ana le dedicó una última sonrisa, una sonrisa llena de alivio, y le dijo:
-Despídeme de los niños... me gustaría que ésta no sea la última imagen que tengan de su padre, espero que algún día puedas perdonarme.
Cuando el policía cerró la puerta, una lágrima resbaló por las mejillas de Ana mientras se preguntaba... ¿qué tenía que perdonarle?
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL
GUARDIÁN DE
El Guardián de la Tierra Prometida. Vestigio de eras pasadas, ente físico atemporal, arcaico instrumento de defensa, custodio de un paraíso onírico prácticamente inalcanzable para los mortales.
La Tierra Prometida, última utopía de la humanidad. La historia ha sido testigo de incontables asaltos, ejércitos enteros masacrados por aquella mole de carne y acero, protectora del mayor secreto de la existencia, la manifestación más pura de la felicidad, el descanso eterno en vida, vida inmortal junto a los Dioses. La culminación de todo, el principio de una nada perfecta y eterna.
Los orígenes de la más pura manifestación de ambición humana se pierden en los albores del tiempo, y ya nadie recuerda cuál fue el primer valiente que se enfrentó al Gigante, ni su origen. Los mitos y leyendas, conservados a lo largo del fluir de la existencia, nos hablan de tiempos pasados de gloria y fruición, en los que la entrada a la Tierra Prometida era libre para el pueblo…
Sea como sea, mi ejército marcha raudo a su encuentro. Más de doscientos hombres armados haremos frente a esa monstruosa aberración, y acabaremos con ella de una vez por todas. Nuestra voluntad es fuerte, nuestra moral, alta.
Cuentan que, tras cada batalla, el Gigante devora uno a uno los cadáveres que siembra en su espiral de destrucción, y con ello regenera todo daño sufrido por su carne corrupta; de todas formas, como ser de piel y hueso que sigue siendo, parece que el Guardián también se puede desgastar con el tiempo… y últimamente, más que nunca, a juzgar por las últimas noticias que he recibido.
Esta es mi oportunidad, y no voy a permitir que nadie se me adelante. Me llamo Faedorn, príncipe de las tierras de Caraguan; voy a ser el verdugo del Guardián de la Tierra Prometida, y el primero en entrar en ella.
~
Tras días de viaje a través de pantanos, ensenadas, bosques y montañas, llegamos por fin a las cercanías del mismísimo Portal del Paraíso. La resplandeciente luz de la mañana se reflejaba a lo lejos en la prístina edificación sagrada, elevada sobre el manto verde de los árboles del Bosque de la Eternidad. Dos enormes columnas redondas de piedra lisa, inalterable, eterna. Entre ellas, a menor elevación, un majestuoso arco a gran altura daba la bienvenida a los visitantes de tan enorme pero escueto edificio, el cual albergaba el Gran Portal en su interior. De proporciones descomunales, la relativamente pequeña edificación parecía haber sido ideada especialmente para el uso de los Dioses. Maravillados por la visión que se presentaba ante nuestros ojos desde lo alto de aquella colina rocosa, mis hombres y yo nos olvidamos por un momento de la enorme confrontación que pronto tendría lugar. Muchos de ellos iban a fallecer, y lo sabían. Pero la posibilidad de la entrada al paraíso bien merecía jugar a esa suerte de ruleta de la fortuna con sólo dos opciones: muerte o gloria. Decidimos dormir allí mismo durante todo el día hasta la caída del sol, descansar y esperar a atacar bajo el oscuro manto de la noche de otoño.
Y llegó la noche. Más de doscientas almas silenciosas bajamos la colina sin ser advertidas, nos adentramos entre el mar de árboles siendo nuestros pasos silenciados por el ulular de los búhos. Poco tardamos en llegar al claro del bosque, y encontrarnos cara a cara con el Gigante.
Ni la más grotesca de las leyendas escuchadas acerca de aquel monstruo me hubiera podido preparar para la horrorosa visión que tuve que sufrir. Por primera vez, tuve miedo, me sentí pequeño, débil, inofensivo. El Guardián de la Tierra Prometida era una enorme montaña sin rostro: carne y acero hechas un solo cuerpo brutal, temible, de deformidad insoportable. No había una sola parte de su grueso y potente organismo que no estuviera fuertemente protegida por una siniestra armadura de acero negro, de apariencia impenetrable. Sus alrededor de cinco metros de altura parecían muchos más, algo en mi interior lo sentía aún como una simple sombra inocente de lo que en realidad era. La mera visión de sus armas de guerra, dos hachas de mano cuyo filo era tan largo como cualquiera de mis hombres, me hizo estremecer.
Titubeé. Si aquel monstruo hubiera tenido algo parecido a ojos en su rostro cubierto por metal, podría decir que se nos quedó mirando fijamente, a la espera de acometer contra cualquiera que se acercara a la escalinata.
Los soldados de infantería empuñaban sus espadas. Los tiradores, situados más atrás, tensaban sus arcos. Tras segundos de desesperante silencio, di la orden de ataque.
Nunca olvidaré lo que se desató de repente ante mis ojos. Nunca. Tan pronto como mis hombres más valientes corrieron a atacar los primeros al Gigante, éste movió su enorme hacha rápidamente, sin esfuerzo. Cinco soldados fueron partidos por la mitad al instante, cayeron sus seccionados cuerpos sin vida al suelo antes de que pudieran siquiera advertir las garras de la muerte. Aprovechando el ligero desequilibrio que en el Guardián provocó esta acción, el resto de mi ejército se precipitó en marabunta, enloquecidos, dispuestos a cercenar hasta el último milímetro de carne de aquella aberración.
Nunca imaginé que yo, el mismísimo Faedorn, acabaría así... pero de entre mi arco y mi espada, elegí el primero para luchar contra la gran bestia. Me sentí cobarde, despreciable, pero el miedo me superaba. Mis flechas, sin embargo, poco podían hacer contra la coraza metálica del Guardián, sólo dañada por los fuertes mandobles que mis guerreros acertaban a propinarle. Mis hombres caían uno tras otro, sus miembros cercenados volaban por el aire envueltos por una suave llovizna de sangre, una lluvia alimentada segundo a segundo por la furia incontrolable del Guardián.
Mi ejército era fuerte y valeroso, y aún a pesar de su desventaja, fue capaz de ir destrozando la armadura de la bestia a un ritmo increíble, de llegar a penetrar su carne podrida sin causar, aún así, grito de dolor alguno por parte del monstruo. Poco a poco la cantidad de trozos de carne fresca sobre la alfombra roja del campo de batalla fue superando a la de soldados de infantería con vida, la bestia iba mostrando signos de debilidad, y ordené a mis arqueros que se añadieran al combate cuerpo a cuerpo.
¿Qué hice yo? Bueno, yo quería, ante todo, llegar a la Tierra Prometida… Dejando a un lado toda mi moral, aproveché el momento de debilidad del Guardián para pasar presto por su lado, subir la solemne escalinata, y adentrarme en aquel escueto templo que albergaba una espléndida puerta de piedra en su interior. Sin pararme a observar la majestuosidad de sus relieves ni su extraña (y al parecer innecesaria) cerradura, empujé aquella puerta hacia adentro con todas mis fuerzas, expectante por ver qué me encontraría al otro lado.
Casi muero. Más concretamente, casi caigo al abismo sin fin bajo el umbral. Nada más hube abierto aquella extraña entrada, me di cuenta con pavor de que conducía a un sitio totalmente diferente a lo que me esperaba. Era la nada, la más pura y completa nada, negrura absoluta careciente de todo espacio o profundidad. ¿Era aquello la Tierra Prometida?
Me sentí tremendamente decepcionado. Pero, al fin y al cabo, estaba claro que así hubiera sido demasiado fácil. Me quedé observando, triste y abatido, el extraño hueco que había sobre los relieves de aquella puerta. Parecía para una llave, pero ¿Cuál?
Poco tardó en revelárseme la respuesta. El cese de los agónicos gritos de batalla alertaron de nuevo mis sentidos, y me giré al escuchar los torpes y desiguales pasos de algo enorme.
Allí estaba el Guardián de la Tierra Prometida, plantándome cara.
Cojeaba. La mayor parte de la armadura de su torso había sido destruida, aunque de sus numerosos cortes profundos no manaba ni una pizca de sangre. Le había sido cercenado el brazo izquierdo, y el derecho no empuñaba ningún tipo de arma. Un ser vivo normal nunca seguiría en pie en aquel estado.
Sonreí. Observé su cabeza: donde antes había un férreo casco sin apertura alguna, ahora se atisbaba una especie de tesoro dorado aún medio resguardado por fragmentos de metal que se resistían a desprenderse.
~
Desenvaino mi arma, consciente de mi destino. Sé que, gane o pierda, esta será mi última batalla sobre la tierra. También sé que no se puede matar a lo que ya está muerto… pero nadie dijo nada acerca de robar.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Los tres dioses y Los delincuentes
Pequeñisa era una diminuta aldea costera atravesada por una calle –la única que había- por la que flotaban, llegando a todos los hogares, los olores del salitre del mar y del combustible de los barquitos pesqueros que faenaban en sus inmediaciones. En un extremo de esa vía, junto a un pequeño puerto de madera, había una plaza presidida por un hermoso edificio: era la biblioteca municipal, gratuita, que dirigían con maestría sin igual tres jóvenes literatos que publicaban sus obras a través de una página de internet llamada Bubok.
Estos tres jóvenes se llamaban Perico, Javier y Daniel. En verano cerraban el local de libros y lo trasladaban en parte y en forma de puesto ambulante a la playa, siempre atestada de lugareños y sobre todo de veraneantes que tenían su base en un camping próximo. Se pasaban el estío pateando la arena bajo la canícula y las gaviotas graznando para prestar libros a los playeros, sobre todo a los que eran jóvenes como ellos.
Perico, Javier y Daniel eran los dioses del pueblo: todas las gentes se mostraban encantadas con su actitud, agradeciéndoles su labor en persona y hablando bien de ellos.
Pero un verano llegaron al camping de Pequeñisa unos chavales malcriados y sin escrúpulos que con todo el mundo se metían, yendo con porros en sus manos y en sus bocas a todas horas y en todos los lugares, empleando de continuo un lenguaje soez, una jerga propia de la peor chusma. También robaban en el supermercado y en la tienda de golosinas sin que los empleados de estos negocios dieran cuenta de ello. En el pueblo los llamaron Los delincuentes. Bien es cierto que había otros seres que veraneaban en la aldea y que fumaban porros, pero no se metían con nadie. Los delincuentes, sin embargo, aparte de los petas también les gustaba esnifar cocaína y eran malos por naturaleza. Provenían de un suburbio marginal de allá de la metrópoli en la que vivían. En aquel barrio eran los reyes del mambo, los líderes de unos grupos agresivos y despreciativos –tribus urbanas las llamaban - hacia todo lo que no era como a ellos les gustaba.
Al principio nadie en Pequeñisa les hacía caso alguno, pero como quiera que tenían el poder de la droga –eran los únicos que siempre disponían de ella- demasiada gente comenzó a acercarse a ellos. Y ellos a demasiada gente.
En la playa los libros comenzaron a dejar paso a la miseria y la degradación, o lo que es lo mismo, a la cocaína, la dependencia a ella, a los porros y el mal olor que provocan, mentes y ojos idos, las burlas, las mentiras, la agresividad hacia quien no pertenecía a ese grupo y el desagrado generalizado del resto de bañistas que allí acudían cada jornada en busca de sosiego, no encontrándolo, claro está, ante tal ambiente.
Ante este panorama, Perico, Javier y Daniel decidieron actuar como sólo ellos sabían: con la palabra escrita. Realizaron entre los tres, en las oficinas de la biblioteca, un relato en el que unos buenos adolescentes de un colegio de la ciudad se convertían en malos por la llegada al mismo de unos fumapetas malvados por burlones, egocéntricos y ladrones, acabando sus vidas como el Rosario de la Aurora. Lo presentaron a un concurso de relatos de esa página llamada Bubok en la que publicaban sus novelas y además –esto es lo más importante- lo entregaron –imprimiéndolo antes cientos de veces- a todos los bañistas para que lo leyeran.
Los delincuentes no se dieron por aludidos porque ni siquiera lo leyeron. El resto de chavales que antes se habían acercado a ellos comenzaron a distanciarse de esas indeseables compañías al comprobar que todo el pueblo adoraba a los tres jóvenes literatos, a los que llamaron Los tres dioses, en claro acto de adulación por su labor contra los macarras, aunque éstos ni siquiera llegaron a conocer nunca el motivo de su posterior aislamiento. Qué ignorantes.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Adoratriz.
"Vuestra soy, para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?"
Leer con la edición para Barry Lyndon del Sarabande de Händel.
La odia como sólo se puede odiar a quien una vez se creyó amar intensamente. Ahora no puede dejar de sentir poco menos que tedio al verla medio desnuda sobre la cama, con esa pose artificiosa, supuestamente sensual, esperando una palabra suya para comenzar la liturgia destinada a complacerlo. Siempre sumisa, la misma mirada que no hace tanto le hizo ansiar cuidarla y protegerla, sin saberlo ni quererlo, lo lacera mientras cruza la estancia. No soporta que esos pequeños ojos vulgares lo miren por más tiempo. No puede enfrentarla. Un leve gesto y ella cree saber lo que a su venerado señor le apetece. Sin más, gustosa, humilla la cabeza entre sus piernas.
Ella levanta la vista enfureciéndolo. Él la lanza sobre las sábanas y comienza a penetrarla brutalmente. Desearía, con cada nueva acometida, apuñalarla, atravesar su carne de dentro a fuera. Ella se somete al martirio. Transmuta los gemidos que le arranca el dolor en entrecortados suspiros devotos. Sabe que a él le gusta que sea callada, y nada más anhela que colmar su placer. Pero cada grito ahogado la hace más despreciable a sus ojos. Estrangula con toda su fuerza el cuello que se ofrece a sus manos. En su mente aparece la imagen de aquella a quien realmente quisiera proteger y cuidar. Aprieta intentando hacerla surgir de un cuerpo ya laxo. Cesa.
Se encierra en el baño con su reflejo. Desnudo. La mirada oculta bajo una maraña de pelos. Las manos amoratadas tras el arresto. Los músculos todavía tirantes. La piel húmeda por su sudor y el de ella. El bajo vientre ensangrentado. Una dolorosa erección exigiendo su parte del botín, que es complacida sin piedad hasta alcanzar la codiciada pequeña muerte. Se busca de nuevo en el espejo. Lo golpea. Se golpea. Se rompen en mil pedazos. Grita. Se rinde. Se ducha. Llora bajo el agua fría que ni siente recorriendo su espalda. Sale sin casi secarse. Coge algo de ropa en su huída sin mirar el cuerpo de ella que permanece sobre la cama. Avanza triando los objetos que le salen al paso. Se marcha.
Corre escaleras abajo cruzándose con sombras que apenas tienen tiempo de apartarse. Les grita algo. Las maldice. La maldice. Llega a la calle y se funde con la ciudad. La condena sube por las escaleras, se cuela por la puerta abierta, y al no encontrar rastro del reo regresa siguiendo un aliento. Él busca el alivio de la soledad que otrora le calmara. Pero no está solo. Un hedor acre y ferroso aún permanece en torno a su cuerpo. No se diluye en el aire de la noche náufraga en el bochorno. Permanece junto a él, acusador. El olor a ella. Su disposición a idolatrarlo. El calor de ella. Su entrega. Su silencio.
El juramento le sigue los pasos llevado por el rastro de sudor, sangre y sexo. Él intenta deshacerse de ese vaho que lo marca, aún sabiendo que es imposible porque emana de su remordimiento. A lo lejos oye el bramido del acantilado. Se abre la camisa para que el soplo de la carrera arranque y aleje de él la fragancia que lo delata. La luz mortecina de la ciudad le hace pensar que tal vez todo fue un sueño. La admonición contra su amante lo alcanza y trae a su mente las imágenes de unos dedos apretando una garganta entregada. La cadencia del mar contra la roca insiste en su reclamo, ya no está lejos. El salitre del abismo desentumece sus sentidos. Culpable. La sentencia llega desde el cielo. Inapelable. No volverá a suceder. No volverá.
Salta.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El narrador
La tenue luz de la hoguera casi extinta se proyectaba sobre el rostro del narrador acentuando el aspecto místico que le proporcionaba la larga barba blanca trenzada. En sus facciones aún se podía distinguir el orgullo del guerrero y la picardía del muchacho que había sido. Miró al pueblo congregado frente a él: hombres y mujeres jóvenes, ancianos y niños, adultos en la flor de la vida. Uno de los niños sonrió impaciente y el narrador le devolvió el gesto antes de comenzar su relato.
"Una brillante mañana de la Luna Sagrada, Algren decidió ir a cazar en solitario. Su nuevo arco clamaba por demostrar su valía y el portador no pudo resistir su llamada.
Era Algren miembro del antiguo pueblo de los Djaboc, similares a los seres de poder en forma, aunque distintos en aspecto y esencia. Un grueso vello cubría todo su cuerpo y lucían afilados colmillos sobresaliendo de su mandíbula inferior. Algren era el mayor entre ellos. De aspecto feroz y fuerza hercúlea pero igualmente amable y atento.
Se encaminó, pues, al bosque en búsqueda de algún animal incauto que cayera bajo sus flechas."
El narrador se detuvo un instante. Todos lo observaban embelesados, anhelantes de la continuación. Estaban bajo su hechizo.
"Como bien sabéis, para ser buen cazador cuerpo y mente han de estar en sintonía con la naturaleza. Debes ser silencioso como la leona entre las hierbas altas y rápido como el gamo en la carrera.
Así, Algren rastreaba el bosque con pericia, serpenteando entre los árboles con agilidad y atento a todo ruido emitido por ser natural, cuando un sonido atrajo su atención por completo. Haciendo uso de técnicas antiguas (el narrador pegó su oído al suelo) escuchó atentamente intentando identificarlo. Un rumor sordo invadía la tierra, cegando todo movimiento tectónico conocido. Pero ¿de dónde vendría? (una exclamación ahogada colectiva resonó en la cabaña) Tratando de averiguar la procedencia, Algren se encaminó allí donde el sonido era más nítido. Pisaba con cuidado evitando las ramas a su alrededor, intentando no dejar marca de su paso ni avisar de su presencia."
El narrador volvió a pausar el relato. Una niña lo miraba con los ojos muy abiertos y pidió silenciosamente que continuara.
"- ¡Algren! (el narrador casi gritó el nombre usando su voz más grave y solemne, inclinándose hacia la niña que dio un respingo y se quedó boquiabierta) Escúchame...
Algren se dio la vuelta apresuradamente tratando de localizar la imponente voz a su espalda.
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? - preguntó.
- Soy Camet- respondió la voz.
- ¿Camet? ¿El dios de la guerra? - inquirió nervioso, pues como bien se sabe hasta los más valientes han de temer a los dioses- ¿Qué es lo que quieres de mí?
- Algren, debes volver a tu pueblo y decirles que abandonen sus casas y huyan a las montañas.
- ¿Por qué debería hacer tal cosa?
- Ese rumor que oyes es el de un ejército que, bajo mis órdenes, se dirige hacia aquí para conquistar el lugar. Te hablo porque quiero daros una última oportunidad.
- ¿Una última oportunidad? ¿El exilio o la muerte es lo que propones? - Algren observó al dios con odio y se encomendó a la diosa Djabya, protectora de su pueblo - ¡Nunca! ¡Lucharemos! ¡Y venceremos! (Un rumor de aprobación y un grito de excitación sobresalieron entre la multitud) ¡Djabya, ayúdame! - por la gracia de la diosa, Algren pudo ver a su etéreo contrincante durante un segundo, suficiente para arriesgar un flechazo certero.
- ¡Algren!- gritó el dios, herido de muerte por el venablo envenenado de la magia de Djabya- ¡Yo te maldigo!
- No, Camet. Tú eres el maldito.
Con un bramido descomunal, el dios explotó en millones de pedazos de luz (el narrador se sentó de nuevo y se oyó un solo golpe de tambor) y Algren volvió a su pueblo para avisar de la próxima invasión.
Así fue cómo comenzó la Guerra Sagrada."
Los oyentes aplaudieron generosamente con sus muslos. Los niños se acercaron al narrador y se sentaron en su regazo pidiéndole que continuara contando la gran guerra. Algunos ancianos palmearon su espalda de manera aprobatoria. Una mujer se acercó a él y le ofreció un trozo de asado y una copa de vino con una sonrisa pícara. El narrador correspondió al gesto complacido. Después, la vería en su lecho.
Un buen relato siempre merece una buena recompensa, pensó.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
DIOSES MENORES
El Aeropuerto era como un hormiguero. Gente que subía y bajaba por las escaleras mecánicas, otros que hacían cola en los mostradores y el hombre de la chaqueta azul y el maletín negro, miraba a través del gran ventanal hacia las pistas, llenas de aviones que entraban y salían, tratando de pasar desapercibido.
Aquella temporada jamás se borraría de su memoria por mucho tiempo que pasara, no en vano había cambiado su vida totalmente, tanto en lo deportivo como en lo personal. Si al comienzo de la misma alguien le hubiera insinuado siquiera que todo aquello iba a pasar, se hubiera reído abiertamente.
Y, sin embargo, a causa de ello, él iba a dejar España y había aceptado jugar en la liga inglesa. Pero lo más extraño de todo era que había acabado con su matrimonio y le había llevado a descubrir cosas que ignoraba sobre sí mismo.
Subió al avión sonriendo a las muchas personas que lo miraban al pasar. El era Joaquín Macías, delantero centro del equipo que acababa de ganar la liga, famoso por sus goles de cabeza, admirado por todos los aficionados y conocido por todo el mundo en general.
Sentado en su asiento, ya en el avión, hizo repaso a los acontecimientos que le habían llevado a su actual situación. En una de esas fiestas que organizaba el Club para presentar a los jugadores y la temporada, a las que no podía negarse a acudir, alguien, no recordaba quien, le presentó a Ernesto Varona, el comentarista deportivo más cañero de la radio y la televisión. Entonces ni se imaginó siquiera que aquello pudiera cambiar su vida para siempre.
Como era natural, según avanzaba la temporada, se fueron tropezando en todos los eventos a los que acudían los que deseaban ser vistos, de la ciudad.
Durante un tiempo no sucedió nada, hasta que una noche Varona les invitó, a él y a su esposa, a una cena privada en su casa. La reunión resultó muy agradable. Vivía en un ático precioso en el centro, con unas vistas fantásticas y los invitados eran gente superficial y alegre. Desde entonces, el periodista solía aparecer por los lugares que él frecuentaba y siempre buscaba un momento para hablar y tomar una copa, a solas. Y así se fraguó lo que parecía una buena amistad.
Una mañana, Ernesto le llamó para hablarle de asuntos de trabajo invitándole a la finca que tenía a las afueras. Mientras conducía a toda velocidad por la autovía no podía dejar de sentir la sensación extraña de que iba a pasar algo, no sabía qué, pero era algo que lo desasosegaba y a la vez ponía su adrenalina a la misma velocidad que manejaba el Audi.
Y fue así como, de manera imprevista y de la mano de aquel hombre, descubrió algo que ni siquiera él sabía; o tal vez que nunca había querido saber. Y se volvió loco y se dejó llevar sin importarle nada.
Todo acabó el día en que comprendió que aquello, si se descubría, podía costarle su carrera y su familia y cuando se dio cuenta de que aquel hombre lo vigilaba y seguía todos sus pasos y se estaba volviendo desagradable. Lo que vino después prefería olvidarlo. Había sido horrible, ridículo y sobre todo despreciable..
* * * * * *
La luz de la madrugada se colaba por el ventanal. En la televisión encendida las últimas noticias para ponerse al día. En las deportivas, el delantero del CFN, a punto de tomar un avión, comentaba las incidencias del último partido y hablaba de su contrato en Inglaterra.
Con sólo levantar un dedo, la música empezó a sonar como cada mañana desde hacía años. En la pecera, el técnico de sonido, se aplicaba para hacer su trabajo. El apretó el botón del mando a distancia y apagó la televisión, lanzando un juramento; seguidamente la voz, tan conocida y siempre suave y bien timbrada, dio los buenos días y siguió anunciando el programa con el que pensaba entretener a sus oyentes esa mañana.
Estaba cansado, más que cansado: harto. A veces, se preguntaba por qué no dejaba ya todo aquello. De hecho ya lo había intentado alguna vez, pero había vuelto de nuevo con más fuerza. La radio era su vida y sin ella ya no encontraba sentido a nada.
Recordó la cara del hombre de la tele y, sin darse cuenta volvió a sentir todo aquello que creía ya olvidado; mientras sonaban los mensajes comerciales, se traslado, una vez más, al pasado, tan reciente aún.
Durante bastante tiempo su despecho le llevó a aprovechar cualquier ocasión para desprestigiar a aquel hombre públicamente y, desde luego él tenía muchas para hacerlo. Había dejado caer comentarios cínicos sobre aquel presuntuoso, que era tratado por los medios y aficionados como un dios. El hacía años que dirigía el mejor programa de radio a nivel nacional, eso al menos decían todas las encuestas; había conseguido todos los premios, tenía mucha audiencia y era el número uno en las listas siempre. Nadie le había puesto nunca en ridículo, sin haberlo pagado caro.
Después de lo sucedido, logró que el Club le otorgara una entrevista con el jugador de moda, el que cada vez que lo veía acercarse, huía con más o menos disimulo. Había preparado una cita en directo que había estudiado despacio y cuidadosamente; en el papel tenía una larga y detallada lista de preguntas sobre la vida deportiva de su invitado y sobre todo, sobre su vida privada. La que a él más le interesaba.
Durante bastante tiempo aquella entrevista fue motivo de comentario en todos los medios de comunicación. ¡Joaquín Macias era maricón! Decían algunos titulares. Se habló de ello en las tertulias e incluso en las noticias del día. Las revistas del corazón le dieron vueltas y más vueltas y hubo desmentidos y pruebas que primero parecían ciertas y finalmente resultaban falsas. El matrimonio, aparentemente perfecto, del futbolista quedó roto en unos meses y su misma carrera en el primer equipo perdió todo su brillo y acabó apagándose.
El había conseguido su propósito. Ahora todo el mundo sabía la verdad sobre aquel hombrecito que vivía hipócritamente una vida aparentemente normal. Lo curioso era que ya no sentía ninguna satisfacción por eso y, sin embargo, aquello se añadió a la ya larga lista de cosas en las que no deseaba pensar. Finalmente, todo volvió de nuevo a la tranquilidad en que se movía su vida. ¿Por qué, entonces, se sentía tan mal?
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EL DIÁLOGO
Ante la incertidumbre reinante en el mundo, convocaron un encuentro.
Los vi sentarse, frente a frente, mirándose de soslayo, con gestos adustos. Sus cuatro manos y pupilas concentraban la tensión que los invadía. Tardaron en abrir sus labios. Cuando sus palabras comenzaron a salir, quedé estático, muy atento.
—Deberíamos llegar a un acuerdo sobre nuestros puntos de vista y los nefastos acontecimientos, antes de que el caos nos atrape a todos por completo.
—El mal no cabe dentro del bien, pero el bien sí cabe en todo el mal.
—Pues mucho más a mi favor. Debo decirte que tu bien ha resultado ser un gran mal, basado en falsedades, en tremendas injusticias. ¿Acaso hay mayor monstruosidad que el engaño sobre ti mismo y tus poderes, con el único fin de que te rindan pleitesía y te teman?
—No es engaño, sino la base de mi divinidad.
—Esa aseveración es la perversidad de tu egocentrismo y soberbia.
—¡Cállate! ¿Tú, tan insignificante, pretendes hacerme creer que el disfrute de los placeres terrenales salvará a los hombres en vez de mis mandamientos?
—Lo afirmo, sí, es la evidencia. Los placeres están en la naturaleza humana, son la verdad intrínseca del hombre, y algunos de tus mandamientos trabas irracionales.
—Qué manera de variar a tu favor los conceptos, los hechos, la verdad. No deseo seguir escuchándote, tu maldad me abruma, desestabiliza al mundo.
—Lo que te abruma y debilita es la mentira que esconde tu aparente verdad, esa mentira hábilmente divulgada, creída sólo por los ingenuos y débiles que aún te veneran sin conocer tu auténtica naturaleza.
—¡No deseo seguir escuchando tus falsas conclusiones!
Y dio un leve giro, demostrándole su desprecio.
—Cometes el mismo error conmigo que con ellos. Mi ventaja es que yo conozco muy bien tus debilidades, la auténtica esencia de tu ser. No te idolatré ni idolatro. Jamás me rendiré a tus manipulaciones engañosas, a tu pretendida omnipotencia. Soy rebelde a tus absurdos mandatos, a las injusticias que permites en todo el mundo, ante los desamparados, a la perenne tergiversación de la verdad. Sólo venía a pedirte que escuches con atención a tu pueblo, que vuelvas a ser el humano generoso que fuiste, que destruyas, de una vez, al falso Dios en el que te erigiste y eriges, confundiéndoles a todos con promesas falaces que casi nunca cumples. Permite disfrutar a los seres de sus cinco sentidos sin hacerles sentir culpables. Consiente la alegría, el divertimento, el placer, por encima del temor, si es que de verdad pretendes recuperar la creencia de los descreídos y obtener nuevos seguidores. Si no lo haces, las almas que llamas perdidas se generalizarán, vendrán a mi amparo, se refugiarán en la verdad de mis teorías y hechos demostrados. Así pues, seré, al final, el vencedor, el verdadero Dios del pueblo.
—¡Fuera de mi vista, Lucifer! ¡Te condené y condeno! ¡Fuera!
Pero Lucifer se quedo impasible, sonriendo con disimulo.
Dios se levantó bruscamente, airado, tambaleante. Se acercó a mí. En tono de orden, y con la mirada ausente, me apremió.
—Vamos, Pedro, aleja a este monstruo de inmediato de mi vista.
—No, mi Dios, él es más justo, humano y realista que tú —dije con firmeza—. Te ha pedido que escuches la voz del pueblo, que compenses su dolor con la alegría natural.
—¡Yo soy la alegría! ¡Debéis y deben amarme sobre todas las cosas, obedecerme!
—Tu primer mandamiento no tiene ya sentido —maticé cada palabra, sereno, con mis iris inyectados en los suyos.
—¡Te abrasarás en el infierno, Pedro, perecerás con ellos!
—El infierno tiene mucha más luz que este turbio cielo.
Entonces, Dios vertió su lanza de odio y venganza sobre mí y Lucifer, a través de sus pupilas y sus labios de fuego. Se ennegrecieron las nubes. Se abalanzó raudo, como arrasado por la repentina tormenta que trastocaba su reino, mascullando entre dientes. Y se oyeron carreras, una baraúnda de cuerpos enredados entre gritos y golpes.
Tras aniquilar a nuestro Dios, llegaron los ángeles custodios vestidos de blanco, con sus camisas de fuerza y sus jeringuillas mágicas para liberarnos a Lucifer y a mí de la maldad terrenal y divina.
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DIOSES Y MONSTRUOS
27 de mayo del año 3009.
Ricardo, es un conocido periodista y escritor en toda España. En su tiempo libre, suele visitar la hemeroteca de la biblioteca de su ciudad.
Es aficionado a participar en los foros de escritores. En uno de los más importantes, no solo de España, de toda Europa, suelen realizar el conocido concurso de relatos quincenal Europeo.
Ésta quincena se propuso el tema Dioses y Monstruos, el ganador conseguirá, la nada despreciable cifra de 1.000.000 de pts.
Ricardo, se encontraba la mañana del 27 de mayo en la hemeroteca, ojeando algunos recortes de la prensa del milenio pasdado, cuando encontró uno que le llamó francamente la atención.
Era una cronica que decía así:
Dioses y monstruos entre nosotros
Pues sí, la perfección existe. Tres títulos y porque no disputaban más. Es el equipo de Xavi e Iniesta, sobre todo. Los mismos que llevaron a España a ganar la Eurocopa. Los gestores de este fútbol que puede con todo. Son los Dioses, los monstruos del fútbol. Messi culminó en Roma el arduo trabajo de una temporada histórica. A leo no se le recordará por el partido que hizo ante el Manchester United, pero sí por el salto que dió. Es un montruo, es el Dios del fútbol. El Barcelona se consagró con el genio de Iniesta, la geometria de Xavi y el crak para todo, Puyol. El Barcelona jugó la final soñada por todo el mundo, dominio total, golpe mortal, son los Dioses, los monstruos del fútbol. El Manchester United persiguió la inmortalidad en la ciudad eterna,pero vio expuesta todas sus flaquezas humanas ante un Barcelona brillante y brutal en cuanto a ejecución.
De nada sirvió el plan A, de nada sirvió el plan B, ni el C, ni el d... Fue una aniquilación de los monstruos, los Dioses del fútbol.
Messi y Xavi estuvieron extraordinarios, pero Iniesta descompuso a los ingleses, es un portento de jugador, que prefiere ser un genio extraño y singular, un mostruo, un Dios del fútbol. Eto'o y Messi embellecieron con sus goles la victoria del Barsa, iluminada por la maestria de Xavi e Iniesta, en una noche en que ni el mismisimo "Lucifer" terminaría con ellos.
Guardiola es la ambición, la humildad, el trabajo, el talento, la lógica, es el imperio de todos los monstruos, es un Dios entre los vivos.
Tras la consagración de Messi en la Champions, se instaló en lo más alto del fútbol, pero todavía le falta consagrarse con su selección, igual que lo hizo otro Dios, otro monstruo del fútbol, Diego Armando Maradona.
Los diarios de todo el mundo, incluidos el nutrido número de cabeceras de China, se volcaron en sus ediciones con los Dioses del fútbol. Las publicaciones inglesas ensalzaron a los hombres del Barcelona como mostruos en un terreno de juego.
Serán recordados para la eternidad, serán Dioses para el futuro,
jamás se olvidará lo que han conseguido.
Algún día, lo que estoy escribiendo, será recordado por futuras civilizaciones, es por lo tanto primordial recordar los nombres de los Dioses, los monstruos del fútbol de nuestra época.
En sus nichos, se grabarán con letras de oro, los nombres de todos ellos, pués como Dioses que són, Dioses tendrán que ser recordados.
Seran once sepulturas, con los restos para la eternidad, de once monstruos como once Dioses.
VICTOR VALDES, PUYOL, TOURE, PIQUE, SILVINHO, SERGIO BUSQUETS, XAVI, INIESTA, ETO'O, HENRY, MESSI.
Al lado de sus restos mortales, siempre figurarán los de su emperador, GUARDIOLA.
Éstos Dioses, mostruos del fútbol, serán recordados por ser heroicos, jabatos, monumentales, sublimes, apoteósicos, vitales, batalladores, eternos, celestiales...
Millones de personas de todo el mundo los idolatrizan.
Cada religión tiene su Dios particular, pero los españoles desde el día de hoy, no tendremos uno tendremos once, once Dioses, once monstruos.
En el futuro, alguien preguntará que hizo esta gente para merecerse tal distintivo, el de los Dioses, y yo les dejo escrito lo siguiente:
Éste Barcelona es la felicidad eterna. Eto'o, Xavi, Iniesta, Messi, son los monstruos, los dioses del mundo. Sus compañeros no són gladiadores, sino senadores. Eternos en la ciudad eterna. Amén.
Ricardo, no lo dudó, tenía en las manos una crónica del milenio pasado, un ejemplar único en el mundo.
Una semana más tarde, se proclamaría ganador del concurso de relatos Europeo, con un documento que se recordaría para la eternidad...
(Relato editado con permiso del maestro de ceremonias, pido disculpas).
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Adara, la inmortal
La inmortalidad dividió en dos al género humano. No es fácil recordar cómo. En la memoria de los que nunca la alcanzaron, el suceso se hizo humo de mitos y leyendas mucho antes de que dejara de ser exacto el número de generaciones transcurridas.
La memoria de los inmortales es diferente: no la aniebla el extravío de los detalles, sino su exceso. Y aunque algunos de los afortunados iniciaron registros minuciosos de su nueva vida presuntamente inacabable, los ordenadores dejaron de responder a la tecla de encendido después del holocausto. No buscaron tinta y papel para mantener los anales. No valía la pena. Porque no habría ya lugares donde guardarlos, tan inacabables serían, ni se conservarían tanto tiempo como ellos vivieran. Y concluyeron poco a poco que el tiempo transcurrido y registrado siempre abrumaría al tiempo necesario para leer esos anales.
Pero, ¿cómo fue?
Hubo una vez... Sí, claro, tuvo que ser antes del holocausto. Por entonces ya se sabía que el ser vivo es una máquina que se repara a si misma, pero sin la suficiente perfección. Sólo había que ajustarla bien, y la máquina sería eterna.
El hallazgo era inminente. Todos los hombres esperaban vivir para verlo, y verlo para vivir eternamente. Ocurrió. Los poderosos fueron los primeros en alcanzar la eterna juventud. Y una vez conseguida, conspiraron. Porque, ¿dónde iría la Tierra con una humanidad inmortal? ¿No rebosaban de hombres los continentes? ¿No se habían fundido los polos, desbordados los mares, arrasada la Amazonia, extinguidas las especies?
Los hombres eran demasiados. Y ahora, por añadidura, inmortales.
El Acuerdo para la No Proliferación de la Inmortalidad sólo fue acatado por los que ya lo eran. Y no impidió lo inevitable. Ninguna reunión de hombres, cualquiera que fuese el título que recibiera, resistió la presión de los mortales pidiendo ser admitidos en el club de la eterna juventud. Disturbios en las ciudades. Los primeros Gobiernos en ceder se enfrentaron a los Gobiernos defensores del Acuerdo. Y éstos encomendaron la supervivencia del planeta a las armas nucleares.
Aquellas bombas aliviaron al mundo del peso que lo asfixiaba, reduciendo el número de los hombres -mortales e inmortales- a lo razonable. Y cuando se hubo asentado el polvo, crecieron los bosques donde nadie recordaba que los hubiera habido. La nieve volvía a caer en las cumbres sobre la nieve del año anterior. Especies que se creían extinguidas, surgían quizás -quién sabe- del Arca de Noé de un millonario excéntrico cuya previsión disparatada había resultado al final clarividente.
En algún momento de aquel cataclismo se perdió la máquina de la inmortalidad. Alguien tuvo en su mano, en el último momento, la decisión de destruirla para siempre o de conservarla fuera del alcance de los hombres, y decidió esto último. Lo cuenta un relato diseminado entre mil fábulas: que la máquina está en algún lado, esperando a que alguien la encuentre.
El género humano volvió a crecer. Muy despacio. Liberándose de todas las taras y monstruos inviables que siguieron al gran holocausto. El hombre volvió a tener retos a su medida a los que enfrentarse: rebaños para medrar; cosechas que sembrar y recoger; jabalies, osos, leones con los que probar el valor de sus flechas y lanzas.
Mortales e inmortales vivían separados por una envidia atávica, un agravio de eones. La pugna, sin embargo, ahora va cayendo ineluctablemente del lado de los mortales. Porque las muertes violentas, las enfermedades oportunistas (los suicidios también), menguan el número de los inmortales. Entre ellos la procreación es aberrante, un tabú cuya transgresión socava la comunidad. Porque los seres traídos al mundo son mortales, y los perpetuamente jóvenes no quieren tener previsión para la vejez y la muerte. La inmortalidad requiere la inmutabilidad en todos los órdenes. Así es todo entre ellos, sus leyes, sus costumbres, sus jefes, y hasta sus vidas interminables. El tedio y la decadencia es el precio que pagan por no envejecer.
Y los que se niegan a pagarlo -un lento goteo- abandonan sus pequeños Olimpos amurallados para buscar la sociedad de los mortales, mezclarse con ellos y robarles un poco de vida...
La pareja estaba sentada al sol. A sus espaldas, la pared de bojes esmeralda y el fuste gris de las hayas. Delante, la vertiginosa ladera despeñándose hasta el valle.
El hombre hablaba sin levantar la vista. Entre las manos, un cuchillo y una rama. Las palabras salían de su boca como las mondas del palo, concienzudamente.
- Se acaba, Adara. Esto se acaba para mi. Ya ves, yo siempre había hecho esta subida de un tirón, y hoy no sé si podré llegar arriba.
Estaban arrimados el uno contra el otro. La piel de ella, clara y tersa como la madera de boj que desnudaba el cuchillo. La de él, arrugada y áspera como la corteza que arrancaba. Un par de virutas se camuflaban entre las canas de su barba. El seguía cortando pensamientos.
- Todos estos años junto a mí, te habrán parecido un suspiro. Aunque a mi... me han colmado, Adara.
Ella lo rodeaba con su brazo, recostada en su hombro. Su pelo negro caía por igual sobre las espaldas de ambos.
- No digas eso, Ruisko. Tú me has hecho joven. Te lo he explicado tantas veces...! -le dijo ella.
- Y tú me has hecho viejo, Adara. -dijo él-. Todos envidian mi fortuna, envejecer junto a una mujer perpetuamente joven ¡Qué pocos sospecharán lo que puede llegar a doler!
Levantó la vista. Sobre ellos, allá donde el azul no tiene medida, una silueta alada planeaba en círculos tan solemnes como el cielo inmutable. Adara averiguó, como tantas otras veces, la mirada de Ruisko ávida de inmensidad. Hacía años que él ya no subía a los acantilados para acechar el vuelo de los buitres.
Dejar de hacerlo fue su primera claudicación. Luego vinieron otras. Todavía no arrastraba los pies. Todavía podía dar un grito para reunir a los perros a su lado. Pero los hijos ya habían empezado a decirle: déjalo, padre, ya lo haré yo. Y estaba ella, la madre de sus hijos, ella, siempre a su lado, siempre igual, inmutable, siempre joven. Ella lo hacía doblemente viejo.
- Vamos -arrancó él.
Y reemprendieron la subida. Ella a su lado, detrás, disimulando que podría caminar más deprisa. Pretextando una flor, una seta, un trozo de musgo, para que él tomara aliento sin reparar en ello.
Llegaron. El risco dominaba los tres valles. Esperaron.
Al rato los vieron aparecer, apenas unos puntos por debajo del horizonte. Se afianzaron en el borde, el uno en el otro, contra el viento. Uno, dos, tres, cuatro buitres pasaron delante del acantilado, debajo de ellos. El detalle de las plumas remeras; sus tonos cambiantes, tierra seca, tierra oscura, negro; la gorguera blanca. Y cuando ya los despedían, de la nada apareció un quinto, suspendido delante de ellos, inmóvil como la eternidad. Ruisko reventó de gozo. Porque en ese momento, el buitre giraba su cabeza, enfrentándoles con los ojos, como si quisiera hablarles, sonreirles con el pico.
Y con un levísimo gesto de sus alas, se catapultó hacia el cielo.
- ¿Has visto, Adara? ¿Has visto? Se ha parado a mirarnos.
- Si, Ruisko.
- Nunca pensé que vería algo igual. Tenías razón, ha valido la pena subir.
Se sentaron. Comieron. Ella apoyó su espalda contra el tronco de un haya. El se acunó entre sus piernas.
- Toma, bebe -y Adara le alargaba una cantimplora pequeña-. Dormirás un poco, y te despertarás con fuerzas para bajar, sin que te duelan las rodillas.
El bebió. Luego dejó extraviada su mirada en el azul, mientras ella le acariciaba las sienes. Y cuando él cerró los ojos, ella empezó a llorar, suavemente al principio. Luego a borbotones. Lloró todas las lágrimas que no habían salido de sus ojos en su larga vida inmortal. Lloró y lloró, hasta que la frente de él estuvo fría como la muerte. Entonces apretó los ojos -secó las lágrimas-, apretó los dientes -estranguló los sollozos-, y se puso en pie. Arrastró el cuerpo hasta el borde del acantilado, y lo desnudó, preparándolo para la última visita de los buitres.
Arrancó a caminar. Tenía un trecho muy largo, muchas montañas que subir y bajar hasta llegar más allá de los valles, donde nadie hubiera oido hablar de ella, Adara la inmortal. Y mucho tiempo para decidir si valía la pena seguir viviendo sin volverse a enamorar de un mortal.
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Xibalbá
Desde el instante en que me ofrecí a pasar por aquella prueba, supe que moriría. Me habían hablado de un monstruo horrible, de una muerte dolorosa y de la gloria de salir vivo de aquella cueva. Y la verdad era que uno podía salir vivo, pero con algo muerto por dentro.
No era nadie, así que, qué podía perder. Vivir sin ser nada; morir y desvanecerme en el olvido o salir vivo de allí y ser venerado y recordado como un dios en la Tierra.
Caminé largo rato en la oscuridad y no me costó encontrar el Lago Negro, bebí la pócima que me había confiado el chamán, para liberarme de la cárcel de mi cuerpo, y me senté con los ojos cerrados. Debía esperar a que mi alma viajara a Xibalbá, el inframundo, el lugar al que las almas marchan cuando dejan de vivir. El lugar en el que habitan los dioses. No sentía nada y me vi tentado de separar los párpados pero un crujido me sobresaltó.
Me levanté y miré a mi alrededor descubriendo que la cueva estaba iluminada, como si el sol mismo naciera allí dentro. Frente a mí se levantaba el más horrible ser que mis pobres ojos mortales habían visto jamás, tenía el lomo negro, la cabeza era como la de un insecto de húmedos colmillos, sus patas eran largas y arqueadas y sólo su torso era dos veces mi altura.
Su mirada… clavada en la mía; sus ojos… pedían mi muerte.
Tomé la cerbatana, la única arma permitida, y retrocedí varios pasos para poder disparar. La criatura lo vio y no tardó en atacar. Se abalanzó sobre mí y me golpeó en el pecho lanzándome hacia el fondo de la cueva. El bambú se me resbaló de los dedos y la criatura corrió hacia mí, dispuesta a terminar lo que había empezado. Sentía presión en mi pecho, dónde me había golpeado y di a los dioses las gracias porque aquél monstruo no me hubiera abierto en canal con sus afiladas garras. No podría asegurar cómo lo hice, pero rodé por la fría y húmeda piedra y recuperé mi arma. Me incorporé de un salto y disparé sin tiempo de apuntar acertando entre los ojos de la criatura.
El monstruo se quedó inmóvil, Tezcatilpoca lo llamaban los ancianos, y se desplomó levantando una densa nube de polvo. Me acerqué a él, recordando a lo que había bajado, a enfrentarme al dios del mal, y lo contemplé confuso. No era un monstruo el que estaba allí tendido, era un hombre…
era yo…
Me agaché junto a su cara y la contemplé sin atreverme a tocarlo. Había matado al mal… y había resultado ser yo mismo.
Por supuesto aquello nunca se lo conté a nadie. Desperté junto al Lago Negro y regresé a la superficie. Hacía años que ningún hombre regresaba de aquella cueva y el clamor fue grande. No vencer a Tezcatilpoca significaba seguir viviendo rodeados de sacrificios humanos y guerras en nombre del dios supremo para aplacar su ira. Todos deseaban escuchar mi historia y esa misma noche se la narré.
Ahora yo era su nexo con nuestro más grande dios, Queztalcoalt, dios del bien y de la luz, a quien veneraríamos con flores, no con sangre. Todos me adoraban a mí como si fuera el mismísimo dios reencarnado en la Tierra. Lo que no sabían era que dentro de mí, al igual que dentro de ellos, también estaba el otro, el oscuro. Ellos nunca lo vieron en mis ojos, pero yo sí lo vi en aquella cueva, el inframundo, Xibalbá… me enfrenté al mal y lo derroté y nunca olvidaré que nuestro dios tiene dos caras, Queztalcoalt es a la vez Tezcatilpoca, un dios bajo el sol y un monstruo en la oscuridad.
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En la cultura maya, Xibalbá es lo que para nosotros sería el infierno, pero mientras que nosotros tenemos Cielo e Infierno, ellos sólo tienen Inframundo, estando allí lo que hay después de la muerte, igual para todos. A su vez es el lugar en el que habitan los dioses, donde todo termina y comienza a la vez.
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Jeffrey El pequeño Jeffrey salió de casa con la mochila al hombro, se acercó a la carretera y cruzó hasta el bosque que se veía desde la ventana de su cocina. Antes de perderse dentro, volvió la cabeza. Mamá le miraba sonriendo y señalándose el reloj de pulsera (lo que significaba que volviese a tiempo para la cena). Los dos se dijeron adiós con la mano. Caminó un rato. No demasiado; quizá diez minutos. Buscó entonces un árbol que reuniera una única condición: dos pequeñas ramas en uve. Sólo eso. Ni demasiado separadas, ni demasiado juntas. Le costó más de lo que esperaba, pero dio con ellas. Se arrodilló. Abrió la mochila despacio, controlando la ansiedad. Sacó una caja de zapatos y la colocó en el suelo. Durante un momento estuvo escuchando: los arañazos, el llanto que parecía de bebé, la desesperación por salir… Levantó la tapa con cuidado por una de las esquinas y metió la mano. Tanteó buscando el pellejo de la nuca y sacó al animal de la caja. Era un gato. Un cachorro. Lo miró detenidamente: los ojos oscuros, el pelaje naranja, el morro chato todavía, las diminutas orejas. El gato lo miró a él: los ojos claros, la piel blanca, el pelo trigueño, el cuerpo delgado. Con la mano libre, sacó la pistola de clavos de papá. Le costaba sujetarla con una mano, así que tuvo cuidado de que no se le cayera (si su padre se enteraba de que la había cogido, lo castigaría durante una buena temporada). Inmediatamente, su cuerpo se lleno de algo que disfrutaba aunque no supiese qué nombre ponerle, de algo parecido a una ansiedad exquisita. Acercó el cachorro a una de las ramas, movió con la clavadora una de las patas delanteras, la colocó lo mejor que pudo en la madera y disparó. Escuchó el quejido del animal casi al mismo tiempo que escuchó el golpe seco del clavo al atravesar las almohadillas de la pezuña y clavarse en el árbol. Lo dejó colgando y, ya con la mano libre, colocó la otra pata delantera y la clavó. Hacer lo mismo con las patas traseras apenas le costó unos segundos; pero esta vez las clavó juntas, un pie sobre otro, en el vértice del que nacían las dos ramas. Se quedó mirando su Cristo sin sentir pena. Quería hacerlo pero no era capaz. Pensó que quizá era porque no quería hacerlo; que en realidad sólo se esforzaba en sentirla porque era lo que se suponía que debería sentir (con el tiempo descubriría que, simplemente, si no lo hacía era porque no podía hacerlo; no tenía empatía, aunque entonces no supiese qué demonios significaba eso). Escuchaba los aullidos del animal, revolviéndose, y veía la sangre goteando en el suelo; pero no sentía lástima sino un placer infinito que, además, tenía hambre… Revolvió en la mochila buscando lo que faltaba: su navaja. La abrió despacio, la levantó para ver la luz reflejada en la hoja recién afilada y después, con mucha calma, dibujo una línea vertical desde la garganta hasta el final del vientre del gato. Una fina línea, un corte superficial que, de repente, se punteó de rojo hasta formar una raya homogénea que empezó a gotear. Después, tan emocionado que el pulso le temblaba, clavó lentamente el cuchillo en la parte de abajo y, siguiendo el camino, fue abriendo en canal al cachorro, mirando fascinado cómo la sangre se derramaba y como las vísceras se descolgaban hacia los pies. Durante minutos, no hizo otra cosa que no fuese admirar su obra. Era su Jesucristo Minino. Sonrió al recordar todas las veces en las que, en el oficio dominical, el pastor les había hablado de que Dios envió a su hijo para salvarlos; cómo su calvario y crucifixión habían servido para redimirlos. Le hizo gracia. Antes de irse, enterró al gato, tapó la sangre con tierra, recogió sus cosas y se cargó la mochila al hombro. Volvió despacio, recreándose en lo que acababa de hacer, pensando que, la próxima vez, buscaría un animal más grande y teniendo la certeza, no sabía por qué, de que algún día ya no jugaría con animales. Algún día, lo supo, jugaría con personas. Y saberlo le gustó. Llegó justo a tiempo. Mamá le sirvió el plato y le advirtió que tenía que comérselo todo. Durante la cena, intentó convencerlo de que fuese al cumpleaños de ese amiguito suyo de clase (mamá no, pero Jeffrey sabía que ningún niño quería verlo allí) y volvió a pedirle que se esforzase en no ser tan tímido. “No van a comerte”, decía. “¿Qué sabes tú?”, pensaba él. Siguió hablando: - Hoy no te pongas a leer en la cama, que mañana hay que madrugar para el oficio. - ¿Mañana? Si es sábado. - Jeffrey, ¿qué día de nuestro señor es mañana? - ¡Ah, ya! - Pues eso. Así que nada de quedarse hasta tarde -hizo una pausa- Por cierto, ¿sabes de qué va a hablar el reverendo en el sermón? - No. - Del calvario y la crucifixión de Jesús -le sonrió- Sé que esa parte te gusta… Era cierto. Y el niño sonrió la coincidencia. ¿A cuántos habría salvado él esa tarde en el bosque? ¿A cuántos habría redimido? - Y hablando de leer… Hoy, cuando recogía tu habitación, vi el libro que tienes encima de la mesilla -lo miró con ternura-. Jeffrey, cariño, ¿hace falta que leas esas cosas tan raras? ¿No puedes ser un niño normal? Jeffrey no dijo nada, pero sabía que no podía. Ya entonces lo sabía. Y más adelante, llegaría a convencerse incluso de que en realidad no era un hombre. De que nunca, ni siendo niño, lo había sido. Él había nacido siendo otra cosa. Él era de otra especie. Por eso, cuando los animales tuvieron nombre, cuando dejó los cachorros de gato para maltratar y crucificar hombres, pudo perdonarse; ellos no tenían la culpa de estar ahí, ni él la de hacer lo que hacía. Cada uno cumplía con su naturaleza.
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La Dama del viento.
Habían caminado por un largo recorrido hasta llegar a su destino. Un camino que no había sido fácil, ni mucho menos divertido. Selena, acompañada de dos de sus siervos, Faustino y Claudio, no se había detenido en ningún momento. Su obsesión era llegar cuanto antes a la cima de la montaña, atender a la llamada de esa voz que había tronado en su mente en las últimas semanas y que le decía: Ven. Toma el cristal. Libera el aire.
Ella no sabía qué significaba, ni quién hablaba, pero instintivamente supo adonde debía dirigirse. Por supuesto que no iba a ir sola, bien sabía los peligros a los que podía estar expuesta caminando por lugares tan inhóspitos como aquél, y por eso llamó a sus siervos, con el fin de protegerla aunque ahora, al borde de lo que podía ser el fin del mundo, Faustino y Claudio estuvieran tan asustados que poca protección podían ofrecer a su dueña.
Era una montaña muy alta, rocosa, de tonos marrones y grises, y que se exhibía a la intemperie sin que ninguna otra la resguardase. A su alrededor una ráfaga corría envolviéndola, como si anunciase una tormenta de aire que pronto desencadenaría en un huracán que arrastraría a los tres intrépidos a una muerte segura. Pero por más que los dos hombres imploraban a Selena a volver, ella continuaba su ascenso como si no escuchase las suplicas. En realidad no las oía, pues en su mente, la voz dulce de otra mujer, que durante mucho tiempo le había rogado que acudiera hasta allí, continuaba retumbando como si de un hechizo se tratase que impidiera que retrocediese y no cumpliera el cometido para el cual le había llamado.
- Selena… Mi señora… Debemos volver. Más arriba el viento podrá con nosotros –gritó Faustino intentando hacerse oír entre el ruido del viento, al tiempo que luchaba por mantenerse en pie. El vendaval era tan fuerte que, aunque se habían agarrado con fuerza a las rocas, todos sentían como se venían hacia atrás sin remedio. Y aunque el hombre volvió a insistir, Selena prosiguió el ascenso, adelantando a sus dos siervos, y finalmente se volvió hacia ellos con la mirada helada, casi diabólica, y con los ojos iluminados de un verde vivo.
- Seguiremos hasta el final –ordenó y los dos hombres se miraron asustados. Selena parecía diferente.
Continuaron el ascenso muy pendientes de ella, quién había logrado un inyección de fuerzas sobrehumana que hizo que se fuera distanciando de ellos. Era como si el viento sólo los frenase a los dos hombres y ella, como si levitara mecida por el aire, ascendía sin mayor problema.
Momentos antes de llegar a la cima, Selena encontró una cueva con un gran techo por donde prosiguió su camino sin esperar a los dos hombres. Sentía una gran atracción por ese lugar y respondía a la llamada de la voz de su mente con una gran satisfacción. Minutos después Faustino y Claudio aparecieron, mirándose asustados por el lugar por donde caminaban ahora, una cueva llena de piedras verdes que desprendían un haz de luz uniforme que la convertía en un lugar bastante tétrico. Al menos en el interior no soplaba el aire. Anduvieron aligerando el paso y siguieron la silueta de Selena que se perdía en la lejanía.
Finalmente los hombres alcanzaron a su dueña, quién se había detenido enfrente de un pedestal que sujetaba un cristal ovalado de ese mismo tono de las rocas que iluminaban el lugar. Era casi mágico, muy hermoso, y provocaba una atracción inusitada a todo aquél que lo mirase. Sobre todo en Selena, que permanecía de pie, con la boca abierta y embriagada por la sensación que la inundaba. Sus dos hombres se quedaron unos pasos atrás, también hechizados por la belleza del cristal, pero asustados al mismo tiempo.
De repente, la voz que sonaba en la mente de Selena se pudo oír en toda la cueva. Una voz de una mujer dulce, pero a su vez fuerte y dominante.
- Selena, coge el cristal –ordenó la voz-. Tómalo y libérame. Conviértete en mi aliada. Juntas seremos las dueñas del mundo.
Y Selena, sin vacilar, caminó hacia el altar dispuesta a tomar el valioso objeto entre sus manos. Claudio corrió hacia ella, interponiéndose entre el altar para impedir que obedeciera la voz de aquella mujer, y la agarró de los hombros cortándole el camino.
- Mi señora, no lo haga –imploró con la voz quebrada-. Marchémonos de aquí de inmediato.
- ¡Apártate de mi camino! –gritó ella y él negó levemente.
- No, mi señora. Estoy aquí para protegerla. –respondió asustado. Entonces los ojos de Selena volvieron a teñirse de un verde intenso y con una fuerza sobrenatural lanzó a su siervo contra las rocas.
- ¡No toques a la dama del viento! –gritó Selena, pero con la voz de aquella otra mujer.
Faustino se quedó perplejo, asustado, y contempló como Selena se acercaba al pedestal y tomaba el cristal, acariciándolo suavemente. Entonces el aire que soplaba afuera se detuvo y un gran silencio invadió el lugar, hasta que, de repente, Selena empezó a sentirse extraña, cómo si estuviera recorriendo por sus venas algún tipo de energía. Notaba cómo los músculos palpitaban, su respiración se aceleró y fue entonces cuando sucedió.
Claudio y Faustino fueron testigos de cómo Selena se convertía en una extraña criatura. Sus delgadas piernas se alargaron y se hicieron más corpulentas rompiendo sus vestimentas, sus pies se transformaron en unas garras, de la espalda empezaron a nacer unas fuertes alas de gran plumaje de color rojo y verde, las orejas se alargaron, las manos desarrollaron unas afiladas uñas y de su cara emergió un enorme pico de águila mientras su piel se llenaba de plumas. Los ojos cobraron intensidad y ella emitió un alarido de ira y furia.
Selena se había convertido en la bestia de aquella mujer, el instrumento con el que se valdría para someter al mundo, y ahora tenía enfrente a sus dos primeras víctimas, esos hombres asustados que contemplaban la figura la nueva criatura levitando sobre sus cabezas. Emitió un leve alarido, se cubrió con sus alas y empezó a girar sobre sí misma invocando el poder que le confería aquella diosa, absorbiendo todo el aire sin que ellos lo percibieran. Hasta que finalmente abrió las alas con fuerza extendiendo los brazos y dejando que la cueva se volatilizara. Se rompieron todas las paredes provocando el desmembramiento de esos infelices, partiendo la montaña en dos y dejando libre a la criatura que se erguía de un modo insinuante sobre un cielo teñido de rojo.
Y la diosa habló a su creación
- Ve, mi bestia alada, a recuperar nuestro mundo. ¡Mátalos a todos!
Y Selena chilló iniciando su camino, preparada para cumplir su misión. La dama del viento había despertado.
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SUSANA CERCA DEL CIELO
Rafael hizo un rápido repaso final, que resultó bastante satisfactorio. El teatro estaba hasta los topes, habían acudido periodistas de los principales medios y cada cual había ocupado su sitio sin mayores incidentes… Todo estaba listo, una vez más, para el comienzo del espectáculo. Se captaba la expectación en el aire, la sensación de inminencia. No era de extrañar.
Nadie quería perderse lo que tuviera que decir Susana López, la primera Santa del tercer milenio.
Susana no era oficialmente santa, por supuesto. Ningún Papa la había declarado como tal. Que siguiera viva, era un serio inconveniente, pero no tanto como su mala relación con el Vaticano y con su enviado especial en aquel asunto, un hombre frío y calculador al que Rafael sólo podía describir como perverso. No, la Iglesia Católica rondaba, intrigando discretamente, buscando el modo de conciliar lo sucedido con sus propios intereses, pero aún no había emitido ningún comunicado público al respecto. Primero, querían tener controlada la crisis.
Porque, la “santidad” popular de Susana se basaba en hechos irrefutables: había dejado de comer.
Ese fue el punto de inicio de aquella locura, aquel absurdo circo mediático en el que ambos se sentían atrapados. Al principio, ni Rafael la creyó, y eso que la conocía desde niña, que eran amigos, que habían sido amantes, que estaban tan cerca que casi eran capaces de leerse los pensamientos con una sola mirada… Resultaba difícil aceptar algo así, y más de alguien tan poco místico, tan terrenal, como Susana.
Pero, cuando ella decidió demostrárselo, no pudo negarlo.
Susana no comía “nunca”. No se alimentaba, de ningún modo. En esos momentos, llevaba exactamente un año y siete meses sin probar bocado, lo que duraba ya su singular misión apostólica carente de todo mensaje. Y, en ese tiempo, no había bajado de peso ni un gramo, su aspecto no había cambiado lo más mínimo.
Al margen de ese detalle, como Santa, en opinión de muchos, no valía demasiado. Nunca mencionaba a Dios. Esquivaba hábilmente las preguntas de los periodistas, y las propuestas interesadas, ya vinieran de curas, de compañías farmacéuticas, o del propio gobierno. No recaudaba fondos, no aceptaba pagos por nada. Eso, les había creado muchos enemigos y habían perdido muchas oportunidades de acumular una enorme fortuna. Pero, Susana tenía muy claro qué era lo que deseaba hacer. Y él creía que, siendo su mano derecha, su representante, ya nada podía asombrarle.
Se equivocaba.
Tres semanas antes, le había dicho que ya no bebía nada desde hacía meses. Simplemente, un día dejó de hacerlo y descubrió que no lo necesitaba. No sentía sed. No se deshidrataba. Todo seguía igual…
Rafael se detuvo un momento, inspiró profundamente, rogando para que no se notasen su angustia y sus deseos de salir corriendo, y entró en el camerino. Susana estaba sentada ante el tocador, contemplándose en el espejo. ¿Veía lo mismo que él? Una mujer alta, guapa, perdida en la veintena de una existencia que le resultaba incómoda, incluso absurda. Qué distinta, a como era antes. En otros tiempos, había sido alguien alegre, sin sombras, pero hacía mucho que…
También había dejado de reír, comprendió repentinamente Rafael, con un atisbo de pánico. Quizá, ni ella misma se había dado cuenta de ese detalle, pero parecía haberla abandonado todo júbilo. Reír, sonreír, disfrutar simplemente con las pequeñas oportunidades que cedía la vida… Aquello no podía seguir así, no era… natural. Se miraron a través del espejo. No pudo leer su expresión. Rogó para que ella no pudiera leer la suya.
– ¿Estás lista? Ha llegado la hora… – se había prometido mil veces no hacerlo, no preguntar, pero lo hizo: – ¿Qué va a pasar hoy, Susana?
Ella suspiró mientras se ponía en pie. Apoyó una mano en el bolsillo de la sencilla túnica blanca que vestía.
– Que va a acabar por fin todo esto – su boca se curvó en un gesto amargo – Estoy cansada, Rafael. No me gusta lo que veo, ni lo que oigo. Me llaman bendita, mentirosa, elegida, falsa... – le estudió de reojo, con curiosidad – ¿Qué crees que soy? ¿Una Santa? ¿Un monstruo?
Un monstruo hermoso y triste, pensó él.
– Nunca debiste empezar – se le escapó. Y, una vez dicho, parecía más fácil seguir. Hizo un gesto con la mano, abarcando el camerino, el edificio, el teatro de burlas e ilusiones que esperaba más allá de la puerta – Estas cosas son para ganar dinero, Susi. Todo el mundo piensa que te has hecho inmensamente rica. Pero tú no quieres ni eso. No sé qué quieres. Nunca lo he sabido – ella no contestó – ¿Cómo vas a acabarlo?
– Voy a hacer algo… drástico. Radical. ¿Estás conmigo? – Rafael dudó un instante. Los ojos de Susana atraparon un reflejo de luz – He dejado de dormir.
– ¿Qué?
– Que he dejado de dormir. La semana pasada me pregunté qué pasaría, si dejaba de hacerlo. Me quedé mirando al techo toda la noche y… nada cambió. No estaba cansada. No he dormido ni un segundo en este tiempo. Me siento igual que siempre – hizo una mueca – Vacía…
Rafael apretó los labios, pensando en la maleta que esperaba en su habitación del hotel. Preparada y lista para escapar, para irse muy lejos de todo aquello. Quería hacerlo, pero…
Un monstruo hermoso y triste…
– Estoy contigo – aceptó finalmente. Una última oportunidad, para los dos– Haz lo que debas hacer.
Ella asintió. Salieron del camerino y se separaron junto a las escaleras. Casi flotando en aquella vaporosa túnica, Susana se dirigió hacia el acceso al escenario. La ovación con la que fue recibida por el público logró estremecer el edificio hasta sus cimientos, y golpeó a Rafael mientras entraba en su palco. Desde allí, tuvo una vista completa del auditorio. La multitud se agitaba como un oleaje embravecido, las voces entremezclándose caóticamente…
– ¡Santa Susana! ¡Cúrame, cúrame!
– ¡Monstruo! ¡Aberración! ¡Hereje!
Susana avanzó hasta el centro del escenario, y les contempló con gravedad.
– ¿Soy acaso la prueba irrefutable de la existencia de Dios, como aseguran algunos? – preguntó. Su voz, alta y clara, resonó en cada rincón del auditorio, captando por completo toda atención – ¿Soy una Santa? ¿O soy un monstruo? – sacó lo que llevaba en el bolsillo. Rafael tuvo que esforzarse para distinguirlo y entonces parpadeó: una galleta – Yo os lo diré: ¡soy un fraude! – el silencio se hizo más profundo; se tiñó de asombro, de incertidumbre, y también de hostilidad – ¿Que no me alimento? ¡Ridículo! ¡Sólo he sido una mentira! ¡Un engaño! ¡Pero no voy a justificarme, ni siquiera pediré disculpas! ¡Si estoy aquí, es para despedirme con una verdad, ya que os he insultado con mis embustes! ¡Escuchadme atentamente: a menos que se pruebe lo contrario, la vida es una oportunidad única! ¡No permitáis que nadie os la arrebate a cambio de promesas inciertas sobre dudosos reinos del más allá! ¿Queréis mi opinión? Es esta: Dios no existe. Nunca ha existido, ningún Dios, jamás – se llevó la galleta a la boca – Los dioses sólo son una excusa para los monstruos…
El disparo, una especie de silbido seco, resonó con fuerza en el pesado silencio del auditorio. Rafael pegó un brinco, viendo aparecer un agujero negro, muy negro, en la frente de Susana. La sangre surgió a chorro, los ojos se entornaron, como viendo algo colosal, algo que estaba ya más allá de este mundo.
Susana se desplomó en un revuelo de blancos puros y rojos intensos…
Rafael saltó desde el palco. Cayó en el pasillo entre butacas, empujando a varios espectadores, siendo casi arrollado a su vez. Todos corrían entre alaridos de espanto, se pisaban unos a otros, intentando huir. Trató de localizar la posición del francotirador. Imposible. Demasiadas sombras forcejeaban por todas partes.
Y, entonces, sintió la repentina tensión a su espalda…
Se volvió, lentamente, temiendo ver lo que iba a ver, y deseando verlo.
Susana, con gesto aturdido, se estaba levantando del suelo. El círculo de la bala seguía en su frente; al girar la cabeza, contemplando a los que la habían estado rodeando y que ahora retrocedían fascinados, horrorizados, pudo verse el agujero de salida, mucho más grande. La sangre se coagulaba sobre su rostro, sobre su cabello manchado de masa cerebral destrozada, sobre la blancura nívea de la túnica. Una visión espantosa, terrorífica...
– No soy una santa – gimió Susana. Miró a su alrededor, buscando. Al ver a Rafael, sus ojos se llenaron de súplica. Pero él no podía ayudarla – No soy un monstruo…
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ÉL
Le vi una noche de insomnio, mientras paseaba desesperado por salvar mi alma. Esos laberintos de antiguas callejuelas me llevaron hasta ÉL, serpentenando sin final entre patios olvidados hacia las modernas torres ciclópeas y pináculos que se yerguen tenebrosos y babilónicos bajo las lunas menguantes.
ÉL reinaba en ese paraíso de maravillas negras, cual Carcasona, Samarcanda o El Dorado, con toda la gloria y pompa de las ciudades de fábula. Me dijeron, que de esa ciudad crepuscular preñada de luces parpadeantes él era un rey, un faraón, el tzar e incluso un Dios. Y ahí le vi, erguido en medio de la muchedumbre, en una avenida que se perdía en el infinito, desde donde llegaban los jadeos lujuriosos de una multitud de gargantas y una babel de gritos, de risas y de palabras de júbilo.
Me maravilló a la vez que me asqueó toda esa procesión de rostros foráneos y aceitunados, que saltaban y brincaban con furia dionisíaca. Me asaltó el miedo a lo desconocido y a lo atávico, y por un momento creí ver cosas más antiguas que la taciturna Tiro o la contemplativa Esfinge.
En medio de esos rostros cetrinos, ÉL parecía un Dios todopoderoso que rezumaba energía e irradiaba un aura iridiscente de latente poder.
Fui a buscarlo abriéndome paso con frenética intensidad a través de esas gentes mestizas. Una vez me tropecé con uno de ellos, y su infernal cacofonía me rodeó como una pesadilla. Por un momento me vi atrapado en una bacanal de gritos enloquecedores y alaridos demenciales, cánticos estremecedores e infernales miradas llenas de pavor sobrenatural. Me vi envuelto en una repulsiva barahúnda, y durante los cinco minutos siguientes el tumulto que se produjo fue indescriptible.
Cuando logré salir de esa pesadilla, un destello de luz brilló al caer verticalmente por primera vez sobre las tercas farolas de la calle. La luna, ahora en su cénit, asomaba ancestral y misteriosa, y derramaba por encima de acantilados de grises muros, una luz espectral que bañaba esas hileras de cottages de estilo holandés. Y en ese preciso momento, cuando aún no había salido de mi estupefacto, su mano se posó suavemente en mi hombro, y su ágil lengua cantó muy cerca de mi oído, palabras de indescifrable cadencia y ancestral sonoridad. Me indicó con un gesto que lo siguiera, y no dudé un instante.
Me condujo a través de vetustos y olvidados barrios donde existían callejuelas y rincones que no figuraban en los mapas. De pronto, me llamó la atención una cúpula negra bizantina rodeada de las copas de unos árboles que se balanceaban contra la vaga luminosidad del cielo. Las sombras que se dibujaban se alargaban hasta puntos inimaginables, y mi mente corría a través de ellas, hacia senderos imposibles de sondear para los ojos vociferantes que jamás han levantado el vuelo de a ras de suelo.
Entonces cruzamos un jardín oscuro y llegamos al umbral de la entrada. Abrió una pesada puerta y atravesamos el arco hacia el interior de la estancia. Le seguí hasta un segundo piso que era, ni más ni menos, que una amplia biblioteca. Nada más atravesar la puerta se llevó el dedo a la boca, indicándome que hablara bajo. Me señaló amablemente una silla dónde sentarme, mientras cerraba la puerta apresuradamente. Luego le vi correr las cortinas de las tres pequeñas ventanas de vidrio; acto seguido se dirigió hacia la chimenea, donde golpeó el pedernal, encendió un fuego y de nuevo me hizo un gesto para que hablara bajo.
De pronto empezó a hablar, y por primera vez escuché su voz, arcaica y ancestral, sembrada de misteriosos secretos. Me dijo que ya se había fijado en mí varios días antes de que llegara a la ciudad, y que llevaba siguiendo mis pasos desde un prolongado tiempo. Me estremecí ante las palabras del hombre, y le pregunté cómo podía conocerme si nunca nos habíamos visto. Entonces en su boca se dibujó una sonrisa sagaz y pícara, pero por alguna razón esa descollante expresión me produjo un escalofrío imposible de describir con palabras.
Me respondió que ÉL no era como yo, que no era ni humano ni mortal, y que vivía a través de los incontables evos de eternidad. Me contó muchas historias, pasadas, y futuras; y que ÉL reina en este mundo, como ha reinado en muchos otros. Y al oírle hablar durante horas de una manera tan familiar y tan natural en una lengua de otro tiempo, me estremecí y me horroricé al pensar en la naturaleza de sus palabras sardónicas.
Por este mismo motivo, me siguió explicando, que le costaba relacionarse con los mortales y hablarles de cosas que no entenderían, pero que al conocerme a mí y al ver la manera con la cual admiraba lo antiguo y lo ancestral, se dio cuenta de que podría enseñarme a ver más allá del velo de humo ideado por nuestra inteligencia y que no nos deja ver el mundo cómo es realmente.
Entonces mi anfitrión me tomó de la mano y me llevó a una de las ventanas. Mientras, con la otra mano, descorrió las amarillas cortinas de seda y me hizo dirigir la mirada hacia la oscuridad exterior. No vi nada, excepto en la lejanía, una miríada de lucecitas vacilantes que brillaban en una latente procesión. Luego, como en respuesta a un movimiento insidioso en la mano de mi anfitrión, estalló un relámpago que iluminó todo el escenario, y me descubrí mirando sobre un mar de lujuriante vegetación. Frente a mí, observé un centelleo malsano de unas marismas inmensas perladas de inquietas luciérnagas. El resplandor murió, y una sonrisa maligna iluminó el rostro cerúleo del Dios mundano. Me estremecí hasta tal punto que empecé a temblar, y entonces mi anfitrión volvió a hablar -eso fue antes de mis tiempos. Ni un Dios de la Tierra como yo ha caminado por los impíos senderos de Los Otros, y no me aventuraría jamás a desafiarlos. No te avergüences por sentir miedo, incluso yo he llegado a horrorizarme ante los secretos del ignoto vacío exterior, ante el terror cósmico de los espacios infinitos…-
-¿Podría… se atrevería… a ir aún más lejos?- dije atemorizado.
-¿Ir aún más lejos?- siseó ÉL con despreció, ese Dios de la Tierra -¡Lo que yo he contemplado le convertiría a usted en una estatua de piedra! Atrás, muy atrás… y adelante, también hacia delante… ¡Mire, estúpido gallina!-.
Y mientras esas blasfemas palabras me taladraban en mis adentros, vi otra vez ese gesto insidioso y el resplandor aún más cegador en el horizonte.
El horror que contemplé entonces es imposible de describir con palabras humanas. Durante escasos segundos que me parecieron eternos contemplé una escena que siempre atormentará mis sueños. Vi unos cielos que hervían de extraños seres voladores y, debajo, una ciudad negra e infernal de gigantescas terrazas de piedra, obscenas pirámides que se erguían salvajemente hasta la luna, e incontables ventanas de las que manaba una luminosidad demoníaca. Era el Pandemonio del reino de Satanás, donde miles de seres amarillos pululaban en enjambres por unas nauseabundas galerías aéreas.
Y olvidando que debía permanecer en silencio, grité y grité y grité…
Entonces el resplandor se desvaneció, vi que mi anfitrión también temblaba, y que una mirada de miedo lacerante casi borraba de su rostro la deformada expresión de rabia que le habían provocado mis gritos. Se tambaleó a trompicones hacia mí, con una expresión de odio y de malicia que me helaron la sangre -maldito seas… tú… perro escandaloso…!- gritó con una voz impía entre escupitajos de malicia inmortal -¡tú les has llamado…!- y se me tiró encima, desgarrándome la carne del pecho con una garra ponzoñosa de buitre.
Por un momento perdí la noción del espacio y del tiempo y me vi ahogado en un mar de roja muerte. Qué fue lo que pasó por encima mío cuando conseguí abrir la puerta y despeñarme vertiginosamente a través del hueco de las escaleras, nunca lo sabré. Lo que sí sé es que esos gritos infernales de ese ser que imitaba ser un Dios fueron acallados por algo superior a ÉL, por alguna monstruosa entidad que devoró el mal impío de esa quejumbrosa existencia.
El hombre que me encontró, siguiendo el rastro de sangre, me llevó al hospital más cercano, donde me he recuperado de mis heridas. Jamás he vuelto a esa ciudad ciclópea y jamás volveré a hollar en las inescrutables marismas del oscuro pasado...
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bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
Seré sucinto.
Por el momento.
El tema para esta edición es:
DIOSES Y MONSTRUOS
Espero que no me deis mucho por culo pidiendo explicaciones.
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