XII CERTAMEN RELATOS BUBOK.
bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
oniria (desconectado)
Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009
Bueno pues me voy a ocupar yo esta quincena. Era un buen tema, pero creo que es mejor dejárselo y que lo ponga cuando lo desee ;DD
El 4 de noviembre de 1922, Howard Carter encontró la tumba de Tutanjamon. Según cuentan las historias, cuando abrieron un pequeño agujero y miró, los demás le preguntaron: " ¿Qué ve, señor Carter?"
Y él dijo: "Cosas maravillosas..."
Eso quiero ver, compañeros, cosas maravillosas sobre el Antiguo Egipto.
Aclaro:
- Valen historias que suceden en el antiguo Egipto (de la época, en cualquier época, cuarenta siglos os contemplan ;DDD)
- Valen historias de egiptólogos (siempre con ese sabor a aventura... ,D)
- en general, valen todas las historias en las que la presencia del Antiguo Egipto (entendido como tal, pongamos hasta la llegada de los romanos, no me vengáis con historias mamelucas por todo contenido* ;DD) sea básica.
Intuyo que este tema le gustará a Bizarro. Y qué menos, que tenga un tema que le inspire, cuando acaba de ganar ;DD
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Se me olvidaba: el plazo de presentación de relatos terminará el JUEVES 16 DE JULIO A LAS 24:00 HORAS
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Ya, ya, sé que la mayoría lo imaginaba, pero por cumplir ;DD
Suerte a todos ;D
* Insisto, puede ser una historia en cualquier etapa, pero cuya base esté en el "antiguo" Egipto, de los faraones, leñe ;DD
Uno puede contar una historia de dos árabes en Jan el Jalili, en el año 2003 o en el 1878, o en el 3456, pero tiene que ser que su conversación gire en torno a la pieza de oro valiosísima de la tumba de tal faraón (por mí, como si os inventáis el nombre, mientras el relato sea un buen relato), o a la magia egipcia de Tot, de cual (todo por ejemplo), etc... etc.... o sea, de fondo, allá, el mundo de los faraones. Que es lo suyo ;DD.
No es tan difícil, no habéis visto todos Sinuhé el Egipcio? ;DDDD
bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Pirámides y lavabos
(Sí, el relato está ahí)
(¿Qué pasa? Cada uno lo cuelga como quiere)
(Además, no podía hacerlo de otra manera)
(Edito; la descarga directa está aquí)
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--> Soy la Maestra de Ceremonias (Oniria). Para facilitar la lectura del relato de nuestr@ compañer@, he puesto el pdf en:
http://www.rol-en-red.net/adms/Tiamat/bubok/Piramides%20y%20Lavabos.pdf
Así, nos evitamos todos publicidad y esperas para descarga.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
"EGIPTO"
No disponía de mucho tiempo, el viaje no podía durar más de 12días con lo que decidí conocer el alto Egipto, de Luxor hasta Assuán y de allí volar a Abú Simbel, hacer noche y disfrutarlo bien y después volver a El Cairo y reservarle un par de días.
Más tarde hice lo mismo en la de Kefren, este faraón era el hijo de Keops, la cámara funeraria tallada en la roca de esta pirámide nunca fue acabada y en ella se puede observar el revestimiento que llevaban estas pirámides en la cima que se conserva intacto.
Para terminar el día fui a ver los colosos de Menón, que fueron restaurados durante la época romana, dos gigantescas estatuas que es lo único que queda en pie en medio de la nada de lo que dicen pudo haber sido el recinto funerario más grande del antiguo Egipto.
Al día siguiente tocaba el templo de File, otro templo Ptolemaico, dedicado a Isis, situado originariamente en la isla de File, tras la construcción de la presa, la crecida de las aguas inundó el templo,
Quedaba uno de los puntos fuertes del viaje, Abu Simbel, volé desde Assuán y pasé noche en la zona, por la noche el espectáculo de luz y sonido en el templo fue alucinante, aunque lo mejor fue ver amanecer allí y ser el primero en pasar al templo con lo que pude disfrutar de la soledad del lugar, sinceramente maravilloso.
Pero lo que marca a este templo es la faraónica obra de salvamento realizada en la década de los 60. Ante la perspectiva de su desaparición bajo las aguas del lago, se diseñó una operación que desplazó toda la montaña del templo
Pocas cosas hay tan intensas como contemplar la entrada de los primeros rayos del sol en el templo sobre todo si te evitas la masa de turistas que llegan todos en el avión de las 11:00.
Depués empezó la visita a el Cairo, empecé por la ciudadela, espectacular fortificación construida por Saladino, en la época de las cruzadas, desde lo alto se contemplan unas espectaculares vistas de el Cairo y
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Las diez plagas de Egipto.
Al principio, todo el asunto de las plagas resultaba hasta divertido. Ver todas esas ranas saltando de aquí para allá, o a mayores y niños rascándose la cabeza mientras las abuelas los despiojaban... Sí, el sentido del humor de nuestro Señor es peculiar. Lo del río ensangrentado fue un ejemplo de cómo un truco sencillo puede resultar de lo más efectivo. Los egipcios quedaron realmente impresionados. Lo de las moscas fue un fallo de previsión: con tanta sangre en las aguas estaba claro que los bichos proliferarían pero, siendo yo un arcángel, no iba a preocuparme por esas minucias, y Él no había dispuesto nada al respecto. O tal vez sí.
Luego la cosa comenzó a volverse más seria. Para los demás, plenos al cumplir Sus designios bajo mis órdenes, el extender las enfermedades entre caballos, asnos, camellos vacas y ovejas fue una tarea rutinaria y hasta aburrida. Para mí pasó a resultar desagradable. No me gusta el sufrimiento. Ni el humano ni el animal. Él lo sabe, así me hizo. Fui yo el que intercedió por sus hijos y las bestias a las que había condenado, junto con la descendencia de mis hermanos, a perecer bajo las aguas. De nada sirvió. Cuando toma una decisión es inapelable. Hasta tuve que avisar a Noé justo momentos antes del Diluvio. Él es así.
Después de las bestias llegó el momento de marcar a los hombres. Aarón no dudó en tomar la cecina que deposité en el horno para que Moisés la esparciera ante el faraón, causando sarpullidos, y después úlceras, entre los presentes. Entonces volví a llorar. Porque leí en los ojos del regente que no cedería, que no podía ceder. Y aunque aún no lo sabía, conociendo a mi Señor, intuía que los castigos comenzarían a ser definitivos si no dejaba ir libremente a su pueblo. De todos modos mantenía la esperanza de que fuera suficiente con el valor de la amenaza por venir y no fuese necesaria su ejecución. Iluso de mí.
Ángel del temblor y del trueno me llamaban. Me fue devuelta mi espada de fuego, y con ella lo hice llover mezclado con granizo. Mucho se perdió aquel día. Ha vuelto el arcángel del temor decían en voz baja. Hasta los elegidos sintieron el miedo hurgando en sus corazones. Porque nada hay más gozoso para nosotros que ejecutar la Ira de Dios en la tierra. Ni nada más terrible. Después trajimos millones y millones de langostas. Lo arrasaron todo. Pero el faraón seguía sin dejarlos marchar. Así que, pensé, ¿qué puede haber más desesperanzador para los adoradores del sol que verlo sucumbir entre sombras durante tres jornadas? De nuevo me confundí.
El final estaba cerca. Así lo entendí cuando por fin se me ordenó levantar la capa de tinieblas. Miles de ángeles serían enviados a una última misión que solamente Él y los siete que estamos ante Su Trono conocíamos. No hubo lugar para la duda. La llama de Dios sería quien los comandara y ejecutara la plaga final. Fui admirado por mis pares y debí sentirme honrado por dirigir el ejército celestial, para Su mayor gloria. Solamente pude aceptar. Aceptar y recordar cada una de las paladas necesarias para dar sepultura al primogénito del hombre y al primogénito de Iahvé. Llore por última vez. Enviaron instrucciones a Moisés. No me fui.
Quedamos a solas. Él no mostraba piedad, así que le ofrecí la mía. Imploré, pedí perdón por mis pecados: por no haber guardado bien el Árbol, por haber guiado a Satán sin querer hasta la Tierra al alumbrarla con mis ojos, por no haber vigilado a mis hermanos debidamente. No cedió. Él nunca cede. Sin embargo habló: “Tú eres mi faz, Uriel, el más poderoso de mis alientos. Y solamente tú puedes cumplir lo que ha de ser cumplido”. Entonces le solicité dos cosas: realizar la tarea en solitario y que me despojara del lastre de la piedad para ejecutarla raudo. Así lo hizo. Kemet amaneció sin primogénitos. Yo los destruí.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL CANARIO DE HOWARD CARTER (o La montaña fue a Mahoma)
Cuánto no habría dado por estar presente el día que Howar Carter descubrió en el Valle de los Reyes la tumba de Tutankamon. Habría vendido su alma al diablo por estar allí. Ha pasado prácticamente un siglo desde el acontecimiento que cambió la historia de la arqueología y él, recién acabada la carrera, ni siquiera tiene dinero para comprar un billete con el que viajar a Egipto. Uno de sus consuelos consiste en ver documentales de la National Geographic en casa y en leer novelas que tienen como escenario los años del Antiguo Imperio. Cuando llega el verano, y hace ese calor tan insoportable que le impide dormir a pierna suelta como acostumbra, sube a la terraza del edificio y respira el aire ardiente que llega directo de los desiertos de África. Cierra los ojos y cree notar en ese aroma que fluye del polvo y de la arena el olor más profundo de los siglos, imponiéndose hasta hacerle perder la conciencia del lugar en el que se halla y creerse en cambio rodeado de dunas en constante movimiento. Al recobrar el sentido, ha tenido que sacudirse muchas veces los granos de arena finísima prendidos a su ropa, y escupir hasta que el último de ellos se le ha desasido de entre los dientes. Lo ha explicado alguna vez a su novia, porque ha pensado que era una experiencia extraña, cuando menos curiosa; pero su novia le responde siempre que eso son tontunas de quien padece nostalgia hacia un lugar en el que nunca ha estado y en el que es muy posible que jamás esté.
Ahora tiene miedo. Se le ha agarrado a la boca del estómago, como un parásito, y no le suelta. Adelgaza, ha perdido el apetito, le resulta imposible subir las escaleras, no sale. Su novia viene a visitarlo todos los días y comienza a tener miedo también. Le pregunta qué le ocurre, pero no se ve con fuerzas para explicárselo. Teme que le diga que son no solo tontunas, sino chifladuras de loco, y él no está loco; no, no lo está. Tiene presente aún la tormenta. Aquella noche en que el viento arrancó árboles, derribó carteles publicitarios, hizo volar techos de polideportivos, provocó accidentes… No cayó, sin embargo, gota de agua alguna. Una tormenta seca, la llamaron en las noticias. El calor, al día siguiente, fue más intenso si cabe. Rogó a su novia que se quedase más tiempo a su lado, ya anochecido, pero ella tenía que levantarse temprano para acudir al trabajo, así que subió a la terraza de nuevo y se encontró con que la tormenta había arrastrado más arena que nunca. Lo extraño es que la arena solo había caído en la terraza, ni un grano en las calles, ni una mota en las guías de las ventanas o por entre los intersticios de las puertas. Era una arena fina y blanca que, a lo largo y ancho de setenta metros cuadrados, se había depositado mansamente sobre terreno más duro, hasta conformar un pequeño desierto para él solo.
Bajó en busca del maletín con sus pertrechos para el trabajo de campo y se delimitó una zona en la que empezar a excavar. La primera noche no tuvo éxito. La segunda halló, atónito, un escarabeo tallado en amatista. Lo sostuvo en su mano horas, indeciso si guardarlo o no en su bolsa de cuero, consciente de que su decisión podía cambiarle definitivamente la vida. Estaba siendo protagonista de su propia aventura. Se trataba de un amuleto de vida y poder, la pieza acaso de un yacimiento funerario mayor. Nadie iba a reclamárselo. Lo metió finalmente en la bolsa. Pasaron varias noches sin que encontrara nada nuevo. Le obsesionó la idea de que el escarabeo fuese falso, una broma de mal gusto. Al cabo, dio con una mastaba justo cuando estaba a punto de confesarle a su novia en qué ocupaba sus noches, y dar de este modo una justificación a su escaso apetito alimenticio y sexual. El túmulo se hallaba a un palmo de la superficie y el pozo se hundía prácticamente en vertical. Era una tumba. Todo arqueólogo, aunque su experiencia se limite a unas pocas prácticas entre ruinas romanas y su base teórica más firme sean los innumerables libros que se ha visto obligado a leer durante sus estudios, conoce de sobras que la profanación de un habitáculo funerario egipcio implica unas consecuencias imprevisibles. Bien lo supo el mismo Howard Carter, cuyo canario murió devorado por una cobra el mismo día en que descubrió la tumba de Tutankamon.
Se lo pensó mucho antes de dar el primer paso. Pero lo dio. Y enseguida estuvo en la sala de ofrendas, donde halló una estela con el nombre y títulos del difunto. Intentó descifrar algunos de los símbolos. Los nervios no le dejaban pensar y optó por admirar las estatuillas y las joyas almacenadas sobre lo que debió ser una mesa, pero que ahora era un amasijo de astillas quebradizas. Las manos le temblaban al coger una figura especialmente bella, con la que su artífice parecía haber querido representar a una mujer transportando un objeto, labrada en lapislázuli, y que dejó en su sitio al advertir que un aire gélido salía de un hueco abierto al otro lado de la sala, entrada a la cámara donde debía hallarse el sarcófago del difunto. Se acercó a ella muy despacio, enfocando con el haz de luz de su linterna el mayor espacio posible por miedo a tropezar o a darse un golpe en la cabeza, o para deslumbrar a un oponente en el caso de que alguien hubiera urdido aquella farsa solo para humillarle. Nada malo ocurrió, sin embargo. Se topó en cambio con un sarcófago de pequeñas dimensiones, las medidas de un niño tal vez o de alguien muy menudo; y con el cuerpo dolorido de la emoción, sudoroso y sin apenas fuerzas, se dispuso a abrirlo pese a los resultados funestos que aquel acto podía acarrearle. Lo que vio en el interior de aquella caja no quiere recordarlo…
Tiene miedo, un miedo atroz por lo que pueda ocurrir. No come apenas, no duerme, no tiene contacto con nadie salvo con su novia. Ella quiere saber. También tiene miedo. Pero su capacidad de resistencia posee un límite. Cualquier día de estos le espetará que se deje de tontunas. Y, si él no reacciona, la perderá sin que pueda hacer nada por evitarlo; aliviado en el fondo porque no sea algo peor: una muerte súbita, una cobra que te devora lentamente y te tritura después, un accidente de tráfico camino de la pizzería.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El museo
La semana pasada leí en la prensa una noticia bastante curiosa: “Detienen a un caco en el Museo Egipcio”, rezaba el titular. El susodicho no incitaba a nada del otro mundo, pues a lo largo de la historia en varios museos del mundo se han producido robos. Pero como quiera que mi mejor amigo trabaja ahí de controlador de accesos, me detuve en la lectura de la información, para cotillear un poco sobre lo que sucede en su lugar de trabajo y así ya tener tema de conversación con él.
¿Y qué decía la noticia? Bien, hablaba de un hombre mayor, de setenta años de edad, que había sido detenido dos noches antes en el citado museo tras haber sido pillado con las manos en la masa por los vigilantes de seguridad. Para sorpresa de la policía, guardaba en su casa gran cantidad de objetos relacionados con el mundo del antiguo Egipto –se cree que robados-, lo que significa que este ladrón se ha pasado la vida dedicando parte de su tiempo a la egiptología, si tenemos en cuenta también que se encontraron en una habitación que hace de despacho cientos de folios –al parecer, escritos por él- en donde existe información sobre un estudio peculiar, consistente en la intención de averiguar lo que quieren decir unos jeroglíficos encontrados hace muchos años en el interior de una pirámide sita en el país del Nilo.
Aquellos folios encontrados entre todos aquellos objetos –a saber: figuras de escarabajos y cucarachas, de gato, pirámides a escala, vasos de alabastro, amuletos y hasta fragmentos de estatuas- y que tratan de encontrar una explicación a lo que aquellos jeroglíficos significan, vienen a decir que éstos revelan un hallazgo estrambótico: que bebiendo agua del río Nilo puede uno alcanzar la vida eterna. Al parecer, lo que le falta por descubrir al extravagante ladrón es en que parte del río se encuentra esa agua milagrosa.
En cuanto esto ha trascendido a la opinión pública, en la ciudad no se ha hablado de otra cosa. La mayoría de la gente cree que este ladrón está loco, pero hay quienes no piensan así, sino que dicen que todo lo relacionado con la egiptología tiene algo de misterio sin resolver.
Pero el debate ha durado poco tiempo, muy poco. ¿Por qué? Porque la gente enseguida saca conclusiones precipitadas, aunque a veces acierten. Yo no sé si en esta ocasión la mayoría de la sociedad habrá acertado o no, pero lo que está claro es que su opinión ha ejercido un rol muy influyente en la decisión de los responsables de la investigación del caso.
Se preguntará usted, querido lector, cuál es esa decisión. Pues bien, yo me enteré de la siguiente manera, esta misma mañana, al llamar por teléfono a mi amigo, que se encontraba en su puesto de trabajo, que es el lugar –como ya se ha señalado- en el cual aconteció el robo que ha dado lugar al revuelo de la rutinaria vida de esta ciudad:
- Museo Egipcio, dígame – ha dicho mi amigo al descolgar el aparato.
- Buenas, soy yo.
- ¡Hombre, ¿qué pasa?! –me ha reconocido al instante, para decir, sin dejarme interrumpirle:
- Hay novedades…, sobre el tío ese.
Sin duda alguna el tío ese era el caco. Ya sabía mi mejor amigo que le llamaba para preguntarle si estaba enterado de algún avance en la investigación.
- ¿Sí? Cuenta, cuenta… -le he pedido, expectante.
- Pues mira, le han ingresado en el manicomio.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El seductor del mundo
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
LA CASA DE LOS MUERTOS
Dahshur, en el Reino de Kemet, bajo el imperio de Snefru, primer faraón de la IV dinastía.
Me llamo Nhaket y trabajo como embalsamador en la Casa de los Muertos, en el Templo del Valle del Faraón, vinculado a la Pirámide romboidal, al norte de Saqqara. Cómo llegué hasta aquí y por que debo partir pronto es una larga historia que tiene relación con mi mala cabeza y la poca suerte que siempre me ha acompañado.
No puedo quejarme, ya que fui yo quien decidió trabajar en esta casa a la que solo se acude cuando estás muerto. Yo sigo viviendo y creí que morar entre los difuntos era mejor que hacerlo entre los vivos. Ahora pienso que era mi destino.
Por amargo que este sea, aquí encontré la paz que siempre me negó la vida. Me acostumbré pronto al silencio, los muertos no protestan nunca y también a la soledad. Los vivos que alguna vez se cruzan en mi camino, se apartan de mí como de un fantasma, tal es la palidez de mi piel y el hedor a cadáver que despido. Mis pupilas se dilatan espantosamente con la luz del sol, acostumbradas como están a la semioscuridad de la Casa de los Muertos. Pero sobre todo mi cuerpo y mi cara han perdido la forma y son un amasijo de arrugas y pliegues desagradables, producidos por un incendio cuando era un joven agraciado y con futuro.
Esta es mi última noche. Mañana moriré. Pero no me importa. Así como Osiris, en su diario discurrir, se ve dominado por las tinieblas para resurgir triunfante, mi alma también sobrevivirá después de mi muerte, ya que todo lo que logré reunir con el esfuerzo de mi trabajo lo he empleado en pagar mi tumba y la ceremonia de mi embalsamamiento. Nunca creí que mi viaje se iniciara tan pronto. Tampoco pensé en las consecuencias de mis actos.
Ella llegó a la Casa de los Muertos hace apenas noventa días. Era joven, solo una niña y además muy hermosa; había muerto súbitamente, decían que de una enfermedad terrible. Cuando me la entregaron lavé su cuerpo con sumo cuidado, casi con reverencia. Pasé mis manos suavemente por cada uno de sus miembros, por sus diminutos senos y por la delicada tez de sus mejillas. Tumbada allí en la fría losa de mármol, pálida y quieta, más parecía dormida que muerta. Hice las incisiones lo más pequeñas que pude, para no estropear la perfección de su cuerpo y deposité en un vaso canope el hígado, en otro los pulmones, en el tercero el estómago y en el cuarto el intestino, como es la costumbre. Dejé el pequeño corazón que descansara en su sitio y con el gancho destinado a ello, a través de la nariz, saqué su cerebro.
La contemplé de nuevo, su cuerpo vacío ya de sus órganos corruptibles: seguía siendo muy hermosa; con sumo cuidado lo sumergí en natrón, para desecar su suave piel. Y por último, de nuevo sobre la losa, lo cubrí de resinas, aceites y especias, para que sus tejidos recobraran la elasticidad. Recé a Anubis, el dios con cabeza de chacal, que vigilaba el embalsamamiento, para que acompañara el alma de la mujer por la vía de la ultratumba.
Antes de que el cuerpo fuera transportado en el barco ceremonial hasta el mundo de los muertos, quise abrazarlo. Nadie se acercaba nunca a mí, por el contrario, todos huían al verme. Debido a los masajes de mis manos, al untarla con los aceites y resinas, su piel se veía sonrosada y aún estaba cálida al tacto: parecía viva. Ella no se apartaba al recibir mis caricias como solían hacer las mujerzuelas de la calle, cuando solicitaba sus servicios. No sé bien como pasó, pero la poseí; con furia, con miedo, con vergüenza, no pude controlar mi deseo. Y ella siguió allí, con aquella faz serena y la sonrisa que yo mismo dibujé en su boca. No salió huyendo. No se rió de mí. Y ya no supe lo que hacía. Perdí el control.
Fue por eso que la guardé para mí. La oculté lejos de la vista de los demás embalsamadores profesionales que trabajaban conmigo en la Casa de los Muertos. Sólo deseaba poder contemplar su hermoso cuerpo, disfrutar de la suavidad de su piel y saber que no me rechazaría nunca. Yo me sentía más feliz de lo que jamás había sido. Nadie reclamó sus cenizas y no supe siquiera cual fue su nombre, así que yo la llamé Nut, “el cielo estrellado”. Pronto pude darme cuenta de que su tacto era ya frío y su hermoso tono sonrosado se iba transformando en azulado. Yo estaba loco y nada me importaba, porque sabía que ella estaría conmigo mientras yo quisiera.
Hasta que, hace tres días, alguien la encontró, no sé cómo, pues yo la había escondido muy bien en uno de los muchos recovecos de esta gran casa y vinieron a por mí y me encerraron aquí, en esta celda donde me encuentro. Me han condenado a morir. No me importa, yo ya estoy muerto. Solo me preocupa saber donde estará ahora. Quiero que su dulce cuerpo duerma el sueño eterno junto al mío, puesto que tengo una tumba en la que podremos reposar y el derecho a sobrevivir que antes era sólo privilegio de los faraones.
Por toda la eternidad contemplaremos la pálida luz de la luna iluminando la magnífica imagen de la Pirámide Encorvada y la Roja en medio del valle. Yo y ella, mi Nut, que sabe cual es la verdadera razón que ha guiado mis actos.
“El tiempo lo desafía todo, pero las Pirámides desafían al tiempo”
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL-RO-HILLO
Trigésimo primer día de la crecida del Ni-lo que inundó el templo de O-titis, diosa del olfato y el tacto, pitonisa, sibila y comunicante oficial entre dioses y humanoides en aquellos Egiptos de los años sesenta a.c. (que creo que significa con aire acondicionado) Habíalos dos, por lo menos; el alto Egipto, que según algunos jeroglíficos descifrados por el gran Avon Savín al-cahá, llegó a medir hasta los tres metros treinta centímetros. El otro, el desdichado, lleno de diosas y dioses menores (los mayores nunca hubieren cabido en un Egipto tan bajo), según el egiptólogo más afamado de aquellos años, consiguió medir muy estirado, hasta los cuarenta y tres centímetros.
Decía que era el trigésimo…, como ya apunté y, yo, único entre los únicos (pueblo de ascendencia divina, que no eunucos, que eran otros y además mariconcetes) que había recibido de la mismísima divinidad todos los favores que un humanoide podría jamás disfrutar, me encontraba entre bambalinas en el templo del gran Ra-món A,
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure a través de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure a través de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure a través de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
(Vaya por dios, he entrado involuntariamente en bucle, tendré que salir a lo dromedario)
¡¡¡Dios de los únicos!!!
¡¡¡Dios de los eunucos!!!
(es que si le unimos el apellido al nombre, este dios puede ser diosa, por eso creó los eunucos. ¡Bueno…, no los creó, pero nos dio la idea de cortarles los cataplines a los esclavos para que nuestras mujeres no comparasen y nos saliesen juguetonas, cuando nosotros caminábamos descalzos por las arenas del gran calderá (desierto en unicio, idioma de los únicos)), dándole gracias por el favor recibido de su representante en la tierra de los Fara-hones (más que representante, con contrato de franquicia vitalicia para ambos Egiptos, que se dice pronto).
Bueno pues el franquiciado, nada más ni nada menos que Tú-Tan-ha-món (lo de món es por lo de Ra-món… ¿Captas?) me había encargado en la susodicha fecha que le leyese las estrellas, hablase con el gran Ra-món A
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure a través de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
(aquí eclipto el bucle de una maldita vez)
¡¡¡Dios de los únicos!!!
¡¡¡Dios de los eunucos!!!
para que le indicasen en qué lugar debía construir su pirámide funeraria.
Y yo me pregunto. Y lo hago preguntándome a mí mismo porque, al ser el Zumo Cerdote (y no te lo tomes a cachondeo que te puede costar un disgusto), soy el que más sabe, ya que el gran Ra-món A
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure a través de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
(de nuevo ecliptando el jodido bucle)
¡¡¡Dios de los únicos!!!
¡¡¡Dios de los eunucos!!!
me había concedido dicho don, por eso mi nombre era el gran Zumo Cerdote Don Sab-el othó.
Pues yo me andaba preguntándome, ¿para qué todo un Fara-Hon, como Tú-Tan-ha-món, décimo tercer descendiente de la dinastía de Ha-món-es-ha-bugó, se preocupaba a las trescientas veinte y dos lunas de su venida a los Egiptos, de su muerte? Yo, el gran baticinador, el Zumo entre los Zumos ni le había echado el “mal del aspid” ni había previsto golpe de estado alguno, ya que tenía al noventa y ocho por ciento de la población egiptoide trabajando en el ensanche del Ni-lo para que en el futuro, los que vinieren, pudieren hacer más fácilmente el canal de Suez (que aún ni se había fundado, pero yo era el gran Don Sab-el-othó y lo sabía idem)
Por no meterme en conjeturas divinas y mucho menos ni molestar con pequeñeces al gran Ra-món A
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure a través de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
(me vais a perdonar pero cada vez que lo nombro me buclo y si me buclo no avanzo, tengo que eclipsarme… ¿Qué no sabes qué es eclipsarse?
¡¡¡Que no sabe lo ques eclipsarse!!! ¡¡¡La madre que me parió!!! Pero… ¿de donde salen estos lectores tan incurtos Gran Ra-món A?
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure por encima de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
(otra vez la hemos jod… pues si el lector me va a tocar las cimitarras, apaga y vámonos. ¡Anda que…!) Y ahora dos veces el estribillo, tiene narices esto de ser Zumo Cerdote
¡¡¡Dios de los únicos!!!
¡¡¡Dios de los eunucos!!!
¡¡¡Dios de los únicos!!!
¡¡¡Dios de los eunucos!!!
¡Que os den, yo a narrar, que es lo mío. Y todo lo anterior me lo preguntaba tumbado por la noche a la fresca, sobre el mullido césped de la orilla del Ni-lo, dejando que mis pies se sumergiesen en las suaves y ondulas aguas del gran río de la vida.
Me quedé transpuesto, que no dormido, porque cuando medito cierro los ojos y a veces hasta levito y conecto directamente con el Gran… ¡Ja, ja! Esta vez no caigo con ese que ya sabes, el dios de los eunucos y mío también, claro.
Amanecía. Al abrir los ojos amanecía al otro lado del Ni-lo. Y amanecía, que no es poco (esto me suena de algo; será alguno de los miles de oráculos que recibía a diario (como los spams de internet, pero admira chaval, que para avances los egipcios; claro, con dioses como el Gran Ra-món A
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure por encima de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
(eclipsado el bucle. ¿Caeré muchas veces más, tonto baba?)
¡¡¡Dios de los únicos!!!
¡¡¡Dios de los eunucos!!!
Pues, en amaneciendo, saqué mis pies del Ni-lo y…
¡¡¡Oh, gran Ra-món A!!!
¡¡¡Oh, gran divinidad!!!
¡¡¡Oh, dios entre los dioses!!!
¡¡¡Ah, que tu nombre perdure por encima de los tiempos!!!
¡¡¡Ah, creador del sílice y de la vida!!!
¡¡¡Oh, grandísimo Ra-món A!!!
(eclipsando que es gerundio. Pero esta vez es que mi sorpresa fue tan grande que tenía que nombrarlo, palabrita del niño Jo-sú, el hijo secreto de ese de antes)
¡¡¡Dios de los únicos!!!
¡¡¡Dios de los eunucos!!!
¡Mis pies eran de color rojo! Rojo como la sangre de toro de Iberia, que aún no había sido descubierta pero toros ya los había. Me comprobé los deditos. Hasta diez me llegué a contar. Me faltaba uno, error de nacimiento, pero me lo corté en un día loco de ofrecimientos por el Fara-Hon. Mis manos, húmedas por mis mojados pies, también se tiñeron de rojo. Miré las aguas del río y, al ver todo el río de la vida teñido de aquel intenso color, caí desmayado, cuan largo era en la mismísima orilla del Ni-lo. Cuando desperté, no ya mis pies, todo mi cuerpo y mi túnica sacerdotal eran rojos como las amapolas.
Desde entonces fui llamado el Gran Zumo Cerdote El-Ro-hillo.
Cuatrocientas lunas mas tarde, aún sigo investigando por qué el Ni-lo se tiñó de rojo. Algunos hablan de los israelitas, pero yo no lo creo… pobres esclavos… En fin
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La hija de Bastet
El día comienza a orillas del Nilo y Ra baña con su luz la tierra, Ptah bendice a los trabajadores y las madres entregan ofrendas en el Templo de Isis.
Todo transcurre como siempre ha sido y será.
Para todos... menos para mí.
Mi nombre es Sanae, sacerdotisa de Bastet y vidente. Mi don me trajo mi liberación y mi condena. Mi vida es un sacrificio como lo será mi muerte.
Yo no soy importante. No soy… era más que una esclava, comprada por un rico mercader como juguete para su hija, Kiya, una niña caprichosa que siempre me odió. Odio que hubiera crecido cuando fui nombrada sacerdotisa del Templo de Bastet, ella nunca lo vio. Fue una condena como otra cualquiera, aunque para muchos fuera el mayor honor que una mujer egipcia podía recibir.
La vida nunca me fue fácil, las humillaciones, de las cuales jamás relataré nada, fueron continuas. Aquella niña disfrutaba martirizándome, aunque aquel calvario terminó pronto, Kiya murió joven. De alguna forma fue su odio hacia mí el que la mató y, ¡oh, cruel destino! yo le debía la vida. Su muerte no habría sido suya si no me hubiera odiado.
El muchacho que vino a matarme era apuesto y Kiya lo vio. Cuando le preguntó por Sanae, dijo que ella era la joven a la que buscaba. Le cortó la garganta, sin más. Kiya yacía de costado, con la mirada perdida y la sangre escapando aún de su garganta cuando la encontré.
Días después, comencé a tener sueños. Tenía nueve años y no entendía lo que era un don. Para mí era un castigo por no haberla salvado y se lo confesé a una criada. Soñé que un cocodrilo mataba al faraón y pronto todo Egipto lo supo, aunque nadie me creyó.
Hasta que un día sucedió.
Los guardias de palacio vinieron a buscarme y todo el mundo supo lo que había estado a punto de ocurrir.
El faraón me interrogó sobre mi sueño. Yo le conté lo que había visto y él me narró lo que le había sucedido. Jugando en los jardines con su hijo primogénito, un cocodrilo que había alcanzado los estanques de palacio lo atacó. Se enfrentó al animal y, al recordar el sueño de una esclava, decidió buscar ayuda. Tres hombres murieron entre las fauces del reptil. Gracias a mí, él no fue uno de ellos.
Me compró a mi señor y me tuvo a su lado como vidente. Pero no tardó en aburrirse de mis sueños. Habló con los sacerdotes de Ra y éstos decidieron que debía servir el resto de mi vida a los dioses. Me llevaron al Templo de Bastet y me nombraron sacerdotisa y vidente de la diosa gata.
Un gran honor, dijeron muchos.
Un alivio, pensé yo.
Años después de aquello, aquí me hallo, sentada en una fría sala del Templo, iluminada por la triste luz de una lámpara de aceite, sola, tratando de plasmar mi amargura en palabras que escapan de mi mente sin lograr ser articuladas por mi lengua, sólo mi pluma logra recogerlas en este trozo de papiro.
Mi muerte está cerca. Conozco el lugar y el momento, sólo desconozco la forma. Ser vidente me salvó de la condena de la esclavitud, pero me dejó saber algo que muchos desean; porque no lo saben ni sabrán jamás.
Es horrible vivir un segundo sabiendo que tu muerte se acerca. Que tu alma abandonará tu cuerpo escapando al lugar al que ka marcha a descansar en paz o a perderse en los tiempos si la pluma de Maat pesa más que tu alma. La duda sobre si tu vida ha sido lo que debía ser o no…
Mis días bajo la luz han tocado a su fin. Ahora me encuentro frente a la puerta que me separa de la multitud. Todos esperan mi salida. No me atemoriza morir, mi único miedo es no haber hecho lo que se esperaba de mí. No haber sido quien debía ser y terminar devorada por Ammyt en el Lago de Fuego.
Abandono la estancia vestida con mis mejores galas: un vestido de gasa blanco que deja ver mi cuerpo semidesnudo, las joyas que las gentes han regalado al Templo lucen sobre mis hombros, cuello, brazos y cabeza. Un tocado de cuentas y plumas de buitre enmarcan mi rostro. El sonido de las piedras de mi corona es mi compañía cuando cruzo la sala principal del templo y al abandonar la oscuridad me encuentro con la cálida brisa del último día que verán mis pupilas.
No hace calor, pero sé que alguien suda entre el público.
Por lo que va a hacer, por lo que me va a hacer.
Levanto los brazos y la multitud me aclama. Me adoran como si fuera la encarnación de Bastet en la Tierra, como si una diosa los mirara al yo posar mis ojos en su persona y todos bajan su mirada.
Todos menos uno.
Me acerco a ellos para bendecirlos con mi presencia, tratan de arrimarse a mí y tocarme.
Sin importarme lo que me espera, me aproximo a mi asesino, que me mira atemorizado con lágrimas en sus ojos, me sorprende. Veo en sus verdes pupilas que desearía poder esconderse y no levantar su mano contra mí.
No lo entiendo.
Bajo los párpados y lo veo con claridad.
Su hijo caerá si no me da muerte.
Abro los ojos y me encuentro con su mirada.
-He visto tu futuro –le digo ignorando el resto de miradas suplicantes para que vea también el suyo.
-¿Y no salís huyendo? –se averguenza.
-Ambos nos reuniremos en la siguiente sala pronto –le digo consciente de que la multitud lo matará antes de que logre guardar su arma manchada con mi sangre –Pero tu hijo vivirá y será un hombre de provecho. No te guardará rencor, porque él es como yo –me mira y asiente, su hijo también ve cosas que otros no ven.
Le sonrío esperando aliviar su dolor.
Levanta su mano.
Un destello es robado a los rayos de Ra.
La hoja corta el aire.
La vida se me escapa.
Escucho el rugido de la multitud, lejano, la luz desaparece, el calor abandona mi cuerpo y los rostros se difuminan. No siento la sangre resbalar sobre mi pecho…
…mis ojos ven luz. Una luz cegadora que se torna repentina oscuridad. No estoy en el mundo de la vida, no recogen aire mis pulmones pero siento que sigo respirando.
Vuelo en un frenético viaje entre los mundos y veo a Osiris y la balanza en la que se pesará mi alma, a su lado, Toth con la pluma de Maat en sus manos.
Llego ante ellos y me arrodillo aguardando mi destino.
La pluma es colocada sobre la balanza y mi corazón en el plato libre. La balanza se mueve ligeramente, mecida por una tenue brisa, hasta que se queda inmóvil paralela al suelo.
Mi alma no pesa más que la pluma.
Osiris asiente y mi ka es transportado a otro lugar, veo el Lago de Fuego y la horrible criatura que hubiera devorado mi alma de no haber pasado la prueba bajo mis pies.
Estoy cansada y cierro los ojos.
No hay sonidos, no tengo oídos;
No respiro, no tengo pulmones;
Aún sin ellos, escucho a Osiris, siento la calidez del aire en mis pulmones y mis ojos lloran ante la belleza de la luz que me envuelve.
Me alejo, me pierdo en algún lugar desconocido y sé que Ra no volverá a bañarme con sus rayos. Ahora soy una servidora más de Osiris en el Reino de los Muertos.
La sacerdotisa vidente de Bastet es ahora una sombra que se recordará durante generaciones a orillas del Nilo.
Mi vida fue un sacrificio como lo ha sido mi muerte.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
~EL DESPERTAR DE DUATHOTEP~
Mensaje procesado. Modelo del interceptor: L.E.K.T.O.R 2056 Módulo traductor utilizado: SONY TG600 modelo SIGMA
Quién iba a imaginar que un humano acabaría estrellando su nave, desesperado, contra una edificación histórica de valor incalculable en su propio planeta, en esa curiosa región que ellos llaman “Egipto”. Quién iba a imaginar que nuestro KGF8#675 acabado de salir del taller quedaría tan atrás en la persecución, y finalmente caería de forma miserable en el aparatoso boquete creado por nuestra presa, viéndose arrastrado por la inercia.
Precipitándonos sin control precedidos por la nave enemiga, caímos durante tanto tiempo que me sentí confuso. Nos constaba que las pirámides eran altas, pero no que fuera normal encontrar profundos pasadizos subterráneos bajo ellas. El primitivo pero enorme mastodonte de los humanos atravesaba capa a capa de piedra sin apenas inmutarse, convertido en un amasijo de hierro candente cual meteorito, y nuestra nave no tardó en colisionar con su parte trasera, potenciando aún más la fuerza taladradora.
Los humanos son algo sorprendente. Nunca hubiera apostado por su supervivencia tras semejante impacto de la nave destrozada, pero de alguna u otra manera consiguieron salvarse los suficientes como para causar problemas. Apenas unos segundos tras el choque, tanto nosotros como ellos salimos lo más deprisa que pudimos al exterior de nuestros vehículos completamente inutilizados, empuñando nuestros rifles de combate. Libramos una guerra a pequeña escala allí mismo, sin apenas percatarnos del asombroso panorama que se mostraba a nuestro alrededor más allá del profundo manto de oscuridad, ignorado por nuestros visores térmicos y linternas. Sin duda era la sala más enorme y espaciosa que estos tres ojos hayan visto jamás, en ninguno de los numerosos planetas que mi especie ha colonizado. El boquete en el techo, situado (siempre según los cálculos de mi visor de combate), a 1,3 kilómetros de distancia del suelo, no emitía un solo rayo de luz, y en cuanto a las cuatro paredes a nuestro alrededor, la más lejana estaba situada a casi 3 kilómetros. De hecho, intenté atisbarla en modo visión nocturna y lo único que percibí fue un muro borroso.
La guerrilla se encrudecía a cada segundo que pasaba, y las bajas en ambos bandos se contaban por decenas. Los ánimos empezaban a decaer, pues por una parte los humanos sabían que, aunque ganaran, acabarían pudriéndose en este solitario agujero sin posibilidad alguna de escape; sus rudimentarios sistemas de comunicaciones nunca podrían atravesar los varios kilómetros de roca y arena que nos separaban del exterior. Por otra parte, yo era consciente de que no debíamos llamar a nuestros compañeros para que acudieran en nuestra ayuda, pues yo y mi equipamiento de combate éramos demasiado poco como para que valiera la pena.
Se sucedió una tregua espontánea cuando apenas quedábamos media docena de soldados en cada bando, y entonces fue cuando sucedió lo “imposible”.
Bloques de roca se levantaron por toda la sala, miles de bloques y muros formando todo tipo de edificaciones en cuestión de milésimas de segundo. Era una locura. Una muralla surgió del suelo a pocos metros de nuestra posición, un enorme edificio se alzó bajo la nave humana y la volcó como si nada, multitud de lo que parecían viviendas surgía con parsimonia de la enorme extensión de suelo a nuestro alrededor, una a una, en sucesión. Me sentí como un juguete, víctima de una nueva Creación a baja escala perpetrada por un dios caprichoso.
Olvidando por un momento nuestro enfrentamiento, todos los allí presentes nos quedamos petrificados, impresionados por todo lo que se había erguido a nuestro alrededor en un momento. Anteriormente pensaba que los humanos estarían al corriente de este tipo de acontecimientos y lugares, pero al ver su reacción comprendí que la falta de información de los míos no se debía a error o fuga alguna en nuestra base de datos, registro perfecto de un meticuloso y prolongado estudio del pequeño planeta Tierra iniciado casi dos mil años atrás.
El silenció duró aproximadamente cincuenta segundos, cincuenta segundos de angustiosa soledad entre tinieblas. Más que una ciudad neonata, aquello parecía un escalofriante pueblo fantasma surgido de lo más profundo de las entrañas del misterio. Tuve el acierto de analizar con mi visor aquellas estructuras, y grande fue mi sorpresa al comprobar que sus materiales eran de origen completamente desconocido, datando el conjunto de unos seis mil años de antigüedad. (Adjunto a mi mensaje el archivo original encriptado con los detalles de la estructura.)
Entonces aparecieron ellos, súbitamente, todos a una. Escalofriantemente sincronizados, aquellos extraños seres hicieron acto de presencia por miles, quizá millones, saliendo en filas de cada una de las cuadradas y uniformes edificaciones que hasta hacía un momento ni siquiera estaban ahí. Eran en cierto modo similares a la especie humana en forma, pero sus movimientos eran más propios de mis cyborgs de combate. Todo su cuerpo estaba cubierto de piedra grisácea, no tenían rostro y su tamaño era ligeramente superior al de los hombres. Hieráticos y solemnes, se dirigieron en masa hacia todos nosotros. Guardando una distancia de varios metros, se colocaron en formación quedando posteriormente inmóviles, como esperando la orden de un superior antes de aniquilarnos a los pocos desgraciados que allí habíamos, arrinconados contra la muralla que a tan poca distancia de los míos se alzó hacía apenas unos minutos. La escena era irreal: un ejército de miles de criaturas pétreas contra apenas una veintena de soldados entre humanos, mi ejército robótico y yo mismo.
De pronto, sin saber de dónde, salieron... Ellos. Era un grupo reducido de lo que a primera vista parecían humanos, pero tenían algo que escapaba a toda comprensión. Su... aura, por llamarlo de alguna manera. El ejército de pétreos abrió paso de forma perfectamente sincronizada a aquellos pocos individuos que bien podrían haber sido considerados Dioses. Su cuerpo era el de un hombre, sus ropas, propias del antiguo Egipto; sus caras... ¡sus caras!
Mi testimonio, el cual envío en archivo de vídeo adjunto a este mensaje (de otra forma, ni mis hermanos serían capaces de creerme) hará cambiar de forma radical la concepción de la historia humana que tenemos actualmente. La cara de aquellos seres no era la de un hombre, sino la de una esfinge. Y era (los análisis de mi visor pueden corroborarlo) de carne y hueso. Real. Ellos eran los Dioses del antiguo Egipto. Ellos edificaron los maravillosos monumentos que fascinaron a mi pueblo ya desde el descubrimiento del planeta azul, sirviéndose de su ejército de pétreos. Ellos crearon sus propias tumbas destinadas a albergar su manifestación mortal, lugares donde descansar tras la concepción de su propia creación, el mismísimo nacimiento de la civilización en la Tierra.
Los faraones nos hablaron, nos hablaron sin palabras. Nos dijeron que habíamos mancillado su existencia, habíamos profanado su tumba eterna e interrumpido su descanso. Desataron su ira contra los humanos sin mover un solo músculo o hacer un solo movimiento. Simplemente, todos empezaron a arder lentamente de forma espontánea, ante mis atónitos ojos y los de mis cyborgs. A través de sus gritos de agonía, siguió la conversación dentro mismo de mi cabeza.
El faraón me consideró inocente de la profanación. No cabía en mi asombro. Antes de saber si alegrarme o aterrorizarme, vi con estupor cómo mi ejército se unía a los pétreos súbitamente, sin ofrecer resistencia.
“Tomaremos tus artilugios como una ofrenda, criatura de las estrellas. Ahora acepta nuestro ofrecimiento. Duerme en nuestro lecho milenario, toma nuestro sitio ahora que hemos despertado y el inquebrantable destino nos manda volver al exterior, con la divina misión de retomar lo que es nuestro. Salimos a recobrar el control de la humanidad, y ahora Tú serás el guardián de la Santa ciudad de Duathotep”
Desperté hace escasos minutos. Mi cuerpo está totalmente momificado, y mi sistema nervioso se encuentra inmovilizado. La computadora interna de mi sistema central detectó extrañas substancias corriendo por mi interior antes de dejar de funcionar definitivamente. Antes de perder los sentidos, pude darme cuenta de que estoy encerrado en un... sarcófago. Fuera no se escuchaba nada, el silencio era el más absoluto que he experimentado nunca.
Ahora mismo, sólo mi mente es operativa. Con un poco de suerte, mi implante intracraneal Q787 y los archivos del disco duro de mi visor me podrían ayudar a enviar este mi último mensaje, vía ondas WDH. Por favor, compañeros, aseguraos de hacer llegar mi advertencia a nuestros líderes.
Debemos abandonar la conquista de la Tierra. Se nos han adelantado.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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LA JOVEN KUSHITA
—Comience.
—Se sabe que Merytneith era hija de un artesano de la localidad de Qertassi, dedicado a la fabricación de papiros, cuya planta cultivaba con esmero en el valle del Nilo, y vendía, entre otros escribas, al rey Dyeser. La joven disfrutaba del minucioso proceso de elaboración del papiro. Le ensimismaba ver entrelazar las tiras de modo horizontal y vertical, formando dibujos geométricos que activaban su imaginación. También le gustaba ver cómo con aquella planta se hacían cestos de mimbre donde meter objetos, que copiaba cuando pudo dominar el cálamo, o se hacían sandalias que calzaba ilusionada, o cuerdas para unir cosas.
Desde pequeña, Merytneith estaba acostumbrada a estar entre papiros, a usar sus restos como juguetes y a utilizarlos como medio de expresión. Sobre ellos dibujaba con su pequeño cálamo, con trazo inseguro primero, después firme, ágil. Más adelante, inventaba jeroglíficos. Dada su destreza, su padre, entusiasmado, la guiaba en el aprendizaje de su arte, con sumo orgullo y paciencia. Habilidosa en todo, la joven acabó también haciendo sus propios papiros.
En su juventud, Merytneith parecía vivir exclusivamente para plasmar en los papiros sus inquietudes. Solía sentarse a la orilla izquierda del Nilo, la zona donde vivía, antes de la caída del sol, con los pies metidos en el agua y el papiro sobre sus muslos. Sobre él iba reflejando su hábil escritura jeroglífica. Desde su analítica y aguda inteligencia, y desde sus enormes y azulados ojos, sus observaciones eran muy acertadas. En aquel inmenso papiro iba dejando evidencia de sus sentimientos y costumbres, de la vida que llevaba o aspiraba, de sus deseos de aventura; y conclusiones sobre la forma externa e interna del organismo humano y animal, que plasmaba en dibujos casi idénticos al original. También dibujaba, de su invención, diversos objetos prácticos para facilitar la ardua tarea cotidiana de mujeres y hombres (que su padre construía), y escribía, soñadora, sobre sus ansias de viajar algún día más allá del río que acrecentaba sus fantasías, en busca de otro mundo y de posibles aventuras de todo tipo.
Al poco tiempo de frecuentar el río, Merytneith se dio cuenta de que, en ocasiones, era observada por un hombre de alto rango, que se detenía cerca de ella, junto a su numerosa escolta. Ella prefería no hacerse conjeturas equívocas sobre aquel personaje. Se limitaba a mirarlo de reojo, a demostrarle, con cierta altivez, su indiferencia hacia su persona, hacia su buen aspecto físico; vivía concentrada en su pasión por escribir y dibujar, sobre el amadísimo papiro, al frescor del caudaloso río.
Cuando le habló a su padre del misterioso personaje, éste le explicó que aquel hombre peculiar era Dyeser, el rey que controlaba la región donde vivían. Le contó que su querido entorno era un virreinato de Egipto, formado por gente luchadora e independiente, y que el rey frecuentaba la zona en busca de nuevos papiros para sus escritos, pues le gustaba verlos fabricar y adquirirlos en el que consideraba mejor taller artesano de la región, el taller donde ella había nacido y crecido feliz. Tras esa aclaración, Merytneith se sintió muy contenta, tranquila, ilusionada, bastante confiada de aquella mirada insistente y periódica del rey.
Sorpresivamente, un día que estaba ensimismada, tarareando a orillas del río, notó sobre sus torneados hombros unas rudas manos, sujetándola con fuerza, y diciéndole:
—El faraón te quiere a su lado.
—¡¡No!! –gritó Merytneith.
—No temas. El faraón te cuidará, te ofrecerá todo lo que deseas.
—Yo sólo quiero escribir, dibujar y volar como las aves.
Antes de forcejear contra el que consideró su enemigo, la joven pudo expresar sobre el papiro su desgarro, el breve diálogo mantenido con el hombre, su deseo de ser completamente libre, a través de signos temblorosos, desiguales.
En días sucesivos, el río Nilo no volvió a reflejar la esbelta y achocolatada figura de la joven kushita danzando en su orilla, ni a oír sus fantasías, ni el afinado y alegre tarareo de su voz, ni a sentir sus pies agitando la cristalina corriente.
—Continúe.
—En 1960, durante el traslado del Kiosko de Qertassi a su nuevo emplazamiento en la isla de Kalashba, el grupo de arqueólogos descubrió en un ataúd el cuerpo de una joven, casi intacto, abrazada a un largo papiro aún legible. Ambos fueron objeto de exhaustivos estudios y análisis, de múltiples dudas, como recordará. Yo era entonces un niño.
Los expertos en jeroglíficos confirmaron la identidad de la autora de aquellos escritos. El papiro estaba encabezado por unos grandes caracteres, cuya traducción decía: Vida, deseos y observaciones de Merytneith, durante el reinado de Dyeser.
En consecuencia, acordaron que el contenido reflejaba claras evidencias de la época vivida por la joven, la realidad de su inteligente escrito y dibujos plasmados en el papiro, y la peculiar atracción que debió sentir Dyeser hacia ella, y el temor de ella hacia él, narrado con detalle por la joven.
En el conjunto del texto se fue descubriendo que la joven describía con claridad su propio aspecto físico, su forma de vida, sueños, ambiciones y observaciones sobre el entorno y el cuerpo humano. También sobre el rostro de aquel hombre especial que la observaba, cuya descripción coincidía con la fisonomía de Dyeser que se conoce a través de su estatua. Y, por supuesto, con los actos del personaje descritos con los hechos del farón: su capacidad literaria, arquitectónica, política, su calidad como gobernante. Mencionaba lo que se comentaba en su localidad acerca del inicio de la construcción de la famosa pirámide escalonada de Saqqara, ordenada por el, a ojos de la joven kushita, enigmático Dyeser.
Obviamente, llamó la atención a los expertos que el final de los jeroglíficos del papiro fuesen trazos temblorosos, justo los que narraban el inicio de su, aparente, secuestro, y que, a partir de ahí, el papiro apareciera en blanco.
Los expertos determinaron que Merytneith había sido una precursora egipcia en varios campos, debido a la diversidad de hallazgos, de inventos útiles para la vida cotidiana, de sus hondas conclusiones y diestros dibujos sobre anatomía humana, animal, o perfectos dibujos de rostros y paisajes del entorno.
Tras completar y dar por válidos los concienzudos análisis, sus restos, junto al papiro, fueron introducidos en una urna de cristal. Ésta fue colocada en el museo Egipcio de nuestra ciudad, en lugar preferencial. Casualmente, compartió sala con Dyeser algunas décadas. La etiqueta decía: Joven Nubia (kushita), primera mujer artista, escritora, inventora y científica egipcia, reinado de Dyeser (Zoser), segundo rey de la III Dinastía, años
—Concluya, por favor.
—Recientemente, como sabe, su cuerpo y papiro han desaparecido de la urna. Se afirma que un apasionado egiptólogo, subyugado por el magnetismo de la joven, los ha sustraído para su colección particular. En la urna sólo ha quedado un mechón de su negro cabello y el trozo de una de las esquinas del papiro.
Su cuerpo debe continuar en posesión de su admirador. Se sospecha que éste debe de ser un multimillonario americano, o un egipcio (quizás descendiente de aquella desaparecida dinastía), apasionado del arte, la ciencia y la cultura de nuestro país. La policía aún no ha podido descubrir al autor de tal capricho o expolio, una pena, pero nunca es tarde.
Se supone que tras la desaparición de Merytneith junto al río Nilo, nadie de su entorno volvió a saber qué fue de ella: si vivió felizmente con Dyeser, como tercera esposa (la identidad de aquella esposa es aún turbia) o murió en el forcejeo.
La urna, con el mechón y el trozo de papiro, no está en su sala. El director del museo ha decidido apartarla de la vista del público, hacer correr la voz de que la vida de la joven kushita es un bulo y no tiene valor histórico. Extraño, ¿verdad?
Algunos desconfían de los argumentos del director. Se siguen preguntando también, entre otras cosas, qué relación pudo haber habido entre la joven y el Kiosko de Qertassi.
Por el bien de la cultura de nuestro querido Egipto, señor presidente, y como egiptólogo, debo investigar sobre ello, pero necesito toda su ayuda, y la policial. Debemos saber qué pasó de verdad la tarde que desapareció la joven kushita, qué fue de su vida tras el secuestro: si llegó a ser una de las esposas de Dyeser, simplemente una amante o nada, una víctima en manos depravadas, y dónde y quién preserva sus restos.
—Comience cuanto antes, querido amigo.
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La pirámide
Devolvió a la estantería el libro con el que había ocupado la mayor parte de la tarde. ¿Qué podía hacer ahora? Un recorrido por el salón, otro por la cocina, ¿no tenía que comprar algo?, parada en el baño, vuelta al salón…
Nada arrancaba el pensamiento recurrente.
Se conocía lo bastante como para saber que tratar de quitarse aquella idea de la cabeza, era perder el tiempo. El nivel de apetencia era ya tan alto, que pensar en que podía desoírlo era pensar en vano. Se preguntó qué dirían (de saberlo) sus compañeros de gimnasio, sus camaradas en aquella carrera por mantenerse en forma y frenar el tiempo; qué estupideces soltarían tomando zumo con soja en la cafetería de la entrada. Hablarían, seguro, de extravagancia, pero acabarían hablando, también seguro, de gilipollez. Le trajo sin cuidado. Es más: pensar en aquella panda de pendejos le llevó, paradojas de la vida, a tomar por fin la decisión.
“Pirámides a escala de la gran pirámide de Keops.
Además de un uso terapéutico, las pirámides generan y concentran en su interior el más poderoso antioxidante conocido (concentración de millones de neutrinos). Al entrar en contacto con el cuerpo, este campo de energía barre una parte importante de los radicales libres que se acumulan en el organismo humano y que son responsables de la oxidación y la muerte celular.
Mediante el uso periódico de las pirámides, se logra retrasar el reloj biológico, ganando así, notablemente, años de vida
Directamente a su domicilio. Tres mil euros (montaje incluido)”.
¿Nada era cierto? Claro, pero la manzana que colocó dentro de la réplica a escala se había conservado, ¿no? Pues eso: en dos semanas empezaría a citarse con Morfeo dentro de la pirámide.
Trece días después, dos operarios entregaron el pedido. Lo montaron en el dormitorio que, previsoramente, ya no tenía cama; por eso, antes de que se fueran, les pidió que metieran el futón (al fin y al cabo, iba a darles propina; eso le daba cierto derecho). Ya solo, limpió la habitación y preparó las cosas para el día siguiente. Después se hizo la cena y la comió delante de la tele, aparentando la mayor de las normalidades, fingiendo que no sentía lo que en realidad estaba sintiendo (ganas, ganas, ganas). Recogió todo despacio, fregó, hizo lo habitual en el cuarto de baño y, por fin, enfundado en un pijama de estreno comprado para la ocasión, se metió dentro de la pirámide.
Y durmió su primer sueño de faraón.
Siete espigas verdes. Siete ranas. Siete esclavos desnudos.
Un sueño acorde a la cama, pensó. Se miró al espejo con atención. No vio cambios (tampoco los esperaba), aunque le parecía evidente que había dormido mejor que bien. Su primer sueño reparador en semanas. Así que, cargado de energía, con menos radicales libres que el día anterior, pasó la jornada de un humor excelente, cumpliendo la jornada laboral e incluso bromeando en el gimnasio, jugando a que era uno más y no el último mono en el ejército del culto al cuerpo. Incluso saberse mono ya no le importaba demasiado. Y fuese o no fuese una tontería, le echó la culpa a su pirámide.
Esa noche tuvo su segundo sueño de faraón.
Seis espigas verdes y una quemada. Seis ranas y una panza arriba. Seis esclavos desnudos y un eunuco.
Al día siguiente fue todavía mejor. Y al siguiente, mejor todavía. Su aspecto delataba descanso, pero no sufría cambios. En cambio su ánimo… Se sentía como un acumulador que se cargaba cada noche conectado a una fuente de energía. Cada mañana se levantaba sintiéndose capaz de mover el mundo de querer hacerlo. Y tomando batidos con lecitina entre sus iguales, lo trataran como tal o lo desdeñaran, se sentía magnánimo, brillante, poderoso, faraónico.
Impagable compra, pensó.
Pero al compás de la mejora anímica, los sueños se sucedieron en una cuenta atrás. El sexto día, soñó:
Una espiga verde y seis quemadas. Una rana y seis panza arriba. Un esclavo desnudo y seis eunucos.
Se preguntó por qué hasta entonces no les había prestado verdadera atención. Ciego de tanta vitalidad, no se había parado a pensar en lo extraordinario de aquella sucesión onírica, de aquel descontar, día tras día. Y se fijó en la secuencia y llegó a la conclusión de que cada noche, tres elementos fértiles se convertían en tres elementos estériles. Y por extensión, pensó que aquello no reflejaba más que el paso de lo vivo a lo muerto. Y se asustó. Tuviese fundamento o no su miedo, se asustó. Y cuando se dio cuenta de que esa noche se quemaría la séptima espiga, se voltearía la séptima rana y se castraría al séptimo esclavo, sintió pavor.
No durmió. Pasó la noche despierto, fuera de la pirámide.
La noche siguiente tampoco durmió. Pasó la noche despierto, fuera de la pirámide.
La tercera noche tampoco quería dormir, pero estaba seguro de que iba a hacerlo. No era capaz de pensar con claridad, pero reunió la poca coherencia que le quedaba y fue capaz de desdramatizar. Y no era tanto que creyese que allí no había drama; era más bien que su inconsciente, su consciente, su cuerpo entero, cada uno de sus órganos levantado en armas, le exigían descanso. Así que, obediente, se metió a gatas en la pirámide, se tiró en el futón y se durmió casi al instante.
Justo antes de que se lo tragase el sueño, tuvo un pálpito terrible.
Siete espigas quemadas. Siete ranas panza arriba. Siete eunucos.
La primera vez que vio aquello, su hermana no supo qué pensar. No había tenido tiempo de asumir la muerte prematura de su hermano, y ahora tenía que entender qué hacía una pirámide en el dormitorio. Buscó los papeles de la empresa suministradora y descubrió que aquello estaba todavía en garantía. Lo devolvió.
La agencia colgó en Internet un nuevo anuncio:
“Pirámides a escala de la gran pirámide de Keops.
Mediante el uso periódico de las pirámides, se logra retrasar el reloj biológico, ganando así, notablemente, años de vida
Directamente a su domicilio. Tres mil euros (montaje incluido)
Edición especial “Pirámide de Keops con maldición“. Seis mil euros (montaje incluido)”.
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Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El carisma de la 8 mm.
Supongo que recordáis que, en los años sesenta y setenta, se comercializaron unas cámaras de cine para el consumo de la clase media con aspiraciones de inmortalidad. Eran cámaras con película de 8 mm que, por supuesto, no podían registrar el sonido; de ahí vienen esos álbumes familiares de niños saludando con la velocidad y el silencio de un colibrí y madres sonriendo con una vergüenza de película quemada. En aquella época yo ya trabaja y podría haber comprado una de esas cámaras con aspecto de secador de pelo; en más de una ocasión me había alentado algún empalagoso matrimonio made in factoría de productos derivados del vidrio. Pero, sinceramente, cada vez que veía y que veo una de esas cosas tan pequeña y que no puede registrar el sonido, pienso: ¡joder, tíos, devolvedlo a la fábrica, porque no está terminado de hacer!
Con el nuevo me sucedía lo mismo. Veía esa sombra de barba parcheada que nunca le llegaría para un bigote mejicano, esas camisas tan chulas que sacaba para salir de los vestuarios, que sus brazos pecosos no llenaban a pesar de que eran exactamente de su talla, le veía hacer cuatro maniobras para sacar el coche del aparcamiento, y pensaba: ¡joder, devolved a ese tío a la fábrica, porque no está terminado de hacer!
Pero el tío sobrevivía sin estar terminado de hacer en el ambiente de la factoría, que le era tan ajeno como un culo a la copa de un árbol, y se granjeaba la amistad, me atrevería a decir que el cariño, de los hombres más duros e intolerantes a fuerza de ser un freaky suicida con una historia sobre el Antiguo Egipto para cada situación.
Luego, recordé que esas ridículas cámaras de 8 mm nunca han dejado de ser objeto de culto para los aficionados al cine, y que muchos chavales graban sus primeros cortometrajes y mandan la película a revelar a Suiza, a pesar de que los suizos no se hacen cargo si la grabación sufre algún desperfecto. Con el nuevo sucedía algo parecido. Era un fanático de la Historia y Esoterismo egipcios, como lo podía haber sido de las costumbres estilistas de los mongoles, pero da la casualidad de que A TODO EL MUNDO LE GUSTA EGIPTO. No hay un hijo de puta sobre la tierra al que le digas que te gustaría llevar a tu mujer a ver las pirámides y te responda que eso es una mariconada. Yo, sin embargo, llevo mi discreta afición a la novela negra con un secretismo que sólo tolero a sabiendas de que quiero seguir hablando con mis compañeros de deportes, política y problemas sindicales.
Pero el nuevo era invulnerable. Él no era un aficionado a nada; era un soñador. Y he aquí que los soñadores tienen un serio problema; los aficionados nos conformamos con lo que nos den, pero los soñadores necesitan ser algo, hacer algo con su objeto de querencia. Cuando tu objeto de querencia es el Antiguo Egipto, tú me dirás qué coño puedes hacer al respecto. Al menos, los bersekers de greenpeace tienen la posibilidad de montarse en una lancha o encadenarse a un árbol. El nuevo, cuando quería establecer una conexión entre su mundo y el mundo real, diseñaba una camiseta.
En mi cumpleaños me regaló una en la que se veía una momia sin cabeza señalando al frente y diciendo en un bocadillo de cómic: “¡Al ladrón!” Debajo había una leyenda: “Museo de ciencias naturales de Londres. Nuestros tickets dependen de tu historia”. El dibujo era muy chulo y lo cierto es que sentí un poco de remordimiento cuando me puse la camiseta para pintar el trastero. Mi mujer nunca entendió el mensaje, pero mi hijo el mayor, que ahora tiene diecisiete años, se la pone muy orgulloso para jugar al fútbol. Sus amigos dicen que es “la polla”.
En el cumpleaños del jefe de sección, el nuevo le regaló una camiseta en que se veía a un faraón recostado en su cama, diciendo en un bocadillo de cómic: “Me gusta follarme a mi hermana”. El jefe SE LA TUVO QUE PONER POR COJONES. En el comité de empresa le devolvimos el favor al nuevo regalándole una botella de chivas. Y el nuevo se llevó dos meses sin hacer horas extras y dejó por un par de cumpleaños de regalar camisetas. Con el tiempo, he comprendido que no tenía ninguna mala intención. No quiso ofender a nadie; pensó que era un chiste cojonudo. Y tenía razón.
El nuevo era un soñador, como ya he dicho, pero no tenía nada que hacer. Soñar con el Antiguo Egipto es como estar enamorado de una muñeca hinchable, al poco, te das cuenta de que no recibes lo mismo que das. Yo pensé que por eso, a veces, estaba muy callado, como deprimido, en el rato después del almuerzo. Pero no era por eso. Un día, tuvimos que acompañarle al funeral de su padre.
Entonces, nos dijo que se iba de la factoría. “Es ley de vida”, le respondieron algunos, “no hagas el tonto”. Pero el nuevo nos explicó que había trabajado en la factoría durante esos años para poder hacerse cargo de su padre y que tenía pensado volver a la facultad para terminar sus estudios de astrofísica. ASTROFÍSICA, TÓCATE LOS COJONES. Reconozco que me quedé tieso como una botella de plástico en la playa. No muchos de nosotros habríamos hecho eso por nuestro padre.
Caía bien a la gente; abría el techo del office contándonos historias del Antiguo Egipto cuando se habían acabado las de fútbol, de política, o las historias sindicales. Cuando se fue, le regalamos una camiseta firmada del atleti, como animándole a vivir un poco en el mundo real. Él soltó una carcajada y nos preguntó cómo habíamos sabido que era colchonero. Yo creo que fue una broma, pero algunos opinan que no.
Sigo devorando cualquier mierda que caiga en mis manos y que pertenezca al género de la novela negra, pero reconozco que no hay brillo alguno en mis ojos cuando llego a la última página, ni siento emoción alguna cuando tengo la oportunidad de contar la última historia que he leído.
A veces, todavía me río cuando pienso en el nuevo y en el regalo de cumpleaños del jefe de sección; también me avergüenzo un poco por haber pensado que no estaba terminado de hacer. El nuevo era un tío legal, un stradivarius arrastrado por la marea hasta nuestra factoría, un hombre con dos huevos que se había metido en mierda para sacar adelante a su familia, y que nunca tuvo miedo de mostrarse como era, con el encanto de las cosas que nunca pasan de moda, con el carisma de las cámaras de ocho milímetros.
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bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
Bueno, me alegro que a unos cuantos os haya gustado mucho mi relato.
¿Esta vez sí? ¿Algún clon? ¿No?
Pues vamos allá.
El tema es ASESINOS.
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