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    Sadomasoquismo.

     
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Sadomasoquismo.
salazar

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28 de Enero de 2010 a las 18:15
Re: Sadomasoquismo.

   Gracias Nosebundos.

   La auténtica relevancia de la ensayista Beatriz Preciado va un poco más allá de lo que dice; su posición, imprescindible, en el pensamiento progresista actual, estriba en que por fin se habla de sexo, primero, con fundamente filosófico, y segundo, como el tema más fundamentalmente humano. El carácter ontológico y teleológico de su discurso es lo que lo hace tan poderoso. Resumiendo; su propuesta básica es arrancar la sexualidad a los macrodiscursos políticos y devolver el sexo a dónde debe de estar; en el ámbito de la absoluta libertad individual. Cada vez que leo su magnífica obra "Testo Yonqui", no hago más que pensar en Sade; una parecida soledad les envuelve a los dos cara a la sociedad, pero bueno, el caso del Marqués de Sade fue mucho peor. Antes de entrar en mi tema, sadomasoquismo, quiero cerrar la referencia a Beatriz Preciado aclarando a la mentes conservadoras que la defensa de la libertad por parte de esta escritora es en serio, y que por lo tanto, objetiva sus reivindicaciones en los gays, en los transexuales y aboga por la autoreinvención permanente, incluso biológica, del sexo de cada uno. Sí. Libertad de verdad. Libertad en estado puro. En este contexto de la gran izquierda intelectual americana y europea se encuadra el BDSM, es decir, el sadomasoquismo, como orientación preferente en las prácticas sexuales y como estilo de vida alternativo. Y el escenario formal, incluso legislativo, no sólo es necesario, sino imprescindible; tres normas básicas que unen a todos los miembros de esa heterogénea comunidad y cuyo cumplimiento estricto tiene un carácter casi religioso. Las tres normas son; hazlo sano, hazlo sensato y hazlo consensuado. A partir de ahí comienza lo de cada uno; irrepetible e intenso. Poderoso y abrumadoramente erótico. Caliente hasta lo pornográfico. Incontenible, en la vibración más genuina del sentimiento humano. Comienza el recorrido personal hasta la eyaculación o el orgasmo. A través del sufrimiento, de la sumisión, del dolor controlado y del morbo detenidamente calculado. Si antes he dicho que el Sadomaso es una expresión más de la libertad en el siglo XXI en estado puro, hay que añadir además que, sobre todo, es una expresión de vida, porque el semen y los flujos vaginales son los combustibles de esa hidráulica de la actividad diaria que es cada ser humano. Vamos hacia ello, constantemente, lo disfrutamos, descansamos un rato, y después volvemos. La diferencia histórica es que por fin ya no tenemos que avergonzarnos. El círculo interminable de nuestra sexualidad ha dejado de ser impuro. Comienza el tiempo de los círculos más complicados; placeres encadenados a roles y a fases performativas. Dominación y ser dominado. Una vuelta de tuerca más a la libertad y a la vida; ésa es la visión que intento trasmitir del Sadomaso.  

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sumisadanae

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Fecha de ingreso: 29 de Enero de 2010
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29 de Enero de 2010 a las 13:00
Re: Sadomasoquismo.

Caro Salazar:
Te ruego disculpes mi incursión en tu foro de sadomasoquismo.
Supongo que debes de estar ocupado en otros menesteres y no es mi intención reclamar tu presencia en www.clubsumision.com.
Sin
embargo, querría hacerte saber que algunos miembros de dicho foro se impacientan por disfrutar de la continuación del relato "La clausura", que tú y yo estamos escribiendo al alimón. Uno de ellos me ha propuesto continuarlo él, otro me sugiere que lo continúe yo... y yo deseo que lo hagas tú.
Confío en que podamos seguir contando contigo.
Saludos... ¿intensos?... jajaja. Intensos y cercanos,

sumisadanae - Maika

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salazar

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12 de Febrero de 2010 a las 22:00
Re: Sadomasoquismo.

   Relax. Viernes 12 de febrero del Tercer Año de Crisis y seguimos sobreviviendo. Está claro, me merezco un polvo. Un buen polvo de verdad. Y Eugenia se vistió en consecuencia y salió al exterior cuando Madrid, anocheciendo, comenzaba a deslizar sus temperaturas muy por debajo de cero. En el metro bien; hacía calor. Y esa luz blanca que parece atravesarlo todo. Para salir a follar lo mejor es no llevar un rumbo fijo, si acaso, dirigirse a una zona, donde haya gente y copas, pero lo importante surgirá de improviso y en lo imprevisto. En el camino. Mientras persigues la ausencia de rumbo. A Eugenia le pareció un hermosa metáfora, sonrió y se desabrochó el abrigo. Quizás surgiría en el metro. Ese chico con cara de chica y dos piercings en los labios no hacía más que mirarla. Un poco bajo para ella pero estaba bastante bueno. Eugenia se recolocó la minifalda y exhibió un poco sus hermosas piernas que flotaban sobre sus botas altas de taconazos. Tenía unas piernas preciosas, y por supuesto, ella lo sabía. No era gay, la estaba mirando, iba sólo y su mirada acababa de dejarlo todo claro. Eugenia volvió a sonreír. Fin de la búsqueda; objetivo localizado. Atada a los doseles de aquella cama, brazos abiertos, de rodillas sobre el colchón, vuelta de espaldas, las nalgas espigadas hacia arriba y su melena rubia cayéndole en cascada, parecía la doncella prisionera de un cuento de dragones. Sintió las manos de él agarrándole con fuerza las caderas. "No te abras; mantén los muslos pegados." Aunque firme, su tono era amable y cómplice; tenía una voz magnífica; viril y cálida; su voz eran como las piernas de Eugenia, su parte más bella. Y desde que la empezó a hablar, Eugenia, que iba predispuesta, se dejó envolver por ella. Hacía todo lo que la pedía, y lo más extraño, obedecerle así, la estaba excitando. La excitaba. "Así la rajita queda perfectamente recta y vertical, dibujada con precisión entre las dos caras traseras de tus muslos. Ahora voy a metértela y la sentirás como si te atravesara." Eugenia, extasiada, decía que sí a todo con la cabeza y efectivamente. Era como si la atravesarán. La luz blanca volvió pero esta vez desde el interior de su cabeza. Había cerrado los ojos y saboreaba su voz. "Te dije que te iba a gustar que te atara". Los rizos de color de oro volvieron a volar un poco hacia arriba y hacia abajo. "¿Y has probado ser azotada?". Todo tiene un comienzo, incluso en un febrero de crisis bajo cero.

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salazar

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13 de Febrero de 2010 a las 16:31
Re: Sadomasoquismo.

cita de salazar

   Relax. Viernes 12 de febrero del Tercer Año de Crisis y seguimos sobreviviendo. Está claro, me merezco un polvo. Un buen polvo de verdad. Y Eugenia se vistió en consecuencia y salió al exterior cuando Madrid, anocheciendo, comenzaba a deslizar sus temperaturas muy por debajo de cero. En el metro bien; hacía calor. Y esa luz blanca que parece atravesarlo todo. Para salir a follar lo mejor es no llevar un rumbo fijo, si acaso, dirigirse a una zona, donde haya gente y copas, pero lo importante surgirá de improviso y en lo imprevisto. En el camino. Mientras persigues la ausencia de rumbo. A Eugenia le pareció un hermosa metáfora, sonrió y se desabrochó el abrigo. Quizás surgiría en el metro. Ese chico con cara de chica y dos piercings en los labios no hacía más que mirarla. Un poco bajo para ella pero estaba bastante bueno. Eugenia se recolocó la minifalda y exhibió un poco sus hermosas piernas que flotaban sobre sus botas altas de taconazos. Tenía unas piernas preciosas, y por supuesto, ella lo sabía. No era gay, la estaba mirando, iba sólo y su mirada acababa de dejarlo todo claro. Eugenia volvió a sonreír. Fin de la búsqueda; objetivo localizado. Atada a los doseles de aquella cama, brazos abiertos, de rodillas sobre el colchón, vuelta de espaldas, las nalgas espigadas hacia arriba y su melena rubia cayéndole en cascada, parecía la doncella prisionera de un cuento de dragones. Sintió las manos de él agarrándole con fuerza las caderas. "No te abras; mantén los muslos pegados." Aunque firme, su tono era amable y cómplice; tenía una voz magnífica; viril y cálida; su voz eran como las piernas de Eugenia, su parte más bella. Y desde que la empezó a hablar, Eugenia, que iba predispuesta, se dejó envolver por ella. Hacía todo lo que la pedía, y lo más extraño, obedecerle así, la estaba excitando. La excitaba. "Así la rajita queda perfectamente recta y vertical, dibujada con precisión entre las dos caras traseras de tus muslos. Ahora voy a metértela y la sentirás como si te atravesara." Eugenia, extasiada, decía que sí a todo con la cabeza y efectivamente. Era como si la atravesarán. La luz blanca volvió pero esta vez desde el interior de su cabeza. Había cerrado los ojos y saboreaba su voz. "Te dije que te iba a gustar que te atara". Los rizos de color de oro volvieron a volar un poco hacia arriba y hacia abajo. "¿Y has probado ser azotada?". Todo tiene un comienzo, incluso en un febrero de crisis bajo cero.

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21 de Febrero de 2010 a las 18:15
Re: Sadomasoquismo.

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia", una de las cuatro historias que se entrelazan. 


   Pilar miró su despacho con cierta sensación de orgullo; era amplio, silencioso y bien amueblado. Lo recorrió con la mirada haciendo un lento giro de cabeza, como en el cine, desde el sillón de cuero de su mesa. Lo que más le gustaba era la moqueta gris, impoluta, que parecía irradiar su tono clarito y de diseño al resto de la estancia. Atrás quedaba su otro despacho, en el que trabajó los tres últimos años, pequeño, ruidoso, con la pared de metacrilato a través de la cual todo el mundo la veía durante casi toda la jornada. Desde el hall del otro lado, con su continuo trasiego de personas. La habían ascendido. Ahora estaba en el mismísimo centro del cerebro de la empresa. Allí sólo había jefes como ella, separados convenientemente por enormes pasillos que sólo cruzaban de vez en cuando sus respectivas secretarias. Para ir a los servicios o para servirse un café en las máquinas. Virginia, la suya, acababa de entrar. Llevaba un vestido color cielo con falda justamente por encima de las rodillas. Sin medias. Zapatos de tacón y cinta gruesa al pelo también azul. La lanzó una mirada dulce de saludo y fue directa a la librería del fondo a ordenar unos informes sin decir palabra. Ya sabía cuánto le gustaba el silencio a su jefa, así que procuraba romperlo lo menos posible. Pilar también la miró y la sonrió. Pensó que aquella mañana su secretaria estaba preciosa. Recordó el día en el que comenzó a trabajar para ella; no le dijo nada, al segundo tampoco, pero al tercero la preguntó: "querida ¿es que no tienes faldas? siempre vienes con pantalones, muy bien planchados, éso sí, pero pantalones". Virginia se puso colorada como un tomate y no fue capaz de contestar. Al día siguiente vino con falda, y al otro y al otro. Al cabo de una semana Pilar la dijo; "lo ves cariño, estás muchísimo mejor con falda y a tu, en concreto, te sientan especialmente bien las que te llegan por encima de las rodillas." Luego la pellizco una mejilla y la besó en la otra. Virginia volvió a ponerse roja y a quedarse muda, pero a partir de aquel día sólo iba a la oficina con minis o con vestidos cortos. Quien conocía a Pilar y había sentido de cerca el poderío de su personalidad, sabía que ésa era la reacción normal de cualquier ser humano que hubiera decidido quedarse a su lado. Subyugaba. Y si la persona en concreto carecía de mucho carácter, Pilar llegaba a fascinar. Era el caso de Virginia. Estaba encantada con su jefa, simplemente, la adoraba, y apenas llevaba seis meses a su servicio. Pero la apabullante seguridad con que lo hacía todo, su elegancia, su intensísima manera de mirar, su capacidad de concentración en el trabajo y su inalterable trato justo y considerado, la habían conquistado definitivamente. Virginia, ahora, después de este medio año, era una secretaria meticulosa y entregada, y sobre todo, realizada. Se sentía feliz. En su fuero interno y después de las pequeñas humillaciones y de los numerosos desencantos que le habían dejado sus trabajos anteriores, estaba súper agradecida a Pilar. Hasta el punto de que le resultaba sencillamente imposible decirle que no a nada, incluso más allá del trabajo. Al final de una mañana de viernes, hacía ya bastantes semanas, Pilar la cogió del brazo en el ascensor y la dijo que la invitaba a comer. Media hora después, en el servicio del restaurante al que la llevó, llamó a la amiga con la que había quedado inventándose una excusa para no ir. Volvió con Pilar y se sentó a su lado. Su jefa le daba ya la carta al camarero; había pedido la comida de las dos. Virginia soltó una risita entrecortada: "muchas gracias" dijo. Pilar la ofreció una copa de vino que acababa de llenar para ella. Por si quedaba alguna duda, añadió: "bebe". Se la terminó de un trago porque Pilar no dejaba de mirarla. Como si la estuviese hipnotizando. Todo estaba riquísimo y Pilar ejercía como nadie de anfitriona divertida y atenta. Cayeron unas cuantas copas más. Y sin saber muy bien por qué terminaron hablando de la ropa interior que ellas mismas utilizaban. Para Pilar había dos cosas imprescindibles; que las bragas fueran de tipo tanga y que todo, siempre, lo de arriba y lo de abajo, fuese negro. Virginia reconoció no ser tan radical y que sus prendas íntimas en cuestión de color y formas eran muy variadas. Pero Pilar no lo aceptó y entre risas y bromas le hizo prometer a Virginia que a partir de aquel instante llevaría siempre el tipo de ropa interior que a ella le gustaba. Como estaba un poco borracha y le costaba tantísimo llevarle la contraria a su jefa, terminó cediendo. Y hasta tuvo que prometer y jurar que lo haría. Pilar celebró el compromiso que acababa de aceptar su secretaria como una auténtica victoria y hasta que se despidieron a media tarde, después de varios cafés, estuvo exquisitamente cariñosa con ella. Al lunes siguiente todo normal en la oficina. Y al siguiente día y al siguiente. Pero cuando el miércoles a primera hora Virginia entró en el despacho de Pilar, ésta parecía estar esperándola, arrellanada en su sillón y lanzándola  una mirada dura. La secretaria, intimidada, soltó un expectante "buenos días" que fue contestado por un seco "cierra la puerta con llave". Su jefa se levantó y se acercó a ella clavando los tacones en la moqueta. "¿Estás cumpliendo lo que me prometiste?". Virginia no tenía la más remota idea de lo que estaba hablando. "Tu ropa interior ¿es negra?". Pilar la estaba pegando la cara a la suya y parecía muy enfadada. Virginia temblaba de miedo y estaba tan nerviosa que ni siquiera se acordaba en ese momento del color de las bragas y del sostén que se había puesto aquella mañana. "Me lo juraste". La secretaria abrió la boca, intentando hablar pero no le salía nada. "Quítate el vestido, quiero verlo". Con ojos como platos Virginia comenzó a menear la cabeza en lo que parecía querer ser un no con el gesto, pero Pilar, lo cortó de inmediato. "Que te quites el vestido, ahora". La secretaria, vencida, con ojos llenos de lágrimas, muy acalorada y con la mirada baja, se quitó el vestido por arriba, como quien se quita un jersey, y se quedó así; callada, quieta y con la respiración entrecortada, a punto de romper en sollozos. "Bragas de tres cuartos blancas y sujetador rojo" dijo Pilar con un tono muy decepcionado y agrio, luego la ordenó que se vistiera y que saliera a trabajar. Virginia, llorando, quería pedir perdón, pero continuaba sin poder articular palabra. Se puso como pudo el vestido, salió del despacho y se dejó caer sobre su mesa hecha una magdalena. Así estuvo toda la mañana. Pilar no la habló. Durante días estuvo sin dirigirla una sola palabra. Aquello fue el mayor infierno que había padecido Virginia en toda su vida, no soportaba el nuevo y repentino desprecio de su jefa, ni la frialdad de su mirada. Apenas dormía, perdió el apetito y tiró a la basura toda su ropa interior. Iba a trabajar en mini falda y súper arreglada pero Pilar continuaba haciéndola el vacío con imperturbable crueldad. Al cuarto día ya no aguantaba más. De nuevo primera hora, entró en el despacho, cerró con llave y se tiró sobre la moqueta abrazando los pies de Pilar. Virginia estaba llorando en serio pero esta vez pudo hablar. Suplicó a su jefa que la perdonase y la dijo que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para enmendar su falta. Lo que más repetía era "perdón" entre lágrimas y babas. Pilar no parecía muy sorprendida y sonreía, un extraño brillo iluminaba sus ojos. La dejó expresarse un buen rato, atacada como estaba. Era como si lo estuviese disfrutando. Al final la cogió de la barbilla y acercándole el rostro dijo: "Ni me gusta que me mientan, ni me gusta que me desobedezcan. No quiero que vuelvas a hacerlo". Los sollozos de Virginia sonaban ahora a auténtico agradecimiento, besaba los pies de Pilar, sus manos, de rodillas, su jefa sentada, y juraba obediencia y daba las gracias. Estaba completamente desatada y Pilar, relajada, se dejaba hacer hasta que por fin la secretaria se calmó. Ambas, despacio, se levantaron. Virginia ya respiraba medio bien. "¿Qué ropa interior llevas ahora?". La secretaria respondió ansiosa como un niño pequeño que se sabe la tabla de multiplicar: "tanga y sujetador negros". Pilar se separó unos pasos hacia atrás para verla mejor. "Enséñamelo". Y la secretaria comenzó a decir que sí con la cabeza compulsivamente mientras se quitaba el vestido. Era cierto. Luego la ordenó que se vistiera y que fuera a su mesa a trabajar porque había muchísimos papeles atrasados después de aquellos tres días de silencios entre ellas. Virginia obedeció radiante de alegría. Pilar se fue a su hora y ella se quedó hasta la noche para poder terminar. Y lo hizo. Cuando llegó a casa, agotada, comió algo y se metió en la cama sólo con las braguitas y el sujetador que había enseñado a su jefa. Durmió bien y reparadoramente. La palabra felicidad se quedaba muy corta con respecto a la serenidad y a la plenitud que la inundaba. Al día siguiente lo primero que hizo Pilar tras saludarla fue pedirla que cerrara la puerta y que le enseñara lo que llevaba puesto debajo del vestido. Virginia lo hizo sin rechistar. Y al día siguiente, y al otro y al otro. Se convirtió en un ritual cotidiano que ya llevaban haciendo a diario durante casi dos meses. Por eso esa mañana, cuando Virginia terminó de colocar las carpetas de los informes en la librería del fondo, y sintió la mirada de su jefa en la espalda, sin decir una palabra y sonriéndola, avanzó hacia la puerta y la cerró con llave. Luego, clavando esta vez ella, sus tacones sobre la moqueta, se situó frente a la mesa de Pilar, que con las manos juntas, la observaba. "Vamos". Dijo su jefa. El vestidito, ceñido y azulito claro, colgaba de dos lazos que con coquetería Virginia desanudó de sus hombros. Efectivamente, estaba preciosa. Pensó Pilar y subió las manos apoyando en ellas la barbilla. Todo bien. Tanga/prendas negras. Ecuación completa. Echó un poco la cabeza hacia delante observándola satisfecha y con detenimiento. Virginia juntó sus piernas en pose de modelo y se puso las manos en las caderas, sonreía, dulce y adorable. No volvería a ponerse el vestido hasta que Pilar no se lo dijera, pero hoy su jefa había decidido tomárselo con calma. Quería disfrutar un rato del paisaje. Se arrellanó en el asiento y Virginia, paciente, y con expresión contenta, metió la barriguita y aumentó la sonrisa. Delicioso. Pensó Pilar. Perfecto.
 

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salazar

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22 de Febrero de 2010 a las 20:41
Re: Sadomasoquismo.

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"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia", una de las cuatro historias que se entrelazan. 

   Pilar miró su despacho con cierta sensación de orgullo; era amplio, silencioso y bien amueblado. Lo recorrió con la mirada haciendo un lento giro de cabeza, como en el cine, desde el sillón de cuero de su mesa. Lo que más le gustaba era la moqueta gris, impoluta, que parecía irradiar su tono clarito y de diseño al resto de la estancia. Atrás quedaba su otro despacho, en el que trabajó los tres últimos años, pequeño, ruidoso, con la pared de metacrilato a través de la cual todo el mundo la veía durante casi toda la jornada. Desde el hall del otro lado, con su continuo trasiego de personas. La habían ascendido. Ahora estaba en el mismísimo centro del cerebro de la empresa. Allí sólo había jefes como ella, separados convenientemente por enormes pasillos que sólo cruzaban de vez en cuando sus respectivas secretarias. Para ir a los servicios o para servirse un café en las máquinas. Virginia, la suya, acababa de entrar. Llevaba un vestido color cielo con falda justamente por encima de las rodillas. Sin medias. Zapatos de tacón y cinta gruesa al pelo también azul. La lanzó una mirada dulce de saludo y fue directa a la librería del fondo a ordenar unos informes sin decir palabra. Ya sabía cuánto le gustaba el silencio a su jefa, así que procuraba romperlo lo menos posible. Pilar también la miró y la sonrió. Pensó que aquella mañana su secretaria estaba preciosa. Recordó el día en el que comenzó a trabajar para ella; no le dijo nada, al segundo tampoco, pero al tercero la preguntó: "querida ¿es que no tienes faldas? siempre vienes con pantalones, muy bien planchados, éso sí, pero pantalones". Virginia se puso colorada como un tomate y no fue capaz de contestar. Al día siguiente vino con falda, y al otro y al otro. Al cabo de una semana Pilar la dijo; "lo ves cariño, estás muchísimo mejor con falda y a tu, en concreto, te sientan especialmente bien las que te llegan por encima de las rodillas." Luego la pellizco una mejilla y la besó en la otra. Virginia volvió a ponerse roja y a quedarse muda, pero a partir de aquel día sólo iba a la oficina con minis o con vestidos cortos. Quien conocía a Pilar y había sentido de cerca el poderío de su personalidad, sabía que ésa era la reacción normal de cualquier ser humano que hubiera decidido quedarse a su lado. Subyugaba. Y si la persona en concreto carecía de mucho carácter, Pilar llegaba a fascinar. Era el caso de Virginia. Estaba encantada con su jefa, simplemente, la adoraba, y apenas llevaba seis meses a su servicio. Pero la apabullante seguridad con que lo hacía todo, su elegancia, su intensísima manera de mirar, su capacidad de concentración en el trabajo y su inalterable trato justo y considerado, la habían conquistado definitivamente. Virginia, ahora, después de este medio año, era una secretaria meticulosa y entregada, y sobre todo, realizada. Se sentía feliz. En su fuero interno y después de las pequeñas humillaciones y de los numerosos desencantos que le habían dejado sus trabajos anteriores, estaba súper agradecida a Pilar. Hasta el punto de que le resultaba sencillamente imposible decirle que no a nada, incluso más allá del trabajo. Al final de una mañana de viernes, hacía ya bastantes semanas, Pilar la cogió del brazo en el ascensor y la dijo que la invitaba a comer. Media hora después, en el servicio del restaurante al que la llevó, llamó a la amiga con la que había quedado inventándose una excusa para no ir. Volvió con Pilar y se sentó a su lado. Su jefa le daba ya la carta al camarero; había pedido la comida de las dos. Virginia soltó una risita entrecortada: "muchas gracias" dijo. Pilar la ofreció una copa de vino que acababa de llenar para ella. Por si quedaba alguna duda, añadió: "bebe". Se la terminó de un trago porque Pilar no dejaba de mirarla. Como si la estuviese hipnotizando. Todo estaba riquísimo y Pilar ejercía como nadie de anfitriona divertida y atenta. Cayeron unas cuantas copas más. Y sin saber muy bien por qué terminaron hablando de la ropa interior que ellas mismas utilizaban. Para Pilar había dos cosas imprescindibles; que las bragas fueran de tipo tanga y que todo, siempre, lo de arriba y lo de abajo, fuese negro. Virginia reconoció no ser tan radical y que sus prendas íntimas en cuestión de color y formas eran muy variadas. Pero Pilar no lo aceptó y entre risas y bromas le hizo prometer a Virginia que a partir de aquel instante llevaría siempre el tipo de ropa interior que a ella le gustaba. Como estaba un poco borracha y le costaba tantísimo llevarle la contraria a su jefa, terminó cediendo. Y hasta tuvo que prometer y jurar que lo haría. Pilar celebró el compromiso que acababa de aceptar su secretaria como una auténtica victoria y hasta que se despidieron a media tarde, después de varios cafés, estuvo exquisitamente cariñosa con ella. Al lunes siguiente todo normal en la oficina. Y al siguiente día y al siguiente. Pero cuando el miércoles a primera hora Virginia entró en el despacho de Pilar, ésta parecía estar esperándola, arrellanada en su sillón y lanzándola  una mirada dura. La secretaria, intimidada, soltó un expectante "buenos días" que fue contestado por un seco "cierra la puerta con llave". Su jefa se levantó y se acercó a ella clavando los tacones en la moqueta. "¿Estás cumpliendo lo que me prometiste?". Virginia no tenía la más remota idea de lo que estaba hablando. "Tu ropa interior ¿es negra?". Pilar la estaba pegando la cara a la suya y parecía muy enfadada. Virginia temblaba de miedo y estaba tan nerviosa que ni siquiera se acordaba en ese momento del color de las bragas y del sostén que se había puesto aquella mañana. "Me lo juraste". La secretaria abrió la boca, intentando hablar pero no le salía nada. "Quítate el vestido, quiero verlo". Con ojos como platos Virginia comenzó a menear la cabeza en lo que parecía querer ser un no con el gesto, pero Pilar, lo cortó de inmediato. "Que te quites el vestido, ahora". La secretaria, vencida, con ojos llenos de lágrimas, muy acalorada y con la mirada baja, se quitó el vestido por arriba, como quien se quita un jersey, y se quedó así; callada, quieta y con la respiración entrecortada, a punto de romper en sollozos. "Bragas de tres cuartos blancas y sujetador rojo" dijo Pilar con un tono muy decepcionado y agrio, luego la ordenó que se vistiera y que saliera a trabajar. Virginia, llorando, quería pedir perdón, pero continuaba sin poder articular palabra. Se puso como pudo el vestido, salió del despacho y se dejó caer sobre su mesa hecha una magdalena. Así estuvo toda la mañana. Pilar no la habló. Durante días estuvo sin dirigirla una sola palabra. Aquello fue el mayor infierno que había padecido Virginia en toda su vida, no soportaba el nuevo y repentino desprecio de su jefa, ni la frialdad de su mirada. Apenas dormía, perdió el apetito y tiró a la basura toda su ropa interior. Iba a trabajar en mini falda y súper arreglada pero Pilar continuaba haciéndola el vacío con imperturbable crueldad. Al cuarto día ya no aguantaba más. De nuevo primera hora, entró en el despacho, cerró con llave y se tiró sobre la moqueta abrazando los pies de Pilar. Virginia estaba llorando en serio pero esta vez pudo hablar. Suplicó a su jefa que la perdonase y la dijo que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para enmendar su falta. Lo que más repetía era "perdón" entre lágrimas y babas. Pilar no parecía muy sorprendida y sonreía, un extraño brillo iluminaba sus ojos. La dejó expresarse un buen rato, atacada como estaba. Era como si lo estuviese disfrutando. Al final la cogió de la barbilla y acercándole el rostro dijo: "Ni me gusta que me mientan, ni me gusta que me desobedezcan. No quiero que vuelvas a hacerlo". Los sollozos de Virginia sonaban ahora a auténtico agradecimiento, besaba los pies de Pilar, sus manos, de rodillas, su jefa sentada, y juraba obediencia y daba las gracias. Estaba completamente desatada y Pilar, relajada, se dejaba hacer hasta que por fin la secretaria se calmó. Ambas, despacio, se levantaron. Virginia ya respiraba medio bien. "¿Qué ropa interior llevas ahora?". La secretaria respondió ansiosa como un niño pequeño que se sabe la tabla de multiplicar: "tanga y sujetador negros". Pilar se separó unos pasos hacia atrás para verla mejor. "Enséñamelo". Y la secretaria comenzó a decir que sí con la cabeza compulsivamente mientras se quitaba el vestido. Era cierto. Luego la ordenó que se vistiera y que fuera a su mesa a trabajar porque había muchísimos papeles atrasados después de aquellos tres días de silencios entre ellas. Virginia obedeció radiante de alegría. Pilar se fue a su hora y ella se quedó hasta la noche para poder terminar. Y lo hizo. Cuando llegó a casa, agotada, comió algo y se metió en la cama sólo con las braguitas y el sujetador que había enseñado a su jefa. Durmió bien y reparadoramente. La palabra felicidad se quedaba muy corta con respecto a la serenidad y a la plenitud que la inundaba. Al día siguiente lo primero que hizo Pilar tras saludarla fue pedirla que cerrara la puerta y que le enseñara lo que llevaba puesto debajo del vestido. Virginia lo hizo sin rechistar. Y al día siguiente, y al otro y al otro. Se convirtió en un ritual cotidiano que ya llevaban haciendo a diario durante casi dos meses. Por eso esa mañana, cuando Virginia terminó de colocar las carpetas de los informes en la librería del fondo, y sintió la mirada de su jefa en la espalda, sin decir una palabra y sonriéndola, avanzó hacia la puerta y la cerró con llave. Luego, clavando esta vez ella, sus tacones sobre la moqueta, se situó frente a la mesa de Pilar, que con las manos juntas, la observaba. "Vamos". Dijo su jefa. El vestidito, ceñido y azulito claro, colgaba de dos lazos que con coquetería Virginia desanudó de sus hombros. Efectivamente, estaba preciosa. Pensó Pilar y subió las manos apoyando en ellas la barbilla. Todo bien. Tanga/prendas negras. Ecuación completa. Echó un poco la cabeza hacia delante observándola satisfecha y con detenimiento. Virginia juntó sus piernas en pose de modelo y se puso las manos en las caderas, sonreía, dulce y adorable. No volvería a ponerse el vestido hasta que Pilar no se lo dijera, pero hoy su jefa había decidido tomárselo con calma. Quería disfrutar un rato del paisaje. Se arrellanó en el asiento y Virginia, paciente, y con expresión contenta, metió la barriguita y aumentó la sonrisa. Delicioso. Pensó Pilar. Perfecto.
 


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25 de Febrero de 2010 a las 14:54
Re: Sadomasoquismo.

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. 


   Virginia llevaba más de diez minutos en tanga y sujetador delante de su jefa, ya no sabía qué postura poner, pero a pesar de comenzar a agobiarse un poco no dejaba de sonreír ni un sólo segundo. Bajo ningún concepto quería trasmitir a Pilar la idea de que le costaba lo más mínimo obedecer sus órdenes. Lo que fuera. Ya había sufrido por aquel motivo bastante y no deseaba que se repitiera. Pilar se había quedado inmóvil, arrellanada en su sillón de jefa, mirándola, pero sin expresión alguna en el rostro. Se levantó, repentinamente, se acercó a Virginia, la cogió de la mano y la llevó al sofá que había debajo de la ventana. Allí prácticamente la lanzó sobre los almohadones. La secretaria, que estaba un poco asustada ante aquella reacción, quedó sentada, juntando las rodillas y los tobillos muy separados, apoyadas las manos en la base del sofá por detrás y manteniendo la espalda muy estirada, acorde con su expresión sorprendida. Su temor aumentaba la desnudez que la envolvía, porque seguía en ropa interior. Pilar se sentó junto a ella y la cogió de la barbilla obligándola así a que la mantuviera la mirada muy de cerca. 
-No me he olvidado de que me mentiste.- 
-Perdóname, te lo suplico.- 
-Puta asquerosa.- 
-Perdóname, Pilar, por favor, perdóname...- Acababan de empezar a  saltársele las lágrimas y los pucheros y el temblor nervioso de su mandíbula la impedían continuar. 
-¿Sigues dispuesta a hacer lo que sea para enmendar tu falta? !Responde guarra!.- 
   Como seguía sin poder hablar Virginia decía que si una y otra vez con la cabeza. 
-¿Cualquier cosa?.- 
   Continuaba asintiendo compulsivamente y sollozaba. 
-Entonces voy a darte una oportunidad, sólo una. Puta.- Y se levantó. 
   Fue a la minicadena, desconectó el hilo musical y pulsó cd, sobre la bandejita puso un disco y lo cerró. Era una especie de hip-hop suave, como los que ponen en los gimnasios y en las barras americanas. Volvió al sofá, allí seguía Virginia, que ahora se había tapado la cara con las manos para que su jefa no la viera llorar. Se las apartó de un manotazo. La secretaria se quedó con el aliento contenido y mirándola con miedo. 
-Vas a bailar para mí como una zorra, en pelotas, sólo con los tacones, durante treinta minutos ¿Has entendido? Sírveme un whisky, con mucho hielo.- 
   La aludida, como aliviada por recibir una orden, se levantó de un salto, como movida por un resorte y se lanzó sobre el bar de la librería para preparar la bebida. Estaba nerviosa, se le cayeron varias veces los cubitos helados y tuvo que arrodillarse y recogerlos. por fin consiguió tener entre las manos el vaso corto y ancho rebosante de hielo, con escocés, que le gustaba a Pilar. No era el primer whisky que le servía aunque también era verdad que no se los tomaba muy a menudo. Se había apoltronado cómodamente, como esperando que comenzase un espectáculo, y Virginia se acercó a ella con pasos temblorosos. Le acercó el vaso tan a su rostro que Pilar pudo oler el agrio sabor a madera del líquido amarillo que se contoneaba entre los cubitos. Lo cogió y le dio un sorbo. Virginia, de pie, a su lado, tenía ahora las manos en la barriga hechas un puño y la miraba. 
-He dicho ahora. La puerta ya está cerrada con llave y he activado el contestador automático. A bailar.- Otro sorbo. 
-¿Sin nada?.- Se quitó con la muñeca una lágrima que le estaba bajando por la mejilla. 
-En pelotas. Ya lo he dicho, joder.- 
-¿Quieres que me quite el tanga y el sujetador?.- 
   Esta vez Pilar no la contestó pero la atravesó con esa mirada cruel, dura e inmisericorde de depredadora a punto de trocear una presa que muy pocos habitantes de este planeta podrían llegar a aguantar más de un par de segundos. Virginia rompió otra vez a llorar. Y otra vez a decir que sí con la cabeza, intermitentemente y sin parar, como una retrasada. Se quitó el sujetador y las braguitas y las dejó encima del sofá, luego se limpió las lágrimas con las manos, ya no sollozaba, e intentó sonreír, aunque lo único que consiguió fue dibujar una mueca incomprensible en el rostro, se dio media vuelta y avanzó hasta la librería, hasta quedar frente a su jefa, en un ángulo de visión perfecto. Pilar, desde el sofá y con el telemando del equipo, subió el sonido. Estaba claro que quería que el espectáculo comenzara ya. Mensaje recibido. Virginia se dio la vuelta dando con su melena un capotazo de anuncio de champú y aunque mantenía la mirada baja y se le notaban las mejillas encendidas por la vergüenza, estaba bailando. Movía voluptuosamente las caderas, levantaba un brazo, alborotándose el pelo y con el otro se acariciaba la cara delantera de un muslo. Pilar sonrió. Nuevo sorbo, y esta vez lo saboreó en serio. Fuego, madera y centeno. A eso le sabía el whisky. Sonrió más. Los pechos de Virginia botaban, arriba y abajo, porque ahora movía las caderas hacia delante y hacia atrás, con las rodillas flexionadas y las piernas muy abiertas. Las tetas eran medianas pero gorditas y los pezoncitos tan rosados que apenas se distinguían del resto de la piel. Estaba claro que a cada segundo que pasaba estaba cogiendo confianza y Pilar era de las que en esas situaciones daba siempre una vuelta más a la tuerca. 
-Como una zorra. Como un auténtico putón salido.- Dijo, por si quedaba alguna duda. 
   La aludida, sin dejar de bailar, se atrevió a mirarla y esta vez sí consiguió sonreír de verdad; continuaba dando acompasados caderazos hacia delante y mantenía los brazos levantados, con las manos en la nuca. El rubor de sus mejillas había desaparecido y dentro de sus pechos, que no paraban, comenzaban a sobresalir, como dos sorprendentes agujas, los pezones. Le estaban creciendo más y más a cada instante. Un espectáculo soberbio. Pilar se terminó el whisky y dejó el vaso en la mesita de rincón que tenía al lado del brazo del sofá; continuó observando a Virginia, con un misterioso aire de ensimismamiento y satisfacción. Lo había conseguido, la había llevado exactamente al terreno donde la quería tener. Después de tanto años de ejercer la dominación tuvo que reconocerse a si misma haber alcanzado una maestría extraordinaria; porque Virginia era un reto. Virginia no sabía prácticamente nada de sadomasoquismo, sabía incluso menos que los típicos tópicos ridículos que la gente ajena al tema cree saber sobre el Sado. Apenas unos días después de que comenzara a trabajar, ella se encargó de sonsacárselo hábilmente, sin que ni siquiera se diera cuenta, envolviendo sus preguntas en un montón de comentarios aparentemente vacíos y aparentemente intrascendentes. Pero quedó claro que si conseguía dominarla, sin saber Virginia nada de sado-maso,no sería el triunfo de una esclava, con o sin experiencia, que busca un ama, no. No sería el triunfo de un aficionado a conseguir el placer a través del dolor y que desea cristalizar su orientación sexual. No sería sólo éso. Sería mucho más. Sería el triunfo incontestable y magnífico de ella, de Pilar, no sólo del Sado, sino sobre todo, de su poderosa personalidad y de su experimentada capacidad manipuladora. Un triunfo de verdad. Hacerle perder la cabeza a una apocada secretaria, casi veinte años menos que ella y que estaba bastante buena. Ir de primeras, tan brutal como directamente, a la dominación y no perder tiempo ni esfuerzo en un sólo segundo de enamoramiento. Una obra de arte. Dominación en su estado puro y salvaje. Y como ella siempre había creído y ahora los hechos la demostraban,  era una fuerza más potente y arrolladora que el amor. Virginia bailaba completamente desatada. Ya había superado los reparos  y las inhibiciones del principio. Sus pezones, muy puntiagudos, estaban a punto de estallar y tenía también la rajita brillosa. Estaba mojada. Movía las caderas como un péndulo, y se pasaba la mano derecha, intermitentemente, muy deprisa y sin parar, por los labios vaginales y por el ano entre las nalgas. Y con la mano izquierda cuando dejaba de apretarse una teta pasaba a la otra. Se contoneara como se contoneara sus manos no hacían más que repetir in eternum esos movimientos. Los ojos cerrados, como en éxtasis y la boca abierta, en una gran sonrisa que parecía el comienzo inminente de una carcajada que nunca acababa de llegar. Sí, estaba disfrutando. Desde que empezó a estar al lado de Pilar lo sabía y ahora, por fin, terminó de aceptarlo definitivamente; tenía que obedecerla, si no lo hacía, estaba hecha polvo y si lo hacía tenía que hacerlo de verdad, sin preguntas y sin reservas, absolutamente lo que ella quisiera. Todavía no estaba segura si su jefa era una lesbiana, una voyeur morbosa o algo todavía más raro, pero ya no la importaba. Fuera lo que fuera ella tenía que obedecerla y punto. Porque cuando conseguía superar el miedo y lo hacía, era la mujer más feliz del mundo. Ahora mismo, bailando enardecida ante su jefa, completamente desnuda y excitada como jamás recordaba haberlo estado, se sentía una diosa. Cada autocaricia le producía un espasmo de placer, sobre todo, porque Pilar la estaba mirando y porque Pilar se lo había mandado. Miró de soslayo el reloj que colgaba de la pared, su jefa se dio cuenta y Virginia la lanzó una tierna mirada de agradecimiento como para disculparse por la distracción. Aún la quedaban catorce minutos de baile, en realidad no quería que terminase, intensificó el ritmo de los movimientos y se concentró en parecer todavía, más putón. 

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salazar

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25 de Febrero de 2010 a las 17:47
Re: Sadomasoquismo.

cita de salazar

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. 

   Virginia llevaba más de diez minutos en tanga y sujetador delante de su jefa, ya no sabía qué postura poner, pero a pesar de comenzar a agobiarse un poco no dejaba de sonreír ni un sólo segundo. Bajo ningún concepto quería trasmitir a Pilar la idea de que le costaba lo más mínimo obedecer sus órdenes. Lo que fuera. Ya había sufrido por aquel motivo bastante y no deseaba que se repitiera. Pilar se había quedado inmóvil, arrellanada en su sillón de jefa, mirándola, pero sin expresión alguna en el rostro. Se levantó, repentinamente, se acercó a Virginia, la cogió de la mano y la llevó al sofá que había debajo de la ventana. Allí prácticamente la lanzó sobre los almohadones. La secretaria, que estaba un poco asustada ante aquella reacción, quedó sentada, juntando las rodillas y los tobillos muy separados, apoyadas las manos en la base del sofá por detrás y manteniendo la espalda muy estirada, acorde con su expresión sorprendida. Su temor aumentaba la desnudez que la envolvía, porque seguía en ropa interior. Pilar se sentó junto a ella y la cogió de la barbilla obligándola así a que la mantuviera la mirada muy de cerca. 
-No me he olvidado de que me mentiste.- 
-Perdóname, te lo suplico.- 
-Puta asquerosa.- 
-Perdóname, Pilar, por favor, perdóname...- Acababan de empezar a  saltársele las lágrimas y los pucheros y el temblor nervioso de su mandíbula la impedían continuar. 
-¿Sigues dispuesta a hacer lo que sea para enmendar tu falta? !Responde guarra!.- 
   Como seguía sin poder hablar Virginia decía que si una y otra vez con la cabeza. 
-¿Cualquier cosa?.- 
   Continuaba asintiendo compulsivamente y sollozaba. 
-Entonces voy a darte una oportunidad, sólo una. Puta.- Y se levantó. 
   Fue a la minicadena, desconectó el hilo musical y pulsó cd, sobre la bandejita puso un disco y lo cerró. Era una especie de hip-hop suave, como los que ponen en los gimnasios y en las barras americanas. Volvió al sofá, allí seguía Virginia, que ahora se había tapado la cara con las manos para que su jefa no la viera llorar. Se las apartó de un manotazo. La secretaria se quedó con el aliento contenido y mirándola con miedo. 
-Vas a bailar para mí como una zorra, en pelotas, sólo con los tacones, durante treinta minutos ¿Has entendido? Sírveme un whisky, con mucho hielo.- 
   La aludida, como aliviada por recibir una orden, se levantó de un salto, como movida por un resorte y se lanzó sobre el bar de la librería para preparar la bebida. Estaba nerviosa, se le cayeron varias veces los cubitos helados y tuvo que arrodillarse y recogerlos. por fin consiguió tener entre las manos el vaso corto y ancho rebosante de hielo, con escocés, que le gustaba a Pilar. No era el primer whisky que le servía aunque también era verdad que no se los tomaba muy a menudo. Se había apoltronado cómodamente, como esperando que comenzase un espectáculo, y Virginia se acercó a ella con pasos temblorosos. Le acercó el vaso tan a su rostro que Pilar pudo oler el agrio sabor a madera del líquido amarillo que se contoneaba entre los cubitos. Lo cogió y le dio un sorbo. Virginia, de pie, a su lado, tenía ahora las manos en la barriga hechas un puño y la miraba. 
-He dicho ahora. La puerta ya está cerrada con llave y he activado el contestador automático. A bailar.- Otro sorbo. 
-¿Sin nada?.- Se quitó con la muñeca una lágrima que le estaba bajando por la mejilla. 
-En pelotas. Ya lo he dicho, joder.- 
-¿Quieres que me quite el tanga y el sujetador?.- 
   Esta vez Pilar no la contestó pero la atravesó con esa mirada cruel, dura e inmisericorde de depredadora a punto de trocear una presa que muy pocos habitantes de este planeta podrían llegar a aguantar más de un par de segundos. Virginia rompió otra vez a llorar. Y otra vez a decir que sí con la cabeza, intermitentemente y sin parar, como una retrasada. Se quitó el sujetador y las braguitas y las dejó encima del sofá, luego se limpió las lágrimas con las manos, ya no sollozaba, e intentó sonreír, aunque lo único que consiguió fue dibujar una mueca incomprensible en el rostro, se dio media vuelta y avanzó hasta la librería, hasta quedar frente a su jefa, en un ángulo de visión perfecto. Pilar, desde el sofá y con el telemando del equipo, subió el sonido. Estaba claro que quería que el espectáculo comenzara ya. Mensaje recibido. Virginia se dio la vuelta dando con su melena un capotazo de anuncio de champú y aunque mantenía la mirada baja y se le notaban las mejillas encendidas por la vergüenza, estaba bailando. Movía voluptuosamente las caderas, levantaba un brazo, alborotándose el pelo y con el otro se acariciaba la cara delantera de un muslo. Pilar sonrió. Nuevo sorbo, y esta vez lo saboreó en serio. Fuego, madera y centeno. A eso le sabía el whisky. Sonrió más. Los pechos de Virginia botaban, arriba y abajo, porque ahora movía las caderas hacia delante y hacia atrás, con las rodillas flexionadas y las piernas muy abiertas. Las tetas eran medianas pero gorditas y los pezoncitos tan rosados que apenas se distinguían del resto de la piel. Estaba claro que a cada segundo que pasaba estaba cogiendo confianza y Pilar era de las que en esas situaciones daba siempre una vuelta más a la tuerca. 
-Como una zorra. Como un auténtico putón salido.- Dijo, por si quedaba alguna duda. 
   La aludida, sin dejar de bailar, se atrevió a mirarla y esta vez sí consiguió sonreír de verdad; continuaba dando acompasados caderazos hacia delante y mantenía los brazos levantados, con las manos en la nuca. El rubor de sus mejillas había desaparecido y dentro de sus pechos, que no paraban, comenzaban a sobresalir, como dos sorprendentes agujas, los pezones. Le estaban creciendo más y más a cada instante. Un espectáculo soberbio. Pilar se terminó el whisky y dejó el vaso en la mesita de rincón que tenía al lado del brazo del sofá; continuó observando a Virginia, con un misterioso aire de ensimismamiento y satisfacción. Lo había conseguido, la había llevado exactamente al terreno donde la quería tener. Después de tanto años de ejercer la dominación tuvo que reconocerse a si misma haber alcanzado una maestría extraordinaria; porque Virginia era un reto. Virginia no sabía prácticamente nada de sadomasoquismo, sabía incluso menos que los típicos tópicos ridículos que la gente ajena al tema cree saber sobre el Sado. Apenas unos días después de que comenzara a trabajar, ella se encargó de sonsacárselo hábilmente, sin que ni siquiera se diera cuenta, envolviendo sus preguntas en un montón de comentarios aparentemente vacíos y aparentemente intrascendentes. Pero quedó claro que si conseguía dominarla, sin saber Virginia nada de sado-maso,no sería el triunfo de una esclava, con o sin experiencia, que busca un ama, no. No sería el triunfo de un aficionado a conseguir el placer a través del dolor y que desea cristalizar su orientación sexual. No sería sólo éso. Sería mucho más. Sería el triunfo incontestable y magnífico de ella, de Pilar, no sólo del Sado, sino sobre todo, de su poderosa personalidad y de su experimentada capacidad manipuladora. Un triunfo de verdad. Hacerle perder la cabeza a una apocada secretaria, casi veinte años menos que ella y que estaba bastante buena. Ir de primeras, tan brutal como directamente, a la dominación y no perder tiempo ni esfuerzo en un sólo segundo de enamoramiento. Una obra de arte. Dominación en su estado puro y salvaje. Y como ella siempre había creído y ahora los hechos la demostraban,  era una fuerza más potente y arrolladora que el amor. Virginia bailaba completamente desatada. Ya había superado los reparos  y las inhibiciones del principio. Sus pezones, muy puntiagudos, estaban a punto de estallar y tenía también la rajita brillosa. Estaba mojada. Movía las caderas como un péndulo, y se pasaba la mano derecha, intermitentemente, muy deprisa y sin parar, por los labios vaginales y por el ano entre las nalgas. Y con la mano izquierda cuando dejaba de apretarse una teta pasaba a la otra. Se contoneara como se contoneara sus manos no hacían más que repetir in eternum esos movimientos. Los ojos cerrados, como en éxtasis y la boca abierta, en una gran sonrisa que parecía el comienzo inminente de una carcajada que nunca acababa de llegar. Sí, estaba disfrutando. Desde que empezó a estar al lado de Pilar lo sabía y ahora, por fin, terminó de aceptarlo definitivamente; tenía que obedecerla, si no lo hacía, estaba hecha polvo y si lo hacía tenía que hacerlo de verdad, sin preguntas y sin reservas, absolutamente lo que ella quisiera. Todavía no estaba segura si su jefa era una lesbiana, una voyeur morbosa o algo todavía más raro, pero ya no la importaba. Fuera lo que fuera ella tenía que obedecerla y punto. Porque cuando conseguía superar el miedo y lo hacía, era la mujer más feliz del mundo. Ahora mismo, bailando enardecida ante su jefa, completamente desnuda y excitada como jamás recordaba haberlo estado, se sentía una diosa. Cada autocaricia le producía un espasmo de placer, sobre todo, porque Pilar la estaba mirando y porque Pilar se lo había mandado. Miró de soslayo el reloj que colgaba de la pared, su jefa se dio cuenta y Virginia la lanzó una tierna mirada de agradecimiento como para disculparse por la distracción. Aún la quedaban catorce minutos de baile, en realidad no quería que terminase, intensificó el ritmo de los movimientos y se concentró en parecer todavía, más putón. 



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raulcamposval

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25 de Febrero de 2010 a las 18:29
Re: Sadomasoquismo.

cita de sumisadanae

Caro Salazar:
Te ruego disculpes mi incursión en tu foro de sadomasoquismo.
Supongo que debes de estar ocupado en otros menesteres y no es mi intención reclamar tu presencia en www.clubsumision.com.
Sin
embargo, querría hacerte saber que algunos miembros de dicho foro se impacientan por disfrutar de la continuación del relato "La clausura", que tú y yo estamos escribiendo al alimón. Uno de ellos me ha propuesto continuarlo él, otro me sugiere que lo continúe yo... y yo deseo que lo hagas tú.
Confío en que podamos seguir contando contigo.
Saludos... ¿intensos?... jajaja. Intensos y cercanos,

sumisadanae - Maika


Eres un triunfador, salazar. Te vienen a buscar la titis hasta a los foros. No me digas lo que les das, que ya lo imaginamos todos. Ja, ja.

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salazar

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25 de Febrero de 2010 a las 19:03
Re: Sadomasoquismo.

   Pero no debemos distraernos, estimado raulcamposval, nuestro deber sagrado es contar historias. Nada es más importante que éso. Volvamos a centrarnos y dame una opinión al respecto de lo último que estoy posteando. Ya sabes lo solo que me encuentro aquí. Para mí cualquier comentario es un milagro. Y lo agradezco. 


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salazar

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27 de Febrero de 2010 a las 18:58
Re: Sadomasoquismo.

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. 


   Alborotada su preciosa melena como si fuesen las aspas de un ventilador. Los ojos cerrados. La boca abierta, jadeante. La lengua mediosacada y chorreando hilillos de saliva. Una mano en el chocho y la otra en el culito. A ninguna de las dos se le veían los dedos. Su cadera no paraba de moverse en enloquecidos círculos, como si estuviera siendo arrastrada por sus manos o como si sus manos la intentaran sujetar inútilmente. Virginia, bailando desnuda delante de su jefa, ya estaba cubierta de sudor y no paraba. Entonces la música cesó. De repente. Ante aquello la secretaria se detuvo en seco y abrió los ojos; vio a Pilar, que seguía sentada en el sofá, apuntando con el telemando al equipo de música. Ella acababa de apagar el sonido. 
-Basta.- Dijo.
   La secretaria hizo un ademán instintivo de ir a recoger su ropa. 
-No he dicho que te vistas, he dicho simplemente que dejes de bailar.- 
   Virginia, un poco confusa y sin saber muy bien qué hacer, se quedó parada en su sitio, de pie como estaba, intentando arreglarse el pelo con cara de circunstancia. 
-Así. Quietecita hasta que yo te diga.- 
-Sí Pilar.- 
   La aludida se levantó y avanzó hacia su secretaria. Comenzó a rodearla observándola concienzudamente, como quien estudia al animal antes de comprar un caballo. Vio sus nalgas con formas de peras, fibrosas y duras, las curvas de sus caderas resbalando hasta esconderse en la oquedad entre sus piernas, sus pechos temblorosos y ahora con el pezón puntiagudo, y su carita, intimidada. Como seguía desnuda y la tenía tan cerca, Virginia sintió vergüenza y se tapó con un brazo las tetas, con la otra mano el sexo y bajó la mirada. Eso hizo sonreír a Pilar, que se dio la vuelta y fue hacia el perchero que había al lado de la puerta. 
-Ahora sí. Vístete. Arréglate el pelo y maquíllate un poco. Ha sido muy excitante pero has acabado hecha una pena.- 
-Enseguida Pilar.- Esta vez la secretaria sí se lanzó hacia sus prendas, las cogió y comenzó a ponérselas. Pilar sacó algo negro del bolso de calle que tenía colgado del perchero y se dirigió al servicio. Su despacho, por supuesto, tenía aseo privado. Abrió la puerta, la dejó abierta, entró y puso el objeto que Virginia todavía no había llegado a ver claramente, sobre el lavabo. Allí se quedó frente al espejo retocándose las cejas y el contorno del pintalabios. 
-Has estado muy bien.-Dijo Pilar un poco alto para que Virginia pudiera oírla bien desde el centro del despacho, donde ya se había puesto el sostén, el tanga y los zapatos de tacón. Ahora buscaba con la mirada el vestido a su alrededor. 
-Gracias Pilar.- 
-En el perchero.- Efectivamente, allí estaba el vestido colgado. 
-Otra vez gracias.- Virginia avanzó hasta donde se le había dicho dando graciosos saltitos y sonriendo como una niña. Descolgó la prenda y volvió a donde estaba para que Pilar, que continuaba en el servicio con la puerta abierta, pudiera verla. Alzó el vestido y se lo metió por arriba hasta enhebrar los brazos por las mangas y bajarse la punta de la falda de un tirón. Perfecto. Luego comenzó a arreglarse el pelo con las manos como buenamente podía y sacó un kit minúsculo de maquillaje con el que después se retocó. Hecho lo cual se acercó al umbral de la puerta del baño. 
-Ya estoy lista Pilar.- 
-Todavía no te vas a tu mesa a trabajar. Aún queda una cosa.- 
-¿Una cosa?- 
-Sí. Una cosa más ¿Algún problema?- -No Pilar, ningún problema. Lo que tú digas.- 
-Así me gusta. Buena chica.- 
-¿Qué es?- 
-Algo mucho más fácil que lo del baile. Sólo tienes que quedarte ahí, donde estás, justo en medio del umbral de la puerta del baño, y no dejar de mirarme ni un solo segundo.- 
-¿Sólo mirarte?- 
-Nada más. Muy concentrada. Y calladita. Hasta que yo te diga.- 
-De acuerdo.- 
   Entonces Pilar cogió del lavabo el objeto negro que había sacado del bolso y Virginia, tan cerca como estaba ahora, pudo verlo bien. Era un consolador de goma semirígida. Un pene sintético de unos quince centímetros de alto y, más o menos, cuatro centímetros de diámetro. Y aunque era negro su forma era bastante realista; la cabeza del pene hinchada se inclinaba un poco a un lado y el tronco era recorrido por varias venas en tensión. Al ver el instrumento a la secretaria se le pusieron los ojos como platos y abrió la boca para exhalar un profundo oh de sorpresa. No le dio tiempo. Su jefa la miró severa poniéndose el dedo índice en los labios, dejando claro que lo de estar calladita iba en serio. Virginia asintió con la cabeza y cerró la boca. Se llevó las manos a la espalda como hacen los militares en posición de descanso y simplemente se quedó parada allí, dirigiendo a Pilar la mirada más intensa de la que era capaz. Obedeciendo. Su jefa, que también llevaba vestido, se dio la vuelta y se sentó en la taza del water tras bajarse el tanga. La prenda se enredaba ahora holgadamente entre sus tobillos, por encima de los tacones. Sentada como estaba, orinando, exponía sus piernas morenas y musculosas que lucían soberbias, e inclinaba el cuerpo hacia delante con los antebrazos en la barriga. Sonaba armoniosamente el chorro de orín al caer sobre el agua, hasta que paró. Pilar levantó la vista y comprobó que Virginia seguía mirándola atentamente y comprobó, además, que las mejillas se le habían puesto rojas. Se levantó la falda por delante y con un trozo de papel higiénico se limpió la raja. Abría mucho las piernas y echaba la espalda hacia atrás, facilitando así, sin ningún disimulo, que su secretaria pudiera verla el sexo perfectamente. Tras tirar al interior de la taza el trocito de papel manchado, se destrabó el tanga de entre los pies y lo dejó sobre el lavabo. Luego se quitó la falda, entera, la dobló con cuidado y también la puso allí. Se había quedado en tacones y con la camisa oscura de ejecutiva, ajustada, y que no la bajaba mucho más allá del ombligo. Su caderita de avispa lucía magnífica. Nada de marcas de bañador. Las odiaba. Hoy en día absolutamente prescindibles con los rayos uva. Los muslos, provocadores y macizos, hacían un encuentro perfecto a su triángulo de Venus, y allí, en su centro, reinaba inmaculadamente depilada, su vagina. Se contoneó un poco de un lado a otro para que Virginia no se perdiera ningún detalle de aquel poderoso paisaje anatómico. Cogió el consolador. Luego se acercó otra vez a la taza del water y se dio la vuelta para tirar de la cadena y bajar la tapa. Así, de espaldas, estuvo un ratito, espigando las nalgas hacia fuera e inclinando hacia dentro el tronco. Tenía un culo absolutamente precioso; sin una sola gota de grasa, sin estrías y sin arrugas. Terso, con forma de manzana, abrillantado por la pura sensación de limpieza y suavidad que emitía su piel y sin ser grande, generoso. Se acarició un poco las nalgas con la mano que tenía libre y jugueteó un rato con sus dedos en el ano. Cuando se cansó de aquella postura se dio de nuevo la vuelta y se sentó sobre la tapa de la taza, con las piernas muy abiertas, como la bailarina protagonista de Cabaret. Primero se acarició las caras interiores de los muslos y el espacio entre el chocho y el ombligo, intercambiándolos, un rato. También se arañaba suavemente esas zonas con sus uñas largas y cuidadísimas, pintadas de un rojo tan fuerte y denso que a veces parecía negro. Y mientras se tocaba, de vez en cuando, levantaba la mirada y como de soslayo, observaba a su observadora. Sonriendo. Virginia seguía en el umbral como una estatua, sin variar la posición ni un solo milímetro, y dibujaba sobre su rostro enrojecido por la vergüenza, una tímida pero visible sonrisa de correspondencia cada vez que su jefa la miraba. Pilar echó la cadera hacia delante y levantó las rodillas, además, se ayudó con los dedos de su manos izquierda con los que se separó lo más posible los labios vaginales y se abrió el agujero. Virginia ahora miraba aquel hoyito negro con expresión fascinada y se dio cuenta de que le resbalaban algunas gotitas blancas, no amarillas, por los lados. Sin saber muy bien por qué la secretaria se mordía la lengua y se apretaba los puños viendo todo eso. Con la mano derecha Pilar levantó la polla sintética y en una parábola lenta, pero vigorosa y precisa, la bajó hasta clavársela entera en el chocho. Todo dentro. Virginia, de repente, y como por arte de magia, dejó de ver lo negro del hoyito y del consolador. A su jefa se le había cambiado el rostro; ahora emitía una especie de quejido ronco y denso que, poco a poco, iba convirtiéndose en un gritito. Sacó el pene de goma, más lentamente que cuando se lo metió, y antes de sacarlo del todo, volvió a metérselo hasta el fondo. Y otra vez. Y otra. Y otra. Aquellos movimientos masturbatorios de mete y saca, producían ahora un sonido líquido y oloroso, de hecho, la que los hacía, tenía ya toda la entrepierna empapada. Se le habían puesto los ojos en blanco y no podía cerrar la boca. Ya no daba grititos. Jadeaba y jadeaba. Virginia no sabía cuánto tiempo pudo durar aquel momento álgido, quizás, diez o quince minutos, pero ella ya no sentía corte alguno, al contrario, se descubrió a si misma observando a su jefa pajeándose, auténticamente hipnotizada. Incapaz de desviar la mirada. Curiosa, ávida y, sí, eso era, fascinada. Increíblemente fascinada. Pilar fue parando poco a poco hasta dejar su brazo derecho sin movimiento. Tenía las pupilas dilatadas y una inquietante sonrisa de benévola resaca. Enseguida desaparecieron los jadeos y recuperó su respiración normal. Se levantó, como si no hubiese pasado nada, y con papel limpió parsimoniosamente el consolador. Utilizó varios trozos. Sin prisas. Se deshizo de los papeles, tiró de la cadena y volvió a bajar la tapa. Volvía a tener la misma expresión intensa e inteligente de todos los días. Se puso el tanga, se lo ajustó, y después, se colocó la falda y se la abotonó. A Virginia aquello le pareció de repente como arte de magia. Otra vez la misma Pilar de siempre. Y como antes de la masturbación, frente al espejo, gastó unos minutos en retocarse los ojos, los labios y el pelo. El pene de goma seguía donde lo había dejado su jefa, encima de la piedra de mármol del lavabo, de pie, como una especie de tótem o de artilugio sagrado. Entonces Pilar la miró, con cierta indiferencia, pero sus palabras la hicieron reaccionar extrañamente, como si despertara. 
-Ahora sí que hemos terminado.- 
-Qué bien Pilar.- Sin saber muy bien por qué, lo decía con auténtico alivio y verdadera satisfacción. 
-También has estado muy bien en ésto último.- 
-Muchísimas gracias Pilar.- 
-Pues venga, vete a tu mesa y a trabajar, que tenemos un montón de cosas que hacer. Vamos.- 
-Sí Pilar.- 
   Pero antes de que terminara de darse la vuelta para irse la retuvo cogiéndola suavemente del codo. Virginia la miró, extrañada. Pilar apuntaba con su mirada el consolador sobre el lavabo. 
-Coge eso, y antes de salir del despacho, me lo dejas con mucho cuidado en mi bolso.- 
   La soltó del brazo. 
-Sí Pilar.- 
   La secretaria cogió la polla de goma con las dos manos como quien coge un objeto sagrado en un santuario y andando a pasitos muy cortos lo llevó hasta el perchero en donde seguía colgado el bolso de calle de su jefa. 
-Virginia.- 
-¿Sí Pilar?- 
-Antes de meterlo en el bolso, bésalo.- -Sí Pilar.- 
   No pensar. Sólo obedecer. Además, y tampoco sabía por qué, lo estaba deseando desde que lo cogió del lavabo. Lo besó con sobrecogimiento. Cerrando los ojos y aspirando muy hondo. Mantuvo así, como en éxtasis, los labios pegados al consolador, más de un minuto. Fue natural y espontáneo. No lo hizo por halagar a su jefa. Y tras ello metió el pene sintético en el bolso y la miró con una adorable expresión de cariño y de inocencia. 
-Vamos, a trabajar ¿Qué estás esperando?- 
-Sí Pilar.- Salió y cerró la puerta del despacho.  

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1 de Marzo de 2010 a las 19:08
Re: Sadomasoquismo.

cita de salazar

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. 

   Alborotada su preciosa melena como si fuesen las aspas de un ventilador. Los ojos cerrados. La boca abierta, jadeante. La lengua mediosacada y chorreando hilillos de saliva. Una mano en el chocho y la otra en el culito. A ninguna de las dos se le veían los dedos. Su cadera no paraba de moverse en enloquecidos círculos, como si estuviera siendo arrastrada por sus manos o como si sus manos la intentaran sujetar inútilmente. Virginia, bailando desnuda delante de su jefa, ya estaba cubierta de sudor y no paraba. Entonces la música cesó. De repente. Ante aquello la secretaria se detuvo en seco y abrió los ojos; vio a Pilar, que seguía sentada en el sofá, apuntando con el telemando al equipo de música. Ella acababa de apagar el sonido. 
-Basta.- Dijo.
   La secretaria hizo un ademán instintivo de ir a recoger su ropa. 
-No he dicho que te vistas, he dicho simplemente que dejes de bailar.- 
   Virginia, un poco confusa y sin saber muy bien qué hacer, se quedó parada en su sitio, de pie como estaba, intentando arreglarse el pelo con cara de circunstancia. 
-Así. Quietecita hasta que yo te diga.- 
-Sí Pilar.- 
   La aludida se levantó y avanzó hacia su secretaria. Comenzó a rodearla observándola concienzudamente, como quien estudia al animal antes de comprar un caballo. Vio sus nalgas con formas de peras, fibrosas y duras, las curvas de sus caderas resbalando hasta esconderse en la oquedad entre sus piernas, sus pechos temblorosos y ahora con el pezón puntiagudo, y su carita, intimidada. Como seguía desnuda y la tenía tan cerca, Virginia sintió vergüenza y se tapó con un brazo las tetas, con la otra mano el sexo y bajó la mirada. Eso hizo sonreír a Pilar, que se dio la vuelta y fue hacia el perchero que había al lado de la puerta. 
-Ahora sí. Vístete. Arréglate el pelo y maquíllate un poco. Ha sido muy excitante pero has acabado hecha una pena.- 
-Enseguida Pilar.- Esta vez la secretaria sí se lanzó hacia sus prendas, las cogió y comenzó a ponérselas. Pilar sacó algo negro del bolso de calle que tenía colgado del perchero y se dirigió al servicio. Su despacho, por supuesto, tenía aseo privado. Abrió la puerta, la dejó abierta, entró y puso el objeto que Virginia todavía no había llegado a ver claramente, sobre el lavabo. Allí se quedó frente al espejo retocándose las cejas y el contorno del pintalabios. 
-Has estado muy bien.-Dijo Pilar un poco alto para que Virginia pudiera oírla bien desde el centro del despacho, donde ya se había puesto el sostén, el tanga y los zapatos de tacón. Ahora buscaba con la mirada el vestido a su alrededor. 
-Gracias Pilar.- 
-En el perchero.- Efectivamente, allí estaba el vestido colgado. 
-Otra vez gracias.- Virginia avanzó hasta donde se le había dicho dando graciosos saltitos y sonriendo como una niña. Descolgó la prenda y volvió a donde estaba para que Pilar, que continuaba en el servicio con la puerta abierta, pudiera verla. Alzó el vestido y se lo metió por arriba hasta enhebrar los brazos por las mangas y bajarse la punta de la falda de un tirón. Perfecto. Luego comenzó a arreglarse el pelo con las manos como buenamente podía y sacó un kit minúsculo de maquillaje con el que después se retocó. Hecho lo cual se acercó al umbral de la puerta del baño. 
-Ya estoy lista Pilar.- 
-Todavía no te vas a tu mesa a trabajar. Aún queda una cosa.- 
-¿Una cosa?- 
-Sí. Una cosa más ¿Algún problema?- -No Pilar, ningún problema. Lo que tú digas.- 
-Así me gusta. Buena chica.- 
-¿Qué es?- 
-Algo mucho más fácil que lo del baile. Sólo tienes que quedarte ahí, donde estás, justo en medio del umbral de la puerta del baño, y no dejar de mirarme ni un solo segundo.- 
-¿Sólo mirarte?- 
-Nada más. Muy concentrada. Y calladita. Hasta que yo te diga.- 
-De acuerdo.- 
   Entonces Pilar cogió del lavabo el objeto negro que había sacado del bolso y Virginia, tan cerca como estaba ahora, pudo verlo bien. Era un consolador de goma semirígida. Un pene sintético de unos quince centímetros de alto y, más o menos, cuatro centímetros de diámetro. Y aunque era negro su forma era bastante realista; la cabeza del pene hinchada se inclinaba un poco a un lado y el tronco era recorrido por varias venas en tensión. Al ver el instrumento a la secretaria se le pusieron los ojos como platos y abrió la boca para exhalar un profundo oh de sorpresa. No le dio tiempo. Su jefa la miró severa poniéndose el dedo índice en los labios, dejando claro que lo de estar calladita iba en serio. Virginia asintió con la cabeza y cerró la boca. Se llevó las manos a la espalda como hacen los militares en posición de descanso y simplemente se quedó parada allí, dirigiendo a Pilar la mirada más intensa de la que era capaz. Obedeciendo. Su jefa, que también llevaba vestido, se dio la vuelta y se sentó en la taza del water tras bajarse el tanga. La prenda se enredaba ahora holgadamente entre sus tobillos, por encima de los tacones. Sentada como estaba, orinando, exponía sus piernas morenas y musculosas que lucían soberbias, e inclinaba el cuerpo hacia delante con los antebrazos en la barriga. Sonaba armoniosamente el chorro de orín al caer sobre el agua, hasta que paró. Pilar levantó la vista y comprobó que Virginia seguía mirándola atentamente y comprobó, además, que las mejillas se le habían puesto rojas. Se levantó la falda por delante y con un trozo de papel higiénico se limpió la raja. Abría mucho las piernas y echaba la espalda hacia atrás, facilitando así, sin ningún disimulo, que su secretaria pudiera verla el sexo perfectamente. Tras tirar al interior de la taza el trocito de papel manchado, se destrabó el tanga de entre los pies y lo dejó sobre el lavabo. Luego se quitó la falda, entera, la dobló con cuidado y también la puso allí. Se había quedado en tacones y con la camisa oscura de ejecutiva, ajustada, y que no la bajaba mucho más allá del ombligo. Su caderita de avispa lucía magnífica. Nada de marcas de bañador. Las odiaba. Hoy en día absolutamente prescindibles con los rayos uva. Los muslos, provocadores y macizos, hacían un encuentro perfecto a su triángulo de Venus, y allí, en su centro, reinaba inmaculadamente depilada, su vagina. Se contoneó un poco de un lado a otro para que Virginia no se perdiera ningún detalle de aquel poderoso paisaje anatómico. Cogió el consolador. Luego se acercó otra vez a la taza del water y se dio la vuelta para tirar de la cadena y bajar la tapa. Así, de espaldas, estuvo un ratito, espigando las nalgas hacia fuera e inclinando hacia dentro el tronco. Tenía un culo absolutamente precioso; sin una sola gota de grasa, sin estrías y sin arrugas. Terso, con forma de manzana, abrillantado por la pura sensación de limpieza y suavidad que emitía su piel y sin ser grande, generoso. Se acarició un poco las nalgas con la mano que tenía libre y jugueteó un rato con sus dedos en el ano. Cuando se cansó de aquella postura se dio de nuevo la vuelta y se sentó sobre la tapa de la taza, con las piernas muy abiertas, como la bailarina protagonista de Cabaret. Primero se acarició las caras interiores de los muslos y el espacio entre el chocho y el ombligo, intercambiándolos, un rato. También se arañaba suavemente esas zonas con sus uñas largas y cuidadísimas, pintadas de un rojo tan fuerte y denso que a veces parecía negro. Y mientras se tocaba, de vez en cuando, levantaba la mirada y como de soslayo, observaba a su observadora. Sonriendo. Virginia seguía en el umbral como una estatua, sin variar la posición ni un solo milímetro, y dibujaba sobre su rostro enrojecido por la vergüenza, una tímida pero visible sonrisa de correspondencia cada vez que su jefa la miraba. Pilar echó la cadera hacia delante y levantó las rodillas, además, se ayudó con los dedos de su manos izquierda con los que se separó lo más posible los labios vaginales y se abrió el agujero. Virginia ahora miraba aquel hoyito negro con expresión fascinada y se dio cuenta de que le resbalaban algunas gotitas blancas, no amarillas, por los lados. Sin saber muy bien por qué la secretaria se mordía la lengua y se apretaba los puños viendo todo eso. Con la mano derecha Pilar levantó la polla sintética y en una parábola lenta, pero vigorosa y precisa, la bajó hasta clavársela entera en el chocho. Todo dentro. Virginia, de repente, y como por arte de magia, dejó de ver lo negro del hoyito y del consolador. A su jefa se le había cambiado el rostro; ahora emitía una especie de quejido ronco y denso que, poco a poco, iba convirtiéndose en un gritito. Sacó el pene de goma, más lentamente que cuando se lo metió, y antes de sacarlo del todo, volvió a metérselo hasta el fondo. Y otra vez. Y otra. Y otra. Aquellos movimientos masturbatorios de mete y saca, producían ahora un sonido líquido y oloroso, de hecho, la que los hacía, tenía ya toda la entrepierna empapada. Se le habían puesto los ojos en blanco y no podía cerrar la boca. Ya no daba grititos. Jadeaba y jadeaba. Virginia no sabía cuánto tiempo pudo durar aquel momento álgido, quizás, diez o quince minutos, pero ella ya no sentía corte alguno, al contrario, se descubrió a si misma observando a su jefa pajeándose, auténticamente hipnotizada. Incapaz de desviar la mirada. Curiosa, ávida y, sí, eso era, fascinada. Increíblemente fascinada. Pilar fue parando poco a poco hasta dejar su brazo derecho sin movimiento. Tenía las pupilas dilatadas y una inquietante sonrisa de benévola resaca. Enseguida desaparecieron los jadeos y recuperó su respiración normal. Se levantó, como si no hubiese pasado nada, y con papel limpió parsimoniosamente el consolador. Utilizó varios trozos. Sin prisas. Se deshizo de los papeles, tiró de la cadena y volvió a bajar la tapa. Volvía a tener la misma expresión intensa e inteligente de todos los días. Se puso el tanga, se lo ajustó, y después, se colocó la falda y se la abotonó. A Virginia aquello le pareció de repente como arte de magia. Otra vez la misma Pilar de siempre. Y como antes de la masturbación, frente al espejo, gastó unos minutos en retocarse los ojos, los labios y el pelo. El pene de goma seguía donde lo había dejado su jefa, encima de la piedra de mármol del lavabo, de pie, como una especie de tótem o de artilugio sagrado. Entonces Pilar la miró, con cierta indiferencia, pero sus palabras la hicieron reaccionar extrañamente, como si despertara. 
-Ahora sí que hemos terminado.- 
-Qué bien Pilar.- Sin saber muy bien por qué, lo decía con auténtico alivio y verdadera satisfacción. 
-También has estado muy bien en ésto último.- 
-Muchísimas gracias Pilar.- 
-Pues venga, vete a tu mesa y a trabajar, que tenemos un montón de cosas que hacer. Vamos.- 
-Sí Pilar.- 
   Pero antes de que terminara de darse la vuelta para irse la retuvo cogiéndola suavemente del codo. Virginia la miró, extrañada. Pilar apuntaba con su mirada el consolador sobre el lavabo. 
-Coge eso, y antes de salir del despacho, me lo dejas con mucho cuidado en mi bolso.- 
   La soltó del brazo. 
-Sí Pilar.- 
   La secretaria cogió la polla de goma con las dos manos como quien coge un objeto sagrado en un santuario y andando a pasitos muy cortos lo llevó hasta el perchero en donde seguía colgado el bolso de calle de su jefa. 
-Virginia.- 
-¿Sí Pilar?- 
-Antes de meterlo en el bolso, bésalo.- -Sí Pilar.- 
   No pensar. Sólo obedecer. Además, y tampoco sabía por qué, lo estaba deseando desde que lo cogió del lavabo. Lo besó con sobrecogimiento. Cerrando los ojos y aspirando muy hondo. Mantuvo así, como en éxtasis, los labios pegados al consolador, más de un minuto. Fue natural y espontáneo. No lo hizo por halagar a su jefa. Y tras ello metió el pene sintético en el bolso y la miró con una adorable expresión de cariño y de inocencia. 
-Vamos, a trabajar ¿Qué estás esperando?- 
-Sí Pilar.- Salió y cerró la puerta del despacho.  



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5 de Marzo de 2010 a las 22:14
Re: Sadomasoquismo.

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia", una de las cuatro historias que se entrelazan. 


   Virginia llevaba toda la mañana en la oficina sin hacer una cosa a derechas; nerviosa como un flan. Menos mal que allí sólo estaba ella. La oficina era una sala amplia y bien iluminada que hacía de hall frente a la puerta del despacho de Pilar, siempre cerrada, y Virginia era su guardiana. Su gran mesa siempre llena de papeles y con el ordenador rodeado caóticamente por sus aparatos periféricos, de hecho, estaba sólo a medio metro de la puerta, para que la persona que llegase hasta allí se topase directamente con ella antes de conseguir ver a su jefa. En contra de lo que pensó al principio, no le costó mucho acostumbrarse a pasar la mayor parte de su jornada laboral sola, al contrario, enseguida lo sintió como un privilegio y se acostumbró a disfrutar de aquella libertad de movimientos y de la permanente sensación de aislamiento que la envolvía. Ordenaba las cosas a su manera y llevaba a cabo las tareas cotidianas más o menos cuando y cómo quería. Un lujo. Porque Pilar, en el ámbito profesional, no era entrometida ni pijotera, todo lo contrario, dejaba trabajar a gusto a la gente, pero eso sí, exigía resultados y Virginia daba la talla de sobra. Era una buena secretaria. Aunque aquella mañana todo lo que empezó tuvo que volver a repetirlo varias veces; los nervios la estaban jugando una mala pasada. Además, apenas había dormido y estaba cansada. No podía quitarse de la cabeza lo que ayer le dijo su jefa minutos antes de que ambas se despidieran saliendo por la gran puerta del edificio. 
-Mañana es viernes ¿no?- 
-Sí.- 
-¿Sigues viviendo sola?- 
-Sí.- 
-¿Y tienes algún plan?- 
-¿Para mañana?- 
   Pilar movió la cabeza afirmativamente y la miró esperando una respuesta. 
-No, no pensaba salir, iba a quedarme tirada en el sofá viendo películas.- 
-Entonces cuando acabemos nos vamos juntas. Quiero ir a tu casa y tomarme allí contigo un par de copas. Hasta mañana bonita.- La besó en la mejilla, que no era habitual, y se fue directa a su coche. Ella se quedó petrificada en el umbral de la calle, con la boca abierta y apretándose el bolso contra la barriga. Todavía lo estaba asimilando cuando el coche de su jefa se perdió al final de la calle. Pilar iba a ir a su casa. Así. De repente. Porque le daba la gana. Sí. Pilar era así. Pero ella estaba aterrorizada. Seguro que no le iba a gustar el barrio, ni el edificio, ni su casa, ni sus muebles ni nada de nada. Le dio un ataque de pánico y cuando entró en su coche, antes de arrancar y después de echar los seguros, sola, se puso a llorar a gritos como una niña abandonada. Tardó casi media hora en calmarse y casi se queda afónica. Menos mal que no pasó nadie al lado del vehículo. Cuarenta y cinco minutos más tarde entraba en su casa y volvió a llorar. Menuda noche. Y allí estaba al día siguiente, en su enorme mesa de trabajo, pagando las consecuencias del infernal insomnio que acababa de pasar. Pilar, en su línea, fría y cerebral, como el peor malo de la mejor película, la dio los buenos días cuando llegó, como si nada. E inmediatamente a continuación llevó a cabo la parte del ritual particular y diario que tenían entre las dos. Esperó a que Virginia entrara en el despacho, cerró con llave la puerta y se sentó cómodamente en su sillón de cuero esperando, como cada mañana temprano, que comenzara el espectáculo. Y la secretaria también hizo su parte; se desvistió entre contoneos hasta quedarse en tanga y sujetador. Por supuesto; negros. Tras los diez o quince minutos que Pilar se dedicaba a observarla minuciosamente cuando se quedaba medio desnuda, la hacía una seña con el dedo que indicaba que ya podía volver a vestirse e ir a trabajar, y Virginia, obedecía. Sí. Como si nada. Todo normal. Consciente de esa actitud de Pilar, Virginia, incluso, consiguió sonreír como siempre durante la minisesión de exhibicionismo, a pesar del lamentable estado de nervios en el que se encontraba. Tras aquello, cuando se sentó definitivamente en su mesa, fuera del despacho, consiguió a duras penas no volver a llorar. Estaba un poco rota y muy alterada. La perspectiva de lo que iba a suceder cuando acabara la jornada de trabajo la continuaba aterrando. 
-¿Has terminado las cartas?- Era Pilar por el interfono. 
-Casi. Te las llevo en treinta minutos.- 
-Vale.- 
   Y ya sólo quedaban menos de dos horas para terminar. Volvió a mecanografiar la carta de nuevo. Era la tercera vez. Se tenía que centrar. Al cabo de veinte minutos consiguió hacerlo; extrajo el papel de la impresora y lo miró, por fin, satisfecha. Perfecto. Cogió las otras cartas y se levantó directa a la puerta. 
-Ya está Pilar.- Dijo, cerrando tras de si. Pero su jefa no estaba en la mesa, instintivamente, giró la cabeza y miró en el sofá. Correcto. Allí estaba, aunque no era habitual, sentada como una reina y tomándose un whisky. Hasta aquel preciso instante no se había dado cuenta de lo preciosa que estaba Pilar aquel día; levaba medias de encaje y un vestido ceñido, algo brilloso, elegante, de falda por encima de las rodillas y sin tirantes, sostenido por el ligero escote que lucía. El pelo se lo había teñido de caoba, intenso, como el color del contorno de sus ojos, de sus uñas y de sus labios de pantera que, medio sonriendo, la mirada desde el sofá con sus soberbias piernas de tacón cruzadas. 
-Deja las cartas en mi mesa.- 
-Sí Pilar.- 
   La aludida dio unas suaves palmaditas sobre el almohadón del sofá, a su lado, indicándole a Virginia que fuese a sentarse con ella. Ya. La secretaria, obediente, dejó los papeles donde se le había indicado, sonrió, un poco aliviada, la tranquilizaba que su jefa la ordenase cosas, sin saber muy bien por qué, y se arregló el pelo y la falda mientras dio los cuatro pasos que las separaban del sofá. Nada más sentarse Pilar la ofreció otro vaso de whisky rebosante de hielo, como el suyo. 
-Gracias.- 
-De nada.- 
-¿Vamos a ir a mi casa, de verdad?- 
-Claro. Ya te lo dije ayer.- 
-Perfecto, pero es que...  si te va a gustar, Pilar.- 
-¿El qué?- 
-Pues el sitio donde vivo. El barrio... mi casa... es que todo es un poco cutre para ti. Seguro.- 
-¿Seguro?- 
   La secretaria asintió con la cabeza y dio un buen trago a su copa. Lo necesitaba. 
-Yo si quieres me voy contigo, toda la noche, encantada, donde tú quieras. De verdad. Yo lo único que deseo es que no estés a disgusto. Que vayas a un sitio que realmente esté a tu altura. Y yo a tu lado. Haciendo todo, todo, todo lo que tú me digas. Porque a mí eso me encanta Pilar, te lo juro. Haciéndote caso en todo es como mejor me lo paso. O sea, que yo quiero salir contigo esta noche.- 
-¿No tendrás tu casa en obras? ¿O llena de suciedad? ¿O con gente y no te has atrevido a decírmelo?- 
-Que no Pilar, mi casa es humilde pero yo la tengo muy curiosa, además, como no podía dormir me he pasado toda la noche limpiando y la he dejado impresionante.- 
-¿Entonces por qué crees que no me va a gustar?- 
-Porque tú eres guapísima... y muy elegante... me da vergüenza que entres en mi casa.- 
-Bebe.- 
-Sí Pilar.- 
-Más.- 
-Sí Pilar.- 
-Idiota.- La cogió de la barbilla y la dio un fugaz beso en los labios. Virginia se puso roja como un tomate, juntó las rodillas, encogió los brazos y bajó la mirada. Pilar se levantó y dejó su copa, ya vacía, en el hueco de la librería del fondo destinado a bar. A partir de aquel momento a la secretaria le pareció que el tiempo trascurrió mucho más deprisa de lo normal; Pilar cambió de tema, y encadenándolo con el comentario de que antes de que se auto invitara a ir a su casa, Virginia pensaba pasar la tarde noche viendo películas, comenzó a hablar de cine. Cuando se ponía divertida y atenta Pilar era un verdadero encanto. Una compañía extraordinaria. Otra vez la secretaria volvió a quedar hipnotizada por su amabilidad, por su charla inteligente y por su look  de viernes para salir salvajemente sensual. Rieron juntas, se confesaron sus preferencias cinematográficas, se tomaron una copa más y llegó la hora de marcharse. Por fin Virginia volvió a verse a si misma totalmente relajada y tranquila; estar a la sombra de Pilar, cuando su jefa la prestaba toda su atención personal, ejercía sobre ella un misterioso efecto balsámico. Después de tanto histerismo y de tanto miedo injustificado comprendió que era eso, y sólo eso, lo que estaba necesitando; estar junto ella. Disfrutar de ella. Cómo la admiraba y qué guapa y qué inteligente era. Antes de coger los abrigos no pudo evitarlo  y le dio un sonoro beso en la mejilla, sinceramente agradecida por haber conseguido relajarla y equilibrarla. Sonriendo otra vez, por fin, e iluminada de felicidad, después del beso, la dijo: 
-Gracias Pilar, muchas gracias, eres muy buena conmigo.- 
-Entonces date la vuelta y vas a ver.- 
   Siguiendo la broma sin pensar Virginia se volvió poniéndose de espaldas y Pilar, levantándola la falda, le dio con la mano un fuerte y sonoro palmetazo en la nalga. 
-!Ay!- 
-Duele ¿verdad?- 
-Sí.- Dijo la secretaria un poco sorprendida  y sobándose el culito para contrarrestar el dolor. La había dado fuerte. Todavía la piel le escocía. 
-Para que no creas que soy tan buena, bonita, te voy a hacer sufrir mucho.- 
-No me importa Pilar.- 
-Hum... no sabes lo que dices, putoncillo, todavía no lo sabes.- 
-De verdad.- 
-Venga, coge tus cosas que nos vamos.- 
   Las dos salieron de la oficina instantes después, cogidas del brazo, sonriendo y muy acarameladas. Siguiendo indicaciones de su jefa aquel día Virginia había venido a trabajar en metro, o sea, que las dos se fueron directamente al coche de Pilar; un BMW negro y siempre impecablemente limpio. Nada más entrar puso la radio; música clásica y le preguntó la dirección de su casa a la secretaria. Inmediatamente después de que Virginia contestara metió los datos en el GPS y puso el coche en marcha. La máquina comenzó a indicarle la dirección que tenían que seguir mientras hablaban. 
-Vamos a comprar algo de cena. Un wok estará bien ¿y tienes whisky?- 
-Sí Pilar, el que a tí te gusta, lo compré ayer.- 
-Buena chica. Remángate más la falda; quiero ir viéndote las piernas de vez en cuando. Hoy estás muy guapa Virginia.- 
-Gracias.- 

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8 de Marzo de 2010 a las 21:08
Re: Sadomasoquismo.

cita de salazar

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia", una de las cuatro historias que se entrelazan. 

   Virginia llevaba toda la mañana en la oficina sin hacer una cosa a derechas; nerviosa como un flan. Menos mal que allí sólo estaba ella. La oficina era una sala amplia y bien iluminada que hacía de hall frente a la puerta del despacho de Pilar, siempre cerrada, y Virginia era su guardiana. Su gran mesa siempre llena de papeles y con el ordenador rodeado caóticamente por sus aparatos periféricos, de hecho, estaba sólo a medio metro de la puerta, para que la persona que llegase hasta allí se topase directamente con ella antes de conseguir ver a su jefa. En contra de lo que pensó al principio, no le costó mucho acostumbrarse a pasar la mayor parte de su jornada laboral sola, al contrario, enseguida lo sintió como un privilegio y se acostumbró a disfrutar de aquella libertad de movimientos y de la permanente sensación de aislamiento que la envolvía. Ordenaba las cosas a su manera y llevaba a cabo las tareas cotidianas más o menos cuando y cómo quería. Un lujo. Porque Pilar, en el ámbito profesional, no era entrometida ni pijotera, todo lo contrario, dejaba trabajar a gusto a la gente, pero eso sí, exigía resultados y Virginia daba la talla de sobra. Era una buena secretaria. Aunque aquella mañana todo lo que empezó tuvo que volver a repetirlo varias veces; los nervios la estaban jugando una mala pasada. Además, apenas había dormido y estaba cansada. No podía quitarse de la cabeza lo que ayer le dijo su jefa minutos antes de que ambas se despidieran saliendo por la gran puerta del edificio. 
-Mañana es viernes ¿no?- 
-Sí.- 
-¿Sigues viviendo sola?- 
-Sí.- 
-¿Y tienes algún plan?- 
-¿Para mañana?- 
   Pilar movió la cabeza afirmativamente y la miró esperando una respuesta. 
-No, no pensaba salir, iba a quedarme tirada en el sofá viendo películas.- 
-Entonces cuando acabemos nos vamos juntas. Quiero ir a tu casa y tomarme allí contigo un par de copas. Hasta mañana bonita.- La besó en la mejilla, que no era habitual, y se fue directa a su coche. Ella se quedó petrificada en el umbral de la calle, con la boca abierta y apretándose el bolso contra la barriga. Todavía lo estaba asimilando cuando el coche de su jefa se perdió al final de la calle. Pilar iba a ir a su casa. Así. De repente. Porque le daba la gana. Sí. Pilar era así. Pero ella estaba aterrorizada. Seguro que no le iba a gustar el barrio, ni el edificio, ni su casa, ni sus muebles ni nada de nada. Le dio un ataque de pánico y cuando entró en su coche, antes de arrancar y después de echar los seguros, sola, se puso a llorar a gritos como una niña abandonada. Tardó casi media hora en calmarse y casi se queda afónica. Menos mal que no pasó nadie al lado del vehículo. Cuarenta y cinco minutos más tarde entraba en su casa y volvió a llorar. Menuda noche. Y allí estaba al día siguiente, en su enorme mesa de trabajo, pagando las consecuencias del infernal insomnio que acababa de pasar. Pilar, en su línea, fría y cerebral, como el peor malo de la mejor película, la dio los buenos días cuando llegó, como si nada. E inmediatamente a continuación llevó a cabo la parte del ritual particular y diario que tenían entre las dos. Esperó a que Virginia entrara en el despacho, cerró con llave la puerta y se sentó cómodamente en su sillón de cuero esperando, como cada mañana temprano, que comenzara el espectáculo. Y la secretaria también hizo su parte; se desvistió entre contoneos hasta quedarse en tanga y sujetador. Por supuesto; negros. Tras los diez o quince minutos que Pilar se dedicaba a observarla minuciosamente cuando se quedaba medio desnuda, la hacía una seña con el dedo que indicaba que ya podía volver a vestirse e ir a trabajar, y Virginia, obedecía. Sí. Como si nada. Todo normal. Consciente de esa actitud de Pilar, Virginia, incluso, consiguió sonreír como siempre durante la minisesión de exhibicionismo, a pesar del lamentable estado de nervios en el que se encontraba. Tras aquello, cuando se sentó definitivamente en su mesa, fuera del despacho, consiguió a duras penas no volver a llorar. Estaba un poco rota y muy alterada. La perspectiva de lo que iba a suceder cuando acabara la jornada de trabajo la continuaba aterrando. 
-¿Has terminado las cartas?- Era Pilar por el interfono. 
-Casi. Te las llevo en treinta minutos.- 
-Vale.- 
   Y ya sólo quedaban menos de dos horas para terminar. Volvió a mecanografiar la carta de nuevo. Era la tercera vez. Se tenía que centrar. Al cabo de veinte minutos consiguió hacerlo; extrajo el papel de la impresora y lo miró, por fin, satisfecha. Perfecto. Cogió las otras cartas y se levantó directa a la puerta. 
-Ya está Pilar.- Dijo, cerrando tras de si. Pero su jefa no estaba en la mesa, instintivamente, giró la cabeza y miró en el sofá. Correcto. Allí estaba, aunque no era habitual, sentada como una reina y tomándose un whisky. Hasta aquel preciso instante no se había dado cuenta de lo preciosa que estaba Pilar aquel día; levaba medias de encaje y un vestido ceñido, algo brilloso, elegante, de falda por encima de las rodillas y sin tirantes, sostenido por el ligero escote que lucía. El pelo se lo había teñido de caoba, intenso, como el color del contorno de sus ojos, de sus uñas y de sus labios de pantera que, medio sonriendo, la mirada desde el sofá con sus soberbias piernas de tacón cruzadas. 
-Deja las cartas en mi mesa.- 
-Sí Pilar.- 
   La aludida dio unas suaves palmaditas sobre el almohadón del sofá, a su lado, indicándole a Virginia que fuese a sentarse con ella. Ya. La secretaria, obediente, dejó los papeles donde se le había indicado, sonrió, un poco aliviada, la tranquilizaba que su jefa la ordenase cosas, sin saber muy bien por qué, y se arregló el pelo y la falda mientras dio los cuatro pasos que las separaban del sofá. Nada más sentarse Pilar la ofreció otro vaso de whisky rebosante de hielo, como el suyo. 
-Gracias.- 
-De nada.- 
-¿Vamos a ir a mi casa, de verdad?- 
-Claro. Ya te lo dije ayer.- 
-Perfecto, pero es que...  si te va a gustar, Pilar.- 
-¿El qué?- 
-Pues el sitio donde vivo. El barrio... mi casa... es que todo es un poco cutre para ti. Seguro.- 
-¿Seguro?- 
   La secretaria asintió con la cabeza y dio un buen trago a su copa. Lo necesitaba. 
-Yo si quieres me voy contigo, toda la noche, encantada, donde tú quieras. De verdad. Yo lo único que deseo es que no estés a disgusto. Que vayas a un sitio que realmente esté a tu altura. Y yo a tu lado. Haciendo todo, todo, todo lo que tú me digas. Porque a mí eso me encanta Pilar, te lo juro. Haciéndote caso en todo es como mejor me lo paso. O sea, que yo quiero salir contigo esta noche.- 
-¿No tendrás tu casa en obras? ¿O llena de suciedad? ¿O con gente y no te has atrevido a decírmelo?- 
-Que no Pilar, mi casa es humilde pero yo la tengo muy curiosa, además, como no podía dormir me he pasado toda la noche limpiando y la he dejado impresionante.- 
-¿Entonces por qué crees que no me va a gustar?- 
-Porque tú eres guapísima... y muy elegante... me da vergüenza que entres en mi casa.- 
-Bebe.- 
-Sí Pilar.- 
-Más.- 
-Sí Pilar.- 
-Idiota.- La cogió de la barbilla y la dio un fugaz beso en los labios. Virginia se puso roja como un tomate, juntó las rodillas, encogió los brazos y bajó la mirada. Pilar se levantó y dejó su copa, ya vacía, en el hueco de la librería del fondo destinado a bar. A partir de aquel momento a la secretaria le pareció que el tiempo trascurrió mucho más deprisa de lo normal; Pilar cambió de tema, y encadenándolo con el comentario de que antes de que se auto invitara a ir a su casa, Virginia pensaba pasar la tarde noche viendo películas, comenzó a hablar de cine. Cuando se ponía divertida y atenta Pilar era un verdadero encanto. Una compañía extraordinaria. Otra vez la secretaria volvió a quedar hipnotizada por su amabilidad, por su charla inteligente y por su look  de viernes para salir salvajemente sensual. Rieron juntas, se confesaron sus preferencias cinematográficas, se tomaron una copa más y llegó la hora de marcharse. Por fin Virginia volvió a verse a si misma totalmente relajada y tranquila; estar a la sombra de Pilar, cuando su jefa la prestaba toda su atención personal, ejercía sobre ella un misterioso efecto balsámico. Después de tanto histerismo y de tanto miedo injustificado comprendió que era eso, y sólo eso, lo que estaba necesitando; estar junto ella. Disfrutar de ella. Cómo la admiraba y qué guapa y qué inteligente era. Antes de coger los abrigos no pudo evitarlo  y le dio un sonoro beso en la mejilla, sinceramente agradecida por haber conseguido relajarla y equilibrarla. Sonriendo otra vez, por fin, e iluminada de felicidad, después del beso, la dijo: 
-Gracias Pilar, muchas gracias, eres muy buena conmigo.- 
-Entonces date la vuelta y vas a ver.- 
   Siguiendo la broma sin pensar Virginia se volvió poniéndose de espaldas y Pilar, levantándola la falda, le dio con la mano un fuerte y sonoro palmetazo en la nalga. 
-!Ay!- 
-Duele ¿verdad?- 
-Sí.- Dijo la secretaria un poco sorprendida  y sobándose el culito para contrarrestar el dolor. La había dado fuerte. Todavía la piel le escocía. 
-Para que no creas que soy tan buena, bonita, te voy a hacer sufrir mucho.- 
-No me importa Pilar.- 
-Hum... no sabes lo que dices, putoncillo, todavía no lo sabes.- 
-De verdad.- 
-Venga, coge tus cosas que nos vamos.- 
   Las dos salieron de la oficina instantes después, cogidas del brazo, sonriendo y muy acarameladas. Siguiendo indicaciones de su jefa aquel día Virginia había venido a trabajar en metro, o sea, que las dos se fueron directamente al coche de Pilar; un BMW negro y siempre impecablemente limpio. Nada más entrar puso la radio; música clásica y le preguntó la dirección de su casa a la secretaria. Inmediatamente después de que Virginia contestara metió los datos en el GPS y puso el coche en marcha. La máquina comenzó a indicarle la dirección que tenían que seguir mientras hablaban. 
-Vamos a comprar algo de cena. Un wok estará bien ¿y tienes whisky?- 
-Sí Pilar, el que a tí te gusta, lo compré ayer.- 
-Buena chica. Remángate más la falda; quiero ir viéndote las piernas de vez en cuando. Hoy estás muy guapa Virginia.- 
-Gracias.- 



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13 de Marzo de 2010 a las 21:33
Re: Sadomasoquismo.

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. 


   Cuando aparcaron, ya de noche, no se podía ver mucho del paisaje urbano de la zona; al llegar el portal estaba solitario y mientras subían al segundo piso no vieron un alma por las escaleras. Además, los viernes fregaba los pasillos la señora de la limpieza del edificio, con lo que todo estaba todavía a esas horas más o menos limpio. Esos pensamientos aliviaron la tensión interna que padeció Virginia al llegar a su casa con Pilar. Quizás en el fondo estaba exagerando un poco, y su pisito no estaba en una zona tan desangelada, ni habitada por personas tan cutres, terminó por creer la secretaria, mientras invitaba a pasar a Pilar con su mejor sonrisa. Acababa de abrir la puerta de la casa, y cuando las dos estuvieron dentro, volvió a cerrar y echó el cerrojo. Nada más entrar había un largo pasillo  en cuya pared de la derecha estaban las puertas del dormitorio, el único de la casa, y la puerta del baño, y al final, sin puerta ninguna, el saloncito. Virginia guió a su jefa hasta allí, la luz recién encendida mostró el salón casi brillante de puro limpio y escrupulosamente ordenado, y las dos, medio riendo, se dejaron caer sobre el sofá de microvín malva que reinaba en medio. Tras unos segundos de relax la secretaria se levantó, dejó en la cocina, que estaba al lado, las bolsas con comida que habían traído y le pidió a Pilar su abrigo y su bolso, ella se quitó los suyos, y después de encender un par de lámparas de ambiente y quitar la luz principal, se los llevó por el pasillo. Antes de volver a sentarse sirvió un par de whiskys y le ofreció uno a su jefa. 
-Gracias. Acércate más a mí cariño.- 
-Sí Pilar.- 
-Y súbete más la falda, ya estamos como en el coche al principio, no te puedo ver bien los muslos.- 
-Perdona ¿así está bien?- 
-Sí, muy bien. Ahora bebe un poco.- 
-Sí Pilar.- 
-Antes de nada quiero decirte algo; algo muy importante. De manera que quiero que me prestes mucha, mucha atención ¿has entendido?- 
   La aludida dejó la copa sobre la mesita de centro que estaba delante, junto las manos y la miró con auténtica expectación. Tenía los ojos como platos y la boquita se le había quedado deliciosamente medioabierta por la intriga. 
-Dime Pilar, te escucho.- 
-Mira; yo todavía no he olvidado cuando me mentiste.- 
-Pero... - 
-!Cállate! No me interrumpas.- 
-Sí Pilar.- 
-Estoy hablando de cuando te descubrí en esa asquerosa mentira de que llevabas sólo ropa interior negra, como te habías comprometido conmigo. Me mentiste. Pude comprobarlo cuando te ordené en mi despacho que te quitaras el vestido. Ni las bragas ni el sujetador eran negros. Fuiste una embustera y te burlaste de mi. A pesar de todo, decidí darte una segunda oportunidad, comprobando diariamente que llevabas al trabajo la ropa interior de color correcto. Pero mi perdón, y la comprobación que hacemos todas las mañanas temprano, no tienen nada que ver con el castigo. También tienes que ser castigada por haber mentido. Ya te lo dije en su día; yo misma te tendría que castigar más adelante por lo que hiciste. Y ha llegado el momento. Ahora, Virginia. Vas a ser castigada.- Pilar se calló y se quedó mirándola. Guardó silencio los segundos necesarios como para que su secretaria pudiese interpretar que por el momento había terminado de hablar. Por eso Virginia se atrevió a intervenir; dijo: 
-Pero Pilar, yo no recuerdo que me hayas dicho nunca que me ibas a castigar por aquello.- 
   Entonces la mirada de la aludida se volvió gélida y los agujeritos de su nariz comenzaron a moverse nerviosamente. A Virginia, de repente, la entró miedo e iba a agachar la mirada pero no le dio tiempo. Pilar la lanzó una bofetada tan tremenda que hizo caer a la secretaria sobre el sofá casi sin sentido. 
-!No me contradigas estúpida!- Exclamó Pilar, se levantó y se fue por el pasillo hacia el dormitorio a recoger sus cosas. Estaba claro que se marchaba. En cuanto se le pasó el aturdimiento inicial por el bofetón, Virginia, consciente de la situación, también se levantó de un salto y salió literalmente corriendo hacia la puerta de la casa. Al pasar frente a su dormitorio vio en el interior a su jefa tirando al suelo despectivamente el bolso y el abrigo de la anfitriona porque estaban encima de los suyos.  Los cogió y salió hacia la puerta principal, pero allí, en medio, interrumpiéndola el paso, se había puesto Virginia, con los ojos llenos de lágrimas, temblándole los labios por los pucheros, cogiéndose con una mano la mejilla en la que había recibido el bofetón y poniendo la otra mano en alto y de frente como suplicándole a Pilar que se detuviese. 
-!Aparta zorra!- 
-!No Pilar, por favor, no te vayas, te lo suplico, por lo que más quieras, no te vayas, no me dejes así, por favor, Pilar, por favor!- Sus súplicas, que no paraban, se fueron convirtiendo progresivamente en una sucesión incomprensible de llantos. Terminó cayendo de rodillas, y sin dejar de llorar ni un segundo, se abrazó a las piernas de Pilar y la hundió la cara en la falda, hecha, como estaba, una magdalena. No había manera de que se calmara. Finalmente, resignada a la situación, su jefa dejó caer al suelo sus propios bolso y abrigo. Se cruzó de brazos e inmóvil la miró, abrazada a sus piernas, rota en llanto y desesperada. 
   Pasaron varios minutos. 
   Por fin sus lloros se habían convertido en susurros gimoteantes. Pilar, entonces, la cogió del pelo y dando un brusco tirón hacia arriba, la puso de pie casi de un salto. Sin soltarla, le acercó la cara a la suya,Virginia pudo sentir el olor al whisky recién tomado del aliento de Pilar y tembló de miedo, en serio, al verse atravesada por la mirada de depredadora hambrienta que en aquel preciso instante tenía su jefa. 
-¿Vas a hacer todo lo que yo te diga?- 
-Sí Pilar.- 
-¿Sin rechistar?- 
-Sí Pilar.- 
-!¿Absolutamente todo lo que yo te diga sin rechistar?!- 
-Sí Pilar.- 
   Sin dejar de agarrarla del pelo, la metió así, tirando de ella, en el dormitorio. Allí la soltó. Virginia, de pie, se tambaleaba. 
-Enséñame los zapatos que tengas con el tacón más alto !Vamos!- 
-Sí Pilar.- La secretaria, que ya no pensaba porque estaba centrando toda la potencia de su mente en obedecer lo que se le dijese, sin más, abrió una de las puertas del armario, se agachó y sacó una caja. De ella extrajo unos zapatos que enseñó a Pilar. Negros, abiertos por delante, con dos largos cordones para bracear la pantorrilla tipo sandalia alta, y sí, efectivamente, tenían un altísimo taconazo. 
-Vale. Póntelos y te quitas todo lo demás. Te quiero ya, ahora mismo, completamente desnuda y llevando sólo esos zapatos.- 
-Sí Pilar.- 
-Son de putón ¿no?- 
-No sé Pilar, yo... - 
-!Te he dicho antes que no me contradigas!- 
-Sí Pilar.- 
-Esos zapatos son de puta ¿verdad?- 
-Sí Pilar.- 
-Y tú te los vas a poner porque eres una guarrilla ¿a que sí?- 
-Sí Pilar.- Virginia, que aunque contestaba, no desatendía por ello la rapidez con que obedecía las órdenes, ya se había quitado el vestido, las medias, el tanga, el sujetador y el pañuelo que llevaba al cuello. Sentada en la cama ya tenía puesto el primer zapato y estaba terminando de anudarse los cordones en la pierna. 
-Qué desastre, mira cómo está todo.- Dijo Pilar señalando los bolsos y los abrigos que ella misma había desparramado por los suelos del dormitorio y del pasillo. -Lo recoges todo y lo guardas bien, guarra. Yo voy al salón a servirme otra copa.- 
-Sí Pilar, enseguida.- 
   Nada más salir su jefa de la habitación Virginia había terminado de ponerse el segundo zapato, y sin perder un instante, recogió las prendas, las guardó en el interior del armario muy bien colocadas, y después, dando rápidos pasitos que sonaban un poco metálicos, atravesó el pasillo y entró otra vez en el salón. Tenía las mejillas encendidas por el sofoco y los nervios, pero estaba preciosa; el chochito muy bien depilado, como en una ocasión le oyó decir a Pilar, quizás con intención, que era como le gustaba que lo llevaran las mujeres; las tetas, generosas, se le mantenían erguidas y altas, con un gran rosetón alrededor de los pezones sobresalientes, y lo mejor, su caderita de avispa coronada con un discreto piercing en el ombligo  y su melena rubia y ondulada cayéndole por los hombros como en cascada. Pilar sonrió porque volvía a constatar, como ella ya sabía muy bien, que su secretaria, desnuda, ganaba. 
-Ya está todo recogido y guardado Pilar.- 
-Quiero que camines como lo que eres, como una zorra, moviendo bien el culo como un auténtico putón, como una perra salida.- 
-Sí Pilar.- 
-Acércate.- 
-Sí Pilar.- 
-No lo has hecho mal.- 
-Gracias Pilar.- 
-¿Tienes un orinal?- 
-¿Un... orinal?- 
-Responde de una puta vez. Me has entendido perfectamente.- 
-Perdón. No. No tengo ningún orinal en casa, lo siento muchísimo Pilar.- 
-Entonces trae un cubo.- 
-Sí Pilar.- La secretaria volvió a correr por el pasillo hasta el baño, todo lo que le permitían aquellos altísimos cajones. Con aquellos zapatos cuyos cordones se anudaban en su gemelos hasta justamente por debajo de las rodillas, sus piernas quedaban maravillosamente resaltadas. Enseguida volvió con el cubo y lo puso a los pies de Pilar, que para su sorpresa, se acababa de quitar el tanga. Sin decir media palabra ni dar la más mínima explicación, su jefa se puso de cuclillas sobre el cubo, remangándose la falda, y comenzó a orinar en su interior. La meada fue larga y duró un rato. Cuando acabó Pilar se levantó, se volvió a colocar la falda en su sitio y miró a Virginia. 
-Vete a guardarme el tanga en mi bolso.- 
-Sí Pilar.- Y tras coger la prenda íntima de la mano de su jefa, como quien coge un testigo, nueva carrera de la secretaria. Volvió en menos tiempo de lo que Pilar había tardado en orinar. 
-Hoy voy a enseñarte a respetarme, puta.- 
-Sí Pilar.- 
-Coge el cubo. Que no se derrame nada.- 
-Sí Pilar.- 
-Así, muy bien. Con cuidado ¿Hoy te has lavado el pelo?- 
-Sí Pilar, antes de ir a la oficina, esta mañana.- 
-Mejor. Vamos al cuarto de baño, guarra.- 
-Sí Pilar.- 
  

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14 de Marzo de 2010 a las 21:22
Re: Sadomasoquismo.

cita de salazar

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. 

   Cuando aparcaron, ya de noche, no se podía ver mucho del paisaje urbano de la zona; al llegar el portal estaba solitario y mientras subían al segundo piso no vieron un alma por las escaleras. Además, los viernes fregaba los pasillos la señora de la limpieza del edificio, con lo que todo estaba todavía a esas horas más o menos limpio. Esos pensamientos aliviaron la tensión interna que padeció Virginia al llegar a su casa con Pilar. Quizás en el fondo estaba exagerando un poco, y su pisito no estaba en una zona tan desangelada, ni habitada por personas tan cutres, terminó por creer la secretaria, mientras invitaba a pasar a Pilar con su mejor sonrisa. Acababa de abrir la puerta de la casa, y cuando las dos estuvieron dentro, volvió a cerrar y echó el cerrojo. Nada más entrar había un largo pasillo  en cuya pared de la derecha estaban las puertas del dormitorio, el único de la casa, y la puerta del baño, y al final, sin puerta ninguna, el saloncito. Virginia guió a su jefa hasta allí, la luz recién encendida mostró el salón casi brillante de puro limpio y escrupulosamente ordenado, y las dos, medio riendo, se dejaron caer sobre el sofá de microvín malva que reinaba en medio. Tras unos segundos de relax la secretaria se levantó, dejó en la cocina, que estaba al lado, las bolsas con comida que habían traído y le pidió a Pilar su abrigo y su bolso, ella se quitó los suyos, y después de encender un par de lámparas de ambiente y quitar la luz principal, se los llevó por el pasillo. Antes de volver a sentarse sirvió un par de whiskys y le ofreció uno a su jefa. 
-Gracias. Acércate más a mí cariño.- 
-Sí Pilar.- 
-Y súbete más la falda, ya estamos como en el coche al principio, no te puedo ver bien los muslos.- 
-Perdona ¿así está bien?- 
-Sí, muy bien. Ahora bebe un poco.- 
-Sí Pilar.- 
-Antes de nada quiero decirte algo; algo muy importante. De manera que quiero que me prestes mucha, mucha atención ¿has entendido?- 
   La aludida dejó la copa sobre la mesita de centro que estaba delante, junto las manos y la miró con auténtica expectación. Tenía los ojos como platos y la boquita se le había quedado deliciosamente medioabierta por la intriga. 
-Dime Pilar, te escucho.- 
-Mira; yo todavía no he olvidado cuando me mentiste.- 
-Pero... - 
-!Cállate! No me interrumpas.- 
-Sí Pilar.- 
-Estoy hablando de cuando te descubrí en esa asquerosa mentira de que llevabas sólo ropa interior negra, como te habías comprometido conmigo. Me mentiste. Pude comprobarlo cuando te ordené en mi despacho que te quitaras el vestido. Ni las bragas ni el sujetador eran negros. Fuiste una embustera y te burlaste de mi. A pesar de todo, decidí darte una segunda oportunidad, comprobando diariamente que llevabas al trabajo la ropa interior de color correcto. Pero mi perdón, y la comprobación que hacemos todas las mañanas temprano, no tienen nada que ver con el castigo. También tienes que ser castigada por haber mentido. Ya te lo dije en su día; yo misma te tendría que castigar más adelante por lo que hiciste. Y ha llegado el momento. Ahora, Virginia. Vas a ser castigada.- Pilar se calló y se quedó mirándola. Guardó silencio los segundos necesarios como para que su secretaria pudiese interpretar que por el momento había terminado de hablar. Por eso Virginia se atrevió a intervenir; dijo: 
-Pero Pilar, yo no recuerdo que me hayas dicho nunca que me ibas a castigar por aquello.- 
   Entonces la mirada de la aludida se volvió gélida y los agujeritos de su nariz comenzaron a moverse nerviosamente. A Virginia, de repente, la entró miedo e iba a agachar la mirada pero no le dio tiempo. Pilar la lanzó una bofetada tan tremenda que hizo caer a la secretaria sobre el sofá casi sin sentido. 
-!No me contradigas estúpida!- Exclamó Pilar, se levantó y se fue por el pasillo hacia el dormitorio a recoger sus cosas. Estaba claro que se marchaba. En cuanto se le pasó el aturdimiento inicial por el bofetón, Virginia, consciente de la situación, también se levantó de un salto y salió literalmente corriendo hacia la puerta de la casa. Al pasar frente a su dormitorio vio en el interior a su jefa tirando al suelo despectivamente el bolso y el abrigo de la anfitriona porque estaban encima de los suyos.  Los cogió y salió hacia la puerta principal, pero allí, en medio, interrumpiéndola el paso, se había puesto Virginia, con los ojos llenos de lágrimas, temblándole los labios por los pucheros, cogiéndose con una mano la mejilla en la que había recibido el bofetón y poniendo la otra mano en alto y de frente como suplicándole a Pilar que se detuviese. 
-!Aparta zorra!- 
-!No Pilar, por favor, no te vayas, te lo suplico, por lo que más quieras, no te vayas, no me dejes así, por favor, Pilar, por favor!- Sus súplicas, que no paraban, se fueron convirtiendo progresivamente en una sucesión incomprensible de llantos. Terminó cayendo de rodillas, y sin dejar de llorar ni un segundo, se abrazó a las piernas de Pilar y la hundió la cara en la falda, hecha, como estaba, una magdalena. No había manera de que se calmara. Finalmente, resignada a la situación, su jefa dejó caer al suelo sus propios bolso y abrigo. Se cruzó de brazos e inmóvil la miró, abrazada a sus piernas, rota en llanto y desesperada. 
   Pasaron varios minutos. 
   Por fin sus lloros se habían convertido en susurros gimoteantes. Pilar, entonces, la cogió del pelo y dando un brusco tirón hacia arriba, la puso de pie casi de un salto. Sin soltarla, le acercó la cara a la suya,Virginia pudo sentir el olor al whisky recién tomado del aliento de Pilar y tembló de miedo, en serio, al verse atravesada por la mirada de depredadora hambrienta que en aquel preciso instante tenía su jefa. 
-¿Vas a hacer todo lo que yo te diga?- 
-Sí Pilar.- 
-¿Sin rechistar?- 
-Sí Pilar.- 
-!¿Absolutamente todo lo que yo te diga sin rechistar?!- 
-Sí Pilar.- 
   Sin dejar de agarrarla del pelo, la metió así, tirando de ella, en el dormitorio. Allí la soltó. Virginia, de pie, se tambaleaba. 
-Enséñame los zapatos que tengas con el tacón más alto !Vamos!- 
-Sí Pilar.- La secretaria, que ya no pensaba porque estaba centrando toda la potencia de su mente en obedecer lo que se le dijese, sin más, abrió una de las puertas del armario, se agachó y sacó una caja. De ella extrajo unos zapatos que enseñó a Pilar. Negros, abiertos por delante, con dos largos cordones para bracear la pantorrilla tipo sandalia alta, y sí, efectivamente, tenían un altísimo taconazo. 
-Vale. Póntelos y te quitas todo lo demás. Te quiero ya, ahora mismo, completamente desnuda y llevando sólo esos zapatos.- 
-Sí Pilar.- 
-Son de putón ¿no?- 
-No sé Pilar, yo... - 
-!Te he dicho antes que no me contradigas!- 
-Sí Pilar.- 
-Esos zapatos son de puta ¿verdad?- 
-Sí Pilar.- 
-Y tú te los vas a poner porque eres una guarrilla ¿a que sí?- 
-Sí Pilar.- Virginia, que aunque contestaba, no desatendía por ello la rapidez con que obedecía las órdenes, ya se había quitado el vestido, las medias, el tanga, el sujetador y el pañuelo que llevaba al cuello. Sentada en la cama ya tenía puesto el primer zapato y estaba terminando de anudarse los cordones en la pierna. 
-Qué desastre, mira cómo está todo.- Dijo Pilar señalando los bolsos y los abrigos que ella misma había desparramado por los suelos del dormitorio y del pasillo. -Lo recoges todo y lo guardas bien, guarra. Yo voy al salón a servirme otra copa.- 
-Sí Pilar, enseguida.- 
   Nada más salir su jefa de la habitación Virginia había terminado de ponerse el segundo zapato, y sin perder un instante, recogió las prendas, las guardó en el interior del armario muy bien colocadas, y después, dando rápidos pasitos que sonaban un poco metálicos, atravesó el pasillo y entró otra vez en el salón. Tenía las mejillas encendidas por el sofoco y los nervios, pero estaba preciosa; el chochito muy bien depilado, como en una ocasión le oyó decir a Pilar, quizás con intención, que era como le gustaba que lo llevaran las mujeres; las tetas, generosas, se le mantenían erguidas y altas, con un gran rosetón alrededor de los pezones sobresalientes, y lo mejor, su caderita de avispa coronada con un discreto piercing en el ombligo  y su melena rubia y ondulada cayéndole por los hombros como en cascada. Pilar sonrió porque volvía a constatar, como ella ya sabía muy bien, que su secretaria, desnuda, ganaba. 
-Ya está todo recogido y guardado Pilar.- 
-Quiero que camines como lo que eres, como una zorra, moviendo bien el culo como un auténtico putón, como una perra salida.- 
-Sí Pilar.- 
-Acércate.- 
-Sí Pilar.- 
-No lo has hecho mal.- 
-Gracias Pilar.- 
-¿Tienes un orinal?- 
-¿Un... orinal?- 
-Responde de una puta vez. Me has entendido perfectamente.- 
-Perdón. No. No tengo ningún orinal en casa, lo siento muchísimo Pilar.- 
-Entonces trae un cubo.- 
-Sí Pilar.- La secretaria volvió a correr por el pasillo hasta el baño, todo lo que le permitían aquellos altísimos cajones. Con aquellos zapatos cuyos cordones se anudaban en su gemelos hasta justamente por debajo de las rodillas, sus piernas quedaban maravillosamente resaltadas. Enseguida volvió con el cubo y lo puso a los pies de Pilar, que para su sorpresa, se acababa de quitar el tanga. Sin decir media palabra ni dar la más mínima explicación, su jefa se puso de cuclillas sobre el cubo, remangándose la falda, y comenzó a orinar en su interior. La meada fue larga y duró un rato. Cuando acabó Pilar se levantó, se volvió a colocar la falda en su sitio y miró a Virginia. 
-Vete a guardarme el tanga en mi bolso.- 
-Sí Pilar.- Y tras coger la prenda íntima de la mano de su jefa, como quien coge un testigo, nueva carrera de la secretaria. Volvió en menos tiempo de lo que Pilar había tardado en orinar. 
-Hoy voy a enseñarte a respetarme, puta.- 
-Sí Pilar.- 
-Coge el cubo. Que no se derrame nada.- 
-Sí Pilar.- 
-Así, muy bien. Con cuidado ¿Hoy te has lavado el pelo?- 
-Sí Pilar, antes de ir a la oficina, esta mañana.- 
-Mejor. Vamos al cuarto de baño, guarra.- 
-Sí Pilar.- 
  


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19 de Marzo de 2010 a las 12:20
Re: Sadomasoquismo.

"SM2", segunda parte de "SM; dentro de una parafilia". Una de las cuatro historias que se entrelazan. 


   La imagen era impresionante; a través de todo el largo pasillo Pilar, caminando erguida, en su ceñido traje de ejecutiva, sin dejar de mirar al frente, arrastraba literalmente a Virginia del pelo, que desnuda, sólo con los taconazos de cordones de sandalias altas, la seguía como podía, dando pasos entrecortados, haciendo malabarismos para que no se le derramara el cubo con los orines de su jefa, y medio agachada. Al llegar al cuarto de baño, abrió la puerta, y la metió dentro. Virginia cayó al suelo sobre sus nalgas, pero consiguió dejar a su lado el cubo, de pie, sin que se derramara nada. 
-Métete en la bañera.- 
-Sí Pilar.- 
-Ponte de rodillas.- 
-Sí Pilar.- 
-Las manos en la espalda, la frente muy levantada y las tetas totalmente erguidas. Necesitas aprender humildad, puta, y yo voy a enseñártela ¿Quieres que siga?- Pilar había cogido el cubo. 
-Sí Pilar, te lo suplico por favor, sigue, enséñame todo lo que tú quieras, yo voy a ser muy obediente. Por favor. Sigue.- 
   La jefa le puso el cubo sobre la cabeza y comenzó a derramarle, poco a poco, sobre su hermoso pelo rubio y ondulado, todos los meados. Virginia se quedó muda, e inmóvil. La asquerosa ducha duró más de veinte segundos, porque Pilar se lo tomó con calma, regodeándose. Cuando por fin terminó dejó el cubo en el suelo, vacío ya, y cruzándose de brazos, la miró con media sonrisa. 
-Te vas a quedar ahí sin moverte un ratito; como media hora, más o menos. Quiero que los meados que te he echado sobre la cabeza y el cuerpo se te sequen un poco, luego, en cuanto te llame, vuelves al salón corriendo y me sirves la cena. Ahora me voy a ver la tele un poco y a tomarme la copa tranquilamente ¿Lo has entendido todo bien? ¿Tienes alguna duda?- 
-No Pilar, lo he entendido todo bien.- 
-Pero no pongas esa cara. Sonríe un poco. Te estoy enseñando. Es eso lo que querías ¿no? Que yo te enseñara.- 
-Sí Pilar, te estoy muy agradecida.- 
-Sonríe más, zorra, ya sabes que no me gusta tener que repetirte las cosas.- -Sí Pilar. Perdón.- 
-Así está mejor.- La jefa salió del cuarto de baño. Cuando el repiqueteo de sus tacones alejándose, cesó, comenzó a oírse el sonido de la tele; había puesto un programa de cotilleos. También sonaban los cubitos de hielo de su whisky. De vez en cuando. También a veces se reía, un poco, de lo que decía alguno de los pseudoperiodistas del famoseo. Al cabo de quince minutos a Virginia le dolían las rodillas, pero no se atrevía a moverse, seguía en la misma posición, retorciéndose nerviosamente las manos en la espalda y mirando la puerta abierta del baño, esperando, ansiosa, a que Pilar la llamara para salir corriendo. Obedecer bien era lo único que la preocupaba. Su jefa cambió de canal para evitar los anuncios; estuvo un rato zapeando sin dejar nada más de seis segundos, y al final, volvió a los cotilleos. Ya había pasado el intermedio publicitario. 
-!Puta!- 
-¿Sí Pilar?- 
-!Levántate y quédate de pie en la bañera!- 
-!Sí Pilar!- Virginia pensó que aquello era increíble. Como si acabase de leerla el pensamiento. Se había dado cuenta de que la dolían las rodillas y por eso la mandaba que se levantase, así, al cambiar de posición, ya no le dolerían. Y era verdad. Estaba de pie y sentía las piernas mucho más aliviadas. Virginia pensó que Pilar era sencillamente maravillosa y aunque continuaba teniendo el pelo bastante húmedo, sobre el resto de su cuerpo desnudo, los meados parecían ya haberse secado. Probablemente, como su jefa era tan inteligente, no tardaría mucho en llamarla. Y se preparó mentalmente para reaccionar enseguida en cuanto eso sucediera. 
-!Puta!- Bingo. 
-¿Sí Pilar?- 
-!Quiero mi cena!- 
-!Enseguida Pilar!- 
   La secretaria abandonó la bañera y corriendo todo lo que le permitían los tacones se acercó a Pilar que, cómoda y relajada, veía la tele desde el sofá. 
-¿Dónde quieres cenar? ¿En la mesa o ahí donde estás?- 
-Aquí. Tú me sostendrás los platos y todo lo demás, porque sólo voy a comer yo. Esta noche tú vas a hacer dieta.- 
-Sí Pilar.- 
   La jefa cambió de canal con el telemando, habían vuelto los anuncios, y la secretaria ya estaba poniendo el menú japonés que habían comprado en el wok, sobre sus mejores platos. También sacó la botella de vino blanco que aquella mañana temprano había metido en la nevera para que se enfrescara. Todo, con cubiertos y servilletas, lo puso sobre una bandeja y volvió junto a Pilar, que ni siquiera la miraba, seguía atenta a la tele. Se arrodilló junto a su jefa, puso la bandeja en el suelo y le ofreció el plato de shusis. Pilar lo cogió con una mano y con la otra le acarició la barbilla; acababa de apagar la tele, y estuvo unos segundo observándola. Virginia temblaba de emoción y no osaba moverse. 
-Qué guapa estás así, aunque ahora hueles un poquito mal.- 
-No me importa Pilar, si eso es lo que a ti te agrada.- 
-Échate el pelo a la espalda; quiero verte bien las tetas, sobre todo los pezones, me encanta vértelos tan en punta, parecen dos clavitos.- 
-Sí Pilar.- 
   La jefa cogió el plato y comenzó a comer las ruedecitas de alga, arroz y pescado crudo. 
-¿Sabes lo que eso significa?- 
-¿El qué Pilar?- 
-Que tengas tan erguidos los pezones.- 
-No estoy segura...- 
-Significa que estás muy excitada. Abre las piernas y tócate el chocho.- 
-Sí Pilar.- 
-Métete un par de dedos. Hasta el fondo.- 
-Sí Pilar.- 
-Sácales y enséñamelos... así... muy bien... ¿cómo están?- 
-Mojados.- 
-Como tu coño. Te acabo de echar mis meados por la cabeza y estás totalmente salida. Límpiate esos dedos con la boca, cerda, y dame un poco de vino.- 
-Sí Pilar... glup... tu copa.- 
   Mientras la jefa bebía y comía, medio tumbada en el sofá, la secretaria, servicial y atentísima, a sus pies como una mascota, no paraba de pasarla y de recoger, platos, cubiertos y servilletas cuando su invitada los iba necesitando. Finalmente, cuando Pilar se sintió saciada, la ordenó que se lo llevara todo, y tras hacerlo a toda pastilla, la secretaria volvió a la misma posición. 
-Tienes hambre ¿verdad?- 
-Un poco Pilar.- 
-Aunque no es lo mismo, pero te voy a dejar que me comas un poco el coño, el culo y la boca.- 
   Virginia no supo qué responder a aquello, simplemente se le puso una expresión ilusionada que le iluminó todo el rostro y comenzó a asentir nerviosamente con la cabeza. 
-Pero no tengas prisa, eso será al final.- 
-¿Al final?- 
-Primero tengo que seguir enseñándote unas cuantas cosas.- 
-Lo que tú digas, Pilar.- 
-En mi bolso tengo una fusta y el consolador negro con el que me masturbé delante de tí en la oficina. Me lo traes todo. Venga.- 
-Sí Pilar.- 
   Era un poco sorprendente que consiguiera andar tan deprisa con aquellos desmesurados tacones, pero a Pilar la encantaba ver cómo se movía, sobre todo, la encantaba ver su culito respingón en movimiento con aquellas prisas, y por supuesto, desnuda como estaba. Ya de vuelta volvió a arrodillarse ante ella, y como quien ofrece sagradas reliquias, le acercó la fusta y la polla sintética. Su jefa solo cogió la fusta. 
-La polla te la metes en el coño, que no se caiga, y luego te pones las manos en la nuca, como los detenidos por la policía en las películas.- 
-Sí Pilar.- 
-Sí que ha entrado bien ¿eh putón? ¿a que estás chorreando?- 
-Un poco... - 
-Vamos a hacer un experimento; quiero saber si tus pezones siguen igual de erguidos después de darte en las tetas... hum... doce fustazos, sí, en cada una doce fustazos.- 
-¿Doce fustazos?- 
-Por poner esa carita contrariada te daré veinte fustazos. Veinte en cada teta. No te he dicho que bajes los brazos idiota.- 
-Perdón pilar.- 
-Quiero más atención. Veintidós fustazos. Quiero mucha más atención por tu parte.- 
-Sí Pilar.- 
-¿Te parece bien recibir veintidós fustazos en cada teta?- 
-Sí Pilar, me parece muy bien porque es lo que tú quieres hacer conmigo.- 
-Claro, te estoy enseñando. Da las gracias perra.- 
-Muchas gracias por enseñarme Pilar.- -Y sonríe.- 
-Sí Pilar.- 
-Pues venga, empecemos. Lo más importante es que no te muevas. Que no te muevas ni medio centímetro mientras te estoy dando, guarra.- 
-¿Que no me mueva?- 
-Veinte y cuatro. Por hacerme repetir las cosas.- 
-Perdón Pilar. Perdón. No me moveré. Empieza. Ya verás que quieta voy a estar Pilar, empieza. Cuando quieras empieza ya a darme. De verdad.- 
  

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DanielTurambar

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19 de Marzo de 2010 a las 22:27
Re: Sadomasoquismo.

Hum, hay cosas que no cambian. Me encanta cuanto te auto-comentas sin más. Ya, ya, que lo aquí es read-only o al menos read-preferred. 

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salazar

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23 de Marzo de 2010 a las 18:19
Re: Sadomasoquismo.

   Hace pocas horas, escribo ésto el 23 de Marzo del 2010 a las 17:33, hace muy poquito, como iba diciendo, he escuchado en un programa de televisión de la 2, cultural y divulgativo, que Sigmund Freud estaba equivocado. Que el subsconciente no es en realidad una zona misteriosa configurada básicamente en la infancia y que mediatiza nuestro comportamiento sexual adulto. Una zona básica y oculta de la arquitectura mental y que sólo puede ser analizable, y comprensible, a través del psicoanálisis y la interpretación isometafórica, yo diría ahora performativa, de los sueños. No. El subconsciente no es en realidad tan importante aunque algo de importancia tiene ¿Por qué? ¿Qué extraña y perversa maldición nos obliga a soportar estos niveles de idiotismo a través del gran medio de comunicación de masas? ¿De la televisión pública y a la que reconozco, me duele España, el mayor nivel cultural de todas las televisiones? De la 2. Sinceramente, no creo que en realidad la persona que ha escrito el párrafo que después ha leído el locutor sea tan cretino, no, sólo creo que no ha leído a Freud. Como no se lee a Marx y como no se lee a Einstein. Los tres pilares arquitectuales de nuestra manera de pensar actual. Reconozco que son lecturas áridas y, ahora, difíciles,y hablo de la gente inteligente cuya opinión importa. Pero hay dos maneras de "no leerlos"; una, con humildad, en silencio y asimilando, porque es inevitable, su contenido general, y dos, haciendo el gilipollas, diciendo que ya no valen, y asimilando, porque es inevitable, su contenido general. Un ejemplo. De sadomasoquismo. Por supuesto. Los practicantes de esta forma de sexualidad comenzaron a tener conciencia colectiva de si mismos por primera vez en los años setenta en Estados Unidos y crearon, con grandes dosis de amateurismo y titubeos, la comunidad BDSM, es decir, bondage y sadomasoquismo. Hay que decir a continuación que la comunidad ha madurado mucho y bien desde aquellos tiempos y que ahora es toda una subcultura importante y a tomar en serio. Pero en aquellos tiempos incipientes surgió una polémica agria sobre las aceptación o no dentro de esa comunidad de las personas que alternaban los roles de dominante o sumiso. Los switchs. Tras diez cortos años de existencia, en los ochenta, los miembros activos se consideraban la vieja guardia y criticaron mucho y muy injustamente a los switchs. Y todavía tuvieron que pasar unos cuantos años más hasta que fuesen plenamente aceptados. Ahora voy  leeros dos parrafitos textuales de los "Tres ensayos sobre teoría sexual" que publicó Freud en 1905, sí, hace 105 años. "El sadismo y el masoquismo ocupan entre las perversiones un lugar particular, pues la antítesis de actividad y pasividad que constituye su fundamento pertenece a los caracteres generales de la vida sexual"... "Aquel que halla placer en producir dolor a otros en la relación sexual está también capacitado para gozar del dolor que puede serle ocasionado en dicha relación como de un placer. Un sádico es siempre, al mismo tiempo, un masoquista, y al contrario". A los papistas de la vieja guardia BDSM y la nueva casta de redactores mediáticos a los que parece bastarles una apariencia cultural, tan frívola como superficial, es necesario decirles que basta. Que quien les escucha, de verdad, se merece más. En serio.  

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salazar

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23 de Marzo de 2010 a las 20:20
Re: Sadomasoquismo.

cita de salazar

   Hace pocas horas, escribo ésto el 23 de Marzo del 2010 a las 17:33, hace muy poquito, como iba diciendo, he escuchado en un programa de televisión de la 2, cultural y divulgativo, que Sigmund Freud estaba equivocado. Que el subsconciente no es en realidad una zona misteriosa configurada básicamente en la infancia y que mediatiza nuestro comportamiento sexual adulto. Una zona básica y oculta de la arquitectura mental y que sólo puede ser analizable, y comprensible, a través del psicoanálisis y la interpretación isometafórica, yo diría ahora performativa, de los sueños. No. El subconsciente no es en realidad tan importante aunque algo de importancia tiene ¿Por qué? ¿Qué extraña y perversa maldición nos obliga a soportar estos niveles de idiotismo a través del gran medio de comunicación de masas? ¿De la televisión pública y a la que reconozco, me duele España, el mayor nivel cultural de todas las televisiones? De la 2. Sinceramente, no creo que en realidad la persona que ha escrito el párrafo que después ha leído el locutor sea tan cretino, no, sólo creo que no ha leído a Freud. Como no se lee a Marx y como no se lee a Einstein. Los tres pilares arquitectuales de nuestra manera de pensar actual. Reconozco que son lecturas áridas y, ahora, difíciles,y hablo de la gente inteligente cuya opinión importa. Pero hay dos maneras de "no leerlos"; una, con humildad, en silencio y asimilando, porque es inevitable, su contenido general, y dos, haciendo el gilipollas, diciendo que ya no valen, y asimilando, porque es inevitable, su contenido general. Un ejemplo. De sadomasoquismo. Por supuesto. Los practicantes de esta forma de sexualidad comenzaron a tener conciencia colectiva de si mismos por primera vez en los años setenta en Estados Unidos y crearon, con grandes dosis de amateurismo y titubeos, la comunidad BDSM, es decir, bondage y sadomasoquismo. Hay que decir a continuación que la comunidad ha madurado mucho y bien desde aquellos tiempos y que ahora es toda una subcultura importante y a tomar en serio. Pero en aquellos tiempos incipientes surgió una polémica agria sobre las aceptación o no dentro de esa comunidad de las personas que alternaban los roles de dominante o sumiso. Los switchs. Tras diez cortos años de existencia, en los ochenta, los miembros activos se consideraban la vieja guardia y criticaron mucho y muy injustamente a los switchs. Y todavía tuvieron que pasar unos cuantos años más hasta que fuesen plenamente aceptados. Ahora voy  leeros dos parrafitos textuales de los "Tres ensayos sobre teoría sexual" que publicó Freud en 1905, sí, hace 105 años. "El sadismo y el masoquismo ocupan entre las perversiones un lugar particular, pues la antítesis de actividad y pasividad que constituye su fundamento pertenece a los caracteres generales de la vida sexual"... "Aquel que halla placer en producir dolor a otros en la relación sexual está también capacitado para gozar del dolor que puede serle ocasionado en dicha relación como de un placer. Un sádico es siempre, al mismo tiempo, un masoquista, y al contrario". A los papistas de la vieja guardia BDSM y la nueva casta de redactores mediáticos a los que parece bastarles una apariencia cultural, tan frívola como superficial, es necesario decirles que basta. Que quien les escucha, de verdad, se merece más. En serio.  

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