El oficio de escribir
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cerinto (desconectado)
Fecha de ingreso: 29 de Abril de 2009
En vista de que vosotros calláis, diré yo lo que pienso. En todos ellos he observado que Dickens abusa del sentimentalismo. Para él los personajes o son buenos buenísimos, o son malos malísimos, no hay término medio, y además, los malos, lo son sin remedio: lo único que les queda es el castigo severo; nada de redenciones ni de arrepentimientos. Este pintar las cosas en blanco y negro me ha disgustado. Este dar por un hecho indiscutible la corrupción fundamental de la naturaleza humana huele que apesta a la Biblia, un libro que -huelga decirlo- tiene tanto de santo, sagrado e inspirado por el dios cristiano como pueda tenerlo -pongo por caso- el Gargantúa y Pantagruel del eximio (Qué querra´decir eximio? ¡Vaya pedantería!) Rabelais; y hasta puede que menos. Si Dickens fue protestante fundamentalista, pues lo leído lo hace pensar, ya se lo explicaría; como se sabe, para esa gente Dios es personaje severo y ceñudo, no se anda con bromas, manda al infierno al que peca, ¡que se joda!, aquello de “venid, benditos de mi padre”, y “apartaos, malditos, al fuego eterno”, sin pararse a pensar que los malos o condenados lo son porque -según sostiene Lutero- Él mismo así lo ha decretado desde el comienzo mismo del tiempo. Muchos los llamados, pocos los escogidos. Me trajo a la memoria a Saramago, que a mi entender va por la misma vía; es de los que tajantes dividen a la gente en buenos y malos, y piensan que para ser bueno sólo hay que quererlo, es cosa de voluntad. Ni que decir tiene que estoy en contra y no me cansaré de llamar la atención acerca de los orígenes sociales del mal.
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