Libro digital y derechos de autor
Idelosan (desconectado)
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
Para escribir una obra no necesitas gastar dinero en materiales de ningún tipo, ni dejar el trabajo, ni realizar esfuerzo físico... y eso de comparar obras culturales con objetos de bisutería me parece una tontería, además de la obvia distinción entre un libro digital (que no existe físicamente de forma propiamente dicha, son datos) con unos pendientes (que existen físicamente; ya tienen valor per se).
No me convence este texto. Ya me gustaría a mi que la gente se bajara mis obras y fuera repartiéndolas gratis por ahí... ¡Eso sí sería una buena ayuda! ¿Me ayudas?
Idelosan (desconectado)
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
Para escribir una obra no necesitas gastar dinero en materiales de ningún tipo, ni dejar el trabajo, ni realizar esfuerzo físico... y eso de comparar obras culturales con objetos de bisutería me parece una tontería, además de la obvia distinción entre un libro digital (que no existe físicamente de forma propiamente dicha, son datos) con unos pendientes (que existen físicamente; ya tienen valor per se).
No me convence este texto. Ya me gustaría a mi que la gente se bajara mis obras y fuera repartiéndolas gratis por ahí... ¡Eso sí sería una buena ayuda! ¿Me ayudas?
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mireiavancells (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
María
José siempre había sentido en su interior la pasión por la
bisutería. Ya de pequeña, mientras andaba descalza por la playa,
recogía pequeñas conchas de esas a la que el mar, por algún
misterioso motivo, les hace un agujerito y las arrastra con las olas
a la arena.
Al
llegar a casa, la niña María José disfrutaba ensartando las
conchas y las coquinas con cordel, y fabricaba estrafalarios
collares, pendientes impares y anillos extraños. Pero con el tiempo,
esa niña artista fue perfeccionando su arte, hasta que un día,
hacia los treinta, harta de trabajar de dependienta en unos grandes
almacenes en los que después de años sólo había conseguido cobrar
una nómina de mileurista, decidió que ya era hora de sacar algún
provecho de su innato y artístico talento.
Sacó
unos ahorrillos del banco e hizo acopio de perlas, cordel de
silicona, cuentas de colores, hilo de plata, cierres antialérgicos y
piedras semipreciosas, todo el material que le iba a hacer falta para
fabricar una bonita colección, y se dispuso a pasar las noches y los
fines de semana, todo el tiempo que hiciera falta, para completar ese
muestrario de abalorios que, con un poco de suerte, podría acabar
vendiendo en el mercado semanal de su pueblo, o incluso en la feria
anual que se montaba en la capital con motivo de las fiestas
patronales.
María
José pasó un año y pico durmiendo poco o nada, combinando su
horrible trabajo con noches de febril actividad creadora, en la que
se dejaba las pestañas y las yemas de los dedos, ya se sabe lo que
es trabajar con herramientas… hasta que por fin, un día de mayo,
satisfecha, agotada pero feliz, sintió que había llegado la hora;
sacó la caja donde tenía almacenadas todas sus joyas y decidió que
por fin empezaría a vender.
Se
informó en el ayuntamiento, y al llegar a casa, un poco desanimada,
le comentó a su pareja que necesitaba tocar de nuevo los ahorros…
que no se había dado cuenta que, al menos al principio, igual
tendría que permitirse hacer algo más de inversión. Tenía que
comprar expositores, un tablero, y paños de seda donde colgar sus
creaciones. Y adquirir una silla para el mercado. Y que el día de
mercado debería comprarse bocadillo y bebida. Y pagar la cuota
municipal. Y desde luego, tendría que dejar su trabajo. Sus
creaciones eran preciosas, y seguro que se venderían bien. Había
que poner toda la carne en el asador y confiar en el criterio de la
gente, y en que la calidad de sus creaciones tenía que
comercializarse bien, por fuerza.
El
primer jueves de mercado fue un día memorable. Ella lo recordaría
por siempre jamás. A las diez de la mañana, nada más empezar, una
chica muy guapa le compró un par de pendientes hechos con plata y
con unos colgantes maravillosos hechos con lapislázuli. Le pagó los
30,00 Euros que sin duda valían y desapareció por una de las
callejuelas que daban a la plaza.
María
José fue feliz como nunca antes lo había sido en su vida.
A
la artista le extrañó, sin embargo, que a partir de aquel momento
la gente sí, pasaba por su puesto, miraba y remiraba, pero no
compraba nada. Y por la tarde observó, con estupefacción, como
muchas de las mujeres que transitaban por el mercado llevaban unos
pendientes idénticos a los que ella había creado… sólo que no
eran propiamente suyos, sino copias.
Pero
caramba… ¡cómo daban el pego! ¡Parecía que las hubiese hecho
ella misma!
Fueron
pasando los días, y cada día que pasaba, más y más mujeres en su
pueblo llevaban sus bonitos pendientes. Y no solo las del pueblo. Se
acercó a la capital, y allí, una tras otra, fue divisando mujeres
adornadas con los pendientes que ella había inventado y que había
fabricado con tanto esfuerzo. Y todas la señalaban a ella, mida,
mirad, ella los creó… que gran artista! Pero María José solo
había vendido un par.
Mirad
cómo cada jueves intenta vender más piezas de esas murmuraban
todas… pero no venderá ni una más, la pobre… ¿es que no se ha
enterado de que su primera clienta tiene una maquinita de ésas de
replicar pendientes gratis? ¿Y de que la gente se los va regalando
por la calle, como quien reparte efímeros prospectos de propaganda?
María
José se pasó los siguientes jueves acudiendo a su puesto, habiendo
pagado por adelantado al ayuntamiento los gastos, habiendo tenido que
comprar todo el material, y habiendo no sólo trabajado sin descanso
durante meses en tantas noches insomnes, sino depositado toda su
ilusión en la posibilidad de poder vivir, ni que fuera
precariamente, de aquello para lo que tenía talento.
Al
cabo de las semanas juntó su preciosa bisutería y la guardó de
nuevo en la caja, abandonó su puesto en el mercado y, arrastrando
los pies, regresó a los grandes almacenes, donde, heridos en su
orgullo por la reciente deserción de la antigua dependienta, sólo
pudieron ofrecerle el puesto de limpiadora.
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