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    XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

     
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XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)
Teniente_Tulip

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17 de Enero de 2010 a las 22:10
XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Por poderes (como en la bodas), abro el hilo para la presentación de relatos del XXV Certamen. A indicación del responsable (véase Bizarro), el tema será:


ASESINOS

Plazo de presentación: Jueves, 28 de Enero
Hora límite de presentación: 22:00 horas
Número máximo de palabras: 1.700

Que ustedes lo maten bien.

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concursoderelatos

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18 de Enero de 2010 a las 17:18
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)


El día que Horacio mató a su padre


Horacio sabe que debe encontrar las cámaras. Apaga el televisor y pasea los dedos por detrás del mueble, de arriba abajo. No encuentra nada, lo único que recoge es polvo. Las cámaras, ese es el quid -piensa-. Microcámaras high 8, un poco más grandes que un terrón de azúcar. No están en las esquinas. Palpa encima de todos los muebles, examina los marcos de los cuadros, arrastra los dedos por los abetos tallados de arriba y por los lados del reloj de cuco. Nada. Sabe que lo van encerrar en una unidad de salud mental. Dieciocho días en periodo de observación. Registrarán sus pertenencias en busca de alcohol o drogas, confinamiento absoluto con la entrada prohibida a las habitaciones del resto de pacientes, tendrá que pedir fuego al personal del centro. Sabe que a partir de entonces vivirá con horarios para comer, para cagar y para tomar una ducha. Dieciocho días en observación, rodeado de todos esos locos, con todas esas máquinas de café funcionando a todo trapo. 

Lo sabe, los conspiradores han debido ocultar las cámaras dentro del propio televisor. Y puede ver a la madre abriendo la puerta de madrugada para que unos tipos de negro y con máscaras horrendas entren en su casa. Puede ver al padre señalando el televisor y escupiendo babas como un energúmeno. Los tipos de negro se dirigen al aparato, lo bajan del mueble, sacan herramientas de sus cinturones y comienzan a abrir el televisor. La madre llora y se tapa la boca con las manos. Retiran la carcasa trasera. El padre mira a los tipos trabajando y aplasta dentro de su puño un sobre azul industria. Así que Horacio se dirige al mueble del pasillo y se hace con un enorme destornillador. Desenchufa el televisor, lo baja hasta el suelo y le da la vuelta. Trata de desatornillar la carcasa pero la herramienta no encaja en los tornillos de estrella, así que la usa como una palanca. Traba la punta del destornillador en el hueco de la junta de la carcasa y el frontal, da un empujón y el destornillador resbala y araña la pegatina de Precaución/Descargas. En ese instante la madre entra en el salón cargada de bolsas, las llaves aún se balancean entre sus dedos. ¿Pero que haces, hijo?, le dice. Y Horacio se da cuenta de lo estúpido que es todo aquello, del tremendo ridículo que está haciendo. Deja caer el destornillador y camina hasta su habitación. Allí el suelo se licua y ondea como el mar. La madre le sigue, se agacha frente a su hijo y le toca la cara. ¿Qué tienes? ¿Qué es lo qué tienes?, le pregunta. ¿Quieres ir a ver a Antonio? Él es muy bueno, hijo, hazle caso. Horacio, tumbado en la cama, no responde. Querría huir pero sólo acierta a apartar los brazos de su madre, a evitar que lo abrace, que lo toque. Ella llora. Dímelo, le dice. ¿No habrás vuelto a tomar porquerías? ¿Eh?, pregunta. ¿No habrás hecho eso?, insiste. Horacio le cuenta que sí, que volvió a fumar, que una tarde después de salir de terapia, fue al parque y  fumó unos cigarrillos de hachís con sus amigos. 

La expresión venía heredada de terapia; era como se referían allí a los porros que Horacio había fumado durante años en la calle. No se había colocado, había consumido estupefacientes y tóxicos; había consumido líneas y no rayas de cocaína; había probado la LSD, no tripis ni cartones; no era yerba, era la planta de cannabis; metanfetamina en lugar de speed; MDMA, no éxtasis o M; quetamina, no special k. Nada de argot callejero en terapia, nada de su literatura ni de sus rituales, nada de hablar de aprendizaje personal, de crecimiento, de madurez frente a esa alucinación colectiva que es la realidad. En terapia se adoraba al poderoso intelecto del ensayo y el error. No había cabida para hablar de los amaneceres eufóricos y violáceos; todo aquello no eran más que errores de la percepción, pequeños desastres biológicos en el cerebro, daños irreversibles. Allí no había poetas ni filósofos locos, no eran drogófilos que perseguían el abrazo caliente de Dionisos; sólo había niños equivocados que se habían destrozado la mente y el alma, que debían ser recuperados y reeducados. 

Chavales torpes que no habían sabido vivir.

Su madre le obliga a prometer que no le va contar nada al padre, le dice que eso lo mataría, que no podría soportarlo. Le dice que ella es muy fuerte, pero que él se arruga, que es más débil que ella. Que si no le da pena, que una vez lo sorprendió llorando y acurrucado como un niño pequeño en el sofá, le dice. Horacio asiente y se da la vuelta, cierra los ojos pero no consigue dormir en toda la tarde. 

Esa noche hay bronca. El padre y la madre hablan desde su dormitorio, discuten sobre qué hacer con él. El padre dice que parece que su hijo quiere matarlo, que otro no habría aguantado tanto encierro y tanto castigo, que si hubiera tenido cojones se habría ido, habría hecho el petate y se habría largado; o eso o es que quería matarlo. La madre tranquiliza a su marido, le dice que eso no puede ser. Luego el padre llora, recuerda todas las veces que lo hablaron y las promesas que le hizo su hijo de no volver a tomar drogas. Recuerda una vez que se abrazaron en el jardín y en la que el hijo lloró en el hombro del padre. Luego comienza a escupir que cómo pudo hacerlo, cómo pudo traicionarlo una y otra vez. Volver con esos amigos a hundirse en la mierda y a hacerse tanto daño. Comienza a ladrar que es un canalla, que no puede más, que no hay quien aguante aquello. Y la madre muerde también, gritando que es un mariconazo, un mierda que no es capaz ni de luchar para ponerse bien por sus padres. Canalla. Cerdo. Asesino. Cínico. Cada una de esas palabras aplastaban el estómago de Horacio contra su columna vertebral. Las piernas ceden y queda inmóvil, sin posibilidad alguna de levantarse y salir de su habitación. Está atrapado en su cama, está obligado a escuchar todo aquello. 

El lamento de la madre es monótono. Dice que su hijo no es feliz, que pare. El padre pronuncia el nombre de su mujer: Carmen, dice; simplemente lo suelta al aire. Y Carmen se lamenta arañándose la garganta con cada palabra, vomitando trocitos de cristal. Cuando la madre supera los espasmos del atragantamiento y Horacio es consciente y deja de ver la sangre manchando las sábanas, entonces la madre grita en serio. Y luego se oyen los correteos por el pasillo y las puertas deslizándose sobre las bisagras. Se acorralan el uno al otro en el zaguán y alguien cierra las puertas que dan a la calle, y el padre grita Carmen una y otra vez, y la madre llora y se da bofetadas a sí misma y le dice que pare , que él no es feliz, y tropiezan y dan contra la pared, y alguien abraza a alguien, y lloran, y todo es horrible.  


A la mañana siguiente Horacio se descubre parado frente al sillón de su padre sin saber qué hacer. Balbucea algo sobre aclararlo, sobre que tienen que hablar. El viejo conecta la antena y lo mira con hastío y miedo. Su mirada de súplica está a punto de erguirse y dar una dentellada al rostro de su hijo. ¿Qué me quieres contar? ¿No me irás a decir que has vuelto a las pastillas y eso? El viejo suda azufre, tiene la cara hinchada y a punto de estallar. Horacio no se ve capaz de explicarlo, no sabe cómo decirle que sólo le dio unas caladas a un porro, que eso no es volver a las pastillas y todo aquello, y confiesa asintiendo. Pues eso, le dice el viejo. Ahora déjame tranquilo, le dice. Horacio sale de la habitación y todo vibra. La luz se arroja directa a sus ojos, le hiere. Todo el silencio de la casa se estrella en sus oídos arremolinándose alrededor de los diminutos huesos. Mientras, camina a fracciones incapaz de moverse con fluidez -todo se debe al aire, al ambiente-. Puede contemplar el horror desde fuera: es como en sus pesadillas. Las piernas le duelen del miedo que siente, el estómago le sigue a dos metros por detrás a causa de la inercia homicida, la piel se retuerce en todas las direcciones dolorosas que encuentra y es atravesada por alfileres violeta, camina despacio acorde con el tiempo de los asesinos. Sabe que está muerto. Su madre dijo que no lo aguantaría. Lo que no sabe aún es si usará una soga o la escopeta. 

Su padre ya estaba muerto. Con la cara llena de vergüenza y pena; muerto. 

La madre le pone algo de ropa doblada sobre la cama. Venga, le dice, vamos a ver al psicólogo. Horacio se viste muy despacio, con la piel de los ojos agrietada y seca por lo que acaba de hacer. Mira a la pared y observa las manchas de insectos aplastados. Los pequeños cuerpos negros fueron triturados por la palma y extendidos con la punta de los dedos en forma de zarpazos. Los restos secos de sangre de mosquito ponen fin a algunos arañazos de polvo gris, grumos negros y pequeñas patas articuladas. Se termina de vestir y sale de la habitación. Ya no es sólo alrededor de los ojos, toda la piel del rostro está seca y agrietada. Su madre le espera frente a la puerta abierta. Un bolso negro le cuelga del brazo, tiene los ojos muy abiertos, los labios torcidos y amargos, muy apretados. El padre se les cruza por delante, camino de la habitación. Se para un instante y toma unas pastillas diminutas y blancas que lleva en la palma de la mano. La madre saca una botella de agua del bolso y le da a beber al viejo, que suspira después de tragar, se mete en el dormitorio y desaparece en la oscuridad. La puerta se cierra tras él. 

La madre no ha apartado la vista de Horacio. Sigue esperando en el umbral. 

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bizarro

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19 de Enero de 2010 a las 9:27
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Petición sobre el formato:
Copiar todos vuestros textos desde el bloc de notas que hay en accesorios antes de pegarlos en el hilo del concurso.
Usad letra Arial, tamaño 12, interlineado sencillo, sin retocar las tabulaciones.
Usad esta misma letra para el título poniéndolo simplemente en mayúsculas.
Esta regla ayuda a la edición y promoción de los relatos en blogs y páginas web y también protege el anonimato necesario para el concurso. 
Esto es una norma improvisada no excluyente en la edición Asesinos, que sólo será excluyente cuando todo el mundo haya dado su beneplácito y se formalice en las reglas para la siguiente edición.

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bizarro

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20 de Enero de 2010 a las 20:06
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Para los nuevos: los relatos se pegan en este hilo.

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concursoderelatos

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20 de Enero de 2010 a las 20:23
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)





ops, lo siento, editado

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concursoderelatos

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20 de Enero de 2010 a las 20:25
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)





"ops, lo siento, editado"

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concursoderelatos

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20 de Enero de 2010 a las 20:27
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Lo siento, sería bueno borrar el primer mensaje, auténticamente desastroso. Por desgracia, yo no lo puedo eliminar.

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bizarro

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20 de Enero de 2010 a las 20:52
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Puedes darle a editar desde el usuario concursoderelatos y sustituir todo el texto por un "ops, lo siento, editado".

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concursoderelatos

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20 de Enero de 2010 a las 21:35
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)








Julia




Detrás
de la ventana de la cocina, una fila de chopos blancos daba sombra
matinal a los bancos del parque. Vivía Julia en un apartamento de la
planta baja y, aparte los barrotes, nada la separaba de la soledad
del camino de tierra, que tenía enfrente. En la fachada opuesta de
aquel edificio de cuatro plantas, se desparramaba el tráfico por una
avenida; pero ella quedaba a salvo del trasiego; se le pasaban las
horas oyendo el lento movimiento de las hojas, si un aire fuerte no
las enloquecía.



Puso
en marcha la radio. La voz del presentador invadió el espacio;
dejaba caer un vendaval de desastres, robos, anuncios, accidentes
domésticos, anécdotas de todo tipo...




«Un
operario descubrió la causa por la que había un atasco en la
cañería de un hogar de ancianos, ¡un fajo de billetes de cincuenta
y de cien euros, de un valor aproximado de doce mil euros, bloqueaba
el tubo! Sorprendidas por lo insólito del caso, las autoridades
pensaron que unos bandidos o traficantes se habían desembarazado de
cierta cantidad de dinero tirándola por la cañería. Pero
posteriores investigaciones han descubierto el verdadero origen de
todo ese dinero: uno de los residentes, a quien el personal califica
de deprimido y neurótico, se había peleado con su familia y
para
que nadie heredase sus ahorros de toda una vida– había retirado
del banco la suma de sesenta y seis mil euros, que luego había
arrojado por el desagüe. Para su desgracia, esta persona fue
encontrada muerta una semana más tarde en el cuarto que compartía
con otro residente del hogar de ancianos. ¿Quién sería el asesino?
Las autoridades no tienen la menor idea...»




Se
sentó en una silla, con la vista puesta en el camino y los árboles,
en tanto se filtraban como a través de una cortina los rayos del
incipiente día.



Apenas
oía las noticias, atenta sólo a la porción de paisaje del otro
lado de la ventana, que no era mucha. De vez en cuando, uno o varios
gorriones saltaban de las ramas para posarse en las tablas verdes de
los solitarios bancos. Ninguna huella humana estremecía la paz del
lugar.



Hasta
que asomó el hombre. ¿Quién era...? Uno que pasaba por allí,
siempre a la misma hora, siempre subido en una bicicleta azul.
Pedaleando, pasaba por el camino de grava. Pedaleando, se alejaba.
Aparecía y desaparecía del marco de la ventana en un puñado de
segundos. Un ajetreo de ruedas que se deslizan, de esfuerzo
abrumador, de marcha al parecer solemne, anunciaba esa leve silueta,
al que ella se había ido habituando al poco de mudarse allí. Luego
se enamoró de aquella sombra azul; pero él nunca lo supo.

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concursoderelatos

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22 de Enero de 2010 a las 14:38
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

                                                                       Sin su castillo de Naipes.

-¿Sigues negándote a verla?
-Apártala de esto.
-¿Quieres hacer el favor de escuchar?- suplicó.- Es normal que quiera hablar contigo y necesitaremos que colabore.

Antonio, sentado a la mesa, miraba fijamente el cenicero mientras su abogado intentaba hacerle entrar en razón paseando su traje por toda la sala. Buscaba la mirada de su cliente cabizbajo, hacía aspavientos y gesticulaba exageradamente pero Antonio no miraba. Escondía su frialdad como tenía pensado hacer durante el juicio.

-¿Cuántos años me van a caer?- preguntó tras una pausa
-No lo sé. Puede que quince.
-Bien. Tú trabajo es conseguir que sean diez.
-¿Homicidio involuntario?
-Fue homicidio involuntario.
-Ella tendrá que declarar como testigo.
-Pues que declare.
-¿Y no hablarás con ella antes?
-Vio como maté a otra mujer. ¡Y se suponía que la quería!- hizo una pausa tras haber levantado la voz y la mirada. Dejó caer los hombros hacia atrás y tras soltar un leve soplido siguió negando levemente con la cabeza - no, no volveré a hablar con ella.

                ***********

Ya no sabía cuantos días hacía de la última vez. Intentaba recordarlo mientras miraba su cuerpo desnudo en el espejo. ¿Ya no eran bonitos sus pechos? ¿Ya no era bonita su piel? Retuvo sus lágrimas como pudo mientras buscaba las huellas de los años en su cuerpo. ¿Quien había matado la mirada de su marido? Añoraba sus ojos llenos de vida y deseo cuando llegaba a casa. Añoraba que le acariciase el trasero sin previo aviso y añoraba, más que nada, sentirse deseada. Volvió a limpiar al espejo cuando el vaho nublaba su alter ego de nuevo y empezó a vestirse con desdén, siguiendo una rutina más.

La noche anterior había sido de las más duras de su vida. Buscando vencer la frustración que se hacía fuerte en su interior se había vestido y maquillado como hacía tiempo que había olvidado hacer. Había preparado una gran cena y había enfriado vino. Había puesto la música adecuada y encendido velas. Había sonreído y había terminado por quedarse dormida sollozando junto a un marido que había sido capaz de ignorarlo todo. Ese marido, atento, trabajador… ese gran amigo que había olvidado ser su pareja, tenía otras cosas en la cabeza, como siempre.

Salió del baño arrastrando las zapatillas y fue en busca del café. Encendió el microondas, esperó treinta segundos y marcó un número de teléfono mientras recuperaba la taza humeante.

-¿Qué tal va la mañana?
-No muy bien. Acabo de tener una bronca con el jefe- contestó su marido.
-Tú nunca tienes broncas con tu jefe. ¿Es serio?
-No- hizo una pequeña pausar.- No creo, vamos.
-¿Vendrás pronto?
-Espero que sí… Veremos como va el día. ¿Tú no has ido a trabajar aún?- preguntó sorprendido.
-No. Hoy tenía que ir a ver a un cliente a las once. Ahora salgo.
-Nos vemos esta noche. Un besito.

Cada vez las conversaciones eren más vacías. A veces parecían telegramas. Él siempre terminaba con “un besito” o alguna palabra cariñosa pero ya no tenían ninguna credibilidad. Se habían convertido en simples muletillas de alguien a quien seguía adorando. Hasta la ternura se había rendido ante la rutina.

Cuando volvió de la visita al cliente bajó del coche pensando en qué se podría preparar de comida para poder volver pronto a la oficina. Andaba ligera por la acera cuando, a unos veinte metros, vio a su marido llegando a casa a una hora completamente inusual. Sonrió por la sorpresa como si fuera una quinceañera. Aceleró aún más sus pasos ante la expectativa de un encuentro casual que seguía ilusionándola como el primer día.

Su sonrisa se desplomó cuando, al abrazarlo, descubrió en su marido unos ojos enrojecidos por un llanto que ese día no iba a intentar esconder. Se le rompió el corazón al verlo e intentó consolarlo angustiada, temiendo cualquier desgracia.

-Me han despedido- dijo sin ser preguntado ni esperar réplica ninguna.

                ******************

-No puedes dejar escapar oportunidades así Antonio. La próxima te vas de patitas a la calle.
-Surgió otra cosa más importante, lo siento.
-No hay cosas más importantes Antonio. Te lo dije. Esa era la operación del año.
-Lo siento, joder.
-Vete a tu mesa y empieza a pensar donde vas a conseguir los cien mil euros que hemos perdido porque te saltaste una reunión.
-Yo creo…
-No quiero que creas. ¡Quiero que hagas!- gritó enfadado.- Vuelve cuando tengas algo más sensato que decir.

Salió del despacho emanando toda la ira que había ido acumulando en meses y meses de tensión y reunió las fuerzas para no cerrar con todas su rabia la puerta del despacho de su jefe. Buscó serenarse mientras hablaba con su mujer y se dejaba caer en su silla. Hablaba con ella, pero solo pensaba en escapar de su jaula. Montones de horas dedicadas a un ordenador portátil y un teléfono móvil, una vida alienada de si mismo y le siguen exigiendo unos resultados que nunca tienen que justificar esfuerzos.

“Si solo fue una tontería”- se dijo a si mismo sin poder evitar hacer otra llamada nada más colgar a su mujer. Una tontería que le había hecho sentirse vivo por primera vez en mucho tiempo.

Fue terminar la llamada y una mirada de su jefe le exigía volver a entrar en su despacho.
 
-Nos ha llegado el extracto de tu tarjeta de crédito de la empresa. Hay una factura de hotel de esta misma ciudad el día que te saltaste la reunión con el cliente.
-Ese día…
-No digas nada más Antonio. No quiero saber más. Llevas más de un mes completamente distraído. Entrega el teléfono y el portátil y vete a casa. Ya te llamarán de recursos humanos.

Salió de su empresa por última vez llorando como un niño pequeño y sin saber qué iba a hacer con su vida. Condujo hasta su casa sin prestar atención al tráfico, hipnotizado por una sensación de fracaso que no había sentido jamás. A diez metros de la puerta de su casa, se encontró con su mujer y una frase le bastó para decirlo todo.

Comieron en silencio porque las preguntas sobraban y las respuestas estaban demasiado escondidas. Buscaba a ratos el confort de la mirada de su mujer que ese día parecía haber diluido toda la compresión y ternura del mundo en el cielo de sus ojos. Quizá, solo por retener esa mirada junto a él, había valido pena querer compartir con ella toda la vida.

Se estaba levantando para preparar más café cuando llamaron a la puerta. La incredulidad de ver quien esperaba en la calle dio paso a la ira que lo empujó inconscientemente a salir con la mirada encendida.

-¿Qué haces aquí?

                *********************

-Siento que te hayas llevado una bronca por mi culpa- dijo ella en su habitual tono inocente.
-No mujer. Me perdí la reunión porque yo lo escogí. No podemos decir que me obligaste a ir a aquel hotel ¿verdad?
-A mi no me lo pareció – reía – ¿nos veremos para comer?
-En un rato te llamo. Parece que mi jefe quiere que vuelva a su despacho.

Le parecía imposible lo que había hecho. Pensaba en como se habían sucedido las cosas y aún le sorprendía. Salía de la universidad riendo como una tonta y creyéndose loca perdida. “Liarse con un tipo que te dobla la edad en la empresa donde haces prácticas es algo que no tenías previsto, Laura”.

Había sucedido sin más, se había sentido atraída desde el primer momento por aquel hombre que rozaba los cuarenta y parecía tener el mundo a sus pies. Él se había dejado seducir con un poco de ternura e inocencia y ella… ella había acabado por sentir lo que no quería sentir y torturarse por la existencia de otra mujer que había llegado antes.

Cuando estuvo cerca de la oficina lo llamó al móvil para encontrarse en el restaurante de siempre pero no contestaba. Siguió llamando durante diez minutos hasta que una voz anónima contestó el teléfono.

-¿Quién es?
-¿Antonio?
-Antonio ya no trabaja con nosotros. Si se trata de un asunto profesional le rogamos que se ponga en contacto con nuestras oficinas.
-Perdone- colgó con el corazón encogido mientas se dirigió de manera inconsciente hacia donde estaba la casa del desaparecido.

En ningún momento se preguntó si aquello estaba bien o si era una locura. Tenía el corazón encogido y un miedo absurdo le recorría el cuerpo. Podría haber reflexionado sobre lo que estaba haciendo, considerar otras opciones. No se debe llegar sin avisar cuando eres la amante de un hombre casado porque entonces sale de su casa con la mirada encendida y el amor, o la pasión, sepultados bajo esos sentimientos.

-¿Qué haces aquí?
-Estaba preocupada.
-Te dije que nunca vieneses a esta casa. Mi mujer está dentro, joder.
-Pero ¿Estás bien?
-Vete Laura. Ya hablaremos.
-¿Quién es, Antonio?- preguntaba su mujer que ya salía por pasillo. -¿Por qué gritas así?
-¡Vete, coño! – le increpó cogiendo a Laura con fuerza por el brazo.
-A mi no me trates así- gritó intentándose zafar- sé valiente y que se entere.
-¿Enterarse de qué?- preguntó Marta que ya estaba a un par de pasos de la puerta.- ¿Qué pasa aquí Antonio?- gritó.- ¿Quién coño es esta niña?

Antonio las miró detenidamente. El tiempo se paró y él se vio atrapado en una situación surrealista que nunca había querido vivir. Una tontería, un coqueteo, lo había llevado a esa situación en la que todo su castillo de naipes se vendría abajo. Veinte años construyendo un personaje que ahora ya no le servía de nada. Veinte años tirados a la basura… por una niña que no sabía lo que quería.

El ruido de un motor le hizo volver la mirada a la izquierda. Un camión se acercaba más deprisa de lo normal. No tuvo que pensar mucho en ello, no le hizo falta. El mismo brazo que la zarandeaba hizo un poco más de fuerza y empujó a Laura para que cayese justo delante de las ruedas.
        
                *********************

-¿Está segura de lo que dice?- preguntó el fiscal con la mirada clavada en Maite
-Sí. Fue un accidente. Estaban discutiendo y Antonio fue a cogerla del hombro. Ella se apartó para evitarlo y se tropezó.

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concursoderelatos

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22 de Enero de 2010 a las 22:58
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)


1.969

El camino estrecho sube hacia la colina sobre la que se levanta la casa de labranza. Un gran balcón de madera adorna la blanca fachada principal cubierta por un tejado con un alero de tejas rojas. En la pared de la balconada cuelgan hermosas ristras de pimientos rojos puestos a secar y en el portalón en arco una luz mortecina ilumina la entrada.

Los coches avanzan por la carretera silenciosamente con las luces apagadas; son unos seis o siete. Cuando llegan a la pequeña explanada que da acceso a la casa abren las puertas y de ellos salen como una docena de hombres vestidos de uniforme y con las cabezas cubiertas por pasamontañas. En sus manos, fusiles de cortas culatas. Sin esperar un minuto se acercan a la puerta y la golpean con sus armas, a la vez que se distribuyen rodeando la casa. Uno de los coches bordea el camino hacia la parte trasera, varias sombras salen de el e inspeccionan el lugar. Hay un silencio opresivo esa noche en el campo.

Francisca y Vicente duermen en la primera planta en la vieja cama de alto cabezal, en la que descansan desde el primer día en que se casaron; Francisca se asoma asustada al balcón a ver quien llama de esa manera tan brusca. Vicente, que ya se está calzando las viejas zapatillas y poniéndose la bata, baja apresurado las escaleras en dirección a la puerta de entrada. Llega justo a tiempo de evitar que la echen abajo a golpes de culata y patadas.


- ¿Qué pasa? Ya bajaba – pregunta el hombre con voz alterada
- Abra ahora mismo o tiramos la puerta abajo – le contesta una voz engolada y brusca.
- Ya voy. Dejen ya de dar golpes. ¿Quiénes son Vds. y que quieren? – pregunta aunque ya lo sabe.
- Policía. Abra inmediatamente.

No le da tiempo a abrir del todo cuando, desde fuera, dan un empujón y los hombres armados se cuelan en la casa y se reparten por todas las dependencias de la planta baja, unos, y subiendo escaleras arriba, otros. En el rellano Francisca, en la puerta de su habitación, observa aterrada a aquella tropa con las caras cubiertas, que meten un ruido horrible con sus botas sobre el piso y se gritan unos a otros:

- ¡Aquí no hay nadie!
- Aquí tampoco.
- ¿Qué buscan? – pregunta la mujer, apenas sin voz.

Pero nadie le responde. En el piso de arriba, el que queda bajo el tejado, Ramón y Vicente, escuchan el alboroto. Son dos muchachos robustos, uno tiene 22 años y el otro 24, de piel morena por la vida al aire libre y manos grandes de trabajar duro. El mayor conduce un camión para las obras del túnel de la nueva autopista, que se construye cerca, el otro ayuda a su padre en las labores del campo y estudia en la ciudad próxima.


- ¿Quién de vosotros es Vicente Vergara? – pregunta uno de los policías
- Yo soy Vicente Vergara – dice el padre
- Pregunto por un joven con ese nombre- dice el policía que parece al mando.
- Yo, señor – responde el mayor, bajando por la escalera acompañado por un policía.

- ¿Trabajas en la autopista? – vuelven a preguntarle
- Si, llevo uno de los camiones que traen y llevan material.
- Pues estas detenido. Vístete que tienes que acompañarnos
- ¿Yo? ¿Por qué, se puede saber? ¿Qué he hecho yo?
- Calla y haz lo que te mando. Y date prisa. Ruiz, Calvo, acompáñenle.

No hay más explicaciones. Vicente mira a sus padres con ojos asustados. Ellos preguntan angustiados por qué se lo llevan, de qué se le acusa. Pero nadie contesta a sus preguntas. En media hora el silencio vuelve al entorno de la casona, dentro la madre llora y el padre jura preguntando al otro hijo si sabe en que líos anda metido su hermano.

-No sé nada, padre, nunca le he oído nada que no sea normal. Seguro que se han confundido, ya ha pasado otras veces.


Han transcurrido ocho días desde la noche en que se llevaron a Vicente. Nadie sabe nada; por más que han preguntado a unos y otros, nada se sabe ni de donde se encuentra, ni si alguien le acusa de algo. El padre ha ido a la ciudad y ha recorrido las comisarías, así como las de las otras provincias, nadie le da noticias. Ha recurrido a los amigos y a los amigos de los amigos, todos le dicen que seguramente lo habrán llevado a la capital, allí les llevan a todos. Hay un tiempo legal para mantenerles incomunicados, le informan y después tendrán que acusarle de algo para poder retenerle.

Por fin, después de dar muchas vueltas, un conocido del pueblo le dice que tiene una cierta amistad con un mando policial y que intentará hacer preguntas a ver si él puede decirle algo. Así se enteran de que, efectivamente está en la capital y que no se puede hacer nada mientras esté incomunicado.




Es imposible explicar lo que sintió Chente, durante el tiempo en que estuvo recluido en los sórdidos calabozos, los días y las noches de miedo y rabia, el desconcierto y el odio que comenzó a fraguarse en su corazón. Pero el sí sabe que nunca olvidará las humillaciones, los golpes y las burlas. Ni tampoco la sensación de ser un títere al que se puede arrebatar la libertad y maltratar sin que nadie lo impida.

Tumbado en el catre, durmiendo entre sobresaltos, como todos los días últimamente, siente que lo empujan y le mandan vestirse, le recomiendan que tenga cuidado con quien se junta y lo meten en un coche rápidamente, lo sueltan en mitad de la calle sin una palabra. Vicente no sabe donde está, solo ve una vía vacía y oscura, debe ser muy tarde, piensa. Al pasar delante de un escaparate se mira en el cristal y contempla a un hombre con el pelo sucio y revuelto, los ojos hinchados y la ropa llena de porquería. Mira a su alrededor. Le suena de algo aquel lugar, pero no sabe de qué. Lo que sí sabe es que lo han llevado de viaje y que no está cerca de su pueblo. Ve una fuente y decide lavarse la cara y mojarse bien el pelo. Vuelve a mirarse en un cristal y trata de adecentar su aspecto. A cada paso que da le duelen los riñones, las piernas y el vientre. Ansiosamente rebusca en los bolsillos del pantalón, pero no hay nada dentro de ellos.


Al salir de la plaza ve, en la esquina una boca de metro !Está en la capital¡ !Le han llevado a la capital¡ Allí ve una cabina de teléfonos, pero no tiene ni una moneda. Mira por si alguien ha olvidado alguna allí, revuelve nervioso con los dedos el hueco: nada.

- ¿Qué voy a hacer ahora? – se pregunta sentado en el peldaño de acceso a un comercio ahora cerrado.

Con la cabeza entre las manos, solloza; está muy cansado, le duele todo el cuerpo y empieza a sentir, una vez más,ese miedo corrosivo. De pronto viene a su mente que Pablo Sierra vive en la capital y aunque hace mucho que no se ven, aún recuerda su teléfono. Si tuviera una moneda podría llamarle. Decide que, al primero que pase, le pedirá una, tal vez se la den. Camina perdido por el lugar cuando aparece un hombre tambaleándose por la esquina, tiene aspecto de haber bebido más de lo conveniente, pero, sin decir palabra, le da a Vicente unas monedas y se va sin apenas mirarle.



Pablo no le hace preguntas cuando lo ve, a pesar de las horas intempestivas y del aspecto de su amigo. Lo sube en su coche y lo lleva a su casa. Allí le ofrece un baño caliente y algo que ponerse. Observa a Vicente cuando se quita la ropa pegajosa y sucia y ve sus riñones morados y sus nalgas y pantorrillas llenas de manchas rojas y negras. Por la mañana lo lleva a la estación del ferrocarril, compra un billete de ida y le deja dinero en la mano.

Vicente abraza a su amigo emocionado, las lágrimas vuelven a brotar de sus ojos. No le ha hecho preguntas.

- Gracias, Pablo, jamás olvidaré esto; pase lo que pase, siempre tendrás en mi casa un lugar para ti, tanto si nos necesitas, como si no. Espero que haberme ayudado no te complique la vida.

- No te preocupes y vete. Tu padre estará en la estación esperándote para llevarte a casa.


Vicente ha vuelto a su trabajo. Sus padres no saben nada de lo que ha pasado mientras estuvo fuera, solamente que le encerraron en un calabozo. No habla de ello. No quiere. Salvo su amigo y su madre, nadie ha visto las consecuencias de ese encierro, no quiere que el padre lo sepa. La madre ha llorado silenciosamente y no ha preguntado nada. La otra tarde, mientras tomaba una cerveza en la taberna del pueblo, un conocido se le ha acercado y le ha preguntado cómo lo había pasado en la capital, si había sido muy duro y si tiene suficiente rabia dentro como para hacer, ahora sí, aquello que pensaban que hacía. Se han mirado a los ojos y se han comprendido inmediatamente.

- No sé, creo que no estoy preparado. Pero si os veis en apuros contar conmigo – dice Vicente

- Te tomo la palabra. Siempre hay cosas que se pueden hacer, para empezar. Después si vales, ya aprenderás. Te enseñaremos.

Vicente sube el camino hacia su casa con las piernas temblorosas, vuelve a sentir miedo, sabe que si se mete en eso, nunca podrá salir. No sabe si el valdría para matar a nadie. Pero siente tanto odio y tanto deseo de vengarse de lo que le han hecho que puede que diga que sí.

Si algún día se lo piden.

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23 de Enero de 2010 a las 21:09
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

EL PISO CÉNTRICO                                             



     La noticia había ocupado los titulares de prensa durante más de dos semanas; ahora, oculto en medio de una vorágine de escándalos políticos y crisis económicas, ya nadie recordaba el rostro angelical de la joven Marga.
     Como cada mañana abrió el diario por la última página, recorrió con la mirada la programación de televisión y se tomó un café cortado a toda prisa. Salió de casa con el fastidio colgado de los labios; la portera le saludó asomando la cabeza con curiosidad, pero Emig Guerra no le hizo mucho caso.
     Le gustaba vivir en el centro de la ciudad; podía ir a pie a cualquier sitio y mezclarse con la muchedumbre indiferente que inundaba las calles. Rostros de todo tipo: adustos, familiares, risueños, tímidos, sensuales… Toda una amplia gama de seres humanos que desfilaban ante él ajenos al peligro.

     Sin embargo aquella mañana no prestó demasiada atención al buffet libre que el ajetreo cotidiano le ofrecía; Emig ya había elegido.
     Se detuvo frente al escaparate y esperó pacientemente a que saliera la última clienta. La señora le miró de refilón al pasar junto a él y Emig evitó mirarle a los ojos.
     Se decidió a entrar en el local. Caminó entre las estanterías con recelo, observando la ropa interior femenina pulcramente doblada. Buscó con la mirada a la dependienta, hasta que finalmente la localizó junto al mostrador; estaba comprobando facturas y escribiendo algo en un libro de registro de tapas rojas. Emig anotó mentalmente cada dato, como una lista de sucesos de interés.
     -Buenos días. –Saludó intentando llamar su atención. La muchacha levantó la cabeza y miró alrededor. Emig apareció de repente, como surgido de la nada.
     -Buenos días, no le había visto. ¿Qué se le ofrece? -Emig luchó contra sí mismo durante un breve instante de lucidez; deseó avisarla, prevenirla para que no le hablara, para que no mostrara interés por él. Todo su esfuerzo fue inútil.
     -Estoy buscando…algo. –La muchacha sonrió ante la engorrosa situación.
     -Entiendo. No se preocupe. ¿En qué había pensado? ¿Se trata de un regalo, algo especial…para una noche íntima? –El tono casi lascivo de la muchacha incendió las tripas de Emig.
     -Algo así. –Contesto evadiendo dar detalles.
   
     Pasó casi una hora; Emig se dejó llevar de la mano de Amanda –tardó treinta minutos en preguntarle su nombre – y estudió con detenimiento braguitas, sujetadores y picardías.
     -Éste conjunto es ideal, un triunfo seguro. –Amanda le guiñó el ojo, sus pestañas describieron un trazado desconcertante.
     
     Emig salió de la tienda con una bonita bolsa de colores en la mano. Tenía hambre; miró el reloj y comprobó la hora, era casi mediodía. Justo frente a la tienda de lencería había un bar.
     Pidió una cerveza, una de bravas y se sentó en la barra. El ir y venir de clientes entrando y saliendo distrajo su atención durante un rato; lo suficiente para relajar la tensión. Por un momento se olvidó de los ojos gatunos de Amanda, del suave tacto del encaje y el aturdidor olor a lavanda. Se sintió humano, tanto que perdió la noción del tiempo.
     
     Amanda respiró hondo, por fin había conseguido cuadrar las cuentas. Echó el cierre, miró el reloj y cruzó a la acera de enfrente. Antes de entrar en el bar observó a un lado y a otro, como si esperara encontrar a alguien conocido en el interior. Sus ojos se toparon con Emig; dudó un instante antes de dirigirse a él.
     Evidentemente no era su tipo, pero desprendía un aire de timidez e inocencia que le había despertado un no se qué.
     -¿Me invitas a una cerveza? –Preguntó, a sabiendas que la respuesta sería afirmativa.
     Charlaron un buen rato; la mayoría de los clientes ya se habían marchado y un camarero peruano barría con indolencia el suelo del bar.
     -Bueno, será mejor que nos marchemos. Te estará esperando. –Sugirió Amanda señalando la bolsa de colores.
     -En realidad…no me espera nadie…verás, yo… -
     -¿No serás…? –Se le escapó una risilla nerviosa.
     -No, no es eso. Es que no sabía como hacer para hablar contigo. –Reconoció Emig. En su cabeza las escenas tomaban forma, como una sucesión de fotogramas en blanco y negro.
     Amanda le plantó un beso en la mejilla y Emig sintió una descarga eléctrica que le recorrió el espinazo.
     -¿Podrías invitarme a tu casa? –La sugerencia de Amanda le desarmó por completo. Llevaba dos semanas apostado como una alimaña, observando sus movimientos como un animal en celo.
     -Por supuesto…sería…en fin, estupendo. –Emig se incorporó, dejó unas monedas en el mostrador y la tomó del brazo.
     -Vamos, vivo aquí mismo.
     Caminaron sin decirse nada. Emig acercó con disimulo la cara al pelo de Amanda, olía a recién lavado. Al llegar al portal la invitó a pasar delante de él.
     -¡Qué caballero!
     -Qué ingenua. –Pensó Emig. Por debajo de los ceñidos vaqueros imaginó un culo duro como una piedra y unas diminutas braguitas, lo justo para encajar en el espacio imposible que se abría entre sus nalgas; un tatuaje en forma de runa asomaba por encima de la cinturilla.
     Entraron en el diminuto piso céntrico. Dejó las llaves sobre el aparador que vestía el pasillo de entrada; el resto del mobiliario invitaba a la resignación, así que decidieron pasarlo por alto y dirigirse al dormitorio. La casera le aseguró en su día que aquella cama aguantaría un terremoto; seguro que las caderas de Amanda serían capaz de provocarlo…aunque fuera lo último que hicieran.
     
     Amanda se desnudó con desparpajo. Emig la observó sentado en el borde de la cama, a la expectativa.
     -¿A qué estás esperando? Despelótate, estoy muy cachonda. –Alentado por el susurro de Amanda, Emig se fue desvistiendo con torpeza. Como una gata zalamera se enroscó a sus pies emitiendo un ronroneo felino. Tomó entre sus manos el miembro inhiesto y se lo metió en la boca. Fueron unos segundos, tan sólo unos segundos; Emig se desplomó sobre el colchón y Amanda aprovechó para montar a horcajadas sobre él.

                                  ………………………………….

     -El cabronazo de al lado se lo está montando por todo lo alto. –El vecino cotilla pegó la oreja a la pared, mientras la gorda de su mujer terminaba de rellenar un antiguo crucigrama que casi se sabía de memoria.
     -¡Qué mala es la envidia!, ¡quién lo pillara! Rumiante herbívoro con grandes cuernas, seis letras. –Leyó con una sombra de duda.
     -Ciervo, cariño, ciervo. –Suspiró el vecino cotilla.

                                …………………………………………..

     El tatuaje en forma de runa oscilaba como una marejada de carne trémula, adelante y atrás, con una cadencia llena de ritmo.
     Emig estaba sofocado por el esfuerzo; de refilón alcanzó a ver las diminutas bragas de Amanda, estiró la mano hasta tocarlas con la punta de los dedos.
     El movimiento le cogió por sorpresa. La mujer se retorció como una serpiente; Emig chilló y se encogió dolorido, instintivamente se miró la entrepierna para comprobar que goteaba sospechosamente.
     -Hija de puta, ¿se puede saber qué haces? –La muchacha le miró con los ojos inyectados en sangre.
     -¿Buscabas esto? –Amanda cogió las bragas y se abalanzó sobre Emig; no le dio tiempo a reaccionar, se había colocado tras él dispuesta a estrangularle.
     Sintió el delicado tacto del tejido cortándole la respiración; manoteó intentando deshacerse del mortal abrazo, pero la falta de aire lo iba debilitando cada vez más, hasta que su cuerpo se desplomó fatigado. Amanda aún continuó apretando con saña durante unos minutos más, hasta convencerse que Emig estaba muerto; le agarró por el pelo y comprobó la mueca macabra que descomponía su gesto.
     Todavía desnuda entró en la cocina; abrió el frigorífico y bebió a morro del cartón de leche…estaba hambrienta.
     Mientras se vestía encendió la televisión. El noticiario abría con el descubrimiento de un cadáver en el fondo del Canal de Isabel II; por los primeros indicios los investigadores auguraban que podía tratarse de Margarita Belsué, la joven desaparecida dos semanas antes después de una noche de sábado más movida de la cuenta. Al parecer el cuerpo presentaba señales de violencia extrema; a la espera del resultado de los análisis forenses el caso se encontraba bajo secreto sumarial.

     Amanda salió del piso de Emig, bajó las escaleras y enfiló la calle. Eran las cinco de la tarde; tenía que apresurarse si quería abrir la tienda a tiempo. La gente iba y venía sin rumbo fijo, rostros de todo tipo pasaban ante ella indiferentes. Al pasar junto a las obras de un local comercial, anexo al edificio, uno de los albañiles silbó a su paso.
     -¡Vaya culo, morena! –Amanda sonrió y siguió su camino.
     
    
     



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24 de Enero de 2010 a las 16:47
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

 

El ASESINO INVISIBLE





Maldita prisión maldita prisión maldita prisión maldita prisión maldita prisión maldita … ¡Mierda! Escucho sus voces Te revolcarás siempre en esta mierda! ¡INUTIL! ¡No sirves para nada! ¡MIRENME AHORA JUECES DE MIERDA! Ahora estarían felices, celadoras de la inmundicia que os creéis mejores que ninguno, de verme jodida. ¡Años comulgando en vuestro vomitivo pueblo de imbéciles!, representando la estudiante dispuesta… siempre con una sonrisa en la boca: “¡Todo es maravilloso y relativo!…nada está mal, hasta el puto violador necesita otra oportunidad”. ¿Otro culo que romper o caridad? Jajajaja. ¡Y ahora estoy completamente jodida, hijas de puta! ¡Completamente atrapada! Afilaban los dientes cuando me veían pasar feliz y se comían a dentelladas el brillo de mi alma, devorándola con su apetito voraz a carcajadas a cuchicheos a miraditas a risas falsas. ¡Vuestros estómagos dolientes saciándose de muerte momentáneamente!.


¡A mí vuestra frivolidad nunca ha podido envenenarme! El mundo del hombre es un cadáver putrefacto y vosotros sus gusanos reptando por un poquito más de carne muerta con la que engordar sus listas de vicios y placeres ¡CON LA QUE SENTIRSE MENOS DESDICHADOS! ¿Te gusto? ¿Me aceptas? ¿Acaso no es mi peinado de hoy algo genial? Sí… ¡espuma y apretar! ¡Te ves estupenda que flaca estás! ¿Me quieres? ¿Me aceptas? ¡Malditos mercaderes de la personalidad! ¡¡¡IROS TODOS A LA PUTA MIERDA!!! ¡ME HE CANSADO DE MENDIGAR VUESTRA FELICIDAD RANCIA! Años tras felicidad con fecha vencida. ¡Su PODRIDA felicidad de mierda! Siempre esforzándome porque mi mueca de perro rabioso parezca una de vuestras sonrisas llenas de crema para untar. ¡Pero nunca fue suficiente! Como cuervos iban sus miradas despellejando cualquier indicio de dicha. Tenía que reír sus chistes mediocres responder sus preguntas idiotas y criticar con odio a alguien. ¡Ahí quedabais satisfechas de saber que estaba tan podrida como vosotras de esta vida, tan muerta como vuestros corazones, ahí os quedabais tranquilas de mostrar todo el veneno sin reparos! ¡Nada que carroñar! ¡Nada vivo a lo que sacarle las tripas para sus embutidos de envidia! ¡Viejas de mierda! Me esperan en la escalera, me persiguen por los pasillos, me acosan en la cola del supermercado y en la calle… ¡Oh Dios!, la calle es insoportable, sus caras rancias mirándome cómo me río, mirando mi risa con su apestosa mueca infeliz clavándomela en los ojos para que me muera, dándome sus hipócritas palabras – “Pobrecita la hija de Concha, ¿SABES ALGO DE TU MADRE? “Para matarme. Como mamá. Como hacía mamá. Odiarme simplemente por ser feliz. Me miran como diciendo: “¡No lo conseguirás, llegarás a vieja tan enferma y triste como nosotras!”


Mi madre era la maestra de la hipocresía. ¡JODER! ¡NO QUIERO CALLARME! No quiero que se me pudra dentro la felicidad posible como a ustedes! ¡Me importan una puta mierda los vecinos! Llegaré a desentumecer mi soledad voy a salir de esta prisión, correr, escaparme ¡Y vosotros iros a la puta mierda! Gilipollas. ESTO ES UNA CARCEL. LUCHAR. LUCHAR. LUCHAR. HIJAS DE PUTA!!! HAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!! QUITARME LA CELDA QUITARME LA CELDA QUITARME LA CERDA, LA CERDA, LA CERDA…. HAAAAAAAAAAA!!!!!


La desgarro, la corto, la agujereo, la muerdo, la rompo y sangrante, me doy cuenta que no puedo escapar. Todo sigue allí. Corro en mi imaginación a estrellarme contra mi carne. Mi animal otra vez me ha mordido. No me duele. ¿Notan como tiemblo? ¡CLARO QUE NO!!... Bajo este disfraz de niña buena existía…temblaba…lloraba…pero nadie se dio cuenta, nadie dio vuelta la cabeza para disculparse, nadie me mira desde que aprendí que para que no me pegaran tenía que decir SÍ. Que para que no me encerraran o me ataran tenía que decir SÍ. Que para que me dejaran en paz tenía que callarme y bajar la cabeza. Ahora también yo las he matado en mí….Y el vacío me ofrece la posibilidad… ¡Todo lo que existió ya fue devorado! ¡Nunca serás más de lo que has sido! ¡No!, sólo hace falta que vomite, que grite, que me desinhiba de esta prisión que me aprieta y me asfixia. Aquí estoy…intentándolo…llenando el vacío con vuestros cadáveres, como vosotros habéis llenado el vuestro. ¡A mamá…, todo el mundo la adoraba! Todo el que no había pasado con ella más de dos horas…después, en casa, comenzaba a descomponerse su fórmula azucarada de sonrisas de algodón y como algodón de azúcar se apelmazaba y se convertía en una bolita pequeña incomestible. Ella lo sabía. Y cuanto más grande la certeza más sonreía, más bebía y más me pegaba y más sonreía: ¡Divina! ¡Divina!. Y todos querían un pedazo de su culo que exhibía descaradamente y que llevaba colgado el cartel: ¡Me odio! ¡Vanagloriarme! ¡Era vuestra Reina! De pequeña…de pequeña sus comentarios y esa mierda de querer siempre algo de mí, inquisidores que se reían luego de mi torpeza, de mi silencio. ¡Baila! ¡Canta! ¡Saluda! ¡Juega!...¡Bah!¡Es tonta! ¡YO TENIA MIEDO! MIEDO de ser tan asquerosa como ustedes…miedo de que al final mamá se fuera definitivamente alguna noche. Como lo hizo. De que se fuera después que papá empezó a quererme como a ella. Follándome como a ella. ¡JODIENDOME EL VIEJO CERDO! ¡Y ella me dejó sola!


Shhhh.. Eso no se dice. Eso no… ¿Dónde están las pastillas? ¿Dónde cojones puse las pastillas? Mierda, todo se cae de los cajones. El frasco…ese…¡sí! Este, este debe…sí… los dos joder ¡¡Shhh!! ¡Un momento!… Un momento y ya estarás bien. Un ratito y ya podrás salir del baño ya podrás llegar a la cama, dormir e ir a la escuela mañana. ¡Y no pasa nada!, no pasa nada no pasa nada. ¡JÓDETE! ¡Clávatelo! ¡Clávate el cuchillo! ¡Córtate! ¡Revienta!. Pronto volverá el viejo cerdo borracho a clavártela él dentro y ya nada te salvará. ¡Corre! ¡Huye! ¡Muere!…TIENES QUE MORIIIIIIIR…., ya estás muerta…¡HAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!….……¡DIOS HIJO DE PUTA! …¡Déjame escapaaaaaaaar!.








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24 de Enero de 2010 a las 19:06
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Los autores de 1969 y El asesino invisible , por favor, pasen por el correo privado de Bizarro a declarar sus autorías.

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25 de Enero de 2010 a las 20:51
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)


EL ÚLTIMO NÚMERO DEL JUEGO DE LA OCA


Pablo tenía ocho años de edad y un hermano, mayor que él, con el que jugaba mucho en el sótano de la casa. Era bajito, de pelo castaño y ojos pequeños, del color del mar. Su hermano, Javier, era como él, pero más alto.


El sótano era cuadrado. Abarcaba todo el bajo de la vivienda. Tenía cuatro ventanucos junto al techo, en un solo lateral, el que daba al jardín. Desde el sótano se veían las hierbas y flores, y los pies de la madre cuando limpiaba las repisas de las ventanas de la cocina y el salón. Desde el jardín, los cuatro ventanucos aparecían a ras de suelo, y tras ellos se adivinaban objetos almacenados en la oscuridad.


Era en las largas tardes de invierno cuando Pablo y su hermano jugaban en el sótano. Lo hacían bajo la luz de una única bombilla -tan vieja como la casa-, sentados en una alfombra, en el suelo. En aquellos bajos se entretenían, principalmente, con juegos de mesa. El Quién es Quién, el Operación y el Parchís eran algunos de ellos. Pero el que más gustaba a Pablo -y, en consecuencia, al que más tiempo dedicaban- era el que está detrás del último mencionado, esto es, el Juego de la Oca.


Se divirtieron mucho con este juego, hasta que un día Javier cambió, se hizo adulto. Comenzó a ir al parque con nuevos amigos, con los que parecía que se lo pasaba muy bien.


Pablo quedó solo. Y solo jugó a la Oca, una tarde sí y otra también, mustio por la huida de su hermano. Como ya no tenía contrincante, siempre ganaba él, ya no encontraba aliciente alguno en aquello, lo cual aumentaba la caída de su ánimo.


En una ocasión, cuando le había salido un dos en el dado y con este número había metido la última ficha en la última casilla, las ocas que en ella estaban comenzaron a hablarle. Pero no le dijeron nada bonito ni le dedicaron palabras amables. Ni siquiera le preguntaron su nombre -seguramente porque ya lo sabían-. Lo que hicieron fue burlase de él y de su soledad. De lo patético que era que tuviera que jugar solo.


De todas formas, las ocas del último número le invitaron a adentrarse en él, en su viñeta. Pablo preguntó cómo hacía eso. Las aves le dijeron que debía poner el dedo índice de su mano derecha sobre aquel número -que es el sesenta y tres- y cerrar los ojos. Eso hizo Pablo, y de esta manera se halló en el dibujo.


Cuando abrió los ojos, tenía ante sí el escenario de la viñeta, pero ampliado. Podía ver lo que no había visto nunca antes. Aparte de lo ya conocido, que eran el estanque donde las ocas nadaban y un monumento de piedra blanca pegado a una de sus orillas -parecido al del Parque del Retiro-, también podía observar lo que había a los extremos del dibujo, es decir, el resto del parque no conocido. Éste era rectangular y no muy grande, y estaba delimitado, por sus cuatro costados, por casetas como las de la Feria del Libro.


Pero allí no había feria alguna, ni escritores ni libros ni nada parecido. Todo estaba en calma, hasta que unas ondas de sonido, del color del agua, volando a metro y medio del suelo, fueron a impactar en los oídos de Pablo. Escuchó alegres voces de gentes, ruidos de pies corriendo y el de una pelota botando. Giró la cabeza hacia la derecha. Observó como allí había una serie de personas dando patadas a un balón. Una de ellas era su hermano Javier. El resto eran personajes de las casillas del juego. Allí estaban los turistas de la número siete, el hombre del esmoquin de la once, el personaje del oeste de la veinticuatro, el gaitero de la treinta y cuatro, el guitarrista de la cuarenta y ocho y hasta el hombre gordo y rico del puro de la cincuenta y cinco. También había niñas, como la bailarina del número cuatro o la de la bicicleta del dieciséis. Y algunos deportistas, como el motociclista del dos o el ciclista del cuarenta y siete. También estaba el torero del treinta y tres, con el traje de luces puesto y todo. Hasta la calavera del cincuenta y ocho intentaba llevarse el balón como podía.


Pablo fue hasta Javier y el partido se detuvo. Javier no pareció sorprenderse ni nada. Sonriendo le dijo a su hermano que todos esos eran sus amigos. Pablo no supo qué decir, desconcertado como estaba. Los personajes también sonreían. Le invitaron a jugar con ellos, pero no quiso. Se hizo a un lado y dejó que continuaran con el partido.


Se sentó en el borde del estanque, que era un muro de apenas cuarenta centímetros. Mientras miraba la contienda, todos tan felices, observó como su corazón estaba en el suelo. Pensó que seguramente se le había caído porque ya no lo necesitaba. Lo recogió y lo tiró al agua. Ésta comenzó a ponerse del color de la sangre. En cuestión de segundos, todo el estanque era de ese color.


Luego todos oyeron unas voces. Era el posadero desde una de las casetas, indicando que la merienda ya estaba lista. Abrió una trampilla del suelo y se metió por unas escaleras que bajaban. Los personajes se fueron a las casetas, cada uno a una. E hicieron lo mismo que había hecho el posadero: bajar por unas escaleras. Iban a sus hogares a ducharse antes de merendar.


Los dos hermanos entraron en la posada. Allí iban a esperar a los demás. El posadero salió de la cocina a hablar con ellos. Pablo no le prestó atención y comenzó a curiosear, hasta llegar a la cocina. En ella había una gran cacerola con chocolate, y a su lado muchas pastas. Detrás de la cocina había un almacén pequeño. De una balda cogió Pablo matarratas. El posadero lo utilizaría, seguramente, para las ratas de la prisión de la casilla cincuenta y dos.


Pablo volvió a la cocina. Como no había nadie, aprovechó y echó parte del matarratas en el chocolate. El resto se lo guardó.


El veneno hizo efecto enseguida. Nada más merendar, todos murieron, incluido Javier. Entonces Pablo fue subiendo los cadáveres al parque con una fuerza que no sabía de dónde le salía.


Lanzó al estanque rojo el fiambre del hombre del esmoquin, y su agua se tornó negra. Luego tiró el del guitarrista. El agua no cambió de color, pero al chocar las pequeñas olas contra las orillas se oían ruidos de rock. Seguidamente, tiró al estanque el cuerpo del torero, y el agua volvió a ponerse roja. Luego lanzó el del posadero, y el líquido se puso del color del chocolate. Pablo no sabía la razón por la cual le sucedía eso al agua, pero se entretenía mucho.


Hasta que las ocas, que habían asistido impasibles al espectáculo, le avisaron de que su madre le llamaba. Le indicaron que, si quería volver al sótano, debía apretar fuertemente con las dos manos la cabeza de la estatua de una oca que allí había y cerrar los ojos, todo al mismo tiempo.


De repente, se encontraba de nuevo en el sótano. Su madre, desde arriba, se asomó a la puerta. Le dijo que la cena ya estaba lista, pero que antes de sentarse a la mesa debía pasar por la bañera, que ésta ya estaba llena, y así haría tiempo mientras Javier volvía del parque, que se estaba retrasando, y eso no era normal.


Pablo ascendió las escaleras sin rechistar, callado, portando en una mano el matarratas que se había traído del último número del Juego de la Oca.


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27 de Enero de 2010 a las 2:30
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

¡ÁBREME LA PUERTA!,


-¡Que me abras, coño!


Golpeó la madera con la mano abierta dejando que la alianza sonara contra ella. Nadie le abrió.


-¡Puta! ¡más que puta!, ¡mañana te espero!-Notó cómo el rubor le calentaba las orejas al tomar la decisión.-Mañana te vas a enterar.- Masculló al salir por el portal.


Ella se quedó con todo. Se quedó con su vida, con su puto coche, con su jodido trabajo. Y a nadie le pareció extraño. Por su culpa su mujer le dejó, sus hijos no querían verle. Hasta con el perro se quedó.


Enfiló la calle a paso vivo, sin rumbo pero sin aparentar no tenerlo como orgulloso “sin techo”.


Cuando, unos meses antes, ella apareció en el despacho sólo sintió deseos de poseerla. Era un deseo que últimamente no tenía, las despreciaba tanto que ya ni las deseaba para saciar sus bajos instintos. En lo profundo de su mente se divertía pensando si se habría reformado.


-¿En qué puedo ayudarte? – Le dijo sin disimular el recorrido de la mirada por su cuerpo parándose en los pezones que, erectos por el frío del aire acondicionado, se marcaban en la camisa.


-¿Señor Márquez? Le traigo una orden.


-¿Cómo? ¿una orden de qué?- Le dijo divertido imaginando sus manos separando esas nalgas mientras le mordía la nuca.


-Me llamo Sonia Montjor, soy agente judicial. Debe abandonar el despacho para que los agentes de policía judicial que me acompañan puedan registrarlo y proceder a su precinto. –Le miraba a los ojos sin mostrar ningún tipo de sentimiento, esperando a que se levantara.


Rascándose ostentosamente la bragueta, ya abultada, Márquez se levantó y, poniéndose la chaqueta, se marchó.
 
Tras dos copas llegó a la conclusión de que el picha floja de su socio, que sabía en relaciones más o menos perversas con su mujer, le habría denunciado por alguno de los turbios asuntos que habían tenido entre manos en los últimos tiempos. Quizá le habían cazado a él y, para librarse, denunció a Márquez. Nunca lo sabría. Lo que si sabía era que aquella noche haría confesar a su mujer. Por sus huevos.


Después de pasar unas cuantas horas en el puti-club con la pelirroja, que -hasta la aparición de aquella tarde- parecía ser la única que se la levantaba, decidió irse a  jugar con la de casa, con la castradora que nunca le permitió dejar la tapa del váter levantada, la que le hacía quitarse los zapatos al entrar y que no le daba de cenar si no se había lavado las manos. La que sin ningún miedo le hacía frente cada día e invariablemente le vencía. Hasta ahora, y aún sabiendo que el otro se la beneficiaba en su propia casa, la respetaba por ser la única persona en el mundo que le ponía en su sitio.


Al llegar se dio cuenta de que algo no iba bien. El coche oscuro enfrente con dos hombres leyendo el periódico y tomando café en vasos de papel era demasiado evidente. Esa Jamonyor, o como quiera que se llamase, quería que se sintiera vigilado. Al entrar no había nadie, ni la dueña, ni los niños, ni el perro. Sólo una carta en la encimera de la cocina:


“Sr. Márquez, no trate de buscarles, están bajo mi protección. Lo único que puede hacer es causarles más daño. Sonia Montjor. Agente judicial.”


-¡Pero qué cojones está pasando! ¡Será hijaputa!- Encendió el ordenador en su despacho y empezó una búsqueda infructuosa de datos sobre la agente, la brigada judicial, lo que fuera que aclarara aquello que, cada vez más, le parecía  una trampa.


Un gin-tonic tras otro le noquearon en el sillón hasta que a primera hora de la mañana sonó el timbre.


Era ella, de nuevo en la misma postura, alargándole una orden judicial.


-Señor Márquez, tiene diez minutos para recoger algo de ropa, este agente le acompañará. Debe desalojar la casa en seguida, vamos a precintarla.- La miró tan sorprendido como resacoso. A pesar de que parecía fresca como una lechuga y olía a ducha reciente, esta vez no la deseó. En otras circunstancias se habría imaginado arrancándole la ropa y oliendo cada rincón de su piel, cada pliegue en el que se unieran su olor animal y el del gel de baño. La erección no se habría hecho esperar y habría disfrutado escandalizándola con su prominencia. Pero no.


-¡Y una mierda!-Le espetó a la cara.- ¡Yo no me muevo de aquí hasta que me expliques qué es lo que está pasando, zorra!


Ella, de nuevo, le mantuvo la mirada hasta que un dolor agudo en el costado le derribó. Se despertó en el callejón de detrás del supermercado con una bolsa de nylon llena de ropa y un zumbido en la cabeza que tardaría varias horas en pasar. Se enderezó pesadamente.


- “¿Qué cojones pasa? ¿Quién me está haciendo esto?”- Le dolía todo-“Necesito comer algo”. -Buscó en el bolsillo su cartera. Llevaba algo de dinero que, por suerte, seguía allí.


-Un café con leche, por favor. ¿El aseo?


-“Ande” va a estar, donde siempre, al fondo a la derecha.


Fulminó con la mirada al camarero sin importarle si era gracioso de nacimiento, si se lo hacía o si de pequeño comió tierra de las macetas…


En el espejo del baño vio que el dolor de su costado provenía de una quemadura doble. Esos mamones le habían dejado fuera de juego con una pistola eléctrica. Por la barba y el aspecto general que presentaba tuvo la idea de que habían pasado más de dos días desde que aquella mujer apareció en su despacho.


Tras comer un bocata de tortilla y beberse aquel café, que sabía a escupitajo y olía a calcetín sucio, salió a la calle iniciando así lo que serían los siguientes meses de su vida. Al principio intentó, en vano, hablar con algún conocido para que le prestase ayuda o, en su defecto, algo de dinero, pero pronto se dio cuenta de que todo estaba muy bien orquestado. Los más, no le abrían la puerta, los menos, los que le recibían, le decían que se fuera que no querían ayudarle, que ya no le conocían.


Siempre había sido un misógino. A menudo un punto descerebrado en su relación con las mujeres, pero no pensaba que eso pudiera ser el detonante de toda esta farsa que le tenía viviendo en la calle.
 
Al cabo del tiempo, ya asimilado por la comunidad sin hogar, conoció en un albergue a un gaditano que le contó una historia parecida a la suya. En un primer momento no lo relacionó pero, al intentar dormir aquella noche, le pareció que todo hilaba.


-Oye, Tino, ¡Tino!-despertó al gaditano. -¡Despierta! Esa gente, la que se llevó a los tuyos, ¿dónde paraban?
 
-No sé. Déjame dormir. Si sé esto, no te cuento nada.-Protestó.


-A ver- le dijo entre dientes mientras le apretaba el cuello- cabronazo, come pollas, o me dices dónde paraba esa gente o te arranco de un bocado la yugular ahora mismo.


-En Caleruega, frente al cajero ese donde a veces duerme el Juanpa, y ahora déjame dormir. Quedas avisado de que mañana no habrá desayuno para ti. Fiarme de un castellano, ¡hay que joderse! La última, por mi madre que en gloria esté, que es la última.- Se dio la vuelta y se puso a roncar al segundo.


A la mañana siguiente, cuando el de Cádiz trasegaba sin esfuerzo los dos desayunos, Márquez salió hacia esa calle dispuesto a llegar hasta el final de todo y si no a llevarse por delante a quien fuera. Una vez allí, frente a la oficina de servicios sociales, no supo qué hacer. Un coche de cruz roja recogió en la puerta a una mujer con un labio partido y una maleta y se marchó a toda velocidad.


-“No”-pensó- “Eso no es lo que busco, éstas huyen de uno que las pega”.


Decidió apostarse en un portal cercano para ver si descubría algo. Las horas pasaban intentando ver si alguno de los usuarios que entraban le sonaba de algo. Durmió. Se despertó sobresaltado, alertado por algo familiar. Un olor. ¡Si! El olor del gel de ducha de la Montjor. Olfateó escaleras arriba y encontró el origen pero se oía gente al otro lado de la puerta así que decidió esperar en el portal.


De madrugada saltó sobre ella según pisaba el último peldaño de la escalera.


-¡Ya te tengo, cabrona! Ahora me vas a contar qué es lo que pasó. ¿Por qué estoy en la calle?- Pronunció esto último cabreándose consigo mismo al sentir de nuevo la descarga, esta vez en el muslo. Cayó al suelo pero antes de perder la conciencia la escuchó decir:


-¡Cabrón tú!, ¡asesino! Ni siquiera te suena mi apellido, te lo dejé hasta por escrito. Tú acabaste con mi familia.- Una patada en los riñones impidió que se desmayase- Rompiste todo. Mi padre enfermó por ti, por solucionarte ese asunto del atropello. Le culparon a él, perdimos todo. ¡MONTJOR!. Trabajaba para tu familia. Ni siquiera te preocupaste por nosotros, solos en este jodido mundo por tu culpa. ¡No sabes ni quien era! ¿Ahora qué?, te he jodido bien ¿eh? Nunca sabrás dónde están. Los de ahí enfrente los ocultan. -Otra patada, esta vez en la boca-. Para que te acuerdes bien del uno de mayo del ochenta y siete.-Otra descarga y a paseo ese mínimo soplo de conciencia que le quedaba.


Despertó en un contenedor.


Al día siguiente de golpear con la mano abierta en la puerta dejando sonar la alianza sobre la madera consiguió forzarla y entrar. Era un lujoso piso que daba sobre el portal de Caleruega. Se hizo un sándwich de todo lo que encontró en la nevera y salió al balcón a esperarla encendiendo un cigarrillo tras otro. Por fin apareció por la esquina. Era el sitio perfecto. Márquez calculó la distancia y sin siquiera pensarlo, sin nada ya que perder, se dejó caer desde el cuarto piso sobre ella.


Destrozados ambos en la acera tuvo tiempo de decirle:


-Puta… te dije que hoy te esperaría… Ese año estuve… estudiando en Boston y… le dejé mi coche a mi socio... Venganza fallida.


Sonia Montjor, dejó caer una lágrima.


-Cabrón…-le dijo antes de morir.

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27 de Enero de 2010 a las 12:02
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

ANTONIO, “El GATO”


A través de un gran ventanal, el gris matinal envolvía la consulta del doctor Viñas, un hombre de mediana edad de expresión inteligente, que permanecía sentado tras su mesa. Al otro lado de ésta, el comisario Suárez, de pie, lo observaba insistentemente, jugueteando con una carpeta entre las manos y dando cortos pasos.


-Suárez, debo decirle que Antonio Pacheco padece todos los síntomas que determinan su condición, y eso le beneficia.
-A pesar de ello, pienso que se merece, como poco, la cadena perpetua.
-Lo indicado sería el psiquiátrico una larga temporada y luego la calle, pero será el juez quien dictamine, tras revisar el informe que le presentaré.
-Ese joven debería estar muerto, después de todos los crímenes cometidos. Si pudiese, ¡yo le aplicaría el garrote ya mismo!
-En este país se abolió la pena de muerte, por suerte.
-Un error, doctor Viñas, un gran error de los que se creen comprensivos y justos y del que se arrepentirán muchos con el paso del tiempo.


El comisario clavó sus ojos saltones en los del doctor, mientras fruncía el ceño y apretaba los puños contra su carpeta. El doctor lo miraba como no dándose por aludido, recostado sobre el respaldo de su asiento. Viñas añadió, pausado:


-Antonio Pacheco es una víctima de su entorno, un ser débil nacido en una familia muy conflictiva, cuya mente caótica, además, ha impedido su correcta evolución y aceptación del medio. Desde niño mostraba dificultades escolares y sociales, en la adolescencia fue culpable de robos y broncas, y en la juventud sus crímenes son el resultado de un ser asocial, enfermizo, agudizado por el trato recibido por su padre.
-Me choca que lo justifique tanto, doctor, por mucho que tenga pruebas para ello, pero la lógica es la lógica, y la justicia la justicia, y se le debe aplicar a ese individuo, si no queremos caer en una mayor injusticia para sus víctimas y los familiares de éstas. “El gato” ha matado en dos años a cinco hombres que podrían haber sido su padre, después de dejar a éste inválido tras un empujón en el andamio de la obra donde trabajaba. Nos ha traído a mal traer varios años. Pero, para colmo y por suerte para nosotros, ha cometido la estupidez de dejar la barra con la que golpeaba las nucas de sus víctimas junto al último cadáver. En fin, un desastre, un torpe asesino, al final, que se merece la cárcel.
-En las formas de hacer de ese infeliz radica el quid de la cuestión. Ser asesino en serie tiene de fondo un desequilibrio psicológico grave. Estos asesinos suelen ser víctimas de sus padres, de la sociedad, así que… ¿encarcelamos también a la sociedad, a los padres de todos ellos, a…?
-No diga disparates, por favor, que es usted una eminencia en estos temas.
-Gracias por el elogio, pero precisamente por haber investigado a fondo sobre los asesinos en serie, y sobre Antonio Pacheco en particular, he llegado a la conclusión de que casi todos, en mayor o menor medida, somos culpables de sus terribles actos, y, aunque le choque, capaces de actuar como él si nos encontrásemos en circunstancias iguales a las suyas.
-Lo siento, doctor, pero yo no me siento verdugo de nadie, ni culpable de los crímenes de esa bestia, ni siquiera creo que lo sean sus padres, por mucho que usted se empeñe: otros niños, en parecidas circunstancias, no reaccionan así –apuntó con tono rudo y gesto crispado.
-Cada individuo es único, y Antonio es especial por su particular psicología, y ahí es donde hay que hacer hincapié, si se pretende recuperarlo, reinsertarlo en la sociedad.


Quedaron un rato en silencio, evadiendo sus miradas. El doctor volvió a revisar los papeles que tenía delante, sobre la mesa, mientras Suárez se acercaba a la puerta, osco.


-Pues sí, comisario, le aclaro: Antonio Pacheco padece déficit de atención, es hiperactivo -mientras leía miraba de reojo la cara de escepticismo de Suárez-, tiene, por añadidura, altos niveles de testosterona y bajos de serotonina y colesterol, alteraciones de cobre y zinc, bebía y consumía drogas cuando se lo permitía su bolsillo. Como comprenderá, necesita urgente tratamiento para sus desequilibrios físicos y mentales, pues muestra, además, síntomas de ansiedad y depresión, así que… ya me dirá…
-Hay mucha gente con esos síntomas que no asesinan jamás.
-Pero todos esos síntomas juntos propician el asesinato, unidos a condiciones negativas, como las que ha padecido siempre ese infeliz. Realmente, pienso que Antonio Pacheco es una víctima de nuestra enferma sociedad, como, tal vez, sus padres lo fueron y siguen siéndolo, y muchas otras personas.
-No quiera ser abogado de indeseables, doctor, que para eso está el juez y los abogados –dijo rotundo Suárez.
-Con este informe que le presentaré al juez, tendrá difícil que usted se salga con la suya.
-Ya lo veremos, doctor, ya lo veremos.
-Espero que no. Le insisto que Antonio Pacheco necesita continuos cuidados psiquiátricos, al menos para que pueda sentirse un poco mejor y presentarse a su juicio dignamente y salir igualmente de la sala.
-¡Dignamente, dice! Digno debería haber sido para no asesinar a nadie.
-Su dignidad como persona estaba bloqueada, casi anulada, básicamente por su padre, al que él culpa de las cosas raras que le pasan, de sus traumas. He descubierto que su venganza estaba latente desde niño, debido a los malos tratos recibidos por su progenitor.
-¡Ja, doctor, me hace reír con sus cosas! Lo siento, pero tanta comprensión, tanta psicología para no condenar a un culpable me la suda.
-¿Ve? Usted mismo está siendo verdugo de la comprensión, imponiendo sus criterios a la lógica, imputando a una víctima que parece verdugo cuando, en realidad, es sólo víctima de otros verdugos, quizás hasta de nosotros mismos, aunque no seamos o no queramos ser consciente de ello. Siento decirle que la sociedad, si comparte su misma actitud, no reinsertará nunca a víctimas como este joven.
-Claro, porque la sociedad es lista y no compartirá sus teorías. La gente pide la cabeza de los asesinos por lógico miedo, sin considerar los motivos que tiene el criminal, sino únicamente los hechos.
-Se suele temer a lo desconocido, así que, conozcamos a fondo las causas de ese impulso. Le aseguro que ya no son sólo teorías, sino investigaciones que vengo contrastando desde hace tiempo. Le mostraré un simplísimo detalle. Compruébelo usted mismo. Venga, vayamos a ver a ese joven.


Se levantó. Se miraron desafiantes. El doctor Viñas guió al comisario Suárez hasta un cuarto protegido por un policía. Abrió la puerta y entraron. La habitación estaba en penumbra. Sólo había una cama. Dentro de ella se apreciaba un cuerpo enroscado bajo las sábanas, y se veía sobre la almohada la cabeza rapada de un joven de facciones duras. A medio tapar por el embozo, los brazos del joven apretaban contra su pecho un gato de peluche.


-Lo ve, ahí tiene a su asesino –comentó el doctor en voz baja al comisario-. Me dijo que desde pequeño quiso tener un gato de verdad o de peluche, y que su padre se reía de él gritándole que eso eran cosas de niñas, dándole fuertes collejas y patadas. Mírelo: es como un niño indefenso, apaleado, un joven que no ha superado la infancia y necesita para dormir un peluche que, por suerte, le hace casi mejor efecto que cualquier pastilla para conciliar el sueño, y, por añadidura, consigue mantenerlo bastante relajado durante el día, si le permitimos llevarlo consigo continuamente. Si lo viera enganchado a ese gato de trapo desde que se levanta, se daría cuenta de lo desvalido que está. En fin, si consigo equilibrar sus niveles de sustancias alteradas, que se alimente bien, que siga el tratamiento psicológico que hemos iniciado, y si se le trata con compresión, Pacheco podrá llevar una vida casi normal. Sin embargo, si se le condena y no se le atiende como es debido, no habrá futuro para él, ni tampoco para otros con sus mismos problemas y comportamientos.


El comisario se quedó con los labios medio abiertos y su fría mirada fija en el joven y en el doctor, alternativamente, mientras el doctor controlaba su sonrisa.
Luego, Suárez salió airado. El doctor Viñas quedó contemplando el rostro del joven. Pasó su mano por la frente de Antonio. Éste abrió los ojos, adormilado. Sonrió, se apretó más el peluche contra el pecho y continuó durmiendo. Viñas salió con el rostro relajado, pensativo.


Poco tiempo después, el juez dictó sentencia: Antonio Pacheco quedaría a vivir en la clínica psiquiátrica del doctor Viñas, con el fin de continuar siendo objeto de la importante investigación que dicho doctor llevaba a cabo acerca del impulso criminal.

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27 de Enero de 2010 a las 16:59
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

El sentido del deber.


El tranvía se detuvo en la parada anterior a la del pequeño hospital de Santa María. Gino Pascoli se apeó, esperó a que el destartalado vehículo reanudase su marcha con estruendo, y se encaminó hacia el viejo edificio a través de las mugrientas y oscuras callejas, las mismas en las que él y su gran amigo, Roberto Lombardi, que ahora ocupaba la habitación número 23 de la tercera planta, se habían criado. Cada farola, cada esquina, guardaba un viejo recuerdo; habían sido tiempos difíciles: miseria y hambre en la tierra prometida.


Gino había emigrado atravesando un océano que se había quedado con su madre como peaje, para encontrarse con la tumba recién cavada de su padre en el nuevo mundo. Los Lombardi lo acogieron como a uno más en un barrio donde se mataba por un mendrugo de pan. Los chicos crecieron entre violencia, robos y cadáveres expuestos en las calles como advertencias entre bandas rivales. No había ley en Santa María y los pocos policías que entraban en él lo hacían para cobrar su parte, si eran listos, o para morir, si pretendían ser más listos de la cuenta. Hasta que llegó Mauro Damiani, il signore Damiani.


Mauro Damiani cruzó el “charco” como tantos otros: hacinado en la bodega de carga de alguno de los buques mercantes que hicieron aquel mismo trayecto tantas veces durante el inicio del nuevo siglo. Siempre tuvo fama de hombre duro e implacable, aunque justo y discreto, y con una visión extraordinaria para los negocios y las personas. No tardó en hacerse un nombre en el barrio: nadie atacaba un comercio que estuviese bajo su protección, pocos negocios fructificaban sin su consentimiento, pocos sobornos se cobraban si no los pagaba él. Pronto, las bandas que no se unieron bajo su techo fueron sistemáticamente eliminadas o expulsadas. Pero il signore amaba Santa María tanto como a su lejana y añorada Italia y, bajo su mano, el barrio encontró la paz: se acabaron los robos y las peleas, el comercio pudo por fin establecerse y prosperar (siempre bajo su “supervisión” y con su beneplácito) y los niños regresaron a las calles. Nadie en Santa María podía vivir sin la protección de Mauro Damiani, pero su “feudo” era próspero y seguro.


Muchos de los muchachos del barrio pasaron a trabajar para il signore. Así, Gino y Roberto encontraron su camino haciendo pequeños “encargos” para Damiani: cargando y descargando mercancía, llevando mensajes... La lealtad y la discreción eran dos cualidades que su jefe valoraba, con lo que los dos amigos no tardaron en ascender posiciones en la organización de Damiani, pasando a formar parte del estrecho círculo que lo rodeaba. Aquel ascenso se fue tiñendo cada vez más de rojo sangre, aunque los dos amigos consideraban que era el justo precio que había que pagar por la paz y la prosperidad de Santa María.


Tras el corto paseo, Gino subió los cuatro escalones de piedra de la entrada del hospital, sin detenerse en recepción, se dirigió a las escaleras y comenzó a ascender los tres pisos que lo separaban de Roberto. Odiaba los ascensores y los espacios reducidos.


Mauro Damiani siempre se portó muy bien con ellos dos: fue el padrino de boda de Roberto y, años más tarde, de su hija mayor, a la que regaló una de las mejores casas de su propiedad. Arregló lo necesario para evitar que el pequeño de los Lombardi, Mauro, fuese al frente cuando estalló la Gran Guerra y le ayudó para que pudiese cursar estudios superiores. Roberto siempre decía, henchido de orgullo, que sus mayores tesoros eran sus dos hijos; Gino, alguna vez, llegó a comentar, parapetado tras una de sus melancólicas sonrisas, que serían su perdición. Aún así, Pascoli los amaba como si fueran suyos.


Damiani intentó muchas veces “resolver” el “problema” de la soltería de Gino, pero éste siempre declinó, educada y discretamente, cualquier oferta de su jefe, que lo acosaba continuamente con comentarios irónicos y burlones aunque respetuosos (él era el único que podía inmiscuirse con cierta libertad en su vida privada), a los que el hombre siempre respondía con una tímida sonrisa. “Ya tengo familia”, le había dicho alguna vez.


Pascoli era un hombre sencillo y reservado, parco en palabras y expresiones, férreo en sus convicciones, tanto religiosas como morales, honesto y sincero, con un fuerte sentido del deber y la lealtad. Mal conversador y buen amigo, dejaba que Lombardi llevase siempre la voz cantante mientras él permanecía en un segundo plano, discreto y atento. Roberto también era callado aunque al lado de su amigo, parecía un charlatán de feria. Aquel dúo implacable y efectivo había sido uno de los estandartes del poder de Damiani. Hasta que Roberto acabó en el hospital, tras sobrevivir milagrosamente a un tiroteo.


Gino acabó de subir las escaleras y dirigió sus pasos por el solitario corredor hacia la habitación 23. Su respiración, pausada y silenciosa, no denotaba cansancio ni excitación. Abrió la puerta despacio, sin tan siquiera echar un rápido vistazo a la silla que montaba guardia junto a la entrada y que él sabía que estaría vacía. En la penumbra de la estancia, iluminada únicamente por la luz de las farolas que se filtraba por las persianas entornadas, pudo distinguir la figura de Lombardi, acostado sobre la cama.


- Roberto... –llamó Gino, quedamente.


La voz de su amigo, cansada y temblorosa, pareció llegar de muy lejos.


- Gino... –murmuró.- Has venido... –Hubo una pausa en la que Lombardi pareció reunir fuerzas.- ¿Cómo... está mi hijo? –Logró preguntar, con la voz quebrada.


Mauro Lombardi había muerto en el tiroteo que casi acabó con la vida de su padre. El propio Pascoli había visto el cadáver del recientemente elegido nuevo fiscal del distrito, acribillado y ensangrentado.


Finalmente, Mauro Lombardi había completado sus estudios en derecho y había iniciado una fulgurante carrera que lo había convertido en el fiscal más joven de la historia de la ciudad. En la noche de su elección, prometió limpiar las calles de “la lacra del crimen organizado”, algo que muchos interpretaron como un afán desmedido de desvincularse de su pasado y sus orígenes. Pronto, las promesas se convirtieron en hechos y los esfuerzos del pequeño Lombardi empezaron a dar sus frutos. Tras una par de cortas reuniones con il signore Damiani, a éste le quedó claro, aún a su pesar, que sólo había una manera de frenar el ímpetu del joven: Gino. Fue la primera vez que actuó sólo, Roberto había desaparecido para correr junto a su hijo.


Gino guardó silencio, durante unos segundos. Roberto ahogó un sollozo. Tras unos instantes, logró hablar.


- ¿Era... necesario?


Pascoli no respondió, metió la mano enguantada en el interior de su gabardina y extrajo una pistola con silenciador.


- Mauro Damiani te envía recuerdos –murmuró, con voz extrañamente neutra.


Disparó tres veces contra la cara de Lombardi y cinco más contra su pecho, en un rápido gesto. El cuerpo de Roberto apenas se sacudió.


Gino guardó su pistola y abandonó la habitación en silencio y sin prisas.

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27 de Enero de 2010 a las 18:44
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

NO VA MÁS


Coincidimos en la barra de un bar, por la mañana: él se tomaba un café y miraba con pequeños vistazos a su alrededor; yo había llegado muy temprano huyendo de mi casa, hay amaneceres en los que se me hace insufrible permanecer allí. Aquel individuo me interesó sobremanera porque emanaba pánico por todos sus poros, me he especializado en saber cuándo una persona tiene miedo y él estaba aterrorizado. ¿Por qué era tan cobarde? Ya suponía lo difícil que iba a ser entrar en confianza, estos hombres suelen tener muchas barreras pero no por ello me desanimé, aún soy una mujer guapa y mi boca puede ser sagaz y dulce si se lo propone.
Nunca se me ha dado bien el idear estrategias, además me gusta improvisar, así que no tardé un minuto en levantarme y acudir a su lado. Me ojeó con el rabillo del ojo y tomó un sorbo de café. Dejé pasar unos segundos. Le dije:
-Tengo un problema, no sé por qué se lo cuento a usted..., pero..., ¿a quién puedo acudir? Estoy desesperada...
No se atrevió a mirarme, balbuceó:
-Señora, no…
-Por favor, al menos escúcheme, prometo ir directamente al grano: Necesito que venga conmigo a mi casa, pero no entraremos, no se preocupe, solamente acompáñeme hasta la puerta, mi ex marido no se atreverá a acercarse si voy del brazo de un hombre fuerte como usted.
Levantó la cabeza, pude ver sus ojos y él pudo ver los míos.
-¿Qué?... ¿Pero qué me está contando?…, además yo no soy fuerte…
-Se lo pido por favor, será sólo un momento.
Y le agarré del codo, tirando luego con suavidad hacia la salida. No se resistió ni un poquito, en el fondo muchas de estas personas están deseando salir de la rutina, os lo puedo asegurar.
En la calle noté que el miedo regresaba a su cuerpo, supuse que se estaba imaginando que mi ex marido le podía matar. Quise tranquilizarle, lo peor que me podía pasar era que este hombre se marchase.
-Mi ex marido, que se llama Julián, es muy poca cosa, un cobarde de la cabeza a la punta de los pies, jamás se nos acercará, lo conozco como si lo hubiese parido.
-Ah…, bueno…, espero que sea así, no me gustaría tener problemas, no he tenido una buena mañana. ¿Vive usted muy lejos?
-¿Usted? Por favor, llámeme Ana.
-De acuerdo, Ana. Mi nombre es José Luis.
-Mi hermano también se llama también José Luis, qué coincidencia, ¿no crees?
-No sé, es un nombre muy común.
Llevábamos ya diez minutos de caminata, José Luis estaba empezando a relajarse.
-Mi casa está muy cerquita ya, ahora me voy a coger de tu brazo: Julián puede estar escondido en cualquier sitio.
-Y si viniese, ¿qué hago?
-Tranquilo, no va a venir; de todas maneras, si se acercase le voy a decir que eres un amigo, vamos, camina. Y saca pecho, joder.
José Luis recordaba de nuevo el personaje que vi en la barra del bar, el miedo le vencía, seguramente se estaría preguntando qué hacía conmigo, por qué había aceptado ayudarme. Empecé a hablar pues me comencé a poner nerviosa, ya veía mi calle.
-Escucha, tengo que decirte que cuando te vi en el bar, me llamaste la atención, parecías muy abatido, te puedo preguntar en qué pensabas mientras te tomabas el café…, quizá te han dado esta mañana una noticia terrible, quizá ya sepas cuándo te vas a morir.
Él se sorprendió, su mente debía estar en otras películas de traiciones y celos porque sólo consiguió mirarme y decir:
-¿Qué?
-Sabes, odio repetir las cosas, pero contigo voy a hacer una excepción, al fin y al cabo me estás ayudando. Te lo preguntaré de nuevo: ¿En qué pensabas cuando nos conocimos hace un rato? ¿Una enfermedad mortal?
-No, no, ¿pero qué dices?... Me han echado del trabajo y con mi edad…
-¡José Luis, pero si eso no es nada..., si lo sabré yo!... Vaya, vaya..., ¡yo creí que te estabas muriendo!..., bueno, mejor para los dos, ¿no?... Ya sólo faltan unos cuantos pasos, es ese edificio. Va todo muy bien. Julián no se ha atrevido a aparecer..., no lo he visto en todo el camino pero seguro que nos ha estado siguiendo, apostaría a que ahora mismo, oculto, nos está observando sin saber qué hacer.
José Luis sonrió débilmente.
Entramos en el portal y luego subimos por las escaleras hasta el primer piso, en la puerta de mi casa, José Luis dijo, por primera vez con una voz realmente humana:
-¿Llegamos?
-Sí, aquí vivo. Has sido muy amable, y valiente…
No podía entretenerme mucho, José Luis me estaba dando suerte, no nos habíamos encontrado con ningún vecino. Saqué las llaves y comencé a abrir la puerta. Mis manos temblaban un poco, de repente estaba de nuevo en el umbral de mi casa, adentro no sabía qué podía pasar.
-Mira, voy a ser sincera, quiero invitarte a una copa… Ni se te ocurra decirme que no… Me estás haciendo un gran favor.
-No es necesario…, además…
De nuevo, le agarré del brazo.
-Insisto.
Entró.
-Ponte cómodo, ¿qué te apetece?
-Antes tomaba whisky, ponme un whisky, con hielo, ¿tienes hielo?
-Sí, tengo hielo, pero no whisky, ¿qué te parece un ron?
-Bueno.
Fui a la cocina y regresé con un bloque de hielo que troceé en una olla con un cuchillo enorme que dejé a mi derecha, sobre la mesa del televisor.
Entonces, con el semblante casi podría decir que contento, se sentó en el sofá. Enseguida, alzando un poco la voz, le dije:
-¿Quién te ha dado permiso para sentarte, José Luis? A ver si me equivoco, pero estás en mi casa tomándote una copa que te he servido, ¿no merezco más respeto?
Sus ojos me miraron extrañados, fue sólo un instante, después desvió la mirada.
-Claro, claro, perdona.
-Así está mejor. Siéntate ahí, en esa silla. Sabes, quizá te parecerá muy raro pero como agradecimiento te voy a contar una historia, escucha con atención: Cuando yo era pequeña, tenía seis años, mi madre me pidió que le jurase que le haría un favor, me aseguró que lo que me iba a pedir era muy sencillo. Me debió de ver indecisa porque me dijo que si lo hacía me compraría lo que yo quisiese, ¿y sabes?, yo quise esta muñeca…
José Luis cogió la muñeca que yo le había entregado tras sacarla de debajo del sofá, pero ni siquiera la miró. Su cuerpo comenzaba a emanar miedo, como en la barra del bar.
-Realmente mi madre te hubiese caído muy bien, era tan cobarde como tú…
-¿Pero qué…?
-Cállate, por favor.
José Luis se movió en la silla, cogí el cuchillo.
-Y no se te ocurra levantarte… Como te decía mi madre era muy cobarde, sí, ¿estás escuchando, José Luis?..., imagina cómo era de cobarde que el favor que le pidió a una niña tan inocente como yo era por aquel entonces fue añadir una dosis letal de cianuro potásico en la sopa de mi padre y que después se la llevase a la mesa diciéndole que se la enviaba mamá con todo su amor.
Como sucedía siempre que la historia llegaba a este punto, noté con ansia que me subía la temperatura hasta tener fiebre, noté que mis manos se cerraban de rabia, la izquierda se hacía daño ella sola y la derecha agarraba el cuchillo con deleite. José Luis sudaba como un cerdo, el hedor del pánico regresaba a esta casa sedienta, pero ahora no era mi hedor.
José Luis  me tiró el vaso con el ron y el hielo y luego con toda su fuerza se abalanzó sobre mí… Yo no había planeado matarle pero tuve que hacerlo..., me lo pidió a gritos.



 

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bizarro

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27 de Enero de 2010 a las 19:03
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Aquí va el mensaje más pejiguera de la historia de Bubok. Hace 17 minutos alguien ha subido el relato "No va más" y aún no me ha confesado su autoría.


Por favor, un poco de agilidad.

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