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    XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

     
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XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)
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27 de Enero de 2010 a las 21:15
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Lo siento.

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27 de Enero de 2010 a las 22:16
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

EL BARBERO DE MANDAIO


Abrió la puerta de madera y sintió el frío como si se le metiese por cuanto agujero encontraba. Apenas había amanecido y ya podía adivinarse que sería un día gris como tantos; quizá, con suerte, no llovería demasiado. 

Se asomó al camino. No había un alma. Enfrente, el edificio de la estación: una casa baja dividida entre la taquilla y la cantina: De allí salía una pareja de guardias civiles con los tricornios encasquetados y los fusiles a la espalda, cañón en alto, colgando de la cincha. Los saludó levantando la mano. Supuso que  los dos tipos echarían a andar, pero no fue así; se acercaron a paso lento.

– Buenos días, Ramiro. Empiezas a afeitar temprano...
– No, señor, no; hay mucho que hacer antes de ponerse con eso.
– Claro, claro... ¿Y qué? ¿Qué se cuenta por aquí?

Ramiro sabía qué buscaban. Aquellos hijos de puta querían saber si alguien se había ido de la lengua allí dentro. Querían saber si había afeitado a algún rojo que ellos hubiesen pasado por alto. Suponían, no entendía por qué, que el oficio de barbero era una puerta a posibilidades delatoras.

– Poca cosa.

Nunca lo había hecho. Nunca había delatado a nadie. No se tenía por un modelo de rectitud moral, eso era cierto, pero ser chivato entraba dentro de lo honorable; y eso, decía siempre, era harina de otro costal. De todos modos, ellos seguían viniendo. A afeitarse y a tantearlo, metiéndole el miedo en el cuerpo con aquellos tricornios que parecían la metáfora de un paredón.

– Poca cosa, ya... Como siempre... -Ramiro asintió con la cabeza, sosteniendo la mirada un instante; el suficiente para hacer creíble su silencio sin caer en la insolencia- Bueno, entonces nos vamos. Aún nos queda una hora hasta el relevo -sacó del bolsillo de la casaca un cigarro de picadura-. Por cierto, hoy seguro que tienes trabajo: nos han dicho en la cantina que el tren de Madrid viene lleno.
– No se crea -Ramiro se encogió de hombros-. Al final, aquí no se baja nadie. Y si se baja alguno, ya viene afeitado de la capital.
– No, si el caso es quejarse -dijo el guardia civil antes de encender el cigarrillo.
– No, señor, no me quejo. A dios gracias no me falta el pan que llevarme a la boca.
– Entonces ya tienes más de lo que te mereces.

El guardia rió su propia gracia, coreado por el compañero. Ramiro no dijo nada. Se clavó los dientes en la lengua para no hacerlo.

– Nos vamos pues. Mantén los ojos abiertos, que uno nunca sabe con qué puede encontrarse...

Se dieron media vuelta y, con idéntico paso, se alejaron por la derecha. Al llegar al recodo, antes de ver cómo desaparecían, Ramiro entró en casa.
En la cocina, cogió un pedazo de tocino y un trozo de pan, y se sentó en una banqueta de madera. Adela escurría el suero de un queso, envolviéndolo en un paño de lino y presionándolo ligeramente con la palmas de la mano.

– Era Pacheco, ¿no? -Ramiro asintió- ¿Y qué quería?
– Nada. Lo de siempre.
– ¿Y tú qué le has contestado? Lo de siempre también, ¿no?
– No empieces...
– Sabes que nos sacaríamos un buen puñado de reales.
– He dicho que no.
– Con todo lo que sabes de la gente de la aldea, seguro que te tratarían bien...
– Adela, ya te lo he dicho: no voy a delatar a nadie.
– Muy bien -agitó el queso con violencia entre las manos, pasándolo rápido de una palma a otra, como si lo fustigara-. Pues un día me voy a hartar de esta vida miserable que me has dado y yo misma hablaré con ellos.
– Te moleré a palos.
– Sabes que no.

La salvaba que la quería. No sabía muy bien por qué pero aquella hembra mala, aquella mala hierba de savia retorcida, le había robado el sentido desde la primera vez que la vio, nueve años atrás, luciendo palmito en aquella verbena. Por eso no la molía a palos allí mismo.

A media mañana, poco después de que el tren de Madrid hiciese parada, alguien llamó a la puerta. Ramiro dejó de apilar leña en la cocina y salió a abrir. Cuando vio al forastero -o eso le pareció por la ropa que llevaba-, se sacudió las manos contra las perneras del pantalón.

– ¿Qué se le ofrece? -dijo.
– ¿No me conoces, Ramiro?

El barbero se acercó más a la puerta. Todavía un paso más para ver de cerca los rasgos de aquel tipo que, ahora, sonreía divertido. Se dio cuenta de que sí, de que había algo en aquel fulano que le resultaba familiar, pero por más vueltas que le dio no consiguió saber de quién se trataba.

– Soy Evaristo, de la casa de Lucío.

Ramiro abrió tanto los ojos que no hizo falta que dijese en alto que no se lo podía creer. Después, le dio un abrazo sonoro, de esos que se acompañan con palmadas a la espalda en un in crecendo entusiasta.

Evaristo se había marchado de Probaos, una parroquia cercana a Mandaio, hacía diez años, con los dieciocho recién cumplidos. Como tantos, se embarcó a las Américas buscando el pan que en casa faltaba. En todo ese tiempo, Ramiro apenas había sabido de él que seguía vivo; poco más. Se decía que Evaristo pertenecía a ese grupo de emigrantes que, de volver, lo harían con los bolsillos llenos, sin arrastrar el halo de fracaso de los que volvían sólo con lo puesto. Se decía, era cierto, pero Ramiro había aprendido a hacer poco caso a las habladurías. 

Sentados a la mesa de la cocina y bebiendo vino, Evaristo contó aquellos años fuera de casa, pasando por encima de las penurias, recreándose en las alegrías y, cuando Adela los dejó solos, en los tejemanejes de su entrepierna por tierras brasileñas. Ramiro escuchó, complacido en un principio e inquieto al final. Se revolvía en su asiento al notar que, sin poder evitarlo, se iba llenando de envidia con tanta rapidez que estuvo seguro de que, en cualquier momento, iba a salírsele por los ojos. Así que antes de ser descubierto envidiando, se levantó de la mesa en mitad de frase ajena:

– Bueno, vamos entonces. Tienes que estar presentable...
– Sí. Apareciendo de sorpresa y con estas pintas, no me va a conocer ni mi madre. Me van a correr a pedradas.

Le embadurnó la cara con jabón y, con las yemas mojadas, masajeó la barba hasta hacer espuma. Evaristo seguía hablando.

– Créeme, Ramiro: si me la traigo, no vas a creerte que haya hembras así.

El barbero, afilando la navaja en la cinta de cuero, volvió a odiar a aquellos retornados que se pavoneaban en las tabernas, acaparando las conversaciones con historias imposibles de rebatir e imposibles de superar. Aquellos que presumían de esposa, de casa, de traje. Aquellos que, por comparación, hacían su propia vida más miserable todavía.

– ...así que lo llevo todo metido en la maleta. Me la he jugado, lo sé, pero no me atrevía a dejarlo en ningún sitio.

Al oír aquello, Ramiro se detuvo. Miró a Adela que, en ese momento, entraba en la habitación con un quinqué. De pronto, el aire se volvió denso y caliente, como si el infierno hubiese bostezado, y una tormenta descargó en el mismísimo tejado de la casa. Evaristo dio un salto con el primer trueno.

– ¡Dios! No me acordaba de cómo eran las tormentas aquí...

Ramiro empezó a rasurar despacio, arrastrando la cuchilla con la presión justa sobre la carne.

– ¿Pero qué llevas en la maleta? -preguntó.
– Ya te lo he dicho: todo. El dinero y las joyas -Ramiro detuvo la navaja a la altura del lóbulo de la oreja. Evaristo, sin saber muy bien por qué, se revolvió nervioso- No parece de listos decirle esto a alguien que tiene una navaja, ¿verdad?

Y fue Adela quien respondió:

– No, no es muy inteligente.

Ramiro separó la navaja, limpiándola en el paño que tenía colgando del brazo. Desvió la vista hacia la ventana en el instante en el que un relámpago partía el mundo por la mitad. Cuando volvió la vista al paño, su mujer estaba cerca, a solo un metro de la espalda de Evaristo. La miró a los ojos y el trueno restalló tan cerca, tan encima, que parecía salir de las pupilas de Adela. Y antes de volver a poner la navaja en el cuello, estuvo seguro de verla sonreír.

Evaristo temblaba. Ya no había aire. Y al abrir la boca para respirar, Ramiro estuvo seguro de escuchar a Adela decir: “Hazlo”.

Le segó la garganta despacio, incrustando con fuerza la hoja en la carne, sajando los tendones y la tráquea al paso de la cuchilla. Evaristo, con el gesto desencajado, se aferró a la garganta con ambas manos, haciendo que la sangre se le escurriera entre los dedos, levantándose y tratando de correr hasta caerse como un fardo en el suelo, agonizando entre espasmos.

El silencio. Durante segundos en los que la sorpresa no dejó sitio a la culpa, sólo hubo silencio. Y antes de que Ramiro se diese cuenta de qué había ocurrido, Adela ya había cerrado la puerta de casa y estaba cerrando la ventana de aquella sala. La vio ir y venir con baldes de agua y paños, y remangarse para limpiar la sangre antes de que el suelo la chupase toda haciendo difícil disimular el color.

¿De dónde había salido aquella mujer?, pensó. ¿Del infierno? Pero despegado de una realidad que le costaba asumir, se abandonó a la comodidad de obedecer sus órdenes.

Dos horas después, todo estaba limpio. Evaristo descansaba enterrado en las cuadras (“las vacas pisarán la tierra; con ellas no hay problema: no escarvan”). Ellos miraban la maleta encima de la cama. Adela la abrió con el ansia del ladrón.

Sólo ropa.

Durante un largo rato, ninguno dijo nada. Por fin, la mujer cerró la maleta y la guardó bajo la cama diciendo:

– La quemaremos en la lareira. Y nosotros, a seguir viviendo como ratas.

Y salió de la habitación.

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28 de Enero de 2010 a las 12:52
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)


Intrusos


-Estás muy seguro de lo que dices.¿ Te has parado a pensar que, dependiendo de a quién le


expliques lo que me cuentas, acabarás con una camisa de fuerza?


-Ese no es el tema. Lo que pasa es que tú, como muchos otros, te niegas a apartarte de lo que das


por hecho para no tener que cuestionarlo. Reconoce que tiene su parte de lógica.


-Solamente si me dices que es material para tu trabajo de investigación, Iris. Y aún así, seguiría


siendo demasiado arriesgado.


-Vale. Olvídalo.


Se levantó y se fue.


Era imposible discutir si ya de entrada el tema era rebatido.


Pero él sabía que podía ser, ¿por qué no?


Ellos eran los únicos que alteraban el entorno en vez de adaptarse, los únicos que debían fabricar


sus métodos de defensa o ataque porque no los llevaban incorporados, ellos eran los que


modificaban, contaminaban, agotaban recursos que utilizaban mal y demasiado deprisa.


Ellos eran la pieza que no encajaba.


La pieza que el planeta intentaba quitarse de encima a toda costa porque no la reconocía como suya.


La enfermedad que estaba matando todo lo que se cruzaba en su camino.


De hecho solo eran células gigantes que se reproducían vertiginosamente. Formas de vida


compuestas de proteínas pero diferentes de los otros, que solo modificaban mínimamente su entorno


para protegerse, sin destrozarlo.


Y él lo notaba simplemente mirando a su alrededor.


Los bosques se le antojaban gigantes agrupaciones de moho, el mar citoplasma escurriéndose del


interior del sitio en que debía permanecer, salado y viscoso como clara de huevo. No reconocía


aquel mundo como suyo.


Ël entendía los desastres naturales como ataques a los invasores.


Los terremotos solo eran las sacudidas del perro intentando deshacerse de las molestas pulgas.


Las frecuentes inundaciones intentos de limpiar la piel granulosa sobre la que caminaban.


Los vendavales suspiros de impaciencia y desesperación.


El problema era hacérselo ver a los demás.


Y lo que habían desenterrado en la zona Gris... él soñaba con eso desde hacía años; el mismo sueño


ininterrumpido, noche tras noche, las mismas imágenes, grabadas en su retina.


Él sabía que fue su llegada lo que precipitó a la muerte a la especie que dominaba este mundo.


Evolución.... mentira.


La evolución no cae del cielo en llamas creando oscuridad y destrucción.


Pero seguro que preferían llamarle loco a tener que investigar su hipótesis.


El problema era que el método del resto del grupo era transitar siempre por el camino principal sin


molestarse en recorrer atajos y desviaciones, pero si lo pensaran con detenimiento notarían que nada


les conectaba con las otras formas de vida existentes.


No, ellos no pertenecían a ese lugar y él descubriría si podía su punto de origen inicial y el motivo


por el cual se trasladaron aquí.


Se dirigió a la zona de recuperación y paseó por el límite barriendo con la mirada los pequeños


grupos de trabajo en busca de Suti. No le costó mucho encontrarlo, apartado de los demás, revisaba


un cilindro estrecho y alargado de color ámbar.


1


Se acercó y miró por encima del hombro de su amigo lo que sujetaba.


Suti giró la cabeza, sobresaltado.


-No hagas eso.-susurró.


-¿Qué?


-Acercarte con tanto sigilo. Sígueme, aquí ya no hago nada.


Apretaron el paso en dirección a las barracas donde dormían y Suti comenzó a hablar en tono


conspirador.


-Creo que he encontrado algo que puede servirte.


-Bien.


No dijeron nada más hasta haber cerrado la puerta tras ellos.


Suti se sentó en un inmenso cojín y le lanzó al otro el cilindro.


-Dentro hay algo escrito.


-¿Y has esperado para que lo abra yo?- preguntó con un hilo de voz.


-No exactamente. Lo haremos juntos. ¿Preparado?


Iris cabeceó de arriba a abajo.


-Bien.


Suti retiró la tapa de uno de los extremos del cilindro que Iris sostenía en las manos.


Un polvillo azul brillante salió del interior y quedó suspendido en el aire entre ellos.


-Está bien conservado-comentó Iris.


-Aún no lo has visto. ¿Cómo puedes saberlo?


-He visto otros y el polvo era color cobre en todos los que se corrompieron.


-Bueno. Todo tuyo.¿Crees que podrás interpretarlo?


-Sí. He estado haciendo prácticas y ejercicios de alteración de la lengua para un supuesto caso de


aplicación de recursos y la máquina me ofreció las traducciones básicas que nos negaba cuando


tecleábamos investigación.


-Ingenioso. Empieza, pues. ¿Necesitas material de escritura para hacerlo?


-No. Lo tengo todo aquí.- Se tocó la frente por encima de un ojo.


-Perfecto.


Iris se sentó junto al reflector de luz y comenzó a pasar lentamente el índice por las líneas del


documento. La textura rugosa le acarició la yema del dedo.


Empezó a leer en silencio, moviendo los labios.


Al cabo de unos minutos levantó la cabeza y miró a Suti.


-Lo hemos encontrado.


No se atrevió a añadir nada más pero en su cerebro empezaron a girar las palabras en un tornado de


nerviosismo feliz.


“Tenía razón. Yo he sido el que ha hecho el descubrimiento más importante de todo este sistema de


trabajo. Tendrán que escucharme, por fin.”


Enfocó de nuevo la mirada en Suti al oír su voz.


-¿Qué dice exactamente sobre el origen de nuestro pueblo?. Suponiendo que estés seguro al cien por


cien de que trata sobre nosotros.


-Lo primero de lo que habla es de una revuelta entre iguales como consecuencia de una lucha de


poder entre dos clanes. Explica como uno de ellos desterró al otro tras un asesinato de crueldad


insuperable. Mediante una proposición de diálogo un grupo encerró al otro en un transporte y los


pusieron en secuencia de búsqueda de entorno habitable. Los desterrados despertaron de la


hibernación inducida aquí. Deliberaron sobre las consecuencias de sus actos y decidieron tomar


ejemplo de las diversas formas de vida que hallaron a su llegada. Todo encaja.


-Pues no logro ver cómo.


Iris se levantó con el documento en la mano y miró a Suti con una expresión entre el excepticismo y


el enojo.


-Por eso estamos encontrando tantas referencias a híbridos.


2


-¿Qué?


-Recuerda las mujeres con cabeza de rana o hipopótamo. El hombre chacal, el hombre águila, la


mujer que lleva un escorpión sobre la cabeza.


-Sigo sin entender nada, Iris.¿Dónde encajan esos híbridos en nuestro origen?


-En la culpa. Recuerda, Suti, que acabaron desterrados aquí por cometer un asesinato en el lugar al


que pertenecían. Cuando despertaron aquí estaban demasiado avergonzados de ellos mismos por


ello y decidieron cambiar su cultura, tomando como referencia los seres vivos que medraban en este


sitio.


Alguien golpeó la puerta haciendo que saltaran al unísono.


-Iris. ¿Estás ahí dentro?


El aludido respiró aliviado.


-Sí. Estoy revisando mi trabajo de investigación.-contestó mientras abría la puerta con aire de


triunfo.


-Ubis quiere verte. Será mejor que le expliques todo lo que me contaste esta mañana. Han


encontrado algo que apoya tu teoría y Ubis habló conmigo sobre ti. Va en serio. No se te ocurra usar


con él ese tono de voz conque me abriste la puerta o lo echarás todo a perder.


-¿Ubis ha hablado contigo de mí?


-Es lo que he dicho.


Iris se apoyó en una pared, sin poder creer el cambio en el curso de los acontecimientos.


Suti lo devolvió a la realidad con un empujón al tiempo que hablaba.


-Si no te das prisa todavía mandará alguien a buscarte. Ve.


Iris lo miró.


-¿Vienes?


-No es a mí a quien llama. Ya hablaremos más tarde. Suerte.


-Si no te importa a mí si me gustaría estar presente.


-De acuerdo, Orus. Pero que conste -los miró a ambos- que si alguien tiene realmente derecho a


estar en esa conversación es Suti, no tú.


-Me doy por aludido.


-No seas rencoroso, Iris- contestó Suti-. Sabes de sobras que incluso a mí me costó plantearme esa


cuestión desde tu punto de vista.


-Tienes razón. Lo siento, Orus. Vamos.


Ubis permanecía sentado en su cojín mientras daba las órdenes finales.


Sabía que Iris no tardaría en llegar pero no le preocupaba, hasta que él no lo ordenase no podría


acceder a la sala y ya estaba todo preparado de todas formas.


No era la primera vez que interpretaba esa pequeña función y no sería la última, estaba seguro de


ello.


Lo que le molestaba era el trajín que comportaba la escenificación de su interés por el supuesto


“descubrimiento” de Iris y el posterior trabajo de limpieza.


Un observador casual lo hubiese descrito como un viejo cocodrilo al acecho. Su persona era el


único elemento carente de belleza en la estancia que ocupaba, como si se hubiese rodeado de cosas


hermosas para acentuar más la fealdad rayana en la repugnancia de su rostro.


Ante las puertas de la sala Iris apretó el brazo de Orus.


-¿Cómo es?


-Oh. Como una serpiente.


Iris lo miró en silencio tratando de interpretar bien el tono de Orus.


Como de costumbre Orus interpretó mal su falta de respuesta.


3


-Venga, sabes que todos lo llamáis así en las barracas. No te hagas el tonto conmigo.


Dos hombres lanza arrastraban un pesado objeto compuesto de metales delante de Ubis.


-Ahí- dijo este.


Los lanza dejaron de empujar.


-Podéis marcharos.-Su voz era arrugada y rasposa como la tierra de las excavaciones situadas al


este.


Las puertas se abrieron sin previo aviso e Iris se encontró delante del recinto más grande que


hubiera visto jamás en toda la zona del pueblo.


Orus lo empujó disimuladamente y de forma automática encaminó sus pies al encuentro del anciano


al que todos temían.


A medio camino se detuvo ante un objeto de tonos dorados con una tapa plateada que reflejaba la


luz del atardecer.


-Puedes acercarte a observarlo- graznó Ubis.


Iris extendió la mano y tocó aquella superficie resbaladiza.


-¿Qué es?- preguntó.


-Un regalo.


Se miraron.


-En reconocimiento a la labor a la que te has dedicado con tanta obstinación.


Iris sonrió. Era la primera vez que interpretaba mal algo que se le decía.


-¿Qué es?


-Es la respuesta a todas tus preguntas. Solo tienes que entrar.


La tapa se deslizó mostrando un hueco y luego se cerró sobre Iris dejándolo a oscuras para la


eternidad.


4

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28 de Enero de 2010 a las 13:03
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)


Intrusos


-Estás muy seguro de lo que dices.¿ Te has parado a pensar que, dependiendo de a quién le


expliques lo que me cuentas, acabarás con una camisa de fuerza?


-Ese no es el tema. Lo que pasa es que tú, como muchos otros, te niegas a apartarte de lo que das


por hecho para no tener que cuestionarlo. Reconoce que tiene su parte de lógica.


-Solamente si me dices que es material para tu trabajo de investigación, Iris. Y aún así, seguiría


siendo demasiado arriesgado.


-Vale. Olvídalo.


Se levantó y se fue.


Era imposible discutir si ya de entrada el tema era rebatido.


Pero él sabía que podía ser, ¿por qué no?


Ellos eran los únicos que alteraban el entorno en vez de adaptarse, los únicos que debían fabricar


sus métodos de defensa o ataque porque no los llevaban incorporados, ellos eran los que


modificaban, contaminaban, agotaban recursos que utilizaban mal y demasiado deprisa.


Ellos eran la pieza que no encajaba.


La pieza que el planeta intentaba quitarse de encima a toda costa porque no la reconocía como suya.


La enfermedad que estaba matando todo lo que se cruzaba en su camino.


De hecho solo eran células gigantes que se reproducían vertiginosamente. Formas de vida


compuestas de proteínas pero diferentes de los otros, que solo modificaban mínimamente su entorno


para protegerse, sin destrozarlo.


Y él lo notaba simplemente mirando a su alrededor.


Los bosques se le antojaban gigantes agrupaciones de moho, el mar citoplasma escurriéndose del


interior del sitio en que debía permanecer, salado y viscoso como clara de huevo. No reconocía


aquel mundo como suyo.


Ël entendía los desastres naturales como ataques a los invasores.


Los terremotos solo eran las sacudidas del perro intentando deshacerse de las molestas pulgas.


Las frecuentes inundaciones intentos de limpiar la piel granulosa sobre la que caminaban.


Los vendavales suspiros de impaciencia y desesperación.


El problema era hacérselo ver a los demás.


Y lo que habían desenterrado en la zona Gris... él soñaba con eso desde hacía años; el mismo sueño


ininterrumpido, noche tras noche, las mismas imágenes, grabadas en su retina.


Él sabía que fue su llegada lo que precipitó a la muerte a la especie que dominaba este mundo.


Evolución.... mentira.


La evolución no cae del cielo en llamas creando oscuridad y destrucción.


Pero seguro que preferían llamarle loco a tener que investigar su hipótesis.


El problema era que el método del resto del grupo era transitar siempre por el camino principal sin


molestarse en recorrer atajos y desviaciones, pero si lo pensaran con detenimiento notarían que nada


les conectaba con las otras formas de vida existentes.


No, ellos no pertenecían a ese lugar y él descubriría si podía su punto de origen inicial y el motivo


por el cual se trasladaron aquí.


Se dirigió a la zona de recuperación y paseó por el límite barriendo con la mirada los pequeños


grupos de trabajo en busca de Suti. No le costó mucho encontrarlo, apartado de los demás, revisaba


un cilindro estrecho y alargado de color ámbar.


1


Se acercó y miró por encima del hombro de su amigo lo que sujetaba.


Suti giró la cabeza, sobresaltado.


-No hagas eso.-susurró.


-¿Qué?


-Acercarte con tanto sigilo. Sígueme, aquí ya no hago nada.


Apretaron el paso en dirección a las barracas donde dormían y Suti comenzó a hablar en tono


conspirador.


-Creo que he encontrado algo que puede servirte.


-Bien.


No dijeron nada más hasta haber cerrado la puerta tras ellos.


Suti se sentó en un inmenso cojín y le lanzó al otro el cilindro.


-Dentro hay algo escrito.


-¿Y has esperado para que lo abra yo?- preguntó con un hilo de voz.


-No exactamente. Lo haremos juntos. ¿Preparado?


Iris cabeceó de arriba a abajo.


-Bien.


Suti retiró la tapa de uno de los extremos del cilindro que Iris sostenía en las manos.


Un polvillo azul brillante salió del interior y quedó suspendido en el aire entre ellos.


-Está bien conservado-comentó Iris.


-Aún no lo has visto. ¿Cómo puedes saberlo?


-He visto otros y el polvo era color cobre en todos los que se corrompieron.


-Bueno. Todo tuyo.¿Crees que podrás interpretarlo?


-Sí. He estado haciendo prácticas y ejercicios de alteración de la lengua para un supuesto caso de


aplicación de recursos y la máquina me ofreció las traducciones básicas que nos negaba cuando


tecleábamos investigación.


-Ingenioso. Empieza, pues. ¿Necesitas material de escritura para hacerlo?


-No. Lo tengo todo aquí.- Se tocó la frente por encima de un ojo.


-Perfecto.


Iris se sentó junto al reflector de luz y comenzó a pasar lentamente el índice por las líneas del


documento. La textura rugosa le acarició la yema del dedo.


Empezó a leer en silencio, moviendo los labios.


Al cabo de unos minutos levantó la cabeza y miró a Suti.


-Lo hemos encontrado.


No se atrevió a añadir nada más pero en su cerebro empezaron a girar las palabras en un tornado de


nerviosismo feliz.


“Tenía razón. Yo he sido el que ha hecho el descubrimiento más importante de todo este sistema de


trabajo. Tendrán que escucharme, por fin.”


Enfocó de nuevo la mirada en Suti al oír su voz.


-¿Qué dice exactamente sobre el origen de nuestro pueblo?. Suponiendo que estés seguro al cien por


cien de que trata sobre nosotros.


-Lo primero de lo que habla es de una revuelta entre iguales como consecuencia de una lucha de


poder entre dos clanes. Explica como uno de ellos desterró al otro tras un asesinato de crueldad


insuperable. Mediante una proposición de diálogo un grupo encerró al otro en un transporte y los


pusieron en secuencia de búsqueda de entorno habitable. Los desterrados despertaron de la


hibernación inducida aquí. Deliberaron sobre las consecuencias de sus actos y decidieron tomar


ejemplo de las diversas formas de vida que hallaron a su llegada. Todo encaja.


-Pues no logro ver cómo.


Iris se levantó con el documento en la mano y miró a Suti con una expresión entre el excepticismo y


el enojo.


-Por eso estamos encontrando tantas referencias a híbridos.


2


-¿Qué?


-Recuerda las mujeres con cabeza de rana o hipopótamo. El hombre chacal, el hombre águila, la


mujer que lleva un escorpión sobre la cabeza.


-Sigo sin entender nada, Iris.¿Dónde encajan esos híbridos en nuestro origen?


-En la culpa. Recuerda, Suti, que acabaron desterrados aquí por cometer un asesinato en el lugar al


que pertenecían. Cuando despertaron aquí estaban demasiado avergonzados de ellos mismos por


ello y decidieron cambiar su cultura, tomando como referencia los seres vivos que medraban en este


sitio.


Alguien golpeó la puerta haciendo que saltaran al unísono.


-Iris. ¿Estás ahí dentro?


El aludido respiró aliviado.


-Sí. Estoy revisando mi trabajo de investigación.-contestó mientras abría la puerta con aire de


triunfo.


-Ubis quiere verte. Será mejor que le expliques todo lo que me contaste esta mañana. Han


encontrado algo que apoya tu teoría y Ubis habló conmigo sobre ti. Va en serio. No se te ocurra usar


con él ese tono de voz conque me abriste la puerta o lo echarás todo a perder.


-¿Ubis ha hablado contigo de mí?


-Es lo que he dicho.


Iris se apoyó en una pared, sin poder creer el cambio en el curso de los acontecimientos.


Suti lo devolvió a la realidad con un empujón al tiempo que hablaba.


-Si no te das prisa todavía mandará alguien a buscarte. Ve.


Iris lo miró.


-¿Vienes?


-No es a mí a quien llama. Ya hablaremos más tarde. Suerte.


-Si no te importa a mí si me gustaría estar presente.


-De acuerdo, Orus. Pero que conste -los miró a ambos- que si alguien tiene realmente derecho a


estar en esa conversación es Suti, no tú.


-Me doy por aludido.


-No seas rencoroso, Iris- contestó Suti-. Sabes de sobras que incluso a mí me costó plantearme esa


cuestión desde tu punto de vista.


-Tienes razón. Lo siento, Orus. Vamos.


Ubis permanecía sentado en su cojín mientras daba las órdenes finales.


Sabía que Iris no tardaría en llegar pero no le preocupaba, hasta que él no lo ordenase no podría


acceder a la sala y ya estaba todo preparado de todas formas.


No era la primera vez que interpretaba esa pequeña función y no sería la última, estaba seguro de


ello.


Lo que le molestaba era el trajín que comportaba la escenificación de su interés por el supuesto


“descubrimiento” de Iris y el posterior trabajo de limpieza.


Un observador casual lo hubiese descrito como un viejo cocodrilo al acecho. Su persona era el


único elemento carente de belleza en la estancia que ocupaba, como si se hubiese rodeado de cosas


hermosas para acentuar más la fealdad rayana en la repugnancia de su rostro.


Ante las puertas de la sala Iris apretó el brazo de Orus.


-¿Cómo es?


-Oh. Como una serpiente.


Iris lo miró en silencio tratando de interpretar bien el tono de Orus.


Como de costumbre Orus interpretó mal su falta de respuesta.


3


-Venga, sabes que todos lo llamáis así en las barracas. No te hagas el tonto conmigo.


Dos hombres lanza arrastraban un pesado objeto compuesto de metales delante de Ubis.


-Ahí- dijo este.


Los lanza dejaron de empujar.


-Podéis marcharos.-Su voz era arrugada y rasposa como la tierra de las excavaciones situadas al


este.


Las puertas se abrieron sin previo aviso e Iris se encontró delante del recinto más grande que


hubiera visto jamás en toda la zona del pueblo.


Orus lo empujó disimuladamente y de forma automática encaminó sus pies al encuentro del anciano


al que todos temían.


A medio camino se detuvo ante un objeto de tonos dorados con una tapa plateada que reflejaba la


luz del atardecer.


-Puedes acercarte a observarlo- graznó Ubis.


Iris extendió la mano y tocó aquella superficie resbaladiza.


-¿Qué es?- preguntó.


-Un regalo.


Se miraron.


-En reconocimiento a la labor a la que te has dedicado con tanta obstinación.


Iris sonrió. Era la primera vez que interpretaba mal algo que se le decía.


-¿Qué es?


-Es la respuesta a todas tus preguntas. Solo tienes que entrar.


La tapa se deslizó mostrando un hueco y luego se cerró sobre Iris dejándolo a oscuras para la


eternidad.


4

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concursoderelatos

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28 de Enero de 2010 a las 16:31
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

IN MEDIA RES

Carlos prendió un pitillo. Tuvo que cobijarse de la suave brisa con el cuello de la camisa. Era verano, pero aquella era una noche fresca. Pese a que el día había sido caluroso, el intenso bochorno también había sido el primer presagio de tormenta. Ni una sola estrella asomaba en el cielo. Sólo el resplandor atenuado de la luna llena conseguía travesar las nubes más finas. Aquella brisa, helada, racheada, tampoco representaba un buen augurio. Un destello fulminante rompió la oscuridad. Antes de que el trueno retumbara en los oídos de Carlos, las primeras gotas ya habían acudido a besar el suelo. Maldijo no poder fumar en el interior del hospital.

Cuando el enfermero iba por la tercera calada, la lluvia ya componía una cortina opaca. Y fue debajo de ese porche, mientras intentaba ver a través de un muro de reflejos claroscuros, cuando se preguntó por primera vez... “¿realmente siempre había sido así?”

Después de otras tres caladas ya había obtenido una respuesta sincera. Una sonrisa que bailaba entre la ironía y la amargura se dibujó en sus labios. Tiró el medio cigarrillo que aún le quedaba por fumar, en su sonrisa sólo quedaban restos de ironía. Lo observó durante un instante, mientras se consumía, antes de apagarlo de un pisotón. Luego dio la vuelta y volvió a meterse dentro del hospital.

Una vez en el vestíbulo se detuvo frente a la máquina de refrescos. Introdujo un euro y medio y pulsó el botón retroiluminado adornado con el logo de la Coca-Cola. La máquina se revolvió en un sonido mecánico, hueco. Después, una lata se precipitó con estrépito hasta la bandeja. El sepulcral silencio se había roto.

Con la lata de refresco en su mano izquierda subió hasta la tercera planta, por las escaleras. Mientras subía con paso farragoso pensó en las letras que aún le quedaban por pagar de su utilitario. También pensó que había sido una mala compra. Ya en la tercera planta, cruzó la puerta que daba acceso al pasillo de las habitaciones. La cerró con cuidado. Con parsimonia empezó a deambular por él. Mentalmente iba anotando el número de habitación que iba dejando atrás: “Trescientos uno, trescientos dos, trescientos tres...”. Antes de llegar a la trescientos cuatro vio como una enfermera salía de una de las últimas habitaciones. Al cruzarse le saludó, le sonrió, le preguntó por Marta, su mujer, coqueteó y le deseó que la guardia nocturna le fuese leve. Él le devolvió la sonrisa y se despidieron . Carlos siguió con su lento caminar: “Trescientos cuatro... trescientos cinco.” Ahí dejó de contar, detuvo su andar, luego empujó levemente la puerta y entró.

La 305 era una habitación doble, pero esa noche sólo había un paciente. El enfermero se acercó a la cama, recogió el informe y lo ojeó. “Juan García. Intervenido en el sistema digestivo. Reducción de estómago. Prescripción: Morfina mientras permanezca sedado y remiten los efectos de la anestesia”.

Carlos dejó los documentos otra vez en su sitio. Luego se acercó al paciente, puso la boca cerca del oído del convaleciente y susurró. “Con qué morfina... supongo que eso significa que te puede doler pese a ser un osito dormilón, ¿no?”. Volvió a incorporarse y acercó su mano al cierre.  Sin dejar de mirarle apuntilló: “Eso deberíamos comprobarlo... ¿no crees?”

El sistema de goteo cesó. Carlos se sentó en la cama vecina, vacía. Mientras las últimas gotas de analgésico fluían por el organismo de Juan, abrió la lata. Con los primeros estertores de silencioso dolor dio el primer sorbo. Cuando los primeros gemidos ahogados empezaron a sonar, Carlos no pudo reprimir el gesto de alzar la Coca-cola y esgrimir un tenue: “A tu salud”. Luego su mente volvió a ese utilitario, en esos momentos ya no le parecía una compra tan mala.

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concursoderelatos

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28 de Enero de 2010 a las 21:30
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

La marca

Sentado en un banco del parque parecía uno más. Nadie se detenía a mirarlo al pasar a su lado y nadie recordaría demasiado de él después.

-Era alto –recordarían algunos.

-Llevaba un abrigo oscuro –dirían otros.

-Tenía el pelo corto –juraría alguien.

Pero nadie lo recordaría realmente, porque sabía ocultarse aún mostrándose a plena luz del día. Desde su posición veía a la perfección los rostros de los transeúntes que paseaban sin saber que aquélla podía ser la última vez que lo hicieran.

Un joven vestido entero de negro se acercaba desde la izquierda. Nuestro hombre reparó en él y lo observó desde la distancia. La cabeza gacha, los ojos clavados en las puntas de sus viejas zapatillas. Llevaba el pelo liso sobre la cara y unos auriculares blancos que se perdían en el bolsillo de la sudadera. Cuando pasó junto a nuestro hombre no reparó en él, o no hizo nada que indicara que lo había visto.

Una mujer uniformada llegaba por el mismo camino que el chico. Iba hablando por el móvil al tiempo que agitaba la mano libre. Llevaba el cabello recogido en un apretado moño y el color de su ropa delataba que trabajaba como enfermera en el hospital cercano. Aunque tal vez no fuera más que celadora. Pero a nuestro hombre aquello no le importaba. Hoy había decidido que la señal estaría en la mirada de su presa. Y él, como cazador que era, sabría identificarla. Pero la enfermera no lo miró.

Una niña de unos diez años llegó corriendo hasta la fuente que había junto al banco. Se incorporó para beber un trago y cuando terminó se limpió la boca con el dorso de la mano. Miró a nuestro hombre un instante y después sonrió. Se alegró de que no tuviera la marca en sus ojos. Nunca le gustaba cuando eran niños.

Un muchacho de unos veinte años se aproximaba por la derecha. No reclamó la atención del cazador hasta que estuvo casi encima. Iba vestido con vaqueros y una chaqueta de rayas con gorro. Llevaba cruzada en el pecho una bolsa que por la forma debía ir cargada de libros. Cuando pasó junto a nuestro hombre lo miró directamente a los ojos. Y éste sí llevaba la marca.

El cazador esperó unos segundos para levantarse y seguir al muchacho. Se dirigía a la zona más solitaria del parque, lo que suponía una ventaja para nuestro hombre. Cuando supo que nadie lo vería se acercó al muchacho y le asestó un golpe en la nuca que lo dejó semiinconsciente. Colocó el brazo del muchacho sobre sus hombros y lo guió hacia el coche. Una vez allí sacó una jeringuilla de su bolsillo y se la inyectó al joven. Lo metió en el coche y se dirigió al bosque.

Ya había anochecido cuando el joven despertó. Lo primero que vio fue una cegadora luz junto a sus ojos. Lo segundo fue el rostro del cazador. Nuestro hombre se acercó a él con un cuchillo de peletero en sus manos y cortó las cuerdas que lo mantenían inmóvil. El muchacho estaba desnudo y desconcertado. Se puso en pie sin saber qué estaba pasando y sin apartar la vista del cazador.

-Tienes cinco minutos –dijo el cazador.

-¿Cinco minutos? ¿Para qué, qué pasa? ¿Quién eres? –preguntó le joven.

-Ya has perdido veinte segundos –dijo nuestro hombre mirando a los ojos al muchacho, que pareció ver lo que pasaba y se volvió para tratar de huir.

El cazador permaneció sentado hasta que pasó el tiempo. Entonces se levantó llevando consigo el cuchillo. Durante 4 minutos siguió el rastro de su presa sin llegar a verlo. Pero pasado ese tiempo lo vio. Apenas le había sacado ventaja. No era una buena presa después de todo. El joven tropezó con una rama y rodó por el suelo. El cazador aprovechó la ventaja y casi lo alcanzó, pero el muchacho se incorporó y comenzó a correr con más fuerza. Nuestro hombre sonrió, al parecer sí que era una buena presa.

El cansancio comenzaba a hacer mella en el joven, que había visto cómo la distancia que lo separaba del cazador era ya tan pequeña que podría alcanzarlo si caía de nuevo. El cazador parecía disfrutar de la carrera y dejar que se presa mantuviera la esperanza. Pero entonces vio a lo lejos una luz que delataba la presencia de alguien más. El joven comenzó a gritar y el cazador apretó el paso para hacerlo callar.

Se abalanzó sobre el cuerpo desnudo de su presa y lo derribó. Entonces clavó su cuchillo en el costado, en el lugar preciso para que su presa no muriera en el acto. El muchacho trató de escapar, pero las fuerzas lo habían abandonado. Se volvió para mirar a la cara a su agresor y se encontró con el rostro de un hombre normal, no del monstruo que quería darle caza. Nuestro hombre se agachó junto a la presa moribunda y permaneció un momento inmóvil mirando sus ojos. La marca estaba allí. No sabía exactamente qué era, pero todas sus presas la habían tenido. Bajó la mano hasta la cara del muchacho y sujetó su rostro contra el suelo del bosque manchándolo de tierra. Deslizó el cuchillo sobre su garganta dejando que la sangre manchara sus manos.

El joven trató de hablar, pero sólo fue capaz de pronunciar algo inteligible. Un borbotón de sangre fue lo último que abandonó su garganta. El cazador se incorporó y miró su presa. La caza había sido corta, pero la había disfrutado como hacía tiempo que no hacía. Recogió el cuerpo inerte y se alejó del lugar con su trofeo al hombro para enterrarlo.

Al día siguiente todos recordarían al hombre que permanecía sentado en el banco del parque mientras la gente iba y venía, pero nadie recordaría su cara, porque era un cazador y sabía ocultarse de sus presas.


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bizarro

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28 de Enero de 2010 a las 21:48
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

El autor de La marca tiene 12 minutos para declararme su autoria.


No parto peras con nadie.

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bizarro

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28 de Enero de 2010 a las 22:02
Re: XXV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK (ASESINOS)

Queda clausurada la fase de presentación de relatos esta edición del concurso de relatos.

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