XXVIII Concurso de Relatos: "RELATOS SOBRE LA LOCURA"
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Fecha de ingreso: 25 de Mayo de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
SIGUEN FUERA
Mientras te arreglas para venir a verme escuchas la radio, que has dejado apoyada en la pica del lavabo, mientras te aplicas colorete y brillo de labios. La base de maquillaje no disimula lo mal que lo estás pasando esta última semana por mi causa.
Las noticias que oyes mientras dura tu ritual de acicalamiento no contribuyen a hacerte sentir mejor; más bien todo lo contrario.
Un tipo sudamericano ha degollado a su esposa y luego se ha entregado a la policía; una ciudad norteamericana acaba de lograr que su nombre, que denomina un sitio aburrido y carente de interés, salte a la fama gracias a un estudiante con problemas de adaptación; diecisiete muertes con sólo veinte disparos; a un profesor le ha sido concedida la jubilación anticipada sin pedirla y dieciséis estudiantes han llegado a la cima de sus conocimientos con un diploma de metal.
Y eso sólo en el bloque de sucesos.
Los de economía siguen hablando de crisis y del nivel más alto en desempleo de los últimos años, los políticos siguen acumulando escándalos de todo tipo, los espectáculos siguen mostrando personas que no desean bajar de su pedestal de falsa juventud ni dejar de ser el centro de atención de los medios, a cualquier precio.
Cuando acabas apagas la radio y la luz del cuarto de baño, guardas todos tus tubos, lápices y barritas en tu neceser y coges tu bolso y una bolsa con ropa limpia del sofá del salón mientras rezas porque hoy te den la noticia que tanto deseas oír.
De camino al autobús te cruzas con ese tipo que camina como si fuera una marioneta colgando de unos hilos invisibles. Parece un niño grande enfadado; con esas gafas torcidas, el pelo tan corto y esa forma de andar. Cuando está a punto de cruzarse contigo tú ya tienes la respuesta preparada; sabes que él no fallará.
Se para a tu lado y exclama:
-Perdone, ¿tiene usted algo que decirme?
Mientras te mira de arriba a abajo le contestas de forma mecánica, sin mirarlo:
-No. No tengo nada que decirle.
El tipo sigue su paseo y tú apresuras el paso porque el autobús acaba de llegar a la parada.
Sacas la tarjeta de transporte y picas el viaje antes de sentarte, con el bolso colgando de su asa en tu hombro y la bolsa de ropa en el suelo, entre tus piernas. Todavía nos separan cinco paradas de autobús y tres de metro, pero en ese espacio de tiempo medido por los medios de transporte todavía puedes encontrar algunas situaciones más que te llenen de rabia ante la mía.
En efecto; al bajar al andén del metro se te acerca otro tipo y te pregunta si tienes un cigarrillo. Mientras sacas el paquete de Lucky Strike de la cremallera exterior del bolso, el hombre, con cara desencajada te espeta:
-No. ¡Si yo no fumo!- mientras levanta una mano y sacude la cabeza en una negativa convulsa.
Te enciendes el cigarrillo; el tipo se ha largado escaleras arriba y a ti te importa un comino que venga alguien a decirte que aquí dentro está prohibido fumar.
Antes de que llegue el metro te lo fumas hasta el filtro, intentando contener unas lágrimas que empujan para que las dejes salir y precipitarse por tus mejillas maquilladas. No cedes.
¡Ánimo, cariño! Sólo uno más y habrá terminado tu pequeña tortura diaria de estos siete días. No será lo que tu querías pero acabarás agradeciéndolo.
Dentro del vagón de metro un tipo con una cara extraña va preguntando a todas las personas de sexo masculino si son del Barça o del Madrid; no importa lo que le contesten, su respuesta única para todos es ¡Cabrón!.
Bajas del metro y salvas a pie el medio kilómetro que te separa de mí.
Accedes al edificio por la puerta principal y te diriges a recepción mientras abres la bolsa y el guardia de seguridad te permite pasar después de comprobar el contenido.
Cuando subes mi abogado está esperándote en una diminuta habitación anexa a la sala de visitas.
Te da una mano firme que tú agitas con desmayo.
-¿Cómo ha ido?
-La única forma de salvar la situación es demostrar que hubo enajenación mental transitoria. Pero mucho me temo que será caer de la sartén a las brasas; el juez en estos casos suele pedir un ingreso, dependiendo del caso, en un centro psiquiátrico para evaluar al acusado o rehabilitarlo; apartado tres del artículo noventa y seis del ...
-¿Está de broma? ¡Él estaba intentando suicidarse! ¡No quería matar a nadie! ¿Cómo iba a saber que el techo cedería justo debajo de la vecina de arriba?
-Intente explicarle eso al viudo.
Rompes a llorar.
-Oiga- murmura el abogado.-Estoy seguro de que su marido es una bella persona y que no quería hacerle daño a nadie, mucho menos matar a alguien, pero ha sucedido; y nadie tiene la culpa, es una desgraciada coincidencia...
Para porque lloras ruidosamente.
Y entonces te das cuenta de que lo que dice el abogado no es del todo cierto. Hay alguien que tiene la culpa de todo esto. Y tú y yo sabemos quién es.
Tú.
¿Quién me insistió para que dejara la medicación porque me dejaba atontado?
Tú.
¿Quién se avergonzaba de tener un marido deprimido porque llevaba más de ocho meses intentando encontrar empleo sin resultados?
Tú.
¿Quién me animó a intentar superarlo sin ayuda química?
Tú.
¿Quién, después de obligarme a cumplir sus estúpidos caprichos, me dejó tirado y se largó con un compañero de trabajo?
Tú.
Así que es mejor que, como siempre, dejes la bolsa con la muda de ropa en recepción cuando acabes de hablar con el letrado, porque si te atreves a entrar a verme, no importa quién haya vigilando, te juro que te cogeré por ese blanco cuello de zorra falsa y te mataré con mis propias manos.
Y vigila durante el camino a casa porque todos los otros siguen ahí afuera.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL CANTO DE LOS PAJAROS
Escuchaba cantar a los pájaros en las copas de los árboles, allí en aquel parque por el que paseaba a diario. Sus notas penetraban en su cabeza y el formaba con ellas líneas de pentagrama que hablaban de melodías. Oía la música como si sonara de verdad en medio del vacío; su cabeza era una orquesta que tocaba entusiasmada: a la izquierda los violines, en el centro el concertino, a su lado y a la derecha las violas, violonchelos y contrabajos y más al fondo las trompas y trompetas, la percusión, las flautas y oboes …. El se veía en el pequeño estrado moviendo la mano que sujetaba la batuta. Todo su cuerpo se movía al ritmo de la música, volaba lejos sin saber hacía donde le llevaba aquel sonido. No era él, desaparecía entre las notas y se perdía para siempre, amante de la música, enamorado de la melodía, en pleno éxtasis.
*****
- ¡Marcos! – le llamaba su madre – tienes exactamente dos minutos para que te sientes al piano y te pongas a estudiar.
- ¡Marcos! - gritaba - eso no suena bien, repite, repite, repite ….
Ni siquiera llegaba a los pedales cuando empezó a tocar el piano la primera vez. No recordaba exactamente cuántos años tenía por aquel entonces, no lo sabía porque ahora había cosas que no le venían a la cabeza; pero sí sabía que podía sentir la música como parte de su vida, la principal y que su tiempo transcurría entre las clases en el colegio, otras particulares de piano y luego de violín y flauta. Horas de trabajo, de repeticiones, de ejercicios rutinarios y monótonos para entrenar sus pequeñas manos.
Pronto fue el asombro de los expertos, tan joven y tan hábil en el manejo de cualquier instrumento y sobre todo aquel entendimiento perfecto del espíritu de cada partitura, de cómo la sintió el autor cuando la compuso en su día. Y empezaron a llamarle para conciertos, para acompañar a grandes orquestas en ocasiones muy especiales, para entrevistas televisivas, en artículos en los periódicos. ¡El niño prodigio! ¡La joven promesa! ¡Más que una promesa, una realidad insuperable!
No había tiempo para nada más, debía seguir estudiando; un buen intérprete necesita mucha concentración, memoria y agilidad, por ello era preciso practicar, practicar. Y luego someterse a la crítica y a la observación de todo un mundo de adultos que veían en el una especie de fenómeno musical y mediático. Pudo soportarlo todo durante mucho tiempo. El amaba la música sobre todas las cosas y poder tocarla y ver que despertaba el interés de los entendidos le proporcionaba un gran placer.
Viajaba por todo el mundo contratado por diferentes orquestas, para dar conciertos y así aprendió a entenderse en diferentes idiomas y un día, cuando tendría unos 22 años, no lo recordaba bien tampoco eso, conoció a Paola, una jovencita muy hermosa y que, como él, poseía un don que la hacía diferente: bailaba ballet, o lo intentaba. Era italiana pero vivía en Paris, donde estudiaba en una prestigiosa escuela de danza clásica. Se la presentaron en una recepción que le ofrecieron en la embajada de su país a la que ella había acudido en compañía de su maestra, que intentaba introducirla en el mundo de la música y los grandes teatros.
Se comprendieron pronto. Ambos eran dos criaturas que habían madurado a la fuerza antes de tiempo, que vivían una vida de disciplina y trabajo y que no podían decidir nada por sí mismos. Hablaron toda la noche y se dieron sus teléfonos para poder conectar de nuevo y así fue como sucedió el milagro que Marcos estaba esperando: encontró su alma gemela, alguien que le comprendía y que lo escuchaba a él, no al músico ni su música. Disfrutaron de su amistad mientras pudieron; no fue demasiado tiempo. Cuando su representante y sus padres se dieron cuenta de lo que estaba pasando, apartaron a Marcos con mil argumentos, alegando que aquello no tendría ningún futuro y solo podría perjudicarle. El protestó todo lo que fue capaz, pero estaba acostumbrado a obedecer y dejar que otros decidieran por el y aceptó alejarse de la capital francesa para ir a EEUU a una gira de conciertos por aquel país para darse a conocer allí y de paso evitar así que aquella amistad se hiciera pública.
Fueron años de trabajo duro, de viajes rápidos y sin ningún aliciente, de soledad en medio del barullo de los aficionados y de los componentes de orquestas que cada vez cambiaban de cara. Tuvo éxito durante todo aquel tiempo. Una mañana se levantó y se preguntó qué hacía en aquella habitación de hotel, enorme y desconocida. Pensó que aquel lugar era frío e impersonal y trató de recordar cual era el lugar al que pertenecía, ese que tenía que ver con el y sus gustos, eso que solemos llamar hogar y no encontró en su recuerdo un rincón que pudiera considerar que lo fuera. Se volvió en redondo mirando la gran cama, las butacas y los tapizados y se preguntó qué hacía allí; no podía responder a esa pregunta porque no recordaba la respuesta.
Esa noche tocaba en New York, en la Main Hall y le acompañaba la Filarmónica de la ciudad, iba a ser una noche especial y de gran trascendencia para su carrera, una especie de consagración definitiva para un músico aún tan joven y que ya no era solo una promesa. Había estado practicando toda la mañana y por la tarde había vuelto a escuchar, una vez más el concierto, memorizando cada cadencia, cada cambio, cada nota, todos los pequeños detalles que hacían una pieza especial.
En medio del silencio en la sala abarrotada de gente hasta lo más alto, en aquel lugar sagrado donde tantos y tan grandes músicos habían triunfado, Marcos se sintió minúsculo, una hormiga rodeada de peligrosos gigantes. Se situó delante del piano, acomodó las colas de su chaqueta y posó delicadamente sus manos sobre las blancas teclas del piano, esperó pacientemente a que la orquesta le diera pié para su entrada, mirando atentamente al director y cuando llegó el momento empezó a deslizar sus dedos velozmente por el teclado. Sus manos parecían pájaros volando en desbandada, su cabeza daba ligeros y continuos bandazos, su cuerpo se movía al compás de la música …. ¿Música?
El murmullo fue creciendo en la sala, primero levemente discreto, luego parecido a una marea embravecida. La orquesta dejó de sonar poco a poco, como el viento en un día de tormenta; el director miraba sorprendido a Marcos sin saber que hacer. Y finalmente en medio de aquel dislate, se escuchaba la música, algo así como el rugir del mar en los acantilados, enloquecida, discorde, sin sentido. El seguía tocando, tocando, sin parar, sin darse cuenta de la sorpresa que producía, del desconcierto de quienes le escuchaban y de su extraña actitud.
Perdió el sentido de las cosas. Se rompió. Lo llevaron a aquella preciosa residencia y le aconsejaron que dejara los conciertos y todo lo que rodeaba aquel ambiente, al menos durante un tiempo. Pero él no podía abandonar la música, era lo único que tenía, aquello por lo que había vivido y sacrificado todo. La llevaba en el corazón y en la cabeza. Por eso cada trino de los pájaros en los árboles del parque era una nota que se enlazaba con otra y otra y formaba una melodía en su mente, para luego ser olvidada inmediatamente pues su memoria se negaba a recordar, había perdido el interés por todo lo pasado y se limitaba a recordar lo más próximo de su presente.
Mendozaperez (desconectado)
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL FIN DEL MUNDO
¿CÓMO LE CONOCISTE?
Le conocí una noche calurosa de verano. Yo era una recién llegada al edificio y apenas conocía al vecindario. Paco, el portero, me había hablado un poco de cada uno. Quizás buscando complicidad, me fue diciendo las manías de cada uno. Lo contaba con una sonrisa pícara en su rostro, pero con Antonio fue bastante cruel. Eso hizo que aquella noche me mostrara cauta ante su presencia en la azotea del edificio. Como decía, era una noche de verano, la noche de las Perseidas, así que subí con Iván, mi hijo de cinco años, para ver las estrellas con un pequeño telescopio que tenemos, y mientras mi hijo correteaba apareció él. Me asusté un poco, lo reconozco. Tenía un rostro amigable, pero su mirada perdida me desconcertaba. Me presenté como la nueva vecina del 2º A, y poco a poco fui cogiendo confianza… o, digamos que fue él quien se la fue ganando, ya que cuando hablaba era cuando más normal le notaba. Sólo me inquietaba cuando se quedaba en silencio, ya que era en esos momentos cuando parecía evadirse…
Aquella noche pasó algo que fue lo que nos unió: decidimos tumbarnos los tres boca arriba para poder apreciar mejor las estrellas fugaces. Era ya bastante tarde, nos pudo el cansancio y, tras una charla muy amigable… ¡nos quedamos dormidos! Fue su madre quien nos despertó a eso de las 7 de la mañana. La noche era tan cálida, tan tranquila, que el suelo de la azotea parecía tan cómodo como un sofá de cuero. Esa tontería que nos ocurrió fue el pretexto para ir a merendar al día siguiente a su casa, y aquello se convirtió en una rutina que se dio al menos dos o tres tardes a la semana. Después siempre acabábamos dando un pequeño paseo para tomar el aire mientras Iván se quedaba con Margari, la madre de Antonio, viendo dibujos animados.
¿QUÉ ES ESO DEL FIN DEL MUNDO?
Bueno, seguro que recuerdas que ese verano todos hablaban del fin del mundo, por aquello de aquel asteroide que iba a pasar cerca de la órbita terrestre. Decían que el 25 de septiembre era el día clave. En todos los programas mantenían debates sobre el tema; en la calle la gente bromeaba sobre aquello, hacían chistes… y sólo los más agoreros se tomaban en serio esa mínima posibilidad que anunciaban los astrónomos. Yo nunca me lo tomé en serio. No se puede creer en algo así teniendo un hijo de cinco años… Entonces, en las conversaciones que mantenía con Antonio, el asunto del fin del mundo fue cobrando importancia. No por mí, sino por él. Aquello parecía importarle más que a todos. Hablaba de ello como algo personal, como si a él le afectara más que a nadie el fin del mundo. Llegó un momento en el que ese tema empezaba a incomodarme. Yo intentaba quitarle de la cabeza que aquello fuese a ocurrir, que no era más que una noticia para acaparar portadas durante dos o tres semanas de verano… pero Antonio se mantuvo en esa línea todo el mes de agosto. “El fin del mundo… el fin de mi mundo”, dejaba escapar entre dientes.
¿CÓMO TE ENTERASTE DE SU HORRIBLE PASADO?
Fue él quien me lo contó, en uno de nuestros habituales paseos atardeciendo. Antonio tenía 42 años, y yo imaginaba que algo debió ocurrirle para que ese trastorno se hiciera presente en su vida. Él fue farmacéutico, trabajó en una importante empresa del sector… y cuando le conocí vivía como un jubilado sin ocupación con su mente siempre en otra parte. Me pareció muy trágico lo que le pasó… algo realmente… nadie se merece vivir algo así. No supe ni cómo reaccionar cuando me contó que mató a su hijo de cinco años en un… trágico hecho. Después de discutir con su mujer sobre algo liviano, inútil… Antonio salió de la casa acelerado y con genio. Se montó en su coche y, saliendo del garaje marcha atrás, con una maniobra brusca, atropelló a su hijo, al cual no pudo ver a través del retrovisor. Esto… destroza cualquier vida. La vida de Antonio se hizo añicos. Me pasé toda la noche llorando… por su hijo, que tenía la misma edad que el mío, por la madre, por el mismo Antonio… La vida puede ser a veces tan cruel… Es casi obligatorio dar las gracias a quien sea por acostarnos cada día sin que nada nos haya ocurrido.
¿FUE ENTONCES CUANDO TE CONTÓ SU PLAN?
Sí, todo surgió porque empezamos a hablar de su mujer. Tras lo ocurrido, su esposa, Carmen, no pudo perdonar a Antonio, y decidió huir… le abandonó. Ella se fue a otra ciudad, sin querer dejar una pista de su paradero. Aquello hundió del todo a su marido, que entró en una depresión fortísima. Tuvo que ser ingresado para sobrevivir a ese shock tremendo que vivió. La excesiva medicación y todo lo acontecido le convirtieron en una persona alejada de la realidad. Pasaron años hasta que pudo llevar una vida llamémosle normal en compañía de su madre. Margari decidió luchar por su hijo, y se sacrificó al cien por cien por él. No debió de ser fácil la convivencia con Antonio en esos primeros momentos. Cuando les conocí, la situación estaba más normalizada, mantenían una relación parecida a la de personajes de dibujos animados… siempre buscándose motivos para picarse mutuamente. Era incluso divertido estar con ellos.
Yo veía a Antonio tan bien, que di por bueno la posibilidad de que él consiguiera encontrar a su mujer. Ya habían pasado muchos años… quizás ella le podría perdonar, quizás un posible regreso con quien fue su marido no era algo impensable. Pensé que Antonio se merecía otra oportunidad, así que no dudé en decirle que sí cuando me pidió mi colaboración para dar con ella. Tuve que hacer muchas llamadas para averiguar que Carmen vivía en un pueblo costero al sur de España, trabajando como profesora en un colegio. No pude saber más, si conoció a otra persona o qué tipo de vida llevaba. Fue entonces cuando Antonio se fue, y di por hecho que, sin duda, había ido a reconciliarse con Carmen.
¿CÓMO DESCUBRISTE EL CADAVER DE MARGARI?
Al día siguiente de irse él, yo llamé al timbre de su casa, y me extrañó que Margari no abriese. Estaba claro que Antonio se había ido solo. Margari era muy mayor como para acompañarle en semejante viaje. Por eso supe que algo pasaba con ella. Decidí ir a la portería para buscar la copia de las llaves de su casa. El portero no estaba en ese momento, así que no dudé en cogerlas con la intención de entrar en ella y averiguar qué ocurría con Margari. Todo en la casa estaba en orden, y muy en silencio. Fui recorriendo la casa con cautela, con miedo más bien. No sabía qué me podía encontrar, y al llegar a la habitación de Margari… lo primero que vi fueron sus piernas sobre la cama. Estaba tumbada plácidamente, como durmiendo, vestida con su camisón y… sin duda, muerta.
Al verla salí de la habitación y me eché a llorar. No sabía qué había podido ocurrir, si es que ella murió por causa natural y entonces Antonio huyó buscando consuelo en su mujer o si fue él quien la mató… y quizás fue en busca de Carmen con las mismas intenciones. Busqué entre sus cosas, en su habitación. En un cajón vi una agenda, y en la fecha del 25 de septiembre había escrito: “El fin del mundo… el fin de mi mundo”.
¿POR QUÉ NO LLAMASTE A LA POLICÍA?
Sé que fui muy imprudente. Hice una locura… Verás, algo me decía que Antonio no tenía malas intenciones. Si llamaba a la policía… acabarían encontrándole antes de que pudiese reconciliarse con Carmen. En cierta manera, pensaba que Antonio tenía derecho a una oportunidad. La vida fue tan cruel con él… era mejor que fuese Carmen quien decidiera lo que tuviese que ocurrir. Pero, para asegurarme, decidí ir yo también a aquel pueblo costero. Dejé a mi hijo con mi mejor amiga, y esa misma noche ya estaba en el pueblo de Carmen.
¿QUÉ OCURRIÓ ESE DÍA ENTRE ANTONIO Y CARMEN?
El día 25 de septiembre era sábado. Me dirigí a la dirección de la casa de Carmen, y me puse allí a vigilar por si aparecía Antonio. Y así ocurrió. Llegó con un ramo de flores… y feliz. Estaba convencida de que ellos ya se habían visto la noche anterior. Al poco salieron juntos, y ella con una sonrisa en sus labios. Estoy segura de que el día anterior ella debió de haber llorado todo lo que permite el cuerpo humano… Seguramente discutieron, se perdonaron, se abrazaron por los años perdidos y por sus trágicas vidas. Pero ese día parecía el inicio de algo nuevo para ellos. Sin duda, la cercanía de Carmen era lo que Antonio necesitaba para alejarse de la locura definitivamente.
Salieron de la casa y se dirigieron a una playa cercana. Allí, bajo el sol, estuvieron conversando hasta que ella decidió darse un baño. Recibí la llamada de mi amiga comunicándome que la policía había encontrado el cadáver de Margari. Mientras Carmen se bañaba, Antonio fue sacando de una cesta un refrigerio que ella había preparado. Carmen volvió y dejó que el sol y la ligera brisa acariciando su cuerpo le fueran secando. Entonces él sacó de su bolsillo una pequeña botella. No le di importancia en ese momento… pero le vi echar el contenido del mismo en un vaso con batido. Desde donde estaba me puse a gritarle como una descosida, pues deduje rápido que aquel líquido podía ser veneno, el mismo que acabó con Margari. Ante mis gritos él se asustó, ella si cabe más… y mientras corría hacia ellos, Antonio bebió del vaso… y fue el fin.
¿POR QUÉ HIZO ANTONIO ESO?
Porque… era su fin del mundo, el fin de su mundo. Es lo que conlleva la locura; distorsiona la realidad, y la hace incomprensible para quienes vivimos ajenos a su mundo. El 25 de septiembre fue el fin del mundo de Antonio.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
SERIE ARMÓNICA
Los padres, junto con su buen amigo, Alvaro, se sentaron frente a la mesa del Dr. Carlson.
--Por favor, Ernesto, siéntate con nosotros –le llamó su padre, pero el chico siguió mirando tranquilamente los libros de la biblioteca del despacho del Dr.
--No se preocupe por él, Sr. Del Pozo –intervino el Dr. mientras abría la carpeta donde se encontraba todo el historial de Ernesto –quisiera hacerles algunas preguntas que no me quedan claras. Según he podido leer, parece ser que durante el embarazo el lado izquierdo del cerebro del pequeño estuvo apoyado sobre una parte infartada de la placenta. Pero nada dice el informe sobre si en los últimos cuatro meses del embarazo el feto no se movió de la misma posición.
--No se movió, Dr. Carlson –intervino la madre –ese fue el motivo que nos hizo ponernos en contacto con otros especialistas. En las “eco” se veía que movía brazos y piernas, pero no el cuerpo. Nadie se dio cuenta de que la placenta estaba infartada hasta después del parto. Cuando nació y se pudo comprobar, mi ginecólogo me recomendó ponernos en contacto con un buen pediatra, pues el niño podría tener secuelas. Y ya ve los resultados.
El psiquiatra siguió leyendo el historial.
--¿Por qué se repite con tanta frecuencia en el historial su obsesión por la serie armónica? Hay algo que no entiendo. Dice taxativamente que su coeficiente intelectual es muy limitado, entre veinte y treinta. ¿Está basado en los tests de Stern o en su rendimiento escolar?
--En su rendimiento escolar, Carlson –habló Alvaro –ya que no se le ha podido hacer nunca un test de inteligencia; no es capaz de fijar su mente en idea alguna.
--Entonces… ¿Qué quiere significar esto de la serie armónica?. Si mi memoria no me falla, una serie armónica puede ser musical o matemática y, en ambos casos, son de muy difícil comprensión –El Dr. Carlson veía algo extraño en aquel historial
--Ya le hemos dicho que yo, además de amigo de la familia, me ofrecí como profesor del niño, al comprobar desde muy pequeño que tenía grandes problemas de avance en sus desarrollos físico y psíquico. Como psicólogo lo he estado tratando durante diez y seis años y solo es capaz de fijar su atención en una determinada serie armónica.
--¿Una determinada? –al terminar la pregunta, Carlson levantó la mirada para observar al chico. Este seguía mirando detenidamente los libros, uno a uno --¿Ha aprendido a leer? Observo que está leyendo los títulos de los libros.
--No, Carlson, Ernesto solo lee números y muy pocas palabras. En realidad, he descubierto que cuando ve una biblioteca, lo que hace es buscar un libro que hable de series armónicas. Pero lo sorprendente no termina ahí. Maneja el ordenador de una forma increíble. Las hojas de cálculo BinCalc y Excel, junto con el programa BMSS de simulación, son su pan diario y, a veces, hasta las noches.
Carlson se echó hacia atrás en su sillón y miró detenidamente a Ernesto. Al rato, se irguió
--Ernesto. ¿Te importa acercarte? –esperó un momento y al ver que Ernesto seguía mirando libros, se levantó y acercó a él --¿Estás buscando algo en especial?
Silencio absoluto. En ese momento, Ernesto, cojeando, pues no movía correctamente ni piernas ni brazos, se alejó hacia el extremo de la biblioteca. Carlson le siguió.
--Esta biblioteca es mía y la conozco bien; dime que buscas y te lo encuentro enseguida.
--No insista, Dr. o no le oye porque está concentrado en la búsqueda o no le entiende –intervino la madre. Pero Carlson siguió junto a Ernesto.
--Si buscas un libro sobre series armónicas, no tengo aquí, pero mañana te prometo que lo tendrás. En ese momento, Ernesto se volvió hacia él y le miró, con su cabeza torcida hacia la derecha.
--¿Zpseie mo..eca? Da –y se fue hacia su madre –Z…eie mo..eca, ma –y sonriendo le acarició el pelo. Ella le cogió la mano
--¿Para qué quieres mas libros de series armónicas, Nesto? te los hemos comprado todos…
--Uco un nn..umm..ro pa mmmi zpss..eie –le contestó Ernesto
Alvaro, al ver la cara del Dr. Carlson, le aclaró
--Busca un número determinado para su serie
De nuevo Carlson se sentó en su sillón y se quedó pensativo. Al poco tiempo, miró a los padres de Ernesto.
--Bien, me haré cargo del enfermo de inmediato. Por sus características no es necesario internarle, pero para mayor velocidad en su estudio, necesitaré que el Dr. Alvaro Mirell le acompañe durante un tiempo bastante dilatado.
Así lo acordaron.
_______________________
Un año llevaba Ernesto asistiendo diariamente a sus entrevistas con Carlson. Cumplía aquel sábado diez y nueve años y su madre le preparó una pequeña fiesta a la que asistieron tanto Alvaro, como Carlson y sus esposas.
Y una gran sorpresa le tenían preparada, pues su regalo era el más potente ordenador del mercado, que, a sus espaldas, un técnico le había instalado en el despacho de su padre y que se encontraba en funcionamiento con los programas de todas las hojas de cálculo del mercado y el mejor programa de simulación armónica, que Ernesto usaba a diario y todos sus “trabajos” instalados.
Preparada la gran tarta, la madre le pidió que soplara las velas, error de repetición anual, porque, en realidad, lo que Ernesto hacía era espurrear toda su saliva por la tarta, dejándola inservible para el resto de comensales; para él no.
Servidas las bebidas y viandas, la madre se acercó a la puerta del despacho del padre, cerrada, y llamó a Ernesto. Fue hacia ella con su peculiar forma de caminar, sonriendo y le tomó la mano.
--Y, ahora, tu regalo, que está sobre una mesa adicional que hemos puesto en el despacho de tu padre –y le acercó empujándole suavemente hacia la puerta. Todos se acercaron a ver su reacción. Nada más abrir, sus ojos captaron los cambios y sobre la mesa encontró un maravilloso ordenador nuevo, a cuyos lados habían colocado dos grandes bafles.
No pudo moverse. Quieto en la puerta, el chico se quedó parado contemplando el precioso y ansiado equipo.
--¿Es que no vas a ver como funciona? –le incitó el padre. Lentamente, como no queriendo despertarlo de su temporal letargo, se acercó y se sentó en el sillón. Puso sus manos sobre el teclado y todo en su cuerpo cambió. Ya nada existía fuera de aquella pantalla. Al tiempo, se volvió hacia su madre
--Ma, Ma, mi zpss..eie. Ta ahí –y siguió tecleando
--Si, hijo, te hemos instalado todos tus trabajos para que ahora trabajes en este nuevo ordenador –pero ya la mente de su hijo andaba por otro mundo.
Salieron y le dejaron disfrutar. Sentados en el salón, habló el Dr. Carlson
--Realmente yo no podría hablar de esquizofrenia, en el caso de Ernesto, aunque sí de un comportamiento obsesivo. Pero esa obsesión por esa fantasiosa serie armónica le permite a su cerebro realizar trabajos que su consciente no le permite y ahí está lo asombroso.
--Luego, tú entiendes que lo de su obsesión por esa serie armónica de la que habla es una forma inconsciente de desarrollar su intelecto, duramente castigado por su fase prenatal.
--Pudiera ser hasta una autodefensa ante su debilidad. Aún el cerebro tiene actuaciones que no podemos entender, pero… --se quedó en silencio al oír como, desde el despacho, llegaba una serie de notas muy contundentes y extrañas.
--¡Ma, Ma..! –se oyó el grito de Ernesto, apareciendo seguidamente; se acercó a su madre y la tomó de la mano --¡en, codre, mi zps…eie, mi s..eie! –y tiraba de ella con fuerza
--¿Qué le pasa a tu serie, cariño?
--No tem…ppo, no pacho catro men…chión. ¡No, Ma!
--¿Qué el tiempo y el espacio no son la cuarta dimensión? ¿De qué estás hablando, hijo? –intervino el padre
--Pa, la catro men…chon no tem…poo, la mu ica –y seguía tirando de la mano de su madre.
--Dice que la cuarta dimensión no es el tiempo, sino la música. Quiere que vayamos a ver –y todos se acercaron al despacho.
El chico se sentó en el sillón. Golpeó algunas teclas y en pantalla apareció una serie de números pasando a mucha velocidad.
--Ma, en, mi..ra. esa colo…dá –señalando una celda en rojo –e mi zpse…ie de n..ume…do. Eta ota e mi zpse…ie mu..ica –señalando otra celda en verde. Apretó la celda roja y de nuevo apareció en pantalla un extraño conglomerado de números corriendo. Cuando paró, apretó la verde y de los bafles salieron los sonidos que ellos habían oído en el salón.
Ernesto se levantó del sillón.
--Ma, no mova pa..nta..a ni la vo..se –le indicó, señalando primero la pantalla del ordenador y luego los bafles –En, Ma –y, tirando de ella, la llevó detrás de la mesa del ordenador –Neto pone ahí –y le indicó con la mano donde se iba a colocar --Ma to…ccca co..lolá y e…rde –indicándole que tocase las celdas roja y verde al mismo tiempo.
--Pero, hijo, dime para que quieres que haga eso. Si no sé para qué debo hacerlo no lo haré bien.
--Pa….ra ..que unchi…one mmmmi zpsss…eie mo..ica
--¿Para que funcione tu serie armónica? ¿Por qué no lo haces tú? –Ernesto la miró sonriendo
--No, Ma, Neto ah..í –y sin esperar nada más se colocó a la misma distancia de la pantalla del ordenador y de los bafles, quedando estos a cada lado suyo y perfectamente alineados con él.
Miró a la madre y le indicó con un gesto que apretara la tecla del “intro” una vez seleccionadas las dos celdas de color rojo y verde.
La madre miró al psiquiatra, a su marido, sin saber para qué hacía aquello. Finalmente, viendo que todos estaban expectantes ante el ensayo de Ernesto, apretó la tecla.
Los maravillados y sorprendidos ojos de todos vieron como lentamente el cuerpo de Ernesto desaparecía en el aire… para siempre
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL PEREGRINO
Este breve relato narra unos hechos que son la raíz y origen de grandes cosas, de formidables eventos, incluso de alguna sangrienta contienda. Poco se sabe de cierto sobre ellos, por lo que podemos permitirnos la licencia de imaginar que ocurrieron tal como los relatamos.
En los últimos tiempos, aquel pacífico comerciante había adquirido la costumbre de peregrinar un par de veces al año, durante unos días, por las regiones septentrionales, poco habitadas y salvajes. Dejaba a su familia y sus negocios, y partía hacia el norte con ropaje ligero, sandalias, un sólido bastón, y alimento y agua para el viaje. Esas peregrinaciones, que traían sosiego y calma a su espíritu, se limitaban en general a unas cuantas noches fuera de la aldea.
En una de estas peregrinaciones, sus pasos le llevaron a una región de obscura fama y peor aspecto. Deambulando por ella el peregrino parecía cansado. Su marcha no tenía la viveza de otras veces, y sus más de cuarenta años de edad comenzaban a hacerse notar en su piernas. Eran muchas las horas que había caminado, y sus ojos buscaban un lugar donde pasar la noche, un refugio. Llevaba comida suficiente en sus alforjas, y también agua para un par de días. Pero no le apetecía lo más mínimo tener que pasar la noche al raso. Había visto lo que podían hacer las fieras que deambulan por aquellos parajes en las horas nocturnas. Los restos que había hallado en su camino, de animales de gran tamaño e incluso de algún imprudente caminante como él, lo indicaban claramente.
Pero quiso la fortuna presentarse en la forma de una cueva de prometedor aspecto, justo cuando los últimos rayos de sol llegaban desde el lejano poniente. En un risco elevado, a cuyo píe un frondoso bosque protegía su entrada, se abría una hendidura en la roca que abocaba a una amplia cavidad completamente vacía. Bastaría con disponer una fogata justo en la entrada para convertirla en un refugio a prueba de alimañas, de modo que dejó en el fondo de la cueva las alforjas y su recio bastón y dedicó un buen rato a recoger abundante leña por los alrededores, para poder con ella no solo calentarse la cena, sino también mantenerse a buen recaudo en el interior de la cueva durante la noche.
Cuando tuvo leña suficiente observó unas hermosas matas de escasa altura que crecían entre los árboles, formando como una apretada y espesa masa de verdes hojas, y algo le llamó la atención. Unos tallos erguidos de algo más de dos palmos de altura sobresalían aquí y allá entre aquellos chaparros matorrales, y acababan en un curioso fruto de color verde azulado, con el aspecto de una pequeña granada.
Tuvo un presentimiento, una intuición. Aquellos frutos estaban allí aguardándole.
-¡Grande es Yhavé Dios, nuestro señor! Tal parece que estas bayas, estos frutos, los ha dispuesto para que yo diese con ellos en este día... Voy, pues, a hacer buen acopio de ellos.
Poco más tarde el peregrino cenaba frugalmente en la boca de la cueva, junto al fuego. Y cuando acabó de hacerlo, calentó agua en un pequeño recipiente. Cuando el agua estuvo caliente, desmenuzó lentamente entre sus dedos varios de aquellos curiosos frutos, y los vertió en el agua. Los dejó hervir un par de minutos, y después aguardó pacientemente que su infusión se enfriase lo suficiente para poder beberla.
Tomó un poco de aquella fina hierba que tanto apreciaba, comprada a mercaderes que la traían de lejanas tierras desde el norte de África, y cargó su pipa de viaje. La prendió y pocos minutos después, cuando las suaves volutas de su aromático humo le envolvían, tomó el recipiente y bebió la infusión.
-¡Extraño sabor el de estas bayas!-Pensó.- Extraño, pero agradable. Aunque la noche no es fría en exceso, este brebaje me está sentando de maravillas. Noto correr por mis venas su cálida influencia, percibo como llega a mi cerebro su sorprendente estímulo.
Alimentó el fuego para mantener un humeante y disuasorio montón de brasas que le permitiese descansar algunas horas, y sin dejar de saborear el humo de la hierba, con la pipa entre los labios, se acostó en el interior de la cueva sobre su frazada, tendida sobre un lecho de hojarasca que había preparado.
Y muy pronto notó que no estaba solo...
Al amanecer lo tenía todo muy claro... Ardua tarea la que se le presentaba. Todo cuanto se le había revelado aquella noche debía ser comunicado. Muchos tenían que oírle, pues muchos eran los que debían conocer la verdad. Él, humilde peregrino, había sido elegido para divulgar la luz y el conocimiento. Se vio como un nuevo profeta, recorriendo el mundo e impartiendo las enseñanzas recibidas aquella noche. Tendría, pensó, que escribir un gran libro, pues lo que se le había revelado superaba con creces las enseñanzas de los antiguos profetas. Por fortuna era ágil con la escritura: tenía claras las ideas y hábil la pluma. Ese libro marcaría una nueva era, si uno se paraba a considerar lo que tenía previsto verter en el mismo. Cosas de la vida, de la muerte, de la salud, de la lengua, de la alimentación, de la bebida, de la oración... de todo cuanto compete a los humanos.
Recogió sus cosas, y viendo que cerca de la cueva discurría un pequeño riachuelo, acudió al mismo y procedió a asearse con una minuciosidad que no era habitual en él. A continuación se postró en tierra y dirigiendo su mirada al lejano horizonte comenzó a orar. Y aquellas oraciones parecían nacer de una voluntad dentro de su voluntad. Era como si el visitante todavía estuviese dictándole, tal y como había hecho a lo largo de la noche.
Algún tiempo después, hallamos al peregrino en pie, sobre una especie de pequeña tribuna de piedra, en una amplia explanada situada a las afueras de una próspera aldea. Viste una larga túnica, y enmarca su faz una espesa barba, que le da un aire hasta cierto punto místico. Pero son sus ojos los que confieren auténtico misticismo a su expresión. Grandes, brillantes, muestran esa luz que solo se ve en los iluminados, en los que creen haber visto la verdad. Pero la suya no es la mirada perdida de los enajenados, la suya es una mirada vigorosa e imponente, aunque algunos en la aldea la tildan de mirada de loco visionario.
Le rodean centenares de personas. Mujeres, hombres, niños y ancianos. Algunos de pie, apoyados en rústicos cayatos, otros sentados en el suelo o tumbados en tierra, de todo hay. Y escuchan sus palabras como embelesados. Se nota en sus miradas que ha alcanzado sus almas, y que ese hombre que les habla va a ser, a partir de ese momento, su líder.
Algo apartados, dos venerables ancianos, miembros respetados de la comunidad cristiana de la aldea, miran la escena con curiosidad y, tal vez, con inquietud.
-Le advertí a ese buen hombre que su afición a fumar hierba y a consumir plantas no podía llevarle a nada bueno. Que le volvería loco.
-¿Loco? ¿Por qué decís eso, amigo mío?
-Ved su mirada que indica, no hay duda, un desvarío. Y oíd sus palabras... se cree un místico, un profeta. Cuanto hace y cuanto dice, nace de su locura.
-Tal vez sea cierto. Pero es curiosa esa locura... he seguido estos días su discurso, y de creerle, él es precisamente quien posee la razón.
-Ello está en la naturaleza misma de la locura. Se siente juiciosa y ve demente la razón de los otros.
-Acepto que todo en este peregrino parece responder a una locura. Pero es, en verdad, una locura muy especial. Dice cosas profundas, atinadas. Cosas que llegan al alma y la hacen vibrar y la enternecen. Veo mucho de sensatez en algunas de sus enseñanzas, y encuentro mucho de sentido común en sus advertencias y prohibiciones.
-Depende de como las interpretemos. Dios quiera que no caigan en oídos que, tomándolas en un sentido literal o interpretándolas de forma tendenciosa, les lleve a imponer absurdas normas, leyes o principios. Se me ocurre que algunos podrían considerar fundamental aquello que tan solo es accesorio. Y ese fundamentalismo sería, me temo, algo peligroso.
Muchos años después, sentando en un diván confortable, fumando en un añoso narguilé, el peregrino acabó por fin de escribir aquel formidable libro. Allí estaban resumidas todas las enseñanzas que se le habían revelado en aquella noche de locura, de misterioso trance, vivida tiempo atrás. Allí, junto a las enseñanzas, las advertencias, los consejos, las lecciones, las explicaciones y los ritos, dejaba constancia de cómo, un buen día, Yhavé Dios le había mostrado su deseo de que en el futuro se dirigiesen a Él con otro nombre. A partir de aquella noche en que así lo manifestó, debían invocarlo con el nombre de Alá. Y nuestro peregrino tuvo muy claro que aquel era su único dios.
-No hay otro dios más que Alá- se dijo.-Y yo, Ahmad, de la noble tribu de los Quraish, Mahoma desde ahora, soy su profeta.
Y aquello fue, no hay duda, el principio de grandes cosas para los pueblos de este mundo. Buenas y malas, pero de formidable importancia y de gran trascendencia.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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El amor, todo locura.
La última vez que me dieron una paliza fue por liarme con una mujer casada. Sobre aquellas magulladuras sustenté las bases de una de mis reglas de oro: “Nunca te líes con mujeres casadas.” Tenía pocas normas de ese calibre, posiblemente no dieran para confeccionar un decálogo, pero las seguía a rajatabla. Hasta que conocí a Isabel.
Fue en un viaje de empresa. La firma que nos suministraba el software de gestión de contabilidad nos invitó a unas jornadas de tres días de presentación de la nueva versión, así que mi jefe me concedió el dudoso honor de acompañarlo. Esto quería decir que yo debía asistir a todas las interminables sesiones informativas mientras que él se dedicaba a “hacer negocios” y “cerrar tratos” en todos los bares y restaurantes (y puticlubs) de la ciudad con sus congéneres.
Nos conocimos durante una de esas bonitas pausas donde la gente aprovecha para hacer contactos e ingerir la mayor cantidad de café y/o pastas posible. Isabel estaba en un rincón apartado, sosteniendo un humeante vaso de plástico, con la mirada perdida, como la única superviviente de un cataclismo observando la desolación a su alrededor. Exactamente igual que yo.
No me considero un casanova, más bien todo lo contrario, pero algo en sus ojos y en su porte, me atrajo hacia ella como un imán. La abordé, hablamos, reímos, congeniamos de alguna extraña manera, como náufragos perdidos en una isla desierta. Así supe que vivíamos en la misma ciudad y que trabajaba para la competencia. Volvimos a juntarnos en cada pausa de café, en cada rato muerto. La última noche, accedió a cenar conmigo, lejos de horarios y jefes. Antes del segundo plato, me dijo que tenía marido, como un policía que coloca la placa encima de la mesa y te dice que todo lo que digas a partir de entonces podrá ser usado en tu contra. Creo que me enamoré de ella entre los postres y el café. Más tarde, en la puerta de su hotel le pedí su teléfono y traté de besarla torpemente. Se fue con un revuelo de su abrigo largo y me dejó una pequeña tarjeta y el sabor fugaz de su aliento en mis labios.
Tardé dos desquiciantes semanas en llamarla. Sabía que estaba incumpliendo una de mis máximas y que ello me traería problemas.
Cuando finalmente lo hice, su tono de voz era el de alguien que está esperando una mala noticia para poder brindar por ella. Comenzamos a quedar. Cuando podía, nos veíamos en mi piso y hacíamos el amor, hablábamos, hacíamos el amor, comíamos un poco, hacíamos el amor y, al final, ella ocultaba su desnudez rápidamente con las prendas que iba rescatando del suelo, de encima de la lámpara, de entre las sábanas, y se marchaba con su espesa melena de negros rizos revuelta y una sonrisa culpable en los labios, dejándome, cada vez más, un poco más solo.
Estuvimos tres meses así, hasta que una tarde, pocos minutos después de que me dejara, llamaron a mi puerta. Corrí deseando que fuese Isabel diciendo que había dejado a su marido y que venía, maletas incluidas, a quedarse conmigo. Sobre el felpudo había un hombre menudo y rechoncho, con una calva incipiente mal disimulada. Me miró, nervioso y derrotado.
- Hola, me llamo Ramón. Soy el marido de Isabel. ¿Puedo pasar?
Me quedé unos segundos mirándolo, totalmente petrificado. Él trataba de evitar mis ojos, avergonzado, como si fuese él quien tuviese que disculparse. Le hice pasar. Balbuceé cuatro palabras inconexas antes de que me interrumpiese y me contase una historia extraña: Isabel estaba perturbada, desequilibrada. Loca. No era la primera vez que se liaba con cualquiera (he de reconocer que eso me dolió). Había estado internada. Ahora estaba en tratamiento, pero Ramón tenía la sospecha de que lo había dejado en secreto. ¡Incluso tenían una hija! Rompió a llorar sentado en mi sofá, conmigo a su lado, en pijama y camiseta de tirantes, sin saber qué hacer para consolarlo. Me hizo prometer, entre sollozos y mocos, que no volvería a verla jamás, que nuestra relación agravaba su estado. Por supuesto, le dije que sí.
Cuando se fue, me metí en la cama. No dormí en toda la noche. En mi cabeza se mezclaban las imágenes de la sonrisa de Isabel y las lágrimas de su marido. No sólo me había vuelto a meter en medio de una pareja, sino que, además, aquello afectaba la salud de la persona de la cual me había enamorado. Decidí que cumpliría mi promesa.
Las siguientes dos semanas fueron un auténtico infierno. Me moría por verla y me costaba horrores no responder a sus continuas llamadas. Ansiaba abrazarla, besarla, desnudarla, pero me decía a mí mismo una y otra vez que era por su bien. Traté de hallar mil y una posibles soluciones, cada cual más disparatada, a aquella situación, pero ninguna que no fuese volver a estar con ella me satisfacía. Vivía como un zombie: distraído, desaliñado, arrastrando los pies, gimiendo lastimosamente.
Una tarde, llamaron a mi puerta. Era Isabel. Estaba furiosa, triste, desesperada. Me estalló en la cara, me recriminó que no la llamase, que no diese señales de vida. “¿Qué pasa? ¿Sólo soy un polvo?” Me espetó. Al final, le expliqué la visita de Ramón. Me escuchó en silencio, mordiéndose los labios, tratando de dominar su inquietud.
- ¿Y le has creído? –Me dijo.
- Sí –titubeé. Suspiró.
- Ramón no está bien –me dijo, derrotada, con la mirada perdida, como si hablase con alguien fuera de aquella habitación. Me explicó que su marido estaba perturbado, desequilibrado. Loco. Ella quería dejarlo porque ya no lo amaba pero le daba miedo que él acabase haciendo alguna tontería. La había amenazado y ella le tenía miedo, así que fingía que todo iba bien porque no sabía qué hacer. Y, por supuesto, no tenían ninguna hija.
Cuando acabó, parecía más pequeña, más frágil. No me atrevía a tocarla por si se desvanecía. Tras unos minutos, alargué una mano. Me miró a los ojos, trataba de reprimir las lágrimas.
- ¿De verdad creíste que estaba loca?
- Yo... –balbuceé.
Se levantó y se fue dando un portazo.
Me quedé solo.
Nunca me había sentido más solo en mi vida.
Acababa de perder a la mujer más maravillosa con la que me había topado nunca. Ni siquiera era capaz de llorar. ¿Cómo había podido dejarme embaucar por aquel hombre que no había visto en mi vida? ¡Era su marido! Hubiese dicho cualquier cosa con tal de recuperarla. Y yo le creí. Sin dudarlo ni por un segundo.
Me dejé caer en el sillón, derrotado.
Sonó el timbre de la puerta.
Corrí a abrir para encontrarme con la figura menuda de Isabel que me miraba con los ojos llenos de lágrimas, estrujándose las manos, temblorosa. Ninguno de los dos nos movimos.
- Yo... –no sabía bien que decirle.
Se me abalanzó con un sollozo, me abrazó, nos besamos y, sin tiempo ni para cerrar la puerta del piso, me arrastró hasta el cuarto. Me lanzó sobre la cama y empezó a arrancar su ropa y la mía con ansia, con desesperación, entre jadeos entrecortados. Yo asistía anonadado a aquella especie de tsunami que arrasaba mi cordura, extasiado y asustado por la fuerza de aquel deseo voraz. La deseaba más que nunca.
Entonces, levantó su cara y se detuvo, petrificada, ahogando un grito de espanto. Levanté la vista y vi a Ramón, inmóvil, que nos miraba desde la puerta. Me levanté como pude, apartando de un empujón a Isabel, tratando de ponerme entre ella y su marido. Me di cuenta que llevaba un grueso bastón en la mano.
- Oye, tío. Tra-tranquilo –acerté a decir, sin quitar la vista de la vara. Su rostro no reflejaba emoción alguna, estaba ausente, como si fuese un muñeco desconectado.
- Te dije que nos dejases en paz –murmuró con un tono inexpresivo.
- Vale... Deja... eso y... hablaremos.
Se lanzó sobre mí con el bastón en alto, logré esquivarlo, golpeó sordamente en la cama. Oí un chillido de Isabel. Lo empujé y cayó al suelo, dándose un sonoro golpe contra la pared que lo dejó medio aturdido.
- ¡No lo toques, hijo de puta! –Oí gritar a Isabel, desquiciada.
Algo se estrelló contra mi cabeza, esparciendo pequeños cristales por el suelo. Tuve una fugaz visión de la lámpara de la mesita estallando en mi nuca. Caí al suelo de bruces.
Entonces, ella empezó a pisotearme mientras chillaba histérica, traté de girarme para protegerme cuando sentí un terrible golpe en la espalda que me dejó totalmente helado de dolor y miedo. Ramón se había unido a la fiesta con su garrote. Tan sólo pude encogerme y cubrirme la cabeza bajo aquel diluvio de bastonazos, patadas y gritos.
Casi no noté que paraban hasta que oí sollozos y murmullos, como si se consolasen el uno al otro. Los susurros se convirtieron en risitas y jadeos, en gruñidos y gemidos. Antes de desvanecerme, un pensamiento cruzó mi mente: “cuando acaben, tendré que quemar las sábanas”.
Desperté en el hospital, llevo aquí una semana. Tengo la espalda destrozada y el alma partida. El médico dice que tardaré no menos de un año en volver a ir sólo al baño, eso si, tendré que apañarme con el riñón que me queda.
Hace poco se ha marchado un agente. Alertados por los gritos, los vecinos llamaron a la policía, que los encontró retozando desnudos en la cama, conmigo medio muerto en el suelo. Me ha hablado del amplio historial delictivo y psiquiátrico de Ramón e Isabel (que no se llaman ni Ramón ni Isabel), que son peligrosos, que han estado internados y recluidos a partes iguales. También me ha dejado un impreso por si quiero hacer una denuncia, dice que, con mi testimonio, esta vez quizás ya no vuelvan a salir.
Me he quedado sólo, pensando en la sonrisa de Isabel, en su melena encrespada y morena, con el impreso en la mano, sin saber qué hacer. ¿Cómo voy a denunciar a la mujer de mi vida?
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
harapiento
El shogun había desayuno temprano aquella mañana. Pensaba de un modo bastante positivo mientras le ponían el kimono de seda salvaje que a su pequeña hija le gustaba ver en tiempos de paz. Su hija había tenido la inmensa suerte de disfrutar de las mañanas en un reino pacificado durante los últimos tres años.
El shogun miró la tabla del maestro de caligrafía, aquella decorada con hojas de viñedo, en la que se alababa la paz por encima de cualquier sacrificio personal; a cualquier precio. Aquella mañana el shogun pensó, por primera vez en mucho tiempo, que quizá podría vivir el resto de su reinado sin sentirse un traidor; sin ver el rostro enfadado de su padre en cada charco de agua.
Oyó un pequeño revuelo en los jardines y prescindió de llamar a nadie de su guardia para averiguar qué estaba sucediendo. A veces, un loco andrajoso probaba la paciencia de los soldados del palacio de invierno en Edo. Dicho loco sólo parecía calmarse cuando el shogun salía a verlo y le ponía la mano sobre la cabeza. Aquel loco revoltoso que jugueteaba con la propia muerte, aún sin saberlo, había ayudado a que el shogun pudiera volver a sentirse noble con el paso de las estaciones. Las doce estaciones que sucedieron a la traición y la consecución de la paz.
El pobre diablo parecía conformarse con saber que el shogun, su señor, se encontraba en la ciudad.
Caminó por los jardines prescindiendo incluso de las zapatillas. El frío de la hierba húmeda le hacía sentir más cercano a sus soldados. El rigor le hacía sentirse más cercano al honor. Y esperaba que el frío y el rigor hicieran que el rostro de su padre volviese a ser benévolo algún día, en el futuro, cuando estudiase su reflejo buscando un hombre.
En los jardines, efectivamente, aquel loco harapiento había conseguido de nuevo colarse y los soldados, sabiendo de la simpatía que su señor le profesaba, esperaban con paciencia, apoyados en sus naginatas.
- ¡Allí viene mi señor! – gritó el loco - ¡Aquí viene mi señor!
Sus hombres de confianza insistían en el rigor de las guardias; pensaban que aún era temprano para relajarse porque seguían esperando que la venganza llegase desde cualquier sombra. Pero el shogun estaba cansado de que su vida fuese protegida con tanto esmero de hombres que, seguramente, merecían la restitución de su honor.
Sus soldados, sin embargo, no eran razonables.
El shogun se acercó entre sus soldados al hombre harapiento que se revolcaba por la hierba y se tocaba la cabeza como un mono, de pura contento. Le seguía extrañando que una guardia tan estricta no sospechara que aquel hombre era quizá demasiado ágil y astuto para ser tan sólo un loco, tan sólo un mendigo.
Le seguía extrañando que no vieran coincidencias entre que el shogun hubiese permitido licenciarse de sus obligaciones a un reemplazo entero de guardias, y que aquella misma estación la ciudad se llenase de comerciantes y artesanos que no eran habituales.
- ¡Mi señor! – dijo el loco - ¡Qué alegría que estéis en Edo!
El shogun sonrió y le puso la mano sobre la cabeza. Durante un segundo, los ojos del loco no reflejaron ningún desvarío y, ni mucho menos, agradecimiento.
“Su hora está cerca”, pensó el shogun.
Luego, se volvió a sus hombres y dijo:
- Hace muy buen día, pero debo permanecer en palacio. Me gustaría que mi hija disfrutara del aire del campo.
- Nos encargaremos, señor – dijo uno de los soldados.
Marchó corriendo con presteza hacia el palacio mientras el shogun volvía a dirigir su mirada al loco, que ya estaba de pie, esperando alguna moneda o bendición de su señor.
- Habéis sido pacientes – dijo el shogun.
El loco apretó los puños y los dientes; miró a los guardias, esperando ser atravesado pos sus lanzas en cualquier momento pero, evidentemente, dispuesto a vender caro su pellejo. Pero los soldados seguían confusos; aún no entendían lo que estaba pasando.
- Durante tres años os he estado buscando, porque cuando un samurai jura vengar a su señor, cuando elige el exilio en lugar del sempoku, no es de esperar que se de fácilmente por vencido.
Los guardias, alarmados, inmediatamente se pusieron en posición de defensa frente al shogun. A la sola mención de la palabra samurai, parecían haber visto armas en las manos de aquel tipo sucio y mal encarado. El loco tragó saliva, pero no se decidió a decir nada.
- Durante tres años – continuó el shogun – habéis renunciado a vuestras armas y a vuestras familias, a vuestro oficio… No me imagino qué tipo de vida habéis podido llevar. Me pregunto si todos habéis fingido estar locos durante este tiempo que planeabais mi muerte. Filtrándoos en mis palacios para anotar el número de guardias, viendo crecer a mis hijos mientras pensabais que no miraba…
- Señor – dijo uno de los soldados – vuelva dentro.
El shogun miró a aquel soldado con desprecio. Le cogió la naginata y señaló al loco con una firmeza que hacía tiempo no veían en sus gestos.
- ¡Dadle un arma!
El loco dedicó una sonrisa a los soldados que miraban al shogun, alarmados. Se irguió con nobleza y escupió a un lado los dientes negros y falsos que habían formado parte de su disfraz.
- ¡DADLE UN ARMA! – bramó el shogun.
Un de los soldados clavó su naginata en el suelo, a dos metros del samurari, y se echó a un lado. Los demás se quedaron cerca de su señor, temerosos como pájaros que no están acostumbrados al cielo.
- ¿Cuántos sois? – preguntó el shogun.
- Cuarenta y siete, señor – respondió el loco – Hemos venido todos.
“Cuarenta y siete ronin van a invadir mi palacio”, pensó el shogun, “mi hija también va a morir”.
- ¿Tendréis honor donde yo no lo tuve? – volvió a preguntar.
- Sólo queremos vuestra cabeza, señor.
El shogun asintió con la cabeza. El samurai cogió la naginata y estudió su peso, tan tranquilo como si estuviese paseando por una tienda de armas.
- Señor – se atrevió uno de los soldados – Debería salir de aquí. No somos suficientes para pararlos.
El shogun se puso en guardia defensiva y el samurai lo esperó de pie, sólo mostrando un mínimo de tensión, un poco de alerta.
- Sois doscientos guardias – se burló - ¿No sois suficientes?
Todos los que allí había sabían que no eran suficientes. Que después de licenciar esa estación al reemplazo, después de conceder a su señor que la venganza que esperaban ya era improbable, no estaba preparado para el asalto de casi cincuenta maestros de katana.
El shogun se imaginaba esos tenderetes de comerciantes extranjeros cerrando a la misma hora. Los odiados trajes de trabajo cayendo al mismo tiempo en callejones de su propia ciudad. Los corazones de aquellos samurais deseando estallar en la justicia de una muerte honorable mientra buscaban la garganta del traidor. Las pisadas de aquellos valiosos hombres uniéndose por las calles de Edo para enfilar en una última carrera el asalto de su palacio.
- ¿Por qué lo hacéis? – suplicó aquel soldado - ¿Habéis enloquecido, mi señor?
“Eso es exactamente lo que ha sucedido”, pensó el shogun, “pero ya he recuperado la cordura”.
Levantó la naginata sobre su cabeza y saltó hacia delante mucho más rápido de lo que cualquier habría esperado. El samurai detuvo el golpe con poco margen para moverse y el shogun le dio una patada en el centro del pecho y lo tiró al suelo. Apartó la naginata de su oponente con la mano y clavó la suya en la tierra, pegada al cuello de su rival.
- Honor o vida, guerrero – ofreció el shogun.
- Honor – respondió el samurai.
El shogun sacó la lanza de la tierra y rebanó el cuello del hombre en un mismo movimiento. En ese momento, oyeron el grito de alarma del primero de los guardias que no había muerto en completo sigilo.
- Honor – repitió el shogun. Luego, para sus hombres, gritó - ¡Hay mil maneras de morir, pero nuestros padres reclamarán sólo una! ¡Vamos, al atacante!
Los soldados, enardecidos, levantaron las lanzas y gritaron al unísono.
Corrieron hacia las murallas de madera mientras el resto de la guardia salía de todas las atalayas y rincones del palacio para proteger a su señor.
Y su señor andaba con paso firme hacia el campo de espejos en el que podría comprobar si ya había sido perdonado por su padre.
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FUERZAS DE REACCIÓN
Cada vez que termino de masturbarme –con los ojos irritados por el sudor-, y recupero la vista y reconozco el olor de mis sobacos evaporándose en el ambiente (cargándolo mucho más y mejor); cada vez que me rindo y tengo que meter la la cabeza en la taza del váter, para ver si soy capaz de vomitar algo antes de ir al trabajo..., y descubro que ese cubo de porcelana en el que respiro profundamente por la ansiedad, lleva años sin limpiarse a fondo (que nunca he comprado desinfectantes para el cagadero), y huele a meados filtrados por riñones viejos, a infección de orina, a cadáver de rata, a mierda y a enfermedad... a cáncer de próstata.
Y pienso que no quiero estar allí. Con la cabeza metida hasta el fondo de la taza, respirando y oliendo todo aquello. Que debería haber salido a vomitar al patio de atrás -con todo ese aire fresco, con las estrellas y el frío despejándome poco a poco-. Una buena “vomitona” saludable rodeado de naturaleza; el “locus amoenus”, ¡ay!
Cada vez que me paso tres días con sus noches sin dormir, dando vueltas por la casa; tomando litros de café y agua y pastillas azules y rosadas; cuando comienzo a hablar solo y me creo rodeado de gente, aturdido como en medio de una multitud durante una fiesta... de improviso el murmullo cesa y me descubro -otra vez, solo- en medio del pasillo, sudoroso y jadeante... yendo y viniendo. Y pienso que si como un bocadillo de panceta y queso, tal vez me calme y pueda dormir (pero me dirijo al dormitorio en busca de cigarrillos). Y encuentro un paquete aplastado junto a la máquina de escribir -en la que 36 horas antes, aproximadamente- he dejado un folio en el que he mecanografiado a duras penas un par de frases mediocres (¡respira!). En ese instante me percato de que nunca más en mi vida escribiré algo bueno.
… cada mañana que abro los ojos y no tengo muy claro ni que día es ni quien soy...
Cada vez que intuyo que he olvidado algo de vital importancia... cada mañana, cada tarde y cada noche...
Cada día, durante unos minutos pienso en el asesinato, en cuantos libros tendrán las bibliotecas de las cárceles de este país. ¿Y quién no lo hace?
Todo esto sucede cuando me quedo solo. Cuando se rompen esas cadenas -que si bien me desollaban la piel de los tobillos- me mantenían unido a la superficie rocosa del planeta. ¡Sí, malditos primates! Ese mismo planeta que ahora pisáis (con los pies o con el culo). Ya no es mi juego... porque yo ahora soy un eco de hace 60 años. Un fantasma del pantano, un vagabundo en Nueva Orleans y estoy allí. En un cuartucho, oculto tras una columna de folios macilentos... una sombra que viste un traje arrugado, color hueso. Que oculta su faz (bajo el ala ancha de un sombrero lleno de manchas de humedad) mientras os escribe esto. La criatura del pantano alarga sus óseos dedos de seda sibilina (cómo una suave brisa) para robar unos cigarrillos. Entonces podemos ver su piel traslúcida -pez abisal-, surcada por vasos sanguíneos azules y purpúreos y nos damos cuenta de que no es más que una larva del viejo tío Lee. Que algo se está gestando en su interior; otro monstruo más y mejor; algo que se remueve entre los fluidos gelatinosos... La larva se alimenta a través de los enormes poros, sonríe y escribe, nos guiña un ojo; enciende cigarrillos y baja la boca hasta la mesa -dónde el exterminador, dejó olvidado unos polvos amarillos- los lame, los recoge con la lengua y se los traga; luego lanza señales químicas. Antes de finalizar con la metamorfosis, quiere saber si es el único de su especie.
(Luego pienso que debería dejar de leer ese asqueroso libro, una y otra vez).
"Sigo muy pesado. Anoche me desperté porque alguien me apretaba la mano. Era mi otra mano... Me duermo leyendo y las palabras adquieren un significado cifrado... Obsesionado por las claves... El hombre contrae una serie de enfermedades que descifran un mensaje en clave..."
William S. Burroughs -El Almuerzo Desnudo-.
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Fecha de ingreso: 1 de Marzo de 2010
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Bendita ignorancia.
Cuando bajó del coche entumecida por los kilómetros notó la bofetada del aire gélido en la cara. Ya la habían avisado; no era casualidad que los habitantes de aquella región hubieran llegado a referirse a ese viento por su nombre de pila como si se tratara de un viejo conocido. Las últimas nieves aún no se habían fundido y eso parecía justificación suficiente para su enfado. Intentando esconderse entre sus brazos y bajo su cuello, se acercó al único bar del pueblo.
La espera no iba a ser agradable. Después de unos cientos de quilómetros tenía que aguantar los delirios de un loco. Todo, porque su jefa había creído oportuno reunirse con aquel tipo antes de publicarle ningún libro. No se trataba de nada en especial, apenas una docena de preguntas que les diesen la seguridad suficiente. No querían poner en peligro la editorial.
El ambiente del bar estaba demasiado cargado. El humo y los olores se mezclaban generando un aroma consistente nada agradable para el foráneo. Una partida de dominó, algunos viejos tísicos ante su taza de café humeante y mucho ruido. Demasiado. Aquella imagen la desanimaba tanto como el frío pero consiguió frenar el impulso de volver a la carretera y regresar por donde había venido. Buscó la mesa más cercana a la estufa de leña y abrió su agenda para poder fingir que no se había percatado de las miradas curiosas.
No habían pasado cinco minutos cuando él entró por la puerta; parecía haber estado esperando a que ella hubiera dado el primer sorbo de café. Su aspecto era curioso. Las ropas parecían viejas y los zapatos gastados. Llevaba la barba demasiado larga pero limpia. La cara llena de magulladuras le daba una apariencia violenta que la incomodaba.
Carmen vio algo en su mirada y su forma de andar que no le gustó. Aquel hombre ignoraba que llamaba la atención de todo el mundo a su paso. Ninguno de los presentes se alegró de verlo aunque todos parecían haberlo reconocido. Andaba ligero entre las mesas del bar pero sus movimientos no parecían seguros sino automáticos. La mirada, perdida en la pared del fondo, le daba un halo ausente difícil de encajar.
Se sentó sin presentarse; se colocó bien el abrigo y miró a Carmen por primera vez a los ojos. Notó como se le tensaban los músculos y frenaba su respiración. Nadie se atreve ya a mirarte, a invadirte de aquel modo, sin fingir una sonrisa que calme tus nervios.
-¿Y bien? –se limitó a preguntar.
-Como sabrá, hay ciertas cosas que necesitamos saber antes de decidirnos a publicar su obra- contestó sin andarse por las ramas.
Aquel tipo había recurrido meses atrás a su editorial con una obra muy peculiar, distinta. Podía parecer un soplo de aire fresco en el catálogo de autores con el que trabajaban pero las ideas expuestas por el protagonista y los hechos narrados podían generar un revuelo que a algunos peces gordos no les apetecía tener que calmar. También habían estudiado los beneficios publicitarios que podrían obtener en el peor de los casos, pero eso no había sido consuelo suficiente.
Que el escritor en cuestión se limitase a presentarse con un nombre común, sin apellidos, sin más datos que la dirección y el teléfono de aquel bar no había calmado los temores de los jefazos. Menos aún cuando se negó a mandar la pequeña biografía que exigían a todos sus escritores.
-Perdone que insista. ¿Y bien?
Su cara seguía completamente inexpresiva pero su mirada se tornó esquiva al repetir la pregunta. Volvió la cabeza ligeramente hacia la ventana. Carmen sintió no era la única que aborrecía tener que hacer esa entrevista.
-Como usted comprenderá, para trabajar con nosotros deberemos tener cierta información: nombre, documento nacional de identidad, cuenta bancaria…
-Mi nombre ya lo tienen. Tendrán que espabilarse sin el resto.
Su voz sonaba calmada y estaba exenta de toda entonación o emoción. Carmen no podía intuir nada de su lenguaje corporal porque éste no existía. Se sentía incomoda con aquella compañía y deseaba poder terminar cuanto antes. No le gustaba ver que la mayoría de la gente del bar los miraba ya sin disimulo. Menos, cuando se percató que el camarero tenía también la cara magullada. Demasiada casualidad en un pueblo tan pequeño.
-Le seré sincera- aclaró forzando una sonrisa y olvidándose del público- a la editorial le preocupa que el texto sí sea parte de su biografía.
Él sonrió sin girar la cabeza de nuevo hacia ella. No era una sonrisa calida ni bonita. Era una sonrisa irónica, perversa. Como si en ella se escondiera la confesión de mil atrocidades. Frunció el ceño y la miró de reojo helándole la sangre al instante. Aquel hombre había estado esperando esa pregunta y ahora iba a empezar a disfrutar de la respuesta.
Mi vida era una puta mierda y yo he era un jodido fracasado. Hace muchos años de eso. Trabajaba de director de producción de una fábrica de suministros para la industria del automóvil. En mi empresa, que me pagaba religiosamente por disponer de mí a tiempo completo, se fabricaban escobillas para limpiaparabrisas, motores de ventanilla y demás tonterías. Yo era un marido entregado y un buen padre. Había ciertas cosas que ya no me planteaba porque lo importante era seguir adelante, siempre adelante.
Cuando llegó la crisis del dos mil ocho estuvimos a punto de cerrar. Llegó el punto en que estábamos pendientes de un solo pedido.
Una mañana, me desperté antes de lo normal para ir a las oficinas centrales que mi empresa tenía en Madrid. Llevaba toda la producción estudiada: costes, plazos, suministros, transportes… Estaba convencido que volvería a casa con el pedido bajo el brazo así que estaba relativamente tranquilo. Al menos, hasta que a medio camino hablé con mi jefe que estaba nervioso por lo dos. Que el pedido era importante, decía; que nos jugábamos el cuello; que la planta cerraría si volvía sin el pedido; que tenía en mis manos la comida de doscientas familias; que la planta de Barcelona andaba detrás del mismo pedido; que era el momento de dar sentido a mi puesto en la compañía.
Poco a poco me fui enfadando. Hablar con mi jefe me hizo pensar que igual lo mejor era no conseguir el pedido, acabar con todo. Fue como si algo se rompiera dentro de mí y me di cuenta que solo buscaba una excusa. Ya nada tenía sentido y ya no me apetecía librar más batallas por nadie. Todo lo que hacíamos estaba muy bien; tener una vida en la que esconderte estaba bien. Pero tener que cargar con todo lo que el mundo quería poner a mis espaldas no lo estaba tanto. Ya no quería seguir pagando el alquiler de mi escondite y decidí dejar de fingir.
Seguí conduciendo durante cientos de quilómetros. El teléfono sonó infinidad de veces aquella mañana pero no contesté ninguna. Me limité a conducir y respirar hasta que el coche se quedó sin gasolina. Lo dejé tirado en la autopista y seguí andando. Jamás volví a llamar a mi jefe, ni a mi mujer, ni a mis hijos, ni a mi familia… Nadie volvió a preguntar mi nombre. Paré cuando sentí hambre y seguí andando. Unos días después, me instalé en una casa abandonada de un pueblo perdido. Yo no tenía nada que perder ni nada que ganar. Por fin fui libre y siendo libre envidié la ignorancia de quienes se quedaron en su cárcel.
Así que robé las cosas bellas para poder romperlas. Robé inocencia, robé libertad, robé honor y orgullo, robé amistad... Es gratificante ver como se puede hacer llorar al hombre más valiente si destruyes lo que mas ama. Hice llorar a muchos y casi me matan por ello.
Pero huí; busqué otro pueblo, más lejano, más perdido. Seguí destruyendo y robando hasta que de una paliza me mandaron de nuevo al hospital. Pero no fue un problema, se convirtió en una rutina. Yo robaba, mataba y maltrataba. Tarde o temprano alguien venia a buscar justicia y yo huía. Ahora llevo un año viviendo en este pueblo robando lo que puedo; por supuesto que es una jodida biografía.
Carmen empezó a sentir miedo como no había sentido antes. La explicación de aquella simple anécdota era una confesión en toda regla. Aquel hombre estaba asumiendo la autoría de palizas indiscriminadas, atracos a mano armada, asesinatos e incluso violaciones de una crueldad demasiado novelesca. Carmen había albergado la posibilidad de que se tratara simplemente de alguien que se había documentado de crímenes no resueltos para escribir su novela. Era mucho más que eso.
¡Estaba sonriendo! Disfrutaba de aquello, se alimentaba del miedo de Carmen y su mirada confesaba que sentía una gran satisfacción por todo lo que había escrito ahora que estaba hablando con alguien que sabía toda la verdad.
-Pero ahora mismo soy inofensivo- confesó.
Carmen no sabía qué podía creer y qué no podía creer de aquel hombre. Esa simple afirmación no la iba a tranquilizar.
-Vamos- la increpó.- No te quedes callada. ¿Cuántos charlatanes intentan dar a conocer la auténtica condición humana? ¿Crees que lo hacen por altruismo?- disfrazó la ironía de pregunta y continuó.- Lo hacen por envidia, porque cuando ves lo mezquinos y manipulables que somos ya no puedes ser feliz. Lo hacen por rabia a todas las cosas bellas tras las que se esconde la mierda.
Carmen no se atrevía a contestar después de haber leído el libro. Sabía de lo que era capaz aquel hombre y sólo pensaba en salir corriendo.
-Puedes convencer al mundo que tras unos pocas buenas personas y unos pocos buenos actos se esconde una realidad mezquina y repugnante pero fingirán no entenderte. No puedes apartar su mirada de las distracciones tan bellas que han puesto para nosotros- dijo abriendo los ojos mientras hacía una pausa y volvía a mirarla de frente.- Solo puedes destruirlas.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Trabajo en un psiquiátrico
Muy pocas veces digo a nadie que trabajo en un psiquiátrico. Es como si no me creyeran. Me miran raro, como diciendo “qué miedo, ¿no?”, o pensando “anda, que menuda ocurrencia, esta se cree que es psicóloga ahora”, mientras esbozan una sonrisa que pretende ocultar sin éxito su compasión. Resulta evidente que no se cambiarían por mí. Si fuera funcionaria en el ayuntamiento me dirían jocosamente “joder, vaya chollo”, y cosas por el estilo. Sin embargo, trabajar en un psiquiátrico, qué quieres que te diga, no es lo mismo. Mi puesto, además, es difícil de definir. Esencialmente mis funciones son de apoyo al personal médico y a los celadores. Pero el mayor trato lo tengo con los internos, procurando cubrir en lo posible sus necesidades diarias y, ante todo, haciéndoles compañía. Es muy gratificante, aunque no deja de ser durísimo. Llevó aquí ya diez años, siempre digo que 24 horas al día. Todos me consideran algo así como una celadora más, pero sé que mi labor es especial y la ayuda y comprensión que brindo a muchos enfermos es más afectuosa, agradecen que alguien sea menos profesional y menos distante, porque en realidad yo antes era cocinera, no enfermera ni nada de eso, qué va, simplemente cuando me separé de mi marido, decidí en cierta manera dar un giro a mi vida, o tal vez fue la vida la que decidió por mí.
El centro está ubicado en las afueras, en los viejos pabellones rehabilitados de una antigua leprosería. Algunos guardas dicen que en sus turnos de noche han podido escuchar las voces y gritos de almas de leprosos que debieron vivir aquí, sobre todo en los edificios y alas que quedan aún vacíos, pero yo no he oído nunca nada más que el soniquete de los internos, de día y de noche, cada uno con su silencio o su cantinela. Algunos de ellos, al contrario de lo que podría parecer, tienen un discurso muy coherente, dentro de su incoherencia, claro. Si prestas atención a las reflexiones solitarias de don Manuel, por ejemplo, alcanzas a escuchar a Euclides discutiendo con Pitágoras, riéndose a un tiempo ambos de los números, de la geometría y de sí mismos. Era profesor de matemáticas en una universidad que ni conozco, pero cuando empezaron a recibirse quejas de los alumnos y un tribunal médico confirmó que había perdido la chaveta, lo retiraron y su familia lo trajo aquí. Todo esto lo sé porque escucho las conversaciones de las enfermeras y celadores, que a mí tampoco es que me cuenten mucho. Hay otra interna, Mariana se llama, que a pesar de cantar como los ángeles, tiene en su repertorio una sola canción infantil sobre un perro pekinés, que debía ser la que le cantaba su madre antes de morirse cuando ella tenía siete años. Jamás he escuchado una canción más triste. Cuatro veces al día, puntualmente, se va a un rincón concreto de la sala grande, se sienta en el suelo y se pone a cantarla. Y también está Leopoldo. Es poeta. Vive en el centro porque no tiene familia que se haga cargo, pero sobre todo porque cada dos o tres semanas sufre una fuerte crisis de ansiedad y necesita control y medicación. Muchas veces soy yo misma la que veo apurado a Leopoldo y aviso a las enfermeras. Cuando permanece consciente, da gusto verle sentarse a escribir versos y escucharle después declamarlos a voz en grito paseando por el jardín.
Otros pacientes parece que son sólo personas a las que se les ha ido la mano con algunos “fármacos”, de los que se fuman y de los otros, pero nada más. No parecen estar más locos que yo misma. Si hubiera que creerse a pies juntillas cada diagnóstico psiquiátrico, ¿dónde iríamos a parar? Entre los internos más lúcidos corre el rumor de que tantas enfermedades mentales combinadas no pueden darse en un único paciente, y que los médicos se dedican exclusivamente a poner a diestro y siniestro etiquetas estándar, muchas de ellas acabadas en “-osis”, sin tener en realidad ni puta idea siquiera de qué sucede en sus propias cabezas. Todo esto lo sé porque estoy más próxima a los enfermos y más tiempo con ellos, pero los psiquiatras que pasan consultas de un minuto por barba no se enteran de nada. Incluso a veces tengo la sensación de que soy tan invisible para ellos como una chiflada más, si no fuera porque entonces vuelve la jefa de enfermería de su almuerzo y me manda a atender a algún interno, o llevar unas historias médicas a uno de los despachos en otro edificio, o ayudar en la cocina, que no me escapo de los fogones ni aquí, y con el trabajo diario se me olvida aquel desdén con que tratan a todo el mundo esos medicuchos que acaban de salir del huevo, un desdén que se parece al que me mostraba mi marido cuando empecé a no quererle como antes y a estar profundamente triste a todas horas.
Dije ya que mis labores eran muy variadas, igual estoy con los enfermos en el patio que haciendo labores administrativas, de acá para allá. Como soy el último mono, todos me dan órdenes que yo procuro cumplir, manteniéndome ocupada. Lo esencial es que haya siempre alguien con los enfermos. Casi siempre estoy a cargo de los pacientes que no se consideran “peligrosos”. Aquellos que se puede autolesionar o atacar a otros internos están atendidos por enfermeras con experiencia, en celdas individuales, y vigilados por celadores tan grandes que incluso a mí me dan un poco de miedo. Parece que para trabajar de celador en este psiquiátrico has tenido que ganar antes un par de concursos de culturismo. Si no, no te dan el puesto. Al principio, un celador de estos, que ya no trabaja en el centro, me echó una mano la primera vez que Anselmo, un enfermo que se pone pesado a menudo, intentó tocarme las tetas en uno de los pasillos más solitarios. Ahora ya sé cómo controlarlo y resulta ser bastante inofensivo, pero nunca comprenderé por qué motivo la jefa de enfermeras no me informó del comportamiento de este interno. Tal vez fuera una novatada sin gracia. Otras enfermeras y celadoras han empezado a trabajar después y a todas se les ha puesto sobre aviso. Pero bueno, es agua pasada.
A día de hoy, ¿qué más da tener más o menos trato con los compañeros, qué más da que la dirección del centro me trate mejor o peor? Hace ya diez años que me abandonó mi marido y que mi vida se fue al garete. Para conseguir algún día superarlo, lo único importante ahora es poder estar lo más cerca posible de todos estos locos, que tan necesitados están de alguien que se ponga de verdad en su situación, y sepa ver que, el que más y el que menos, también está para que lo encierren.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
LA MAQUETA DEL PADRE DE JULIÁN
Julián jugaba mucho con la maqueta de trenes que su padre tenía en el desván de casa. Tenía ya dieciséis años y, sin embargo, no disfrutaba como un enano sólo con los trenes, sino también con las figuras. Cuando todo esto ocurría, sus ojos se ponían grandes como platos. Sus ojos eran del color de las algas, y cuando lloraba –lo cual ocurría con frecuencia- se ponían como el fondo del mar junto a las rocas de la orilla.
El desván era grande. Tenía unos ventanales por los que se colaba la luz solar durante el día y por los que se podían ver las estrellas y la luna –cuando la había- durante la noche. Las paredes estaban llenas de cuadros con fotos de otras maquetas del mundo. Las que más abundaban eran las de la maqueta más grande jamás construida, la de Hamburgo, en Alemania. En medio del desván estaba la del padre de Julián. Estaba a un metro del suelo, puesta como en una mesa enorme. Media diez metros de largo y seis de ancho.
Tenía de todo: trenes, vías, carreteras y coches; montañas, valles, colinas, un río y un pueblo. En el pueblo estaba la estación principal. También había una comisaría, un hangar de bomberos, un centro médico, un colegio, un mercado al aire libre y muchas casas con el tejado de pizarra y las paredes exteriores de madera. Todo estaba recreado con un detallismo sorprendente.
El domingo pasado Julián jugó de nuevo con la maqueta de su padre.
Cogió la figurita de un adolescente con mochila que estaba puesta en la calle. El chico comenzó a jugar a fútbol con otros chavales, pero éstos no le pasaban la pelota.
Enseguida se aburrió y marchó a la colina más cercana. Desde ella divisó el pueblo a sus pies. Pensó en lo difícil que le resultaba la vida junto a sus semejantes. En la quietud del entorno ideó un plan para que, una vez realizado, pudiera llevar una existencia agradable.
Bajó al pueblo y se dirigió al mercado. En una charcutería ambulante robó un gran cuchillo. Desde allí fue a la comisaría y se cargó a los policías a base de cuchilladas. Después acudió al hangar de los bomberos y los mató también a cuchilladas.
Luego fue al colegio. Subió al despacho del director, quien siempre llevaba chaqueta y pantalón de pana. Lo asesinó acordándose del día en el que había dicho a sus padres que necesitaba acudir a un médico especializado. En su aula estaban dando clase. Rabioso y llorando acuchilló a todos aquellos que habían presumido por haberse acostado con alguna chica, algo que él no había hecho todavía. Como eran figuras, no podían huir ni ofrecer resistencia. Después acabó con todos aquellos que se habían burlado de la pelusilla que había tenido como bigote y de que él hubiera sido el último en comenzar a afeitarse. Acto seguido asesinó a las tres chicas que le habían rechazado. Le dio el cuchillo a la profesora, quien había asistido a la masacre sin mover ni un solo músculo. Entonces el chico le dijo, aún llorando, que acabara con el profesor de gimnasia, aquel con el que se llevaba tan mal, no le soportaba. La profesora le dijo que encantada, que ya estaba harta de encontrárselo a todas horas por los pasillos. El chico pudo ver como ella acababa con el hombre que le había obligado a él, una y otra vez delante de toda la clase, a realizar esos ejercicios gimnásticos que nunca le salían, con la consiguiente humillación que eso siempre le había supuesto.
El chico dejó de llorar y salió al exterior. Prendió fuego al colegio, con el resto de figuras en su interior, la profesora incluida.
Gentes que pasaban por la calle corrían de un lado para otro y gritaban: “llamad a los bomberos, llamad a los bomberos…” Vieron que el chico tenía una caja de cerillas en una mano y el cuchillo, ensangrentado, en la otra. Observaron que sonreía con maldad. Y como los bomberos no aparecían, gritaron: “llamad a la policía, llamad a la policía…” Pero ni los bomberos ni la policía aparecieron por allí, muertos como estaban.
Así que un viejo de pelo blanco le quitó el cuchillo al chico y mató a un perro que defecaba en la calle y a su dueño, que se parecía mucho. Otro hombre que había allí, gordo y con un jersey rojo, le quitó el cuchillo al viejo y degolló a un señor con el que poco antes había mantenido una acalorada discusión de política. Tiró el arma al suelo, asustado. La recogió una señora de pelo teñido de granate. La señora fue a asesinar a sus vecinos, que hacían siempre mucho ruido. Lanzó el cuchillo por la ventana y de nuevo fue a pasar a manos del chico.
Éste puso rumbo a la estación de trenes. Cuando arribó, a pie, había una larga cola. El señor de la ventanilla salió de su puesto. Era el jefe de la estación, pues allí no había más personal que él. Tenía un bigote negro e iba vestido todo de azul, con gorra y todo. Le preguntó al chico qué narices hacía con un cuchillo tan grande como ese. El chico le dijo que era para matar gente.
-Entonces déjamelo –le pidió el jefe de estación, quitándoselo.
Y el señor cogió y mató a todos los que estaban en la cola, aquellos que cada día le habían preguntado cuánto costaba el billete y a qué hora salía el tren.
Se llevó al chico al ferrocarril que esperaba en el andén. Puso la punta del cuchillo ensangrentado en la papada sudorosa del maquinista, y le obligó a iniciar la marcha.
El tren corría y corría por las vías alejándose de aquel pueblo. El chico estaba muy feliz, con la cabeza sacada por la ventanilla de la máquina, dándole en la cara la brisa de los valles y las montañas por las que pasaban.
Pero el tren volvió, porque las maquetas tienen un circuito cerrado y aquél siempre retorna a su punto de partida.
Julián puso el interruptor de la maqueta en off y el ferrocarril se detuvo. Comenzó a llorar, tapándose los ojos. Se acercaba la hora en la que su padre siempre le obligaba a tomar la medicación.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
COCAÍNA
Ella tenía la mercancía. Ella tenía los cuarenta kilos de cocaína. Él estaba muerto y ella, ahora, tenía la mercancía. En un descampado rodeado de miles de árboles, profunda noche sin luna, luces del cochazo encendidas. En algún punto no muy distante y perdido entre las ramas se consumió el ruido del disparo. La pistola aún caliente temblaba en su mano derecha. Alrededor de aquel calvero: la negrura de un bosque frondoso. ¿Cómo había llegado allí? ¿Por qué había apretado el gatillo? Debía calmarse, detener los millones de sonidos que oía en su cabeza… El coche echaba humo por el tubo de escape, las dos puertas abiertas consentían la huída de una música alocada; y las luces de los faros dibujaban nítidamente un cuerpo inmóvil en el suelo.
Su alrededor se repetía como en una película demasiadas veces vista. Dentro del cochazo: una pistola (la de él), algunas balas, el teléfono móvil, cocaína sobre un espejo y por todas partes y whisky. Fuera del cochazo: restos secos de comida basura, botellas vacías y un cadáver... Comenzaba a recordar... Tenían un plan. Habían decidido ir a la costa a vender la mercancía, allí tenían buenos contactos. Sin embargo, no recordaba cuándo iniciaron el viaje: parecían haber transcurrido meses. De ciudad en ciudad. Sexo y más sexo en moteles, en esos asientos o en cualquier descampado como aquél. Sin descansar. Cerrar los ojos implicaba sucumbir a la locura. Sin embargo a veces no había más remedio que caer como caen los edificios demolidos. Tenían cocaína para luchar. Y whisky. Y siempre aquella música veloz. Una y otra vez.
Pero entonces: ¿Cómo había llegado a disparar contra él? No tenía respuesta. Sin saber por qué, recordó ahora a dos agentes que los pararon por exceso de velocidad, ¿cuándo fue?, le parecía tan lejano todo... Los agentes preguntaban, y ellos dos reían. Al poco tiempo se marcharon sin ni siquiera poner una multa. Los policías debían de ser imbéciles para no haberse dado cuenta de nada. O muy listos y quisieron evitarse problemas. El cochazo —ahora lo veía— tenía dos faros traseros rotos y una abolladura en una puerta. Pequeños golpes que no recordaba. La negrura de alrededor parecía haber cobrado vida, necesitaba agarrarse a un clavo ardiendo. ¿Qué sabía? Sabía que él estaba muerto. Y lo había matado ella. ¿Por qué? Creía quererle... No, ¡qué estaba pensando!..., pero... No estaba segura de nada, excepto de que ella tenía la mercancía, los cuarenta kilos eran ahora suyos. Se debía serenar. Y se puso cuatro rayas: dos por agujero. La escena era siempre la misma: en un descampado rodeado de gigantescos árboles, en profunda noche sin luna, un cochazo consumiendo gasolina con las dos puertas delanteras abiertas, las luces encendidas y la música a todo volumen, y una mujer delgada con cara de serpiente vestida de cuero yendo de aquí para allá mas sin moverse un metro del sitio, y un cadáver tumbado sobre tierra y piedras y pequeñas ramas secas.
Por suerte, no sentía remordimientos. La cocaína le daba la razón: ella estaba viva y él muerto. En ese momento recordó cómo él le pegaba y reía. Ella primero lo pedía porque follaban como posesos; pero empezó a no gustarle. Le gritaba que parase, pero él, excitado al máximo, continuaba gritando y no dejaba de atizarle... Pero aquél era únicamente un recuerdo; no, por eso no le había disparado. A ella le faltaron unas rayas mientras él seguía bien puesto. Otras veces había sido al revés y era ella la que le mordía hasta hacerlo sangrar mientras él le gritaba que se detuviese. ¿Entonces? ¿Entonces?
¿Por qué estaba allí? Quizá esa pregunta le ayudase a razonar. Recordaba un volantazo y atravesar un camino estrecho entre miles de árboles. Fuera, detrás de su ventana, entre raya blanca y raya blanca, se sucedían frenéticamente un sinfín de caras monstruosas y objetos metálicos punzantes. Pero dentro se encontraban a salvo. Reían atronadoramente, como locos, sin conocer por qué o de qué. Y sonaba la música perfecta. Él conducía, y a veces le acariciaba las piernas. Ella preparaba las dosis en un espejo en donde no era capaz de ver su reflejo, y a veces le tocaba el pelo. Sí, ella lo quería; ¡no, ni mucho menos!…, ¡cómo podía siquiera pensar eso!..., ¡ella lo odiaba!... Aunque follasen a cada rato, no dejaba de odiarlo. Él la despreciaba, despreciaba su inteligencia, despreciaba sus opiniones con sonrisa burlona. Le llamaba zorra y puta, regodeándose. Pero tampoco era ése el motivo por el que lo había matado. Apretó el gatillo convencida, y que la despreciase no era suficiente para estar convencida. Apretó el gatillo porque no tuvo otra opción.
Durante su viaje habían estado en muchas ciudades y en todas armaban jaleo. A ambos les divertía ser el centro de atención. Le vino a la mente cómo se pelearon a puñetazos en una discoteca. Le vino a la mente cómo sacaron las pistolas para robar una caja de botellas de whisky en una licorería.
Ahora era consciente de haber alcanzado el límite: por muy tonta que fuese (o se hiciese) la policía se habían esmerado demasiado dejando un claro rastro como para que no hubiese ya alguien vigilando sus movimientos o al menos sobre aviso de permanecer alerta a tal coche y a tales sujetos; además siempre salía el poli recto y moralista. En adelante debía actuar con cuidado… Ya no eran una pareja, ahora ella mandaba, ella tenía la mercancía. Es decir, estaba sola, aquella certeza trajo consigo una sacudida interior y se pudo ver por un instante sola en ese calvero, ahuyentando a la locura sin conseguirlo completamente.
No tenía ni idea de dónde se hallaba, los mapas se habían perdido hacía muchos kilómetros. Era probable que ya estuviese cerca de la costa, mas también que le quedasen unos cuantos cientos de kilómetros. Además, aquello ahora no importaba. Comenzaba a razonar. Debía enterrar el cadáver. Entonces apagó el motor del coche. Y luego quitó la música, aunque finalmente sólo bajó ligeramente el volumen porque al apagarla estalló el bosque en desgarradores gritos de oscuro silencio.
Se preparó dos rayas y rápidamente las esnifó. Después agarró del brazo al cadáver y lo arrastró como pudo hasta donde las luces largas del cochazo chocaban con los árboles. Llegaba poca luz y la música sonaba como en un tocadiscos viejo. Oía mil ruidos. Sentía a la locura horadando su cerebro. Pensar, tenía que centrarse, aguantar. Resistir el envite. “¿Y cómo voy a cavar?” No tenía palas, no tenía nada con lo que hacer un maldito hoyo. “Tranquila, tranquila, tranquila.” Resolvió desnudarlo. Con la ropa y las pertenencias se las apañó para hacer un petate. Además decidió que el cuerpo debía quedar ahí, llevarlo en el maletero del coche suponía demasiado riesgo. Había un arbusto enorme cerca, a uno de sus recovecos consiguió llevar el cadáver y luego lo cubrió de ramas, piedras y tierra. No era un buen escondite, “pero qué puedo hacer…” Como mínimo tenía hasta que saliese el sol. Y seguramente un poco más. Le dio la espalda y comenzó a caminar. Sus pies parecían de plomo, por suerte la música sonaba con cada paso más fuerte, protegiéndola de aquellas voces agobiantes con que gritaba el vacío negro de su alrededor. Logró llegar. Entonces miró a todos lados: Se sintió atrapada por aquel cuadro siniestro en el que se despertó hacía ya un rato por el sonido duro y seco de un disparo de la pistola que temblaba entonces caliente en su mano y que ahora reposaba indiferente en el salpicadero.
Trató de respirar profundamente sin conseguirlo, y se preparó dos rayas. Grandes. Una por fosa; ahora sí se sentía mejor. Ahora la música era de nuevo perfecta.
Él estaba muerto y ella no. Él estaba muerto y ella tenía la mercancía.
Debía deshacerse del petate, que metió en una bolsa, lo quemaría todo tan pronto pudiese. También debía deshacerse de su pistola. Después: buscar algún pueblo, lejos, dejar pasar unos cuantos días…, cuando quería podía parecer una perfecta turista… Se fijó en el cochazo: la cocaína parecía salir por los cristales, además apestaba a whisky... ¡El whisky, se había olvidado del whisky!, y aquello era justo lo que necesitaba. Bebió un buen sorbo que se deslizó por su garganta como agua fresca. “Mucho mejor”. Se puso a limpiar el interior del coche, retirando toda la basura acumulada. Tardó poco, iba veloz. Introdujo todo en la misma bolsa que aún agarraba en su mano. Y ésta fue al maletero, en el doble fondo, junto con la mercancía.
Todo iba bien. “¡Convéncete!” Tenía gasolina, tenía whisky y tenía cuarenta kilos de cocaína. Él estaba muerto y ella no. Sabía que nadie lo echaría de menos. En la costa vendería hasta el último gramo sin mayores contratiempos, como siempre. Quizá preguntasen por él, pero dejarían de indagar cuando respondiese que murió de un disparo. No había que dramatizar. Él se merecía lo que le había ocurrido. Ahora lo sabía: Ella lo mató porque él no le había dado otra opción.
Cerró la puerta del acompañante y se montó en la parte del piloto. Ahora conducía ella. Por los fabulosos altavoces del cochazo comenzaba a sonar una de sus músicas favoritas. Rápida y contundente. Cerró también las lunas y puso el aire acondicionado a veinte grados centígrados. Exhaló el aire de sus pulmones y en la nueva inspiración saboreó el volver a ser ella misma. Confianza. Se preparó cuatro rayas. Dos por agujero. Y bebió whisky. Era justo lo que necesitaba. Aquella música empezaba a envolverla aislándola de cualquier otra circunstancia. Arrancó. El motor rugió en aquel vacío. Pero ella no podía oírlo. Pisó el acelerador con rabia. Recorriendo aquel camino estrecho rodeado de miles de árboles, movía su cabeza al ritmo de la música evitando doblar la vista hacia los flancos del coche en donde sabía que horrorosos rostros y angustiados gritos de metal chocaban una y otra vez con su infalible capa protectora… Ella estaba dentro y ellos fuera. Y ella tenía la mercancía. Y él estaba muerto. Ella lo había matado. Se lo había merecido. No tuvo otra opción. O él o ella: Ella. Por supuesto. Sin dudar.
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Vale cualquier relato de no más de 1.7OO palabras, que contenga la locura en cualquiera de sus acepciones.
Y más datos:
Fecha límite de presentación: Jueves 11 de Marzo
Hora límite de presentación: 22:00 hs.
*Se agradece leer las bases para participar y no molestar mucho al Mdc, que es nueva en esto y no tiene ni puta idea, pero hará lo posible por resolver vuestros problemas.
¡Ala! ¡A escribir!
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