Elogio de la mujer madura
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Boswell (desconectado)
Fecha de ingreso: 6 de Mayo de 2010
A nosotros nos gusta la mujer madura, y la queremos y la deseamos. Y ella no lo sabe. Ni se lo imagina, nuestra querida y tierna mujer madura.
Nosotros tenemos un concepto de mujer madura que no es cronológico. No depende de su edad sino de su madurez. Podríamos hasta intentar una definición: es aquella que ya ha cumplido su sagrada misión: nacer y criar a sus hijos.
La mujer madura se redescubre y se vuelve hacia así misma cuando ya sus hijos no la necesitan tanto, que suele ser en la adolescencia, esa edad en la que los hijos repudian a sus padres, reniegan de ellos, para reencontrárselos de nuevo cuando ya son jóvenes adultos. No lo hacen para fastidiar, por maldad o por egoísmo, sino para alcanzar el estado que le permitirá vivir sin sus padres todo el tiempo a lado: la emancipación sentimental, mucho más importante y definitiva que la económica. Hay hombres y mujeres que nunca se terminan de emancipar sentimentalmente de sus padres, y lo pagan con una vida infeliz, falta de carácter, personalidad propia e insana dependencia. Nunca unos padres deben oponerse a esa emancipación sentimental de sus hijos, o estarán capándoles el corazón y sus afectos para siempre.
La mujer madura se observa y se mira después de tantos años de observar y mirar a sus hijos. Y lo que descubre no le gusta: ya no lleva la talla cuarenta, sino dos o tres más. Ahora ve arrugas que no existían, y su brazos son más flácidos, y su pechos, antaño la primera bandera que provocaba la mirada y la pasión de los hombres, ahora caen lánguidos y sin vida, después de haber dado tanta. Se mira desencantada las piernas que antes lucía con orgullo, o un vientre de madre, que ya nunca podrá a volver a ser liso.
La mujer madura se mira y no se gusta, y hasta llora y se deprime, y piensa que ya nadie le va a querer o a desear, y que ni siquiera es una mujer madura, pero una vieja. No sabe la mujer madura que su mayor tesoro no está a la vista, y que sólo aquellos hombres que de verdad merecen la pena, mediante su inteligencia y sensibilidad, sabrán encontrarlo y descubrirlo. La mujer madura es un oro enterrado que sólo merece unas manos fuertes y dulces que lo desentierre.
Caminamos por la calle, despistados y perdiéndonos de vez en cuando en nuestra propia ciudad, tan absortos estamos, como siempre. Y vemos que se acerca una pareja de mujeres. Los hombres, en la calle, descubrimos a las mujeres que se nos cruzan sólo cuando están cerca, y cuando ellas ya llevan mucho tiempo mirándonos. Al pasar cerca de nosotros, ellas miran al frente, haciéndose las distraídas, pero nos observan de manera imposible por el rabillo del ojo, a ver si las estamos mirando. La mujer, aunque no tenga ningún interés en el hombre con el que se cruza, quiere comprobar si no ha alcanzado ese estado tan temido: el de la invisibilidad.
La pareja de mujeres se acerca más. Una es muy joven, bellísima y en su plenitud. Es un espectáculo, una aparición, una flor muy joven que contrasta con el asfalto y el hormigón. A su lado camina una mujer madura. Es su madre. Se nota por el parecido y por la edad: tendrá cuarenta y cinco o cincuenta o más años. Nosotros admiramos por un segundo la promesa de vida que conlleva la hija, para pasar mirar y admirar a su madre, que es de verdad a quién queremos observar, aunque ella no lo sepa. La madre se siente observada, y, sorprendida e impaciente, no puede soportar más el fingimiento de mirar hacia adelante, y dirige su mirada a nuestros ojos. Comprueba, maravillada, que no estamos mirando a su hija, sino que es ella el único centro de nuestra atención. Durante unos segundos nos miramos, y nosotros le sonreímos y hasta hacemos con la cabeza un leve y educado gesto de saludo. La hija sabe que es pura visibilidad, puro escándalo de formas y rumores arrastrados de admiración. La madre acaba de descubrir que no es invisible, que todavía puede ser mirada y admirada por alguien, que además es un hombre bien vestido y atractivo.
Como esos vinos de noble cepa y privilegiada genética, que además han tenido los mejores cuidados y han residido en las mejores cubas, y que sólo deberían estar destinados a los más expertos y exquisitos paladares, así las mujeres maduras son para aquellos hombres que en verdad aprecian el tesoro, todo el oro que guardan, y que son capaces de merecerlo.
La mujer madura es la mujer superior a todas, porque además de su ya ajada belleza y sus ya no tan rotundas y firmes formas, esconde el mayor tesoro, el mayor logro de todos: la experiencia de una vida plena. La belleza se tiene y se pierde, pero la experiencia sólo se puede ganar a base de vida. La mujer madura era promesa de vida cuando más joven. Ahora es ya pura vida vivida. Nada hay más bello y auténtico que una mujer madura.
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