Recopilatorio 2009. Daniel Turambar.
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
Ah, vale, simpa, no lo pillé :(
Yo es que soy de intercarlar con paréntesis siempre, ¿por qué? porque suelo usar diálogos y cont tanta raya puede crearse confusión. Pero es algo mío de mí. En cuanto a formas curvas o rectas... ¿hace falta evidenciar lo obvio?
Pato, luego miraré más a fondo, hay cosillas que van sío o sí. En cuanto a 11... Es algo más literal, a lo paso de Rivendel... al poeta y el rubio se los lleva la corriente abajo y no saben más de la pelea... Y adoratirz, es que me mola la palabras, y sí pugnan ha sido la gran cagada no resuelta del relato. Miro a fondo y digo más.
¿Parece que Duende va ganando terreno? Supongo que habría que hacer una votación final. Sea como sea Cazafantasmas parece descartado.
¿Para qué cojones se meten en el río? ¿Hay ríos de ese caudal en Andalucía? Me gusta mucho más mi lectura. Pero que mucho más. En todo caso, no hay que cambiar nada. Rubio y Poeta no saben más de la pelea. Se supone que el Largo acaba con todos los chavalotes y por eso huye. Perfecto. Duende gana terreno.
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
1.- Los eucaliptos son los custodios tal vez habría que cambiar el que por un los cuales. ¿no?
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
Daniel, te costaría mucho hacer los cambios que aceptas y volver a colgar el relato? Prefieres que esperemos a discutir los flecos que faltan y luego colgarlos de nuevo.
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
Duende, revisión 1.
(Pequeños cambios que producen grandes efectos)
Duende.
La pedanía domina el regadío desde una pequeña loma. El intenso verde de las matas apenas es interrumpido por una hilera de eucaliptos mercenarios que custodian el curso del río. Durante el verano la población crece con los temporeros que llegamos de todas partes a recoger el tomate. Es un trabajo duro: la espalda encorvada expuesta a la fusta del sol, pequeños pasos y manos rápidas, sudor y tierra. Luego cargar las cajas orilladas y llevarlas hasta el remolque antes de recibir la soldada. Así de lunes a sábado, desde antes que amanezca hasta más allá de mediodía, cuando el sur se torna infierno y ni las bestias aguantan sin sombra. A las seis, siete según la calor, se paga una segunda ronda, que solamente consentimos los que no tenemos otra, hasta que los mosquitos despiertan y los hombres partimos en busca de descanso.
Dos carreteras, apenas caminos con un salpicón de asfalto, llegan hasta el pueblo: uno lo hace con los rayos del alba y el otro se pierde por un frío atardecer. Nadie supo por cuál llegó. Sólo que lo hizo un domingo. Un puñado de nosotros estábamos bebiendo el tiempo al fresco de los soportales de la plaza, entre naipes y bravuconadas amistosas, algún pincho de oreja, queso que nunca falta y el desparpajo de las mozas paseándose al sol tras deshacerse de la vigilancia de sus madres que, acabada la misa, se dispersaban cada una a su casa con más o menos devoción. El tipo salió de la iglesia tras el cura, a quien estrechó la mano antes de cruzar despacio la plaza, dejándose ver. Todo de negro, o al menos ese gris sucio que es el negro de los pobres. En la mano derecha una maleta también de luto. En el hombro izquierdo la funda lustrosa de una guitarra. Le di con el pie al rubio.
—Ahí, rubio: quédate con aquél que lo mismo acabas durmiendo encima suyo.
—¡Ea, poeta!, ¿el cuervo ese?
—A la pensión va y pocas camas quedan libres —todo el grupo escudriñaba ya al extraño con la misma mezcla de curiosidad y recelo con la que fuimos examinados nosotros, al llegar de nuevas, por la gente del pueblo.
—No, quillo, ese tiene pinta farandulero. ¿No le ves la guitarra, y lo flojo que anda? Y la patrona sólo admite hombres que la paguen bien... —La forma de arrastrar la frase, la lenta izada de la ceja derecha mientras guiñaba el ojo izquierdo y una media sonrisa, nos hizo romper a reír como críos que acaban de descubrir una palabrota nueva. Seguimos con la partida, los vinos, los pinchos de oreja, el queso que nunca falta y los contoneos indolentes de unas faldas algo más acaloradas.
El rubio y yo nos quedamos con otros a comer en el bar. Para la siesta fuimos a la pensión y lo vimos en nuestro cuarto terminando de instalarse. Al cabo entró la patrona e hizo las presentaciones. Pedro Negro. La patrona nos dijo que andaba buscando trabajo de jornalero, que si le podíamos decir al capataz para que empezara el lunes en nuestra cuadrilla. Le dije que yo me encargaba. Luego se quejó de que no hubiéramos ido a comer, con lo rico que le había salido el ajoblanco. El rubio le dijo que a él siempre le entraba algo de ajoblanco. Se marchó con ella, volviéndose para dedicarme un levantamiento de ceja.
Pedro no dijo nada: terminó de colocar sus cosas. Era moreno, muy alto y delgado. Era de ese tipo de hombres enjutos con una fuerza oculta pero tangible. Al acabar me preguntó cómo llegar hasta el río. Le indiqué y no volví a verlo hasta la noche, en la cena, donde apenas se interesó por la hora a la que saldríamos para trabajar antes de irse a dormir.
Por la mañana no hubo que despertarlo. Ya había desayunado y estaba esperando en la calle, fumando, mientras el rubio y yo aún peinábamos legañas. El capataz no puso pegas, le bautizó como el largo y le sacó el primer día a prueba y sin paga. El largo aceptó sin dejar luego duda de que le sobraban tablas en el campo. En el almuerzo se mantuvo callado, por más que las bromas del rubio le buscaran. Regresamos a la hilera hasta la hora de volver al cerro, parando en el río para lavar parte del cansancio. Comimos en la pensión y apuramos un sueño ligero. Por la tarde el largo se unió a los pocos que regresábamos por más candela, el rubio se quedó en la pensión pagando su cuenta. Por la tarde los humores se relajan, pero no el ritmo de la cosecha. Al ir decayendo, la luz aplaca el ánimo y a la vuelta poca diferencia había entre el lacónico largo y los demás.
El rubio también anocheció taciturno. Había encontrado una carta de su Maru en la alcoba de la patrona. Así, éramos tres vacíos en la habitación. El rubio en la litera de arriba acariciando a su mujer, allá en La Línea, a través del papel. El largo echando un vistazo, tras pedir permiso, a mis libros. Yo, cansado, fumaba junto a la ventana. El largo dejó los libros y sacó del armario la funda de la guitarra. El rubio no se percató del reverencial modo en que la abrió y sacó de ella el instrumento. La acarició y, sentándose en una silla, comenzó a afinarla. Primero las cuerdas más agudas. Las iba pulsando y luego giraba las clavijas. Comencé a no sentirme bien y me eché en la cama. El rubio dejó de leer la carta. El largo siguió afinando la guitarra flamenca, tensando o dando cuerda según le marcaba su oído. Entonces me pareció mera sugestión, pero podía notar como mis brazos y piernas se estiraban y vibraban con las cuerdas. Miré al rubio, pero no le noté nada. El largo siguió con los bordones y sentí cómo entonaba mi espalda. Cuando terminó, dejó el instrumento en su funda y la funda en el armario. Me miró y sonrió. Dio las buenas noches y se metió en la cama. El rubio ya roncaba. Yo no sentía el mismo cansancio inquieto de antes, sino el delicado que anticipa un sueño como dios manda.
El paso de los días y una nueva carta de su Maru, entregada esta vez puntualmente, repusieron el ánimo del rubio. Por lo demás las jornadas se sucedían con la esforzada rutina del campo. El largo continuó templando las noches de quienes le oíamos afinar la guitarra, que nunca tocó en la pensión. Los domingos se marchaba, con el instrumento a la espalda, hacia al río. Algún chisme salió de aquello, pero no le di importancia. Pedro era buena gente y trabajador, lo demás a nadie incumbía.
Habrían pasado tres semanas desde que le viéramos salir por primera vez de la iglesia. Algo distinto agarrotaba el aire de ese domingo. Se vieron pocas niñas en la calle, y a los quintos se los notaba inquietos, alimentando la malicia de un celo ancestral. Se barruntaba tormenta y tenía que averiguar si había motivo. Salí del pueblo dando un rodeo y bajé para el río. A medio camino vi que el rubio iba corriendo también hacia allí. Le llamé.
—Rubio, ¿qué diablo te sigue para que corras así?
—Déjate de diablos, poeta, que los del pueblo hablan de ir por el largo.
No tuvo que decir más. Apretamos la carrera hasta llegarnos a la linde de los eucaliptos.
No fue difícil encontrar al largo siguiendo la música de su guitarra, una tonada festiva que, según nos acercábamos, nos iba colmando con un sencillo contento que ahuyentaba nuestros temores. El largo estaba junto a la orilla, sentado sobre un tocón, con varias jóvenes escuchándole. Fue fácil adivinar que la placidez de las muchachas manaba de la guitarra, como lo hacía también la del rubio y la mía.
—¡Tanguillos! —dijo el rubio y se puso a palmear a la vera del artista.
Algunas comenzaron a bailar y otras hicieron coro a las palmas del rubio. El tanguillo acabó. El largo accedió a una petición del rubio, quien rompió a cantar al hilo del “tiriti tran, tran, tran”. Las niñas comenzaron a bailar, girando unas alrededor de otras, ciñendo sus cuerpos espigados. Yo me vi de repente rodeado de ellas, pleno como debe sentirse un dios entre sus adoratrices, excitado como un quinceño que huele una hembra por primera vez.
La canción se desvaneció y aún me rendí a unos ojos pardos durante un instante más, antes de recordar a qué habíamos bajado al río. La realidad se anticipó a mis palabras. Un grupo de jabatos nos rodeó en el claro. Las intenciones estaban bien afiladas. Eran siete. Las mujeres fueron espantadas por el desprecio de sus ojos. El rubio y yo nos preparamos para la pelea. El largo permaneció sentado en el tocón con la guitarra sobre las piernas.
Cuando el más bravo de ellos hizo ademán de arremeter, el latigazo de la cuerda más aguda nos mordió el bajo vientre doblándonos de dolor. El largo dudó al vernos, pero le hice seña de que siguiera. Enlazó unos compases.
—Peteneras —dijo el rubio antes de sumergirnos en el río.
Bajo el agua, los desgarros y quejíos con los que contendía el largo no nos laceraban tanto como a los mozos. Aún así, uno logró arrojar una gran piedra que destrozó la guitarra. En ese impás, dos se abalanzaron contra el largo. Los filos probaron sangre, pero sin paladearla. A puñetazos, el largo volvió a verse libre y, ahora, armado. Golpeó hoja contra filo, retador. La corriente del río crecía, al tiempo que la voz del largo se acompasaba con el metálico martilleo, alejándonos de allí. Cuando conseguimos salir del agua volvimos al pueblo sin esperanza de volver a saber nada más de Pedro Negro.
De madrugada, un rumor me hizo despertar. El rubio roncaba en la litera de arriba. Una sombra hurgaba en el armario.
—No temas, soy el largo.
—Pedro...
—¿Estáis bien?
—Sí —dudé si preguntar—. Eso que haces con la música...
—El duende... No puedo decirte mucho. Lucha por salir y apenas lo encauzo, pero su efecto en la gente depende de cada persona.
—Entonces lo que sentí en el río...
—El duende puede castigarte pero no obligarte a nada que no desees hacer o creas merecer.
Silencio.
—¿Qué pasó con los chavales?
—Ahondaron en su pena —terminó de hacer la maleta—. Debo marcharme —me tiende la mano—. Adiós, poeta.
—Buena suerte, largo.
Se marchó sin más.
Ese lunes no fuimos al campo. Ni en toda la semana. Se decretó luto. Los cuerpos aparecieron esparcidos a lo largo de la rivera del río. Nadie dudó cómo habían muerto: ahogados. Nadie pudo aventurar el porqué. La marcha del largo pasó desapercibida. Dejó el dinero que debía a la patrona y no volví a saber de él.
Para el miércoles, el rubio ya había vuelto a La Línea con su Maru, tampoco tuve más noticias.
Yo dejé la pensión y me asenté en el pueblo, con la esperanza de que aquellos ojos que me encandilaron junto al río me regalaran más alegrías.
Ernie (desconectado)
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
Vamos a ver si fustigamos al señor Turambar un rato.
Cazafantasmas. El relato es muy bueno, la estructura es, sin duda, lo mejor, lo hace dinámico, ágil, trepidante, pero las partes narradas (sobre todo la explicación final), a mi parecer, bajan un poco el listón. También es verdad que alargar mucho este tipo de estructura lastran el relato que va perdiendo fuelle a medida que avanza. Pienso, además, igual que otros, que no es representativo del estilo de Daniel. No se lo daría a leer a nadie como un primer relato suyo, sí más tarde, como demostración de lo bien que escribe este muchacho y las virguerías que hace, pero de entrada, no.
Duende. Para captar toda la fuerza y originalidad de este relato hay que haberlo leído dentro del certamen en que se presentó (Superhéroes). Fue mi cinco de largo. Fuera de este contexto, no es que pierda, pero sobresale menos, nadie va a pensar en él como un relato de superhéroes y ésa es sin duda, a mi juicio, una de sus mejores bazas: es una idea fresca y original, una nueva visión de un superhéroe fuera de un ambiente de mallas de licra y rascacielos. En cuanto a si es muy descriptivo, si está sobrecargado, si es floja la trama... Tras releerlo a mí no me sobra nada, me sigue encantando.
La importancia de hacer la cama. Me quedo con éste. La idea es buena, el desarrollo es bueno, las descripciones, la trama, el dibujo del personaje (se toque en la ducha o no). Es bueno y punto. Además, es sólido, absorvente, se defiende sólo por sí mismo, quiero decir, que si en un recopilatorio de 20 ó 30 autores me topase con él, me gustaría seguro, me llamaría la atención y querría leer más del tipo que lo escribió. Sí es cierto que hecho en falta un poquito de más chicha al final, ¿porqué abandona su apatía la protagonista? ¿Qué ha pasado? Ahí sí que creo que deberías dedicarle un mínimo, aunque fuese una pista en medio del relato, un par de frases, algo.
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
simpatialaboral (desconectado)
Fecha de ingreso: 6 de Diciembre de 2009
¿Nadie da una segunda opinión sobre los del Rubio, el Poeta y el Largo? ¿Deben ir en minúscula o en mayúscula?
Los apodos, en mayúscula. Los propios comunes, en minúscula, aspirina. Aunque el Aspirino, es un buen sobrenombre para el de la Aphoteke (la farmacia; es que los alemanes escriben todos los sustantivos en Mayúscula; paliza que se llevarían el Günter Grass y la Elfriede Jeliniek, aquí dentro)
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
Señores, se acaba el tiempo.
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
Mi prevoto es para duende: creo que con los pequeños retoques ha mejorado, después de leerlo varias veces le he cogido hasta cariño. La cama tiene la misma calidad, pero creo que le falta un poco de "duende" (eso es ironía?).
simpatialaboral (desconectado)
Fecha de ingreso: 6 de Diciembre de 2009
bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
La verdad es que me quedaban raros en mayúsculas, pero no es algo que me importe ni tenga especial significado, si la norma dice que parriba pues parriba, es un buscar y reemplazar.
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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simpatialaboral (desconectado)
Fecha de ingreso: 6 de Diciembre de 2009
Cuando vas a terminar con un punto, el segundo guión, el de cierre, No se emplea.
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