RECOPILATORIO 2009 (RELATOS SELECCIONADOS)
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
IRACUNDO
Preston salió de la iglesia y pasó junto a un viejo caballero que, arrodillado, rezaba: “Perdóname, Señor, porque soy débil y cobarde”. Chasqueó los labios y enfiló a las caballerizas ajustándose el yelmo. Algunos pajes sacaban apresuradamente los caballos de los nobles, cargados de armas.
Su mozo esperaba fuera sujetando a los mastines; llevaban un día sin comida por orden del amo y parecían a punto de morder cualquier cosa. El mozo sintió alivio cuando Preston cogió las correas y le ordenó ensillar su yegua. Los perros se rozaron contra las pantorrillas del caballero sin conseguir moverlo. Preston tuvo que sujetarlos con más fuerza cuando algunos mercaderes cruzaron la calle dando prisa a sus bueyes y enseres.
“Huyen da la ciudad”, pensó, “tienen instinto”.
Los nobles que aguardaban en el patio de armas no tenían nada de dicho instinto y, seguramente, ansiaban el momento de marchar a la montaña para combatir al dragón. Ni siquiera estaban pensando en el hierro, tan sólo en la gloria.
El mozo salió de las caballerizas con la yegua oscura de Preston. El caballero despidió al mozo con una generosa propina, dado que no tenía fe en que volvieran a verse sino frente al Creador, y montó sobre Jineta para dirigirse donde los nobles. Arma y Castigo lo siguieron cruzándose revoltosos tras las el paso de la yegua.
En el patio de armas había una docena de nobles blasonados, amparados por sus cuñados y sus yernos que también montaban caballos de guerra, que también se habían costeado armas y servicio para la batalla. Reían, bebían, se impacientaban, como campesinos esperando en un prostíbulo. Ni siquiera Sir William, cuya hija seguramente estaba ya en la panza de la bestia, parecía doloso o preocupado. Al contrario, se mostraba orgulloso de que el secuestro de su hija hubiese movilizado todas aquellas lanzas.
Desde la torre del homenaje, el Rey sujetaba una pesada cortina con el dorso de la mano, prácticamente invisible teniendo el sol a la espalda del edificio.
“Él sí piensa en el peligro y en el hierro”, meditó Preston, “está pensando en la guerra que sí tiene importancia, la que llegará cuando su hermano consiga reunir doscientos barcos para regresar a casa”.
Del Rey pasó la mirada a las almenas, a los tenderetes de comida y de ropa, a los cobertizos, los almacenes y las despensas. Demasiada madera.
El Rey cometía el error de compararse con el dragón, pensando que el dragón defendería su montaña para que no se la arrebataran, como él defendía su trono desde el trono.
“Pero tú no eres un dragón”.
Preston sabía algo de dragones, porque había perdido un regimiento de hombres luchando contra uno, según se contaba, y había sobrevivido. Los nobles, cuando se percataron de que estaba entre ellos, fueron guardando silencio esperando que lanzara una arenga. Preston estaba convencido de que, hasta el más temerario de todos ellos, incluso con armas y armadura, evacuaría sus mierdas con uno sólo de sus mastines que se le arrojase encima. Y el dragón era un mastín del tamaño de una yunta de bueyes, que arrojaba tal ácido por las fauces que prendía la carne o la madera al contacto con el sol, y que podía arrancar la techumbre de un hogar de un solo coletazo. Su piel era dura como la de un jabalí. Y era listo como un lobo.
Preston se ajustó el hacha de doble mango a la espalda. Comprobó las correas de su lanza. Pidió perdón al Señor por saber tanto sobre lo que la experiencia le decía que haría la bestia y guardar silencio.
La cueva era enorme, pero no estaba llena de tesoros ni de huesos. Regianak se mantenía sobre las cuatro patas inclinado hacia delante, los sentidos concentrados en todo lo que viniese del valle, donde los hombres, sin duda, afilaban los tesoros de la Tierra.
Lady Margaret se apoyaba en la superficie musculosa de su pata trasera, acariciando la escama blanda y negra. El dragón era como una escultura caliente que olía a hombre y a bestia y a metales.
Regianak se movió. Cada vez que se movía, era como un milagro oscuro que hacía que algo excitante creciese dentro la doncella. Acariciarle era como acariciar a la muerte. Olerle era como oler al diablo. Oírle era como oír hablar a Dios.
- No has de temer – dijo Regianak, mirándola por encima de sus alas encogidas – Acabará pronto.
- Vámonos a otra montaña – suplicó ella.
Regianak tomó aíre buscando ser paciente y terminó de volverse hacia la dama.
- Nuestras eran las montañas y de los hombres los valles – dijo – Así estaba establecido hasta que los tuyos comenzaron a olvidarse, debido a sus cortas vidas. Pero no nosotros – Regianak apartó la mirada y movió el largo cuello, majestuosamente, mostrando la cueva, – Esta es mi montaña. Y todas las montañas importan.
- ¿Por qué? – insistió ella - ¿Por qué importan todas?
- Porque el hombre no debe poseer sus dones – dijo con tanta convicción que la misma cueva sufrió un temblor grave e iracundo. Después, el dragón suavizó su tono y volvió a agachar la cabeza – Porque el hombre es capaz de decir que una hija a la que desprecia ha sido raptada, para ganar el favor de un Rey que no quiere justicia, sino hierro, para seguir en un trono que pertenece legítimamente a su hermano.
La doncella no entendió todo el significado de sus palabras, pero sí entendió que su decisión era inamovible.
- Quizás te maten – dijo.
- Quizás – respondió el dragón.
- Entonces, quiero que me devores – suplicó lady Margaret – Te amo desde la primera vez que sentí que podías devorarme.
El dragón no emitió respuesta de inmediato. Alzó la cabeza y estudió la convicción de la dama. Meditó todas las opciones en un segundo y estudió su propio corazón. Entonces dijo:
- Sea.
Atacó con rapidez y con amor y se volvió hacia la entrada de la cueva. Se dejó caer hacia los cielos dejando en el suelo un reguero cálido y valiente.
El dragón había pasado sobre sus cabezas hacía buen rato y los nobles estaban confundidos, en cierto modo aliviados cuando vieron la importancia de su enemigo y cómo se alejaba de ellos. Algunos preguntaron por Preston, el experto en dragones, pero no pudieron encontrarlo. Algunos lo llamaron cobarde.
Luego alguien dijo que veía humo proveniente del castillo. No hubo que esperar a los mensajeros para entender la estrategia del dragón y para que toda la partida se volviese sobre sus pasos para preocuparse de sus tierras, sus comercios y sus familias. Ni siquiera Sir William antepuso al regreso la vida de su hija.
Ellos no pensaban que la ciudad, a pesar de haberse quedado sin guarnición, pudiese estar de aquel modo destruida.
Regianak entró en la cueva realmente cansado. Se arrancó las flechas del lomo como un perro se muerde las garrapatas. Aún tenía prendido en las alas el olor del incendio. Otro olor le asaltó a los hocicos y le hizo ponerse en alerta.
Dos mastines salieron del fondo de la cueva, hambrientos y decididos, y saltaron a sus patas y en busca de su cuello como si pudieran darle muerte. Regianak los tiró por tierra con las zarpas y saltó hacia delante, encogiendo las alas, para hacer presa en sus lomos.
Entonces, Preston salió desde su escondite y atravesó el buche de la bestia con su lanza, y la clavó en la dura tierra de la pared de la cueva. El dragón intentó gritar, enloquecido por el engaño que había prevalecido sobre su engaño, pero el bufido salió tanto por las fauces como por la herida y sonó a vapor de lava. Tiró hacia arriba a pesar del dolor, a punto de quebrar la lanza, mirando con el ojo del flanco derecho cómo el caballero se pasaba el hacha de doble mango a las manos y levantaba la hoja como si tuviese todo el tiempo del mundo.
- No vengo por el hierro – dijo – Ni por la dama.
El dragón volvió a tirar hacia arriba rompiendo la lanza, pero el hacha de Preston cayó contra su cabeza antes que pudiera liberarse y le cerró los ojos para siempre. Hubo un último estertor. Luego, el silencio.
El cuerpo oscuro de la bestia quedó inmóvil, como una estatua que hubiese formado parte de la montaña. Preston se acercó a su cabeza muerta y susurró:
- Vengo por mis hombres.
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
Ernie (desconectado)
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
Un último baile
Julio dejó que su mirada deambulase por el lujoso salón. El suave sonido de un cuarteto de cuerda se entremezclaba con el rumor de las numerosas conversaciones. Algunas parejas bailaban al son de la música. Su interlocutor, un hombre de avanzada edad, calvo y sudoroso, estaba enfrascado en una disertación apasionada sobre la urgencia de tomar posiciones en el mercado asiático. Julio asentía de vez en cuando, con su mejor máscara de educado interés cubriendo sus facciones. Sus ojos se posaron en dos mujeres que hablaban en la otra punta de la estancia.
La primera, su esposa, Isabel, con la que había compartido más de treinta años de matrimonio, tres hijos y un pequeño imperio empresarial que había nacido en un minúsculo taller del centro y que ahora empezaba a expandirse hacia oriente. Llevaba un vestido negro de seda que realzaba su esbelta figura, el cabello rubio recogido de manera impecable y una mirada fría y acerada que dedicaba a su acompañante.
La segunda, su amante, Silvia, con la que se acostaba desde hacía ocho meses. Una joven que llevaba trabajando apenas dos años en sus oficinas. Había conocido muchas chicas como ella: una sonrisa de más, algún cumplido, una caricia inocente, reuniones hasta bien entrada la noche, alguna cena en restaurantes de lujo,... y antes de que se diesen cuenta ya estaban gimiendo sobre la mesa de su despacho. Le encantaba aquella mesa: robusta y grande.
Con un ademán ligero y una excusa a medias, abandonó al conquistador de Asia y se dirigió hacia ellas, al tiempo de ver cómo Silvia se alejaba con un aparatoso revuelo de ropas y una expresión en su rostro digna de las mejores tragedias griegas. A escasos metros de Isabel, ésta lo vio. Su rostro se contrajo imperceptiblemente y sus ojos se enfriaron como un témpano.
- ¿Bailamos, querida? –le dijo él con una amplia sonrisa. Ella dudó un segundo, en el que Julio casi creyó que lo abofetearía-. Vamos... No hagamos una escena –añadió, con un tono más bajo.
Rodeó su cintura con un brazo, apoyando su mano en la espalda mientras cogía la otra contra su pecho. Ella colocó su otra mano sobre su hombro, con un gesto tan mecánico como distante. Empezaron a deslizarse por la pista en una coreografía tan familiar como automática.
- ¿Sabes que estás muy guapa esta noche? –le susurró al oído. Ella se tensó, luego dejó escapar un bufido despectivo. Tantos años de matrimonio le habían enseñado bien qué precedían aquel tipo de frases. Aquella noche sonaba casi ridícula, aunque no pudo reprimir una especie de ansiedad que le aceleró el pulso.
- ¿Hace mucho que le dedicas estas frasecitas a esa niña? –le espetó con voz queda.
Él suspiró profundamente.
- Te puedo asegurar que no es tan niña como aparenta –le respondió, sin inmutarse.
- Eres un cínico –escupió ella.
- Es todo un halago, viniendo de ti, querida.
- ¿Sabías que está embarazada?
Los pies siguieron deslizándose sobre el suelo de madera, produciendo ligeros chirridos que se entremezclaban con el roce de los vestidos, al mismo ritmo invariable, imperturbable. Julio sonrió.
- ¿Eso te ha dicho?
- Sí.
- ¿Y la crees?
- ¿Por qué no?
- Claro –dijo él-. ¿Por qué no?
- También ha dicho que es tuyo –añadió Isabel tras una pausa.
- Claro. ¿Por qué te lo iba a explicar, si no?
Las parejas se movían a su alrededor en un carrusel de rostros sonrientes y fugaces. El salón giraba lentamente y sus luces los acompañaban al son de la melodía.
- Llevo muchos años aguantando tus tonterías, tus engaños. He soportado demasiadas humillaciones. Pero esto es demasiado.
- ¿Y qué quieres hacer? –le preguntó él, aparentemente tranquilo.
- Quiero el divorcio –sentenció ella.
Julio no se detuvo, siguió girando. Apretó más la mano de ella contra su pecho y ciñó aún más su brazo alrededor de su cintura, acomodando cada hueco, cada curva de su cuerpo al de ella como dos piezas de un mismo puzzle.
- ¿Es que no me has oído? –preguntó ella, molesta.
- Perfectamente.
- ¿Y no vas a decir nada?
- Sí. Que estás muy guapa esta noche –insistió.
- Julio. Hablo muy en serio –dijo ella, deteniéndose.
Él se apartó un poco y la miró directamente a los ojos, aquellos preciosos ojos verdes que lo miraban fijamente, fríos y duros. Observó su rostro, sus labios, y deseó besarlos. Ella pudo sentir su deseo y, aún a su pesar, notó un estremecimiento en todo su cuerpo.
- Vamos a bailar, querida –dijo él, con voz firme y tranquila-. Un último baile. Te explicaré una historia.
Ella pareció dudar pero se dejó arrastrar, intrigada, por aquella voz serena que tantas palabras dulces le había susurrado en innumerables y eternas noches.
- Hace muchos años (aunque mirándote nadie lo diría) –comenzó él, tras unos segundos-, poco tiempo después de que naciera David, fui a ver al doctor Esteban, ya le conoces. No era nada, unas pequeñas molestias sin importancia. Pero, tras examinarme, me recomendó que me hiciese unas pruebas. Para descartar.
- ¿Descartar qué? –preguntó ella, con un ligero matiz de inquietud en su voz.
- Nada, no te preocupes. Fue hace casi treinta años –sonrió Julio, apretándose suavemente contra su cuerpo mientras la guiaba en su recorrido por el salón-. El caso es que me dijo algo,... bueno, curioso. Al principio no le creí, aunque me aseguró que no había posibilidad de error. Después quedaste encinta de Susana y me dije: “ahora ya no hay duda. Se ha equivocado.” Así que, tan sólo para demostrárselo, repetí las pruebas.
Isabel escuchaba atentamente mientras un ligero temor tomaba forma en su mente. Julio unió sus mejillas y, acercándose a su oreja, bajo el tono de voz hasta casi un susurro. Un escalofrío recorrió la espalda de su esposa, que el ligero vestido dejaba desnuda.
- El resultado fue el mismo –anunció él-. Y cuando nació Martín, también.
- ¿Qué... qué quieres decirme? –balbuceó.
Él dejó que un dedo recorriese su espina dorsal, suavemente. Después posó sus labios en la base de su cuello y depositó un húmero beso, aspirando su intenso aroma. Ella notó la excitación de él y se estremeció, cerrando los ojos.
- Que el niño de Silvia no es mío. Sin ningún tipo de duda.
La mano de ella se aferró a su hombro, los dedos se crisparon ligeramente y giró su rostro hacia el de él, casi en contra de su voluntad, con los labios entreabiertos.
- Tal y cómo yo lo veo, querida –murmuró él-, tenemos dos opciones. Puedes llamar a ese picapleitos que lleva treinta años “asesorándote” y pasarnos toda la noche repasando esas pruebas, los contratos, las escrituras y todo el papeleo que te venga en gana...
Volvió a depositar otro beso en el hombre de ella, justo sobre el delgado tirante que sostenía el vestido. Dejó descender su mano hasta la cintura, donde sus dedos se separaron de manera casi casual, explorando audazmente.
- ¿Y... la otra? –suspiró ella.
- Bueno... –sonrió Julio-. ¿Te he dicho lo increíblemente irresistible que estás esta noche?
DanielTurambar (desconectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
Pues mira, el pato ahora mismo se está replanteando muchas cosas. De momento no pienso dar un paso más si nadie me sigue. Todo es trabajar por el foro (sí, coño, sí, trabajar por el foro) para que luego venga un imbécil cualquiera y te mande a tu casa asqueado.
carlosaribau (desconectado)
Fecha de ingreso: 2 de Septiembre de 2009
Yo pagaría por una edición de este libro. Me parece una de las iniciativas más bonitas que he visto últimamente.
Querido Pato,
¿podría usted continuar con el trabajo que había empezado? Me haría ilusión ver que con el trabajo de todos sale algo con cara y ojos.
Que bubok nos lo ponga fácil, que paguemos un dinero simbólico, que lo regalemos a los amigos...que se done el dinero a una causa benéfica. No sé. Son cosas que no importan. Sólo importa que estaría muy bien ver este proyecto terminado.
Mi ayuda vale muy poco ahora mismo. Igual vale menos mi apoyo, pero te animo a que termines esto Pato. No se pueden matar las ilusiones, por pequeñas que sean.
Muchas gracias
bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
raulcamposval (desconectado)
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
Ahora estoy con mi libro. En cuanto termine, tal vez me anime a maquetar los relatos. El tiempo ha demostrado que tal vez no fue tan buena idea, a pesar del esfuerzo. Si hubiera habido más seguimiento hubiera empezado ya un recopi de 2010. Pero no puedo cargar con eso y mejor no empezarlo.
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mortfan (desconectado)
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2009
Pecados carnales(VII edición, lascivia)
“-No estuvo bien.
-¿Eso es lo que crees?- dijo él con su sonrisa profunda.
Lo conocí una semana atrás, en la cabaña de madera que nos acoge a mi
madre y a mí en verano. Debería decir más bien, lo volví a ver, aunque
no recuerdo cuándo me abrazaba y besaba de manera fraternal, siendo yo
aún una niña.
Así pues, lo volví a ver por primera vez hace siete
días y ocho horas. No estaba preparada para lo que apareció ante mis
ojos. Yo esperaba un hombre mayor, cano, puede que calvo, gordo...
estropeado por los años, en resumen. Sin embargo, me encontré con un
adonis alto, de pelo aún oscuro y arábigos ojos negros y piel
aceitunada, aún fuerte y joven, aún apuesto. Abrió mucho los ojos al
verme y se acercó casi cohibido a darme los dos besos de rigor.
-Hola
Claudia ¿Cómo estás? Es un placer volver a verte- dijo lentamente. La
manera en que se recreó en la palabra placer me hizo estremecerme desde
la nuca a la planta de los pies. Era sucio ¿entiendes? Yo lo sabía y
aún así no pude contenerme. Sonreí y me acerqué aún más a él,
abrazándolo con fuerza.
Convinimos que estaría con él esa semana,
para conocernos mejor, y después volveríamos junto a mi madre, para ir
los tres juntos de vacaciones.
Se despidió de mi madre con un pasional beso y, por fin, ella se fue, dejándonos a solas.
Sólo había una cama en la cabaña y él me la cedió con gusto, haciendo del sofá su refugio improvisado.
Nos
comportamos con propiedad durante todo el día, aunque un fuego ardía en
mi interior cada vez que lo veía moverse como un felino. Ágil y fuerte.
Ya por la noche ocurrió. Fue tan sucio. Después de todo, no vi otra solución.”
-No
tienes que apresurarte- el agente la escuchaba, ruborizado y anhelante-
Puedes contarlo con pelos y señales, no tenemos prisa.
Claudia lo
miró con reproche y asco. Sabía lo que el hombre quería y casi podía
apostar a que una erección tenía lugar bajo la mesa. “Bien, si eso es
lo que quiere...” pensó.
“Yo me acosté en la cama y él en el
sofá. No podía dejar de pensar en él aunque sabía que no estaba bien.
Pronto no pude soportar el ardor entre mis piernas, aumentado por la
respiración entrecortada que oía al otro lado de la cabaña.
¿Se
estará masturbando? Pensé. Pero ese pensamiento sólo me llevó a hacer
más urgente mi necesidad. Comencé a tocarme hasta que,
involuntariamente, un gemido escapó de mis labios y se quedó flotando
en la oscura habitación. Me quedé paralizada durante un instante, que
se hizo eterno, hasta que noté una respiración áspera en mi oído y una
mano varonil en mi bajo vientre.
-¿Necesitas ayuda? Susurró en mi oído.
Comenzó
a masajearme hasta que volví a gemir y entonces se metió en la cama
conmigo. Prefiero no relatar lo que ocurrió entonces, pues me provoca
tanto asco como anhelo y no me soporto en mi propia piel. Sólo diré que
fue el mejor orgasmo de mi vida.
-No estuvo bien- dije con voz entrecortada por las lágrimas.
-¿Eso es lo que crees?- dijo él- ¿Acaso no te ha gustado?
-Sí.
-Entonces ¿cuál es el problema?
-Mi madre...- estaba desesperada- ¿Qué dirá mi madre?
-No puedes decírselo- contestó- Ella nunca lo entendería, aunque la atracción sexual no es nada malo.
-¿Y tú cómo puedes saber eso?
-¿Quién va a saberlo mejor que yo?- sonrió y me besó en la mejilla, reteniendo una lágrima- ¿O crees que te mentiría tu padre?
Entonces fue cuando pasó.”
Claudia
paró su relato y bajó la vista. El agente no podía admitirlo, pero
necesitaba que le contara algo que consiguiera que la tensión que se
había apoderado de su entrepierna desapareciera, o no podría salir de
la sala de interrogatorios sin violar a la supuesta asesina, aunque
hasta ahora la mera idea de una violación le habría parecido un crimen
¿Cómo podía alguien tan joven ser sensual hasta el punto de hacerte
olvidar tu humanidad?
-¿Qué fue lo que pasó Claudia?- preguntó tenso.
-Le
atravesé el cuello con un abrecartas- contestó fríamente. Luego sus
ojos volvieron a arder mientras parecían observar su entrepierna a
través de la mesa- ¿Quiere que le ayude con eso señor agente?- preguntó
con voz inocente mientras se abría de piernas y dejaba sus incipientes
pechos al descubierto. Se metió debajo de la mesa y comenzó a trajinar
allí donde la tensión del hombre era más fuerte, hasta que éste puso
los ojos en blanco y se liberó.
“Vaya con la niña” fue su último pensamiento antes de notar el cañón de su propia pistola en la ingle.
-No
estuvo bien- fueron sus únicas palabras cuando el comisario entró en la
sala y la encontró semidesnuda bañada en la sangre del joven agente.
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