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    MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

     
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MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010
raulcamposval

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15 de Diciembre de 2010 a las 22:49
MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

Bien, como en el trimestre anterior (refloté el hilo, por ahí anda), Juan Carlos Boiza me ha pedido que organice la selección del mejor relato de todas las ediciones de este trimestre. Me han salido 7 relatos premiados, debido a que la edición de este número de Más Literatura lleva seguramente cierto retraso. Pero no importa. Paso a detallar los relatos que optan a la reseña y la entrevista en la revista.


El editor se come texto cuando editas. No pienso volver a picar todos los participantes. Me toca la moral. Yo sólo quería cambiar una palabra. En fin, hasta el domingo 26 a las 22 horas podéis elegir cual de estos relatos merece reseña en Más Literatura.

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raulcamposval

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15 de Diciembre de 2010 a las 22:50
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

XLI CIVILIZACIÓN
Ganadora ONIRIA con el relato

LA LÍNEA

Olvidaos de los nombres. No diré cuál era el país, o sus gentes, ni cuándo ocurrió lo que voy a contaros. No hablaré tampoco sobre mí más allá de mencionar que una mujer, un balcón que sangraba claveles y un duelo, me alejaron para siempre de mi Sevilla natal, confinándome a una eterna sucesión de nuevos horizontes. Poco importa todo eso, o lo que ocurrió antes de hundirse bruscamente la barcaza en la que viajaba aquella noche. Allí, luchando contra unas aguas oscuras y frías, es donde comienza esta historia.

Amanecía cuando por fin alcancé tiritando la orilla helada de un río que atravesaba tierras que, para el mundo conocido, sólo eran un hueco en blanco en cualquier mapa. Estábamos en los primeros días de un invierno que se auguraba especialmente frío por el tono plomizo de sus cielos. El bosque que me rodeaba parecía sofocado bajo el peso de tanta nieve. Sin comida, sin ropa para cambiarme o darme abrigo, la población más cercana situada a miles de kilómetros… No pensé que pudiera sobrevivir, pero como tampoco podía rendirme, empecé a andar.

Al anochecer, agotado y aterido, encontré un pequeño fuerte sobre el que no ondeaba ninguna bandera. Las puertas estaban entreabiertas; una oscilaba entre crujidos a impulsos de la brisa, marcando un ritmo que pareció despertar en mi interior… no sé cómo describirlo, un temor antiguo, un sentimiento ancestral, algo que encadenaba firmemente el hombre que yo era en ese momento con el que hubiese sido en uno de los primeros anocheceres del mundo: una criatura vulnerable, expuesta a fuerzas colosales, a los grandes misterios que quedaban siempre un poco más allá de su entendimiento. Alguien en el proceso de crear dioses para protegerse, porque se siente incapaz de lograrlo solo.

Titubeando, empujé la puerta con una mano y entré en el amplio patio del fuerte.

Excepto en los laterales, donde formaba blancos montones, la nieve se veía pisoteada y sucia de tierra, convertida en un pegajoso barro congelado en el que me hundía hasta los tobillos y por el que costaba avanzar. El recinto estaba sembrado de cajas por doquier, un par de carros destrozados, montones de sacos, restos de hogueras… Había pocos edificios y un pequeño cementerio, con el mismo aspecto de ruina y olvido que todo lo demás; las tumbas, unas diez o doce, estaban removidas, dos de ellas completamente abiertas. 
La luz del sol se apagaba lentamente sobre las toscas cruces de madera. 

Me recorrió un escalofrío. Tuve que recordarme una y otra vez que no podía huir. Necesitaba ropa seca, si quería sobrevivir a la noche. Y comida. 

El barro era oscuro, incluso en sus grumos más escarchados. Por eso, mientras daba vueltas buscando alimento, pude distinguir claramente una línea de polvo blanco, quizá harina, cruzando el suelo del patio de lado a lado. En aquel momento no me paré a cuestionar su significado, sólo corrí hacia ella, pensando que, si de verdad era harina, quizá pudiera comérmela…

De pronto, capté un movimiento brusco a mi derecha. Giré la cabeza justo a tiempo de ver cómo un hombre alzaba un mosquete y me golpeaba brutalmente con la culata. 

Cuando desperté, me encontré atado en una silla, en un comedor. El desconocido estaba a mi lado, vestido con un impecable uniforme de oficial y aplicándome un paño frío en la sien. La mesa había sido cuidadosamente preparada para dos comensales: elegante mantelería, vajilla de porcelana, cubiertos de plata, copas de fino cristal... Los platos ya estaban servidos con lo que parecía estofado. El olor de la comida acentuó aquel hambre terrible que me carcomía y supliqué que me diera algo. 

Accedió de inmediato y empezó a alimentarme con sorprendente amabilidad. El guiso, mal cocinado, tenía un desagradable sabor, pero estaba caliente y yo me encontraba tan famélico que ni pensé en rechazarlo. Mientras comía, él empezó a darme conversación usando mi propio idioma, con un acento muy marcado:

–  Ha hablado en español, amigo mío. Supongo que lo es – asentí – No es que tenga muy buena opinión de los españoles, pero me consta que puedo considerarlos civilizados. Por eso, lamento más todavía esta situación. Y el golpe. Me pareció que iba a traspasar la línea de harina. Tenía que impedirlo.

– ¿La línea de harina? – repetí sorprendido. Viendo que me encontraba ya bastante saciado, el desconocido dejó mi tenedor y rodeó la mesa, para ocupar su sitio. Empezó a comer, con elegancia.

– Visto lo visto, admito que tiene derecho a una explicación – hizo una pausa, decidiendo cómo empezar – Digamos que, en el imparable avance conquistador de nuestra civilización, hemos llegado aquí, al borde de todo lo conocido, y nos hemos topado de bruces con una especie de… de frontera, podría decirse, sí. Algo que separa mundos, más que países o razas. Usé la harina para marcar exactamente dónde cambia todo. Aquí, a nuestro lado, está lo conocido, lo cierto, lo que todos podemos tocar y entender; más allá de la línea de harina, sólo queda lo primitivo, lo auténticamente salvaje, sin normas o control, sin posibilidades. Si la cruzas, el mundo… el mundo cambia, es distinto, y lo que habita en él no se parece tampoco a nada de lo que conocemos. Ni siquiera los indígenas se atreven a ir tan lejos, pobres bestias estúpidas. Dicen que no son tierras para ser pisadas por seres mortales – se encogió de hombros – Quizá no sean tan estúpidos, después de todo... 

Yo no entendía nada, todo aquello me parecían desvaríos, y había asuntos que me preocupaban más.

– ¿Por qué estoy atado? – pregunté. Me miró con disculpa.

– Porque aún no ha comprendido cuál es su situación y no estoy seguro de cómo… la encajará – carraspeó – Verá, yo tengo el deber de mantener este enclave. Y las circunstancias le han arrastrado a usted a compartir conmigo tal tarea. Somos los únicos seres civilizados en miles de kilómetros. ¿Se da cuenta de la magnitud de lo que eso significa? Somos los representantes del profundo conocimiento en Moral y Justicia que han desarrollado nuestros países a lo largo de milenios. Somos todas las experiencias y descubrimientos científicos, ideológicos o artísticos acumulados siglo tras siglo por nuestras culturas y que nos hacen tan plenamente superiores al resto de los pueblos y más aún a la ciega barbarie que perdura en lo que aún sigue siendo totalmente primitivo. Debemos sobrevivir, porque tenemos una misión que podríamos considerar casi santa – sonrió amigable; luego, dudó – Pero… el grupo que partió con la misión de conseguir las provisiones para el invierno, aún no ha regresado. Y los hombres que se quedaron aquí conmigo han muerto o desaparecido, posiblemente atrapados por ese algo irracional que vive emboscado al otro lado de la línea de harina. Se han agotado todos los víveres y desde que llegaron las grandes nevadas prácticamente no hay caza. A estas alturas, apenas quedan cadáveres… – miré horrorizado mi plato, dándome cuenta de lo que había estado comiendo, de la razón de aquel sabor espantoso. No pude evitarlo: incliné la cabeza a un lado y vomité, convulsionado por las arcadas. Él suspiró con ligero reproche – Amigo mío, tiene que cooperar de buen grado en nuestro futuro común. No quiero tener que matarlo, no me obligue a hacerlo. Soy un hombre civilizado, necesito alimentarme, pero también necesito mantener una conversación inteligente con un igual o me volveré loco. Llevo semanas solo, ha sido terrible – hizo una mueca – Si el clima acompaña, y racionamos bien su… amable contribución, estoy seguro de que podremos sobrevivir los dos. Usted puede salir de estas desagradables circunstancias sin una pierna o un brazo, o sin ambos, es verdad, pero vivo. O puede irle incluso mejor. Aún tenemos carne para varios días, puede que un par de semanas si la administramos bien. Quizá mis hombres regresen con las provisiones antes de que se acabe. No hay que perder la esperanza.

No sabía qué decir. Aquel hombre refinado y de actitud juiciosa quería devorarme. Quería que me devorara yo mismo. Y quería conversar sobre filosofía o ciencia, entretanto. Los únicos seres civilizados, había dicho. Tenía gracia. Todo el progreso que hubiera podido implicar esa expresión grandilocuente, estribaba en las formas adquiridas para comportarse debidamente en la mesa, nada más. En el fondo, seguía siendo el mismo carroñero de tiempos primitivos. 

– Está loco… – balbuceé, espantado. No se ofendió.

– No. Sólo soy un hombre presionado al límite. Alguien que... 

De pronto, sonó algo en el exterior, un crujido de madera astillada seguido de lo que parecía un gemido profundo arrastrándose en la oscuridad. Pudo ser el viento, yo así lo creí, pero aquel hombre alzó la cabeza, alerta, dejó los cubiertos y se dirigió a la salida, haciéndome un gesto para que esperase en silencio.

Por supuesto, no le obedecí. En cuanto estuve a solas, alcancé como pude el cuchillo de mis propios cubiertos y corté las cuerdas. Sentí un mareo al ponerme de pie, todavía débil por todo lo ocurrido, pero me empeñé en continuar. No tenía alternativa. El horror a lo que me esperaba si aquel loco volvía a atraparme me dio fuerzas. Armado con el cuchillo, abandoné el comedor y crucé un pasillo, buscando la salida. Tuve la suerte de encontrar en mi camino un dormitorio, donde robé ropa de abrigo, unas buenas botas, y un par de mantas. 

No me atreví a entrar en la cocina. 

Era ya de madrugada cuando salí de nuevo al patio. Hacía mucho frío y nevaba suavemente. No vi ni rastro de mi captor por ninguna parte; sólo mi sombra se movía en el pálido resplandor de la luna, avanzando lentamente hacia las puertas. El fuerte estaba muy silencioso y parecía totalmente abandonado, vacío. 

Ni siquiera quedaban los muertos… 

Estaba cruzando el umbral de la empalizada, dándole la espalda para siempre a aquel lugar maldito, cuando el viento nocturno susurró algo sobre la nieve sucia. ¿Mi nombre? Quizá… Me giré, temblando, y vi que aquella inexplicable brisa que no movía los copos de la nueva nevada estaba barriendo la línea de harina. La levantó en repentinas volutas, tercamente, hasta hacerla desaparecer por completo, enlazando tiempos y espacios, volviendo otra vez invisible el límite entre lo civilizado y lo salvaje.

Si es que, realmente, había existido alguna vez.

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raulcamposval

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15 de Diciembre de 2010 a las 22:52
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

XLII RELIQUIAS
Ganador PELAGIO con el relato

LA PEZUÑA DE SATANÁS

     "Entretanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo y explora el solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento."

John Milton. El paraíso perdido.

     Su recuerdo me persigue día y noche desde hace más de diez años. Quizás porque el Doctor Ayuso fue mi mentor durante mis años de estudiante. Tal vez porque su repentina desaparición nos dejó a todos huérfanos y en la inopia más absoluta.
     Como ya he dicho, todo empezó hace unos diez años. Yo formaba parte de un grupo de estudiantes de Paleontología. Por aquel entonces estaba enamorado de Susana Borodio, una chica argentina que me enseñó la venalidad del sexo y el mate. 
     Habíamos pasado unas semanas estudiando los primeros vestigios encontrados en el incipiente yacimiento de Atapuerca. El Doctor Ayuso era uno de los mayores expertos en el estudio del desarrollo y el origen de la vida humana en la Tierra; no en balde se le había encargado un primer proyecto de investigación, basado en el hallazgo de depósitos de restos óseos en distintas formaciones rocosas de la zona.  Pero lo que ninguno de nosotros podía suponer era la naturaleza verdadera de aquel viaje. Ninguno de nosotros podía suponer que jamás volveríamos a ver con vida al Doctor Ayuso. 
     — ¿Dónde reside la espiritualidad del ser humano? –Todos, sentados sobre la hierba y alrededor del viejo doctor, nos miramos atónitos. La pregunta en sí encerraba matices que no estábamos preparados para descifrar. —En Atapuerca hemos descubierto restos fósiles que posiblemente arrojen luz sobre la mayoría de las cuestiones que, aún hoy, permanecen veladas por el intrépido tránsito de la Humanidad. Ahora estáis a punto de descubrir una de mis mayores frustraciones como científico. ¿Por qué ahora? Sencillo. Mañana estaré muerto. 
     Estupefactos ante el anuncio de su propia e inminente muerte y esperando las razones que el Doctor Ayuso tenía para suponerla, permanecimos en silencio. 
     —Nunca he podido encontrar un alumno que estuviera dispuesto a investigar los hechos de los fui testigo hace más de dos décadas, en este mismo lugar. -Todos miramos alrededor. Estábamos situados en una campa algo elevada; a la derecha un rebaño de vacas rumiaba con indiferencia, a la izquierda, descendiendo con suavidad, se desparramaban las casas de un pequeño pueblo riojano. 
     —No, no busquéis con la mirada lo que tan sólo podríais ver con los ojos del corazón. -Las palabras del Doctor Ayuso contribuyeron a aumentar nuestra confusión. ¿A qué se refería? ¿Qué extraño suceso contemplaron sus ojos? ¿Cuáles eran los indicios que ansiaba investigar? Yo, que me vanagloriaba de ser su alumno favorito, jamás tuve ocasión de oír de su boca nada semejante antes de aquel día. 

     —Está aquí, justo aquí. -El Doctor Ayuso sonrió por primera vez desde que pusiera los pies en aquel lugar, el cual parecía ejercer sobre él algún tipo de fascinación. — ¿Cuántos de vosotros creéis en Dios? –Todos nos miramos extrañados.  — ¿Dónde reside la espiritualidad del hombre? –Recordé mi infancia entre los jesuitas de San Estanislao. Me sorprendí al descubrir en mi memoria rostros sin faz; togas negras que se desplazaban como fantasmas a lo largo de pasillos inhóspitos y sin fin. El doctor se incorporó; hasta entonces se encontraba sentado sobre un roquedo de piedra caliza. Al hacerlo señaló con el dedo una misteriosa hendidura en la piedra.

     —Justo aquí. —Repitió de nuevo. Con precaución nos fuimos aproximando al lugar que señalaba. Se trataba de una especie de muesca en la piedra, una doble herida cubierta de musgo amarillo y esponjoso.
     —Aquí tenéis el origen de la Pezuña de Satanás. —Algunos rieron nerviosos. Yo, simplemente, acerqué mis dedos a la hendidura, como si de este modo pudiera descubrir por mí mismo algún tipo de enigma oculto en la naturaleza misma de la roca. 
     —Pero... ¿qué tiene que ver esto con lo que nos está contando? —Me atreví a preguntar con ingenuidad.
     —Querido Sergio, tiene mucho que ver. En realidad es la razón por la que estamos aquí. -Recuerdo que el Doctor Ayuso esgrimió una sonrisa pícara, como si el mensaje de sus palabras estuviera dirigido a mí y sólo a mí. 

     Durante el resto de la jornada pasamos por alto el episodio de la dichosa piedra, aunque yo no puede apartar mis pensamientos de ella en ningún momento.
     Pasamos el día en el pueblo. A mediodía nos sentamos en los veladores de un pequeño bar; el tacto rugoso del mármol gastado me devolvió la tranquilidad, tanto como la alegre conversación de Susana, cuya proximidad se hacía cada vez más cálida.

     —Vamos a la iglesia. —Anunció el Doctor Ayuso. Todavía no eran las ocho de la tarde cuando la campana llamó a misa diaria. El sonido revocó en las paredes de mi memoria con fiereza. —Hay algo que quiero que veáis. —Dijo intentando estimular nuestra curiosidad.
     El padre Claudio nos recibió en los soportales de la ermita. A primera vista era un hombre sencillo; vestía una humilde saya de tela gris, que sujetaba a su escuálida cintura con una soga de esparto. No se parecía en nada a los espectros de toga negra que habitaban en mi memoria. El cura parecía sorprendido por semejante avalancha de fieles, de aspecto tan dispar a lo que estaba acostumbrado.
     -—Padre Claudio, ¿no me recuerda? —Preguntó el Doctor Ayuso adelantándose al grupo. El cura frunció el ceño. O no recordaba, o la presencia del doctor no le era del todo agradable. 
     —Claro que le recuerdo. —Sentenció con frialdad. — ¿Qué se le ofrece? ¿Viene usted a oír misa de ocho? —Interrogó.
     —No, padre, no. Me preguntaba si podría mostrar a usted a mis alumnos la reliquia que guarda en el altar mayor de su ermita. Ya sabe, aquellos fósiles que... 
     —Se refiere usted a la Pezuña de Satán, ¿verdad? —Estaba claro que aquellos dos se conocían de largo y que su relación no era precisamente cordial. 
     —Sí. —En aquel momento lo tuve claro. El padre Claudio y mi mentor se miraban extrañamente; el clérigo clavaba una mirada incendiaria en el Doctor Ayuso, mientras que este último le observaba con un particular brillo en los ojos. 
     —En este momento no es posible.... —Se disculpó el padre Claudio.
     —Vamos, sólo un vistazo. ¿Va a permitir que este puñado de muchachos se marche del pueblo sin echar una ojeada a una de las más espectaculares reliquias de la cristiandad? —A ninguno de nosotros nos pasó por alto el tono socarrón de sus palabras. Sin embargo parecieron tener el efecto deseado.
     —De acuerdo. Sea. 

     El oratorio era un pasillo estrecho que tan sólo recibía un tenue hilo de luz. Las vidrieras que jalonaban los laterales filtraban algo parecido a un arco iris difuminado, el cual confluía en un punto central, a medio camino del altar.
     Las famosas reliquias se encontraban depositadas en una urna de tamaño mediano, situada en un pedestal a la derecha del altar.
     A simple vista cualquiera hubiera visto la similitud de aquel objeto con la pezuña de una vaca, o en su defecto de un bóvido de gran tamaño. Tenia todas las características para ser clasificado como un fósil animal; probablemente un ungulado de pezuña hendida... un rumiante, casi con toda seguridad... ¿una cabra?

     —No, definitivamente no. —Manifestó el Doctor Ayuso, mientras observaba con aire risueño la capa de espuma de su jarra de cerveza. Reparé en que nunca antes le había visto bebiendo alcohol. —Se trata de algún tipo de bóvido de gran tamaño, posiblemente el predecesor del toro... o algo así. Jamás lo puede determinar... por culpa del padre Claudio. —La historia comenzaba a ponerse interesante. La mayoría habíamos conversado durante toda la jornada acerca de la extraña relación entre el cura y el profesor. Algunos habían hecho apuestas. Yo me había limitado a moderar el tono de las discusiones. No todo el mundo apreciaba al Doctor Ayuso. 
     —Por aquel entonces, me remonto a unos veinte años atrás, este pueblo era una pequeña aldea que comenzaba a despuntar gracias a la incipiente industria vinatera de la región. Pero era sólo eso, un pueblo. 
     Durante unas jornadas de estudio en la zona, buscando fósiles del Pleistoceno, recalamos aquí. 
     Fue una noche de tormenta seca, como dicen por aquí; ni una gota de agua y mucho aparato eléctrico. Seguramente alguno de vosotros sabrá que el relieve kárstico suele atraer este tipo de fenómenos atmosféricos. Es algo relativamente normal. Al día siguiente, cuando reiniciamos nuestros trabajos en los alrededores, tuve la fortuna de hallar unos restos fósiles poco comunes. Se trataba de lo que parecían las pezuñas de un animal, las cuales habían quedado al aire después de que un rayo impactara con un roquedo. Sin embargo, varias personas del pueblo, entre ellas el padre Claudio -al que ya conocéis- se empeñaron en denunciar que aquello era una muestra inequívoca de la lucha entre Dios y el Diablo, y que en aquel lugar se había producido la derrota definitiva del Mal. 
     Los restos fósiles que encontré fueron reclamados como reliquia por el obispado de Logroño. Nadie se opuso y yo tuve que conformarme con ver como mi hallazgo quedaba expuesto en la ermita del pueblo. Por cierto, no tiene demasiados adeptos... se ve que Satanás, derrotado o no, no despierta demasiado interés. 
     Aquella noche me proponía hacer el amor con Susana. Cuando estaba a punto de consumar mis planes, un gran estruendo procedente de la plaza del pueblo me interrumpió. Salí a la calle a tiempo de ver como el Doctor Ayuso corría desaforado hacia las afueras. Fue la última vez que le ví; algunos restos de sus ropas, incluidos sus zapatos, aparecieron a los varios días junto a la entrada de una profunda sima a la que los vecinos llamaban: “La gruta del Diablo”. 

     Quizás por eso estoy hoy aquí, sentado frente a la boca de la sima, dispuesto a desvelar el secreto del Doctor Ayuso y preguntándome si quizá mañana también yo estaré muerto.

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raulcamposval

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15 de Diciembre de 2010 a las 22:52
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

XLIII MOTOLOGÍA
Ganadora ONIRIA con el relato

GÓLGOTA

El aire apestaba a sangre, descomposición y miedo, un tufo apropiado para aquel espantoso paisaje de hombres crucificados, de siluetas rotas y consumidas. Colgados en sus maderos, parecían estandartes espectrales desdibujados fantasmagóricamente por la bruma. Ese día había mucha niebla, densa, oscura como leche sucia, desgarrándose entre las cruces. Longino, de pie en el alto del Gólgota, se preguntó si no serían las almas de los muertos, confusas y asustadas, buscando desesperadamente regresar a sus cuerpos.

No tenían hacia dónde ir. Y sólo quedaban despojos, detrás…

– ¡Longino! – le llamó Didio. Longino cambió de mano la lanza en la que se apoyaba y se volvió a mirarle. Los soldados, sentados en el suelo sobre sus capas, pasaban el rato apostándose a los dados las pocas pertenencias de aquel judío loco que aseguraba ser el Hijo de Dios – ¿Qué haces ahí de pie entre ladrones y locos? ¿En serio no quieres jugar? 

– No, gracias – contestó, lacónico. No estaba como para juegos, ni quería nada de Jesús, el más pretencioso de aquellos pretenciosos judíos, siempre soñando con ser el pueblo elegido de un absurdo dios sin rostro. Este, no se conformaba ni con eso, aseguraba ser el Hijo de Dios, o el propio Dios, Longino no había acabado de entender el asunto. 

Se giró hacia la cruz que había estado a su espalda. Jesús tenía la cabeza inclinada a un lado, la sangre caía en temblorosas cintas escarlatas por toda su frente, desde la corona de espinas. Por lo demás, sólo en los costados se veían los extremos de las heridas del látigo que cubrían por completo su espalda. Imbécil. Antes de crucificarlo, le había fustigado personalmente hasta dolerle el brazo, aunque supo todo el tiempo que no estaba azotándole a él, sino a Judith, esa puta traidora y rastrera que le estaba volviendo loco, que le había desquiciado hasta el punto de…

No, no podía pensar en ello. No quería.

Longino se pasó la mano por la cara. Le dolían los dientes, de tanto apretarlos. “Judith...” Por ella, odiaba a muerte a los judíos. No por los zelotes, no, ni por el calor, ni por el polvo áspero que flotaba continuamente a su alrededor, ahogándole al respirar o mezclándose en su comida hasta conseguir que todo tuviera el sabor de la piedra calcinada. No. Por ella, los odiaba a todos, a todos por igual: rebeldes, ladrones, asesinos… Incluso a un simple tarado con ínfulas, como ese tal Jesús. Pretendía ser de linaje divino; pues bien, él había estado más que dispuesto a demostrarle hasta qué punto puede llegar a sangrar un falso dios antes de morir. 

Qué hombre extraño, en todo caso. Había gritado de dolor cada vez que el látigo le golpeaba, como hacían todos los humanos, pero no suplicó, como no suplicaban los dioses. Cuando cayó al suelo, a sus pies, convertido en una masa de carne estremecida, el maldito se limitó a mirarle como ahora, con esos ojos incómodos que parecían verlo todo; todo y más allá. 

– De verdad que lo siento, Longino – susurró de pronto Jesús, con esfuerzo – Sigues sufriendo, percibo ese dolor intenso que te carcome, y yo no puedo ayudarte. 

Longino parpadeó. De haber tenido el látigo en la mano, lo hubiera restallado con gusto contra ese rostro. Maldito Jesús. Le había azotado, le estaba matando, no quería su amabilidad, no quería nada de él. “Estoy lleno de ira, de dolor, de espanto…”. No, no debía admitirlo, ni siquiera pensar en ello o se vendría abajo.

Pero no pudo evitar mirar a lo lejos, hacia un punto cercano a la zona de rocas con forma de calavera que habían ganado el nombre de Gólgota para aquella altura. Marco, su amigo Marco, clavado en su cruz. No se había atrevido a mirarle directamente desde el día anterior, cuando le crucificaron, y no parecía haber habido ningún cambio, si es que seguía vivo. El único romano ejecutado de esa forma tan humillante, pensada para esclavos o para enemigos especialmente odiados. Pero, claro, Marco había sido acusado de traición, de aliarse con aquellos rebeldes y tratar de asesinar al propio Pilatos. 

Pobre Marco. Pensó que iba a entregar un encargo medicinal y en realidad llevaba una redoma con veneno. Intentó defenderse, explicar que él no sabía nada de aquello, pero tuvo mala suerte. Pilatos estaba tan enojado por el asunto de Jesús, sobre el que se decía que había tenido un sueño y había intentado inútilmente salvarlo, que decidió con severidad y rapidez. Marco fue torturado y arrastrado al Gólgota, y Longino había estado a su lado mientras le crucificaban. Había apretado los labios con fuerza, obligándose a escuchar el sonido de los golpes del martillo y los gritos desgarrados que lo estremecieron todo durante largos minutos; se forzó a contemplar la imagen de Marco cuando alzaron la cruz, aquella figura ensangrentada, patética, torturada, que colgaba de los maderos como un jirón de tela rota. Luego, se había ido, jurándose que no le importaba, que se trataba de un precio que estaba dispuesto a pagar. 

En la distancia de ese nuevo día, Marco movió la cabeza. Longino se estremeció. Así que, aún seguía vivo...  

– Creo que está muerto – dijo Didio, que se había acercado. Longino fue a negarlo, pero se detuvo. Didio se refería a Jesús y, ciertamente, lo parecía. Una repentina racha de viento llegó del norte, haciendo temblar a hombres y bestias, cubriendo el cielo con densas nubes que presagiaban tormenta. Longino jadeó. Eso era él, se dijo. Viento. Frío, muerto. Más frío y muerto que Jesús, y con una tormenta en el alma – Venga, partidle las piernas y larguémonos de aquí.

– Espera – Longino cogió su lanza con ambas manos – Yo me ocupo.

Quería acertarle en el corazón, atravesárselo con la larga punta de acero, romperlo por completo en pedazos, como Judith se lo había roto a él. Pero, en el último momento, Jesús se estremeció y movió los labios, susurrando algo. Tomado por sorpresa, Longino se sobresaltó, y la punta de la lanza se clavó en un costado. 

La sangre le salpicó violentamente, alcanzándole de lleno en el rostro.

Sangre. 

Durante un momento, Longino quedó completamente ciego y luego lo vio todo rojo. Soltó la lanza, sintiendo que su cabeza entraba en una espiral enloquecida y se quebraba violentamente, como abriéndose a una percepción más aguda, abrumadora. La tormenta rugía en el cielo y rugía en su interior, más violenta cada segundo, más intensa y exigente. Se llevó las manos a la cara y las apartó cubiertas de sangre, una sangre que brilló de forma extraña con la luz de aquel extraño día. La miró espantado, aterrado, convulso. 

“¡He matado a Marco…!”, asumió por fin. 

Sangre y culpa, eso era lo único que le quedaba, eso tendría por siempre.

– ¡Longino! – oyó que le llamaban. Didio, quizá. El mundo, más exactamente. Pero el mundo pesaba demasiado, era un inmenso manto de dolor y ruina que le sofocaba, rodeándole por todas partes. Longino giró sobre sí mismo, aturdido por los colores, las formas, los mil sonidos que nunca antes había sido capaz de oír, como si la realidad fuera algo más profundo, más complejo, algo que jamás había llegado a ver del todo hasta entonces. 

Sangre. Sangre y culpa para Longino…

– No puedo… no puedo… – susurró, sabiendo que era verdad, no podría soportarlo. Las murallas interiores que tanto se había esforzado por mantener se derrumbaron en un instante y echó a correr, cruzando el campo sembrado de muertos, sin hacer caso de los gritos de Didio. No se detuvo hasta estar frente a la cruz de Marco, donde cayó de rodillas – Oh, por los dioses…. 

Hacía frío, hacía mucho frío bajo esas nubes de tormenta, y Longino se preguntó si Marco sentía realmente algo allí clavado, desnudo, casi muerto…

– ¿Qué haces aquí? – preguntó Marco, sorprendido. Longino agitó la cabeza. Ni él mismo lo había sabido. Pero, entonces, lo entendió.

– No quería que murieses solo.

Marco logró reír. Le faltaban muchos dientes. Parecía una versión espantosa del que fue, el dorado y hermoso Marco, siempre con una sonrisa, siempre dispuesto para una chanza o beber un buen vino. Ahora, el cabello se pegaba sucio a las mejillas y uno de sus ojos estaba monstruosamente hinchado, haciendo imposible distinguir dónde se encontraban realmente los párpados. Tenía los labios rotos y cubiertos de sangre, como el rostro, como el cuerpo. ¡El alegre Marco!  El único brillo que quedaba en su mirada de cíclope era el de la acusación. “Lo sabe”, pensó Longino, sintiendo que era él quien estaba desnudo ante el mundo, que su infamia y su culpa se leerían por siempre en su rostro. Marco moría sabiendo quién le había traicionado, quién organizó la trampa y las razones que le habían llevado a ello. 

–  Buscas sentirte mejor, pero es algo que no puedo concederte.

– No quería… – Longino golpeó la tierra con ambas manos, dejando escapar toda aquella rabia – ¿Cómo pudiste? ¡Confiaba en ti, sabías que la quería y tú estabas revolcándote con ella a mis espaldas!

Marco parpadeó con su único ojo.

– Reconozco que debí decírtelo. Simplemente, no encontraba el modo. Pero has demostrado sobradamente que nunca has querido a nadie. Codiciabas a Judith, eso es todo. Y nunca la tendrás, porque yo no era el obstáculo: lo eres tú mismo. Ella no te ama – añadió, con meditada contundencia: – Nunca te amará. 

– Oh, por los dioses, Marco… – sollozó Longino. Pero no hubo piedad. 

– Tu deseo no se ha cumplido, hermano – la voz de Marco no fue más que un susurro lejano, como si las palabras hubiesen sido pronunciadas en algún punto entre mundos – Miro a mi alrededor y no veo rastro de vida. Muero solo.

Inclinó la cabeza y no hubo más.

Longino lloró sin disimulo, arañando la tierra con sus dedos ensangrentados. Las nubes de tormenta eran tan densas que casi parecía de noche. Qué apropiado, noche sobre el mundo en el día de la muerte del luminoso Marco.

No supo cuánto tiempo siguió allí, consumido por la pena y el dolor. Mucho, supuso. Cuando regresó, descubrió que habían permitido que la madre de aquel judío loco se llevase su cuerpo, con la ayuda de sus amigos y familiares. 

No encontró su lanza por ningún sitio.

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Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

XLIV LA LUNA
Ganador RAULCAMPOSVAL con el relato

BRONCE Y NARDOS

El cadáver del niño, blanco y almidonado, está sobre el yunque cuando entran en la fragua los gitanos. Montilla, el padre, al ver a su niño muerto, se echa al suelo de rodillas y se araña el pecho, desgarrando su camisa de pobre. Soledad, la madre, cae desmayada, y casi no da tiempo a Carmen de sujetarla para que no bese la tierra. Montilla se arrastra a puñados hasta el yunque mientras los primos Heredias cantan con voces de desagravio. Las mujeres, en corro, han comenzado un plañido que habrá de durar días, meses, eternidades, un lamento que acompañan los grillos rezando por los rincones de la choza. Montilla cubre al hijo con su propio cuerpo cubierto de polvo, y lo abraza, lo mece dándole el color de la tierra de olivar que regalan sus manos, el mismo color que tenía el chiquillo antes de volverse blanco.

Soledad no vuelve en sí. Es mejor para ella. La abuela Camboria manda a Carmen al pozo a por agua bendita. Los demás hombres salen a atender a los caballos. Todos portan cigarrillos liados en los labios y los ojos entornados de amenaza.

–Abuela –dice Carmen en un aparte–, venga conmigo al pozo.

–Niña, lo primero, Soledad. Lo segundo, el de Montilla. Después, la criatura. Y luego… ya se verá. Ese niño tiene ahora todo el tiempo del mundo.

Carmen ofrece el agua a las mujeres que atienden a la madre que sueña que abraza a un hijo que ya no tiene. Carmen se va al de Montilla y, con una dulzura atroz, le extirpa el niño muerto de entre el polvo aceituna de las manos. Montilla, repuesto, sale a fumar con los hombres y a encontrarse a sí mismo huérfano. Con un sobrante de agua, por último, Carmen quita el polvo broncíneo y le devuelve la blancor de la muerte al gitanito.

–Abuela –insiste Carmen cuando ha cumplido todos los mandamientos–, salga conmigo.

La Camboria sigue a su nieta hasta el pozo. Una luz alba hace gris a la noche, colorea con cromo los guijarros, pinta de plata las copas de olivo. No hace falta que Carmen diga nada para que sienta la abuela volcársele las entrañas.

–Niña, ha sido la Luna.

–Lo sé, abuela, eso iba a decirle.

Redonda y almidonada. Sonriente. La Luna brilla como nunca nadie ha visto. Más allá, incluso los hombres advierten esa sonrisa celeste cuando ya habían ellos empezado a desentumecer sus grandes alas ansiosas, atienden aturdidos a la luz de naipe culpable. Sin saberlo aún, ya sospechan.

–Abuela, si mira en el pozo, ya no tendrá dudas.

La Camboria se santigua antes de asomarse. En el reflejo del agua bendita, se distingue claramente que por el cielo va la Luna con un niño de la mano. Camboria se echa atrás y recita una letanía. No se atreve a buscar arriba lo que vio en el pozo, por si también se tropezara con idéntica escena entre las estrellas.

Cerca de la fragua, como quien busca venganza, busca Montilla respuestas que le entrega la Camboria en bandeja de plata.

–Ha sido la Luna, Juan Antonio.

–¿Cómo puede ser eso?

–Lo dice el pozo. Ya sabes que el pozo no miente.

Los hombres arropan al padre y atienden las razones de la vieja. Carmen se fija recatada en el suelo del olivar, por no mirar al más joven de los Heredias. Soledad va volviendo del ensueño a la muerte en vida. La Camboria sigue hablando, a pesar de que todos saben que ya no haría falta. Los primos Heredias buscan con sus ocho ojos al de Montilla vistiéndose de nuevo la camisa arrancada de la templanza.

–No va a ser fácil reparar esto –dice con un gesto risueño que el luto agrio convierte en pena. Se revuelve para sondear a sus primos y en cada rostro se descubre a sí mismo, los cinco como un solo gitano.

–Habrá que hacerlo, Juan Antonio.

–Esto no puede quedar así.

–Estamos contigo.

Se van a los caballos. La Camboria organiza a las hembras y vacían los estantes de la fragua de viandas y nostalgia para cumplir las alforjas. Carmen se acerca al más joven Heredia y le da un beso de pañuelos en la mejilla otoñada.

–¡Montilla! –grita la vieja–, ¿no vas a enterrar a tu niño antes de irte?

–Bien lo haréis vosotras, abuela. Nosotros tenemos que hacer camino. Si vienen a preguntar los guardias, decidles que estamos buscando al culpable en los barrios de los ingleses.

Soledad en un ay llama a su marido antes de que parta por la senda de una reyerta imposible. Durante su desmayo, ha soñado con la Luna amamantando a su niño recién perdido con estaño. Mira al gitano como con ausencia. Súplica.

–No vuelvas sin ella, Montilla. Tráemela hecha collares y anillos blancos. Sólo así haremos retoñar este olivar que hoy ha quedado yermo. No vuelvas sin ella, Montilla, no vuelvas…

Juan Antonio se despide sin beso para siempre de Soledad. Sube a su montura y levanta su orgullo al cielo. La Luna, sensible al desafío, sonríe provocativa. Son bronce y nardos. El de Montilla espolea al animal y sus cuatro primos Heredias le siguen por el camino nocturno, dispuestos a perseguir a esa puta Luna hacia ninguna parte.

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Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

XLV EL SIGLO XVIII
Ganador ONIRIA con el relato

UN HOMBRE RACIONAL

El conde de Aranda trató de mantenerse inexpresivo mientras hacían pasar a Cadalso a su despacho. “Veo alguien que tiene nombre de muerte arrancada”, le había dicho una gitana en la calle, muchos años antes. “Tiene nombre que rezuma espanto y te dejará como herencia algo que no deseas: dudas”. “Qué tonterías”, pensó el muchacho que era entonces Aranda, porque se jactaba ya de ser un hombre de su época, un hombre que había despertado del sueño pegajoso de lo crédulo y sólo se guiaba por la luz de la razón.

Pero cuando, tanto tiempo después, conoció al militar y escritor José Cadalso, recordó la profecía con repentino miedo. Eso sí, no permitió que le afectara: en vez de alejarse supersticiosamente, le entregó su amistad, animándole a frecuentar su casa. Ambos eran españoles afortunados: la suerte les había permitido viajar desde muy pronto, habían podido sacar la cabeza del profundo agujero en el que había caído España, naufragando a la deriva tras la pérdida del gran imperio, y habían podido contemplar cómo era realmente el mundo, con todos los grandes cambios que se estaban sucediendo.

Por desgracia, aquello también tenía su lado malo. Ponerse unas botas demasiado pequeñas, eso era siempre regresar... Aranda lamentaba cada día la oscuridad en que avanzaba torpemente su país, la negrura provocada principalmente por la sofocante sotana Católica. Y Cadalso, aunque no compartiera del todo su rechazo por lo clerical, era de los suyos. Patriota y crítico. Hombre de razón, de ciencia y método.

Aranda despidió a su secretario sin apartar la vista de Cadalso, estudiándole atentamente. Tenía ya treinta años y solía mostrarse como un hombre firme, de expresión decidida, alguien que tenía poco que ver con ese fantasma tembloroso que contemplaba ahora. Pálido, despeinado, la ropa sucia de tierra y arrugada... Estaba claro que, aunque le habían llevado a su casa tras el inquietante asunto del cementerio, no se había cambiado ni lavado. Seguro que ni había dormido. Jamás le había visto así, antes.

Claro que, el fallecimiento de aquella actriz, la joven y hermosa María Ignacia Ibáñez, le había hundido, y Aranda podía comprenderlo. Esa sí que había sido una historia realmente terrible, uno de esos amores desventurados que sólo creías posible en escenarios o poemas. Madrid al completo sabía que María hubiera podido buscarse un amante de alto linaje y buenos dineros, y vivir de forma espléndida el resto de sus días, pero a todos había rechazado, a todos, por aquel hombre que ahora lloraba su repentina muerte.

¿Podía haber historia más romántica que esa? ¿Y más trágica? Veinticinco años tenía aquella muchacha. En tres breves días de fiebre, el tifus la consumió, volviendo inútiles todos sus planes y sueños de futuro.

Y destrozando a ese hombre…

– ¿Cómo se encuentra, amigo mío? – le preguntó, con amabilidad. Cadalso se limitó a agitar la cabeza – Cuénteme qué ha pasado – silencio otra vez. Aranda decidió intentarlo dando un rodeo – Tengo entendido que ha estado visitando diariamente la tumba de la joven María. Comprendo su… periodo de duelo, que…

– ¡No, no lo entiende! – le interrumpió Cadalso, mostrándose repentinamente agitado – ¡Vi las señales! Había un cuervo, siempre en el mismo sitio, sobre la tumba de Lope de Vega, observando. Y hacía más frío allí, a su alrededor. ¡Lo percibí el primer día y ya no pude ignorarlo!

Aranda parpadeó con desconcierto.

– ¿Lope de Vega? ¿El escritor?

– ¡Sí! Está en el mismo cementerio – siguió, más contenido – Buscando, encontré la geometría oculta, una estrella conformada por tumbas alrededor de la de Lope, que era su centro. Contando con la punta que marcaba la de María, dibujaban un pentáculo perfecto. Todos habían muerto en un año terminado en uno. Como María, la última, ella además en un capicúa. ¡Sólo hay un año capicúa por siglo! ¿Se da cuenta? Desde la mañana, el aire olía extraño, como a azufre, a infierno. Por eso supe que había llegado el momento. Soborné al enterrador y juntos nos quedamos allí, esperando.

“Pobre amigo mío”, pensó Aranda, sin saber qué decir. Había esperado lamentos y lloros de un hombre que se sentía viudo sin haberse casado, pero, ciertamente, no aquello; no del juicioso Cadalso. El dolor le había enloquecido. Tenía que conseguir devolverle al sendero de la razón.

– ¿Y… qué pasó?

Cadalso titubeó.

– No estoy seguro. Se hizo de noche y puede que me quedara adormilado, apoyado en una lápida. De pronto, distinguí unas formas negras que se movían junto a la tumba de Lope. Varias voces recitaban algo que no entendí. El viento empezó a soplar con más fuerza, agitando los arbustos, deslizándose entre las tumbas, congelando todo lo vivo. Temblé, de frío y de pavor, porque supe que estaba ocurriendo algo que jamás hubiera podido concebir como posible. Aquella especie de cántico se extendió por todas partes, de un modo que me hizo pensar en algo húmedo y viscoso arrastrándose, reptando... Ante mi horror, la lápida de María se resquebrajó con un ruido seco, la tierra se apartó como si una mano gigantesca empujara desesperadamente desde abajo… – jadeó – No voy a protestar si su Excelencia me llama loco. Lo estoy. No sé si lo estaba ya o si enloquecí en ese momento, pero ningún mortal puede quedar impasible ante una visión semejante. La luna onduló, y dio la impresión de supurar niebla en vez de luz, una sustancia que lo cambiaba y alteraba todo, incluso los sonidos. El enterrador salió corriendo. Yo me puse en pie y corrí también, pero hacia aquellas figuras oscuras, desenvainando y dando gritos. Un acto absurdo y temerario; me salvó que ya no estaban, no pude encontrarlas. Posiblemente habían concluido lo que tenían que hacer y se habían ido. Regresé junto al ataúd de María y descubrí que habían pintado algunos símbolos en la tapa, no sé cuándo pudieron hacerlos, no los recuerdo del día del funeral... Pasé una mano temblorosa, borrándolos. Y, entonces… 

Guardó silencio y casi dio la impresión de que todo en el mundo se detenía con él. Aranda contuvo el aliento.

– ¿Entonces…?

– Bien sabe que creo en esas cosas tan poco como usted, Excelencia, pero juro que, mientras borraba esos símbolos, algo golpeó violentamente el ataúd “desde dentro”. ¡Blom! – Cadalso dio con el puño sobre el escritorio. Aranda abrió mucho los ojos, sobrecogido a su pesar – Una vez, deteniendo mi corazón. Lo miré horrorizado, paralizado... ¡Blom!. Una segunda vez. ¡Blom! Una tercera, y yo seguía sin poder moverme. La madera crujió. Supe que iba a abrirse, supe que estaba a punto de abrirse y mostrarme algo que… algo que no quiero siquiera imaginar. Pero, entonces, llegó la ronda y el instante pasó, y aquel ambiente mágico perdió toda fuerza. Sólo me vieron a mí, junto a la tumba...

– Comprendo – la voz de Aranda sonó estrangulada. Tuvo que carraspear – ¿Eso es todo? – cuando Cadalso asintió, se tomó unos minutos para serenarse y ordenar sus ideas – Bueno, sabe usted tan bien como yo que hay una explicación lógica para lo ocurrido, aunque todavía no la conozcamos. Deje que aventure una posibilidad, la más probable. Usted vio muerta a su amada. Usted, que ha leído a los mejores filósofos y eruditos de nuestra época, que es un hombre inteligente... ¿Qué le dicta su entendimiento? – Cadalso le miró, atormentado – Exacto. Le dice que, en su dolor, puede haber perdido el juicio hasta el punto de intentar desenterrarla en alguna clase de trance. Todo eso de Lope y el ritual claramente es un delirio forjado por su mente para quitarse la culpa de semejante horror. Cuando sea capaz de reflexionar... 

– No fui yo…

– Cállese. Estoy intentando ayudarle, le agradecería que me lo pusiera lo más fácil posible. Sabe cómo puede tomarse esto la Iglesia. Si no lo organizamos bien, esos malditos heraldos de la ignorancia y el sinsentido caerán sobre usted y nada podrá salvarle de un escándalo que puede arruinar su carrera. Así que, diremos que intentó desenterrar a su joven María por pura locura amorosa, pero que no llegó a hacerlo porque fue detenido antes de lograrlo, entrando inmediatamente en razón. Y sería bueno que escribiese algo que se asemeje a lo que ha ocurrido, quizá una obra de teatro, una novela, algo que implante en todo aquel que lo lea o vea, la idea de que lo sucedido anoche puede ser simplemente una ficción. Pero deje descansar en paz a Lope, no lo mencione, hombre – Cadalso asintió, cabizbajo – Ahora, váyase, tiene que dormir. Mañana hablaremos.

Hizo sonar la campanilla y su secretario entró de inmediato para acompañar a Cadalso a la salida. No tardó en regresar, con aire preocupado.

– ¿Sabemos ya qué demonios ha ocurrido? – le preguntó Aranda. El secretario titubeó.

– Según me han informado, la tumba de Lope de Vega estaba efectivamente vacía y también han sido profanadas otras. El capitán Cadalso tiene razón, formaban un pentáculo y por lo que... parece, se ha realizado alguna clase de magia negra, hay restos de elementos habituales en esas prácticas – se miraron mutuamente, durante un incómodo instante de silencio – He dado órdenes de que se tomen las medidas necesarias para eliminar todo rastro de lo sucedido esta noche. Constará que su Excelencia ha hecho una generosa contribución a la Iglesia para la restauración de varias tumbas, entre ellas la de Lope.

Así que, efectivamente, no había sido un delirio, alguien había hecho algo esa noche... Bueno, eso no implicaba necesariamente nada, la brujería existía desde tiempos inmemoriales. Ojo de lagarto, lengua de serpiente… Un montón de tonterías, nada realmente útil ni científicamente cierto. 

Pero no estaba el cadáver de Lope… 

¿Y qué? Podía haber desaparecido desde el principio, o ser robado en el largo tiempo que llevaba muerto. Pero… 

No era eso lo que importaba, sino el qué, el cómo. 

¿De verdad se iba a quedar sin buscar “la explicación lógica” de aquel enigma, diciéndose simplemente que la magia no existía y que, por tanto, no merecía la pena investigar el asunto? Jamás. 

Irónicamente, no sería lo científico.

– Que preparen mi coche – ordenó – Voy a examinar personalmente el cementerio.

Probablemente sólo se topara con más incógnitas. Pero, no tenía más remedio.

Era un hombre racional, un hombre de su siglo. 

Podía convivir con las dudas, pero jamás podría esconderse en la ignorancia.

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XLVI OTOÑO
Ganador CIVAIROTT con el relato

EL PRÓXIMO OTOÑO

En Madrid, a tres de noviembre de 1990

Sr. Juez:

Dicen que cada día se suicida una persona en Madrid. Hoy serán dos. Siento haberle hecho salir de su juzgado para tener que certificar mi muerte. He intentado hacerlo de la manera menos desagradable posible, de cara a todos los que han de verme en estos momentos de burocracia anteriores a mi traslado al cementerio. 
Le ahorraré tiempo diciéndole que esto es un suicidio, por si había dudas. Yo misma me tumbé en la cama y me tragué todas estas pastillas cuyo bote vacío encontrará a mi derecha. Le pedí al portero que entrara en mi casa tres horas más tarde, con la excusa de regar unas plantas, para que así me encontrase muerta con prontitud. Él es un hombre rudo, sabrá sobrellevar bien el susto. Me he suicidado, y lo he hecho con conocimiento de causa y sin presión exterior alguna. Ha sido una decisión pensada y deliberada. De hecho, llevo años con este pensamiento en la cabeza.

Me acabo de dar cuenta de que aún no me he presentado. Me llamo Rocío Atienza González, natural de Almendralejo, residente en Madrid desde hace veinte años y con 47 años de edad. Junto a esta carta le dejo toda mi documentación, así como otras dos cartas de despedida dirigidas a mis seres queridos. Sé que para usted sólo seré un caso más de suicidio. Me verá tumbada en la cama, un médico le notificará que efectivamente estoy  muerta y hará que un agente judicial comience con el papeleo. Quizás ya se haya acostumbrado a ver muertos. No sé si usted lleva treinta años en la profesión o si es un recién llegado. En cualquier caso, no se preocupe por mí. Hará bien en olvidarme pronto. No es sano recordar mientras se cena los muertos que se han visto ese día. 

Se preguntará por qué la gente decide no seguir más; qué pasa en la mente de una persona para optar por la muerte como solución a sus problemas. Para mí la muerte no es una solución a los problemas, sino una solución a la vida. No me gusta la vida. ¿Por qué ha de gustarme? No decidí vivir; nací porque dos seres muy equivocados decidieron sucumbir a la lujuria detrás de un matorral. Después ella quiso hacer desaparecer los rastros de su consumación usando el agua de una manguera… No lo consiguió. La concepción conllevó a la apresurada boda de esos dos infelices, lo cual supuso mi nacimiento en un frío hogar y el de tres criaturas más. Sólo les puedo agradecer que no me dejaran sola en la vida. El primer recuerdo que tengo es una paliza. Por lo visto lloraba mucho. Por cualquier cosa. Porque mis padres gritaban, porque pasaba hambre, porque pasaba frío… por cualquier cosa. Seguí creciendo y, sin darme cuenta, me convertí en la sierva de la casa; en la sierva de la esclava que era mi madre, y en la madre de mis hermanas pequeñas. Yo les daba a ellas el cariño que mis padres les negaban. Gracias a Dios la incapacidad de dar afecto no se hereda, y a mis ocho años les daba todo el que yo sí tenía a las tres pequeñas.

Seguí creciendo, y mi padre murió. Lo mató un hombre a quien le debía dinero. ¿No puede pagar? Pues le matamos. Mi madre le lloró durante meses como si la muerte se hubiese llevado a un hombre bondadoso. Una vez que el lacrimal se quedó seco, empezaron a llegar los demás hombres a mi casa. Ni siquiera se iba a una mala pensión. Los hombres entraban y mi madre nos escondía en la otra habitación. Debíamos permanecer calladas y quietas, escucháramos lo que escucháramos. Ella nos decía que esos hombres venían a darnos dinero para poder seguir adelante, que si no fuera por ellos, tendríamos que vivir en la calle y comer ratas. Una vez decidí ir a por agua para mis hermanas. Al salir de la cocina, me encontré a uno desnudo camino del baño. Al verme dio un pequeño salto de sorpresa. Luego se quedó parado y me dedicó una sonrisa. Yo me asusté y me metí rápidamente en nuestro cuarto. La primera vez que recibía una sonrisa en esa casa… y me asusté.

Aquello ocurrió durante años, los que le duró la belleza a mi madre. Algunas palizas y su afición a la bebida la afearon antes de tiempo. Por aquel entonces yo me había convertido en una joven de rostro fino y cuerpo de mujer. Mi madre me decía que la única manera de seguir adelante era sustituyéndola en su labor, que fregando escaleras no ganaba como para mantener a cinco personas y una casa. A mis 17 años yo no sabía de hombres. Huía de ellos, incluso de los muchachos de mi edad, por muy amables y cariñosos que fueran. Yo no quería gritar como lo hacía mi madre en sus encuentros. Una noche apareció ella con un hombre de unos cuarenta años. Me cogió del brazo y me llevó a la fuerza a su habitación. Me arrancó el camisón a tirones y me dijo que como no lo hiciera con ese hombre, le iba a hacer daño a mis hermanas. Me quedé tiritando sobre la cama, desnuda, y mi madre se fue echándome una última mirada que bien podría ser la del diablo. El hombre entró como si aquella atrocidad no fuera con él. Se me acercó con suavidad. Me susurró palabras como si fuese su hija, como si estuviera contándome un cuento antes de dormirme. Pero sus manos se dedicaban a otra cosa, a hurgar en mi cuerpo queriendo encontrar una piedra preciosa en él. Apestaba a tabaco y a alcohol, sus ojos estaban rojos y fuera de sí. Me decía que yo era su regalo de Navidad, y que gracias a él mis hermanas comerían durante todo un mes. Me las imaginé comiendo carnes y sopas calientes, acompañadas de pan y colines; las vi saboreando un flan, jugueteando con las cucharas, felices mientras apuraban el caramelo pegado a los platos. Las vi reírse mientras ese hombre se apoderaba de mí, y evité chillar como lo hacía mi madre, porque no quería parecerme a mi madre.

Todo aquello duró hasta que acudí al cura de mi barriada. En confesión decidí contarle todo lo que ocurría en aquella casa. Me aseguró que nos daría cobijo a las cuatro, que permaneceríamos juntas. Nos escapamos una tarde; aún me imagino la cara que se le pondría a mi madre al leer la nota que le puse: “No nos busques en el infierno”. Aquel cura nos llevó a una casa de campo de un adinerado terrateniente. Necesitaba chicas para limpiar y cocinar. Podríamos vivir las cuatro en la casa, a cambio de que cada fin de semana sus estancias estuviesen tan limpias como una suite real. El cura costearía el colegio de las dos más pequeñas, y las dos mayores recibiríamos lecciones de cocina de manos de su hermana.

La vida comenzaba a sonreírnos pero, por aquel entonces, yo ya había dejado de creer en ella. Me prometí seguir viviendo hasta que todas mis hermanas crecieran y se casaran. Para mí no quería nada. Ni hogar, ni marido, ni hijos. Seguí de casera de la casa hasta que el señor murió y la vendió a otra familia. Decidí irme a Madrid para estar más cerca de mis hermanas. En mi cabeza seguía con la idea de abandonar la vida, y siempre me prometía hacerlo en otoño. ¿Por qué en otoño? Porque no quería entristecer las navidades de mis seres queridos, porque adoro el calor de la chimenea candente, porque en invierno hace mucho frío para estar en un ataúd. Porque en primavera la luz me ata a la vida, porque mis sobrinos celebran sus cumpleaños, porque no quiero morir cuando la ciudad sonríe. Porque el verano me arranca sonrisas, porque el sol no nos quiere abandonar, porque en las noches el calor nos arropa. Pero en otoño… no hay nada que me una al otoño, excepto los árboles. Cuando sus hojas muertas empiezan a entristecer las calles, me recuerdan que ha llegado el momento de abandonar el lugar que nunca me quiso. Y por más que quiera alejarme de los duros recuerdos, no lo consigo. Cada noche se me aparecen aquellos fantasmas. Cada noche mi madre me mira con odio, mi padre me golpea, los hombres me gritan y me vejan. Y mi tormento no lo apaciguan ni las sonrisas de mis sobrinos. Por eso cada otoño me quiero morir, por eso siempre escribo esta carta que acaba arrugada en la papelera. Justo cuando la firmo me arrepiento, me acuerdo de mis sobrinos y me digo a mí misma: “Mejor el próximo otoño”. Pero no habrá próximo otoño. Ya morí con 17 años, y ahora lo haré otra vez.

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Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

XLVI MARES Y OCÉANOS
Ganador BIZARRO con el relato

LA MARISMA

La marisma es la zurrapa arrinconada de la bahía; sobrevive porque es quien primero se entera de la niebla, punteada de atracaderos muertos, cubiertos de algas y picoteados por las gaviotas. Todo aquí es el esqueleto de otra cosa, cadáver vivo, y la marea entra con una docilidad que no se puede encontrar ni en el acantilado ni en la playa. Nunca se verá una ola rompiendo en la marisma. 
Ni siquiera en verano consigue secar sus brazos y barrigas retorcidas. Ni siquiera en invierno guarda la apariencia de algo frío. 
Y sus visitantes habituales acababan viviendo en consonancia con esta apariencia. El Chato lleva botas de agua en cada momento, por encima de los pantalones de camuflaje que han perdido todo dibujo. El gersey azul desprende cierto olor a manteca y a fruta, un olor desagradable que sólo puede tolerar quien te ama. El Chato duerme demasiados días con la ropa puesta y las botas junto al hornillo y el cartón de tinto junto a la mano; y no le ama nadie. Cuando vende erizos o coquinas en la puerta del Botavento mira muy por debajo de las cejas, más consciente de su peste a mar y a sudor de lo que podría intuirse, avergonzado y tenso hasta que la cerveza le relaja y humaniza. Los días que tiene suerte devuelve algún dinero, alguna cerveza o algún cigarrillo. Se queda por la tarde viendo el fútbol en algún bar, oyendo lo que hablan los demás y alargando el vino. Luego vuelve a casa. 
Y luego a la marisma.
En la casa sigue teniendo luz gracias a que Ramona, la vecina, la madre postiza, le birló el recibo del buzón y fue a pagárselo al banco. Lo que no tiene es butano y muchas veces le cuesta ponerse bajo al agua fría para ducharse, después de tanta humedad de la calle y de la marisma. En resumen, apesta más de lo que debiera y menos de lo que le importa.

Llega en bicicleta con el cubo y la cesta agarrados como las alforjas de un borrico. La cadena chirría cada vez más correosa, quizá porque el aceite de fritura, como le dijo Chico el de la tienda, no es muy bueno para las máquinas. Saca el garabato de hierro, que es como una “ele” para arrancar los erizos de las rocas. Saca el cubo de plástico y se agacha para ajustarse los cordones de las botas en torno a las pantorrillas. El aíre de la marisma le abre las narices; hay marea baja y el fango está rendido bajo el amanecer, salpicado por todas partes de cangrejos que huyen y del palpitar indeciso de las algas. Más allá del laberinto de canales de tierra húmeda están las rocas, rebosando erizos por los bajos siempre sumergidos, y quizá algún pulpo o un centollo. 
Sólo la marisma huele más fuerte que él. 
El Chato se fuma un cigarrillo mientras camina hacia las rocas. No tarda mucho en darse cuenta de que algo no va bien. A lo lejos, más de doscientas brazas, hay un lancha rondando por los canales más alejados de la bahía. La gente que está en la cubierta mira al agua. No parecen marineros. El Chato se agacha con la suerte de tener el sol a la espalda. La lancha se detiene un rato y, en el silencio de la mañana, puede oírse que algún aparato está haciendo “pi,pi,pi”. Es un sonido parecido al de los detectores de metales. Esa gente está buscando algo, pero ahí en el agua no pueden ser monedas; sería de gilipollas. Además, el Chato no ve que ni uno sólo vaya vestido de hombre-rana. No son guardias civiles, no son marineros, no son buscadores de monedas, no son estudiantes. El Chato se siente repentinamente en peligro.
Deja el cubo y se mueve en cuclillas con el garabato en la mano, acercándose a las rocas para poder esconderse. La lancha se pone de nuevo en movimiento y se desplaza hacia el interior de unos esteros donde el Chato sabe que no podrán seguir con la marea baja. Decide irse de allí y, cuando se da la vuelta, ve un cuerpo a pocos metros de distancia, agarrado a la roca, con un maletín sujeto a la muñeca por unas esposas. La cara está realmente reventada contra los huecos húmedos y los mejillones, y algunos cangrejos pegan picotazos por el borde de esa tortilla de sangre. 
El Chato, sin mirar, por el ruido del motor, sabe que la lancha ya está embarrancada entre las paredes del estero, seguramente antes incluso de llegar a la caseta abandonada, posiblemente junto a la primera exclusa de madera. Los hombres primero intentarán sacar la lancha, forzarán el motor, se bajarán; tardarán en darse cuenta de que tienen que esperar a que suba la marea. El Chato mira por el lado de la roca y no ve la lancha. Se acerca al cuerpo. Se santigua. Le quita los cangrejos de la cara. Estudia las esposas y la posibilidad de cortar la mano con el cuchillo ostionero que lleva en el bolsillo. 
La gente de la lancha comienza a forzar el motor como el Chato había pronosticado. Si no se dan cuenta de su error, quizá en pocos minutos la marisma huela a quemado y el motor se calle para siempre. O quizá decidan esperar la subida de la marea buscando a pie por los esteros mientras usan ese aparato que pita; que pita buscando algo que hay en el maletín, sin ninguna duda. 
Así que, o se larga de allí en ese mismo momento, o se la juega. El Chato, cuando aún tenía pulmones, había sido bueno sacando lubinas y meros con el fusil de aire comprimido. Cuando un mero se encueva, abre las aletas y los pinchos de las aletas se clavan en la roca y no hay manera de sacarlo. Tienes que atar el arpón a una boya y esperar a que la boya emerja, cuando el mero se cansa y sale de la cueva, aunque eso a veces demora días y alguien puede robarte la presa si tienes que ir a tu casa. O puedes ser más rápido y arponear el mero antes que se encueve, pero entonces tienes que sacarlo a pulso del agua, a pulmón, y mucha gente ha muerto intentándolo. El Chato fue muy bueno en eso, sobretodo porque nunca confió en dejar una boya para que otro le robase el pescado,  y piensa que, con el maletín, tiene que hacer lo mismo. A pulmón.
Agarra la mano del hombre y, con la parte curva del garabato, la golpea una y otra vez en la base del dedo gordo hasta que le aplasta la mano y puede sacar las esposas y largarse con el maletín. 
Lo lleva junto al cubo y mete la hoja corta del cuchillo ostionero y hace toda la fuerza que tiene y abre un pelo el maletín y consigue meter la parte afilada del garabato y entonces hace palanca aguantando la tos y se fuerza hasta que le arde la espalda y la garganta y por fin revienta la maleta y se cae hacia atrás como si fuese un niño en la playa. 
Antes de contar los billetes busca con los dedos doloridos y engarfiados la cosa que hace que el detector que llevan en la lancha pite. Raja el maletín con la hoja del cuchillo ostionero por todas partes y luego se ve obligado a revolver entre los billetes y abre algunos fajos aprensados mientras se da cuenta de que el motor de la lancha ya no hace ruido; y eso quiere decir que quizá los hombres están ya andando por lo esteros. 
Encuentra una especie de transistor pequeño con una antenita que más parece un alambre, como los mp3 que lleva ahora la gente. Lo esconde en el puño y pega el puño a la frente y respira muy hondo, pensando en lo que haría él si encontrara un cadáver sin maletín, si encontrase un maletín abierto sin billetes. Se muere por fumarse un cigarrillo. 
Mira por encima de las rocas, pero aún no ve a los hombres. Se acerca al cadáver hecho una furia nerviosa y le pone la bota en el hombro y lo empuja fuerte para meterlo en el agua. El cadáver se hunde un poco, como una raya que se esconde en la arena. Debe ser suficiente mientras no sube la marea, porque el aparato que llevan los hombres no detecta cadáveres. Luego se pone a levantar piedras arañándose las manos y deja escapar cangrejos hasta que encuentra un centollo del tamaño de un gato pequeño. Le reviente el caparazón y le mete dentro el aparato con el alambre y lo tira todo lo lejos que puede. Si en algo conoce el mar, sabe que no tardará en ser devorado por un pez grande, quizá un mero, que quizá también se encueve bien adentro con el estómago lleno.

El Chato está sentado en el salón de su casa, recién duchado, con las botas de agua cerca del hornillo y el cartón de tinto aún sin abrir sobre la mesa. En el suelo, frente a él, está el maletín con el dinero. Es muchísimo. El Chato está teniendo problemas para imaginarse qué puede hacer ahora con ese dinero, aparte de comprar la bombona de butano cada vez que se acabe y robarle el recibo de la luz a Ramona para pagárselo en el banco y que nadie más le tenga que invitar a una cerveza. Comprar el marisco y el pescado, no meterse más en fango hasta la cintura para buscarlo.
Abre el cartón de tinto.
La gente rica, según dice, pesca por gusto.

El Chato entra en la tienda. Todo huele a goma nueva y a fibra de carbono. Se apoya en el mostrador, detrás del que Chico prueba los pedales de una bicicleta colocada panza arriba. Se muestra sorprendido y amable, y por dentro algo asqueado, porque el Chato huele a lo de siempre.  El pelo limpio, afeitado, pero la ropa de siempre.
- ¿Qué pasa hombre? – saluda Chico, curioso.
- Aceite para la cadena – dice el Chato – Que me está amargando el puto ruidito.

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raulcamposval

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15 de Diciembre de 2010 a las 22:55
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

Ya podéis votar, hasta el 26 de diciembre a las 22 horas. Ánimo.

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civairott

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15 de Diciembre de 2010 a las 23:20
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

Raúl, una duda... ¿Los autores que participamos con un relato... (aunque Oniria lo hace con ¡tres!).... podemos votar?  Entendiendo, claro, que sin votarnos a nosotros mismos. Pero sí votando entre los otros relatos participantes.

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ElCubo

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16 de Diciembre de 2010 a las 8:59
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

¡Ufff!!! ¡Qué difícil!
Son todos mallíiiisimos (jejeje).


Ahí va mi elección:
3 ptos.: LA LÍNEA.
2 ptos.: BRONCE Y NARDOS.
1 pto.: EL PRÓXIMO OTOÑO.

Incomprensiblemente dejo sin votos a "LA MARISMA" que se llevó cinco puntazos de mi parte (lo siento, Bizarro, ya monopolizaste demasiados votos en aquella edición -jeje-).
Bueno, ahora en serio. Aunque no tengo que justificar nada, me veo en la obligación de hacerlo. Los cuatro relatos me parecen geniales y mi subjetiva decisión se cimienta en el "cuerpo" que se me quedó después de leerlos y en el recuerdo que guardo de ellos.

¡Suerte a todos (incluidos los que no he nombrado, claro está)!

Edito: ¡Que lástima no tener el "problema" de Civairott! Jejeje.

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wiskott

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16 de Diciembre de 2010 a las 10:13
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

cita de raulcamposval

Ya podéis votar, hasta el 26 de diciembre a las 22 horas. Ánimo.

¿Esto cómo va? Excepto los autores de los relatos presentados en este hilo, ¿puede votar cualquiera?

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ElCubo

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16 de Diciembre de 2010 a las 11:51
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

cita de wiskott

cita de raulcamposval

Ya podéis votar, hasta el 26 de diciembre a las 22 horas. Ánimo.

¿Esto cómo va? Excepto los autores de los relatos presentados en este hilo, ¿puede votar cualquiera?

¡Buahhh!
Snif, snif..., soy un "cualquiera" (jejeje).

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wiskott

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16 de Diciembre de 2010 a las 12:14
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

cita de DavidMoises

cita de wiskott

cita de raulcamposval

Ya podéis votar, hasta el 26 de diciembre a las 22 horas. Ánimo.

¿Esto cómo va? Excepto los autores de los relatos presentados en este hilo, ¿puede votar cualquiera?

¡Buahhh!
Snif, snif..., soy un "cualquiera" (jejeje).

Rebobina, chatín, que lo único que quiero saber es si puedo votar yo....

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wiskott

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16 de Diciembre de 2010 a las 12:28
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

cita de wiskott

cita de DavidMoises

cita de wiskott

cita de raulcamposval

Ya podéis votar, hasta el 26 de diciembre a las 22 horas. Ánimo.

¿Esto cómo va? Excepto los autores de los relatos presentados en este hilo, ¿puede votar cualquiera?

¡Buahhh!
Snif, snif..., soy un "cualquiera" (jejeje).

Rebobina, chatín, que lo único que quiero saber es si puedo votar yo....

Ahora que lo pienso, supongo que eso significaba que sí así que....


3 La línea


2 El próximo otoño


1 La marisma

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ElCubo

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16 de Diciembre de 2010 a las 12:59
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

cita de wiskott

cita de wiskott

cita de DavidMoises

cita de wiskott

cita de raulcamposval

Ya podéis votar, hasta el 26 de diciembre a las 22 horas. Ánimo.

¿Esto cómo va? Excepto los autores de los relatos presentados en este hilo, ¿puede votar cualquiera?

¡Buahhh!
Snif, snif..., soy un "cualquiera" (jejeje).

Rebobina, chatín, que lo único que quiero saber es si puedo votar yo....

Ahora que lo pienso, supongo que eso significaba que sí así que....


3 La línea


2 El próximo otoño


1 La marisma



Eso es, Wiskott. Sólo quería decir eso (no te "rayes"): que, si yo había votado, era porque también entendía que podía votar cualquiera.
Saludos.

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skeiskei

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16 de Diciembre de 2010 a las 13:17
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

Ale, listo:

3 - La Linea

2- La pezuña del Diablo

1- Gólgota

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raulcamposval

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16 de Diciembre de 2010 a las 14:04
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

Los autores que optan al premio no pueden votar nada. 

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Harmanis

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16 de Diciembre de 2010 a las 14:32
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

3     La pezuña de Satán

2     La Marisma
1     Bronce y Nardos

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ojodegato

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16 de Diciembre de 2010 a las 14:54
Re: MÁS LITERATURA - Relato del 4º trimestre de 2010

Pasaba por aquí y no tengo muy claro si puedo votar. Yo los pongo y ya vosotros diréis.


3. El próximo otoño


2. La línea


3. La marisma

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