LXIX edición concurso quincenal de relatos: Erotismo. Aquí los relatos
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
SAKURA
Seguía deslumbrado por la impresionante belleza de los paisajes que había podido contemplar antes de aterrizar en el aeropuerto de Tokio. Ahora nos deslizábamos en medio de una campiña de preciosos colores, de pastos y cultivos bien cuidados, en un tren que me adentraba en el mundo rural, lejos de las rutas turísticas. Ya había visto en otras ocasiones todo el esplendor de los Emperadores y el orgulloso mundo moderno de los japoneses, en esta ocasión deseaba conocer de verdad a un pueblo que se debatía entre su cultura ancestral y las nuevas tecnologías.
Conocí a Sakura durante aquel viaje en tren. Se sentó frente a mí y me miró con aquellos ojos almendrados e inocentes y ya no pude dejar de observarla. Era menuda y nerviosa, su pelo negro peinado en una media melena lisa y brillante y vestía unos desgastados vaqueros totalmente comunes en cualquier parte. No sé que edad tendría, pero era muy joven. No volvió a mirarme, sus ojos contemplaban el paisaje o permanecían entornados en un ademán discreto, eso me permitió a mí estudiarla a gusto y como tenía tiempo de sobra, dejar a mi imaginación volar fantaseando con ella, tan extraña para mí, en diferentes situaciones excitantes.
Para cuando anocheció y después de varias estaciones, nos habíamos quedado solos en el vagón. Sin quererlo seguramente, se fue durmiendo recogidas sus piernas sobre el asiento, en una postura que a mí me parecía incómoda; en varias ocasiones estuvo a punto de caer, despertando sobresaltada. Preocupado, me senté en el asiento a su lado y empujándole suavemente conseguí que apoyara su cabeza sobre mi pecho, después de pasar mi brazo por sus hombros. Me miró sobresaltada, la sonreí y no sé si porque estaba medio dormida o porque me encontró de fiar, volvió a cerrar los ojos y se durmió, esta vez profundamente.
Yo no pude pegar ojo, el cuerpo delicado y liviano de aquella mujer reposaba pegado al mío, su cabeza bajo mi barbilla me dejaba ver apenas su boca redonda y jugosa y su pelo despedía el aroma dulzón de alguna planta que no pude distinguir. Con mucho cuidado la cubrí con la pequeña manta tejida que ella había dejado sobre el asiento y me quedé muy quieto, sintiendo que allí, con ella, me encontraba a gusto, como si el objetivo de mi viaje hubiera sido encontrarla.
Aún no había amanecido del todo cuando llegamos a Fukuoka, mi destino y el suyo, al parecer. Después de varios días de reuniones y discusiones de trabajo, había decidido darme una vuelta por una ciudad que tenía fama de divertida y también de tener un buen ambiente cultural.
Sakura despertó sobresaltada entre mis brazos y vi cómo se sonrojaba; sin mirarme se inclinó ante mí y con una voz apenas audible, me pidió excusas, se levantó y desapareció de mi vista entre el gentío que se apresuraba por la estación.
Me dediqué a deambular por las calles disfrutando de aquel ambiente tan igual y a la vez tan diferente del mío habitual. Cada mujer que se cruzaba en mi camino tenía la cara de Sakura y me quedaba mirándola esperando que en realidad lo fuera y me sonriera indicándome que me había reconocido. Pero no la encontré hasta varias noches después. Bailaba y cantaba en un pub en la zona de Nakasu, al que yo me había desplazado porque me lo habían recomendado como el más divertido de la ciudad.
Llevaba un precioso vestido de un amarillo delicado, bordado con ramajes grises, que se ajustaba a su cuerpo como un guante y dejaba al descubierto sus piernas desnudas al menor de sus movimientos. En sus dedos brillaban unas larguísimas uñas doradas y su precioso pelo negro formaba un moño bajo adornado con flores del mismo color. Quedé deslumbrado, no solo por lo hermosa que estaba, sino además por la forma en que movía su cuerpo por el escenario y por su deliciosa voz de niña que susurraba la canción delicadamente. No pude despegarme de allí. Los hombres se le acercaban al finalizar el espectáculo y yo no me atrevía a hacerlo. Noche tras noche me situaba en un lugar discreto y la contemplaba. Necesité varias más para decidirme. La esperé a la salida; iba acompañada por una mujer madura y envolvía su cuerpo con una gabardina clara que la hacía parecer aún más niña. Me planté delante de ella sin decir palabra, solo la miré, creo que con todo el corazón en los ojos. Se quedó mirándome sin decir nada, en los suyos reinaba la indiferencia y yo creí que me moría de la decepción y la vergüenza. Pero, de pronto, fue como si se encendiera una luz en ellos y una alegre sonrisa se dibujó en su cara
No recuerdo cuales fueron sus palabras, no la entendí pues apenas hablo japonés. Luego se volvió a su acompañante y debió de despedirla porque, después de insistirle un poco, finalmente se fue. Caminamos tranquilamente cogidos del brazo como si fuera lo que habíamos hecho toda la vida. Notaba en el mío su pequeña mano que, de vez en cuando, lo oprimía como para cerciorarse de que estaba ahí. Cerca del río el aire se volvió húmedo y la rodeé con mi brazo, era tan menuda que su cabeza apenas llegaba a mi pecho. Nos paramos a mirarnos llevados por nuestra conversación, esta vez en inglés; se reía por mi manera de pronunciar algunas palabras en su idioma y yo solo veía su boca y sus ojos mirándome confiada. Me acerqué más a ella y pareció incomodarse, pero luego se quedó quieta, como si esperara algo. No podía pensar en otra cosa, deseaba besar sus labios y no sabía si debía hacerlo o era demasiado pronto. Debió leer mis pensamientos pues acercó a mi oído el objeto de mis deseos y susurró algo en él que no entendí pero que me produjo un escalofrío. Volví a mirarla, esta vez sus ojos estaban muy cerca, en ellos brillaba un punto de malicia y su boca roja se entreabría en una sonrisa abierta y confiada, no lo pensé más. Deposité en ella un beso suave, pasé mi lengua dulcemente por aquellos labios tibios y al ver que temblaba me detuve, esperando no sé qué. Entonces fue ella la que se acercó y con pequeños bocados recorrió los míos, su cuerpo tembloroso y sus manos frías entrelazadas con las mías.
Después se separó de mí y volvió a caminar, esta vez más ligera, como si deseara huir de mí. La seguí, me sentía trastocado y débil, incluso asustado porque de pronto volviera a desaparecer de mi vida tal como había aparecido. Cuando se paró, volvió a mirarme y como dejándose llevar de un impulso me tomó de la mano y me dijo: Ven.
Vivía en un apartamento pequeño en la zona de Hakata, todo en él era como ella, diminuto y delicado, con un aire misterioso y un delicioso olor a plantas aromáticas suave y discreto. Me hizo sentar y me quitó los zapatos, después me pidió que me acomodara en unos cojines en el suelo detrás de una mesita baja llena de tacitas floreadas. Me pidió que esperara. Todo mi cuerpo era como un río caudaloso lleno de remolinos cuyas aguas bajaban desbocadas hacia mi vientre. De pronto se apagó la luz y vi un destello de luz titilante que se acercaba hacia la puerta, asomaron sus manos sujetando una bandeja en la que reposaban varias velas encendidas y una vajilla preparada para servir y después apareció ella… jamás olvidaré aquel instante, mi corazón dio un vuelco y empezó a palpitar velozmente. Sakura había peinado de nuevo su pelo, esta vez en un artístico moño atravesado por varias agujas, su cara estaba ahora muy pálida y sus ojos resaltaban en ella aún más negros, su boca era pequeña y muy dibujada, completamente roja. Vestía un precioso quimono de raso crema y dorados bordados y caminaba a pequeños pasitos sobre unas sandalias de madera.
Se arrodilló frente a mí y me sirvió delicadamente el té. Yo lo tomé sin recordar que no me gustaba. Solo tenía ojos para ella y lo que sucedía en mi cuerpo y mi mente. No tuvo prisa, hizo de mí un esclavo que solo ansiaba liberarse del tormento del deseo. Cuando finalmente llegó ese instante, yo ya no quería ser libre.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Voy a mandársela. No, el camarero no me ve.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Como el viento
Me piden un relato erótico para una tertulia decameroniana. Ustedes saben que yo difícilmente puedo contar algo ligero. El erotismo es la espuma del deseo y yo soy de los que apuran la jarra hasta las heces.
Quizás pueda referirles algo que les plazca a ustedes y a mí no me resulte escaso.
Ella tenía veinte años y un poco. Se llamaba Haize, que es como decir viento o anhelo.
En aquellos tiempos las calles hervían. Era un día de verano. Una multitud desobediente desbordaba aceras, plazas y calzadas sin otro atisbo de orden que la raya móvil de una pancarta. Cincuenta metros por delante de ella, los vehículos policiales y sus destellos azules abrían camino como el padre que da permiso para lo que el hijo se ha tomado ya por la mano. Detrás de la pancarta, caos, fiesta, disfraz, grito, indignación.
Haize descaminaba el rumbo entre tantos muchos. Había pasado la mañana a la sombra de los pinos del Retiro, entre asambleas y una última reunión, densa y tardía como la hora de la siesta. Aún se había retrasado más tomando contactos de Granada, Málaga, Alicante, de un parisino con mostachos de comunard y de una chica griega que decía llamarse Eleuteria. Al acabar, había perdido a los suyos entre la riada que fluía hacia Atocha. Siguió la deriva tras ellos. Cuando llegó, la manifestación arrancaba y ella estaba sola.
- Barkatu mesedez -las palabras de su lengua materna eran las primeras que le venían a la boca cuando se sentía desvalida- Perdona -se corrigió enseguida-, soy de Irún. He perdido a mis amigos. Me he quedado sin batería en el móvil. ¿Me dejas hacer una llamada con el tuyo?
- Yo también me he quedado sin batería.
- Yo también.
- Yo también.
Baterías para el 15M, que aguanten 72 horas fuera de casa acampando en las plazas.
Un catalán que sonreía como un cielo le dejó el suyo. Haize llamó al único teléfono de su agenda que se sabía de memoria. Apagado, fuera de cobertura, quién sabe.
- Mierda. Otro sin batería.
- Vente con nosotros, los encontraremos en Sol.
Haize le dijo “no” con una sonrisa que parecía “sí”. Y no fingía. Haize era una mujer capaz de abandonar a un amante dejándolo convencido de que todavía era querido.
Siguió buscando. Un cortejo de tambores y cánticos subía ya por el Paseo del Prado. Se colocó en la mediana cara a la gente, mirando a derecha e izquierda, como una barca rompiendo las olas. Demasiado altas. Se encaramó a la verja que protegía el jardín, de la verja a la farola. Buen lugar para un gaviero, para hacer fotos, para un video interminable en una pantalla de ocho carriles de ancho cuyo horizonte se perdía en la Glorieta de Atocha. Batucadas, pancartas para llevar de seis en fondo y pancartas para llevarlas en la mano como un cirio, pancartas para leer y pancartas que rugen en tus oídos, pancartas que te rompen la cara con una sonrisa y pancartas que te hacen apretar puños y dientes.
Su equilibrio no era cómodo. Rodeaba el fuste de la farola con un brazo y descolgaba el cuerpo hacia afuera, los pies apoyados en oblicuo sobre la moldura curva. Al rato, cuando el hombro gemía, basculaba sobre el otro brazo, el otro pie.
A Haize los ojos le dejaban de ver de tanto mirar sin reconocer. Buscaba la tripa de Polentzi, las rastas de Luna, la coleta de Mikel, la txapela de David. Buscaba el detalle conocido en aquel océano multicolor, cantante y danzante, y a cada momento se sentía más náufraga, sola, exiliada, desterrada de aquella multitud que eran los suyos pero en los que no reconocía a nadie. A fuerza de pretender individualizar los rostros, todos le acababan resultando igualmente diferentes. Disfraces, charangas, canciones, estribillos, el grito perenne “¡Que no, que no, que no nos representan!”, “Lo llaman democracia y no lo es, ¡no lo es!”. Diez, veinte, treinta minutos: la Glorieta de Atocha seguía expulsando manifestantes, como si fuera el volcán de la indignación.
Una cámara la enfocaba a ella. Se sintió espectáculo, exhibida, un poco avergonzada, también desinhibida. Saludó con una sonrisa y una mano haciendo mariposas. A sus pies arreció el grito “¡No nos mires, únete!” . Cerró el puño con rabia y lo agitó y gritó.
- Tenías que haberte quitado la camiseta. Ibas sin sujetador, ¿verdad? Hubieras estado preciosa.
Paolo iluminaba la pantalla del ordenador con sus ojos chispeantes. Haize sentía el mismo cosquilleo que cuando él la desnudaba.
- Deja de mirarme en la pantalla que estoy aquí, so perverso. ¿Quieres que me vaya al dormitorio, encienda mi ordenador y que volvamos a chatear como cuando nos conocimos?
- Preciosa, de verdad. Come il vento: Haize guiando al pueblo. Déjame que te saque unas fotos sin camiseta y hago un montaje con el photoshop y lo subo a la web.
- Pero tú que te has creído... -le pellizcó el costado con toda el alma- Aún estoy oyendo a mi madre cuando me vio en el periódico subida a una farola, "niña, por dios, que te vas a caer", y tú me quieres sacar en tetas en la web...
- Tienes unas tetas preciosas. Bueno, ya sabía que no me ibas a dejar disponer del original así que... mira lo que he hecho, qué guapa saldrías.
Paolo corrió el ratón por el escritorio, abrió un par de carpetas, clickó un par de veces. En la pantalla se desplegó el cuadro de Delacroix, aquella mujer de pechos desnudos, la tricolor en la mano y la bayoneta en la otra. Otro click, y al lado apareció la foto de Haize subida a la farola, el puño en alto, con los tirantes de la camiseta caídos hasta la cintura.
- Eres un artista, Paolo. Pero por favor, guárdate ese montaje para ti, que no circule. ¿Me lo prometes?
- Te lo prometo. Lo guardaré hasta que seamos viejitos y queramos recordar estos momentos.
Haize le dio un beso. Paolo empezó a hurgar por debajo de su camiseta.
No había sido buena idea sentarse en el suelo lleno de charcos. La intención había sido proporcionar imágenes para la prensa, imágenes que dieran cuerpo mediático a la rebeldía, a la indignación. La lluvia lo fastidió todo.
La poli llegó enseguida con un ulular intimidatorio que prometía muy buenas fotos, fotos con el suelo lleno de reflejos azules y cuerpos, sus cuerpos jóvenes, suspendidos en el aire, arrastrados de los brazos y los pies. Pero las sirenas enmudecieron en cuanto vieron cámaras. Bajaron de las furgonetas. Se pusieron los cascos como si faltara un rato para que dieran la hora. Ellas y ellos se dejaron caer al suelo, entrelazados, protegiéndose del aire frío con el cuerpo ajeno, solidario. Nada, en cambio, podían hacer contra el suelo mojado. Bragas de goretex, pensó Haize, ropa de montaña para asaltar las cumbres financieras. Nunca se había sentido más húmeda ahí abajo y menos excitada.
Había más policías que indignados. Haize se sentía patética, levantando su trozo de cartón de 50x60, uniendo su voz a un coro de voces enmudecido por el tráfico de la Castellana. Añoró el calor del verano, la multitud incontenible atronando las calles, la embriaguez de ser parte, carne y voz de aquel torrente humano. Había pasado el verano, había pasado el otoño, había llegado el invierno. Hasta Paolo había vuelto a Italia. Se habían quedado sin batería, todos. Otra vez volvían los años grises, la soledad de unos pocos resistiendo para que la llama volviera a prender otra vez alguna vez. Maldito Paolo, por qué te fuiste tan pronto.
El sirimiri seguía calándoles. La poli dejó que la lluvia apagara la curiosidad de las cámaras. Los periodistas hicieron una faena de aliño y se fueron. Sólo entonces empezaron a trasladar los cuerpos a las furgonetas en lotes de a ocho, metódicamente. Tal como ellas y ellos habían previsto, cuerpos descolgados de sus brazos y sus piernas. Pero sin ningún testigo. Con el culo mojado.
Haize entró en el último lote. La embridaron por detrás y la empujaron al fondo. A su lado cayó un chico del que sólo sabía que se llamaba Roger. Enfrente estaba Yoyes y otro que no conocía. Aposentó el culo en el banco. El frío húmedo le mordió otra vez la entrepierna. Masticó una mueca de asco.
El chico se arrimó a ella, las manos a la espalda.
- ¿Estás bien? -llevaba una barba casual de varios días, y el pelo castaño un poco largo, tapando las orejas.
Ella le miró de soslayo, sin contestar, tiritando.
- Que si estás bien.
- Bien jodida. Como tú. -“ahora me viene éste de galán, acabáramos”- ¿O no tienes los huevos pasados por agua?
- No te preocupes, en un rato estaremos fuera, en cuanto nos tomen los nombres.
“Y tú me esperarás en la puerta hasta que salga, como si lo estuviera viendo”
- Que te crees tú eso, esto ya no es como antes. Se lo tomarán con calma para que disfrutemos de nuestro enfriamiento. Y dentro de unos días nos llegará a casa la multa de seiscientos euros por desórdenes, si no son tres mil. El verano quedó ya muy atrás, chaval.
- Vale, chica, perdona. Solo quería ser amable -Roger iba bajando la voz a cada palabra.
Yoyes, delante, la interrogaba con las cejas. Haize recapacitó.
- Tienes razón, perdóname tú. -no era Paolo, mierda, por qué te fuiste-. Ven, dame un beso.
Roger giró la cabeza y Haize le plantó un beso furioso en los morros.
- ¿Sabes una cosa? -dijo Haize- Resistiremos. Resistiremos y volverá el verano. Volveremos a llenar las calles y no será como antes, seremos muchos más y podremos con ellos.
Y yo quiero imaginar que añadió algo. Pero si no lo dijo, si solo lo pensó y no llegó a decirlo, es así como yo la recuerdo desde entonces: aupada a una farola, con el puño cerrado y los pechos al aire.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La confesión del escudero
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida. Hacía tiempo que no te veía por la Casa de Dios.
—Sí, padre. He estado con mi señor andando caminos. Ahora él ha quedado hospedado en el palacio de los Condes de Lemos y me dio licencia para volver a mi casa durante unos días. Esta mañana, antes del alba, quité los arreos al burro.
—¿Viajaste de noche y vienes presto a confesar? ¿Qué cuita te aflige, hijo mío?
—Pues verá, padre… venía yo tan contento de camino, pensando en la alegría que le daría a mi Teresa –bendita sea- después de tanto tiempo de ausencia. No voy a negar que también me regocijaba calculando cómo me recibiría y lo mucho que gozaríamos yaciendo como esposos. Y no creo que eso sea pecado, padre, pues siempre he creído que aunque el Demonio dejó su marca en el hombre haciendo que el deseo se apareciera -a veces con dolor- sin ser llamado, también he creído que el buen Dios, en su misericordia, nos dio el sagrado Sacramento del matrimonio, para que nosotros, sus siervos, pudiéramos dar alivio a la tentación sin caer en el pecado.
—Y crees bien, hijo mío, crees bien. Pero tu mujer no estaba a tu lado, ¿caíste acaso en el pecado del onanismo?
—Perdone mi ignorancia, padre. No sé qué pecado es ése.
—¿Te tocaste para sentir placer?
—Iba montado en el Rucio, era difícil. No hubiera podido en semejante postura. Pero sí que notaba cómo se me alegraba la entrepierna y me empezaba a entrar la desazón.
Y en ésas andaba cuando mi estómago, quizás guiado por Dios para alejarme de los pensamientos impuros, me avisó de que se iba acercando la hora de procurarle algún sustento, por lo que busqué una buena sombra, cerca de un arroyo, a fin de darle consuelo al pobre. Dejé al asno suelto para que pudiera acercarse al agua y corretear, si así le placía, sin mi peso a cuestas. Di cuenta del buen queso y el mejor vino que el Conde tuvo a bien mandar que me dieran para sobrellevar el viaje. No faltó una buena hogaza de pan para que el alimento fuera cumplido. Me dispuse a dormir un poco de siesta, pues si el mismo Dios se tomó un día de descanso después de crear el mundo, no es de extrañar que este miserable siervo necesitara un rato de respiro después de recorrer muchas leguas. Y estaba yo en el duermevela cuando escuché relinchos no muy lejos de donde me hallaba. Se me vino al entendimiento entonces que, del mismo modo que yo añoraba los cariños de mi esposa, pudiera ser que mi burro evocara los retozos con la Parda (la burra que en el corral de casa quedó) de los que disfrutaba cuando ambos llevábamos una vida tranquila y alejada del mundo de la Caballería. Y como quiera que las yeguas que andan por el campo, aunque libres parezcan, no dejan de tener amos y a éstos no suele gustar que a sus hembras monten burros, porque un mulo no tiene el valor de un potro, fuime a buscar al Rucio para evitar que cayera en tentaciones que nos trajeran problemas con los dueños de las yeguas. Y así emprendí mi búsqueda llamando al animal sin que me respondiera. Llegué hasta la orilla del río y allí vi a una moza que lavando la ropa estaba.
Sin pensarlo me detuve para así poder verla. Y aunque mi Teresa es rolliza y morena y ésta era rubia y flaca, el Demonio debió de nublarme la vista, pues hubiera jurado que se parecía a mi buena esposa en sus tiempos de juventud. Y también debió de nublarme otras cosas, pues aunque los relinchos se seguían escuchando no hice cuenta de mi burro ni de las complicaciones que me pudiera traer su naturaleza impía.
La contemplaba callado y ensimismado, gacho entre los juncos para así no ser advertido por ella. Ay, padre, si la hubiera visto… ¡Qué gracia tenía en sus movimientos, con qué energía frotaba los trapos, cómo arqueaba su espalda, con qué buen aire se apartaba el pelo de la cara! Y sus pechos… su camisa estaba mojada y se transparentaba toda. ¡Qué firmeza se adivinaba, qué dureza!
—No pares ahora, hijo. Sigue contando.
—Empecé a sentir sudores y calenturas que ni enfermo había sentido antes.
—¿Gozaste con la doncella?, ¿es ése tu pecado?
—Tuve tentación de hacerlo, pues como le dije, a mi Teresa creía estar viendo mas la ceguera no fue completa y tuve en consideración que no era mi esposa. La zagala se levantó y se secó las manos pasándolas por su fino talle. Remangose entonces la falda y puede ver sus pequeños pies que en agua jugueteaban, seguidos de sus piernas desnudas. Me entró entonces una temblera que bien pudiera haber tomado por fiebres si no fuera porque su causa conocía.
Ante mis ojos quitose la ropa toda y, tal y como Dios la trajo al mundo, se metió en el arroyo. Digo yo que sería para lavarse, pues no dejaba de frotarse los pezones y se tardaba mucho con la mano en la entrepierna.
—¿Veías lo que hacía con esa mano?
—El agua le llegaba a la cintura, no podía verlo. Pero algo debía de tener que le causaba zozobra, pues su rostro se mudaba y se encogía en cada gesto.
Y no sé cómo ni por qué fue, pero mi bálano, al que ha tiempo que no veía -pues esta gorda barriga me impedía su visión- y del que ya sólo sabía cuando me entraban ganas de orinar o mi Teresa daba cuenta de él, se fue engrosando y creciendo hasta que consiguió escapar de las calzas y, para gran sorpresa mía, asomar su cabecilla más allá de aquesta panza que siempre me lo ocultaba. Diome tanta alegría verlo después de tanto tiempo, que como si de un amigo se tratara con la mano lo estreché, y él también pareció alegrarse, pues más estrechamiento pedía.
Y así estábamos saludándonos cuando otra moza apareció. Se quedó mirando al arroyo, donde la otra zagala estaba y, aunque no tenía las manos mojadas, hizo como que se las secaba acariciando todo su cuerpo. Debió de apretarle el calor, pues también se quitó la ropa y acudió a hacer compañía a la que en el agua se encontraba. Pudiera ser que fueran hermanas, ya que en cuanto se tuvieron a mano se besaron con mucho cariño y confianza.
—¿En la boca quizás?
—En la boca, en el cuello, en los senos… se abrazaban muy apretadas y no dejaban de tocarse.
—¿Dónde y cómo se tocaban?
—Por todas partes, padre. Sobre todo en las tetillas y por debajo del agua.
—¿Y tú mientras… qué hacías?
—Más que nada las miraba… y mi mano, ella sola, sin que nadie lo mandara, seguía saludando a mi verga sin ya casi poder abarcarla.
—¿Y fuiste junto a ellas?
—No. Las dos salieron del agua. En la orilla se tumbaron y allí…
—Sigue, hijo, sigue. Descarga… el peso de tu alma.
—Siguieron con las caricias y cruzaron las piernas la una con la otra de forma que sus vergüenzas se encontraban. Gemían como si les doliera, pero sus caras estaban rosadas y lozanas. Yo creo que sonreían cuando con la boca no se besaban.
—¿Ya no se tocaban los pechos?
—Ésos no los soltaban.
—¿Los agarraban o los acariciaban?
—Unas veces los sobaban, otras los apretaban y las más de las veces los lamían y mamaban.
—Sigue, hijo, no pares. Dime qué pasó entonces.
—Que un buen mozo llegó. Lo primero que hizo fue lo que estaba haciendo yo, se agachó entre los matojos y buscó de echarse mano, pero pronto cambió de idea y se acercó a las muchachas presto. Las mozas ni lo vieron, pues estaban muy ocupadas. Él se quitó la camisa y se arrodilló junto a ellas, empezó a acariciarles las nalgas primero, después todo lo que alcanzó. La zagalas se giraron y lo miraron sonriendo, una se puso a besarlo y la otra le bajó el calzón con desparpajo.
—¿Quedose entonces desnudo?
—Desnudo aunque bien calzado.
—¿Qué más hicieron?
—Durante un rato se tentaron, pero aquello no duró mucho. Enseguida una moza abrió la boca y el carajo encontró aposento en ella, aunque el acomodo era a ratos, pues lo metía y lo sacaba sin estarse nunca quieto.
—¿Y la otra moza mientras tanto?
—Ora lamía una teta, ora besaba al mancebo, ora se acariciaba entre los muslos, ora le disputaba el bocado a su amiga… y como no lo conseguía, buscó entre las piernas de ella.
—¿Le metió la cabeza entre las piernas a la otra muchacha?
—Mucho y muy seguido. Parecía que comiera y disfrutara la vianda.
—No pares ahora, hijo. Sigue, sigue… ¡Sigue! ¡Lleguemos hasta el final de este horrible pecado!
—Al final llegué yo en ese momento conteniendo un alarido que nunca antes había tenido necesidad de sujetar. En la yerba quedé tendido mirando de respirar, pues el aire me faltaba y eso me hacía jadear. Cuando al fin cobré el resuello, los mozos ya se habían ido, regresé bajo el chaparro y le di un tiento al pellejo del buen vino que aún quedaba.
El Rucio asomó entre las ramas y me dije que era señal divina para que de allí me marchara. Viajé durante toda la noche y en cuanto llegué víneme a confesar, pues me pienso que he pecado.
—Dios te bendiga, hijo, pues has razonado muy bien. Gran pecado es el tuyo y más grande el de esos desalmados.
—¿Qué penitencia me manda, padre?
—Déjame mejor pensarlo, pues es cosa de gran cuidado. Vente mañana a esta hora y vuelves a contármelo. También quiero que me des noticia de dónde todo eso ocurrió, pues pudiera ser que me acercara… para dar parte al inquisidor, claro. Mañana, con más detalles, te impondré la penitencia.
—Mañana vendré pues. ¿Cree que será pecado que goce de mi Teresa sin haberme conciliado? Es que por algún motivo, que a comprender no acierto, mientras confesaba me nació cierta comezón.
—Tengo dudas al respecto. Goza y, mañana, si resuelvo que es pecado, lo incluimos en la confesión.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
SM3.
Virginia se echó perfume, concretamente, Fahrenheit. Se frotó con él las palma de las manos y luego le masajeó las nalgas a Elena que estaba de pie frente a ella y de espaldas.
-A Pilar le gusta que sus esclavos utilicemos esta colonia para cauteriza las heridas que nos deja con la fusta, con los látigos o con las palmetas. Aunque es de hombre. Pero huele muy bien ¿Verdad?
Elena no dijo nada, solo soltó un gritito por el escozor que le produjo el alcohol de aquel perfume. Tenía el culo lleno de marcas; Pilar la estuvo pegando un buen rato ahí con el cuello de la fusta. Para que dolieran.
-Y ahora metámonos en la ducha, las dos juntas, para no perder tiempo, tenemos un montón de cosas que hacer para prepararnos y quedan menos de venticinco minutos hasta las ocho. Vamos.- Miraba el reloj mientras hablaba, en todas las habitaciones había uno, muy grande, colgado en la pared, siempre el mismo modelo, para que los esclavos pudieran controlar al segundo los tiempos. Virginia, que estaba de rodillas detrás de Elena, se levantó, la cogió de la mano, la llevó hasta la ducha y se metió con ella dentro de la gran mampara corredera. Ya estaban ambas desnudas y cabían de sobra dentro. Abrieron los grifos y las dos mujeres se situaron, muy juntas, debajo del chorro. Sonrieron.
El Tema es así; o no surge o surge de repente con toda su intensidad, siempre de improviso. Sin más. Elena sonrió recordando esa frase tan habitual en boca de todos los aficionados al Sado y pensó que ella misma, esa mañana, temprano, al trminar de vestirse para ir a dar sus clases a la Facutad de Filología, y ponerse el medallón del Quagmyr al cuello, se miró en el espejo compadeciéndose, una vez más, por todos los meses que llevaba sin ser dominada.No encontraba ama, ni amo. La cosa era mucho más complicada de lo que le pareció al principio, cuando de la mano de dos alumnas suyas, Agustín y Vanesa, se introdujo en aquel mundo. Y ahora, al comienzo de la noche de ese mismo día, estaba duchándose con otra alumna suya nueva, Virginia, que reconoció al terminar la clase el símbolo del Sadomaso que ella se había puesto al cuello y le preguntó acerca de lo que buscaba. Sólamente exhibe un Quagmyr quien busca parteners. Otra frase habitual de aficionado. También cierto.
-Sécate el pelo.- Virginia le dio un secador mientras la sacaba de la ducha.- Yo mientras te pintaré las uñas de los pies y de las manos, de negro. Luego tú me las pintarás a mi mientras yo me seco el mío. Vamos.
El piso de Pilar era magnífico. Aparte de estar situado en el centro de la capital, por dentro, todo él, transpiraba con cierta altanería, poderío. El cuarto de baño en el que estaban las dos tenía las paredes cubiertas de mármol; amplio, grifería de vanguardia, muebles que explotaban de diseño y mucho espejo. Climatizado. Por mucho que durara la ducha nunca se llenaba de vapor ni aumentaba la temperatura en exceso. La dueña de la casa gozaba de un buen sueldo acorde con la responsabilidad de ser una ejecutiva de alto nivel y muy valorada en una empresa puntera de creación de software, pero es que además, a Pilar le gustaba gastar dinero, sobre todo, y precisamente, en crearse un entorno doméstico exclusivo y escandalosamente bello.
Sentada en uno de los escalones que daban a la gran ducha, Elena movía ahora la melena como un remolino, ya lo tenía seco, de manera que comenzó a dirigir el chorro de aire caliente del secador a la cabeza de Virginia, que hecha un ovillo, a sus pies, terminaba de pintarle la última uña. De negro.
-Voy a pasarte la depiladora por el coño, tienes un poquito de bello y a Pilar eso no le gusta nada. Abre bien las piernas.- Sacó de uno de los cajones el aparato, que aprecía una maquinilla de afeitar eléctrica, lo enchufó y comenzó a hacerlo. Seguía mirando el reloj de vez en cuando.
-¿Te sigo secando el pelo?
-Claro. Y date prisa. Yo me lo afeito a diario.
-¿El qué?
-El sexo. Desde que soy esclava de Pilar me lo afeito todos los días.
Luego cambiaron de posición y la profesora de la Complutense le ointó las uñas de las manos y pies a su alumna. Se recogieron el pelo en moñas y se lo pegaron con fijador dejándoselo ambas muy apretado y alisado.^Pintalabios negros, las dos, como el contorno de los ojos y un poco de sombra en los párpados. De cosméticos, nada más. Lucían magníficas ahora, con aire francés un poco retro. Salieron del cuarto de baño, practicamente corriendo, y se metieron en el closet. A pesar del laberinto de prendas femeninas, exquisitamente ordenadas, que las rodeaba, Virginia cogió sin dudar un instante las cosas que se iban a poner. El color no varió. Todo negro. Zapatos de tacón de vértigo, medias a mitad de muslo stayup, de encaje y dos top sin mangas, pero de cuello vuelto y tan cortos por abajo que casi no llegaban a taparles los pezones. Entre el top y las medias nada. Al descubierto.
-Va a ser la hora.- Virginia miraba el reloj de siempre, también en el closet y cogió de la mano a Elena. Salieron todo lo deprisa que les permitían aquellos tacones hacia la luz del salón que penetraba desde el fondo del pasillo. Donde estaba Pilar; oyeron cubitos de hielo y los pasos de su dueña.
Pilar estaba más desnuda que ellas. Sólo llevaba zapatos de calle moule, malvas, y menos altos de tacón, una cinta ancha recogiéndole el pelo, también morada y la fusta de lazo. Como con la mano derecha sostenía el vaso de whisky, y agarraba la fusta con la izquierda, aún así, daba un poco de miedo ver la intensidad y la saña con que su mano fuerte y su musculado brazo asían aquel instrumento.
-La ropa, zorra.- Miró a Virginia y señaló las prendas que ella misma se había quitado y que había dejado tiradas en el suelo.
-Sí mi ama.- La aludida se lanzó a recogerlas y después corrió con ellas hacia el closet para dejarlas todas ordenadas y en su sitio.
-Estás muy guapa profesora.- Ahora se dirigía a Elena que de pie frente a ella, casi firmes, mantenía la mirada baja.
-Muchas gracias mi ama.
Virginia regresó y se puso al lado de Elena, codo con codo.
-Ponerme la butaca ahí, en el centro y luego pegáis todos los muebles a las paredes, quiero el salón despejado !Vamos!- Pilar dijo eso último dejando la copa en una mesa y cogiendo la fusta con ambas manos. Ahora daba mucho más miedo.
Pusieron la butaca entre las dos donde se les había ordenado y Pilar se sentó, como una reina, sonriendo mientras las veía mover y arrastrar hacia los lados los sofás, los veladores, el centro y la alfombra enrollándola. Al cabo de unos minutos, frente a ella, se extendía una gran zona despejada en la que lo único que se veía era el parqué, brillante, e impoluto.
-Acercaros.
Un poco jadeantes por el trajín, las dos volvierona ponerse firmes delante de Pilar.
-Tu también estás muy guapa. Puta.
-Muchas gracias mi ama, eres muy buena conmigo.- Virginia levantó un poco los ojos y se atrevió a mirarla, con una snrisa auténticamente agradecida. -Gracias.- Insistió.- Mi ama.-
-Prestar mucha atención. No me gusta repetir las cosas.
-Sí mi ama.- Las dos.
-Primero tú Virginia.
-Sí mi ama.
-Quiero que te tumbes en el suelo, junto a aquella pared, que estires mucho las piernas y los brazos y que comiences a rodar hasta el centro, omo si fueras un rodillo. Sitúate.
-Sí mi ama.
-Tú Elena harás lo mismo pero desde esa otra pared. Cuando yo de una palmada las dos comenzaréis a rodar por el suelo, hasta que os encontréis en el centro, aquí, frente a mi. Chocaréis, despacio, y después, volveréis a rodar en sentido contrario de nuevo hacia vuestras respectivas paredes. Ponte también en posición.
-Sí mi ama.
Las dos mujeres ya estaban tumbadas y Pilar dio la palmada. Obedientes, comenzaron a rodar, con cierta dificultad. Aunque se torcían sin querer a menudo consiguieron encontrarse en el centro, y otra vez rodaron en sentido contrario hasta donde estaban.
-Otra vez.- Palmada.
Y a esa vez siguió otra y otra más. Por último Virginia y Elena consiguieron girar sobre sí mismas en el parqué como rodillos con cierta habilidad; ya lo hacían deprisa y con precisión. Parecían unas extrañas bailarinas tiradas en el suelo, pero rodaban bien, rápido, se chocaban y volvían a la pared.
-Mejor.- Pilar se levantó.- Quietas ahora, hasta que vuelva a dar la palmada.
-Sí mi ama.
-Sí mi ama.
La dueña de la casa retomó el whisky y apuró el último trago. Dejó el vaso, junto con la fusta, enuno de los huecos de la librería. Se volvió.
-Desde donde estáis, tumbadas en el suelo y muy extendidas, pegaditas al rodapié,cada una en su pared, y sin moveros, por el momento, mirarme.
-Sí mi ama.- Las dos al mismo tiempo.
Virginia se había acostumbrado a obedecer sin pensar, pero a Elena le temblaban los labios por la incertidumbre y además, se le habían puesto las mejillas rojas como tomates. Desde el suelo las dos levantaban la barbilla para centrar la mirada en su dueña. Soberbia, fibrosa sin dejar de poseer una cadera sensualmente curvada y con los pezones a punto de estallar. Pilar sonreía, con ese aire malvado que ya conocía su secretaria, por eso Virginia también se puso a temblar.
-Quietecitas, pero en cuanto de la palmada, a volver a rodar.
-Sí mi ama.
-Sí mi ama.
La aludida sacó de uno de los cajones de la librería una caja de madera, y con ella, avanzó hacia el centro del salón.
-Que me miréis. Atentamente.
-Sí mi ama.- Otra vez al mismo tiempo.
Pilar abrió la caja y derramó lentamente su contenido sobre el suelo. Eran chinchetas. La cascada de chinchetas cayendo de la caja duró varios minutos y además, Pilar daba vueltas sobre sí misma mientras las derramaba para que se esparcieran bien por todos lados. Al final, frente a la butaca, que estaba en el centro y entre las dos mujeres tumbadas, quedó una tupida alfombra de chinchetas que lanzaban sin cesar brillos y destellos amenazadores desde sus afiladas puntas. El suelo quedó cubierto y Pilar dejó la caja y volvió a la butaca, como preparándose para disfrutar del espectáculo. Sonreía más y se frotaba las palmas de las manos, amagando, juguetona, con dar una nueva palmada en cualquier momento.
-Hoy os voy a hacer llorar.- Dijo.- Hoy os voy a hacer llorar a las dos. Hijas de puta.- Y se arrellanó en el asiento.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
No cierres los ojos
Cierro los ojos y me estremezco de placer.
- No Helena, abrelos – me dice en un tono más bien duro.
E inmediatamente le obedezco.
- A través de ellos quiero ver tu alma, no me la niegues.
Miro a Víctor con intensidad, la misma que él a mí y una extraña sensación recorre mi cuerpo, de los pies a la cabeza. ¿Puede ser que, tan sólo con una mirada, pueda sentirlo como si me acariciara con una suave pluma?
Víctor y yo llevamos siete meses con una relación en la que sin saber cómo nos hemos visto inmersos ambos. Él está casado y yo comprometida; en dos meses me caso. Él tiene ya dos hijos y en mi futuro compromiso se incluyen planes de tener retoños. Él no era del todo feliz y yo creía serlo.
- Helena… - arrastra mi nombre con su voz ronca y tan solo oírlo se me encoge el alma.
Sus labios se posan en mi cuello y me roza con delicadeza. Mi sexo se humedece por momentos mientras siento como el suyo se endurece a la par.
- Dime pequeña…
- Mmmmm….
- ¿Quién eres?
- Soy tu zorra – le digo muy sofocada.
- ¿Sólo mía?
- Mmmm sí…
- ¿Y vas a ser una zorrita digna de mi?
Sabe que me deja sin voluntad cuando me habla así, que caigo rendida a sus pies y que en nada me convertiré en una simple muñeca en sus brazos.
- Haré todo lo que tú quieras que haga.
- Ufffff….
Yo también uso mis armas y sé que le gusta llevarme, dominarme y ser mi absoluto amo, tanto como a mí me gusta que lo sea.
- Helena…déjame hacerte mía.
Sus besos se vuelven más presurosos y apasionados y van subiendo por mi cuello desnudo. Sus manos entran en acción, y mientas una se posa en mi desnuda cintura, la otra recorre mi vientre despacito y sube hasta mis pechos. Sus dedos alcanzan mis pezones y los toquetea con extrema delicadez.
Yo no hago nada, tan sólo me esfuerzo en no cerrar los ojos y jadeo suavemente.
Con mi pareja actual - y con el resto también - siempre he cerrado los ojos cuando hacía el amor. Pero Víctor se niega a que lo haga de ese modo, dice que entonces no me entrego a él, que le niego el placer de ver el reflejo de nuestro amor. Hasta Víctor, no había entendido que, el mostrar con tu mirada lo que sientes durante el acto, es un complemento esencial, que te lleva a la más perfecta de las uniones con tu amante.
- He..le…na…- susurra flojito mientras sus ojos se han encontrado con los míos.
Esos momentos me impresionan, y siento que voy a explotar por dentro al sentir con tanta intensidad miles de emociones juntas: amor, pasión, deseo, lujuria… y un erotismo jamás conocido antes.
Nos miramos fijamente y la vista se me nubla cuando se acerca despacito y me besa como si fuera la primera vez. Su lengua se enreda con la mía, noto como pellizca flojito mis pechos y como su pene roza mi sexo ardiente. El calor de su boca provoca en mí un acaloramiento que recorre todo mi cuerpo.
- Pequeña…
Sus gemiditos, sus gruñidos, su jadeo y una palabra tras otra: pequeña…mía…vas a ser mi zorrita…ven…, logran que yo sea completamente suya, que mis piernas se abran esperando con ansia que me penetre cuanto antes y que empiece a moverme , a tocarlo, a palparlo. Mi cuerpo ya no responde ante mí, sólo ante Víctor. Él lo sabe perfectamente. No deja de hablar, de susurrar y de usar su voz más ronca para volverme loca de placer. Me va llevando al límite, al punto que casi sin tocarme siento como si me estuviera masturbando con sus dedos o su lengua. Víctor me besa, habla a la vez y logra lo que nadie. Pero no tiene bastante con verme extasiada, él siempre quiere más.
- Helena, dime que no te casarás con él…
- Víc..tor..
- Vamos Hel, dime que no – vuelve a usar con total alevosía ese tono duro.
- No me digas eso…
- ¡Helena!
Su tonalidad sube un escalón y mi deleite también. Su pene fricciona gratamente mi clítoris mientras él controla perfectamente la situación.
- Di que no.
- No... no puedo decirte eso…
- Dilo.
- Mmm…no..no…no
- ¿No qué?
Y entonces la punta de su miembro se posa en mis labios, a punto de entrar.
- ¿Quieres q pare?
- Víctor…
-¿Sí o no?
- No…
- Entonces dime que no te casarás con él y que serás siempre mi zorrita.
Una oleada de vibraciones cruzan por mi cerebro; yo quiero ser suya, para siempre. Y quiero ser su zorra. Y quiero ser lo que él quiera que yo sea. Y quiero… pero… pero…
Víctor jugaba con mi placer; lo llevaba hasta límites insospechados y cuando lo había conseguido, me retaba con algo con lo que sabía que yo me negaría, como por ejemplo anular mi boda o no hacer más el amor con mi pareja. Él decía que de ese modo yo alcanzaba el orgasmo con más trabajo, puesto que mientras mi mente decía no a sus peticiones, mi cuerpo le decía sí a todo.
- No voy a decir eso…
Víctor me mira provocativamente, sonríe ante mi fuerza mental y seguidamente me penetra con fuerza.
- ¡¡Dios!! – exclamó al sentirlo dentro de mí.
- No Helena, abre los ojos.
Hago el esfuerzo y mis brillantes pupilas lo miran con adoración. Me encuentro con unos oscuros ojos rasgados.
- Te amo pequeña…
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
HABITANDO TU PIEL
Atardecer de julio en el campo salmantino. Por salir un fin de semana de nuestro pueblo y meternos en cualquier otro. Por sacar nuestros amores de su casa o la mía y pasearlos por esas geografías.
Tarde de siesta a la espera de que baje el calor. Siesta en penumbra y la luz blanca de su cuerpo. Caricias, besos, palabras, placeres, … Descanso y sueño con su brazo agarrándome por la cintura como si me fuera a escapar. Si cuando me escapo es para dejarme aprisionar por sus ojos…
Habíamos pensado dedicar un rato a andar. Salimos a la calle y nos decidimos por el primer camino. Aún queda para el tramontar del sol hacia Portugal. Encinas y chaparros. Sin prisas. No se ve a nadie por esos campos y la cojo de la mano. Por eso también me gusta que salgamos de nuestro pueblo, porque allí somos formales y en otros espacios puedo unir su mano a la mía, puedo abrazarla o arrinconarla contra un árbol, podemos querernos al aire libre.
De repente aparece de detrás de un recodo un caballo con su jinete. Viene hacia nosotras y ella, instintivamente, tira de la mano para soltarse. La agarro fuerte:
-Como te sueltes, aquí mismo te estampo un beso.
El jinete se cruza con nosotras y saluda. Le devolvemos el saludo y ella, cabizbaja como si el mundo no estuviera curado de espantos.
Volvemos al pueblo antes de que anochezca y nos metemos en el bar a pinchar algo para cenar. Y para planificar las vacaciones, claro, porque ése era el objetivo del fin de semana. Que también lo podíamos haber hablado en su casa o en la mía pero lo habíamos acordado así, salir el fin de semana y empezar a preparar las vacaciones. Además, es ella la que decide; yo la dejo hablar y luego todo me parece bien. No sólo por comodidad sino porque siempre acierta como acertó este fin de semana pasado con la casa rural y el pueblo salmantino. Con una caña y las tapas de por medio me cuenta: que si el primero de agosto nos vamos a Portugal –ya veremos si con su coche o el mío- que si a Figueira da Foz, cerca de Coimbra, una ciudad universitaria muy importante:
-¿Son vacaciones culturales o también habrá de lo otro?
Porque eso sí, ella es una intelectual. Ya una vez me desperté de la siesta y estaba a mi lado leyendo. Le cerré de golpe el libro, lo dejé sobre la mesita de noche y se lo expliqué nítidamente:
-A mi cama se viene a lo que se viene.
Y eso no quita para que me quede con la boca abierta cuando me cuenta esas historias que lee o que se me caiga la baba cuando, tras dejarme arrastrar a la fuerza a algún museo –incluso el amor tiene daños colaterales-, me explique una pintura que yo veo normalita con que si la perspectiva, el punto de fuga y qué sé yo qué más. Pero a lo que iba: que si me parece bien lo de Portugal. Que sí, que por supuesto. Que si al volver a la habitación me enseñará en el portátil las fotos de Figueira da Foz, de las playas y del hotel.
Al volver a la habitación… Pero eso fue luego, que aún me tuvo un rato de conversación:
-Que me perdones por lo de antes en el camino.
Se quita el anillo, me coge la mano derecha con su mano derecha, me quita el anillo, me pone el suyo y se pone el mío. Porque tenemos los dedos del mismo grosor. Fue un regalo que compré después del fin de semana en el que nos dejamos claro que su cuerpo es sólo para mí y viceversa. Y los anillos son iguales, con nuestros nombres grabados. La única diferencia es que en el mío está su nombre delante, Eva, y en el suyo está el mío, María. Y lo de intercambiarnos los anillos lo hace ella de vez en cuando como símbolo de algo, vete tú a saber de qué:
-Que me perdones, ya sabes de mis pudores y remilgos.
Que si sé… Como esas veces en que, ya con la luz apagada, se me arrima, me acaricia el vientre que ya veo que no es sólo de cariño, me hago la loca a ver qué y acaba acercándoseme al oído para, en voz muy baja, pedirme que si antes de dormir podemos hacer esto o aquello. Enciendo la luz, le pido que me lo repita mirándome a los ojos y le salen todos los colores. Pero me lo repite.
Luego están sus contradicciones. Una vez cambiados los anillos me coge la mano. En medio del bar. O sea, en el camino, con una sola persona, no quiere, y en el bar, lleno de gente en sábado por la tarde, va, me coge la mano y se pone a acariciármela. Ella a un lado de la mesa y yo al otro. Me mira a los ojos y me acaricia la yema del dedo anular con la yema de su dedo anular. Despacito y con un leve roce como cuando…:
-¿A que no sabes dónde te estoy sintiendo?
-Venga, no empieces a exagerar.
Y era verdad pero sólo a medias. Porque la sentía ahí y, a la vez, como ondas que se me iban metiendo hacia dentro. Como esas veces en que acabo sintiéndola en la garganta. Me cogen las prisas:
-¿Volvemos a la habitación?
Al volver a la habitación…
Al volver a la habitación ya me había olvidado de las fotos, por supuesto. Pero lo de las fotos era en serio y, además, a ella le gusta tenerme en espera. Yo ya estaba desnuda en la cama pero Eva, con toda su parsimonia, abre el portátil, se va a no sé qué ficherito y venga a pasar fotos y preguntarme si me gusta el hotel o fíjate qué playa. Interminable.
-Muy bonito todo. Gracias por buscar ese sitio. Seguro que lo pasaremos muy bien aunque yo contigo lo paso bien donde sea.
Besito tierno y por fin empieza a desnudarse:
-¿Me dejas que me ponga ocurrente?
Porque sí, mucho pudor y mucha vergüenza para ciertas cosas pero luego, a la hora de inventarse cuadritos, es única: que si ponte así, que si ponte asá, y a mí, como con las vacaciones, me está bien todo mientras sea con ella.
Me separa las piernas y se pone a soplarme ahí. Sí, a soplar. Rato largo y, de vez en cuando, a dejar caer salivita por mi zona lúdica:
-Es para irte encendiendo.
-No, si yo ya venía encendida.
-Pues para encenderte más.
Y vaya si me encendió. Hasta abrazarle la cabeza con las piernas y empezar a retorcerme:
-Anda, ven, que te explico el mundo.
A lo inefable: labios contra labios, los unos y los otros; y los unos contra los otros. Gritos, espasmos y jadeos. Por ese orden o por cualquier otro. O sin orden. Cuerpos en caos, lenguas al azar y el placer supremo en orden, ella y yo juntas, sincrónicas como siempre. Hasta quedar exhaustas y saciadas. Y traspuestas, que caímos dormidas tal como estábamos, puestecitas del revés. Y a la mañana siguiente despertarnos con caricias, besos y mordiscos en los talones y el empeine.
El fin de semana perfecto. Ya volvemos a estar en nuestro pueblo. De aquí dos semanas, de vacaciones a Portugal. Playa por la mañana y quizá le deje una tarde para algún museo o cualquier otra de sus cosillas culturales. O no. Si me quedo mirándola al fondo de esos ojos verdes ya sabe lo que hay, que yo no necesito ninguna de sus ocurrencias para encenderme. Ni para encenderla a ella. La tengo envuelta en una nube y ella me tiene envuelta en la misma nube. Desde aquel día:
-Eva, no te digo cuánto te quiero para que no te asustes.
-Yo también te quiero mucho, María.
-No te pongas sosa y dímelo con alguna floritura.
-Pues que te quiero tanto… tanto… tanto que cuando te levantas para ir al cuarto de baño ya te estoy echando de menos.
Desde ese día da igual que sea verano o lo que quiera el calendario. Si este fin de semana pasado hubiera sido de un invierno de nieve nos habríamos quedado en el pueblo pero lo habríamos pasado casi igual. Sólo que encima de la alfombra y los almohadones de mi salón frente al fuego de la chimenea. Y lo de ir de vacaciones… Sí, bueno, por ver mundo. Pero el único mundo que quiero ver es su cuerpo desnudo. Y el único museo que quiero visitar. Sí, ése mi mundo, mi patria, mi mapa, mi único paisaje.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
¡Qué polvazo!
¡Qué grande soy! Menudo ligue... ¡y qué polvazo! Caramba, creo que esto habrá que repetirlo. Ha sido una gozada, de verdad. Aún me estremezco de placer. ¡Ufffff...! Desde el principio hasta el final ha sido una experiencia orgiástica inigualable, extásica, mística...! ¡No tengo palabras!
Primero fueron sus insinuaciones. Esos grandes ojos, fijos en los míos. Y esos juegos con la boca, ese humedecérsela suavemente y entreabrirla y cerrarla. Luego fueron sus brazos. ¿Puede haber nada más atrayente que esos brazos desnudos? Son fuertes y torneados, y con esa forma que tuvo de moverlos, lujuriosa, lenta y prometedora, comencé a sentir que un hormigueo me recorría todo el cuerpo, y que mis gónadas comenzaban a trabajar enérgicamente. Sí, las suaves ondas del balanceo ondulante de sus hombros dispararon mis hormonas y mi excitación hasta el nivel adecuado para el tête à tête que una belleza como aquella prometía.
Cuando se giró levemente para encararse a mí, lo hizo de forma tan sensual que tuve que agarrarme con fuerza para no evidenciar el temblor que la naciente excitación me producía. Pero es que aquel cuerpazo en suave movimiento, aquella caída de ojos, aquel gesto de pasarse la mano por la boca y frotarla poco a poco, me hicieron sentir un calor creciente entre las piernas y un gran e impúdico deseo de abrazarla y de intercambiar fluidos corporales.
Me acerqué lentamente a ella, sin decir una palabra, pero mirándola con intensidad. Para expresarlo claramente, traté de que mi mirada fuese tan sensual y sugerente que no quedase la menor duda de que estaba captando su mensaje. Ella tampoco dijo cosa alguna. Onduló una vez más su cuerpo y se puso en pie. Me dio la espalda pero volvió la cabeza y la inclinó dulcemente. Me señaló un lugar a escasa distancia, donde había algo muy prometedor : una estancia con un suave lecho que parecía preparado a propósito para aquella ocasión, para nuestro encuentro.
La seguí, por supuesto. Y mientras avanzaba contoneándose, exhalando por todos sus poros una sensualidad y un erotismo inigualables, yo fui notando como aumentaba en mí la excitación y mi atributo sexual crecía y se endurecía cada vez más como respuesta a las oleadas de pasión que me iban recorriendo todo el cuerpo.
Llegamos a este rincón de amor que ella tenía preparado, donde hemos tocado el paraíso con la punta de los dedos, donde nuestra pasión ha estallado en una orgía de colores y donde nuestro deseo y nuestro amor se han derramado en una catarata de placer. Ella entró primero y se colocó en el lecho, todavía vuelta de espaldas, mirándome de reojo con la cabeza semivuelta. ¿De modo que era así como lo quería? Pues así íbamos a hacerlo, si así le apetecía.
Me acerqué jadeante, enrojecido, apasionado, y me puse tras ella. Nuestros cuerpos entraron en contacto y al instante estalló entre nosotros como una corriente. ¿Qué digo una?, como mil descargas de corriente intensas que pasaban de uno a otro como oleadas de un vendaval de pasión y amor. Me apreté fuertemente a su lujurioso cuerpo, froté mi cara y mi boca en su cuello y en su espalda, abracé su cuerpo con mis brazos y mis manos buscaron los más dulces lugares para explorar y acariciar sin pausa. Y poco a poco nuestros sexos fueron aproximándose, cada vez más cerca, un poco más con cada gemido y cada movimiento, hasta que por fin se unieron. ¡Y a poco llegó el éxtasis, el orgasmo, el gozo elevado a la enésima potencia!
Con toda la energía que en ese apasionado estado era capaz de generar deposité mis fluidos en su interior, en medio de un apogeo de gemidos y agitaciones, al tiempo que parecía que algo me iba a estallar entre las piernas, cuando aquel calorcillo tan agradable alcanzó un climax que lo hizo increíblemente placentero.
Sí, ha sido algo extraordinario. Un polvo épico, maravilloso, inenarrable... ¡Una gozada, vamos!
Pienso que ahora la cosa merecería que encendiésemos un cigarrillo y nos lo fumásemos a medias, como hacen los seres humanos... Lástima que las mantis religiosas no fumamos.
Vaya, parece que de verdad lo he hecho muy bien. Esta súper hembra, tan buena y cachonda, parece que no ha acabado conmigo todavía. Quiere más marcha... ¡Pues la tendrá! ¡Estoy listo para otro polvo! ¡Hasta el infinito y más allá!
¿Pero qué haces mi amor, por qué te frotas las manos? ¿Por qué me miras así? ¿Por qué te relames de ese modo? ¿Qué postura es esa...? Ayayayay....
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El tenue céfiro
Se inició con un tenue céfiro, imperceptible para él, que no estuvo atento. La insignificante perturbación cruzó el espacio entre ambos y supuso un punto de no retorno, aun cuando ninguno sabía aún que era el principio de todo lo que nunca más comenzó. El pulso de ella fue la causa de aquel soplo que transportó el precepto invisible por el camino más inescrutable del muchacho. No hizo falta más, por más que se empeñaran luego en buscar excusas para sus tequieros. El hálito había encontrado yesca que soplar y, como no podía ser de otro modo, prendió el fuego que devolvió huracán por aliento, saturando el espacio de sumisa aceptación del destino palpitante que esperaba respuesta a escasas mejillas. Y, entonces, habiendo acusado recibo de una carta no escrita, ella se volvió. Y el rugir de las olas de noche fue escuchado, mudo, por los ojos hechos abismo de quien habría quedado ciego, si no fueran sutiles aromas los que despertaban cada uno de los motivos que los hacían ser causa y al tiempo efecto, uno a uno, a cada uno de ellos: dos desconocidos que se ven envueltos en la conversación atávica que sus cuerpos mantienen a través del brisas que devinieron rachas de tormento cuando se cruzaron, por fin, sus almas y no acaban de acertar a leer en el otro la fumatta que los lleva consumiendo toda la vida, que no es otra que la que llevan viviendo desde el instante en que se iniciaron estos acontecimientos. Ella sonríe, jugosa, mostrando parte del cuello. Él agarra con fuerza la barra del vagón cuando deja de sentir los pies sobre el suelo, sin saber todavía que, con el gesto, apremia a los latidos de ella para que marquen el ritmo de los suyos. Un golpe del destino la arroja sobre su pecho. La velocidad del tren disminuye mientras el mundo se escapa en el vértigo del contacto. ¿Qué más queda? ¿Qué más puede elevar el loor de este último héroe legendario que haber sido, por la mismísima Diosa, tocado?
—Perdona…
Su voz. Y nada más importó. Su voz atravesando piel, carne y hueso, tuétano y nervio. Su voz desbrozando la senda antes abierta. Su voz haciéndolo a él de ella.
—Tranquila.
Y la nueva voz del hombre que llegaría a ser, bramando queda, exorcizando temores con su breve aparición. Su voz de bordón que vibra y hace vibrar al son de quien tañe la cuerda, sin saberlo: al son que ella marcó en el inicio de los tiempos.
Hasta la eternidad tiene un final, para poder volver a ser eterna de nuevo. Y, en ese primer encuentro no fue de otro modo. El mundo volvió a separarlos y a unirlos, les hizo olvidarse al uno del otro y recordarse de nuevo con un tenue céfiro, como el que los hizo al uno del otro sin que él se diera cuenta por no estar atento, como el que nunca más encontrarían al libar otros cuerpos, como el que sólo es capaz de hacer brotar llamas más altas y voraces que las de las pasiones del mismísimo infierno, porque portan, escrito en el eterno idioma, en el más secreto, de quien es para ti más que tú mismo la esencia en forma de aroma. Y, contra esto, no cabe lucha ni razón. Sólo deseo.
87976 mensajes en los foros
71324 usuarios registrados
Últimos usuarios registrados en Bubok tmbpoeta, nancyodell, darluing, lopeix, Santihernan21, alfredo61, Alotoflies, ruinasdeodio, claucoket, Magentas
Usuarios Conectados: 21 usuarios
agustinmedina
amaenzar
angelremon
ayuda
biomecanica
carlos_maza
danben
donluisfi
guadir
JeronimoMoya
joanola
marcfrancomor
mercurita
midori
paubonet
porron
rafaeltorr
Rowena
sebastian
tmbpoeta
turu















raitann (desconectado)
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010
Ya sabéis, espero de vuestra imaginación las escenas más sensuales, románticas y apasionadas que se hayan escrito nunca. Los nuevos, si hay alguno, leeros las bases y pedirme la contraseña.
Ya podéis empezar a escribir.
SUBIRCITAR