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    LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

     
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LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO
lasacra

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14 de Noviembre de 2011 a las 12:01
LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

Me complace anunciarles que queda abierta la LXX edición del conurso de relatos Bubok.


El tema sobre el que han de versar los relatos presentados es "VIAJES EN EL TIEMPO".


El plazo para participar se abre desde ahora mismo y se cerrará el próximo jueves 24 de noviembre a las 22,00 h. (las diez de la noche) hora peninsular.


Les recuerdo a los participantes que han de enviarme la autoría de sus obras en un mensaje privado y que a cambio recibirán una clave para poder hacer un seguimiento de las votaciones. A los que por primera vez se acerquen a este concurso les recomiendo que se lean las bases antes de participar y que si tienen alguna duda la resuelvan mediante privado a mi persona o en el apartado de comentarios.


Y a todo  esto, que aquí sólo relatos, los comentarios en el otro hilo.


Debido a un problema inesperado no voy a poder hacerme cargo de mis obligaciones como MdC. Daniel Turambar me va a hacer el favor de ocupar mi lugar, así que dadle a él las autorías y él os dará vuestra clave.


Gracias y un saludo.

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15 de Noviembre de 2011 a las 13:38
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

El relato "La llegada" ha sido editado por su autor. Motivo: "gatillazo".
Dicho autor se reserva el derecho de representarlo, si la MdC y ningún participante pone impedimento a ello.


Sobre el gatillazo...


dar ~.


1. loc. verb. coloq. Malograrse la esperanza o concepto que se tenía de alguien o algo.

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16 de Noviembre de 2011 a las 17:43
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

                                                            EL TIEMPO DE LAS FLORES

   Las voces sonaban cercanas y aunque podía oírlas con claridad suficiente, parecían provenir de una conversación captada a medias.
   —No ha sobrevivido; me temo que esta vez ha sido demasiado para ella.
   Pude reconocer con claridad las palabras, aunque el leve matiz azucarado de la expresión acabó por desconcertarme. ¿De qué estaban hablando? ¿A qué desconocido trance no había podido sobrevivir? Parecía que mi mente se había adaptado al nuevo estado con facilidad y podía interpretar los signos auténticos, diferenciando  los distintos tonos e inflexiones de la voz.
   Eché una ojeada a mí alrededor. Era una estancia estrecha; la camilla metálica apenas estaba separada unos centímetros de las cáusticas paredes. Sentí una enorme alegría, como cada vez que regresaba de uno de mis saltos. Aquello me tranquilizó. Era yo, no cabía duda. Aunque un tanto perjudicada tras el último viaje.

   Sólo es factible un viaje en el tiempo. El viaje al futuro.
   Descartada por completo la posibilidad de resolver nuestros problemas climáticos antes de que se originaran, decidimos que tendríamos que regresar una vez que se hubieran resuelto por si mismos. La paradoja de la espera, aguardando a que el tiempo nos devolviera al punto de partida.

   — ¿Cómo te ha ido? —El senador Lee irrumpió en mis pensamientos sin sutileza; el recuerdo me decía que era un hombre cordial, compasivo. Como la ansiedad era una emoción desconocida para él se le notaba irritado en demasía.
   —Mal. —Contesté intentando ser aséptica en mi informe. Aún así un calor intenso recorrió mis venas.
   — ¿Cómo de mal? —Insistió el senador.
   —Muy mal. —Decidí ser sincera. A fin de cuentas había regresado con las manos vacías.
   —Esperemos que el viajero número dos tenga mejores noticias. Ahora tengo que marcharme. He de hablarle al Consejo. —Se concedió un momento para respirar profundamente, como si quisiera aspirar todo el aire de la estancia.
   Aún tuve que permanecer aislada durante una semana. Durante todo este tiempo nadie volvió a visitarme. Durante mis días en soledad intenté definir todos mis recuerdos. Una sensación se repetía una y otra vez; revisé las imágenes asociadas a la misma, pero todo lo que conseguí fue una continua escenificación de momentos escogidos al azar. Amplié el rango de búsqueda. Hacía frío y había algo que me preocupaba. Estaba en un lugar donde no había estado antes, sin embargo sabía como llegar allí. Un páramo, lejos de cualquier lugar habitado. La sensación era de soledad.

   No me sentía cómoda. Mis credenciales eran: experiencia personal y educación formal. Estaba allí, tras el atril, delante de un público ávido de información.
   — ¿Qué es lo que ha visto, oficial? —El tono del senador Lee, que ya conocía mi respuesta, implicaba que el resto de la audiencia no estaba preparada para comprenderlo todo a la primera. Como parecía esperar algún tipo de acuse de recibo por mi parte, seguí sus instrucciones de inmediato.
   —El agujero de gusano está despejado. —Era mejor comenzar con una buena noticia. —El salto se llevo a cabo tal como estaba previsto. —Un murmullo de satisfacción recorrió la bancada de senadores circunspectos. —Sin embargo… —Carraspeé levemente, como para advertirles de que había habíamos llegado al punto dramático de mi discurso. —… no he podido encontrar indicios que permitan suponer la viabilidad del retorno. —Algunos me estaban mirando; unos cuantos, aquí y allá, murmuraban con gravedad. Otros no me dedicaban ninguna atención, como si ya conocieran los detalles de mi último salto. Ninguno parecía enfadado, ni tenso, ni siquiera parecían sentirse culpables. Estaban tristes; la desesperación se reflejaba en cada rostro.
   — ¿Cuánto tiempo ha recorrido en su último salto? —El senador Lee parecía el único capaz de pedir explicaciones con coherencia, más allá de la angustia.
   —No puedo decir con exactitud el tiempo recorrido; doscientos, trescientos años… En el agujero de gusano desparecen la distancia y el tiempo. Uno pierde la noción de que se avanza, aunque a decir verdad, a pesar de mis dudas no tenía otra salida que seguir adelante. —El senador Lee resopló fastidiado; el aire había empezado a condensarse lentamente. El humidificador central había empezado a funcionar, como cada cuatro horas, para aliviar la terrible sequedad del ambiente. Presa de la inquietud me dispuse a finalizar mi informe; sentía unas ganas intensas de hacerme invisible, de que el maldito agujero de gusano me absorbiera de nuevo y me lanzase al espacio tiempo, en un salto definitivo.

   Dos años atrás, yo vivía con mi esposo y con mi hijo de tres años; ocupaba un apartamento de dos habitaciones en una ciudad de la costa Este de los Estados Unidos y  trabajaba en una empresa de tamaño medio que se dedicaba a la ingeniería aeronáutica. Ese lugar ya no existe. Desde entonces, tras el aumento implacable de las temperaturas en el planeta y  la completa desaparición de los casquetes polares, residimos en un búnker excavado en las Montañas Rocosas, junto a una reducida comunidad de científicos ocupados en el desarrollo y mantenimiento de un agujero de gusano, que nos mantiene en permanente contacto con el futuro. Por todo el planeta existen refugios similares a este; los mismos acogen a un porcentaje de población suficiente para garantizar la supervivencia de la especie en un futuro…esperemos que no demasiado lejano.

   Contando este último salto, he viajado al futuro en tres ocasiones; siguiendo un estricto protocolo de ambientación, en los momentos previos a cada salto me veo obligada a permanecer en aislamiento al menos dos semanas. Durante este tiempo, el equipo técnico que vigila el proceso de cada viaje al futuro me somete a un proceso de adecuación a la atmósfera límite que he de encontrar.
   La premura de nuestra situación nos ha obligado a realizar un salto especialmente peculiar. El equipo ha lanzado al espacio tiempo a dos viajeros, al objeto de obtener mayor información. La incertidumbre sobre este tipo de viaje radicaba en la posibilidad de mantener a ambos viajeros en líneas temporales paralelas, sin producir interferencias. No sé si ha salido bien; al menos sé que no he tenido ocasión de tropezarme con Hiro en ninguno de mis aterrizajes.

   Fue así como nos enamoramos. Sin querer, de una forma natural y sencilla.
   Durante nuestros largos períodos de ambientación, procurábamos no tocar ningún tema personal. Cualquier otro asunto nos parecía interesante; ambos estábamos casados y ninguno de los dos se sentía especialmente insatisfecho en su matrimonio; ambos amábamos a nuestros cónyuges y los respetábamos.
   No sé si fue aquella extraña situación, o simplemente la casualidad. Pero pocas veces en la vida encontramos en nuestro camino a un nuevo ser; alguien capaz de transmitir un estado de ánimo renovado. Es casi un milagro. Tal vez un inesperado golpe de suerte.

   El hecho de acostarnos surgió de la forma más natural. Aquella fue mi primera relación sexual fuera del matrimonio. Y a día de hoy, la única.
   Hiro es el segundo viajero. Aún no ha regresado.

                                 …………………………………………..

   — ¿Qué lleva en la mano?

     Durante un prolongado instante, todo lo que pude hacer fue respirar. Intenté concentrar toda mi atención en este hecho, procurando que el aire fluyera hacia dentro y hacia fuera. Cuando por fin pude abrir los ojos, arrojé una mirada hacia arriba; recordaba haber estado en el interior de aquella pecera en otras ocasiones. Después de sentir que mis pulmones habían logrado vencer la dificultad que suponía el retorno a una atmósfera controlada, me esforcé en levantarme y mover las piernas. No me había roto nada.
   Los meses anteriores me había acostumbrado a despertar bajo la irradiación de los focos halógenos. También me había habituado al rostro de Wane, mi compañera durante el periodo de ambientación. No me fue difícil reconocer sus facciones entre el grupo de personas que me observaban con interés desde un plano superior. Sonreí y alcé la mano en señal de saludo.
   Hola. Wane leyó mis labios y contestó igualmente con un escueto, hola.
   Toda va ir bien, reflexioné.
   Había sido un salto en el tiempo largo, demasiado largo. Tal vez se debía a eso el cambió de ritmo en mi respiración, más acelerada de lo habitual. De cualquier modo, el daño que esta circunstancia me estaba causando no tenía aspecto de ser irreparable.

   No había tiempo que perder, así que el Consejo decidió obviar el periodo normal de recuperación en las cámaras de ambientación y pasar directamente a la exposición de hechos formal.
   —Estoy en situación de anunciar que he aterrizado en un punto de línea temporal donde las condiciones de vida en la Tierra parecen ajustarse a los parámetros idóneos de supervivencia. He tomado constancia de las coordenadas en los aparatos de localización. —El anunció les pilló a todos por sorpresa.
   —Está seguro, comandante Hiro. No podemos arriesgarnos a fallar.
   —Estoy completamente seguro. De hecho he traído conmigo la prueba de que no me equivoco. —Todos me miraban fijamente. Metí mi mano en uno de los bolsillos laterales del mono de viaje y extraje algo con suma delicadeza. Antes de hablar miré a Wane a los ojos.
   —Por fin ha llegado el tiempo de las flores. -Ella me miró fíjamente. Todos los momentos pasados; los saltos en el tiempo, los accidentados retornos, los paisajes contemplados en el espacio se mezclaron en mi mente formando una mancha difusa.

   

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21 de Noviembre de 2011 a las 10:27
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

La Llorona…

Existe una antigua leyenda costarricense que reza así: 

“Hace muchos años en esta tierra habitó una muchacha indígena de inigualable belleza. Cuando los conquistadores españoles arribaron a estas costas, ella se enamoró de uno de ellos, y él de ella. 
Para verse, los enamorados se escondían en la selva o en lo alto de una cascada, evitando así que el padre de ella los descubriera. 
Pero cuentan que ella se embarazó y que cuando su padre lo supo, retó al español a un duelo por haber deshonrado a su hija. Ese aciago día el español murió y meses después, cuando el niño nació, el padre de la muchacha lo cogió y lo tiró a la cascada. Ella fue a buscarlo, pero su padre se enteró y la maldijo condenándola a vagar por las orillas de los ríos buscando a su hijo. 
Desde esos días hasta hoy, se dice que en las cálidas noches, en las orillas de los ríos, se puede escuchar el lamento de ella.” 

                                                            *******

Tracy atravesó el amplio y casi desierto vestíbulo del edificio, ajena al escrutinio del que era victima: una veintena de ojos habían caído sobre ella desde detrás de los largos mostradores de recepción.
—No es normal verla por aquí a estas horas de la noche—susurró una voz de mujer.
—Debe de haber encontrado algo importante—repuso otra voz.
—Seguramente lleváis razón—corroboró una tercera—. No hace ni una hora que su compañero también ha venido…
— ¿Creéis que esta noche olvidaremos algo?—era la voz preocupada de la mujer.
Tracy se dirigió a la zona de los ascensores, se metió en uno de ellos y apretó el número 59. El trayecto hasta esa planta no duró más que unos segundos, pero para ella, que estaba impaciente por llegar a la sala de extracción, le parecieron eternos. Por fin, y tras un leve temblor, la vertiginosa ascensión terminó. Salió a un amplio y aséptico pasillo que la condujo hasta una única puerta cerrada.
Tracy dejó que el láser leyera el microchip que llevaba incrustado en el cuello, mientras esperaba que sus datos aparecieran en la pequeña pantalla que tenía delante. A los pocos segundos pudo ver una fotografía de su cara acompañada de unas palabras: Tracy Righman, Caza leyendas nivel 5. Un leve sonido de piezas en movimiento, le indicó que ya podía entrar en la sala: la puerta se había abierto.
—Veo que has recibido mi mensaje—era la voz de Gerardo, su compañero de trabajo.
—Y tú el mió…
—Desde que lo abrí, que no he podido pegar ojo.
— ¡Ya! y por eso me haces venir a estas horas, ¿no?
Gerardo sonrió desde detrás de la pantalla del ordenador, mientras tomaba otro sorbo de café. 
— ¿Donde has descubierto esta joya?—le preguntó.
— ¿Verdad que es increíble?—respondió ella con una gran sonrisa—. Lo encontré ayer por la tarde, navegando por la red.
— ¡Increíble es poco!—exclamó—. Hace años que ya no encontramos una leyenda tan antigua… Además, estoy convencido que podremos enviarla al cubo de la basura…
—Sí, eso pensé…—murmuró mientras intentaba ahogar un bostezo—. Necesito un poco de café, aún tengo las pestañas clavadas en los ojos… 
—Lo siento, pero he encontrado el origen de la leyenda, así que…—le informó él con una traviesa sonrisa—, he comenzado con la cuenta atrás…
— ¿Estarás de broma, no?—le preguntó ella asustada.
—Empezamos con cincuenta, cuarenta y nueve, cuarenta y…
Tracy corrió a un rincón de la sala para coger el mono anaranjado que colgaba del perchero y comenzar a ponérselo; su salvaguarda ante cualquier virus que pudiera encontrar cuando realizaba algún salto en el tiempo. 
—Date prisa, que vamos por los cuarenta, treinta y nueve…
— ¡No me pongas más nerviosa de lo que estoy!—gritó al mismo tiempo que se ponía unos guantes del mismo color del mono.
—Tracy, a por los veinte…
— ¡De ésta te vas a acordar!—le dijo poniéndose encima de una plataforma circular, y debajo de lo que parecía ser una enorme lámpara llena de bombillas blancas. 
—Quince, catorce… 
Tracy respiró hondo mientras se ponía las gafas oscuras que había sacado de uno de los bolsillos del mono.
—Prepárate, empezamos con los críticos: diez, nueve, ocho…

Tracy trabajaba para Air Fly, la empresa designada por el gobierno mundial para el programa SMP (Saneamiento de la memoria del planeta). 
Hacía años que se habían perfeccionado los viajes en el tiempo y grandes empresas, multinacionales del sector turístico, estaban interesadas en explotar ese filón de oro. Pero para hacerlo, primero tenían que silenciar las voces que hablaban de la memoria del planeta y si de ésta sería lo suficientemente grande cómo para almacenar que miles de turistas, durante todos los días del año, visitaran el pasado y el futuro al mismo tiempo. 
Así que tras varios estudios, se llegó a la conclusión de que antes de enviar a un enjambre de turistas a recorrer la historia, primero se debía sanear la memoria del planeta, y ¿qué podía haber a lo largo de veintitrés siglos que no fuera imprescindible? La respuesta fue unánime: las leyendas. 
Es verdad que había leyendas que eran intocables, como podía ser la del conde Drácula, que había sobrevivido al paso del tiempo gracias a que millones de personas en el mundo, a lo largo de los siglos, se habían inspirado en ella para crear obras de arte, como libros, películas… Pero había otras, muchas otras que sólo eran simples cuentos para asustar a los niños.  
También es cierto que luego empezaron a oírse las voces de los detractores a tan descomunal y atroz solución, pues aseguraban que destruyendo las leyendas se devastada un pasado, pues cualquier piedra, por insignificante que pudiera ser, quitada o puesta en el río de la historia, podía modificar su curso; pero ¿qué sordo pretendía oír? 

Tracy notó un leve cosquilleo en el cuerpo, signo de que la desintegración estaba en marcha. Suspiró, dentro de unos segundos despertaría en el pasado como un espíritu, las escenas del inicio y final de la leyenda pasarían a tal velocidad, que ningún ojo humano sería capaz de verla. 
Microsegundos después, el cosquilleo cesó y se encontró rodeada por una exuberante selva. 
—Prepárate, Tracy, la muchacha viene hacía ti…—oyó la voz de Gerardo. Se ajustó las gafas, apretó un pequeño botón y éstas comenzaron a grabar.
El inicio, o lo que propicio el inicio de la leyenda, se desarrolló delante de ella a velocidad de vértigo… hasta que terminó…
—Gerardo, estoy lista. Aquí ya hemos acabado. 
Tracy volvió a sentir el leve cosquilleo y cerró los ojos… Pensó que cuando volviera a escuchar su voz, estaría en casa.
— ¿Cómo ha ido todo?—era la voz de él.
—Bien, muy bien… 
—Tengo la grabación y ahora la estoy procesando, dentro de unos minutos sabremos si la podemos borrar.
Tracy lo miró y se sirvió una taza de café, se sentó delante de él y esperó…
—Estamos de suerte—dijo al fin Gerardo con una sonrisa—. Por los datos que tengo, no parece que esta leyenda, La Llorona, haya sido muy importante… Prepárate, voy a proceder a borrarla del recuerdo colectivo, dentro de unos segundos nunca habrá existido… 
Tracy, como siempre hacía cuando una pequeña e insignificante parte de su memora iba a desaparecer, puso la taza de café encima de la mesa con el anagrama de Air Fly mirándola…
—Muy bien, comienza la cuenta atrás, diez, nueve, ocho…

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22 de Noviembre de 2011 a las 0:56
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO


Viaje de ida y vuelta

Volvían a sobrevolar la Tierra; por más veces que la viera siempre volvería a emocionarse con su belleza. Si maravilloso era el Universo en toda su grandeza, aquel planeta del que habían partido hacía ya dos años, producía un éxtasis difícil de superar. La mente de Robert Jiménez era analítica y poco dada al misticismo, pero volvía a casa convencido de que aquella maquinaria perfecta que funcionaba con tanta precisión y belleza, no podía haber surgido de la nada. Jamás había podido entender como algo puede nacer de nada; hubo un tiempo en que el concepto de nada había ocupado su cabeza y le había descolocado profundamente.

Tendría unos trece años, no lo recordaba bien, cuando tuvo aquel sueño: caminaba por un lugar extraño de una belleza deslumbrante, nubes espesas y grises que parecían hechas de algodón de plata, cubrían el cielo de manera que parecían unirse al suelo por el que él caminaba. Estaba solo en aquella inmensidad y extrañamente no sentía miedo. Desde entonces había estado preparándose  para el viaje que ahora finalizaba.

Le había costado años de estudio, entrenamiento, dedicación, soledad y disciplina. Cuando por fin llegó el día era una máquina perfectamente preparada y programada para cumplir cualquier misión fríamente.

Cuando llegó el momento, Glenda,  siempre práctica, quiso que se casaran. Robert no estaba seguro de que fuera una buena idea, podía suceder que algo no saliera bien y no volverían a verse nunca. Pero accedió y un mes antes de partir contrajeron matrimonio. No faltaron las flores, el vestido blanco y las alianzas. Pudieron pasar unos días solos en la costa y luego se dijeron adiós en la Estación Espacial entre lloros y abrazos. Fue la última cara que vio cuando se volvió a echar la última ojeada, antes de penetrar en la nave.

¿Con qué palabras podía describir lo que habían visto? El Universo era un lugar maravilloso que sobrecogía el ánimo. Cada estrella, planeta o astro se situaba en su lugar y seguía la dirección que le correspondía. De vez en cuando algo sucedía que de pronto iluminaba una constelación o tal o cual asteroide y todo parecía cambiar. Pasaron cerca de la luna Encélado, con sus chorros de gas en su polo sur que ocultaban parcialmente al pequeño satélite Epometeo, y los anillos de Saturno asomando por arriba en una composición llena de armonía. No era igual, no, no lo era, ver todo aquello desde allí, tan cerca, que en las imágenes que enviaba la sonda Cassini.
Pero se movían a tal velocidad que, de vuelta al espacio familiar, los perfiles que antes parecían manchas azules y verdes o el claro oscuro  que dividía el planeta en dos, ahora marcaban sus contornos y se empezaba a distinguir qué parte de la Tierra estaban sobrevolando.
Entraron en periodo de adaptación, la nave había frenado su marcha y planeaba lentamente esperando órdenes. Robert meditaba sobre lo que encontraría al volver. Necesitaba ver a Glenda y saber si algo había cambiado  entre ellos durante aquel tiempo, además sabía que les harían miles de preguntas y él aún no quería responder ninguna, porque todo lo que había sentido era íntimo y él mismo necesitaba meditar sobre ello para entenderlo. El programa de aterrizaje era tan denso que apenas dejaba tiempo para pensar. Seguía con todas aquellas imágenes impresas en sus retinas, nunca las olvidaría.

Todo su entrenamiento previo resultó valioso para aquel viaje catalogado top secret: se trataba del desarrollo de una tecnología muy avanzada para poder viajar en el tiempo. Ya sabían que no se podía retroceder al pasado, pero los científicos creían que sí se podría ir hacia el futuro. Su viaje buscaba confirmación a esta hipótesis. De momento era secreto de Estado.
Dos años de ausencia eran suficientes como para que una mujer se olvidase de un hombre, aunque también para reafirmar los viejos sentimientos. Robert se preguntaba cuál de los dos casos sería el suyo.

Tuvieron que pasar aún trámites incómodos y rutinarios, pero por fin pudieron abandonar la zona reservada al personal cualificado. Como pequeñas hormigas, un grupo respetable de gente se movía inquieta en la gran sala de la Estación Espacial.
Aquella mujer le recordaba a su suegra, pero ésta había muerto hacía tiempo. Se acercaba a él llorando y frotándose las manos nerviosamente. Le abrazó. Robert permaneció petrificado y con los brazos caídos, sin saber que decir.
-    ¡Robert! Soy yo. Soy Glenda.
-    ¿Glenda?
-    Sí, Glenda. Creíamos que habíais muerto, nos dijeron que habíais muerto y que no volveríais. Pero de eso hace ya tantos años ...
-    ¿Creíais, os dijeron, quiénes? – Robert se sentía mareado, debía ser problema de adaptación.
-    Los responsables de vuestra misión: un día nos reunieron a todos los familiares y nos explicaron que no debíamos esperaros, que rehiciéramos nuestras vidas porque seguramente no volveríais nunca.
-    ¿Qué te ha pasado? Pareces tu madre, no lo entiendo, de hecho he creído que eras ella.
Su mujer rompió a llorar de nuevo desconsoladamente.
-    Han pasado cuarenta años Robert. Me he hecho mayor.
             ¿Cuarenta años? – empezó a temblar, ahora sí sentía miedo, en su cabeza se apagó una luz y se quedó a oscuras – No puede ser, solo han  pasado dos. ¿Qué broma es esta?
-    No sé explicártelo, pero ellos nos han dicho que vuestro viaje trataba de averiguar si era posible viajar hacia el futuro. Y lo habéis conseguido.

Robert se miró en la gran cristalera que iluminaba aquel lugar, no se apreciaba bien pero se vio a sí mismo. Apenas unas tímidas canas adornaban sus sienes, era todo lo que había cambiado su aspecto. La piel de Glenda había perdido la suavidad que tanto le gustaba, su cuerpo se había redondeado y ya no tenía aquella elasticidad de entonces y se había casado, tenido hijos y ya era abuela.
En poco tiempo se dio cuenta de que todo a su alrededor era diferente. Comenzó a sentirse un extraño, ningún sitio era el suyo.  Un día desapareció, sin saber cómo ni por qué, no le buscaron y no volvieron a verle nunca más.

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23 de Noviembre de 2011 a las 15:54
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

                                          TOÑO 

Estoy jugando delante de mi casa con mi triciclo de madera. Mi vecina Celita y yo tenemos las casas muy cerca una de la otra, un poco apartadas del pueblo, y a ella le gusta jugar conmigo y con su muñeca de trapo, pero ahora estoy jugando sólo y el hombre de la gabardina se me acerca.
-Qué tal chavalín, ¿cómo te llamas?
-Toño.
-¿Cuantos años tienes, Toño?
-Cuatro.
-¿Cuatro? Caramba, ya eres un hombrecito.
-No, señor, todavía soy un poquito pequeño
 -¿Ya vas a la escuela?
-No, pero sé contar hasta veinte.
-¿Ah, sí?
El hombre de la gabardina parece un poco distraído. Yo empiezo a contar para demostrarle que no le miento, pero él me ataja diciendo:
-¿Está tu madre en casa?
-No, señor; ha ido a buscar la leche.
-¿La leche? ¿A dónde?
-Allí –dije yo, señalando el pueblo con el brazo extendido-; a casa de una vecina.
-Ah.
Está empezando a oscurecer, lo sé porque ya se acostaron las gallinas; hace un rato andaban por aquí escarbando la tierra y ya no están y tampoco el cerdo de la señora Milagros, que andaba rebuscando bellotas de las que caen al camino desde los robles del bosque. Además las sombras de los robles se están alargando y avanzando hacia mí como los tentáculos de un enorme pulpo. El hombre de la gabardina se va y yo me alegro de que se vaya y no me haga más preguntas, pero ahora las sombras empiezan a darme miedo y no me atrevo a entrar en casa, porque en casa está más oscuro que afuera. El viento silba entre las hojas de los árboles, yo estoy frente a la ventana de la cocina y veo sombras que se mueven detrás de los cristales; son brujas, en cuanto ven que no hay nadie en casa, bajan del desván y van a revolver a la cocina; le cambian a mi madre las cosas de sitio y luego no las encuentra y me echa la culpa a mí. 
Ya está oscureciendo mucho; cuando se hace noche del todo, el pueblo no se ve desde aquí, ni el campanario de la iglesia, ni nada, sólo se ve la luz del candil detrás del cristal de la ventana de Celita.
 Voy a buscar a mi madre.
¡Huy, el charco! Al cerdo de la señora Milagros le gusta mucho venir aquí a revolcarse entre el barro. Tendré que pasar con cuidado, pisando en las piedras para no mojarme los pies. ¡Ah, allí viene mi madre! y el hombre de la gabardina viene con ella. Ahora recuerdo cómo se llama, el hombre de la gabardina, se llama Javier; lo sé porque un día que entré corriendo en casa, lo encontré con mi madre en la cocina y ella no paraba de  llamarle Javier. Mi madre se había subido la falda y estaba sentada a caballo en sus rodillas. 
 Les espero; están pasando el charco arrimados al muro de piedra. ¡Ay, ay! Mi madre acaba de resbalar; Javier la sostiene, menos mal; ahora la coge en brazos, se paran... ¿qué hacen? Se besan en la boca...
 No me gusta Javier y no me gusta nada que bese a mi madre en la boca, tampoco me gusta que ella se siente en sus rodillas... Un día, el hijo de la señora Milagros me dijo que Javier le ponía los cuernos a mi padre “No sé que es eso” le dije yo; “¿Qué cuernos? ¿Cómo se los pone? ¿Dónde?” Y él  me explicó que eso se dice cuando las mamás engañan a los papás. ¡Qué tontería! Cómo va a engañar a mi padre si no está aquí; ¡si mi padre está en Argentina, tonto, que eres tonto!
-Toño, hijo, ¿qué haces aquí, en medio del camino? –Mi madre; por fin me ha visto.
-Cómo tardabas, vine a buscarte.
Ella me coge de la mano y yo camino a su lado dando saltitos.

Mi madre y yo hemos cenado y me lleva a la cama enseguida, parece que tiene prisa; me arropa, me da un beso y se va. Oigo pasos en la escalera; algunas tablas de los escalones crujen cuando mi madre las pisa, pero esta vez los pasos no son de mi madre; ella todavía sigue aquí, está cerrándome la puerta. Los pasos se acercan y la oigo hablar en voz baja. Me bajo de la cama sin hacer ruido, voy hasta la puerta y la abro un poquito, veo a Javier abrazando a mi madre. Los dos entran en la habitación de ella, sin parar de decirse cosas al oído y de darse besos. Me meto en la cama, disgustado porque, no sé por qué, pero no me gusta que ese hombre se quede en casa de noche. En medio del silencio y de la oscuridad oigo ruidos y susurros en la habitación de mi madre, también oigo de vez en cuando a los ratones corriendo por el desván. Me tapo la cabeza con la manta.
                                                  **********************
No sé si me estoy despertando de un sueño profundo o aún estoy soñando, pero sé que acabo de dar un inmenso salto en el tiempo. Oigo voces alrededor de mi cama, alguien avisa de que me he movido; alguien apoya su mano en la mía y me llama: 
-Papa, ¿estás bien?
¿Mi hija?
-Está saliendo del coma –dice alguien.
Abro un poco los ojos y descubro que estoy en una luminosa habitación de un hospital. A mi lado, además de una pareja de unos cuarenta años, hay un hombre de bata muy blanca, me imagino que un médico. Me siento confuso y mareado; miro mis manos arrugadas y descoloridas y de pronto caigo en la cuenta de que soy un viejo, no el niño que odia al hombre de la gabardina, y los dos jóvenes que se inclinan sobre mí para ver si me he despertado son mi hija y mi yerno; mi familia, están esperando que les hable, que diga algo, pero sigo haciéndome el dormido porque necesito un poco más de tiempo: Uno no puede pasar de la oscuridad a la luz y de los cuatro años a los setenta en sólo unos segundos. 

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23 de Noviembre de 2011 a las 21:26
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23 de Noviembre de 2011 a las 21:30
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

UFO


 


El sistema analiza el universo como un continuo espacio-tiempo. De ese modo puede detectar la presencia de anomalías pasadas, presentes y futuras. Si en algún remoto planeta surge una cultura o una civilización, analizamos su evolución. Cuando sus progresos intelectuales van parejos a sus actitudes morales la dejamos progresar. Pero si observamos que su tecnología y su ciencia se aplican con fines destructivos, que sus avances les hacen muy poderosos como potenciales enemigos, enviamos una cápsula de antimateria hacia sus coordenadas temporo-espaciales para destruirles por completo.


¿Y quiénes somos nosotros para decidir de ese modo sobre los demás culturas que existen en el cosmos?


Majestad, somos los primeros que hemos alcanzado la tecnología necesaria para constituirnos en guardianes del universo. Es lógico que aceptemos asumir ese papel, por el bien de la más antigua y más avanzada de las civilizaciones del cosmos, la nuestra.


No puedo dejar de pensar que estamos interfiriendo en los asuntos divinos...


Cuando se lanzó a la nada la minúscula partícula de peso infinito que originó el Big Bang se puso en marcha un plan inmenso. Dentro de ese plan estaba la aparición, a lo largo de miles de millones de años, de formas de vida inteligentes. Era de prever que alguna de esas formas alcanzaría tal elevado estado de desarrollo que lograría los medios para el estudio global del tiempo y del espacio. Todo lo que ha ocurrido hasta el apogeo de nuestra cultura entraba en los planes de Dios. Si nos ha dado este poder y estas posibilidades, es lógico que las utilicemos para preservar algo que es, en definitiva, obra suya.


Creo que la Cámara de Representantes debería ser informada de lo que está haciendo. No prosiga con su plan hasta la próxima reunión del Senado Imperial.


En ese caso daré la orden de detener el programa de “limpieza cósmica” hasta nuevo aviso...


Gracias, puede retirarse. Que tenga un buen día, coronel.


 


El Coronel Wong, jefe del Departamento de Defensa Global de la Confederación Galáctica de Orión, se sentó ante el monitor de su terminal. Introdujo su clave y elaboró una sencilla consulta sobre el continuo espacio-tiempo. Quería saber de antemano el resultado de la futura reunión. Obtuvo el informe en pocos minutos. El Senado aprobaría su programa. Pero impondría una condición. Antes de enviar ninguna cápsula de antimateria una comisión visitaría el sistema planetario para evaluar la certeza sobre el riesgo tecnológico o bélico de la civilización potencialmente exterminable.


 


Pocos días más tarde partía la primera expedición evaluadora. Se dirigían a un lejano planeta, situado en la zona exterior de una pequeña galaxia en espiral. En ese planeta un pueblo había progresado de forma considerable, de acuerdo con los datos ofrecidos por el sistema de análisis. Dotados de conocimientos científicos considerables, de un notable dominio matemático y de un lenguaje propio que les permitía, por ejemplo, denominar a su galaxia como “La vía Láctea”, sus habitantes eran capaces de contar el tiempo basándose en los ciclos de rotación de su planeta alrededor de una pequeña estrella a la que llamaban Sol. Hacia el tiempo designado allí como el vigésimo siglo descubrieron el poder de la fusión nuclear. Aunque ridículos comparados con las cápsulas de antimateria desarrollaron unos ingenios explosivos de gran potencia e hicieron numerosos ensayos con ellos. Pero, y eso era una clara señal de peligro, los utilizaron en un breve espacio de tiempo sobre dos ciudades, con efectos devastadores. Los informes eran muy claros: los habitantes de aquel lejano planeta conocían el modo de elaborar armas de destrucción masiva de considerable potencia. Y si bien era cierto que su incomprensible actitud de constante trifulca interna les hacia por el momento enemigos poco dignos de consideración, cabía la posibilidad de que algún día lograsen ponerse de acuerdo y dirigir hacia el exterior su agresividad. Y al ritmo que progresaban sus conocimientos tecnológicos podrían con el tiempo disponer de naves para viajar por el universo. ¿Cómo actuarían entonces al descubrir otros mundos habitados dotados de abundantes recursos naturales y riquezas?


 


El viaje por el exterior del continuo espacio-tiempo era sencillo y rápido. Pero cuando se visitaba por vez primera un nuevo lugar del universo no era fácil precisar las coordenadas exactas del punto de llegada. Por ello, y por la existencia en aquel planeta de una densa atmósfera que podría suponer un riesgo a altas velocidades decidieron regresar al continuo a baja velocidad y ya cerca de la superficie.


 


¡Mire, capitán! ¡Esta cubierto de agua!


Es cierto. Todo lo que se ve hasta la lejanía es un inmenso mar.


El sistema de navegación detecta la existencia de una costa. Nos dirigimos a ella.


¿Qué datos nos da el sistema?


Se trata de un amplio territorio montañoso, cubierto de abundante vegetación en forma de bosques de frondosos árboles. El terreno se eleva hacia el interior y a través de un largo valle discurre una corriente de agua, que llega hasta la costa.


Ya lo tenemos a la vista. Tripulación, prepárense para tomar tierra. Buscaremos algún claro en medio de esa inmensa selva.


 


 


 


El capitán de la nave escuchaba incrédulo las noticias de los tres comandos que había desplegado para estudiar a los posibles habitantes de aquel curioso planeta. Todos venían a decir lo mismo. Existían varios núcleos habitados formando una comunidad en el valle superior del río. Otros poblados ocupaban la zona próxima al mar. Estos eran predominantemente pescadores, mientras que los que vivían en el altiplano eran sobre todo agricultores y cazadores. Tenían muchos puntos en común. En cada aldea existía un jefe o reyezuelo, y cada comunidad era gobernada por una especie de Pequeño Emperador que habitaba en la mayor de las aldeas. Además, en todas las tribus había por lo menos uno o dos individuos a los que los demás respetaban y veneraban, a los que llamaban “sabios” o “chamanes”.


 


Hemos explorado a fondo un ancho valle, de unos ochenta kilómetros de largo, por cuyo centro corre un caudaloso río al que llaman Waghi. Las tribus que lo habitan se hacen llamar el pueblo Kuma, hablan todas el mismo idioma y tienen una cultura primitiva común. Precisamente en estos días están celebrando unas curiosas fiestas y en todas las aldeas siguen el mismo rito. Durante las noches se unen alrededor de una gran fogata y tras beber un brebaje que preparan según las instrucciones de aquellos a los que llaman “sabios”, danzan como locos al son de la música de primitivos instrumentos .


¡Qué curioso! Pero, ¿os han parecido peligrosos?


—¿Peligrosos? En absoluto. No conocen la existencia ni el uso de los metales. Para sus armas, lanzas, arcos y flechas, utilizan sólo piedras y materias vegetales. Son una gente pacífica con un curioso conjunto de creencias animísticas. Creo que nos han tomado por dioses. Para que nos puedan recordar como tales les hemos obsequiado con una vieja palanca de maniobra de la nave.


 


 


 


El Emperador se puso en pie. Los representantes de la Confederación Galáctica esperaban en silencio. Algunos sonreían y se miraban entre sí. Era cosa sabida que el Coronel Wong y sus proyectos de “limpieza” no eran bien vistos por la mayoría de los senadores, y las noticias traídas por la misión parecían dejarle en entredicho.


 


Estoy seguro de que se cometió un error en la programación del viaje por el hiperespacio. Las coordenadas de espacio tiempo que les ofrecí debían llevarles al que ellos llaman su vigésimo siglo. Alguien debió manipularlas y les visitaron miles de años atrás.


Eso está descartado. Lo hemos verificado cuidadosamente.


¡Es imposible! En esa entidad temporal los habitantes de ese planeta poseen armas de destrucción masiva y constituyen un potencial peligro para la Confederación.


¿Llama usted armas de destrucción masiva a las lanzas y las flechas con puntas de piedra?


No. Me refiero a ingenios basado en la fusión nuclear.


¡Esos seres primitivos, esos pueblos ágrafos dominando la energía atómica!


El Emperador río y la mayoría de los senadores le hicieron coro. El coronel enrojeció y permaneció callado.


Mire, Coronel. Desmantele todo ese proyecto suyo de “Limpieza Galáctica”. Queda definitivamente suspendido. Y guarde sus cápsulas de antimateria por si un día nos ataca un enemigo de verdad.


 


 


 


 


Notas del diario de la antropóloga australiana Mary Ray, durante sus estudio de campo de las tribus Kuma, en Papua Nueva Guinea, en los años cincuenta del siglo XX:


 


16 de mayo : Hoy hemos visto algo que rompe todos los esquemas que teníamos sobre este pueblo. Hasta ahora lo considerábamos como una reliquia viviente del paleolítico superior. Pero tal vez debamos reconsiderar esta opinión. Para presenciar en vivo sus ceremonias he visitado la mayor de las tribus Kuma, situada al pie del Mount Hagen. Su gran jefe, Komuu-Nda me ha recibido y llevaba en la mano un curioso cetro… ¡metálico!. Pero lo más extraño es que ese cetro puede desmontarse y en su interior se ven innumerables módulos interconectados como en algo parecido a un sofisticado mecanismo eléctrico.


 


18 de mayo: Ha quedado aclarado el misterio del cetro de Komuu-Nda, pero nos hallamos ahora frente a un misterio todavía mayor y de mayor alcance. El buen hombre me ha relatado que el cetro es un regalo de los Dioses, que llegaron un buen día desde el cielo en un navío volador que flotaba en fuego y rugía como un trueno. Está claro que me habla de la antigua visita de unos seres extraterrestres.


 


20 de mayo: Parece increíble. Los Kuma se ofrecieron a llevarme al lugar donde se produjo la visita de los dioses. Les seguí a una meseta apenas cubierta por matorrales y allí vi perfectamente delimitada en la hierba la huella de una gran nave de forma elipsoidal. Pero por los restos quemados y el calor que todavía surge del suelo en algún punto es evidente que esa visita tuvo lugar hace poco tiempo. Tal vez unas semanas. ¡Lástima no haber estado aquí en aquellos momentos! Habría ofrecido a los visitantes una idea más exacta de nuestra cultura y nuestra civilización que la que sin duda se llevaron.


 

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24 de Noviembre de 2011 a las 10:33
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

ÓNFALOS:
Viernes por la tarde en Cambridge. Siluetas de gótico tardío contra el cielo. Primavera. P y Q, como cada viernes, han quedado citados para su paseo junto al río. Sale cada uno de su despacho y de sus libros, cruzan claustros, jardines y, tras calles empedradas bajo campanarios, se encuentran en el banco junto al sauce. Pasean, en ademán también gótico y tardío, camino de ida, camino de vuelta. Hasta la hora del pub:
-Una pinta de guinness y otra de lager.
Sacan las pintas al jardín y se acomodan en una mesa de madera. Alguien, algún amante de la música clásica, ha dejado la ventana abierta en el edificio contiguo y se distingue nítidamente a Jim Morrison cantando: Riders on the storm, /  Riders on the storm…   

En ese momento el amanecer acaricia los ojos de Edipo y lo despierta. La noche anterior, él y su criado, viniendo de Corinto y tras errar el camino de Delfos, habían decidido hacer noche junto a una fuente. Es la fuente Castalia. Se refrescan, acercan los caballos para abrevar y prosiguen el camino. Se orientan por el sol y al poco tiempo, tras cruzar un bosque de laureles, llegan al recinto sagrado. Edipo se apea, deja los caballos al cuidado de su criado, se dirige decidido al templo, saluda al sacerdote que sale a recibirlo y le entrega su ofrenda en oro y su pregunta para el oráculo grabada en una lámina de plomo.
Edipo queda fuera, a la espera, apoyado en el umbral. El sacerdote entra con la lámina y se la entrega a la Pitonisa, la Pitia, así llamada porque permanece constantemente sentada sobre el ónfalos, el ombligo del mundo, bajo el que están enterradas la serpiente Pitón y las fuerzas telúricas. La Pitia lee la pregunta de Edipo –¿qué va a ser de mí?- y, al punto, la reconoce y sabe que ya la contestó una generación antes; al padre del mismo que viene a preguntar.

Into this world we’re thrown, / Like a dog without a bone.
-Otra pinta de Guinness y otra de lager.
Y P le pregunta a Q:
-¿Recuerdas el concepto de eternidad en Boecio?
-Sí, la eternidad como lo contrario del tiempo, la presencia simultánea en todos los tiempos. Es atributo exclusivo de los dioses. Pero esa idea no es sólo de Boecio; está en otros clásicos y corre por el mundo oriental.
Jim Morrison es un susurro por debajo de la conversación.

La Pitia bebe el vino de Dioniso, entra en trance y al instante asiste, como en vorágine, a todas las generaciones. Está en lugares de hielo nunca hollados por el hombre y, simultáneamente, en espacios que en tiempos de Edipo aún no han conocido al hombre, en guerras con máquinas inimaginables, en el vacío del cosmos... Y oye otra vez la gran algarabía, oye al unísono todas las frases posibles en todas las lenguas posibles presentes, pretéritas y por venir, y cadenas de sonidos que en ninguna de ellas tendrán sentido; y oye las olas chocando contra las rocas en el mar de Creta, y gruñidos de animales ya extintos, y rumores de bosques, y el silencio…
Edipo sigue apoyado en el umbral y la Pitia sigue sentada sobre el ónfalos. La Pitia baja al tiempo desde la eternidad y viaja a través de todos sus recovecos, ora a la izquierda ora a la derecha del tiempo. Está sentada en el ónfalos y está también detenida en la encrucijada que divide el camino que sale de Delfos, esa encrucijada en forma de Y, de ypsilón: el camino de la izquierda, como el trazo izquierdo de la letra, ancho y fácil hacia Corinto; el de la derecha, estrecho y difícil hacia Tebas de Beocia. Nubes negras, llueve, truena y no se ven pájaros en el cielo. Ahora la Pitia se sienta impasible en un mojón del camino de Tebas y ve venir del lado de la ciudad un carro. El paso es angosto, el camino un barrizal y las ruedas del carro se hunden en el lodo. Layo, rey de Tebas, y su auriga bajan del carro e intentan inútilmente mover las ruedas.

Riders on the storm, /  Riders on the storm…
-Otra pinta de guinness y otra de lager.
Y ahora P dice:
-Pues estoy convencido de que si los griegos le hacían tanto caso a los oráculos es porque eran verdaderos. Porque quien los dictaba era la divinidad que alojaba su voz en la boca pálida del sacerdote, de la sibila, del adivino…
-Serán las cervezas… ¿Y qué pasaba cuando el oráculo fallaba?, ¿era la divinidad que mentía?
-No. Era o que el sacerdote no entendía a la divinidad o que era un falso sacerdote. Porque en la divinidad no cabe la mentira. Ahí está Platón para decir que divinidad y verdad son una y la misma cosa.
-Lo que digo, serán las cervezas.
Una corneja cruza el cielo de izquierda a derecha de P y de derecha a izquierda de Q, que está sentado frente a él.
There’s a killer on the road…

Edipo sigue junto al umbral del templo de Delfos. Y la Pitia sigue en el ónfalos y, a la vez, en el cruce de caminos. Ve venir de la parte de Delfos, bajo la lluvia, a Edipo y su criado a caballo, los ve despedirse y oye cómo Edipo manda a su criado de vuelta a Corinto. La Pitia pregunta a Edipo quién es y dónde va:
-Soy Edipo de Corinto. Voy a Tebas huyendo de un oráculo doblemente desgraciado.
-¿Estás seguro de que eres de Corinto?
Pero Edipo ya no escucha. Cabalga bajo la lluvia hacia Tebas. Y la Pitia, con sus ojos verdes de lechuza, ve desde la encrucijada y desde el mojón cómo Edipo pide, exige a Layo que aparte el carro, cómo ni Layo ni su auriga pueden sacar el carro del lodo, cómo discuten, cómo Edipo saca su espada y la hiende en la cabeza de Layo.
La Pitia, desde el ónfalos, vuelve a escuchar la algarabía de cadenas infinitas de sonidos y, con la ayuda de Apolo, señor del templo y que convierte en orden los torbellinos, escoge, de entre todo el laberinto de palabras, las que el sacerdote transmitirá a Edipo como epifanía prístina. Y ni siquiera ella será capaz de detener a Edipo en la encrucijada sugiriéndole que no es hijo del rey de Corinto, como cree, sino del de Tebas, que viene hacia él en carro. Porque la Pitia, en su paseo por la eternidad, ha estado también en la alcoba de Yocasta, viuda de Layo, y ha visto cómo Edipo engendraba cuatro hijos en el mismo vientre donde fue engendrado él mismo convirtiéndose así en padre de sus cuatro hermanos.
El sacerdote transmite a Edipo, que sigue en pie ante el umbral, el oráculo de la Pitia. Edipo era, es y será una pobre criatura finita en manos de la divinidad eterna.
La Pitia descansa mientras Edipo se arranca los ojos; descansa mientras sus dos hijos se matan entre sí a las puertas de Tebas; descansa mientras su hija Antígona se suicida; descansa mientras su otra hija, Ismene, acompaña a su padre, ciego, a morir en Colono.

Y otra pinta de guinness y otra de lager.
Ahora es Q quien habla:
-A cualquier cosa que le estés dando vueltas le podías añadir esa idea que corría por el siglo XIX.
-¿Cuál?
-Que los dioses han existido realmente, han pisado la tierra pero acabaron por huir hartos de los hombres.

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concursoderelatos

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24 de Noviembre de 2011 a las 16:53
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

La llegada 


«Mañana es sólo un adverbio de tiempo». (Joan Manuel Serrat). 


Recuerdo que, desde pequeño, siempre deseé poder controlar el tiempo: viajar a través de él; pararlo; ralentizarlo o acelerarlo a voluntad…, como ahora me gustaría hacer. Miro el reloj y suspiro aliviado al descubrir los escasos minutos que restan para mi llegada. Estoy realmente cansado. Demasiado cansado y meditabundo. También preocupado. «Ven pronto o será tarde», me dijo.


Conduzco con la vista perdida en el horizonte mientras pienso en el largo día que llevo a mis espaldas. Desde que regresé a puerto, tras mi estancia en la plataforma petrolífera, no he parado de viajar: barco, avión… y, finalmente, mi humilde, pero confortable, vehículo. La noche es cerrada y ni siquiera la luna me alegra con su presencia. Decido encender la radio para que me haga compañía.


La música es una ideal compañera de viaje; siempre disponible para cuando la necesito. Las notas del pianista elevan mi espíritu por encima de la fatiga de mi cuerpo. La tristeza que evoca su sonido contagia a las nubes, que hasta el momento sólo me habían ocultado la presencia de las estrellas, y comienzan a descargar una fina lluvia sobre el asfalto. Un pasaje rápido y acelero el vehículo para coordinarlo con el tempo de la canción; cierro los ojos e imagino como la guitarra rasguea los arpegios. Resulta curioso como algunas canciones nos trasladan al instante en el que las disfrutamos. Son un excelente billete de vuelta al pasado... Regreso al día en que la conocí. Al día en que bailamos juntos por primera vez. No dejo de pensar en ella. La he echado mucho de menos estos meses. Allí, en mitad del océano. Demasiado tiempo separados... ¿Hice lo correcto al aceptar ese trabajo? Supongo que sí, nos estábamos haciendo demasiado daño. Me inquieto. Dudo. Recuerdo de nuevo. Pienso en las ilusiones perdidas; en los sueños abandonados; en las pequeñas frustraciones y sinsabores que blanquearon mi cabello durante los últimos años de matrimonio y que me obligaron a huir. A escapar. Sonrío y tuerzo el gesto inmediatamente después. Me prometo no volver a pensar en ello…., aunque sé que me miento.


Un fugaz destello me saca del trance. Un extraño fulgor que se escapa de entre los árboles y que desaparece de inmediato. ¿Qué sería? Da igual. ¿Acaso importa? ¿Importan los pequeños detalles? A ella sí. No medí bien el “tamaño” de mis palabras, supongo. «Nos tenemos él uno al otro», le dije.


La carretera por la que circulo es sinuosa como pocas, pero sorteo las curvas con pericia, acostumbrado a la silueta de su trazado. No ha cesado la música, pero la lluvia ha decidido imponer su propia melodía para acompañarme en los pocos kilómetros que todavía restan para mi llegada. Es un repiqueteo cada vez más violento. Seis curvas me aguardan aún por delante, pero ya creo vislumbrar a lo lejos la torre de la iglesia. Abro la ventanilla para despejarme del cansancio y, junto al olor a tierra mojada, percibo algo más. Dirijo mi mirada hacia el pueblo y reparo claramente en las extrañas e intermitentes tonalidades naranjas y azules que lo sitian.


A medida que desciendo la ladera que conduce hacia la villa, los destellos aumentan su intensidad hasta, por momentos, llegar a deslumbrarme. Sobrepaso el cartel que anuncia el comienzo de los límites de la población y reduzco la velocidad del vehículo. Las luces continúan refulgiendo como lo harían los estridentes neones de un bar de carretera y me desvío de mi ruta para adentrarme por las estrechas callejas que derivan en la plaza principal. Apago la radio. Me siento extraño, atraído por la fantástica luminiscencia; envuelto en un sepulcral silencio que me aturde, pero, a la vez, reconforta.


Detengo el coche y lo abandono. Comienzo a caminar lentamente. Ninguna persona deambula por las calles. Tan sólo me hacen compañía los gatos que rondan los contenedores de basura situados en el callejón que hace esquina con el restaurante de la plaza. Fijo la mirada en el suelo y reparo en que tampoco recuerdo haberme cruzado con ningún vehículo durante mi trayecto. Mis ojos buscan actividad en el interior de las casas cercanas, pero no se escucha ningún ruido en ellas que calme mi inquietud, ni siquiera algún rumor de conversación lejano, únicamente se oye el incesante repiqueteo de la lluvia que golpea el empedrado de la calle con frenesí. Subo el cuello de mi cazadora para protegerme inútilmente de la virulencia del agua y dirijo mi caminar hacia los coloridos destellos que emanan de la plaza. En ese preciso instante, doce sonoros campanazos se dejan oír por encima de la lluvia acompañando cada uno de mis pasos. Miro mi reloj: las agujas marcan las 5 de la madrugada… y sonrío. Río a carcajadas después. «Un singular viaje en el tiempo», pienso.


Cuando accedo a la plaza, el silenció da paso a un estallido de júbilo colectivo que resuena con fuerza mientras los ocupantes de la misma jalean, enarbolando sus paraguas, la llegada del protagonista de la noche. Y yo, que previamente ya he sido partícipe de una experiencia similar a cientos de kilómetros de distancia, decido compartir con ellos este inexplicable momento de felicidad que periódicamente se presenta en nuestras vidas. Frente a mí, las brillantes y coloridas luces de la plaza anuncian el nuevo año que acaba de comenzar.


Pero no me siento completo. No sin ella. Miro alrededor. Busco y no encuentro. Unos brazos me rodean finalmente para rescatarme de mi desesperación. Me giro. No hay reproches. No hay palabras, siquiera; tan sólo miradas y lágrimas. Está más hermosa que nunca. Sonríe y me muestra con delicadeza a su acompañante. Llegué tarde, no hay duda. Él tiene su sonrisa y también mis ojos. Los cierra. Cierro los míos y formulo un deseo. «Siempre anhelé controlar el tiempo», pienso.


Y el tiempo se detiene: un recuerdo imborrable me acompañará a partir de ahora para el resto de mi vida.

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DanielTurambar

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24 de Noviembre de 2011 a las 22:55
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

RECORDATORIO: Hasta mañana viernes a las 21:00h sigue abierto el plazo. Gracias

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DanielTurambar

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25 de Noviembre de 2011 a las 21:19
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

Pues nada, no ha habido más. Se cierra el chiringuito y se abre el plazo de votaciones (por privado a éste, su seguro servidor) hasta el domingo a las 22:00h.


Los 7 relatos están en regla, así que se asignarán 3, 2 y 1 punto según gusten ustedes. Candidatos, por orden de aparición:

El tiempo de las flores 
La Llorona… 
Viaje de ida y vuelta 
Toño 
Quiero volver a intentarlo 
UFO 
Ónfalos 
La llegada  

(en breve un pdf)

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DanielTurambar

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25 de Noviembre de 2011 a las 21:52
Re: LXX (70, SETENTA) EDICIÓN CONCURSO. VIAJES EN EL TIEMPO

Versión e-book: http://www.bubok.es/libros/208616/LXX-Concurso-de-usuarios--Viajes-en-el-tiempo


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