Recuerdos de la Alhambra
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Recuerdos de la Alhambra
Llegó a Granada desde un país lejano y después de un viaje muy largo. Y nada más instalarse en el hotel, salió a la calle, cruzó la Gran Vía, atravesó Plaza Nueva y subió por la Cuesta de Gomérez. Con su cámara de fotos en las manos, su teléfono y un cuaderno de hojas en blanco. Y remontaba ella despacio la empinada cuesta, mirando a los lados y al frente y pendiente de las tiendas que por aquí venden recuerdos para los turistas que visitan la Alhambra cuando, al llegar a la Puerta de las Granada, le salió al paso un desconocido que le dijo:
- Bienvenida a esta ciudad mágica. Si quieres puedo acompañarte por los jardines y recintos de la Alhambra y, mientras te los enseño, también te explico la historia y los secretos.
Y ella le respondió, en un español muy poco definido:
- Te lo agradezco pero quiero recorrer estos sitios en silencio y sola para gustarlos a mi manera.
- Es que puedo llevarte a la Silla del Moro, al Cerro del Sol, a las ruinas del palacio de Dar al-arusa, al mirador de los Alixalres… y si te apetece, también puedo decirte dónde comprar los mejores recuerdos de la Alhambra. No todos los sitios son interesantes pero los que yo conozco, sí.
- Por mi parte, ya tengo claro cual va a ser el recuerdo que me voy a llevar de estos rincones de la Alhambra.
- Pues como quieras pero es una pena que no aproveches lo que te estoy ofreciendo.
- Lo siento pero sé lo que quiero de Granada aunque sea la primera vez que venga.
Y siguió subiendo, después de pasar el arco de la Puerta de las Granadas, por el paseo central del bosque. Varias veces se paró, miró, hizo fotos y unos metros más arriba de la fuente de Ángel Ganivel, torció para la izquierda. Siguió subiendo despacio la cuestecilla, prestando mucha atención a los mirlos y petirrojos que por aquí se escondían entre las plantas y al llegar a la Torre de las Cabezas, se paró unos minutos. Observó un momento a los cernícalos que se posaban en todo lo alto, hizo algunas fotos a la pequeña cascada que, por la derecha, por aquí siempre salta y siguió remontando mientras se decía: “Todo esto es muy bello. Mucho más de lo que yo había soñado”. En solo unos minutos más, remontó la cuestecilla y llegó a donde en la muralla, se abre la conocida Puerta de los Carros. Muy famosa esta pequeña entrada porque es por aquí por donde, los taxis y otros vehículos, pasan al interior del recinto amurallado para dejar a los turistas en los hoteles que hay un poco más arriba.
Y en este punto también se paró un momento, hizo fotos, tomó alguna nota en su cuaderno y siguió. Solo recorrió unos metros más y se encajó en lo más alto. Donde el terreno se allana, hay una fuente de agua potable, crecen cuatro o cinco gruesos árboles y a los lados del pequeño espacio en forma de placeta, hay varios asientos de cemento. Vio a su derecha las tiendas donde venden recuerdos para los turistas, al frente descubrió la iglesia de Santa María de la Alhambra, un poco a su izquierda, se le presentaba las recias paredes del palacio Carlos V y a su izquierda y al fondo, divisó el arco de la Puerta del Vino. Más a su izquierda y ya en el lado del sol de la tarde, descubrió los cuatro o cinco cañones de hierro, que en forma de exposición permanente, aquí han colocado para que los fotografíen los turistas.
Se dijo: “Este sí que el un sitio apropiado y bonito para lo que vengo buscando”. Y después de beber un trago en la fuente, buscó el mejor banco que a los lados de la placeta hay. En uno de la izquierda y por el lado de los cañones de hierro, se paró. Soltó su cámara, se descolgó la pequeña mochila sacó de ella el cuaderno de hojas en blanco, lo abrió, cogió lápices y goma de borrar, se sentó en el banco y mirando muy concentrada a un lado y otro, se puso a dibujar. Primero frente a la iglesia y a la estrecha calle que por aquí avanza y es conocida con el nombre de calle Real. Luego se fijó muy despacio en los muros del palacio de Carlos V y en la plaza entre este edificio y la Puerta del Vino. Prestó mucha atención a la pequeña alberca que, cerca de la placeta y por el lado izquierdo, hay y dibujó en su cuaderno todos los detalles que iba descubriendo y les parecían interesantes. Sin prisa, con trazado firme y claro y sin preocuparse que el tiempo pasara.
Tampoco le importaba que, los que pasaban cerca de ella, la miraran. Alguno comentó:
- Mira, pintando la Alhambra, como hacían en aquellos tiempos muchos de los románticos que venían a Granada.
Y otros decían:
- Con lo sencillo que es entrar a una de estas tiendas y comprar cualquiera de los cientos de recuerdos que aquí venden.
Y ella, oía estos comentarios, callaba y seguía dibujando en su cuaderno, concentrada por completo y viviendo la emoción mucho más allá del momento y del lugar. Por eso, en las hojas en blanco de su cuaderno, comenzó a verse dibujos muy bellos de la iglesia, del palacio, de la calle, del arco, de los árboles, de la Alcazaba, la puesta del sol y algunas nubes decorando el cielo. Se fue ocultando el sol y, un poco antes de que la luz del día desapareciera, concluyó su trabajo. Abrió el cuaderno por completo en sus manos, lo miró despacio, miró a los edificios y a las personas y para sí se dijo: “Ya tengo el mejor recuerdo de la Alhambra, distinto a todos los demás y por eso único y personal. Puedo irme ahora mismo de Granada y me sentiré por completo llena y feliz para el resto de mi vida”.
Después de conocer esta sencilla historia, muchas veces el hombre de la Puerta de las Granadas, subió y visitó la pequeña placeta donde ella se situó para dibujar en su cuaderno. Y cada vez que lo hacía, al acercarse al lugar y luego ya en la placeta y en el banco, tuvo una extraña y a la vez hermosa sensación. Sentía tristeza y añoranza de la joven y sentía como si, de alguna manera misteriosa a inexplicable, el tiempo la hubiera dejado por aquí con la frescura y belleza que en aquel momento, palpitaba en su corazón. Por eso, a partir de aquellos días, esta pequeña placeta de los bancos, fuente y árboles frente a la Alhambra, la siente como un balcón hacia lo bello y ventana al reino de lo eterno. Más de mil veces se ha repetido: “Ella sabía bien lo que quería y tiene valor por encima de todo. Por eso ha dejado poro aquí, un aroma tan fino y dulce que desde entonces para mí la Alhambra, es otro monumento”.
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