LXXIV Edición del concurso de relatos: EL VIENTO (para colgar los relatos)
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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El juego de los deseos
A veces me pregunto cuándo terminaré de madurar. Inmediatamente me respondo que nunca. Porque, si a mis más de sesenta años, aún no lo he hecho… ¿qué sentido tendría hacerlo ya?
Me hicieron un juego cuando era niña, uno de pedir deseos. En realidad me hicieron muchos juegos de ésos, pero sólo recuerdo con exactitud éste. La cosa era que cada vez que viera un avión tenía que cruzar los dedos y pedir un deseo; los dedos debían permanecer así hasta que viera un perro, un coche rojo y una sábana tendida.
Cuando me hicieron el juego eran pocos los aviones que tenía oportunidad de ver y cuando ocurría lo difícil era encontrar el coche rojo; aunque me busqué un truco, le birlé a mi hermano un cochecito rojo de juguete (en ningún momento me dijeron que el coche tuviera que ser real) y solía llevarlo en algún bolsillo. Ahora estoy pidiendo deseos cada minuto y medio aproximadamente (en realidad no, porque procuro no mirar mucho al cielo, pero podría pedirlos con esa frecuencia si quisiera) y lo complicado es encontrar sábanas tendidas. También me he buscado un truco, en cuanto llego a casa me voy derecha al armario, saco una sábana y la cuelgo en el tendedero. Cuando mis dedos han recuperado su forma natural la recojo y la vuelvo a guardar.
No, mi deseo nunca se ha cumplido. Y aún así sigo haciendo el ritual desde… no sé, pero más de cincuenta años, seguro. Efectivamente, no he madurado mucho.
Siempre pido el mismo deseo, tampoco en eso la evolución ha sido la esperable. La verdad es que es un poco frustrante pensar que hay algo que se resiste desde siempre; pero no lo llevo mal, siempre he sabido asumir que no se puede conseguir todo lo que se quiere. Aunque no por saber eso hay que dejar de intentarlo. Eso creo.
Hoy le he contado todo esto a mi marido. No está mal hacerle este tipo de confidencias después de casi cuarenta años. Se lo he contado porque desde que se ha jubilado pasa todo el día en casa y me ha pillado ya demasiadas veces con la sábana en la mano; le ha extrañado tanto tránsito sabanero y claro, ha hecho preguntas. Mientras le hablaba me miraba con las cejas levantadas. He llegado a pensar que en cualquier momento me iba a proponer visitar a un psiquiatra. Pero no estoy loca. Y si lo estoy no es de ahora, porque lo del jueguecito, como ya he explicado, viene de lejos.
—¿Qué? No me mires así. Tú llevas toda la vida jugando a la lotería sin que te toque nunca y no te digo nada. Me parece que las posibilidades de que se cumplan tus deseos por esa vía son las mismas que las que tengo yo con el juego de los aviones.
A continuación pretendía que le contara cuál era mi deseo. Por supuesto que no se lo he dicho. Por dos razones: la primera, que me da mucha vergüenza y la segunda, que los deseos no se pueden decir en voz alta; si se hace, no se cumplen (eso sí que me lo dijeron cuando me hicieron el juego). Al final ha sonreído y ha seguido leyendo el periódico. No ha sido una sonrisa cómplice, más bien ha sido una sonrisa resignada. El caso es que ha sido una sonrisa, supongo que es lo único importante.
Después de comer y recoger la cocina me he ido a dar mi paseo diario. En invierno tengo que hacerlo al mediodía; no me gusta andar de noche y además hace demasiado frío cuando se oculta la luz. Hoy el sol era generoso, desprendía más calor del que cabría esperar. Lo he mirado para darle las gracias y él en respuesta me ha puesto un avión en mi campo de visión para que pruebe suerte. Somos así el sol y yo… nos llevamos bien y a veces mantenemos este tipo de “conversaciones”.
El perro ha sido fácil, iba a mi lado. Siempre salgo a dar mi paseo con él. El coche rojo no ha tardado mucho en aparecer, incluso he podido escoger tonalidad –rojo mate, rojo fuego, rojo sangre…-. Lo malo ha sido, como siempre, la sábana. ¿Quién y en qué momento decidió que la ropa tendida resultaba antiestética? A mí me encanta ver la ropa ondear al viento. Es signo de vida. Es seña de hogar. Es… ¡Bah! Da igual lo que sea, ya nadie tiende la ropa en los balcones; hay que esconderla.
Acababa de salir de casa, así que no podía regresar para poner mi sábana en el tendedero. Mi marido se hubiera preocupado. Tendría que dar el paseo con los dedos cruzados todo el rato. No pasaba nada, estaba acostumbrada a caminar por la vida con “mi cruz”, pero resultaba fastidioso.
Iba a mirar de nuevo al sol, por comentarle la situación, pero me he dado cuenta de que podía llegar a casa hecha un nudo (el sol a veces es muy bromista y se dedica a ponerme aviones delante como si no costase) y he preferido mirar al perro. Entonces he visto cómo se movía su pelo: el aire lo elevaba y hacía que bailara. Daban ganas de acariciarlo, pero también daba miedo de que aquello acabase si lo tocaba. Y he notado el viento a mi alrededor. Me arrullaba en el cuello y se metía por mi escote haciéndome cosquillas. He abierto los brazos para dejar que me envolviera por completo y lo ha hecho. Me he puesto a girar y he dejado que mi cabello me tapara la cara primero y se fuera hacia atrás después. Me han entrado ganas de reír y he reído. He reído como si la risa fuera un invento mío. Y me he sentido flotar. Sin levantarme del suelo he volado. Durante ese tiempo he sido aire, brisa, viento, un soplo.
Ha sido una sensación muy rara la que he tenido cuando el milagro que acabo de contar ha terminado y he visto que unas cuantas personas me rodeaban con mirada preocupada unas y divertida otras. Y ha sido peor que raro comprobar que uno de los espectadores era mi marido.
Se ha acercado y me ha rodeado con su brazo.
—Vamos a casa.
Hemos caminado en silencio. No sabía qué hacía mi marido en la calle y menos aún en el mismo lugar en el que estaba yo. Podría habérselo preguntado, pero he pensado que si lo hacía iba a abrir un turno de preguntas que no quería responder.
En cuanto hemos llegado a casa me he ido a tender mi sábana. Mi marido me seguía por las habitaciones sin parar de hablar. El perro nos seguía a los dos. Creo que en algún momento mi marido me ha gritado, pero no estoy segura, no le he prestado demasiada atención porque ya me dolían los dedos y estaba a lo que estaba: a conseguir dejar de tenerlos cruzados. Sé que ha pronunciado varias veces las palabras “tonterías” y “loca”.
Me ha gustado ver la sábana extendida sobre la cuerda y la he dejado allí, no la he recogido. Le he guiñado un ojo al perro cuando he cerrado la ventana.
Ahora estamos sentados en el sofá y las preguntas han llegado. Mi marido quiere saber qué hacía riendo como una loca en plena calle. Quiere saber por qué sigo cruzando los dedos cuando veo un avión. Quiere saber qué deseo tanto como para, aún hoy, continuar con ese juego tonto. Quiere saber.
—¿Qué hacías allí?, ¿me estabas siguiendo? —Gano tiempo aclarando mis dudas antes de continuar.
—No. Sí… ¡No! Me apeteció pasear contigo y salí a ver si te alcanzaba. Pero no te seguía.
—Ah…
Silencio. Espera respuestas. Más silencio. Yo puedo seguir así, de hecho, creo que me gustaría seguir así.
—¿Estás bien?
—Claro. —Mi respuesta es sincera.
—¿No quieres hablar conmigo?, ¿no confías en mí?
—Claro que confío, si no lo hiciera… ¿crees que te hubiera contado lo del juego?
—Sabes que ese juego es una tontería, ¿verdad?
—Sí, supongo que sí. Pero me gusta mantener la ilusión de que algún día mi deseo se hará realidad.
—¿Y no me vas a decir cuál es ese deseo?
—No puedo, nunca se cumpliría —sonrío al decírselo—. Pero te diré algo: hoy, durante un… ¡nada!, menos de un instante, he creído que lo había conseguido.
Mi marido niega con la cabeza, me deja por imposible. Yo le doy un beso y me levanto para ir a recoger la sábana del tendedero. Al doblarla pienso que si la hubiera visto en la calle… es una lástima, ya nadie tiende la ropa en los balcones.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El sueño de volar
Yo quería volar, no puedo recordar desde cuando tengo ese sueño. Subir muy alto y dejarme caer lentamente pasando a través del aire, como si fuera un tren circulando a gran velocidad. Y lo bueno de esto es que yo estaba seguro de que algún día iba a hacerlo.
Soy un hombre corriente, no hay nada en mí que sobresalga, mi aspecto es de lo más normal y mis actitudes también, incluso mis aptitudes. He estudiado, tengo un trabajo mediocre y una mujer tan normal como yo. Pero, cada noche sueño que vuelo, que las nubes me envuelven y el viento peina mi cabello y azota mi cara. Siento la ingravidez de mi cuerpo y la sensación de vacío dentro de él y sé que me he transformado en un pájaro que vuela libre, subiendo y bajando, yendo a izquierda y derecha…. Pero, por la mañana, despierto y vuelvo a mi vida mediocre pegada a la tierra.
El hombre hablaba y hablaba, miraba fijamente hacia mí y parecía que iba a salir de la pantalla de la televisión de un momento a otro; seguramente era un charlatán de esos que te dicen cómo tienes que vivir y cómo no. Pero yo le escuchaba con atención porque parecía hablarme directamente:
-Si tienes un sueño, lucha por él.
¡Coño! ¿Cómo sabía lo de mi sueño? Bueno, pensándolo bien ¿quién no sueña con algo o alguien?
Pues hoy he volado; sí, sí… no estoy loco, he volado por primera vez. No sabría cómo explicarlo, ha sido algo emocionante, terrible, inolvidable. No creáis, me ha costado mucho decidirme; parecía que estaba preparado, que había hecho suficiente introspección sobre el asunto y que sabía muy bien lo que quería. Pero colocarse al borde del precipicio allí, empujado por el viento, con el cielo tan cerca, las cosas se ven diferentes, te sientes minúsculo, una especie de nada sumergida en un todo realmente impresionante. Y entonces algo te atenaza, comprime tu vientre hasta hacerte mear y tu cabeza se pregunta qué haces allí, porqué vas a hacer eso, qué ganarás y qué perderás con ello. Total: estás muerto de miedo.
Pero yo lo había meditado mucho durante mucho tiempo y ahora que podía hacerlo por fin, no iba a abandonar por un poco de temor. Así que apreté mis pantalones por ese lugar que ya todos imagináis y sin pensarlo más me lancé al vacío.
¡Cielos! Recibí un sopapo en la cara, nada más lanzarme; el viento contrapuesto a mi caída retrotraía todos los músculos de mi cara y los pliegues de mi ropa, apenas conseguía respirar de tanto aire como entraba en mis pulmones y además, estaba tan apurado que no lograba ver nada y estaba cayendo a tal velocidad que, sino me espabilaba, mi viaje se habría acabado antes de que me diera cuenta. Conseguí tranquilizarme un poco y abrí los ojos y entonces vi a la bandada de estorninos que me driblaban asustados sin saber de dónde había salido yo y preguntándose qué hacía allí en aquel espacio que era suyo. Yo caía suavemente y ellos me seguían piando -¿es eso lo que hacen?- alegremente y pensando por qué los seres humanos estábamos tan locos.
Extendí mis brazos y separé las piernas, quería alargar al máximo el momento y eso me ayudó a planear un poco más lentamente, así que pude fijarme en las cosas. Las nubes parecían cubrirme como una manta esponjosa y juguetona, iban y venían de un lado a otro y estaban tan cerca que, a veces, me escondía dentro de ellas. Cuando miré hacia abajo sentí un retortijón en mi estómago y estuve a punto de devolver. ¡Qué lejos estába el suelo, qué pequeño se veía todo! Sopló una ráfaga de aire y me dejé llevar hacia el este, suavemente, sin prisa. El sol tenía una luz opaca, cubierto por una de esas neblinas matinales que lo descomponía en piezas como si fuera un puzle. Yo estaba extasiado, todo aquello lo absorbía ansiosamente porque ya sabía que aquella era la primera vez, pero no volvería a repetirse nunca. Una ráfaga de viento me hizo rodar sobre mi mismo, la tierra daba vueltas y vueltas… ¿o era yo el que las daba? Y empecé a caer. Por más que movía mis brazos yo caía, girando como uno de esos abuelos que voltean sobre sí mismos cuando en verano el aire los arranca del suelo.
Me entró un pánico tremendo, me pregunté, dando voces que nadie podía escuchar, qué hacía allí arriba, quién me había mandado a mí hacer esa locura. Y como ya sabía la respuesta traté de serenarme un poco y cuando lo conseguí, recordé todo lo que había aprendido; lo primero conservar la calma y después mover los brazos según las normas, primero frenar la caída, luego equilibrar mi cuerpo y después bajar despacio buscando el sitio adecuado para caer y moverme hacia él sin dudar.
Quise echar una última mirada al mundo visto desde arriba, sentir la brisa paseándose por mi cara, la presión del viento en mi ropa, la alegría de la libertad, la belleza de la tierra acercándose rápidamente; el campo tan bien parcelado, los bosquecillos de pinos, algunos con sus copas blancas por causa de la procesionaria, las casitas agrupadas unas con otras. Era lo de siempre pero se veía tan diferente, tan hermoso. Estaba ya muy cerca del claro donde todo aquello había empezado; allí había dejado mi coche y desde allí había trepado trabajosamente hasta la cima de la montaña y allí era donde había elegido que iba a caer. Maniobré suavemente, el tirón me produjo un fuerte dolor en los hombros, he tenido que planear dando pequeños empujones y por fin he puesto los pies en la hierba, el viento me empujaba y me ha hecho correr y rodar por el suelo una y otra vez. Huelo el aroma del campo aún húmedo del rocío de la mañana y por fin he frenado con el culo hacia arriba y las piernas retorcidas. Sentado en el suelo contemplo la cima desde la que me he tirado, vuelvo a ver las nubes y el sol, que ahora hace horas que calienta, entre los árboles del bosquecillo aguarda mi coche, por el camino que serpentea mucho más abajo circulan dos camiones que se cruzan y se ignoran. Otra visión del mundo también hermosa, pero tan diferente. Recojo toda la tela, la doblo despacio, la meto en su funda y pienso a quién voy a regalársela. Yo, desde luego, no pienso volver a usarla. A partir de ahora volaré, pero lo haré como siempre: en sueños.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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Tu nombre en el viento
El viento me trajo tu nombre y supe así que te quería. Me habló de tu rostro, de tus manos, de tus labios, de tu cabello y tu sonrisa. Me trajo el aroma de tu piel y el sonido de tu voz, y en la canción que ésta tejía se enredó mi alma y en los versos que repetías supe de tus temores y tus desdichas.
Por eso, cuando te encontré, supe qué decirte para ganar tu amor.
Te hice mi esposa y te di mi casa, construida sobre el risco que siempre había sido mi hogar, y allí, juntos, escuchamos la voz del viento y yo te enseñé a descifrar sus palabras, a desvelar sus secretos.
Mas nada oías y nada podías entender porque el viento sólo habla a aquellos que desean escuchar. Y nuestra dicha fugaz se volvió distancia y pronto se marchitó el amor que aún jurabas que me tenías pero que tus ojos negaban.
“Mal viento que me traes la desgracia, ¿qué daño he hecho yo para recibir este castigo?”
Mis días se volvieron angustia y mis noches se tornaron vigilia.
Y tú volviste tu rostro a la loca luna, buscando las respuestas que yo no tenía. Y ella te habló de misterios que anhelaste entender, de lugares nuevos que ansiaste ver y de amores y peligros, más allá de nuestros riscos, más allá de la puerta de nuestro hogar, avivando así el fuego de tu alma y tus ansias de locura.
El viento me trajo su nombre y supe así que le querías. Bohemio maldito, taimado embustero, farsante y cuentista que nubló tu entendimiento con rimas audaces y versos lejanos, que puso rostro y sonrisa a los desvaríos de la luna, que dio verbo a los anhelos que hacían arder tus sueños y derribó los muros de tu imaginación.
Pero no quise creer sus palabras aunque sabía que no mentía y tres veces te reclamé el amor que aún jurabas que me tenías, negando tú tres veces lo que tus ojos no podían ocultar.
Cegado por la rabia, consumido por el desespero, te seguí aquella noche maldita y bajo la engañosa luz de la luna que tanto adorabais, vuestros cuerpos vi enredados; tu blanca piel, su tez morena, sus manos en ti, tu sonrisa llena. Y mi cuchillo hendió vuestra carne y su filo cortó vuestra voz y vertí vuestra sangre sobre las pieles que habías dispuesto para saciar vuestro amor. Mas cada puñalada se clavó por igual en mi pecho, cada grito tuyo me robó un aliento y sobre tus despojos lloré la amargura de mi sufrimiento, el desgarro de tu engaño y el dolor de tu ausencia.
El viento me trajo tu nombre y a él le entrego tus cenizas para que las lleve dónde quiera, para que hable allá de tu ofensa y mi desdicha. Este risco que fue un día mi hogar no es ahora más que una roca yerma y fría, un páramo inhóspito.
Ya no tengo nada, ya no siento nada, ya no soy nada más que este vacío. Y el viento, que esparce tu cuerpo marchito, me susurra en los oídos, me abraza con su aire y me canta sobre el consuelo y el alivio; y dejo que me empuje, que revolotee en mi pecho, que alborote mis cabellos y se enrede en mis tobillos; que ensanche mi alma y eleve mi cuerpo y mi espíritu. Y con el viento en mis oídos, me dejo llevar, me hundo en la alegría de la nada, y me olvido de mi cuerpo y del caer y persigo tus cenizas y me envuelvo en las corrientes y en los remolinos. Suelto el lastre de mi cuerpo y mi alma gana altura.
El viento me ha dicho su nombre. Ya soy uno con el viento.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Las cometas son para los días de viento
Como comprenderás, no tenía muchas expectativas para el día de hoy. Hay fechas que quedan grabadas en la memoria y programan las alarmas con antelación suficiente. Lo he notado en cuanto he abierto los ojos y los he clavado en el techo. Ni siquiera la promesa de un café caliente y un periódico en silencio me ha seducido suficiente como para sonreír. He huido a la cocina para escapar de la opresión de unas sábanas que siempre me han pesado demasiado y he buscado cobijo en uno de mis chismes.
El periódico parecía repetir las noticias de ayer y la tira cómica no tenía la gracia que se le supone. Cuando lo leía en papel todo aparentaba ser más cercano… Dejé la ración de realidad ajena diaria sobre la mesa y me acerqué a la ventana. Con la vista perdida en el horizonte, mirando a través del humo del café, he tardado varios minutos en darme cuenta. Las nubes viajaban tan deprisa que mi propio suelo parecía moverse. Los árboles de la calle tiritaban y las hojas caídas se arremolinaban en las esquinas. No había mejor día posible para llevar a Alberto a la playa.
No creas que ha sido sencillo porque, aunque se parezca a mí en algunas cosas, también ha heredado algunas de su madre. Es dormilón y perezoso como ella y eso de levantarse mientras alguien sigue durmiendo es algo que le supera. Se ha quejado y se ha tapado la cabeza con las sábanas como yo tenía previsto pero hoy me guardaba una carta ganadora. Ha tardado menos de diez segundos en saltar de la cama cuando ha visto a Lunera.
Lunera es una cometa que compré hace unas semanas. Ya sé que lo ideal hubiera sido construir una entre los dos; que eso es lo que debe decir en todos los manuales del buen padre. Para mí fue tan bonito construir mi primera cometa como hacerla volar; fue un día fantástico y yo quería tener uno igual con Alberto. Era algo que siempre había tenido previsto pero cuando la vi en la tienda me entraron las prisas. Esa cometa era ideal para sorprenderlo. Ya construiremos una en otra ocasión.
La he estado escondiendo durante semanas esperando el día perfecto. Y ha valido la pena, te lo aseguro. Tendrías que haber visto los ojos que ha puesto. A veces creo que lo mejor de ser padre es poder ver las expresiones de su cara. En él, la sorpresa no camufla una sospecha; la alegría no esconde un miedo; la caducidad de las cosas no tienen derecho a matizarlas y las sonrisas no son herramientas. En su mundo las emociones son puras y de una intensidad olvidadas para mí.
Mientras yo hacía el desayuno él no paraba de hablar y de dar vueltas alrededor mío; me ha encantado verlo tan ilusionado. Para él era toda una aventura ir a la playa un día de viento para hacer volar una cometa; es algo que no se hace todos los días. Para mí era otra oportunidad de estar juntos y verlo contento. Tampoco consiguió estar callado mientras desayunaba; imaginando cuan alto volaría o qué piruetas se podrían hacer con una cometa.
Ya en la playa hemos visto que había muchos más padres con sus hijos haciendo lo mismo que íbamos a hacer nosotros. Y me he alegrado porque me gusta pensar que estas cosas se siguen haciendo Así que aunque cometí el error de montar la cometa sobre la arena de la playa, me sentía contento. Hubiera sido mucho más sencillo hacerlo en el capó del coche pero no me importaba. Quería que hoy no me importara nada.
Lunera es una cometa peculiar. Imita la forma de un parapente por lo que no tiene varillas ni grandes complicaciones aparentes. Sería sencillo montarla si no fuera por el montón de nudos con cuerdas de todos los tamaños sin identificar que hay que hacer. Y no creas que quien dibuja las instrucciones es muy considerado con los padres torpes. Creo que hemos estado al borde del colapso. Alberto se estaba impacientando y yo empezaba a sentirme inútil... Aunque no tendría que haber sido tan difícil admito que lo fue. Y reconozco que me sentí orgulloso cuando lo conseguí después de mirar las instrucciones desde tres ángulos distintos.
Nos separamos el uno del otro unos diez metros, nerviosos; él levantando a Lunera y yo sujetando los hilos. Parecíamos un buen equipo. La cometa se hinchó en cuanto nos orientamos correctamente y Alberto tenía que esforzarse para sujetarla.
—¡Ahora!—grité para que diera un salto y la tirara al aire.
Lunera se levantó tanto como el hilo le permitía y, después de dibujar una curva casi perfecta, se estrelló contra el suelo con toda la virulencia de la que una tormenta es capaz. Alberto corrió tras ella creyendo que la aventura había terminado pero comprobó que la cometa estaba fabricada a prueba de padres ceporros. Pudimos repetir el proceso varias veces sin que se desanimara lo más mínimo. Justo cuando yo perdía la fe, cuando creí que tenía que empezar a inventarme una excusa para culpar a los diseñadores de la cometa, lo conseguimos. Lunera se levantó y voló hasta ponerse casi encima de mí.
Hacía un ruido desagradable, violento. Tiraba con más fuerza de la que yo había previsto y solté más y más hilo. Creí que valía la pena hacerla volar alto y Alberto lo corroboraba con sus gritos.
—¡Más alto, papá! ¡Más alto!— gritaba mientras corría hacia mí—. ¡Eres el mejor!
¿Y qué quieres que te diga? Que a uno siempre se le cae el mundo a los pies cuando ve a su hijo contento, que tenerlo saltando y gritando hace que muchas cosas tengan sentido… Tardé varios minutos en reaccionar, mirando como él corría y reía; pero conseguí empezar a mover las manos, tirando de las cuerdas para hacer girar la cometa.
Descubrí que dibujar un ocho con la cometa sigue siendo fácil y sorprendente. La hice bajar hasta rozar el suelo tirando de una de las cuerdas y la levanté de golpe tirando de la otra con fuerza. Subió mucho más deprisa de lo creíamos posible, haciendo el ruido de un montón de truenos atropellándose. Y en aquel momento he recordado que eso mismo lo vivimos tú y yo hace ahora casi treinta años.
He recordado algo que me dijiste una vez cuando hacíamos volar nuestra cometa. Me dijiste al oído que algún día serías viento para no tener que alejarte nunca de mí, que podía llamarte en la oscuridad y que siempre estarías a mi lado. Lo he recordado mientras veía la cómo la cometa se hinchaba y la he soltado. Ha sido una tontería; lo sé. He perdido la cometa. He visto como se alejaba, como caía hacia arriba. Y eso me ha hecho sentir un vacío enorme. Jamás había sentido tanto vértigo como al ver la cometa alejarse de nosotros sin forma alguna de volver.
Alberto ha llorado al perder su juguete y yo he llorado al recordar cómo te perdimos. Hoy hace diez años que te fuiste y sigo sin entender nada. Tendrías que haberte quedado para enseñarme todo aquello que tú sabías hacer y que a mí sigue sin encajarme. Tendrías que haberme enseñado a ser un buen padre. Al menos eso. Me sigue pareciendo complejo algo que tú hacías con total normalidad pero lo estoy intentando, te lo prometo.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Los celos del aire
Sé que no debería quejarme porque soy un privilegiado, ya que de las mil vidas que podría haberme deparado el destino, éste escogió para mí una de los más afortunadas; pero ahora que mi cuerpo se desvanece en cenizas y que se apura mi efímera existencia, ¿qué otra cosa más me queda por hacer?
Maurice era un hombre de silencio abundante. Alto y bien parecido, pero que de tanto almacenar ideas en su bien amueblada azotea había convertido en arte aquello de admirar el brillo de sus zapatos. Tal vez por eso las campanillas de la puerta, cansadas de verle rondar en la calle decidiendo si entrar, respetaron su recato cuando hizo acto de presencia con aquel gabán de paño grueso con el que limpiaba el suelo de la papelería. Pero, seré justo, debo admitirlo, le tuve confianza desde el primer instante (llamadlo intuición): pensé que tal vez me alcanzara la gloria con el fruto de su puño. Sería la forma en que curioseaba los libros de Baudelaire en las estanterías, mientras esperaba a ser atendido, o por aquellas manchas que alertaban de su vicio más inconfesable; pues ya se sabe que los genios tienen siempre algo de despistados, y además, ¿quién podría negarse a un buen chocolate caliente con croissants en CAFE LE FOUQUET´S camino de casa?
Curioseé al llegar. No podría aventurar el color del papel pintado de las paredes de su vivienda, pues los cuadros apenas me dejaban distinguirlo. Y tampoco ayudaban las columnas de novelas a esquivar que, cual estalagmitas, emergían desde la alfombra desafiando, a la par, leyes físicas y del buen gusto. «Es un caos organizado», se excusó Maurice a Madeimoselle Bouvy cuando la escuchó resoplar mientras limpiaba el polvo. Él sonreía y acudió solícito a su cita frente a la ventana, armado con su periódico para fingir leer.
Michelle era extremadamente bella: con una sonrisa sincera, propia de la inocencia de su juventud, que podría alegrar el más amargo de los lunes; y unos ojos grises, casi blancos, que lograrían guiar barcos entre la más espesa de las brumas. Era la dueña de los sueños de Maurice y la carcelera de todos sus pensamientos, pues desde que arribara al apartamento de enfrente, y para mi desgracia, éste apenas había podido escribir nada. Eso fue lo que le contó entre risas y susurros Madeimoselle Bouvy a Madame Doubois, una vecina de Maurice que subía con frecuencia para compartir confidencias a escondidas de su marido; sargento del ejército retirado de los de imperturbable bigote y sonrisa extraviada.
Apenas tres metros de patio separaban las miradas de los enamorados. Tres mundos: ella, él y el viento que les observaba. Tres desiertos de palabras. Y tres vidas que cambiarían después de aquella triste mañana. Rugió de celos el aire y, como un resorte, Maurice abandonó su letargo. Las ideas bailaban grácilmente; la pluma volaba. La tinta recorrió mi vientre y su pasión se desbordaba. Soñó despierto con ella. Hasta imaginó sus lágrimas mientras escribía el mejor de los poemas confesándole que le amaba. Después dobló mi lomo con esmero y regresó feliz a su butaca para observar el dardo con contenido orgullo. Con esperanzas desatadas.
Maldita ráfaga de viento. Maldita e inoportuna brisa que nos negó a ambos lo deseado, pues, de improviso, mi rumbo cambió de destino y, atravesando el balcón que se encontraba abierto, descendí hasta el escritorio del apartamento de la tercera planta. Un inesperado giro que Maurice no pudo observar, pues preso de cobardía se ocultó como siempre en la falsa lectura de su diario.
Y así es como han muerto mis esperanzas de gloria y las suyas de cortejo. No bañarán mi cuerpo las deseadas lágrimas, ni reposará en un cajón mi esqueleto de tinta para ser releído eternamente con nostalgia. Lo último que recordaré, desde el fuego de la chimenea mientras el atizador me arrincona junto a los rescoldos de otras brasas, serán los cacareados gritos de Monsieur Doubois y los incesantes llantos de su mujer; aterrorizada todavía por el disparo que se ha escuchado en el apartamento de Maurice hace apenas unos minutos. Justo antes de que su marido regresara.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
El parque eólico
— ¿Cuál? — Preguntó Pepe, tomando la última aceituna.
—Si, hombre, la del sol, que lo oculta la nube. Y a la nube se la lleva el viento, pero al viento lo detiene la montaña.
— ¿Y...?
—Y la montaña la socava un pequeño ratón. Vaya, que el animalillo es el más poderoso de todos. Tienes que ser como el ratón del cuento.
— ¿De qué me va a servir esa historia? Estamos en un apuro muy serio, no me vengas con tonterías. ¡Apañado estoy con tus consejos...!
Todo había comenzado dos meses antes, una tarde, en el salón de plenos del ayuntamiento. La reunión se había prolongado mucho, como suele ocurrir casi siempre en esos encuentros asamblearios de vecinos. La cosa iba sobre la conveniencia de aceptar la oferta de la compañía de energías renovables. Unos decían que era la oportunidad de su vida para el pueblo. Otros que significaría vender su patrimonio paisajístico por un plato de lentejas. Muchos veían la posibilidad de sacarle provecho a sus terrenos, secos, baldíos y totalmente improductivos. Otros apelaban a la degradación del paisaje, a la contaminación acústica y al posible daño a las aves migratorias.
Finalmente la opción a favor del parque eólico acabó imponiéndose. El representante de Fendosa reiteró su ofrecimiento: un pago único de 9000 euros para el ayuntamiento y, por cada unidad generadora instalada, 300 euros iniciales y un alquiler posterior de 3000 euros anuales. Tendrían además la opción de participar en el accionariado de la compañía. Por escaso margen, y a mano alzada, prosperó la moción y cerraron la sesión cerca de las diez de la noche. En las próximas semanas los asesores legales del ayuntamiento redactarían los contratos junto a los comerciales de la compañía. En un par de meses todos habrían cerrado con su firma los tratos para la instalación del parque eólico en la cercana sierra.
Pepe se apresuró a llegar a casa y una vez allí le contó a Ana, su esposa, todos los detalles de la reunión. Le dijo que sus problemas de dinero se habían acabado y que por fin iba a poderle comprar un buen regalo, como ella se merecía. Y además podrían, al fin, hacer su aplazado viaje de novios. En sus cuatro hectáreas de tierra iban a instalar doce molinos. Aquello significaría una renta de 3000 euros al mes. Aparte de los 3600 euros que cobrarían de entrada, nada más firmar el contrato.
La cena fue maravillosa. Brindaron con una botella de vino que habían tenido reservada en la bodega para algún momento especial en sus vidas. Hasta aquella noche habían pensado que tal vez la abrirían cuando naciese su primer hijo. Pero la perspectiva del contrato con la compañía eléctrica les pareció que justificaba el brindis.
Finalmente se acostaron, y entre arrullos y promesas de cosas hermosas y de bonitos viajes acabaron durmiéndose, sin ser conscientes de haber puesto en marcha la llegada de su primogénito, que si todo iba bien nacería en el próximo verano.
Poco a poco se fueron animando. Al principio tiraron de los ahorros, y los sencillos muebles de su casa fueron reemplazados por muebles “buenos de verdad”, de madera sólida y de calidad. La vieja bultaco pasó a mejor vida reemplazada por una Suzuki de media cilindrada, con la que podrían hacer excursiones de fin de semana. Y finalmente se animaron a hacer el viaje de sus sueños. Para pagarlo tuvieron que pedir un crédito. Y ya puestos lo pidieron un poco más alto y aprovecharon para dar la entrada de una de las viviendas adosadas que estaban construyendo en las afueras del pueblo, junto al complejo polideportivo.
Aprovechando los últimos calores del otoño hicieron su viaje, el viaje de novios que en su día no habían podido disfrutar porque sus posibles no daban más que para ir un fin de semana a Madrid a ver una obra de teatro y visitar el Casón del Buen Retiro.
Regresaron felices y satisfechos, con las maletas llenas de souvenirs y regalos que habían ido comprando con sus flamantes tarjetas VISA. Por ello tomaron un taxi desde el aeropuerto hasta su casa.
Al día siguiente Pepe acudió al ayuntamiento a media mañana, para hablar un rato con su amigo Matías. Cuando subió a las oficinas y entró en su despacho lo encontró con la cabeza apoyada en los brazos, sobre la mesa, como si estuviese echándose la siesta del cordero.
Matías se incorporó bruscamente y se quedó mirándole como atontado. Parecía que había llorado, pues tenía los ojos rojos.
— ¿Oye, qué te ocurre? ¿Qué es lo que...?
— ¡Pepe! ¡Por todos tus muertos, hijo puta! ¿Dónde coño estabas ayer?
— ¡Estaba de vacaciones, de viaje, tío! ¡Con mi mujer!
—Ay, calla, calla, es cierto. Pues vaya, en maldita hora se te ocurrió irte de viaje, cabrón.
— ¿Se puede saber por qué?
—La semana pasada esos impresentables del grupo ecologista presentaron una impugnación a los acuerdos que habíamos cerrado sobre el parque eólico. Ayer por la tarde se votó... ¡y ganaron por un voto!
— ¿Me estás diciendo que...?
—Como lo oyes. No habrá parque eólico. Y encima nos va a caer el pelo pues nos van a demandar. No habíamos firmado, pero hablan de un contrato oral vinculante o no sé que ostias. Tío, no sé tú, pero yo estoy arruinado.
Pepe no se atrevía a volver a casa. No quería decírselo a Ana todavía. Estaban metidos en deudas hasta las cejas, y con su primogénito en camino. ¿Cómo le iba a decir que no habría molinos, que volvían a ser pobres como ratas? Por ello se dirigió a la cantina y allí se desahogó con Manolo, el dueño, que le invitó a un zurito y unas aceitunas. Fue entonces cuando Manolo le dijo lo del ratón y la montaña.
Pepe se levantó, abatido, para irse. Lo del cuento del viento, la montaña y el ratón tal vez tenía un sentido. Ya en la puerta se detuvo un momento.
—Socavarles, horadarles, supongo. Mira, ¿por qué no te acercas al super ecologista ese que han puesto en la plaza? A ver si se te ocurre algo.
—Voy para allí. Gracias, Manolo.
—De nada, chaval. También mi Pili tiene un pedacico de tierra en la sierra y pensábamos que nos iban a caer dos o tres molinos de esos.
Pepe entró en casa y, sin decir nada a su mujer, subió a las golfas y se sentó delante del ordenador. Dejó en el suelo un paquete de papel marrón. Dentro del mismo llevaba unas pequeñas bolsitas con una vistosa etiqueta en la que decía “Plátanos de cultivo ecológico. Procedencia: Canarias”. Los había comprado en el pequeño supermercado que había abierto, en la plaza del pueblo, Héctor Silvestre, el líder de los verdes, el individuo que había impugnado los acuerdos.
Tomó el móvil y descargó las fotos que había hecho poco antes, a través de una rendija, en el almacén del supermercado. Durante la siguiente media hora hizo numerosas copias impresas de aquellas fotos. Las guardó todas en una carpeta y bajó al comedor, donde Ana le esperaba para comer.
— ¿Una reunión extraordinaria del pleno, señor alcalde? ¿Para qué?
—No me lo han dicho, Héctor. Manolo, el del bar, y Matías, le han ofrecido su apoyo. Así que han reunido las firmas que necesitaban para convocarla.
—Señoras, señores. Hace diez días el señor Héctor Silvestre impugnó los acuerdos que habíamos aprobado en un pleno anterior con Fendosa. El pasado martes aquí mismo y ante ustedes consiguió llevar el gallo a su corral y ganó una votación.
Algunos murmullos y algún silbido, del lado de los verdes, fueron acallados por el señor alcalde.
—Pues bien, yo no estaba aquí. Acepto que todo se hizo en forma adecuada, tal y como consta en el libro de actas. Pero ahora, y ante ustedes, quiero pedir que se anule la impugnación... sí, quiero anularla y dejar, por lo tanto, sin valor la votación del martes.
— ¿Y por qué tendríamos que hacerlo?
—Porque tengo pruebas que demuestran que ese señor y sus negocios no son honrados. Sus actividades socavan su honorabilidad y su credibilidad. — Nuevo murmullos — Señor alcalde, señor secretario, por favor, muestren lo que compré en el establecimiento propiedad del señor Silvestre... eso mismo. Son supuestos plátanos ecológicos...
— ¿Qué insinúa usted?
—Ahora lo verán todos. ¿Pueden abrir esas bolsitas? Gracias... si, parece que contienen un plátano. ¿Ven algo especial en él?
El alcalde miraba aquel fruto amarillo y la pequeña etiqueta circular adherida en su costado. El secretario lo tomó y leyó: —”Banana de primera calidad. Origen: Ecuador”. ¿Qué significa esto?
— ¡Protesto! ¡Esto es un montaje, una burda añagaza, una trampa que no voy a consentir!
—Cállese, Héctor. — El alcalde le miró seriamente y luego se dirigió a Pepe. — ¿Qué explicación le da usted a esto?
—Si abren todos ustedes el sobre precintado que les he dado lo entenderán. Son fotos que hice del almacén del supermercado. En ellas se ve como sacan frutos de contenedores de madera rotulados como “Bananas de Ecuador” y los envasan en bolsas de plástico, con otra etiqueta, para venderlos como plátanos ecológicos. Vi que uno de los empleados olvidaba retirar las etiquetas pequeñas del fruto y pocos minutos después pude comprar algunos de esos supuestos plátanos.
Las fotos corrieron de mano en mano. Todos miraban con asombro e indignación hacia el lugar donde se hallaban los ecologistas y su jefe de filas.
—Esto cambia totalmente le asunto. En efecto, he de reconocer que no podemos aceptar propuesta alguna de una persona sobre cuya honestidad tenemos en estos momentos serias dudas. No creo que merezca la pena una nueva votación. Doy por nula la impugnación que el señor Silvestre hizo en su día de los acuerdos. Y ordeno que lo más rápidamente posible se cierren definitivamente los tratos con Fendosa y se lleve adelante, como estaba previsto, el proyecto del parque eólico.
En medio de ensordecedores aplausos, Pepe miró hacia su esposa y pensó que el embarazo le sentaba bien. ¡Estaba tan guapa...!
Edito : Desisto de luchar más con el puñetero formato. Sorry.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
LA ROSA DE LOS VIENTOS
Pasean de la mano por el mercadillo como todos los sábados por la mañana. Sopla tramontana desde ayer por la tarde. Por eso él a las seis ya estaba despierto, por los vecinos de las casas de al lado que no dejan sujetas con los topes las ventanas abiertas y éstas no paran de dar golpes contra la pared. Ella ha seguido durmiendo hasta las ocho y él le ha llevado el desayuno a la cama. Felicidad conyugal. Aunque se olvidaron de casarse y no saben exactamente cuándo.
La tramontana. A él le da igual que llueva o truene pero la tramontana… A ella, en cambio,… ella no perdona el mercadillo de los sábados. Menos gente de la habitual y las lonas que cierran los puestos por los lados baten por el viento que se lleva la gorra del uno o deshace el peinado de la otra. Ella se detiene ante un puesto en el que hay expuestos azulejos y él se queda a su lado:
-¿Te gusta esa rosa de los vientos?
-Mucho.
Contesta por contestar y sin pensar en las consecuencias, en que si acaban comprándola, a él le va a tocar instalarla. Pero tampoco le va a negar un caprichito.
Era un conjunto de cuatro azulejos que formaban una rosa de los vientos de ocho puntas alternando rojos y azules. Lo compran y, de vuelta a casa, él dice que hará falta un saquito de cemento rápido y que ya se acerca él a comprarlo. Ella contesta que vuelve sola y que, mientras tanto, aprovechará para pensar en dónde colocar los azulejos. Él vuelve con el saquito y, por lo de la felicidad conyugal, con una rosa roja:
-Estas rosas también existen.
Ella ríe, lo coge de la mano, lo arrastra hasta la alcoba y le dice que el lugar idóneo para la rosa de los vientos es encima del cabezal de la cama de matrimonio:
-¿Estás segura?
-Pues claro. Quedará muy bonita.
¿Para qué discutir?, ¿para qué explicarle que en ese espacio o no se pone nada o se cuelga un crucifijo para presidir y bendecir sus expansiones? Una rosa de los vientos vertical… Bueno, sí, los vecinos tienen una en la fachada como quien pone un cuidado con el perro. Pero una rosa de los vientos vertical con la N de norte apuntando al techo y la S de sur al suelo… ¿para qué decirle a ella que la rosa de los vientos sirve para marcar rumbos o procedencias del viento y los barcos van hacia el horizonte y los vientos vienen de allí? Por eso, por el horizonte, las rosas de los vientos se sitúan horizontal y no verticalmente.
Como un pararrayos en una bodega, así es una rosa de los vientos en una pared. Y en cualquier lugar de tierra adentro eso no importa, pero en una población marinera donde casi todos saben de vientos…
Pero qué más da si en la alcoba sólo entran ellos. Como aún queda tiempo para la hora de comer, cubre la cama y el cabezal con una sábana vieja para no mancharlos y toma medidas para centrar la rosa de los vientos en relación a la cama. A continuación, sitúa una regleta para que los dos azulejos inferiores quedaran alineados, reparte el cemento, adhiere los azulejos, espera a que se seque y luego adhiere los azulejos superiores. Limpia todo, va a los pies de la cama para mirar con más perspectiva y ve que todo ha salido a la perfección: los cuatro azulejos perfectamente alineados vertical y horizontalmente y sin que ninguno de ellos sobresalga en el plano sobre los demás.
-¿Te gusta cómo ha quedado?
-Tanto que quiero celebrarlo.
Y empieza a desabrocharle la camisa. Se desnudan, él se tumba, ella se arrodilla sobre él, se enganchan y celebran rítmicamente todo su acto amoroso. Al final, ella deja caer su mejilla sobre el pecho de él. Y él le dice:
-No has mirado la rosa de los vientos ni una sola vez.
-Porque te estaba mirando a ti, que me gusta ver las caras que pones. Además, la he mirado mientras nos desnudábamos y la volveré a mirar cuando nos vistamos. Y otra cosa.
-¿Qué?
-Que me ha gustado mucho más que otras veces.
Esa tarde, como todos los sábados por la tarde, tiene su partida de remigio francés, el que se juega con cartas vistas y es una mezcla entre el remigio normal y el chinchón. Ésa es una de las tardes en que va por ir. Sabe que va a perder porque pierde inevitablemente todos los sábados en que hay tramontana. Y no es porque el ruido del viento en el exterior del bar le impida concentrarse en las cartas sino por alguna causa desconocida. Sabe contar y memorizar cartas y no hace como otros que quedan pendientes de un caballo de bastos cuando uno de ellos está sobre la mesa y el otro hundido en el pozo. Aún así, con tramontana le salen todas las cartas atravesadas.
Un ocho de oros que completaba una escalera, el cuatro de bastos que entraba en un cuatrío y un mono: ésas son las tres cartas con las que ha cerrado y ha ganado las tres partidas que ha jugado. Sale a la calle, la tramontana continúa y se sube la solapa de la chaqueta. Es casi imposible, es la primera vez, en años, que le ocurre. No sabe por qué, pero si dicen que la luna influye sobre las personas, ¿por qué no va a influir el viento? Además una vez leyó… una tontería. O no tanto: leyó que Salvador Dalí decía que todo su genio le venía de la tramontana que soplaba en la Costa Brava. Pues a él, lo mismo pero al revés, a él la tramontana le traía mala suerte. Y a ella…
Entonces cae en lo que había ocurrido por la mañana después de haber pegado los azulejos. Porque ella con tramontana tampoco… Pocas veces decía ella que no y, cuando era que no, no ponía excusa ninguna. Y él tardó en darse cuenta de la relación de causa y efecto. Fue precisamente uno de los muchos sábados en que volvía de la partida tras haber perdido todas las manos. Ella se negó y él se dijo lo de que, además de cornudo, apaleado. Y si la tramontana duraba veinte días… Aunque eso sí, cuando ella se negaba lo hacía con un beso. Luego ponía su sonrisa más dulce mientras decía:
-Pero si quieres te hago alguna alternativa.
Pero él prefería quedarse con las ganas porque ella tampoco admitiría que la alternativa se la devolviera luego él.
Llega a casa, ella le pregunta cómo le ha ido, él contesta que muy bien y le pregunta a su vez qué ha estado haciendo ella mientras tanto:
-He pasado media tarde sentada en la alcoba mirando embobada la rosa de los vientos. Cada vez me gusta más. Y la otra media, en Internet, informándome en la Wikipedia sobre los puntos cardinales y los vientos. No acierto a distinguir la diferencia entre el mistral y la tramontana.
Él sí la sabe. Que con tramontana ella no y con mistral ella sí. Que la tramontana venga de algo más al este que el mistral es cosa secundaria. O que el mistral sea más frío.
La chimenea encendida y la mesa puesta con un candelabro en el centro.
-¿Qué se celebra?
-Lo que te he dicho. Que estoy contenta con nuestra rosa de los vientos.
-¿Te explico cuál es mi rosa de los vientos preferida?, ¿y mi rumbo y mi norte?
-Eso ya me lo contarás después. Y sin palabras, que te explicas mucho mejor.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Que no son molinos, que son gigantes
El pleno era, en realidad, la presentación de un proyecto, por lo demás, cerrado y firmado. Una delegación de la compañía llenó de videomontajes, gráficos y palabrejas el salón de juntas del ayuntamiento sin apenas captar la atención del pueblo hasta que el representante dejó bien claro que los vecinos dispondrían de electricidad completamente gratis mientras el viento moviera las palas de sus aerogeneradores. Todos aplaudieron menos el tío Basilio que cuando las palmas cesaron, se levantó y pidió la palabra.
– Con permiso. Todo esto está muy bien y no seré yo el que diga que no, viendo el alborozo popular. Pero en el monte yo tengo unas concesiones que me permiten, junto a Manolín, ganarme la vida con las cabras. Y aún otros tienen colmenas y otros tantos otros provechos. Lo que me quiero referir es que tienen que entender que los que vivimos del monte no nos podemos ver perjudicados. Es más, tenemos el derecho de negarnos a admitir cualquier nuevo uso del monte si nos produce perjuicio, según el acuerdo de concesión.
Uno con pinta de abogado hizo un gesto al que hablaba.
– No se preocupe usted. Le doy mi palabra, y con ella la de la compañía, de que no se verá perjudicado por nuestra causa y que si, sin quererlo, le provocáramos alguna molestia sería compensado justamente.
Basilio no quedó muy convencido. Entonces el hombre se acercó a él y extendió el brazo ofreciéndole la palma de la mano. El apretón fue firme. El inesperado gesto obtuvo el beneplácito del pastor y más aplausos entusiastas.
Todo empezó a ir mal para el tío Basilio desde el mismo día en que tuvo que ir a firmar el acuerdo final. Le llevó toda la mañana y, cuando volvió por la tarde, se encontró con que a Manolín se le había extraviado una cabra, con la que no dieron hasta entrada la noche.
Pocas semanas después los cambios se aceleraron en el pueblo, y sobre todo en el monte, con la aparición de las máquinas que comenzaron a desbrozar la ladera para ensanchar la senda que subía a la cresta, convirtiéndola en una pista de gravilla lo suficientemente amplia, y con la pendiente justa, para que el tráfico de camiones que las siguió se apoderaran del entorno. Durante este tiempo Basilio tuvo más de un enfrentamiento con los capataces, cuando no con los conductores, a cuenta del paso que cortaban bien las cabras a los vehículos, bien los vehículos a las cabras. No hubo atropellos por pura casualidad.
Ponerse en contacto la compañía fue imposible yllevar las quejas al ayuntamiento le costó alguna jornada de más sin subir al monte. Al principio el propio alcalde se dignaba en atenderle, después apenas el secretario parecía disponible. Y por mucho que, a ojos de Basilio, aquello no era lo que habían pactado, fuera quien fuera su interlocutor no dejaba de repetirle que aquello sería temporal, que si no se daba cuenta de lo que se estaba construyendo, que sí, que tomaban nota pero que él también tenía que poner de su parte. Finalmente se decidió a llevar a las cabras a otras zonas del monte, pero los animales terminaban tomando camino donde solían pastar, rondando las obras. Finalmente se permitió a la compañía cercar la zona de forma excepcional para la seguridad de todos. Gran parte del monte se volvió inaccesible.
En estas Basilio comenzó a notar a Manolín cada día más torpe, en realidad más despistado. Casi siempre buscando con la mirada los pies de los aerogeneradores, que ya comenzaban a sobresalir. Basilio tuvo que llamarle la atención más de una vez. Manolín se excusaba con que estaba de más de cansado desde que llegaron los niños; que los gemelos no les dejaban tranquilos ni un momento; que ni aún con la ayuda de su suegra se bastaba Luisa por los días, menos por las noches los dos padres novatos solos; que además llegaba rendido con las nuevas caminatas que se pegaban; que además casi no les llegaba la paga y Luisa tendría que volver a trabajar cuanto antes, pero que sería complicado si él tenía que pasar todo el día en el monte con las cabras; que no se quejaba, pero que tendría que buscar el modo de llevarlo mejor; que eso era todo; que ya se apañarían.
Con el final de las obras, el tío Basilio pensó que las cosas volverían a ser como antes. Los gigantes de acero se inauguraron por todo lo alto, con representación al más alto nivel regional de la compañía eléctrica y, obviamente, todo el pueblo. El pastor echó en falta al hombre que le estrechó la mano, quería contarle todo lo que le había pasado, no para recibir alguna compensación, eso ya era lo de menos, sino para que supiera lo que había pasado. No lo encontró. Daba igual, lo importante es que habían terminado las obras y pronto quitarían la valla para que pudiera volver a llevar a sus cabras donde quisiera.
Los generadores llevaban semanas funcionando y las vallas seguían en pie. Se alegó que las alimañas podrían dañar las estructuras y era mejor impedirles el paso. Las protestas de Basilio sólo le sirvieron para que, tras meses de batalla, le hicieran el favor especial de dejarle entrar con las cabras un día a la semana al recinto para que los animales limpiaran la maleza y de paso evitaran el riesgo de que, por un accidente, se produjera un incendio. Pero las cabras no querían pastar ni dentro ni cerca del parque eólico. El ruido de las enormes aspas al girar las asustaba. Le dijeron que ya se acostumbrarían. Pero nunca lo hicieron.
Como tampoco los vecinos cuando el viento traía la monótona sordina de los rotores al pueblo, mucho menos por las noches. Fue entonces cuando el pastor encontró algún apoyo a la hora de presentar quejas. La compañía alegó que, dado el consumo actual del pueblo, si querían mantener la gratuidad del suministro, los aerogeneradores deberían funcionar siempre que hubiera viento, así fuera de día o de noche. El pueblo cedió. La mayoría había electrificado hasta el último punto de su casa y no iban ahora a pagar el recibo de la luz.
Pero a Basilio las cuentas no le salían. El estado de nervios de las cabras había provocado ya más de un aborto, por no decir que los quesos no sabían igual, por no hablar de la carne. El perjuicio que le causaba la compañía era más que evidente.
Cada vez pasaba menos tiempo en el monte y más en el ayuntamiento en busca de explicaciones, o escribiendo cartas a la compañía eléctrica, hasta que, al final, recibió como respuesta una cita en el despacho del mismísimo alcalde para, como decía literalmente, zanjar de una forma satisfactoria y definitiva el conflicto que tan inoportuna como indeseadamente se había establecido entre ambas partes. A la reunión acudieron varios abogados, entre los que reconoció al que estuviera en la presentación del proyecto, una eternidad atrás. Éste fue el que llevó la voz cantante nada más llegar el tío Basilio, saludarse y sentarse en los nuevos sillones de piel que decoraban el despacho del alcalde.
Fue directo al grano. Le ofrecían una pago más que justo por las cabras y le aseguraron que agilizarían los trámites para que se jubilara, no ya sin pender parte de la pensión por adelantarla un par de años, sino cobrando un pico más. El tío Basilio no tuvo duda de que sabían cómo hacerlo. A cambio sólo tendría que dejar de presentar quejas. Basilio se lo pensó, pero no quería aceptar. Entonces al abogado mentó a Manolín. Sabía que el empleado, así lo llamó, del tío Basilio tenía familia y se quedaría en el paro. Para él le ofreció un puesto de vigilante jurado en el parque eólico. Sólo tendría que superar un cursillo y tendría trabajo seguro para siempre. Basilio aceptó, no por él, ni por Manolín, sino porque le quedó claro que no le quedaba otra que aceptar.
Esta vez sí cumplieron su palabra. Aún así el tío Basilio no podía dormir a gusto por las noches. Y no era sólo por el incesante murmullo que bajaba del monte. Solo y sin las cabras se sabía inútil. Por las mañanas subía por la cicatriz, cada día un poco más amplia, que era la carretera al parque. Si Manolín era el que estaba de guardia le dejaba pasar y paseaban juntos por el recinto. Allí nunca había nadie, aparte del guardia de turno o de algún técnico que llegaba cuando se producía alguna avería.
Basilio miraba desde lo alto hacia el pueblo sometido a aquellas moles de acero, mientras escuchaba a su antiguo aprendiz hablar de los gemelos; de que los cambios de turno a veces eran peores que las largas jornadas con las cabras; de que tampoco le compensaba realmente, pero era algo seguro; que tampoco ganaba mucho más, pero era lo que había; que las cosas cambian y había que cambiar con ellas. Luego se comían un bocadillo, echaban un vino como en los viejos tiempos y Basilio se marchaba a su casa.
Pero un día no se marchó.
Después de comer se quedó mirando muy fijamente a Manolín y sacó un tirachinas de palo que aún guardaba de cuando era pequeño. Manolín se rió, y más aún cuando el tío Basilio le dijo que le buscara unas buenas piedras. Pero se le cortó el humor y casi la digestión cuando vio al viejo dirigirse a la base del molino más cercano y tirar pedradas contra el rotor. Más cuando una de las piedras más grandes se coló en el mecanismo que comenzó a rugir mientras el tío Basilio continuaba apedreando la garganta del gigante de acero.
Cuando Manolín se llegó para quitarle el arma, el aerogenerador ya humeaba y las palas giraban sin el freno de la cabeza inteligente hasta que estalló en llamas y explotó. Algunas piezas cayeron cerca de los dos hombres, pero ninguno recibió daño ninguno.
Entonces el tío Basilio se volvió al guarda y le preguntó.
− ¿Qué, me vas a ayudar con las piedras o tengo que matarlos yo solo?
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civairott (desconectado)
Fecha de ingreso: 10 de Diciembre de 2009
EL VIENTO. Este es el tema elegido para esta edición del concurso. Os pido relatos en los que el viento sea un factor determinante, un protagonista más. Desde una ligera brisa hasta un feroz huracán... pero que no sea un simple testigo de algo que ocurre, sino el generador de la acción del relato.
Los habituales conocéis los requisitos. Los que quieran participar por primera vez, que se lean bien las bases o que pregunte en el post dedicado a los comentarios o bien a mí por mensaje privado.
Este post es sólo para publicar de forma anónima los relatos.
Tenéis de plazo para presentar los relatos hasta el jueves 26 de enero a las 22: 00 horas.
Suerte...¡y al toro!
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