El manantial de las aguas agrias
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El manantial de las aguas agrias
Dos días antes de esta mañana, él había pedido audiencia al rey de la Alhambra. Éste lo recibió y cuando el hombre estuvo frente al rey, le dijo:
- Majestad, lo que quiero es anunciaros la existencia de un gran tesoro no muy lejos de estos palacios vuestros.
Con los ojos muy abiertos el rey le preguntó:
- ¿De qué tesoro me hablas?
- Por las montañas donde nace el río Darro, hay un manantial de aguas agrias.
- ¿Y eso es un gran tesoro?
- Sí que lo es, majestad.
- Convénceme de ello.
- Es que usted sabe mejor que yo que las aguas ferruginosas, siempre son medicinales. Usted podría ordenar construir una acequia que traiga las aguas desde aquel manantial hasta los recintos de estos palacios. Una vez aquí, esas aguas agrias, las puede utilizar no solo para beber sino también para los baños. Usted sabe mejor que yo que los baños en aguas ferruginosas, son muy buenos para la salud del cuerpo y para otras muchas cosas.
Y el rey, después de oír las palabras que el hombre le dijo, meditó un momento y luego le volvió a preguntar:
- ¿Pero tú estás seguro que en las montañas que me dices hay un manantial con esa clase de agua?
- Y tan seguro, señor. Con mis propios ojos lo he visto un par de veces y también he bebido de esas aguas y por eso le puedo decir que saben a gloria y son buenas.
Volvió el rey a mirar al hombre muy detenidamente y pasado un rato le dijo:
- Pues estoy pensando que podríamos hacer una cosa.
- Lo que usted diga, majestad.
- Como a mí nunca nadie me ha hablado de la presencia de un manantial de aguas agrias cerca de la Alhambra, tengo mis dudas de que sea cierto lo que tú ahora me cuentas. Pero como noto que me lo dices por completo convencido, también quiero creer en lo que me anuncias. Pero ¿y si lo has soñado y ese manantial solo existe en tu mente?
- Que no, Señor. Ya le he dicho que yo mismo he bebido y he lavado mis manos en esas aguas.
- De acuerdo. Creo en tus palabras pero antes de tomar ninguna decisión por mi parte, tengo que estar por completo seguro de que no me mientes.
- ¿Y qué se le ocurre a usted?
- Algo muy sencillo. Te doy dos días para que vayas a ese manantial, cojas una buena cantidad de agua y me la traes. Y al mismo tiempo, me dibujas un pequeño plano en un papel para que mis sabios y hombres de confianza, puedan ir y encontrar el punto exacto donde brota el venero de las aguas agrias. Y una cosa para ti muy importante: si en estos dos días no encuentras el venero ni me puedes traer el agua ni el plano, con que no vengas más a estos palacios, sabré yo que lo de tu manantial es un sueño. Y no te preocupes que nada te pasará. Tú has venido a mí con el mejor deseo de compartir conmigo algo que crees es bueno. Tu noble gesto te deja libre de cualquier castigo por mi parte. Porque entiendo que ningún daño quieres hacerme sino más bien, beneficiarme.
Miró el hombre al rey muy sorprendido y después de unos segundos habló de nuevo diciendo:
- Pues lo que usted quiera, majestad. Iré a ese manantial cogeré las aguas que me ha dicho, se las traeré y también le entregaré el pequeño mapa con los detalles necesarios para que sus sabios puedan ir al lugar y ver esas aguas.
- Ponte ahora mismo en camino y ya sabes: si no encuentras el manantial, con solo no volver más por aquí, yo lo sabré.
Despidió el rey al hombre del manantial y al instante llamó a su general de confianza y le dijo:
- Si vuelve por aquí este hombre, no le hagáis ni chispa de caso y mucho menos le concedáis permiso para hablar conmigo. Estoy harto de embaucadores y soñadores de tesoros.
Y el general, muy sometido y pidiendo permiso al rey, dijo:
- Al pie de la letra se cumplirán sus órdenes, majestad. Pero ¿me permite una sugerencia?
- ¿Qué tienes que opinar?
- Que si por cualquier circunstancia, lo que dice este hombre fuera cierto y nosotros no le hacemos caso ¿no cree que saldríamos perjudicados?
- Tonterías. Lo que dice este hombre no puede ser cierto porque si por aquí cerca hubiera un manantial de aguas agrias ¿no crees tú que ya lo sabríamos hace mucho, mucho tiempo?
- Yo pienso que sí pero nunca se sabe las sorpresas que la vida puede traernos en cualquier momento. Y digo de nuevo que, de alguna manera, deberíamos no ignorar las noticias que este hombre nos ha traído. Nunca se sabe cuando puede ocurrir algo bueno o lo contrario.
- De todos modos, tú hazme caso y cumple las órdenes que te he dado.
- Pues yo, su fiel y pobre siervo, así lo haré.
Y en aquel mismo instante, el hombre del manantial, salió por las puertas de los palacios. Dejó atrás también la entrada principal de las murallas y, por la Cuesta del Rey chico, bajó hasta el río. Subió luego al barrio del Albaicín, llegó a su casa, le dijo a su mujer que tenía que hacer un viaje y que tardaría un par de días en volver y al poco, se puso en camino hacia los manantiales en la parta alta del río Darro. Llegó al lugar cuando la tarde caía y, como por aquellos días era invierno y por las noches hacía mucho frío, se puso y antes de que la noche cayera, construyó un pequeño refugio. Se decía: “Solo para resguardarme aquí esta noche, dormir y meditar un poco hasta que llegue el nuevo día. Mañana por la mañana, caminaré un poco y me encajaré donde brotan las aguas. Cogeré de ahí una buena cantidad de esta agua para llenar la vasija y regresaré a la Alhambra para entregársela al rey. Que compruebe él que yo no le engaño y, a partir de aquí, que decida y haga lo quiera. Yo quedo satisfecho y me doy por bien pagado con poner a su disposición este hallazgo mío”.
Llegó la noche, se acomodó en el pequeño refugio de monte y piedras que había construido, se acurrucó dentro, procurando quedar con la cabeza frente a la puerta del refugio, para ver la llegada del nuevo día. Y un poco antes del amanecer, se despertó. Dentro del refugio y acurrucado en la cama de pasto y monte que había hecho, se quedó quieto, esperando la luz del nuevo día y el amanecer por encima de la colina que tenía enfrente. Porque su pequeño refugio lo había levantado justo en la llanura, por encima del río, con la entrada mirando al sol de la mañana. Por eso se dijo: “Esperaré un poco más mientras me voy desperezando y el sol se alza. Luego saldré de este chozuelo y me asomo para ver llegar el día por encima de la colina. Luego…” Durante un buen rato, desde su singular nido, estuvo meditando, dando gracias al cielo por permitirle vivir el momento y contemplar la salida del sol. Gozando en su corazón y alma la luz del nuevo día, la quietud y latir de los paisajes y oyendo el rumor de las aguas del río. Después, según el sol se alzaba en el horizonte y por encima de las cumbres de Sierra Nevada, se fue preparando para salir fuera. Respiró el nuevo aire, miró para la colina que al fondo y muy a lo lejos, servía de cimientos a la Alhambra y cogió su vasija de barro. Un pequeño jarro en forma de cántaro con dos asas a los lados y con una tapadera de corcho.
Caminó lentamente por una veredilla de animales y se dirigió al río. Recto al lugar donde él sabía brotaba el manantial de las aguas agrias. Y conforme se iba acercando el rumor de la corriente se oía más claro y cerca. Otra vez se dijo: “Aunque a mí también me dará pena que un día, para llevar esta agua a los palacios de la Alhambra, rompan estos paisajes. Es todo esto una maravilla mucho más grande que todos aquellos palacios”.
Se acercó al río, buscó la mejor entrada para llegar al manantial, por entre los troncos de unos árboles, saltó una torrentera que, en forma de escalón, parecía como proteger el punto exacto donde brotaba el manantial. Se acercó más y descubrió la pequeña cueva, como tallada en la pura roca, con forma de túnel, de unos dos metros de profundidad y decorada a los lados por hermosas formaciones rocosas, muchas en forma de estalactitas y estalagmita y otras como arrugas y pliegues. Por eso, cada vez más se asombraba de la misteriosa belleza del rincón. Se fue acercando al chorrillo de agua que, entre algunas piedras y arena, corría. Como desde el manantial en forma de arroyuelo y buscando el cauce del río.
En la misma entrada de la recogida cueva, se paró en la arena, soltó la vasija de barro junto a la corriente y buscó despacio el mejor borbotón o charco para coger el agua y llenar el cántaro. Se agachó junto al riachuelo, apoyándose en la fina arena y se dispuso a cavar un hoyo para dejar luego que el agua lo llenara y, cuando estuviera clara, llenar de este charco el jarro. Y lento comenzó a cavar cuando, de pronto, un pequeño resplandor cegó sus ojos. Desde el lado del sol de la mañana, entraba por entre los árboles un haz de rayos luminosos. Se reflejaban en la corriente del riachuelo y un puñado de estos rayos, incidían en la pared de la derecha. Justo donde la arena formaba como un pequeño talud que casi se apoyaba en las rocas de uno de los lados de la cueva. Y aquí, en este talud de arena y graba recia, fue donde vio relucir algo con mucha fuerza. Se preguntó: “¿Qué será esto que brilla tanto y con este color tan bonito?” Se acercó, cavó un poco con sus manos en la arena del talud y al instante descubrió el mineral que brillaba. Una pepita del tamaño de un garbanzo que rápido cogió y lavó en el agua del riachuelo. De nuevo se dijo: “Esto es una pepita de oro. Algo que no me esperaba encontrar aquí pero que no me sorprende porque yo sé que este río y estas montañas, sí tienen oro. Y esta pepita es tan bella y grande que solo con ella voy a ser rico para toda mi vida. ¡Qué suerte me está regalando el cielo esta mañana!”
Después de lavar la hermosa joya en las claras aguas de la corriente la puso sobre la palma de su mano, la colocó bajo los rayos del sol y comprobó que brillaba como un trozo de ascua encendida. Sin pensarlo más, quitó la tapadera de corcho de la vasija de barro, echó la pepita de oro dentro, se acercó más a talud de arena, escarbó con sus manos y al instante vio que aparecían más pepitas brillantes. Todas casi del tamaño de un garbanzo, muy relucientes y con un color tan vivo que parecían recién formadas. Rápido fue cogiendo cuantas pepitas de oro aparecían entre la arena y, cuantas más recogía y echaba dentro de la jarra, más parecían brillar en el talud y en la arena que de aquí se desprendía. Hasta que llegó un momento en el que el filón se terminó. Echó la última a la vasija de barro y ahora comprobó que casi lo tenía lleno. Lo tapo, lo levantó del suelo y notó que pesaba mucho.
Pero cargó con él, obvió coger el agua que había venido a buscar, caminó dirección a la senda que había recorrido un momento antes, se retiró de la covacha del riachuelo y del manantial y se puso a caminar de regreso al barrio del Albaicín, con su sencillo cántaro lleno de pepitas de oro. Y mientras regresaba se decía: “Ya verás mi mujer y mi hijo que contentos se van a poner en cuanto vean el tesoro que les llevo. Y si me preguntan, se lo explicaré todo y con detalle para que ellos sepan cómo ha sido esta aventura mía”. Y la mujer, en cuanto el marido estuvo en la casa, asombrada de la cantidad de pepitas de oro que el hombre había encontrado, nada más verlas, lo primero que preguntó fue:
- ¿Y qué pasará ahora con el agua que tenías que llevarle al rey?
- No pasará nada. No se fiaba mucho de mis palabras y por eso me dijo que no regresara más a la Alhambra, si lo del manantial no era cierto. Y esto será lo que haré. Lo del manantial y el tesoro de las pepitas de oro, sí es cierto pero yo no regresaré más a la Alhambra ni para una cosa ni para la otra. Prepara las cuatro cosas que creas necesarias que dentro de un rato nos vamos de esta casa, de este barrio y de Granada y que se queden aquí los reyes con sus palacios, soldados y reinos. Ellos no han creído nunca en las palabras de las personas humildes y ahora que nosotros somos ricos, también nos alejamos y olvidamos de su mundo.
Y dicen que aquel mismo día, el hombre, su mujer y su hijo, se marcharon lejos de Granada. Nadie les preguntó nada ni nadie los echó de menos. Tampoco el rey de la Alhambra que sí, algunos días después, comentó con su general de confianza:
- ¿Te acuerdas del hombre que no hace mucho vino por aquí a contarme el descubrimiento de un manantial de aguas agrias?
- Claro que me acuerdo, majestad.
- Desde aquel día nunca más hemos tenido de él. Por eso ahora sabemos que todo lo que nos dijo, era mentira. Ese hombre no deja de ser otro charlatán más de los muchos que hay en este mundo, que también pretendía reírse de mí. Los incautos y pobres, todos son así. De aquí que nunca deberíamos hacerles caso y ni siquiera tratar con ellos. ¿Una fuente de aguas agrias cerca de la Alhambra? ¿Pretendía este embaucador hacerse famoso o rico a costa mía?
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