II Certamen de Relatos de usuarios de Bubok
bizarro (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
DanielTurambar (conectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
Segun entiendo, los relatos los colgamos en este mismo topic y te enviamos un mensaje a ti diciendote quiene somos, ¿no?
Por cierto, enhorabuena, macho.
Eso es, pubicáis con el usuario del concurso y me ponéis un privado con el título de la obra reivindicado su autoría. (gracias)
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La vida y los días
Un día Pedro fue testigo de algo realmente sorprendente, una de esas cosas que te cambian la visión de la vida así de repente, y que al mismo tiempo provocan en la mente del sujeto que las padece una incitación a recordar aspectos importantes experimentados en la existencia que ya se creían olvidados, como si una película basada en tu vida reciente recorriera tu mente en cuestión de segundos dejando un punto en el estómago, de esos que marcan y se quedan ahí un buen rato o incluso días enteros, de esos que impiden el fácil olvido de lo que te ha ocurrido.
Él, Pedro, o Pedrito, como le llamaban sus amigos y familiares, y también sus compañeros laborales, joven de veintidós años de edad, estaba sentado en las inmediaciones de su trabajo, en un parque, en su descanso matutino de media hora. Fumaba un cigarro con gusto, sentado en el reposaespaldas de un banco con sus pies sobre el lugar reservado para los traseros, pose un tanto rebelde por lo tanto, descansando después de unas cuantas horas de dedicación laboral y esfuerzos: había madrugado mucho, como cada jornada, levantándose poco antes de las seis de la mañana para inmediatamente, sin desayunar siquiera, coger el coche y con éste plantarse en el parking de su empresa -cercana a su domicilio-, dejarlo allí aparcado, bajar a su puesto, fichando antes, y en el mismo desarrollar su actividad con la mayor templanza posible, sin agobiarse ni complicarse la existencia, eso sí, haciendo todo lo que allí debía hacer de la mejor manera posible, concentrado, para así después encontrarse a gusto consigo mismo por el trabajo bien hecho.
Y así se sentía Pedrito aquel día en su media hora de reposo, en aquel banco, dando caladas al cigarrillo, recreándose con placer, expulsando suavemente el humo por la boca, despacio, estirando brazos y piernas con tranquilidad y sosiego para destensarlos un poco, con el estómago lleno tras la ingesta con gula de un bocadillo de jamón y queso. Pasadas varias horas sin comer, trabajando con tesón y dedicación, aquel momento del descanso, cigarrillo en mano y cuerpo saciado, era uno de los momentos más esperados por Pedrito durante el transcurso de las mismas. Cuando en este descanso recordaba la existencia de problemas laborales y de otra índole, dejaba caer un suspiro mirando al suelo, pasándose la mano libre por la cabeza, a contrapelo, para mimarse y acariciarse a sí mismo y para autocompadecerse también. Luego volvía a dar caladas al cigarro, para volver a mimarse, para luego volver al pitillo…., y así sucesivamente. Valga decir que en todo este ritual repetido día tras día en esa misma media hora de esa misma franja horaria, Pedrito estaba a gusto pese al recuerdo de los problemas que afectan a todo ser y que en cualquier momento le vienen a uno a la mente y por lo tanto a la conciencia.
En estas estaba Pedrito, acariciándose el cabello, cuando de repente su jefe salió a la calle, alterado y nervioso.
-¡¡Pedro!! –le chilló desde la lejanía que había entre la puerta del trabajo hasta el banco en donde él estaba.
-¡¿Qué pasa!? –preguntó sorprendido y con un ligero susto en su cuerpo, pues cuando le llamaban Pedro, sin diminutivos ni nada, era porque se trataba de algo serio.
-¡Ven, corre!–le contestó moviendo el brazo hacia si.
Resulta que lo que estaba sucediendo era que en su empresa, que no era otra que unos grandes almacenes, habían robado unos cuantos discos de música, de vinilo, de los de antes. Esa era la sección, la de música y electrónica, en la que Pedrito reponía género constantemente, por eso su jefe requería su presencia allí ante tal envergadura del problema.
Y hacia allí se fue Pedrito, interrumpiendo su santo reposo matutino, para ayudar a recoger parte del desaguisado que habían dejado los cacos en su tropelía. Una vez dejado todo como debía estar, volviendo a realizar parte del trabajo ya hecho antes del descanso interrumpido, el jefe de Pedrito, que no era un mal hombre ni un encargado malo como lo eran quizá algunos –que no todos- de los de las otras secciones, le dijo que le acompañara, que en seguridad tenían el vídeo del atraco y que podían verlo, pues una estrecha relación de buenos compañeros laborales entre él y los vigilantes les unían y le iban a permitir el visionado de tales imágenes, y que si Pedrito quería verlas en principio no tenía porque existir problema alguno.
En éstas estaban, visionando en el habitáculo de los seguratas el vídeo del atraco, en el que no se apreciaba violencia, tan sólo a cuatro personas jóvenes metiendo varios de los discos de vinilo allí expuestos en una bolsa de deportes, cuando Pedrito advirtió que una de las personas que había participado en el robo era una chica, pero no una chica cualquiera, sino una chica guapa, del barrio, de la cual él estuvo enamorado durante un largo tiempo y con la que mantuvo una pequeña relación, dimensión de romance tal que no por esto mismo evitó el fuerte enamoramiento vivido, o mejor dicho, sufrido. No podía creerlo, pero así era: esa chica, antaño amada, había participado en el robo, era una ladrona, un caco, una…, en fin.
Ya en su casa, en la calmada hora de la siesta, tras la comida, Pedrito, compungido y nostálgico, se dirigió a su habitación, se tumbó en la cama, se puso los cascos de su pequeño aparato reproductor de canciones en formato mp3 y le dio al play cuando encontró la canción de la serie de televisión Everwood. Con la melodía colándose por sus oídos pensó que en el por aquel momento hoy la había visto, aunque sólo fuera a través de una grabación de un vídeo, y robando. ¿Cómo podía haber caído tan bajo? Sin embargo, sabía que no podía olvidarla, su bello rostro se lo impedía, y recordó sus momentos felices con ella, sus besos y sus sonrisas tiernas y cómplices. Había sido novio de una chica muy guapa pero que luego se convirtió en una fuera de la ley. El punto en el estómago y la conmoción le duraron días, pues aún la amaba, o mejor dicho, la había vuelto a empezar a amar tras ver su figura y su todo por el televisor de aquel habitáculo de los de seguridad.
ENLACE EN YOUTUBE A LA CANCIÓN EN CUESTIÓN:
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
http://www.youtube.com/watch?v=64v-yj_c8dI enlace
VIEJO CAFE
Bajo sus pies, las aceras mojadas, quizás de tanto llorar por el paso del tiempo; andar cansino, omiso a todo, la lluvia, la tenue luz, penumbra sobre oscuridad, oculta en las sombras de un silencioso ambiente, invernal, húmedo, eterno.
Y, al margen de las aceras, escondidas entre los alcorques de árboles que siempre fueron, antiguas, como el viejo bar al que John dirige sus pasos, farolas de hierro. Luz mortecina y caduca que mal alumbra sus pensamientos.
Su cansino transitar le lleva junto a amigos y sueños, sabedor de que nunca es tarde para ir a su encuentro. La suave luz que desde sus ventanas se proyecta sobre la húmeda acera, ayuda a las farolas, tan cansadas de alumbrar que amarillean la noche, encerrándola en su propio velo.
Entra en el bar, muy despacio, como queriendo no hacerlo. Poca luz, imitando las farolas; como siempre, de humo lleno. Y... como siempre, al fondo, en mesa de mármol y hierro, sentado está su amigo George, tomando un café negro; cerrados sus ojos, disfruta de las notas de la balada que de la vieja radio van surgiendo.
Se sienta sin saludar. No es necesario, el saludo ya fue hecho, hace ya tanto, que ni merece un recuerdo. Pide café, también negro, con unas gotas de brandy. Cierra los ojos y meciéndose al compás de la vieja balada, juega también a sueños. Es lugar para añoranzas. Es un lugar de otros tiempos; de tiempos que ya se fueron con tristeza en la mirada. Si pudieran, cualquiera de ellos dos los viviría de nuevo.
Momentos para recordar, abrigados por el olor a bourbon y café mezclados, a brandy, a ron añejo, tanto como los pensamientos. Llegan voces de saludos que les sacan de sus sueños. Más humedad añadida al claro-oscuro ambiente del viejo local, que hace acurrucarse a John bajo su denso abrigo. Anne, David, Paul y Tonny, los de siempre, los que acumulan recuerdos que le dan vida a la noche fría, oscura, de invierno. Se sientan noche tras noche a recordar historias de tiempos vividos, en ese añejo bar, sentado con los amigos, añorando todo aquello que pudo ser y no ha sido. Sin tristeza. Con la nostalgia flotando entre notas de una balada, que habla de amor, de recuerdos, y que despacio se va mezclando con el humo de los cigarrillos, la mortecina luz, la humedad y ...
-Yo tomaré un bourbon más.
-Yo un café con brandy, negro.
-Yo.. un gintonic ... con mucho hielo.
-Para mi whisky, por favor. Si es de malta lo prefiero.
-¡Pues, ... yo no sé que tomar!.
-¡Anne!. ¿Qué te hace dudar?. Póngale algo ligero, no se vaya a marear. ¿Qué prefieres: dulce o seco?.
Y, entre sonrisas y alcohol; tabaco, música y recuerdos, pasan las horas charlando, dejando sus almas salir de sus embriagados y fríos cuerpos.
-¡¡¡When a man loves a woman!!! –corea Anne, enamorada de sus recuerdos, de un tiempo que quedó perdido en alguna página no pasada de su historia, pero lo hace sonriendo.
Sin planes para el mañana. ¡Aun mañana está muy lejos!. Tararea John la dulce balada. ¡Qué no tendrá el olor de un buen café!. Llena de sueños la noche; abre el alma sin reservas; arranca sonrisas de bocas fruncidas por el frío, el sufrimiento, la dejadez, el hastío, el silencio.
Ya muy de madrugada, se despiden en la puerta de un bar que no tiene nombre, solo tiene olor a añejo y a ellos.
Otra noche perdida en el tiempo, o ganada a la vida, que ya se encargará la historia de saberlo.
Y aún sigue la niebla humedeciendo la noche y a ellos.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
La música del río
Fundido con el rumor de la corriente hasta nuestros oídos llegan los sonidos de una música bella. Son notas de piano, flautas y coros que resuenan con la delicadeza del viento y el matiz dulcísimo del rumor de la corriente que salta río abajo. Al percibir estos sonidos deja de trotar detrás de los pajarillos y, sobre la verde hierba de la rivera, se para escrutando. Como sorprendido mira para las aguas de la corriente y luego me mira a mí. Noto que se ha extrañado y quiere saber qué son y de dónde viene esta música tan fina. Me pregunta: “¿Oyes tú lo mismo que yo?” Y le digo:
- Seguro que los dos estamos oyendo lo mismo. Yo percibo sonidos de una música deliciosa que viene como de la curva que el río traza unos metros más arriba.
Y me sigue preguntando: “¿Pero quién será el que por aquí hace sonar esta música tan original?” Se pega a mí y, como si ahora tuviéramos miedo de romper la deliciosa armonía que el vientecillo nos trae, caminamos despacico pisando con cuidado el césped de la verde hierba de la rivera del cauce. Avanzamos con cuidado y mirando con el deseo de descubrir de dónde brota la armonía que hasta nuestros oídos llega y, al dar la curva, lo descubrimos. Bajo unos álamos, aun todavía con las ramas sin hojas porque la primavera no ha llegado, vemos varias personas.
Nos paramos y, durante unos minutos, gozamos en silencio de los delicados sonidos que llenan toda la cuenca del río y la sedosa luz de la mañana. Caminamos luego lentamente y nos acercamos a las personas que bajo los árboles hacen sonar los instrumentos musicales. Y ellos, al vernos, no se detienen en su tarea de crear tan bello concierto sino que ocurre algo especial. Vuelven sus ojos hacia nosotros y mientras nos vamos acercando miran con un interés muy vivo. Me dice: “Es como si estuvieran interpretando especialmente para nosotros. Como si al vernos se hayan alegrado y tocaran con más entusiasmo y cariño.” Le digo que sí, que parece esto pero también le pido que escuche con la atención que las melodías merecen.
- Creo que nos la regalan y de una forma personal. ¡Y fíjate qué regalo y en esta mañana y junto a las aguas del mágico río!
A solo unos metros de donde el grupo de cinco personas acarician sus instrumentos nos paramos. Los saludo alzando mi mano y le pido que no interrumpa su tarea por nuestra presencia y así lo hacen. Siguen interpretando las bellísimas melodías y mientras tocan nos miran con afecto. Pasado unos minutos dejan de tocar sus instrumentos y nos saludan diciendo:
- Os hemos visto subir por el río y hemos querido recibiros de este modo. Y es lo que pensáis: esta música es para vosotros necesariamente.
Le pregunto:
- ¿Por qué para nosotros si no nos conocéis ni tampoco sabemos quienes sois?
- Os conocemos y, sobre todo, conocemos a tu borriquillo. Y no me preguntes más porque lo importante es lo que acabáis de oír y seguiréis oyendo todavía durante un rato. Así que perseguí vuestra ruta que continuaremos decorándola con los mejores sonidos. Los que nadie ha oído ni se oirá nunca bajo el sol.
Se ha quedado pegado a mí con la actitud de un niño ante lo desconocido. Quieto, metido en sí y como desconcertado. Hablo y les doy las gracias al que me ha dirigido la palabra y, damos media vuelta como para continuar la ruta, cuando notamos que ocurre otro fenómeno extraño. Como por arte de magia, en un abrir y cerrar de ojos, las personas que hemos visto tocando sus instrumentos musicales para recibirnos y alegrarnos la vida, dejan de ser visibles para nuestros ojos. Por la rivera del río ahora solo se ve hierbecilla llena de rocío, piedras mojadas, las avecillas que revolotean y la corriente saltando juguetona. Pero la música sigue oyéndose. Fundida cada vez más con el rumor de las aguas y el siseo leve del vientecillo. A Sinombre se les han ido las ganas de jugar con los pajarillos. No porque los pajarillos hayan dejado de ser divertidos sino porque los sonidos de la música que estamos oyendo se cuelan en el corazón y ahí dejan como un intenso y delicioso gusto que duele de tan placentero.
Aquí algo parecido a la música que oímos
http://www.goear.com/listen.php?v=8e5f9f0
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Al alba
http://www.youtube.com/watch?v=GOZ15IpAES4
- Los han fusilado
El caballo se queda suspendido de la mano de Carlos.
- Esta noche. Los han fusilado
Manuel se levanta del suelo como un resorte.
- ¡Dios!. ¿Cómo lo sabes?
- Soriano. El cabo de la limpieza lo ha oido en la radio.
- ¡Hijos de puta!
Carlos deja la pieza a un lado del tablero. Se levanta tambien. Diego le encara.
- Soriano quiere que hablemos con él, discretamente, sin formar grupos. No hay que alterarse. Que no noten nada.
Y sin esperar, Diego continua pateando su senda de cemento entre muro y muro.
Desde su esquina en el patio, el funcionario ha girado la cabeza hacia Carlos y Manuel, todavía de pie, inmovilizados. Otros días, el funcionario se habría ausentado ya a tomar su café, pero hoy no se ha movido de su puesto todavía.
Juanra le sale al paso a Diego.
- ¿Tienes?
- Toma.
Le alarga. Ducados.
En el lado de la sombra, Lillo empareja con Soriano, vuelta y vuelta, muro a muro. Jose Antonio y Rafa cruzan con ellos, vuelta y vuelta también. Soriano se para, los espera.
- Se te está quemando el pantalón, Jose Antonio.
- Mierda.
Jose Antonio se agacha. El dobladillo del vaquero, vuelto hacia fuera, humea.
- ¡Una colilla! ¿Como coño ...!
- No os volvais. Han sido aquellos cuatro. Te la han tirado por detrás al pasar, seguro. Hijos de puta, hasta tienen buena puntería.
........
Filas. Plato de aluminio en la mano, cuchara de aluminio en el bolsillo. La comida se come el olor a sudor, a mugre. Más filas. Encierro en la brigada. Calor. Las ventanas, altas, filtran todavía una luz de verano. Soriano los reune a todos al fondo del pasillo, sentados en el suelo, en el borde de las literas.
- El de la limpieza me ha avidado que algunos comunes piensan que van a redimir condena a nuestra costa. Que nadie vaya solo a ningún lado, ni a los servicios, ni al economato. Que nadie responda a ninguna provocación. Y ojo con los funcionarios. El jefe de día de hoy es llevadero, pero el de mañana es un cabrón.
- Se va a montar la de Dios, ya verás. Hijos de puta, se han atrevido a hacerlo. Pero les va a salir caro. Esto no va a pasar, Europa no lo va a pasar.
- Si, pero nosotros estamos aquí. Nosotros hoy no la vamos a montar. Nosotros hoy tenemos que aguantar. Hay que estar juntos, ser prudentes. Y si hay que liarla, con cabeza, cuando toque, todos juntos.
Soriano mira los tobillos hinchados de Manuel, las zapatillas destalonadas porque el pie no cabe dentro.
- Habrá que montar bulla con lo de los chinches. Pero hoy no podemos. Hay que esperar al menos un dia a ver cómo respiran estos cabrones.
.......
Formación. Cena. Recuento. La brigada es una sala alargada, con camastros de doble litera a cada lado de un pasillo. Camastros metálicos, somieres metálicos y los muelles, metálicos nidos de chinches hinchados de sangre. Al fondo, el tigre: dos tazas turcas, y dos lavabos, con una puerta batiente. En mitad de la sala, una reja circular permite al funcionario abrir la puerta y asomarse para hacer el recuento sin peligro. La luz está encendida toda la noche. Todas las noches. Ya van treinta y una.
......
El sabía qué recorrido hacia ella todos los días para ir a la fábrica. Varias veces la esperó a verla pasar, al mediodía, sin atreverse. Luego, sonaba la sirena y ella quedaba encerrada por dentro, él por fuera. A la tarde, no se decidía a esperarla cuando salía. Todavía.
Pero luego, el riesgo, el peligro, le dió valor para ir hacia ella, y dejó su corro para acercarse las chicas. Las risas tenían ahora un motivo confesado para ser nerviosas. Dos de la secreta en la terraza del Marfil, que supieran. Habría más, seguro. Alguien había visto jeeps de grises escondidos detrás del Palmeral.
Al poco, llegó la consigna saltando de corro en corro: al parque, al parque. donde Camilo Sesto. Si hay ostias, que se enteren los que se divierten.
De a dos, de a tres, todos fueron dejando la Glorieta, camino del parque. La noche era calurosa, no tanto como ahora. Hace un mes. Por primera vez caminó junto a ella, por primera vez despreocupado de que ella notara el temblor de su voz, benditos grises. La música se oía a lo lejos, Camilo Sesto. ¡Un mes sin saber de ella, un mes sin oir ningún tipo de música, los transistores confiscados, prohibidos, solo el correr y descorrer de los cerrojos!
Sirenas. Destellos azules. Desbandada: hacia el parque, hacia la estación. La cogió de la mano, tiró de ella en dirección contraria a los demás, el corazón palpitante. Una carrera corta. El frenó, la retuvo, y le pasó el brazo por encima de los hombros. Y ella entendió, se le arrimó y le ciñó la cintura, como dos novios. Benditos grises.
Y luego, un poco más adelante, ni cinco minutos, se soltaron, sin decir por qué, pero sin avergonzarse de lo que habían hecho. “Estamos a salvo, hasta aquí no llegan, tranquila”. Ella se dejaba llevar. ¿No era él, como sabía ella, un estudiante que había corrido mil y una veces delante de los grises por las calles de Madrid? Se dejó llevar. Habian pasado el puente, al otro lado del rio. Y la mano de ella rozó la suya, un momento, y él la cogió, sin decir por qué tampoco, en la primera complicidad del deseo. “¿Quieres un café?” Se sentaron. Hablaron, contenidos, conteniéndose. “¿Mañana?”. “Voy a ir con mi hermana a la playa, si quieres ...”
Si, quería. ¡Oh, cómo quería que llegara mañana! ¡Cómo quería, como recordaba el abrazo, la mano cogida, una hora más tarde en casa, tumbado en la cama, iluminado solo por la brasa del cigarro, y en el cassette sonando:
Dos horas más tarde tocaron el timbre, fueron a por él.
.................
Un mes después. Un mes y una hora. O un mes y dos horas después. Primero llegaron a la cárcel los de Elche, seis. Había ya tres allí, del PCE: Soriano, Lillo, Miguel. Y luego, día tras día, fueron llegando los demás: de Alicante, de Murcia, de Cartagena, de la Universidad, de Uniroyal, de Aluminio Ibérico, de la ORT, del FRAP, de la HOAC, del MC, de LCR .... Treinta y siete. Dieciocho años, veinte, veintitantos, treinta, cuarenta años. Soriano tiene más de cuarenta años. Su mujer murió estando él en la cárcel, hace muchos años.
Manuel camina por el pasillo, de lado a lado de la brigada. Hoy se ha despertado entre sobresaltado y esperanzado. Todos los dias, de estos treinta y un días, todos los días se ha levantado esperanzado, acordándose de ella y porque ellos no se acordaron de ella. Cuando salga de allí, le contará tantas cosas...! Como ése, Rafa, el que trabajaba en el matadero, que es capaz de dorrmir boca arriba con los ojos abiertos y una bombilla a tres metros de su cara. Que los chinches le han comido vivo, y que tuvo que llevar las zapatillas destalonadas porque el pie no le entraba dentro del zapato. La buscará al salir. El primer día: se clavará en la puerta de la fábrica, a las siete. Sonará la sirena y saldrán las chavalas, riendo y bromeando porque es la hora breve de la libertad hasta mañana. Y alguna de ellas se volverá y le dirá: mira, Desi, quién está ahí, te esperan. Desi, Deseada, Desirée, Amanda. Te espero. Te busco. Son cinco minutos. La vida es eterna. En cinco minutos.
Salir de allí ... Si sale de alli. Detrás de los ventanucos, altos, enrejados, se ve ya el clarear de la mañana. ¿Qué tiene que ser esperar al amanecer sabiendo que te van a matar? ¿Qué tiene que ser eso? ¿Qué pasará? ¿Qué nos pasará a todos? ¿Cuántos más morirán después de éstos? ¿Habrá que matar y morir? ¿Qué será de nosotros aquí, impotentes? ¿Por qué? ¿Por qué? Hijos de puta, por qué.
Fragmento de entrevista a luis eduardo aute
¡HIJOS DE PUTA!
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Canción: GETSEMANI interpretada por Camilo Sexto. Podéis ver el vídeo en: http://www.youtube.com/watch?v=uNC0scLzCcc Relato: EL CARPINTERO Con cuidado, pasó de nuevo el cepillo por la superficie aún irregular de la madera, haciendo surgir a su paso la viruta que caía enroscada sobre su banco de trabajo. El sol arreciaba en las alturas y el sudor perlaba su rostro. Llevaba toda la mañana ayudando a su padre y sus manos encallecidas empezaban a estar fatigadas por el duro trabajo. Estaba hambriento, pero aún faltaban algunas horas hasta que su madre les llamase para que acudieran a reponer fuerzas. Apartando con el dorso de su mano el sudor de su frente, miró a su alrededor preguntándose el por qué de tanto esfuerzo con lo sencillo que sería para él ponerle fin. El sonido de los cascos de los caballos le hizo girarse. A lo lejos, media docena de jinetes levantaban nubes de polvo a su paso mientras se dirigían hacia un pueblo cercano. Sabía lo que aquello significaba; probablemente alguno de los agricultores o ganaderos de la aldea no había satisfecho el diezmo y los romanos venían a impartir su peculiar justicia. Algún pobre desgraciado sería sacado a rastras por el centurión y sus hombres para, si tenía suerte, ser azotado delante de su horrorizada familia, o, si era reincidente, acabar sus días sirviendo en galeras o en algún destino aún peor. Sintió como la rabia subía por su garganta y, mirando al cielo, se preguntó qué sentido tenía permitir todo aquello sin hacer nada. Con gran esfuerzo apartó de su mente las dudas y volvió al trabajo, a tiempo de ver a su padre acercase trayéndole nuevas ramas recién cortada. Le observó con admiración, mientras arrastraba fatigado el montón de madera. No era ya ningún niño y el paso de los años había hecho que su cuerpo empezase a encorvarse, perdiendo la fortaleza de antaño. Sabía el esfuerzo que con su edad suponía seguir realizando, día tras día, aquel duro trabajo y, en muchas ocasiones, veía dibujada en sus ojos una mezcla de añoranza y nostalgia, que le partía el alma. Le vio agarrarse el pecho y toser con fuerza, como últimamente hacía cada vez con más frecuencia, y supo que en su interior ya anidaba la semilla del ocaso. Sintió la pena agarrarse a sus entrañas y pensó de nuevo lo sencillo que sería para él solucionarlo todo. Distraído como estaba, no se dio cuenta de que el cepillo se había desviado de su camino, yendo de forma inexorable a surcar la carne de su mano expuesta. La sangre brotó de inmediato empapando la madera y un dolor lacerante atravesó su brazo haciéndole gritar; una parte de su piel se había levantado y, aunque sólo era un rasguño poco profundo, la sangre brotaba imparable. Su padre se acercó rápidamente y, con una tira de tela de su propio turbante, presionó la herida con fuerza parar frenar la hemorragia, a la vez que llamaba a su madre. A penas unos instantes después, ella llegó a la carrera con la preocupación dibujada en su rostro de porcelana. Llevaba unas vendas y un cántaro con agua, con la que le limpió el corte rápidamente, con cuidado de no dejar ningún rastro de virutas de madera que pudiera infectarse posteriormente. Por último, vendó con precisión la mano de su hijo con unas tiras de tela de lino. “Podría haberme curado yo mismo”, le dijo él mirándola a los ojos. Ella se limitó a sonreír y a terminar su trabajo, dándole después un beso en la mejilla. Su padre se acercó para darle un pequeño coscorrón de reprimenda, a la vez que le recomendaba tener más cuidado la próxima vez. Les miró de nuevo y se dio cuenta que allí estaba la respuesta que buscaba; en los ojos brillantes de su madre, en su sonrisa de miel y en la calidez de sus labios al besarle; en la mirada comprensiva de su padre y en sus manos recias y curtidas por el trabajo, que le palmeaban la espalda con cariño. Allí fue donde supo que la sangre, que empapaba la madera aún fresca de su banco de trabajo, era un precio pequeño que pagar; un precio necesario para comprender qué era realmente ser un hombre y por qué merecía la pena serlo. Con la mano recién vendada, empuñó de nuevo el cepillo de madera dispuesto a reanudar su trabajo, consciente de que aún había mucha madera que cortar y mucha sangre que derramar, pero convencido de que, cuando le abrumara el dolor y el sufrimiento, sólo tendría que recordar los ojos de su madre y las manos de su padre, para que todo volviese a tener sentido.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Pasos de baile - Un, dos, tres... ¡cha-cha-chá! Un, dos, tres... ¡cha, cha, chá!
La miraba de reojo... Miraba sus pies pequeños embutidos en zapatos de baile de tacón bajo. Los veía revolverse con gracia, marcando los tempos con precisión, sin perder nunca el ritmo. Él, en cambio, se trabucaba a cada poco, destacando como un ganso cojo en pleno lago de los cisnes (aunque intentaba disimularlo echándole la culpa a los cordones de los zapatos o al partenaire que le hubiese tocado en suerte). De todos modos, ya no le importaba que ella le viese dar tumbos por el aula mientras destrozaba los principio básicos del cha-cha-chá. Ahora sólo importaba que gracias a aquel ridículo semanal al que se sometía, podía verla una vez cada siete días y recrearse en cómo movía sus caderas o en cómo daba saltitos gráciles cuando tocaba fox (y no como él, que parecía que pisaba uva).
No estaba muy seguro de que aquella idea de apuntarse a bailes de salón que tuvo cuando supo que ella también iría, fuese a llevarle a algún sitio. Al fin y al cabo, sólo la conocía de vista y en las seis semanas que llevaban como compañeros de clase, la cosa no había cambiado demasiado. Es más: seguía sin hablar con ella y ni siquiera estaba aprendiendo a bailar. Parecía evidente que no bastaba con aquel esfuerzo titánico de calzarse mallas; tenía que hacer algo más... Así que tomó una decisión: ese día no saldría de allí sin hablar con ella. No importaba de qué. Si hiciese falta la pisaría para poder pedirle después perdón y que ella se viese obligada a mirarle por primera vez. ¿Y después? Después ya se vería... Lo que estaba claro es que no podía seguir jugando a ser Fred Astaire sólo para tenerla cerca, porque más pronto que tarde las clases se acabarían y él volvería a verse yendo a El Corte Inglés para espiarla entre las perchas de la planta de caballeros; algo que llevaba haciendo meses sin sacar nada de provecho (salvo dos jerseys a buen precio que encontró rebuscando en una cajonera). Así que aquél era el día. No habría más retrasos. Que fuese lo que Dios quisiera.
Y Dios quiso que, por boca de la profesora de baile, fuese así:
- Hoy empezamos con algo nuevo: vals. Primero, la técnica básica, como siempre. Luego dejaremos que Noelia abra el baile, ¿no?, que para eso es la que más interés tiene en aprenderlo... -la profesora la miró sonriendo- Hay que aplicarse que en la boda van a estar todos pendientes de ti cuando suene el vals...
Cuando acabó la clase (la última a la que pensaba ir), sintió unas ganas horribles de llorar. Sólo se le ocurrió coger un rotulador del mostrador de entrada y, en el baño, escribir en una puerta:
- Que te den por el culo, Strauss.
http://www.youtube.com/watch?v=PiF5glYvfcw&feature=PlayList&p=FC11480602DD931F&playnext=1&index=2
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
EL NIÑO CARPINTERO
http://www.youtube.com/watch?v=z8D2F29UjDc&feature=related
Sus manos pequeñas e inexpertas aferran la garlopa con un escozor de callos incipientes. Desde que la escuela fue destruida hace dos semanas, las mañanas han sido así, fatigosas y descontentas. El padre preferiría que Saleem estuviera en la calle jugando, pero hace dias que Ahmed, el mayor, falta de casa, y necesita que alguien le ayude en la carpinteria. Y en las calles, además, ahora se juega poco y se tiran piedras ...
Poco necesita un niño para distraerse de lo que le aburre. Un rumor creciente le da motivo para asomarse a la puerta. Por el fondo de la calle, tumulto, gente, y una nube de humo blanco, rugido de motores. Siente a su padre a la espalda, y se vuelve pronto para no recibir el pescozón con el que le mandará de vuelta al trabajo. Pero no, su padre está detrás de él, mirando por encima de él, adivinando más allá de él lo que ha ocurrido con Ahmed, su hermano mayor, que ya no quiere trabajar con él en la carpintería, y lo que va a ocurrir ahora con su casa en breves momentos.
Y la madre tambien llega corriendo, secándose las manos con el delantal, la cara crispada como un jarron de porcelana roto, a punto de gritar como un jarrón que se rompe, que se rompe en el momento en que sus oidos esclarecen el clamor de los que corren delante de los blindados y el bulldozer.
- ¡Tu casa, Yusuf! ¡Tu casa!
El niño se echa asustado en brazos de su madre Maryam. Pero Yusuf, el padre, sabe lo que hay que hacer, lo ha visto ya otras veces. Abre de par en par las dos hojas de la puerta. Grita a su esposa. Empuja al niño: "¡Vete, Saleem! ¡Vete de aquí! ¡Vete a casa de tus primos!" Y cuando llega la multitud, todos corren escaleras arribas, tiran los colchones por la ventana, arrastran los somieres, entre tres acarrean el viejo frigorífico, las mujeres arramplan la vajilla, la ropa, el ajuar..
Llegan los soldados, y a empujones y culatazos impiden que vuelvan a subir los que acaban de bajar. Yusuf va de soldado en soldado, sin saber quién es el jefe, y suplica tiempo, un poco de tiempo, tiempo para vaciar su casa. El niño no entiende a su padre, no entiende por qué suplica, cuando ve que su madre se agarra a las rodillas de un soldado y recibe un culatazo. Y el padre no hace nada para defenderla, solo se agacha a levantarla del suelo. No, ese no es su padre, ese que se humilla, que soporta que lo empujen, que lo golpeen con las culatas.
Y Mohamed, el mayor de la escuela, el que tiene dos hermanos mártires, coge la primera piedra y la tira. Y él coge otra y la tira. Con toda el alma. Contra los soldados, contra su padre. No seré como él. No seré como él.
(El Niño es Padre del Hombre)
En el Vuelo 11 de American Airlines:
a.. Mohamed Atta
b.. Waleed al-Shehri
c.. Wail al-Shehri
d.. Abdulaziz al-Omari
e.. Satam al-Suqami
En el Vuelo 175 de United Airlines:
a.. Marwan al-Shehhi
b.. Fayez Banihammad
c.. Mohand al-Shehri
d.. Hamzeh al-Ghamdi
e.. Ahmed al-Ghamdi
En el Vuelo 77 de American Airlines:
a.. Hani Hanjour
b.. Yusuf al-Mihdhar
c.. Majed Moqed
d.. Nawaf al-Hazmi
e.. Salem al-Hazmi
En el Vuelo 93 de United Airlines:
a.. Ziad Jarrah
b.. Ahmed al-Haznawi
c.. Ahmed al-Nami
d.. Saeed al-Ghamdi
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Un minuto de gloria Medio barrio estaba en el bar, pegado al televisor. Las amigas de la madre arregladas como si las enfocadas fuesen ellas; las amigas de la hija, con los móviles en la mano para informar a las que no iban a poder verlo; los niños, incordiando lo suficiente como para que se barajara mandarlos a la calle; el hermano y los amigos, aprovechando para tontear y hacerse con números de teléfono de futuribles conquistas... Y Manolo, entusiasmado con el bar hasta la bandera, repartiendo platillos con cacahuetes para que no se dijera que no era desprendido. Porque un bicho rastrero, aún siendo el más maldito, comparado contigo se queda muy chiquito".
¿Y la madre? La madre estaba en primera fila, pegada a la tele, henchida de orgullo, peinada de peluquería y con una blusa malva que había comprado a propósito. Porque la ocasión lo merecía: no todos los días la hija de uno salía en la tele ni muchos menos todo el mundo podía presumir de aquello. Pero a ella, sí; a ella iba a pasarle: su hija iba a salir en "El Diario de Patricia" aquel 14 de Febrero, día de San Valentín. Y además iba a hacerlo cantando como ella sabía: como los ángeles.
Cuando Patricia presentó a su hija, el bar se volvió loco: "¡Qué guapa!", "Parece más joven", "Me encanta el pelo que le han puesto, tía...", “Qué buena está tu hermana, tío…”, "Ssssh... Silencio, que va a empezar...". Y habló Patricia:
- Así que vas a dedicarle una canción a tu novio, ¿no? ¿Cómo se llama?
- Luis.
- ¿Lleváis mucho tiempo juntos?
- Pues... casi cuatro años. Desde los 16.
- Va a ser una ranchera, creo... -ella asintió- Pues nada... ¡Adelante!
Se hizo el silencio en el plató y en el bar. Cuando el mundo escuchó la primera estrofa, la madre pidió a dios quedarse sorda de repente. Y al llegar al estribillo, la recogieron del suelo mientras en la televisión su hija seguía cantando como los ángeles:
"Rata de dos patas, te estoy hablando a ti.
Y los amigos de su hermano, dando palmas con las orejas, marcaron a la muchacha en sus agendas como futurible.
http://www.youtube.com/watch?v=G03edz_1DmE
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
TEMA: Rearviewmirror (Pearl Jam)
http://www.youtube.com/watch?v=8Fxk2JrZgvA
LA NAGA DORMIDA
BIENVENIDOS A
¡A
¡Y A
El recinto tenía el tamaño de un campo de baloncesto, tres intensas luces colgaban del techo de cemento, varios cientos de sillas llenas de gente enloquecida rodeaban una jaula de acero de cinco por cinco por cinco metros. Era el tercer combate y ya no había aire, tan sólo sudor y humo.
En una esquina de la jaula, Lorena estiraba los brazos agarrándose a los huecos de la intrincada reja. La fibra muscular estaba tensa, sus tetas eran dos capazos de cemento; los ojos verdes, balas verdes; la mandíbula desfigurada, un rodillo prieto; el estómago, un perro rabioso.
El pelo rojo, su seña de identidad, formaba trenzas, látigos, que lanzaba de un lado a otro mientras calentaba el cuello, estudiando a su oponente con la mirada torba de un violador.
Caracortada era enorme. No tenía una mirada limpia ni concreta. Sus ojos iban y venían de ella al público, a sus tetas, a las rejas, al elástico del calzón que gustaba comprobar con sus pulgares mientras daba saltitos. Lorena sentía que el tal Nim-Po quería arrancarle el peto rojo y el pantalón negro y sentarse sobre ella para cagarle encima, pero miraba a todas partes como pidiendo permiso, como si no pudiera creer en su propia suerte. Se sentía tan seguro que se permitía levantar los brazos para buscar el apoyo del público. Sólo uno de los ojos debía ver bien, porque el otro, atravesado por una cicatriz, era pequeño y lloroso.
Sonó la campana de comienzo y el murmullo insostenible de los apostadores se convirtió en un griterío de público. Nim-Po se acercó al centro de la jaula para cumplir con una segunda regla que el comentarista no había mencionado y que era tradición entre luchadores; saludar puño con puño al contrincante.
Nim-Po era nuevo en la ciudad y no sabía que
Lorena sonrió y permaneció en su esquina, agarrada a las rejas, mientras veía como el gigantón de Nim-Po la miraba de una manera muy distinta, realmente cabreado, y se iba a por ella despotricando en Tailandés.
Su guardia pegada al cuerpo parecía sólida y el movimiento nervioso de sus piernas indicaba precaución. Aquel tipo había sobrevivido a la cárcel por algo más que su tamaño y, si decían que era campeón de Muai Tai, debía ser verdad.
Lorena no era campeona de una mierda.
Se lanzó hacia delante como cebo y Caracortada le lanzó una pierna como un tronco que impactó en medio de su pecho. El dolor fue intenso. Mayor fue el subidón de adrenalina al agarrar aquella pierna e impactarle con la suya en el estómago. Antes que Nim-Po se encogiese, Lorena le dobló la pierna, se lo puso de espaldas y le saltó encima. Muchos espectadores lo corearon como un gran error. Podía haber hecho más sangre.
Lorena se lanzó por su cabeza, viéndolo agachado y dolorido. Saltó sobre la espalda y le agarró la cara con ambas manos, buscando los ojos o la boca o la cicatriz.
Pero Nim-Po no era lento y palmeó hacia atrás y la agarró. Lorena tiro de la carne y Nim-Po, soltando un alarido, la lanzó sobre su cabeza contra el suelo de cemento.
El golpe fue tremendo. El público se quedó en silencio. No era por ella. Nim-Po tenía un desgarrón en la mejilla y la sangre le había salpicado el pecho, caía por su cuello.
Lorena no tenía aire. Sentía el cuerpo como una colchoneta planchada. Ni siquiera podía reír.
Nim-Po volvió a enfocar la mirada. El público comenzó a murmurar. Lorena sintió que sus pulmones se abrían solos y robaban el aire de fuera como una bomba vieja. Y Caracortada, cortada por dos veces, lanzó un grito de furia y se lanzó a por ella. Levantó la pierna sobre la cabeza y lanzó el talón. Lorena sólo pudo hacerse un ovillo y recibió el golpe en las pantorillas. El dolor las hizo huecas. Apretó los dientes mientras seguía cogiendo aire. El público aullaba de nuevo. Nim-Po volvió a golpear y el talón le impactó a Lorena en la mano.
Giró rápidamente, varias vueltas, y gritó por el dolor.
Y porque ya tenía los pulmones llenos.
El grito hizo que el público enloqueciera.
Lorena se levantó de un salto. El tailandés corrió y saltó elevando el codo. Cubrió todo lo que Lorena podía ver, así que saltó hacia delante en el último momento, haciendo rodillo en las piernas del tailandés, y consiguió derribarlo cuán largo era.
El público aulló esta vez y
Lo que antes había sido un oponente con un rostro, un nombre y un estilo de lucha, ya sólo era un trozo de carne que quería resistirse a ser destrozado.
La Carne se apoyó en sus manos para levantar la cabeza y Lorena saltó encima. El murmullo del público indicaba que debía haberle pateado. Agarró su cabeza con ambas manos.
Nim-Po ya no sentía dolor. Se levantó con excesiva lentitud y Lorena volvió a lanzarse hacia él de tal salto que le impactó con la cabeza en pleno rostro.
Y el combate había acabado.
Nim-Po aún no lo sabía. Vacilaba sobre sus dos enormes piernas como una columna de platos. Lorena sentía el sonido del cabezazo como un gozoso orgasmo del cráneo, mientras caía de rodillas y el público expresaba con agrado su sorpresa, su impresión por el golpe.
Lorena miró a
La garra de
El público comenzó a gritar animándola, abucheando, intentando evitarlo, intentando entenderlo.
- ¡JAPÓN ES MÍOOOOOOO!
El público emitió un unánime alarido de aprobación, de entusiasmo nacional. Pero Lorena no quería alardes. Quería Carne.
La puerta de la jaula se abrió para que entraran tres matones y el entrenador del tailandés.
Y también su cara se teñía de rojo.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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ALMAS LIBRES
Un flamante
deportivo rojo cruzaba rápidamente la solitaria carretera, como una saeta
envuelta en fuego. El coche, un Ford Mustang de finales de los sesenta, carecía
de capota, aunque el modelo la llevara de serie.
Las áridas y
desiertas llanuras del suroeste americano eran testigos de la alegría de tres
jóvenes, de la felicidad por vivir, y hacerlo deprisa, sin miedos. Día a día,
noche a noche, los tres amigos disfrutaban mientras el viento les azotaba la
cara y sus pasos se guiaban, casi por el azar, hacia un nuevo destino. Un chico
rubio conducía: un fornido joven con un abundante pero no muy largo pelo rubio
cuidadosamente engominado, peinado hacia atrás. Las formas de su rostro y cuerpo
desprendían una extraña mezcla entre elegancia y dureza, entre Cary Grant y
Arnold Scharzenegger. Detrás suyo, su amigo de toda la vida: se trataba de un
joven mucho más enclenque, con la cabeza rapada al 2, y también bastante más
alto que su compañero. En el asiento del copiloto, había una chica; una joven de
rubios cabellos, tal vez varios años más joven que los otros dos pasajeros; su
larga melena al viento y gafas de sol tapando parcialmente su bello y sensual
rostro, evocaban la escena de un joven sueño americano: era simplemente la
imagen de la libertad.
Conforme el viento golpeaba con más fuerza
el rostro de la muchacha, ésta iba riendo más, y más; incluso se le escapó
arrastrado por el viento el pañuelo rosado con lunares rojos que llevaba atado
al cuello. Pero a la chica no le importaba: se reía tanto, que incluso contagió
al joven calvo del asiento de atrás, conocido por el conductor como uno de los
hombres con menos tendencia a la carcajada fácil que había visto.
La muchacha se
divertía. Mucho. Pero ignoraba que sería su última vez.
El sol se puso
en Casa Grande. Sus tímidos rayos, filtrados por la casi desnuda ventana de
aquella calurosa habitación de albergue, despertaron a la joven Mary. Tardó unos
instantes en recordar dónde estaba, y cuando lo hizo miró a su lado, sonriente.
Allí estaba Nick, aún durmiendo en aquella cómoda cama, junto a ella. Otro día
más juntos, otra mañana más sus dos melenas rubias se fusionaban en una sobre la
almohada. Otra mañana más, lo despertaría abrazando calurosamente su fornido
cuerpo, besándole, hablándole al oído.
-Despiértate,
cariño.
-Huumm...
déjame...
-Vaaa hombre,
despierta –Mary sonreía tiernamente, abrazando más fuerte a su
pareja-
-¿Qué hora
es?
-Las diez.
Recuerda que nuestra reserva es hasta las doce, hemos de ir
recogiendo.
-Oh, bueno. –Nick
se levantó entonces rápidamente, venciendo a la pereza-
-Nos íbamos ya de
Casa Grande, ¿verdad?
-Por supuesto,
pajarito. –Nick se empezó a poner rápidamente sus tejanos, alegremente- ¿No te
vistes?
-Jo, Nick, no me
quiero ir tan pronto de aquí. Esta ciudad me gusta...
-Pajarito, ya
sabes lo que hay. Llevas casi una semana viajando por Arizona con nosotros, ¿No
te encantaba eso de visitar una ciudad cada vez? –Nick sonrió a su chica, y ésta
le devolvió el gesto- Hemos de llegar a Utah, ya sabes.
-Claro cariño, es
sólo que... no sé, estoy un poco cansada de viajar continuamente, día a día. ¿No
crees que estaría bien quedarnos de vez en cuando en algún sitio, unos
días?
-Pajarito, esto
no es sólo cosa mía. También Jason comparte mi modo de vida. Los dos acordamos
no separarnos nunca, comprende que debamos seguir viajando.
-Je... sin duda
eso es lo que me atrajo de ti, cariño. Vives al límite, el presente, sigues el
carpe diem al pie de la letra. Tranquilo cariño, nunca te abandonaré. Eso sí,
¿Cómo es que nunca os detenéis más de un día en el mismo sitio? ¿No os cansáis
un poco a veces? ¿No tenéis miedo de que se os acabe el dinero de la herencia de
tu padre?
-Eso,
pajarito, -Nick sonrió una vez más- lo
comprenderás tú misma en muy poco tiempo. Aún has de conocerme mejor. Créeme que
lo vas a pasar de cine conmigo, nena.
-Oouh, Nick. –la
muchacha se levantó de un salto, y fue a besar apasionadamente a su
amante-
-¡Eh, pareja!
–alguien hablaba, pegando golpes al otro lado de la puerta- ¡Que es para hoy!
Desde detrás
de la puerta, Jason metía prisa. Resignados, Nick y Mary recogieron su ligero
equipaje, y bajaron con intención de coger su Ford Mustang y aventurarse por las
rectas y solitarias carreteras que los separaban de su próximo
destino.
Conforme el viento golpeaba con más fuerza el
rostro de la muchacha, ésta iba riendo más, y más; incluso se le escapó
arrastrado por el viento el pañuelo rosado con lunares rojos que llevaba atado
al cuello. Pero a la chica no le importaba: se reía tanto, que incluso contagió
al joven calvo del asiento de atrás, conocido por el conductor como uno de los
hombres con menos tendencia a la carcajada fácil que había
visto.
La razón de su
risa maliciosa, era que Nick había avistado a un par de personas a lo lejos,
haciendo autostop: “Ya verás, pajarito, vamos a darles un susto de muerte”, fue
lo que éste le dijo a la muchacha, mientras aceleraba al máximo el coche. A la
chica le excitaba esa sensación de superioridad, el hecho de pasar a escasa
distancia de aquellos pobres diablos a toda máquina, mofarse en su cara. Pero,
lo que ocurrió luego no era precisamente lo que ella se
esperaba.
El coche se
encontraba en posición vertical, con el conductor y su copiloto visiblemente
inconscientes, y aún sujetos por su cinturón de seguridad. Tuvieron que pasar
cinco minutos hasta que un coche llegó al lugar de los hechos y advirtió,
horrorizado, la escena. Sin pensarlo dos veces, el buen samaritano que conducía
aquel Chevrolet azul acudió al rescate de las víctimas; con cuidado de no tocar demasiado el coche,
(no fuera que metiera la pata y aplastara a la pobre pareja debajo de él),
retiró las sujeciones de ambos accidentados y los tendió en el suelo. Volvieron
en sí casi a la vez.
-Oh, dios...
dios... Nick... ¡Los hemos matado! –la muchacha no dejaba de mirar a los dos
cadáveres que yacían a un par de metros del arcén de la carretera, segundos
después de recuperar la consciencia- ¡Los hemos matado! Nick, dios mío, ¿¡Qué
hemos hecho!? ¡Somos unos asesinos!
-Cálmate
pajarito, todo va según lo planeado.
El pobre
hombre que acababa de ayudar a la pareja, escuchó confundido las palabras del
joven rubio. A los pocos segundos, Jason salía de la parte de detrás del coche,
arrastrándose y visiblemente herido, aunque leve... apuntándole a la cabeza con
un revólver mágnum de calibre 38, el cual pronto expulsaría una bala.
-¡¡Oh dios mío!!
Nick, ¡¡Jason se ha vuelto loco!! ¡¡Acaba de dispararle un tiro a la cabeza!!
¡¡Oh dios mío!! –Mary, nerviosa y asustada, no creía lo que estaba
viendo-
Su pareja no
la escuchó; estaba demasiado ocupado registrando el fresco y reciente cadáver,
en busca de su cartera. Mary, que en ese momento al fin comprendió que se había
enamorado del último hombre que hubiera deseado conocer en su vida, salió
corriendo aterrorizada hacia el Chevrolet azul del ya cadáver buen samaritano.
Cuando aún le faltaban un par de metros, todo su cuerpo se desplomó hacia
adelante, y de sus rubios cabellos empezó a manar una fuente de
sangre.
-Bueno, Jason,
parece que sigo sin gustar mucho a las chicas. –Nick devolvió el revólver a su
amigo, que contemplaba la escena a su lado-
-Sí Nick,
definitivamente el mundo no nos comprende. Tendrás que buscarte otro pajarito,
je je je.
Los fugitivos
registraron rápidamente los tres cadáveres cuya cartera aún no estaba en sus
manos. Después de contar su botín (noventa dólares), entre risas, subieron al
Chevrolet azul aún aparcado en el arcén de la larga carretera, y emprendieron
una vez más su viaje sin fin, sin destino.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
(Siento mucho que haya salido así de mal el relato, se ve que copiar-pegar desde yahoo causa ese horrible efecto. Intentaré volverlo a pegar desde word para ver si se pude leer mejor):
ALMAS LIBRES
Un flamante deportivo rojo cruzaba
rápidamente la solitaria carretera, como una saeta envuelta en fuego. El coche,
un Ford Mustang de finales de los sesenta, carecía de capota, aunque el modelo
la llevara de serie.
Las áridas y desiertas llanuras del
suroeste americano eran testigos de la alegría de tres jóvenes, de la felicidad
por vivir, y hacerlo deprisa, sin miedos. Día a día, noche a noche, los tres
amigos disfrutaban mientras el viento les azotaba la cara y sus pasos se
guiaban, casi por el azar, hacia un nuevo destino. Un chico rubio conducía: un
fornido joven con un abundante pero no muy largo pelo rubio cuidadosamente
engominado, peinado hacia atrás. Las formas de su rostro y cuerpo desprendían
una extraña mezcla entre elegancia y dureza, entre Cary Grant y Arnold
Scharzenegger. Detrás suyo, su amigo de toda la vida: se trataba de un joven
mucho más enclenque, con la cabeza rapada al 2, y también bastante más alto que
su compañero. En el asiento del copiloto, había una chica; una joven de rubios
cabellos, tal vez varios años más joven que los otros dos pasajeros; su larga
melena al viento y gafas de sol tapando parcialmente su bello y sensual rostro,
evocaban la escena de un joven sueño americano: era simplemente la imagen de la
libertad.
Conforme el viento golpeaba con más fuerza el rostro de la muchacha,
ésta iba riendo más, y más; incluso se le escapó arrastrado por el viento el
pañuelo rosado con lunares rojos que llevaba atado al cuello. Pero a la chica
no le importaba: se reía tanto, que incluso contagió al joven calvo del asiento
de atrás, conocido por el conductor como uno de los hombres con menos tendencia
a la carcajada fácil que había visto.
La muchacha se divertía. Mucho. Pero
ignoraba que sería su última vez.
El sol se puso en Casa Grande. Sus tímidos
rayos, filtrados por la casi desnuda ventana de aquella calurosa habitación de
albergue, despertaron a la joven Mary. Tardó unos instantes en recordar dónde
estaba, y cuando lo hizo miró a su lado, sonriente. Allí estaba Nick, aún
durmiendo en aquella cómoda cama, junto a ella. Otro día más juntos, otra
mañana más sus dos melenas rubias se fusionaban en una sobre la almohada. Otra
mañana más, lo despertaría abrazando calurosamente su fornido cuerpo,
besándole, hablándole al oído.
-Despiértate, cariño.
-Huumm... déjame...
-Vaaa hombre, despierta –Mary sonreía
tiernamente, abrazando más fuerte a su pareja-
-¿Qué hora es?
-Las diez. Recuerda que nuestra reserva es
hasta las doce, hemos de ir recogiendo.
-Oh, bueno. –Nick se levantó entonces rápidamente,
venciendo a la pereza-
-Nos íbamos ya de Casa Grande, ¿verdad?
-Por supuesto, pajarito. –Nick se empezó a
poner rápidamente sus tejanos, alegremente- ¿No te vistes?
-Jo, Nick, no me quiero ir tan pronto de aquí.
Esta ciudad me gusta...
-Pajarito, ya sabes lo que hay. Llevas casi una
semana viajando por Arizona con nosotros, ¿No te encantaba eso de visitar una
ciudad cada vez? –Nick sonrió a su chica, y ésta le devolvió el gesto- Hemos de
llegar a Utah, ya sabes.
-Claro cariño, es sólo que... no sé, estoy un
poco cansada de viajar continuamente, día a día. ¿No crees que estaría bien
quedarnos de vez en cuando en algún sitio, unos días?
-Pajarito, esto no es sólo cosa mía. También
Jason comparte mi modo de vida. Los dos acordamos no separarnos nunca,
comprende que debamos seguir viajando.
-Je... sin duda eso es lo que me atrajo de ti,
cariño. Vives al límite, el presente, sigues el carpe diem al pie de la letra.
Tranquilo cariño, nunca te abandonaré. Eso sí, ¿Cómo es que nunca os detenéis
más de un día en el mismo sitio? ¿No os cansáis un poco a veces? ¿No tenéis
miedo de que se os acabe el dinero de la herencia de tu padre?
-Eso, pajarito, -Nick sonrió una vez más- lo comprenderás tú
misma en muy poco tiempo. Aún has de conocerme mejor. Créeme que lo vas a pasar
de cine conmigo, nena.
-Oouh, Nick. –la muchacha se levantó de un
salto, y fue a besar apasionadamente a su amante-
-¡Eh, pareja! –alguien hablaba, pegando golpes
al otro lado de la puerta- ¡Que es para hoy!
Desde detrás de la puerta, Jason metía
prisa. Resignados, Nick y Mary recogieron su ligero equipaje, y bajaron con
intención de coger su Ford Mustang y aventurarse por las rectas y solitarias
carreteras que los separaban de su próximo destino.
Conforme el viento golpeaba con
más fuerza el rostro de la muchacha, ésta iba riendo más, y más; incluso se le
escapó arrastrado por el viento el pañuelo rosado con lunares rojos que llevaba
atado al cuello. Pero a la chica no le importaba: se reía tanto, que incluso
contagió al joven calvo del asiento de atrás, conocido por el conductor como
uno de los hombres con menos tendencia a la carcajada fácil que había visto.
La razón de su risa maliciosa, era que Nick
había avistado a un par de personas a lo lejos, haciendo autostop: “Ya verás,
pajarito, vamos a darles un susto de muerte”, fue lo que éste le dijo a la
muchacha, mientras aceleraba al máximo el coche. A la chica le excitaba esa
sensación de superioridad, el hecho de pasar a escasa distancia de aquellos
pobres diablos a toda máquina, mofarse en su cara. Pero, lo que ocurrió luego
no era precisamente lo que ella se esperaba.
El coche se encontraba en posición
vertical, con el conductor y su copiloto visiblemente inconscientes, y aún
sujetos por su cinturón de seguridad. Tuvieron que pasar cinco minutos hasta
que un coche llegó al lugar de los hechos y advirtió, horrorizado, la escena.
Sin pensarlo dos veces, el buen samaritano que conducía aquel Chevrolet azul
acudió al rescate de las víctimas; con
cuidado de no tocar demasiado el coche, (no fuera que metiera la pata y
aplastara a la pobre pareja debajo de él), retiró las sujeciones de ambos
accidentados y los tendió en el suelo. Volvieron en sí casi a la vez.
-Oh, dios... dios... Nick... ¡Los hemos
matado! –la muchacha no dejaba de mirar a los dos cadáveres que yacían a un par
de metros del arcén de la carretera, segundos después de recuperar la
consciencia- ¡Los hemos matado! Nick, dios mío, ¿¡Qué hemos hecho!? ¡Somos unos
asesinos!
-Cálmate pajarito, todo va según lo planeado.
El pobre hombre que acababa de ayudar a la
pareja, escuchó confundido las palabras del joven rubio. A los pocos segundos,
Jason salía de la parte de detrás del coche, arrastrándose y visiblemente
herido, aunque leve... apuntándole a la cabeza con un revólver mágnum de
calibre 38, el cual pronto expulsaría una bala.
-¡¡Oh dios mío!! Nick, ¡¡Jason se ha vuelto
loco!! ¡¡Acaba de dispararle un tiro a la cabeza!! ¡¡Oh dios mío!! –Mary,
nerviosa y asustada, no creía lo que estaba viendo-
Su pareja no la escuchó; estaba demasiado
ocupado registrando el fresco y reciente cadáver, en busca de su cartera. Mary,
que en ese momento al fin comprendió que se había enamorado del último hombre
que hubiera deseado conocer en su vida, salió corriendo aterrorizada hacia el
Chevrolet azul del ya cadáver buen samaritano. Cuando aún le faltaban un par de
metros, todo su cuerpo se desplomó hacia adelante, y de sus rubios cabellos
empezó a manar una fuente de sangre.
-Bueno, Jason, parece que sigo sin gustar
mucho a las chicas. –Nick devolvió el revólver a su amigo, que contemplaba la
escena a su lado-
-Sí Nick, definitivamente el mundo no nos
comprende. Tendrás que buscarte otro pajarito, je je je.
Los fugitivos registraron rápidamente los
tres cadáveres cuya cartera aún no estaba en sus manos. Después de contar su
botín (noventa dólares), entre risas, subieron al Chevrolet azul aún aparcado
en el arcén de la larga carretera, y emprendieron una vez más su viaje sin fin,
sin destino.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Madre mía, me merezco ser el relato menos votado sólo por el desastre que estoy haciendo. Bueno, añado aquí la canción en cuestión del relato "ALMAS LIBRES": Runaways (Brother Firetribe).
http://www.youtube.com/watch?v=X6nXMj3tcVk (incluye letra)
Incongruente (desconectado)
Fecha de ingreso: 10 de Junio de 2008
DanielTurambar (conectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
Vixa (desconectado)
Fecha de ingreso: 12 de Mayo de 2008
Bueno, viendo la temática de este mes y viendo que voy falto de inspiración y sobre todo tiempo, ruego que me discupéis por el siguiente off-topic, pero es que tenía algo muy pequeño que encaja con la temática, pero que no cuadra con ninguna otra base del concurso y me gustaría compartirlo con vosotros:
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DanielTurambar (conectado)
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
Bien, visto que habéis decidido que mi relato es el menos malo de todos los presentados me veo aquí, investido con la vara de mayordomo, abriendo la segunda entrega del certamen. Recuerdo que no estaría de más revisar la bases resumidas como mínimo.
No podré participar y creo que en calidad de árbitro tampoco deberái votar así que podéis mandarme un mensaje privado cuando publiquéis vuestros relatos dándoos a conocer, a modo de plica.
El tema.
Había pensado en el tópico sexo, drogras, y rock & roll, pero tampoco es plan de llenar esto de porno, apología del lsd y lo mismo hay quien prefiere a Camarón en lugar de a Led Zeppelin. Así que para el tema lo que os voy a pedir es que elijáis un tema musical (vendría bien que pusiérais un enlace a youtube, goear, etc. donde poder escucharlo) de cualquier estilo y a partir de él elaboréis vuetro relato (en cierto modo os doy tema libre, lo sé) Espero que se tenga en cuenta a la hora de vota la adecuación de la música al relato. Bueno si os parece una parida de tema me ponéis verde en el hilo de comentarios. Así pues elegid un tema musical y ¡escribid malditos, escribid!
Tenéis hasta el Jueves 26 de febrero (sí, un día más esta vez provemos a ver qué tal) a las 23:59:59 hora de Madrid (pa' friki yo).
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