IV Certamen de Relatos de Usuarios de Bubok
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Y todo el campo un momento
Se queda, mudo y sombrío,
Meditando. Suena el viento
En los álamos del río.
(A. Machado, Soledades)
Collioure
La ambulancia, convertida en un improvisado camión, recorría los verdes paisajes que tanto caracterizaban a los bosques catalanes en aquella época del año.
Todo había sido muy precipitado. En otras circunstancias, Antonio hubiera deseado coger el barco o el tren. “Un vehículo con clase para un hombre con clase” pensó entre divertido y triste (que no con ironía) mientras que la camioneta, atestada de refugiados, proseguía su marcha.
Su madre, una mujer mayor y casi ciega, dormía plácidamente junto él. Antonio le besó la mano y en un susurro, le dijo que todo iría bien, que en Francia podrían empezar de nuevo.En la camioneta, un miliciano miraba con aire embobado a ninguna parte. Al fondo, una pareja de novios permanecía con las manos entrelazadas ymurmurando disparates. Antonio los observó con simpatía. Nadie les decía nada. Eran felices.
Por fin cruzaron Los Pirineos. Desde allí, tomaron un tren que les llevaría hasta Collioure. En la estación, Antonio contempló a la muchedumbre que trataba de subirse a los vagones. Al ver a toda aquella gente, se acordó de los refugios antiaéreos y del llanto de las mujeres. Inmediatamente desechó aquellos pensamientos de su cabeza.
Lo único que de verdad le consolaba era que Leonor no estuviera allí. Pese a que hacía más de veinte años que la muerte de su mujer le atormentaba, aquel pensamiento era una bendición. No quería imaginarla despidiéndose de sus padres o abandonando, entre lágrimas, su casa de Valencia (en el caso de que la hubieran tenido, claro)…No, cargar con su madre ya le parecía demasiado doloroso. Por una vez, la vida le había hecho un gran favor al poeta.
Pero aún así, el recuerdo de Leonor le infundía una enorme tristeza. De repente, se vio a si mismo al lado de la cama donde la joven permanecía enferma. ¡Antes había estado tan llena de vida! El silbido del tren le hizo volver a la realidad. Cogió a su madre cariñosamente del brazo y le dijo.
- Vamos.
Y subieron al tren. Durante el viaje, recordó todo lo que había pasado en los últimos meses. Unas semanas antes, todavía había alcanzado a hablar con Negrín.
- ¿Podremos volver? – le preguntó.
El político no supo que responder pero por la cara que puso, Antonio ya sabía que las cosas se iban a poner muy difíciles. Aún así, todavía dudaba.
La decisión de marcharse llegó unos días después. Mientras preparaba la mesa para la cena, la radio le confirmó sus peores temores. El vencedor no tendría piedad con el vencido. Ya Inglaterra y otros países europeos se habían apresurado a reconocer al nuevo régimen.
- ¡Se acabó! – dijo mientras arrojaba el mantel al suelo – ¡Estoy harto de todas estas historias! Me marcho a Francia.
Y ni que decir tiene que cumplió su promesa.
¡Iba a echar de menos tantas cosas! Todavía recordaba al bueno de don Miguel, al pobre Federico y a otros amigos que no habían podido llegar a ver el terrible desastre que la guerra había causado. Se preguntó que pasaría con Max y con los jóvenes Miguel y Rafael. Con un poco de suerte, tal vez ya hubieran abandonado el país. Recordó también a su hermano Manuel, que prefirió quedarse en Burgos, a la espera de ver qué rumbo tomarían los acontecimientos. Su despedida fue menos calurosa de lo que hubiera deseado. Un escueto apretón de manos y poco más. Quedaron en volverse a ver, aunque tanto uno como otro sabían que, al final, las palabras se las llevaba el viento.
Finalmente llegaron a Collioure. Allí recibió la visita de algunos exiliados. Le hablaban de cómo marchaban las cosas en España, del camino que habían tomado algunos de sus antiguos compañeros, de su hermano… El poeta, que procuraba parecer alegre y despreocupado, hacía las delicias de sus invitados, satisfechos al ver que su amigo seguía manteniendo su habitual entusiasmo. Pero Antonio sabía que no era así. En su mente, aparte del imborrable recuerdo de Leonor, estaba Soria. Siempre Soria…
A las pocas semanas de llegar, su madre falleció. A Antonio esta noticia no le sorprendió demasiado, pero fue un golpe que hubiera querido postergar. Había muerto durante la noche, calladamente. Al día siguiente, cuando entró en su habitación, la encontró arropada bajo las sábanas de la cama, como si aun estuviera durmiendo. El poeta le besó en la frente y permaneció un rato abrazada a ella. El entierro fue bastante emotivo. El pueblo había acogido con bastante cariño al poeta, al que muchos ya le habían cambiado su nombre por el Antoine.
- No entendemos – le decía el alcalde en un torpe español– como usted ha podido acabar aquí. En nuestro país honramos a los poetas, no nos deshacemos de ellos.
- Ya quisieran en España pensar así… – añadió él – Tanto unos como otros…
Y desvió la conversación hacia la última obra de teatro que se había estrenado en París.
A Antonio le gustaba callejear y de vez cuando se dejaba caer por un café que frecuentaban otros republicanos exiliados. Allí se enteró por unos conocidos que Manuel quería reunirse con él. Pero ni a su hermano le dejaban salir de España ni él podía volver. ¡Otro disgusto más cubría el cada vez más desanimado y apagado corazón del poeta!
La paciencia de Antonio había llegado al límite. Se sentía cansado, se despegaba de la vida… ¡Habían sido tantas cosas!
Fue entonces cuando sucedió. Una intensísima fiebre se apoderó de él. Durante los siguientes meses tuvo que guardar cama. Ni siquiera podía escribir.
- “Ya he dicho todo cuanto tenía que decir” – pensó.
Una noche su estado empeoró. Llamaron al médico, quien lo único que pudo hacer fue pasearse de un lado a otro de la habitación. El enfermo ya tenía en su rostro el sello de la muerte. Antonio sonrió feliz. Ya no oía el estruendo de las bombas ni el llanto de las mujeres que abrazaban a sus hijos. Ni siquiera padecía la pena del aquel despiadado destierro. Rememoró los paseos por Soria en compañía de su joven mujer, los juegos con su hermano en el campo, las tertulias en el café junto con sus amigos escritores… Y después… la nada.
Al día siguiente le dieron sepultura. Una bandera española y otra francesa cubrieron el féretro, aunque aquel día poco importaron los símbolos. La noticia conmocionó al exilio. Desde Madrid, el nuevo embajador español en Francia recibió órdenes tajantes. No dejaron que el cuerpo de Antonio regresara a España.
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JUGUETES ROTOS
Era como un juguete roto. Uno de aquellos juguetes que de niño dejabas apartado en un rincón y reencontrabas años después, viejo y sucio, con su desperfecto aún intacto. Si lo encontrabas siendo aún un niño, un niño con más y mejores juguetes, la mayoría nuevos, perfectos, lo más normal era que terminases sin prestarle atención, perdiéndolo para siempre. A veces podía suceder que te lo volvías a cruzar demasiado tarde, cuando el recuerdo de que lo habías tenido ya había desaparecido, y con el recuerdo también se había desvanecido todo su valor, entonces lo más normal es que acabase en una bolsa de basura para terminar de pudrirse en un vertedero.
Pero también quedaba otra opción, podías tener la suerte de reencontrarlo en el momento justo, cuando eres un niño que deja de serlo, cuando toda la concepción que tenías del mundo empieza a cambiar, cuando empiezas a olvidar, pero te resistes a ello. Si lo encuentras en ese preciso instante, entonces ese juguete, viejo y olvidado, perdido en algún cajón, caja o recoveco de tu casa, perdido al borde del abismo de la memoria, recupera un valor que jamás había poseído. Se convierte en un símbolo, en la prueba fehaciente más allá de tus recuerdos confusos que tuviste una infancia plácida. Y precisamente lo que hizo que en su momento cayera en el olvido, su desperfecto, es lo que a partir de entonces lo convierte en algo tan especial, tan singular, en algo capaz de ejercer un vínculo firme con tu pasado. Sin la tara sería simplemente algo vulgar, otro objeto sin valor ni significado.
Aún recuerdo mi primera impresión, la primera imagen que se estampó en mi retina, cuando la vi por primera vez en aquel bar. Estaba sentada en la barra, apoyando su barbilla sobre el dorso de su mano izquierda, mientras, con la derecha, removía con una pajita una bebida cuyos hielos ya se habían desvanecido. No le vi sus ojos, no en ese primer contacto, miraba hacia algún lugar más allá de las botellas de alcohol amontonadas en el estante, por su expresión, se intuía que andaba perdida muy lejos de allí. No pude evitar acercarme, me senté a su lado y me quedé mirándola embelesado. No sé cuanto tiempo pasó hasta que ella lo percibió y me dedicó su primera mirada.
La recuerdo perfectamente, era una mirada familiar, y precisamente por eso mi corazón dio un vuelco cuando esos dos ojos oscuros, profundos como pozos, vidriosos, definitivamente tristes, se posaron sobre mí. Definitivamente la tristeza y melancolía le sentaban bien. Estaba claro que era un juguete roto, y como tal poseía todo su encanto, parecía que la había encontrado en el momento justo, se parecía tanto a Sara...
Fue tan fuerte la impresión que para romper el hielo, la tensa espera que se produce en silencio cuando dos extraños cruzan sus miradas, esperando algo, sin saber muy bien que, que lo único que pude decirle fue lo que pensaba, y aunque fuese por una sola vez le fui completamente sincero. Sin pensarlo las palabras tomaron forma en algún lugar lejos de mi consciencia y fueron pronunciadas en un acto meditadamente impulsivo:
-Pareces una chica triste, y la tristeza te sienta tan bien...
Ella sonrió, una sonrisa cargada de ironía que sólo acentuó su melancolía. Fue una breve sonrisa a la que sucedió un breve silencio que me pareció eterno. Finalmente, dejó caer su mirada, y, suspirando, susurró como si se lo dijera para sí misma:
-Vaya, tanto se me nota...
Luego rompió a llorar, se abrazó a mí y continuó llorando hasta agotar su última lágrima. Dos desconocidos abrazados ahogando sus penas frente la barra de un bar. No me sentí extraño, ni tan siquiera incómodo, de hecho fue una sensación tan familiar... fue como volver a abrazar a Sara, se le parecía tanto... Pero no era ella. Sin embargo recuperé por un momento una sensación que creía haber olvidado. Así fue como conocí a Laura.
Sara era una chica guapa, eso era algo que hubiese resultado evidente incluso para un ciego, era una chica en que todo el mundo se fijaba, pero a la que difícilmente nadie se acercaba. Era una fina muñeca de porcelana, frágil, distante, esquiva, por eso siempre estaba sola. Mi primer encuentro con ella fue en la cafetería de la universidad, de eso ya hace diecinueve años.
Estaba sola en una mesa, desayunaba, parecía comer sin hambre, luego comprendí que todo lo hacía con un desinterés que era algo más que aparente. Masticaba sin apenas mover la mandíbula, con los labios completamente cerrados, la cabeza levantada y la mirada perdida. Sólo bajaba la mirada cuando tenía que recoger la comida con el tenedor para llevársela a la boca, luego la volvía a levantar y volvía a perderse en un horizonte lejano. Masticaba despacio, y entre bocado y bocado le daba tiempo a viajar muy lejos de allí. La observé fascinado. Nunca había visto una mujer tan bella, su nariz era fina, pequeña y simpática. Su tez era pálida, un color que en cualquier otra persona hubiese resultado casi enfermizo, pero cuyo contraste con su negra melena y el rojo de unos labios breves y carnosos componían la imagen de un ser casi celestial, un ángel caído. Sus ojos, pese a no querer transmitir fuerza alguna, conseguían transmitir una ternura innata. Su mirada era de las más tristes que he visto jamás. Su cuerpo era esbelto, fino, nada voluptuoso, pero con unas formas femeninas agradables, tenía poco pecho, poca cintura, poco culo, tenía poco de todo, pero resultaba proporcionada, frágil, no podía ser de otra forma. Era bella, simplemente bella, bella sin ser sensual, morbosa o sexy, bella como una estatua de Miguel Ángel, perfecta fría y distante.
Sara siempre fue una chica triste, ella nunca fue un juguete roto, simplemente defectuoso. Pero su defecto despertaba ternura. Era como uno de esos gatos que te cruzas a veces por la calle. Esos gatos que no son gatos callejeros, más bien gatos abandonados, animales que se sienten perdidos y por los que pronto sientes el deseo de protegerlos. Sara, des del primer momento, nada más pisar este mundo fue como un gato abandonado. Para ella vivir el día a día era como para un gato doméstico vivir en la calle. Des del primer momento que la vi me pareció una chica desubicada, perdida. Nunca supe el porqué, y cuando se lo preguntaba, cuando le pedía que motivos podía tener una chica tan bonita para no sonreír nunca más allá de gestos confusos que casi nunca parecían transmitir alegría, ella lo único que podía hacer era limitarse a encogerse de hombros y luego cogerme la mano mientras me miraba en un tono conciliador, en sus ojos podía leerse: “tranquilo cariño, tú no tienes la culpa, no puedes hacer nada al respecto, soy así, siempre he sido así”.
Era una chica triste, y aunque me doliese muchas veces, debo admitir que era una chica a la que la tristeza le sentaba bien. Me atraía, me subyugaba, y a pesar de su enorme belleza, estoy convencido que fue esa actitud distante la que hizo que me enamorase perdidamente de ella. Pero mientras yo podía comprender porque me atraía, nunca conseguí entender porque estaba conmigo, de hecho siempre he dudado de si en algún momento llegó a quererme.
Aún desconozco como pude reunir las fuerzas necesarias para ir a su encuentro, para hablarle, pese a su fragilidad, su belleza intimidaba. Sin embargo me recibió con total amabilidad, con total indiferencia. Fue entonces cuando descubrí que no tenía muchos amigos, que no tenía interés en conocer a la gente. Cuando lo pienso fríamente creo que realmente nunca llegó a quererme, posiblemente nunca llegó a sentir ni tan siquiera un cariño especial hacia mí. Nunca le importé, como nunca le importó nada de este mundo, simplemente me escogió porque le resultaba la opción más cómoda. Pero aún así yo la quise, la quise como no he querido a nadie en este mundo. Y Laura se le parece tanto...
Esa noche Laura me lo explicó todo. “Cáncer, murió de cáncer”, con esta frase se resume todo. Esa era la razón por la que estaba sola esa noche en ese bar. Ese era el motivo por el que estaba tan triste. Tenía treinta y dos años, se iba a casar. Se iba a casar con su novio de toda la vida, el novio que había conocido en el instituto, diecisiete años de noviazgo y entonces el diagnóstico. Fue rápido, no hubo opción, ni tan siquiera tiempo para hacerse la idea. “Fue como enviudar sin haber estado casada, fue como perderlo todo”. Con treinta y cinco años había hecho el acopio de valor necesario para intentar recomponer su vida, quería seguir adelante, por eso estaba en ese bar. “Creí que no podría, él siempre había sido más fuerte que yo, siempre había tirado de mí”. Entonces lo comprendí, Laura no era como Sara, ella simplemente era un juguete roto, un juguete que se puede arreglar. Pese a irnos a la cama juntos esa noche no hicimos el amor, a ninguno nos apetecía. Simplemente dormimos abrazados.
El destino es algo curioso, yo necesitaba alguien de quien tirar, alguien para recordar lo que creía mejor olvidar. Ella necesitaba un soporte, una persona que tirase de ella. Ambos éramos juguetes rotos, juguetes perdidos que se reencuentran en el momento justo. Pero pese a que después de aquel día nunca nos hemos separado, creo que nunca hemos vuelto a mirar adelante. Como ya he dicho somos dos juguetes rotos y para lo único que servimos es para establecer un vínculo con el pasado. Nunca se lo he dicho, pero cuando miro a Laura sólo puedo ver a Sara, como hubiese podido ser nuestra vida si hubiese sido capaz de sonreír. Y cada vez que Laura me mira tengo la sensación que ve en mí la vida que hubiese tenido al lado de Pedro.
Recuerdo lo que me dijo Laura esa noche: “No fue justo, no había hecho daño a nadie, era una buena persona, tenía toda la vida por delante, ¿por qué tuvo que morir?”. Cada vez que pienso en esa pregunta llego a la misma conclusión: simplemente no vivimos en un mundo justo, pero a veces parece que la vida se empeña en darnos lo suficiente para que creamos que merezca la pena seguir adelante. Supongo que Sara nunca supo conformarse.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Bueno, tras leer el mensaje de Daniel he intentado reducir un poco más el texto. He bajado de la barrera de las 1600 palabras para dejarlo en 1596.
Espero que con esto sirva para que pueda entrar en ese aproximadamente de las bases:
JUGUETES ROTOS
Era como un juguete roto. Uno de aquellos juguetes que de niño dejabas apartado en un rincón y reencontrabas años después, viejo y sucio. Si lo encontrabas siendo aún un niño, un niño con más y mejores juguetes, lo más normal era que terminases sin prestarle atención, perdiéndolo para siempre. También podía suceder que te lo volvieses a cruzar demasiado tarde, cuando no recordabas haberlo tenido. Y con el recuerdo también se había desvanecido todo su valor, entonces lo más normal era que terminase pudriéndose en algún vertedero.
Pero también quedaba otra opción, podías tener la suerte de reencontrarlo en el momento justo, cuando eres un niño que deja de serlo, cuando toda la concepción que tenías del mundo empieza a cambiar, cuando empiezas a olvidar, pero te resistes a ello. Si lo encuentras en ese preciso instante, entonces ese juguete, viejo y olvidado, perdido en algún rincón, perdido al borde del abismo de la memoria, recupera un valor que jamás había poseído. Se convierte en un símbolo, en la prueba fehaciente más allá de tus recuerdos confusos de una infancia plácida. Y precisamente lo que hizo que en su momento cayera en el olvido, su desperfecto, es lo que a partir de entonces lo convierte en algo tan singular, en algo capaz de establecer un vínculo firme con tu pasado. Sin la tara sería algo vulgar, otro objeto sin valor ni significado.
Aún recuerdo mi primera impresión, la primera imagen que se estampó en mi retina, cuando la vi por primera vez en aquel bar. Estaba sentada en la barra, apoyando su barbilla sobre el dorso de su mano izquierda, mientras, con la derecha, removía con una pajita una bebida cuyos hielos ya se habían desvanecido. No le vi sus ojos miraba hacia algún lugar más allá de las botellas de alcohol amontonadas en el estante, por su expresión, se intuía que andaba perdida muy lejos de allí. No pude evitar acercarme, sentarme a su lado y quedarme mirándola embelesado. No sé cuanto tiempo pasó hasta que ella lo notó y me miró.
La recuerdo perfectamente, era una mirada familiar, y precisamente por eso mi corazón se encogió cuando esos dos ojos oscuros, profundos, vidriosos, definitivamente tristes, se posaron sobre mí. La tristeza y melancolía le sentaban bien. Estaba claro que era un juguete roto, y como tal poseía todo su encanto, y lo había encontrado en el momento justo, se parecía tanto a Sara...
Fue tan fuerte la impresión que para romper el hielo lo único que pude decirle fue lo que pensaba, y aunque fuese por una sola vez le fui completamente sincero. Sin pensarlo las palabras tomaron forma en algún lugar lejos de mi consciencia y fueron pronunciadas en un acto impulsivo:
-Pareces una chica triste, y la tristeza te sienta tan bien...
Ella sonrió, una sonrisa cargada de ironía que sólo acentuó su melancolía. Fue una breve sonrisa que precedió un breve silencio que me pareció eterno. Finalmente, dejó caer su mirada, y, suspirando, susurró:
-Vaya, tanto se me nota...
Luego rompió a llorar, se abrazó a mí y continuó llorando hasta agotar su última lágrima. Dos desconocidos abrazados ahogando sus penas frente la barra de un bar. No me sentí extraño, ni tan siquiera incómodo, de hecho fue una sensación tan familiar... fue como volver a abrazar a Sara, se le parecía tanto... Pero no era ella. Sin embargo recuperé por un momento una sensación que creía haber olvidado. Así fue como conocí a Laura.
Sara era una chica guapa, eso era algo que hubiese resultado evidente incluso para un ciego. Era una chica en la que todo el mundo se fijaba, pero a la que difícilmente nadie se acercaba. Era una fina muñeca de porcelana, frágil, distante, esquiva, por eso siempre estaba sola. Mi primer encuentro con ella fue en la cafetería de la universidad, de eso ya hace diecinueve años.
Estaba sola en una mesa, desayunaba, parecía comer sin hambre, luego comprendí que todo lo hacía con un desinterés que era algo más que aparente. Masticaba sin mover la mandíbula, con los labios completamente cerrados, la cabeza levantada y la mirada perdida. Sólo bajaba la mirada cuando tenía que recoger la comida con el tenedor para llevársela a la boca, luego la volvía a levantar y volvía a perderse en un horizonte lejano. Masticaba despacio, y entre bocado y bocado le daba tiempo a viajar muy lejos de allí. La observé fascinado. Nunca había visto una mujer tan bella, su nariz era fina. Su tez era pálida, un color que en cualquier otra persona hubiese resultado enfermizo, pero cuyo contraste con su negra melena y el rojo de unos labios breves y carnosos componían la imagen de un ser casi celestial, un ángel caído. Sus ojos, pese a carecer de toda fuerza, conseguían transmitir una ternura innata.
Su cuerpo era esbelto, fino, nada voluptuoso, pero con unas formas femeninas agradables, tenía poco pecho, poca cintura, poco culo, tenía poco de todo, pero resultaba proporcionada, frágil, no podía ser de otra forma. Era bella, simplemente bella, bella sin ser sensual, morbosa o sexy, bella como una estatua de Miguel Ángel, perfecta, fría y distante.
Sara siempre fue una chica triste, ella nunca fue un juguete roto, simplemente defectuoso. Pero su defecto despertaba ternura. Era como uno de esos gatos que te cruzas a veces por la calle. Esos gatos que no son gatos callejeros, más bien gatos abandonados, animales que se sienten perdidos y por los que pronto sientes el deseo de protegerlos. Sara, des del primer momento, nada más pisar este mundo fue como un gato abandonado. Para ella vivir el día a día era como para un gato doméstico vivir en la calle. Des del primer momento que la vi me pareció una chica desubicada, perdida. Nunca supe el porqué, y cuando se lo preguntaba, cuando le pedía que motivos podía tener una chica tan bonita para no sonreír nunca, ella lo único que podía hacer era limitarse a encogerse de hombros y luego cogerme la mano mientras me miraba en un tono conciliado. En sus ojos podía leerse: “tranquilo cariño, tú no tienes la culpa, no puedes hacer nada al respecto, soy así, siempre he sido así”.
Era una chica triste, y aunque me doliese muchas veces, debo admitir que era una chica a la que la tristeza le sentaba bien. Me atraía, me subyugaba, y a pesar de su enorme belleza, estoy convencido que fue esa actitud distante la que hizo que me enamorase perdidamente de ella. Pero mientras yo podía comprender porque me atraía, nunca conseguí entender porque estaba conmigo.
Aún desconozco como pude reunir las fuerzas necesarias para ir a su encuentro, para hablarle, pese a su fragilidad, su belleza intimidaba. Sin embargo me recibió con total amabilidad, con total indiferencia. Fue entonces cuando descubrí que no tenía muchos amigos, nunca tuvo interés en conocer gente. Cuando lo pienso fríamente creo que realmente nunca llegó a quererme. Creo que ni tan siquiera llegué a importarle, como nunca le importó nada de este mundo. Simplemente me escogió porque le resultaba la opción más cómoda. Pero aún así yo la quise, la quise como no he querido a nadie en este mundo. Y Laura se le parece tanto...
Esa noche Laura me lo explicó todo. “Cáncer, murió de cáncer”, con esta frase se resume todo. Esa era la razón por la que estaba sola esa noche en ese bar. Ese era el motivo por el que estaba tan triste. Tenía treinta y dos años, se iba a casar. Se iba a casar con su novio de toda la vida, el novio que había conocido en el instituto, diecisiete años de noviazgo y entonces el diagnóstico. Fue rápido, no hubo opción, ni tan siquiera tiempo para hacerse la idea. “Fue como enviudar sin estar casada”. Con treinta y cinco años había hecho el acopio de valor necesario para intentar recomponer su vida, quería seguir adelante, por eso estaba en ese bar. “Creí que no podría, él siempre había sido más fuerte que yo, siempre había tirado de mí”. Entonces lo comprendí, Laura no era como Sara, ella simplemente era un juguete roto, un juguete que se puede arreglar. Pese a irnos a la cama juntos esa noche no hicimos el amor, a ninguno nos apetecía. Simplemente dormimos abrazados.
El destino es algo curioso, yo necesitaba alguien de quien tirar, alguien para recordar lo que creía mejor olvidar. Ella necesitaba un soporte, una persona que tirase de ella. Ambos éramos juguetes rotos, juguetes perdidos que se reencuentran en el momento justo. Pero pese a que después de aquel día nunca nos hemos separado, creo que nunca hemos vuelto a mirar adelante. Somos dos juguetes rotos y para lo único que servimos es para establecer un vínculo con el pasado. Nunca se lo he dicho, pero cuando miro a Laura sólo puedo ver a Sara, como hubiese sido nuestra vida si hubiese sido capaz de sonreír. Y cada vez que Laura me mira tengo la sensación que ve en mí la vida que hubiese tenido al lado de Pedro.
Recuerdo lo que me dijo Laura esa noche: “No fue justo, no había hecho daño a nadie, era una buena persona, tenía toda la vida por delante, ¿por qué tuvo que morir?”. Cada vez que pienso en esa pregunta llego a la misma conclusión: simplemente no vivimos en un mundo justo, pero a veces parece que la vida se empeña en darnos lo suficiente para que creamos que merezca la pena seguir adelante. Supongo que Sara nunca supo conformarse.
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
He hecho un último es fuerzo, 1464 palabras, espero que sea suficiente.
JUGUETES ROTOS
Era como un juguete roto. Uno de aquellos juguetes que de niño dejabas apartado en un rincón y reencontrabas años después, viejo y sucio. Si lo encontrabas siendo aún un niño, un niño con más y mejores juguetes, lo normal era no prestarle atención, perdiéndolo para siempre. También podía suceder que te lo volvieses a cruzar tarde, cuando no recordabas haberlo tenido. Y que con el recuerdo también se hubiese desvanecido todo su valor, entonces lo más normal era que terminase pudriéndose en algún vertedero.
Pero quedaba otra opción, podías tener la suerte de reencontrarlo en el momento justo, cuando eres un niño que deja de serlo, cuando toda la concepción que tienes del mundo empieza a cambiar, cuando empiezas a olvidar, pero te resistes a ello. Si lo encuentras en ese preciso instante, entonces ese juguete, viejo y olvidado, perdido en algún rincón, perdido al borde del abismo de la memoria, recupera un valor que jamás había poseído. Se convierte en un símbolo, en la prueba fehaciente, más allá de tus recuerdos confusos, de una infancia plácida. Y lo que hizo que en su momento cayera en el olvido, su desperfecto, es lo que lo convierte en algo tan singular, en algo capaz de establecer un vínculo firme con tu pasado. Sin la tara sería algo vulgar, otro objeto sin valor ni significado.
Aún recuerdo mi primera impresión cuando la vi por primera vez en aquel bar. Estaba sentada en la barra, apoyando su barbilla sobre el dorso de su mano izquierda, mientras, con la derecha, removía con una pajita una bebida cuyos hielos ya se habían desvanecido. No le vi sus ojos, miraba hacia algún lugar más allá de las botellas de alcohol amontonadas en el estante, por su expresión, se intuía que andaba perdida muy lejos de allí. No pude evitar acercarme, sentarme a su lado y quedarme mirándola. No sé cuanto tiempo pasó hasta que ella lo notó y me miró.
La recuerdo perfectamente, era una mirada familiar, y precisamente por eso mi corazón se encogió cuando esos dos ojos oscuros y tristes, se posaron sobre mí. La tristeza y melancolía le sentaban bien. Estaba claro que era un juguete roto, y como tal poseía todo su encanto, y lo había encontrado en el momento justo, se parecía tanto a Sara...
La impresión fue tan fuerte que lo único que pude decirle fue lo que pensaba, y aunque fuese por una sola vez le fui completamente sincero:
-Pareces una chica triste, y la tristeza te sienta tan bien...
Ella sonrió, una sonrisa cargada de ironía que sólo acentuó su melancolía. Fue una breve sonrisa que precedió un largo silencio. Finalmente, dejó caer su mirada, y, suspirando, susurró:
-Vaya, tanto se me nota...
Rompió a llorar, se abrazó a mí y continuó llorando hasta agotar su última lágrima. Dos desconocidos abrazados, ahogando sus penas frente la barra de un bar. No me sentí extraño, ni tan siquiera incómodo, de hecho fue una sensación tan familiar... fue como volver a abrazar a Sara, se le parecía tanto... Pero no era ella. Sin embargo recuperé por un momento una sensación que creía haber olvidado. Así fue como conocí a Laura.
Sara era una chica guapa, eso era algo evidente. Una chica en la que todo el mundo se fijaba, pero a la que difícilmente nadie se acercaba. Era una fina muñeca de porcelana, frágil, distante, esquiva, por eso siempre estaba sola. Mi primer encuentro con ella fue en la cafetería de la universidad, hace ya diecinueve años.
Estaba sola en una mesa, desayunaba, parecía comer sin hambre, luego comprendí que todo lo hacía con un desinterés que era algo más que aparente. Masticaba sin mover la mandíbula, con los labios sellados, la cabeza levantada y la mirada perdida. Sólo bajaba la mirada cuando tenía que recoger la comida para llevársela a la boca, luego la volvía a levantar y se perdía en un horizonte lejano. Masticaba despacio, y entre bocado y bocado le daba tiempo a viajar lejos de allí. La observé fascinado. Nunca había visto una mujer tan bella. Su nariz era fina. Su tez era pálida, un color que en la mayoría hubiese resultado enfermizo, pero cuyo contraste con su negra melena y el rojo de unos labios breves y carnosos componían la imagen de un ser casi celestial, un ángel caído. Sus ojos, pese a carecer de toda fuerza, conseguían transmitir una ternura innata.
Su cuerpo era esbelto, fino, nada voluptuoso, pero con unas formas femeninas agradables, tenía poco pecho, poca cintura, poco culo, tenía poco de todo, pero resultaba proporcionada, frágil, no podía ser de otra forma. Era bella, simplemente bella, bella sin ser sensual, morbosa o sexy, bella como una estatua de Miguel Ángel, perfecta, fría y distante.
Sara siempre fue una chica triste, ella nunca fue un juguete roto, simplemente defectuoso. Pero su defecto despertaba ternura. Era como uno de esos gatos que te cruzas por la calle. Esos gatos que no son gatos callejeros, más bien gatos abandonados, animales que se sienten perdidos y no puedes evitar desear proteger. Sara siempre fue como un gato abandonado. Para ella vivir el día a día era como para un gato doméstico vivir en la calle. Nada más verla me pareció una chica desubicada, perdida. Nunca supe el porqué. Cuando se lo preguntaba, cuando le pedía que motivos podía tener una chica tan bonita para no sonreír nunca, ella lo único que hacía era encogerse de hombros y cogerme la mano mientras me miraba con ternura. En sus ojos podía leerse: “tranquilo cariño, tú no tienes la culpa, simplemente soy así”.
Era una chica triste, y aunque me doliese, debo admitir que era una chica a la que la tristeza le sentaba bien. Me atraía, me subyugaba, y a pesar de su belleza, estoy convencido que fue esa actitud distante la que hizo que me enamorase perdidamente de ella. Pero mientras yo comprendía porque me atraía, nunca entendí porque estaba conmigo.
Aún desconozco como pude reunir las fuerzas necesarias para ir a su encuentro, para hablarle. Pese a su fragilidad, su belleza intimidaba. Sin embargo me recibió con total amabilidad, con total indiferencia. Fue cuando descubrí que no tenía muchos amigos, nunca tuvo interés en conocer gente. Cuando lo pienso fríamente creo que nunca llegó a quererme, que ni tan siquiera llegué a importarle, como nunca le importó nada de este mundo. Me escogió porque le resultaba la opción más cómoda. Pero, aún así, yo la quise, la quise como no he querido a nadie en este mundo. Y Laura se le parece tanto...
Esa noche Laura me lo explicó. “Cáncer, murió de cáncer”, con esta frase se resume todo. Esa era la razón por la que estaba esa noche en el bar, el motivo de su tristeza. Tenía treinta y dos años, se iba a casar. Se iba a casar con su novio de toda la vida, el novio que conoció en el instituto, diecisiete años de noviazgo y entonces el diagnóstico. Fue rápido, no hubo opción, ni tan siquiera tiempo para hacerse la idea. “Fue como enviudar sin estar casada”. Con treinta y cinco años había reunido el valor necesario para intentar recomponer su vida, seguir adelante, por eso estaba en ese bar. “Creí que no podría, él siempre había sido más fuerte que yo, siempre había tirado de mí”. Entonces lo comprendí, Laura no era como Sara, ella simplemente era un juguete roto, un juguete que se puede arreglar. Pese a irnos a la cama juntos, esa noche no hicimos el amor, a ninguno nos apetecía. Simplemente dormimos abrazados.
El destino es curioso, yo necesitaba alguien de quien tirar, alguien para recordar lo que creía mejor olvidar. Ella necesitaba un soporte, una persona que tirase de ella. Ambos éramos juguetes rotos, juguetes perdidos que se reencuentran en el momento justo. Pero pese a que después de aquel día nunca nos hemos separado, nunca hemos vuelto a mirar adelante. Como juguetes rotos, lo único para que servimos es para establecer un vínculo con el pasado. Cuando miro a Laura sólo puedo ver a Sara, como hubiese sido nuestra vida si hubiese sido capaz de sonreír. Y cada vez que Laura me mira tengo la sensación que ve en mí la vida que hubiese tenido al lado de Pedro.
Recuerdo lo que me dijo Laura esa noche: “No fue justo, no había hecho daño a nadie, era una buena persona, tenía toda la vida por delante, ¿por qué tuvo que morir?”. Cada vez que pienso en esa pregunta llego a la misma conclusión: simplemente no vivimos en un mundo justo, pero a veces parece que la vida se empeña en darnos lo suficiente para que creamos que merezca la pena seguir adelante. Supongo que Sara nunca supo conformarse.
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1420 palabras, lo propuesto como máximo por Bizarro.
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JUGUETES ROTOS
Era como un juguete roto. Uno de aquellos juguetes que de niño dejabas apartado en un rincón y reencontrabas años después, viejo y sucio. Si lo encontrabas siendo aún un niño, un niño con más y mejores juguetes, lo normal era no prestarle atención, perdiéndolo para siempre. También podía suceder que te lo volvieses a cruzar tarde, cuando no recordabas haberlo tenido. Y que con el recuerdo también se hubiese desvanecido todo su valor, entonces lo más normal era que terminase pudriéndose en algún vertedero.
Pero quedaba otra opción, tener la suerte de reencontrarlo en el momento justo, cuando eres un niño que deja de serlo, cuando toda la concepción que tienes del mundo cambia, cuando empiezas a olvidar, pero te resistes a ello. Si lo encuentras en ese preciso instante, entonces ese juguete, viejo y olvidado, perdido en algún rincón, perdido al borde del abismo de la memoria, recupera un valor que jamás había poseído. Se convierte en un símbolo, en la prueba fehaciente, más allá de tus recuerdos confusos, de una infancia plácida. Y lo que hizo que en su momento cayera en el olvido, es lo que lo convierte en algo tan singular, en algo capaz de establecer un vínculo firme con tu pasado. Sin la tara sería algo vulgar, otro objeto sin valor ni significado.
Aún recuerdo mi primera impresión cuando la vi en aquel bar. Estaba sentada en la barra, apoyando su barbilla sobre el dorso de su mano izquierda, mientras, con la derecha, removía con una pajita una bebida cuyos hielos ya se habían desvanecido. No le vi sus ojos, miraba hacia algún lugar más allá de las botellas amontonadas en el estante. Intuía que andaba perdida muy lejos de allí. No pude evitar acercarme, sentarme a su lado y quedarme mirándola. No sé cuanto tiempo pasó hasta que ella lo notó y me miró.
La recuerdo perfectamente, era una mirada familiar, y precisamente por eso mi corazón se encogió cuando esos dos ojos oscuros y tristes, se posaron sobre mí. La tristeza y melancolía le sentaban bien. Estaba claro que era un juguete roto, y como tal poseía todo su encanto, y lo había encontrado en el momento justo, se parecía tanto a Sara...
La impresión fue tan fuerte que lo único que pude decirle fue lo que pensaba, y aunque fuese por una sola vez le fui completamente sincero:
-Pareces una chica triste, y la tristeza te sienta tan bien...
Ella sonrió, una sonrisa cargada de ironía que sólo acentuó su melancolía. Fue una breve sonrisa que precedió un largo silencio. Finalmente, dejó caer su mirada, y, suspirando, susurró:
-Vaya, tanto se me nota...
Rompió a llorar, se abrazó a mí y continuó llorando hasta agotar su última lágrima. Dos desconocidos abrazados, ahogando sus penas frente la barra de un bar. No me sentí extraño, ni tan siquiera incómodo, de hecho fue una sensación tan familiar... fue como volver a abrazar a Sara, se le parecía tanto... Pero no era ella. Sin embargo recuperé por un momento una sensación que creía haber olvidado. Así fue como conocí a Laura.
Sara era una chica guapa, eso era algo evidente. Una chica en la que todos se fijaban, pero a quien difícilmente nadie se acercaba. Era una fina muñeca de porcelana, frágil, distante, esquiva, por eso siempre estaba sola. Mi primer encuentro con ella fue en la cafetería de la universidad, hace ya diecinueve años.
Estaba sola en una mesa, parecía comer sin hambre, luego comprendí que todo lo hacía con un desinterés que era algo más que aparente. Masticaba sin mover la mandíbula, con los labios sellados, la cabeza levantada y la mirada perdida. Sólo bajaba la mirada cuando tenía que recoger la comida para llevársela a la boca, luego la volvía a levantar y se perdía en un horizonte lejano. Masticaba despacio, y entre bocado y bocado le daba tiempo a viajar lejos de allí. La observé fascinado. Nunca había visto una mujer tan bella. Su nariz era fina. Su tez era pálida, un color que en la mayoría hubiese resultado enfermizo, pero cuyo contraste con su negra melena y el rojo de unos labios breves y carnosos componían la imagen de un ser celestial, un ángel caído. Sus mirada, pese a carecer de fuerza, conseguía transmitir una ternura innata.
Su cuerpo era esbelto, fino, nada voluptuoso, pero con unas formas agradables, tenía poco pecho, poca cintura, poco culo, tenía poco de todo, pero resultaba proporcionada, frágil, no podía ser de otra forma. Era bella, simplemente bella, bella sin ser sensual, morbosa o sexy, bella como una estatua de Miguel Ángel, perfecta, fría y distante.
Sara siempre fue una chica triste, ella nunca fue un juguete roto, simplemente defectuoso. Pero su defecto despertaba ternura. Era como uno de esos gatos que te cruzas por la calle. Esos gatos que no son gatos callejeros, más bien gatos abandonados, animales que se sienten perdidos y no puedes evitar desear proteger. Sara siempre fue como un gato abandonado. Para ella vivir el día a día era como para un gato doméstico vivir en la calle. Nada más verla me pareció una chica desubicada, perdida. Nunca supe el porqué. Cuando se lo preguntaba, ella lo único que hacía era encogerse de hombros y cogerme la mano mientras me miraba con ternura. En sus ojos podía leerse: “tranquilo cariño, tú no tienes la culpa, simplemente soy así”.
Era una chica triste, y aunque me doliese, debo admitir que era una chica a la que la tristeza le sentaba bien. Me atraía, me subyugaba, y a pesar de su belleza, estoy convencido que fue esa actitud distante la que hizo que me enamorase de ella. Pero mientras yo comprendía porque me atraía, nunca entendí porque estaba conmigo.
Aún desconozco como pude reunir las fuerzas necesarias para ir a su encuentro, para hablarle. Pese a su fragilidad, su belleza intimidaba. Sin embargo me recibió con total amabilidad, con total indiferencia. Fue cuando descubrí que no tenía muchos amigos, nunca tuvo interés en conocer gente. Cuando lo pienso fríamente creo que nunca llegó a quererme, que ni tan siquiera llegué a importarle, como nunca le importó nada de este mundo. Me escogió porque le resultaba la opción más cómoda. Pero, aún así, yo la quise, la quise como no he querido a nadie en este mundo. Y Laura se le parece tanto...
Esa noche Laura me lo explicó. “Cáncer, murió de cáncer”, con esta frase se resume todo. Esa era la razón por la que estaba esa noche en el bar, el motivo de su tristeza. Tenía treinta y dos años, se iba a casar. Se iba a casar con su novio de toda la vida, diecisiete años de noviazgo y entonces el diagnóstico. Fue rápido, no hubo opción, ni tan siquiera tiempo para hacerse la idea. “Fue como enviudar sin estar casada”. Con treinta y cinco años había reunido el valor necesario para intentar recomponer su vida, seguir adelante, por eso estaba en ese bar. “Creí que no podría, él siempre había sido más fuerte que yo, siempre había tirado de mí”. Entonces lo comprendí, Laura no era como Sara, ella simplemente era un juguete roto, un juguete que se puede arreglar. Pese a irnos a la cama juntos, esa noche no hicimos el amor, a ninguno nos apetecía. Simplemente dormimos abrazados.
El destino es curioso, yo necesitaba alguien de quien tirar, alguien para recordar lo que creía mejor olvidar. Ella necesitaba un soporte, una persona que tirase de ella. Ambos éramos juguetes rotos, juguetes perdidos que se reencuentran en el momento justo. Pero pese a que después de aquel día nunca nos hemos separado, nunca hemos vuelto a mirar adelante. Como juguetes rotos, lo único para que servimos es para establecer un vínculo con el pasado. Cuando miro a Laura sólo puedo ver a Sara, como hubiese sido nuestra vida si hubiese sido capaz de sonreír. Y cada vez que Laura me mira tengo la sensación que ve en mí la vida que hubiese tenido al lado de Pedro.
Recuerdo lo que me dijo Laura esa noche: “No fue justo, no había hecho daño a nadie, era una buena persona, tenía toda la vida por delante, ¿por qué tuvo que morir?”. Cada vez que pienso en esa pregunta llego a la misma conclusión: simplemente no vivimos en un mundo justo, pero a veces parece que la vida se empeña en darnos lo suficiente para que creamos que merezca la pena seguir adelante. Supongo que Sara nunca supo conformarse.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
NAVIDAD
Han pasado tres o cuatro días. El aire va tomando cierto color de navidad. Sobre Almazán, que es como una vieja planta con tiernos tallitos verdes, se oye, a veces, entre el hervir de la calle, el dulce voltear, el cariñoso voltear de las campanas de alguna capilla. Las gentes se cruzan, presurosas. Nadie piensa en el de al lado, en ese hombre que a lo mejor va mirando para el suelo; con el estómago deshecho o un quiste en un pulmón o la cabeza destornillada.
En la calle de Torrijos, un perro agoniza en el alcorque de un árbol. Lo atropelló un coche por mitad de la barriga. Tiene los ojos suplicantes y la lengua fuera. Unos niños le hostigan con el pie. Asisten al espectáculo dos o tres docenas de personas..
Unos basureros se acercan al grupo del can moribundo, cogen al perro de las patas de atrás y lo tiran dentro del carrito. El animal da un profundo, un desalentado aullido de dolor cuando va por el aire. El grupo mira un momento para los basureros y se disuelve después. Cada uno tira para un lado. Entre las gentes hay, quizás, algún niño pálido que goza -mientras sonrie siniestramente, casi imperceptiblemente- en ver cómo el perro no acaba de morir ...
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Perricos y monetes.
En un espacio-tiempo inmaterial, allá donde acaban los personajes muertos en acto de servicio literario, un par de cánidos se lamen las heridas y comentan la jugada, cuando otro aparece por arte de birlibirloque, o lo que viene siendo lo mismo: por la mala follá de un escritorzuelo sensacionalista.
– Mira, ahí viene otro – comenta el un perro al que ni la tresemé da volumen.
– ¡Madre!, esta vez sí que se han ensañado. ¿Qué tal compañero?, ¿destripamiento por atropello?
– ¡Hijos de puta!, y lo que escuece. – el novicio prácticamente son una cabeza y cuatro patas unidas por un girón de piel.
– Bueno, al menos no acabaste hecho un cromo como aquí el amigo.
– ¿Qué hay? – saluda el de correos.
– Y encima una panda de críos cabrones hurgando.
– Pues sí que se han ensañado sí.
– ¡Hijos de puta!, con perdón de la dama.
– Tranquilo, cachorro, si yo también estoy aquí para dar ejemplo. Aunque he de confesar que al menos tuve asistencia médica.
– Afortunada, yo arrojado a un contenedor aún vivo para deleite de un pequeño psicópata. Imagínate, a vientre abierto.
– Debe doler, era yo ahí abandonado y con solo intentar respirar ya veía las estrellas…
– El dolor ya casi era lo de menos. Tanta humillación, compañeros. ¿Era necesaria?
– Ya sabes queda bonito el cartel del perrillo puteado. Si hasta así lo llaman: vida de perros.
– ¡Hijos de puta!, y luego sueltan el ellos nunca lo harían, no te jode porque somos animales y aún mantenemos la cordura.
– Venga, cachorro, no te hagas mala sangre, total solamente era un cuento.
– Sí, perro, en poco tiempo se olvidarán y pasaremos a mejor no-vida, intenta buscar el lado bueno: yo, por ejemplo, ahora soy más ligero que nunca.
– Claro, pequeño, yo aún sigo a flpiando con el viaje de las drogas.
– No, si bien visto, ahora puedo morderme el rabo sin problemas y no contorsionarme tanto para lamerme los… ¡Noooo!
– Pobrecito mío, también los has perdido…
– Esto ya sí que ha sido demasiado, eso no se le hace a otro macho, ¡eh, tú, el que teclea, ya te vale tío!
– ¡Cabronazo!
– Grrrrr…, Humanos…
Y para no escuchar más ladridos sin sentido, me alejo de ese limbo inmaterial donde esperarán, oliéndose el culo y perreando como no les dejaron sus escritores originales, hasta el momento de disiparse en el olvido de los cuentos perdidos, estos personajes muertos (matados) en acto de servicio humanitario, digo literario.
concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
DEMOCRACIA
-¡Que no, don Fulgencio, que no, que las votaciones las ganó Críspolo por un solo voto, pero para el tribunal que represento, es más que suficiente!
-Pero, ¡Cómo va a ser más que suficiente, por favor! ¡Los votos están mal contados! ¡Medio día, medio día, y una mierda niñato, yo no llevo media vida luchando desde la sombra para conseguir esto! –Don Fulgencio, a sus ochenta años, rojo de ira ante la imposibilidad de convencer a aquel jovenzuelo que la suerte había nombrado Presidente del tribunal, se volvió y, dirigiéndose hacia la puerta de salida de la sala, gritó levantando trabajosamente la mano izquierda, con la que agarraba el bastón que le servía de apoyo y consuelo; consuelo porque con él amenazaba a diestro y siniestro a todo aquel que el buen hombre consideraba que podía interponerse entre él y sus derechos.
-¡Veremos si el Alcalde acepta que esta votación se considere legal! ¡Y si fuere necesario, recurriré hasta al Tribunal de justicia de la Haya! –su lento caminar le condujo hasta el exterior del edificio, mientras el joven Presidente pensaba “Es triste llegar a su situación, después de los años de lucha que ha tenido por este pueblo, pero la democracia y sus normas son así” y siguió sumando y multiplicando para certificar el resultado del escrutinio.
Don Fulgencio siguió avanzando lentamente sobre el incómodo adoquinado de la plaza hacia la puerta del Ayuntamiento donde, el señor Alcalde, junto a una jovencita que llevaba una jaula con un canario dentro, esperaba pacientemente la confirmación del resultado de las votaciones.
A medio camino de la plaza, don Fulgencio se paró, alzó la cabeza y levantando la mano izquierda con el bastón, gritó
-¡¡Priscilo, ese resultado no es válido!! ¡¡Jamás aceptaré que un puto jilguero mierda le gane a mi Caruso, con un pedigrí que.. –ahogándose tuvo que parar de hablar y lentamente se fue derrumbando, hasta quedar tendido en el incómodo suelo de la plaza, ante los incrédulos ojos del Alcalde y la mujer que con él conversaba.
Todos se acercaron al cadáver del pobre viejo. El Alcalde miró a Presidente de la mesa de votaciones con ojos inquisidores.
-Lo siento pero aplicando las normas tal y como me habéis dicho, a Críspolo le han votado ochenta años y a Caruso solo él que tenía setenta y nueve –el Alcalde le rectificó
-No, él tenía ochenta y hubiese sido un empate que acordamos…
-No, Sr. Alcalde, él cumplió ochenta justo anoche a las doce y media, según pone en su Certificado de nacimiento y Paulita cumplió los veinte ayer a las veinte y tres y treinta.
-¡Además –saltó Paulita con jaula incluida –a mi Críspolo le hemos votado tres y a su Caruso solo él.
-Lo sé, lo sé, chiquilla, pero habíamos acordado sumar los años para que ganase su canario y…
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concursoderelatos (desconectado)
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
Y todo el campo un
momento
Se queda, mudo y
sombrío,
Meditando. Suena el
viento
En los álamos del
río.
(A. Machado, Soledades)
Collioure
La ambulancia, convertida
en un improvisado camión, recorría los verdes paisajes
que tanto caracterizaban a los bosques catalanes en aquella época
del año.
Todo había sido
muy precipitado. En otras circunstancias, Antonio hubiera deseado
coger el barco o el tren. “Un vehículo con clase para un
hombre con clase” pensó entre divertido y triste (que no con
ironía) mientras que la camioneta, atestada de refugiados,
proseguía su marcha.
Su madre, una mujer mayor
y casi ciega, dormía plácidamente junto él.
Antonio le besó la mano y en un susurro, le dijo que todo iría
bien, que en Francia podrían empezar de nuevo.
En la camioneta, un
miliciano miraba con aire embobado a ninguna parte. Al fondo, una
pareja de novios permanecía con las manos entrelazadas y
murmurando disparates. Antonio los observó con simpatía.
Nadie les decía nada. Eran felices.
Por fin cruzaron Los
Pirineos. Desde allí, tomaron un tren que les llevaría
hasta Collioure. En la estación, Antonio contempló a la
muchedumbre que trataba de subirse a los vagones. Al ver a toda
aquella gente, se acordó de los refugios antiaéreos y
del llanto de las mujeres. Inmediatamente desechó aquellos
pensamientos de su cabeza.
Lo único que de
verdad le consolaba era que Leonor no estuviera allí. Pese a
que hacía más de veinte años que la muerte de su
mujer le atormentaba, aquel pensamiento era una bendición. No
quería imaginarla despidiéndose de sus padres o
abandonando, entre lágrimas, su casa de Valencia (en el caso
de que la hubieran tenido, claro)…No, cargar con su madre ya le
parecía demasiado doloroso. Por una vez, la vida le había
hecho un gran favor al poeta.
Pero aún así,
el recuerdo de Leonor le infundía una enorme tristeza. De
repente, se vio a si mismo al lado de la cama donde la joven
permanecía enferma. ¡Antes había estado tan llena
de vida! El silbido del tren le hizo volver a la realidad. Cogió
a su madre cariñosamente del brazo y le dijo.
- Vamos.
Y subieron al tren.
Durante el viaje, recordó
todo lo que había pasado en los últimos meses. Unas
semanas antes, todavía había alcanzado a hablar con
Negrín.
- ¿Podremos
volver? – le preguntó.
El político no
supo que responder pero por la cara que puso, Antonio ya sabía
que las cosas se iban a poner muy difíciles. Aún así,
todavía dudaba.
La decisión de
marcharse llegó unos días después. Mientras
preparaba la mesa para la cena, la radio le confirmó sus
peores temores. El vencedor no tendría piedad con el vencido.
Ya Inglaterra y otros países europeos se habían
apresurado a reconocer al nuevo régimen.
- ¡Se acabó!
– dijo mientras arrojaba el mantel al suelo – ¡Estoy harto
de todas estas historias! Me marcho a Francia.
Y ni que decir tiene que
cumplió su promesa.
¡Iba a echar de
menos tantas cosas! Todavía recordaba al bueno de don Miguel,
al pobre Federico y a otros amigos que no habían podido llegar
a ver el terrible desastre que la guerra había causado. Se
preguntó que pasaría con Max y con los jóvenes
Miguel y Rafael. Con un poco de suerte, tal vez ya hubieran
abandonado el país. Recordó también a su hermano
Manuel, que prefirió quedarse en Burgos, a la espera de ver
qué rumbo tomarían los acontecimientos. Su despedida
fue menos calurosa de lo que hubiera deseado. Un escueto apretón
de manos y poco más. Quedaron en volverse a ver, aunque tanto
uno como otro sabían que, al final, las palabras se las
llevaba el viento.
Finalmente llegaron a
Collioure. Allí recibió la visita de algunos exiliados.
Le hablaban de cómo marchaban las cosas en España, del
camino que habían tomado algunos de sus antiguos compañeros,
de su hermano… El poeta, que procuraba parecer alegre y
despreocupado, hacía las delicias de sus invitados,
satisfechos al ver que su amigo seguía manteniendo su habitual
entusiasmo. Pero Antonio sabía que no era así. En su
mente, aparte del imborrable recuerdo de Leonor, estaba Soria.
Siempre Soria…
A las pocas semanas de
llegar, su madre falleció. A Antonio esta noticia no le
sorprendió demasiado, pero fue un golpe que hubiera querido
postergar. Había muerto durante la noche, calladamente. Al día
siguiente, cuando entró en su habitación, la encontró
arropada bajo las sábanas de la cama, como si aun estuviera
durmiendo. El poeta le besó en la frente y permaneció
un rato abrazada a ella.
El entierro fue bastante
emotivo. El pueblo había acogido con bastante cariño al
poeta, al que muchos ya le habían cambiado su nombre por el
Antoine.
- No entendemos – le
decía el alcalde en un torpe español– como usted ha
podido acabar aquí. En nuestro país honramos a los
poetas, no nos deshacemos de ellos.
- Ya quisieran en España
pensar así… – añadió él – Tanto
unos como otros…
Y desvió la
conversación hacia la última obra de teatro que se
había estrenado en París.
A Antonio le gustaba
callejear y de vez cuando se dejaba caer por un café que
frecuentaban otros republicanos exiliados. Allí se enteró
por unos conocidos que Manuel quería reunirse con él.
Pero ni a su hermano le dejaban salir de España ni él
podía volver. ¡Otro disgusto más cubría el
cada vez más desanimado y apagado corazón del poeta!
La paciencia de Antonio
había llegado al límite. Se sentía cansado, se
despegaba de la vida… ¡Habían sido tantas cosas!
Fue entonces cuando
sucedió. Una intensísima fiebre se apoderó de
él. Durante los siguientes meses tuvo que guardar cama. Ni
siquiera podía escribir.
- “Ya he dicho todo
cuanto tenía que decir” – pensó.
Una noche su estado
empeoró. Llamaron al médico, quien lo único que
pudo hacer fue pasearse de un lado a otro de la habitación. El
enfermo ya tenía en su rostro el sello de la muerte. Antonio
sonrió feliz. Ya no oía el estruendo de las bombas ni
el llanto de las mujeres que abrazaban a sus hijos. Ni siquiera
padecía la pena del aquel despiadado destierro. Rememoró
los paseos por Soria en compañía de su joven mujer, los
juegos con su hermano en el campo, las tertulias en el café
junto con sus amigos escritores… Y después… la nada.
Al día siguiente
le dieron sepultura. Una bandera española y otra francesa
cubrieron el féretro, aunque aquel día poco importaron
los símbolos. La noticia conmocionó al exilio. Desde
Madrid, el nuevo embajador español en Francia recibió
órdenes tajantes. No dejaron que el cuerpo de Antonio
regresara a España.
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