¡Adiós, Cordera!

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El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como unacolgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus ángulos, el inferior, lo despuntabael camino de hierro de Oviedo a Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí comopendón de conquista, con sus jícaras blancas y sus alambres paralelos, a derecha eizquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido, misterioso,temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo mucho, cuando a fuerzade ver días y días el poste tranquilo, inofensivo, campechano, con ganas, sin duda,de aclimatarse en la aldea y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fueatreviéndose con él, llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hastacerca de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que lerecordaba las jícaras que había visto en la rectoral de Puao. Al verse tan cerca delmisterio sagrado le acometía un pánico de respeto, y se dejaba resbalar de prisa hastatropezar con los pies en el césped.

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