Memorias del tiempo discreto

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Trabajé de barrendero. Conducía un camioncillo por una carretera que se internaba en un monte de encinas. Me habían asegurado que por allí en ocasiones se veían jabalíes, corzos y algún águila. Pero yo lo único que vi fue decenas de amaneceres de rotunda belleza. Mientras triunfaba el sol me daba tiempo a llegar al pueblo, bajar del camión el cubo, la pala y el cepillo y comenzar a barrer. Barría papelajos, latas y envases de todo tipo, pero lo más sorprendente fue que sobre todo recogía cosas que habían estado vivas y ya no lo estaban: hojas, hojas, hojas, ramas y muchos más pajarillos muertos de los que podía haberme imaginado.

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