Réquiem en Granada

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El editor Horacio Lasheras había terminado de leer la novela de Andrea Torradillos, conocida periodista y tertuliana de los círculos literarios de Granada, y el texto le pareció denso, con frases recargadas y una narración errática que no llega a concluir el detalle. Debe decidir si exige a Andrea una nueva revisión o rechazar su novela. En esta tesitura se encuentra Horacio cuando llega a sus manos un original de un autor desconocido. Lo hojea con la desgana propia de quien tiene por rutina enfrentarse a menudo a varios manuscritos inéditos y cree que se trata de uno más. Una vez superada la indolencia inicial, se adentra en el texto y queda fascinado por la agilidad y la fuerza de la narración, y la habilidad del autor para construir imágenes visuales concisas y efectivas, lo que le lleva a considerar si detrás del nombre que figura en la portada no se oculta un escritor consagrado. Llama al autor y descubre que se trata de Roberto Deifontes, escritor y amigo de la juventud, que firma con pseudónimo. Horacio le entrega a Andrea el trabajo inédito de Roberto, sin desvelar su identidad, y le sugiere que lo lea y trate de corregir su novela con ese estilo. Andrea queda fascinada con la lectura. Semanas atrás y por caprichos del destino, Andrea y Roberto habían coincidido en una de las páginas de encuentro de Internet, se habían intercambiado varios correos y quedaron en verse en Granada. Al conocerse, ambos se compenetran de inmediato y celebran el encuentro con un almuerzo en un restaurante a orillas del Genil, a cuyo término Andrea invita a Roberto a su casa a tomar café. La atracción es mutua. Sus miradas se prenden, sus manos se buscan, sus labios se anhelan. La pasión es incontenible y surge el deseo que exige la pronta satisfacción que la naturaleza humana reclama. Andrea descubre, atónita y emocionada, que Roberto es la misma persona cuya obra le ha cautivado y, en pleno romance, le confiesa haber leído su novela y le pide que corrija la suya, a lo que él se niega. Desplegando su sensualidad y su erotismo con la sutileza propia de quien se sabe irresistible, Andrea enamora a Roberto y lo atrae a su tela de araña, donde finge amarlo, y lo seduce para que corrija su novela. La perversidad de Andrea, producto de su propio enigma, va pareja con su egoísmo, porque no se duele del daño que ocasiona con su farsa y muestra su incapacidad para ser leal. La lectura le permite a Roberto descubrir la intrigante personalidad de la heroína, una mujer que no sabe exteriorizar sus sentimientos y los camufla bajo la máscara de su seductora sonrisa, detrás de la cual hay una compleja singularidad que se revela a través de sus miedos, sus frustraciones, sus traumas de juventud nunca superados, su inseguridad, y, sobre todo, por la ausencia de amor que hay en su vida, carencia que arrastra desde la niñez y que no ha sabido aliviar, a pesar de haber estado unida sentimentalmente a varios hombres en un intento de llenar su vacío afectivo, pero que sólo han sido meros amantes ocasionales, agrandando, así, su gran deuda con el amor. Cuando Roberto le entrega a Andrea su novela corregida, es, entonces, cuando ella le descubre que su relato es autobiográfico. Roberto comprende que la existencia del amor para Andrea es mera intuición, estimulada por su prodigiosa fantasía, y que, a pesar de desconocerlo, se lo hace vivir a sus personajes de los que, paradójicamente, luego se nutre para revivir lo que escribe y convertirse ella misma en heroína de sus propias novelas. Andrea se ha instalado en el plácido mundo de sus protagonistas femeninos y ya no distingue dónde termina ella y empieza lo ficticio. Sin mediar palabra, a los tres meses de una intensa y apasionada relación amorosa, Andrea desaparece de la vida de Roberto y pone todos los impedimentos para que él no pueda localizarla, hasta que, tiempo después y ojeando la prensa digital, él se queda atónito al leer una nota necrológica que da cuenta de su trágica muerte.

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