TRILOGÍA DEL REY PRUDENTE

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Tres momentos enigmáticos en la vida de un hombre que quiso ser "bueno"; pero al que las limitaciones de carácter y los escrúpulos de conciencia –su neurótica personalidad–condujeron a la toma de decisiones fatales; maquiavélicas en sus procedimientos. Demostrativas de un carácter duro: disfraz del apocado y asustadizo, con el que solventarse problemas a los que era incapaz de hacer frente. Monarca pacienzudo, pero de malas pulgas; sibilino e implacable, cuando se cuestionaba la autoridad real, a la que él había ligado, desde joven, su yo.FELIPE II – La muerte de Don Carlos; su hijo –"el alocado"–, al que redujo a prisión en su propia casa –el Alcázar de Madrid–, favoreciendo el desmoronamiento mental y físico que le conduciría a la muerte. No supo lidiar con un hijo revoltoso; de personalidad histérica, pero de buena crianza.EL PASTELERO DE MADRIGAL – El ajusticiamiento de Gabriel Espinosa, pastelero, y de Fray Miguel Dos Santos, fraile portugués; quienes, amparándose en el parecido físico de aquél con el desaparecido rey Don Sebastián de Portugal, pretendían sacar adelante la farsa de recuperar el trono. Títere trágico, en un sainete cómico, para el que no hubo tregua en la personalidad aprehensiva y timorata del rey. De por medio, Ana de Austria, hija natural de su hermano, que pagaría el papel de princesa prometida con el enclaustramiento a perpetuidad.ANTONIO PÉREZ – Antonio Pérez: uno de los personajes más hábiles, retorcidos y escurridizos de la historia moderna. Hombre avispado en el manejo de los negocios de estado, y conocedor como ninguno de las debilidades –"humores"– del rey, supo sacar provecho al papel de secretario para abocarlo a decisiones en las que se ventilaban asuntos propios; cuando no, celos, envidias, rencores... La víctima mortal, Juan de Escobedo, secretario de Don Juan de Austria; y éste, brazo derecho de su hermano, al que temía, apartaba, y atraía hacia sí, según lo dictasen sus complejos de inferioridad. Víctima no sangrienta, que pagaría con el enclaustramiento –al mejor estilo del rey–, la Princesa de Éboli: la recia, e imprevisible, Ana de Mendoza.Exploración del lado humano de las tres tragedias en las figuras de los protagonistas, quienes, con sus luces y sombras, actúan de ejemplo de las "maneras –o caminos– del mundo"; séase, la encarnación de vicios y virtudes, en proporción a la singularidad de su carácter.

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