Al Séptimo Día

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Ángela. Ese era su nombre. Tenía dientes largos y separados. Sus encíasse proyectaban hacia adelante. Nunca podía cerrar completamente laboca. Ángela nunca se reía. Tenía gafas con lentes gruesas y pesadasque le hacían daño en la base de la naríz. Cuando Ángela se quitaba lasgafas por la noche, sólo yo la veía. Era bonita mientras dormía. Yo laobservaba durmiendo. Cuando Ángela lloraba, y muchas veces lloró, eracomo si el cielo se deshiciese. Tenía el pelo grasiento. Se lo poníadetrás de la oreja, éste volvía a caer cubriendo su cara. Un día Ángelafue a un sitio con muchas personas. Allí nadie la miró. Mientras todosbailaban y sonreían, Ángela miró a su alrededor. Imaginó cómo sería sifuese otra persona. Se transportaba para el interior de alguien y sevolvía esa persona. Era muy raro ser la misma sin serlo. Aunque fueseella, sentía las cosas como si fuera otra persona. Y, con el tiempo,dejó de sentir. Comprendió que ella también era su cuerpo. Pasó algúntiempo mirándose al espejo. Tocaba sus defectos como si fueran marcasobvias de su presencia. Cuando terminó la tarea de conocer todas susimperfecciones, descansó. Las admiró. Las olvidó.

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