TERRA INCOMMENSURABILE

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Inmerso en el dramático escenario de la conquista de América y del alumbramiento del nuevo pueblo, un matemático se desvela por un fabuloso enigma nacido de un italiano, una india y sus singulares hijos (la increíblemente bella siempre-niña, el sacerdote-mago y el amante-guerrero). Por lo tanto, Terra Incommensurabile puede ser un viaje de aventuras que a lo largo de tres generaciones nos lleva desde la fascinante América de la conquista española hacia las refinadas universidades europeas y los coloridos burdeles parisinos, para retornar nuevamente a las mágicas cumbres andinas. Sin embargo, la profunda circularidad de dicho viaje lo es más desde lo metafórico que de lo literal. Y Terra Incommensurabile nos invita a trascender la metáfora en una travesía por una geografía mucho más compleja y cautivante, por un terreno ingente y atemporal. El del alma humana y del atributo que comparte con todo cuanto existe: su inherente inconmensurabilidad. Y de tal modo nos revela la tremenda belleza y potencialidad que tiene para nuestra vida la atención a tan sublime cualidad. Inconmensurabilidad: Borges, con esa precisión quirúrgica de su modo de decir, concluye en “La esfera de Pascal”: “quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas”. Pues desde la antigua Grecia se ha repetido que Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Sobre dicha metáfora de un centro ubicuo que sustantiva, que da sentido a sus infinitas manifestaciones, descansan distintas visiones del mundo y posturas ante la vida (occidentales, orientales e indígenas, religiosas y laicas). Así, el bello mandato cristiano prescribe: “Amaos los unos a los otros”, porque “Cristo está en el prójimo”; ama al mundo porque el Creador está, vive, en cada porción de su creación. En tal sentido, resulta trascendente enfatizar explícitamente el hecho de que dicha metáfora alude a una suprema cualidad del mundo: su inconmensurabilidad. Sin embargo, es hoy imperioso notar que nos hemos quedado en la metáfora y que debemos acentuar la necesidad de trascenderla, de vivirla más allá de una mera creencia racional. Pues si el mundo es inconmensurable (dotado de ingente belleza y riqueza), es evidente que ante él no cabe otra postura que la que nace de la humildad, de la libertad, de la sensibilidad, en fin, que la condición de amante: ¿Cómo no amar a lo inconmensurable? Así, si nos permitimos vislumbrar la inconmensurabilidad del mundo (sin subestimarlo, en una entrega plena cual suprema fe, cual íntima confianza) ello nos revolucionará profundamente. Por caso, dicha postura es capaz de mutar naturalmente a la telaraña de odios que hoy domina las relaciones entre las personas. El prójimo (más allá de que él mismo no se sepa ni exhiba de tal modo) es inconmensurablemente más rico que el gris sujeto que han creado las circunstancias (su principal diferencia con el sabio/santo, es que éste ha trascendido sus circunstancias y ha logrado trasparentar su esencia) ¿Por qué entonces estar tan atento a su cáscara en vez de respetar (es decir, amar) a su inefable esencia, a su potencialidad, a su inconmensurabilidad? Esta es la concepción que sutil pero obstinadamente subyacerá al aventurero viaje del matemático Ignacio de Villamayor. Un viaje por las líneas de la refinada pluma de Piero di Capri. Un viaje por las geografías europeas y americanas con el dramático choque humano y cultural de la conquista española. Un viaje que también es una travesía de autodescubrimiento.

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